El universo en ti

Las leyes del universo

En el post, Quién soy yo?, citamos el mensaje de varios sabios que desde antiguo vieron la importancia de conocerse a uno mismo para conocer el universo entero:

“ Uno debe de ver y escuchar, así como reflexionar y concentrarse en su propio ser, ya que cuando uno ha visto y oído su propio ser, cuando uno ha reflexionado y se ha concentrado en su propio ser, conoce entonces el mundo entero.” (Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad)

Cuando leemos o nos dicen esto por primera vez podemos pensar que se trata de una frase hecha, una forma de hablar, pero si lo ponemos en práctica y nos mostramos atentos a nuestras formas a lo que ocurre en nuestro cuerpo, a la forma en que actuamos con los demás y la forma en que el mundo actúa con nosotros, descubriremos una serie de patrones o “leyes” naturales que nos permiten comprender la Vida, porque en realidad todo está hecho de la misma pasta.

Desde la antigüedad se han vinculado los cinco elementos, incluido el espacio, al funcionamiento de todo organismo. De modo que el fuego está presente en nuestro cuerpo bajo la forma de calor corporal en procesos digestivos, o en fiebres que combaten algún elemento infeccioso, etc. igual que en el universo está presente como sol, como fuego que emerge de la fricción, etc. Ni que decir del agua, que es el constituyente más abundante de nuestro cuerpo y del planeta que habitamos.

Pero no sólo a nivel fisiológico observamos paralelismos, también estar atentos a nuestra forma de interactuar con el resto del mundo nos da pistas para la comprensión del entorno. Por ejemplo, cuando discuto con una persona cercana, tengo la posibilidad de indagar en los mecanismos, patrones y creencias de cada uno que nos han llevado a la discusión y eso me puede permitir comprender los patrones de fondo que llevan a una discusión mayor e incluso a una guerra. La mayoría de personas rechazamos las guerras, en cambio vivimos a menudo alimentando nuestros propios conflictos. ¿Cómo pretendemos que esos conflictos individuales y de pequeña comunidad no se reproduzcan a mayor escala? La cuestión sobre las guerras nos conduce a su vez a la reflexión sobre la vida y la muerte y si observamos la naturaleza puede que descubramos que la vida y la muerte forman parte de Algo mucho mayor, de la Vida, que nunca muere. La flor y el fruto mueren para el árbol y sólo así perpetúan el nacimiento de nuevos árboles.

leyes del universo

Lo que es arriba es abajo

 

La esencia más sutil, tú eres Eso

Cuenta una historia de la Chāndogya Upaniṣad que al regresar Śvetaketu a su casa, tras doce años estudiando con su maestro, se sentía orgulloso y algo engreído por todo lo que sabía. Su padre observando esto, dijo:

«Śvetaketu, mi pequeño, parece que tienes una elevada opinión de ti mismo, te crees instruido, y te sientes orgulloso por ello. ¿Has preguntado por el conocimiento mediante el cual se oye lo que no se oye, se piensa lo que no se piensa y se sabe lo que no se sabe?».

«¿Cuál es ese conocimiento, padre», preguntó Śvetaketu.

«Al igual que conociendo un amasijo de barro, hijo mío, se llega a conocer todo cuanto es de barro, ya que las diferencias son sólo palabras y la realidad es barro; y así como conociendo un pedazo de oro se puede conocer todo lo que es de oro, ya que las diferencias son sólo palabras y la realidad es sólo oro; y así como conociendo un trozo de hierro se conoce todo lo que es de hierro, ya que la diferencia son sólo palabras y la realidad es sólo hierro».

Śvetaketu replicó: «Ciertamente mis honorables Maestros no conocían esto. Si lo hubieran sabido, ¿por qué no me lo habrían contado? Explícamelo, padre».

«Sea pues, hijo mío.»

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Normalmente nuestro ego se empeña en destacar, en ser diferente, en ser especial, cuando en realidad se trata justo de lo contrario. De comprender, no lo que nos hace especiales, sino lo que nos iguala, la esencia que compartimos con el resto de seres, con el universo entero.

Cuando descubrimos esa esencia en nosotros mismos podemos comenzar a reconocerla en todo lo que nos rodea. A su vez, lo que nos rodea nos sirve como espejo y nos recuerda una y otra vez nuestra naturaleza común, una sola con todo lo demás.

La historia citada en realidad continua con toda una serie de enseñanzas en las que el padre muestra una y otra vez a su hijo que su verdadera naturaleza es aquella esencia sutil que no alcanzamos a percibir. Igual que otros sabios como Sócrates, insiste en la importancia de conocerse uno mismo. En uno de los ejemplos el padre pide al hijo que le lleve el fruto de un enorme árbol y que parta el fruto en dos. Se trata de una higuera y al partir el fruto lo que se encuentra el hijo son miles de diminutas semillas. Luego le pide que divida una semilla en dos y le pregunta qué es lo que ve. El hijo le responde que nada y entonces el padre prosigue con su magistral enseñanza de esa nada que no alcanzas a percibir surgió esta enorme higuera. Esa esencia sutil que hace surgir el árbol, eso es la realidad. Eso es uno mismo. Eso eres tú.

 

Conócete y conocerás el universo entero

En nuestro afán por destacar, por ser buenos, por generarnos una identidad, incluso en nuestro afán por obtener más conocimiento, nos perdemos a menudo en en el conocimiento de nombres y formas olvidando la esencia que lo constituye. En cualquier objeto de oro, el oro es la esencia y da igual si toma la forma de pulsera, de collar, de reloj, de pendiente, de una vasija, una marco, etc. Aquel que sabe reconocer el oro lo reconocerá bajo cualquiera de las formas y nombres que tome. Así también, este universo está constituido por una misma energía que toma distintas formas y nombres. Cada uno de estos nombres y formas que toma esta energía, a la que llamo Vida, es una oportunidad para reconocer nuestra propia naturaleza. Y a la vez cada mirada hacia nosotros mismos examinada con una actitud de honesta escucha es una oportunidad para comprender el mundo a nuestro alrededor.

No se trata de conocer el nombre de cada planta o de cada estrella, ni de ser un experto en clasificar objetos, personas, animales u otros seres, como no se trata de conocer la diferencia entre un collar, una pulsera, un reloj… Al distraernos aprendiendo acerca de esas diferencias, ocurre a menudo que dejamos de ver la esencia común que las constituye. Tenemos tal obsesión por distinguir un collar del otro, compararlo y competir para hacer que nuestro collar sea reconocido como el más bello, que no nos damos cuenta de que todas esas comparaciones y juicios no son más que fruto de nuestra creencia y además perdemos por completo de vista la esencia que lo constituye.

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Cuando fijamos nuestra atención en la esencia común, podemos ver el mundo en una gota de agua. Cuando iniciamos el camino hacia dentro, todo el universo se convierte en un reflejo de nosotros mismos, y cuando conocemos nuestro propio ser, el universo en ti………………………………………. Silencio.

 

 

¿Quién soy yo?

Yo adolescente, yo hoy

Recuerdo que tendría alrededor de quince años cuando la directora de secundaria del colegio en el que estudiaba nos quiso animar para ir a una salida de fin de semana para descubrir «¿Quién soy yo?«, que organizaban las religiosas, pues iba a un colegio de religiosas. La verdad que no pareció conseguir mucho más de nosotros que unas cuantas risas que nos echamos a propósito de ella y de la graciosa forma en que hablaba una mezcla de castellano y catalán. Sin embargo, todavía hoy puedo recordar que fue la primera persona de la que escuché esa pregunta y aunque no entendí que quería decir con lo de “¿Quién soy yo?” y qué sentido tenía hacerse esa pregunta, por alguna razón la vibración de sus palabras quedó grabada en mí, pues como puede percatarse el lector o lectora, hasta día de hoy no he olvidado la cuestión.

Mientras escribo esto me pregunto qué ha cambiado entre esa adolescente y la persona adulta de hoy, que no sólo le encuentra sentido a la pregunta sino que piensa que indagando en ella con honestidad igual puede descubrir el secreto de una vida plena. ¿Soy la misma persona que esa chica adolescente? ¿Por qué a ella le parecía casi una broma preguntarse algo así? En fin, para no liarlo más, dejaré a un lado las reflexiones acerca de cómo se entendía a sí misma la chica adolescente e iré al grano sobre lo que me apetece compartir hoy, a saber, el sentido de conocer “¿quién soy yo?”.

quién soy yo

Conócete a ti mismo

Son muchas las tradiciones filosóficas que nos instan a “conocernos a nosotros mismos”. Tenemos en la filosofía occidental el célebre oráculo de Delfos que reza justo de este modo:

“Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el Universo y a los dioses”.

O el Maestro Eckhart que afirmaba:

“Quien se conoce a Sí, conoce todas las criaturas”.

Y en la filosofía oriental leemos, por ejemplo, en un pasaje del Tao Te Ching:

“Quien conoce a los demás es inteligente.

Quien se conoce a sí mismo, es sabio.”

La sabiduría de la India lo expresa también desde las Upaniṣad, donde nos hablan de la esencia última del ser humano como idéntica a la esencia de todo el universo:

“ Uno debe de ver y escuchar, así como reflexionar y concentrarse en su propio ser, ya que cuando uno ha visto y oído su propio ser, cuando uno ha reflexionado y se ha concentrado en su propio ser, conoce entonces el mundo entero”.

Algunos maestros trasladaban esta pregunta a sus discípulos y oyentes, invitándolos a descubrir qué es aquello a lo que llamamos “yo”. Esta pregunta sólo cobra sentido cuando uno se la formula honestamente, no reproduciéndola como una especie de mantra y respondiendo automáticamente lo que hemos escuchado que otros han respondido, sino respondiendo aquello que realmente se nos ocurre e indagando en todo lo que aparece. Por ejemplo ¿puedo decir que soy Tal, o eso es sólo un nombre? ¿puedo decir que hago esto o aquello o sólo estaría describiendo mi profesión? ¿y cómo me voy a describir sólo físicamente si mi físico cambia con los años? ¿puedo decir que soy lo que pienso, siendo que mis pensamientos cambian a cada instante?… Bien, se me ocurre que podría responder: “soy todas esas cosas juntas: tengo este nombre, me dedico a esto, soy físicamente así, suelo tener un carácter asá…”. Podría utilizar el tipo de fórmulas a las que recurrimos para describirnos, por ejemplo cuando tenemos que hacer una carta de presentación, esa que ni yo misma me creo o que me chirría cuando me presento a viva voz.

 

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Cuando decimos “yo” parece que estemos haciendo referencia a algo fijo, a una entidad que tienen fuerza propia, algo que siempre es igual, aunque en verdad todo lo que estamos diciendo acerca de ese “yo” es cambiante, pasajero y contingente. ¿Entonces lo que llamo “yo” es algo fijo o algo cambiante?

La propuesta del advaita vedanta: neti neti

Esta es una de las grandes cuestiones dentro de las tradiciones sapienciales de la India. Para el advaita vedanta, el vedanta no-dualista, la identificación con todos ese tipo de características cambiantes es precisamente lo que nos mantiene en la ignorancia. No la ignorancia de haber leído poco sino la ignorancia de lo que uno mismo es en esencia. El “yo” identificado con todas las características pasajeras o contingentes se piensa a sí mismo limitado, incompleto y mortal. Las características que nos podemos atribuir como seres humanos son limitadas y atribuimos a los objetos, a las personas a nuestro alrededor y a las situaciones que vivimos la capacidad de completarnos, de hacernos de algún modo felices y en el fondo aspiramos a una felicidad total que dure para siempre. Pero ¿cómo otras personas, objetos y situaciones que también son pasajeras nos van a proporcionar una felicidad duradera? Esa “felicidad” sólo durará lo que dure la experiencia o situación de placer.

Finalmente, a causa de que generamos nuestra identidad a costa de un cuerpo, unas emociones y unos pensamientos pasajeros, creemos que somos mortales, porque efectivamente el cuerpo, las emociones, los sentimientos,etc. mueren. Pues bien, el advaita vedanta lo que nos propone es ir quitando capas de cebolla. Tal vez no puedo responder o saber a voz de pronto “¿Quién o qué soy?”, pero sí que podemos descartar todo aquello que no somos, es decir, todo aquello que es pasajero. Esta forma de proceder se conocía ya desde la antigüedad como “neti, neti” (“no esto, no esto”). La persona toma su cuerpo como objeto de indagación, analiza en qué medida se identifica con este cuerpo y qué hay en el cuerpo que sea eterno y qué hay que sea pasajero, luego se puede analizar la sensación de sed y de hambre, los pensamientos, etc.

Este tipo de reflexión nos conduce hacia un espacio de silencio porque no puedo decir que nada de lo que analizo sea eterno, y Aquello que queda cuando todo lo que no es eterno ha sido descartado, Eso es lo que Soy. Desde esta tradición se nos anima a poner la atención en Eso, en el Ser, la Esencia última, la Conciencia Absoluta y eterna que observa todo lo cambiante. Decir de un lado, no soy todo aquello que cambia y de otro lado, lo que soy en verdad es el Ser, la Pura Conciencia y la Dicha infinita.

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La propuesta del budismo: no hay «yo»

El budismo se da cuenta también de que todo aquello que llamamos “yo” es cambiante y por tanto también nos insta a dejar de identificarnos con esos aspectos pasajeros: no soy la forma ni el nombre de mi cuerpo, tampoco soy mis sensaciones, ni mis percepciones, ni siquiera mis pensamientos o memoria, ni la conciencia que observa y conoce a través de los sentidos. Sin embargo, no establece una esencia, un “Eso” como hilo que sostiene todo lo pasajero sino que pone el foco en observar la realidad de lo cambiante.

Cuando todo lo que me constituye es cambiante lo que llamo “yo” pasa a ser sólo un nombre, vacío de un contenido fijo, no existe una esencia que sea fija y eterna, lo único que sería eterno es el cambio constante. Darnos cuenta de esto nos evita el sufrimiento de seguir pidiendo a lo que por su naturaleza es cambiante que no cambie, nos evita el sufrimiento que nos genera el deseo de que las cosas sean de forma distinta a como son. Darnos cuenta del sufrimiento que produce el deseo de que lo que es cambiante sea eterno o de que las cosas sean de forma distinta a como son, conduce a la disolución del “yo” como individuo y nos lleva a un estado de liberación.

Recorrer mi propio camino

Expuesta a muy grandes rasgos la visión de dos  tradiciones de gran impacto surgidas de India, he de decir que creo que sus explicaciones no nos sirven. Me explico, no nos sirven como respuesta. Tal vez puedan servirnos como guía, o tal vez nos despisten más porque comenzamos a ver el mundo bajo una serie de creencias que acaban resultando tan cómodas que uno no quiere soltarlas  y así nos pasamos siglos pensando que la tierra era plana y siglos pensando que es redonda. Puede que las explicaciones de otro me inspiren a indagar, pero el trabajo está en indagar con toda sinceridad, atreverme aser sorprendida, abrirme a la posibilidad de que la respuesta sea completamente distinta a mis esquemas de creencias y para eso tengo que atreverme a soltarlas.

Recorrer el camino de conocerme a mi mismo, sólo puedo hacerlo yo ¿y quien es ese “yo” que quiere conocerse a sí mismo?

 

Respecto a cómo conociéndose a uno mismo el universo entero puede ser conocido, lo dejo para la próxima entrada.

 

Fuentes:

  • CAVALLÉ, Mónica. La sabiduría recobrada, Kairós, 2002.
  • OLIVELLE, Patrick. Upanisads, Oxford World’s Classic, 2008.