Nuestro cuerpo como testigo de lo vivido: una visión integradora de la salud mental

Este verano me planteé dejar un espacio importante para la lectura, algo que me encanta, pero a lo que dedico poco tiempo con calma. Y había un libro que captaba toda mi curiosidad: El cuerpo lleva la cuenta. Se publicó en español hace un par de años, y está escrito por un referente mundial en el ámbito del trauma psíquico: Bessel van der Kolk, psiquiatra de origen holandés que ha desarrollado toda su carrera en Estados Unidos. Con un estilo muy cercano, cuenta desde su propia experiencia, tanto profesional como personal, cómo ha evolucionado la visión del trauma psíquico, partiendo del estrés postraumático de los veteranos de guerra hasta el derivado de los abusos, maltrato y el abandono en la infancia, para plantear un enfoque integral en el que el cuerpo y la imaginación son componentes muy importantes.

 

El apego como marco de referencia para nuestra visión del mundo

 

En la segunda mitad del siglo XX, el psicoterapeuta británico John Bowlby desarrolló su teoría del apego, que fue reforzada por los trabajos de la psicóloga norteamericana Mary Ainsworth. Aunque pueda parecer mentira, fue el primer intento objetivo con base científica de explicar la necesidad de amor que tienen todos los niños. Mejor dicho, es una necesidad de nuestra especie y de todos los mamíferos. Ese amor se basa, más allá de la nutrición y de la protección material, en un contacto físico basado en la ternura, y en una comunicación intensa centrada en la conexión emocional profunda entre el niño y su cuidador principal, generalmente la madre. En función de la sintonía emocional que se crea (que depende en gran medida de la sensibilidad y disponibilidad emocional de la madre), y del modo en que se reorganizan las rupturas de dicha sintonía que se producen de forma natural, el niño desarrollará conductas que se pueden englobar en cuatro patrones de apego: seguro, inseguro resistente, inseguro ambivalente, y desorganizado.

 

 

Desde la década de los noventa del siglo pasado, se sabe que cada patrón de apego desarrollado en los primeros años de vida condiciona nuestra forma de relacionarnos con el resto de las personas y con nuestra forma de interpretar el mundo. Se asemejan a patrones de adaptación a la vida en función del afecto recibido. Además, condiciona la forma en la que criaremos a la siguiente generación si no hacemos un ejercicio importante de conciencia sobre lo vivido. Es decir, existe una transmisión transgeneracional de los patrones de apego.

¿Por qué es importante todo esto? Si nos paramos a analizar cómo es nuestra forma de relacionarnos con los demás, ya sea desde la amistad, en las relaciones de pareja o en lo profesional, podemos descubrir si tendemos a ser más fríos o calculadores, si realmente no nos asusta la intimidad o huimos de ella, si el contacto físico nos asusta, nos place o nos arrastra, etc. Y sobre todo, ¿qué visión tenemos de nosotros mismos? ¿Somos merecedores de amor, es decir, merecemos ser queridos de forma incondicional? (http://psiquentelequia.com/apego-conexion-emocional-intimidad/).

 

La conciencia corporal como pilar de nuestra identidad

 

También en los años noventa del siglo XX, un psicólogo norteamericano, Stephen Porges, presentó su teoría polivagal, en la que exponía cómo los mamíferos habían desarrollado un sistema nervioso autónomo algo diferente a lo que se había planteado hasta entonces en los textos de anatomía. Consideraba que la evolución había llevado al desarrollo de tres sistemas (en vez de los dos observados tradicionalmente, simpático y parasimpático), que no se encuentran en equilibrio, sino que se activan de forma secuencial ante situaciones de alerta:

  • el componente más evolucionado y que se activa en primer lugar corresponde al vago ventral, es decir, a una rama del nervio vago que ha evolucionado para regular la expresión facial y vocal, la mirada y la escucha a la vez que regula el funcionamiento cardiaco y visceral. Porges lo considera el elemento fundamental para nuestras respuestas relacionadas con la participación social, que se desarrolla gracias a patrones de apego saludables durante la infancia. Es decir, estamos programados desde que nacemos para reconocer emociones en las caras de nuestros padres, para imitarlas y aprender a sentirlas en nosotros mismos. Ante situaciones de alerta, habrá una tendencia en nosotros a buscar apoyo social o a negociar con nuestro agresor, si es el caso.

 

  • en el caso de que no tenga éxito el componente anterior, se activa el sistema simpático, que es el que nos permite luchar, o bien, huir. Si la negociación no es posible, la siguiente opción implica una defensa más activa, con movilización de nuestro cuerpo.

 

  • sobre todo en la infancia, en situaciones de peligro (como puede ser un abuso físico o sexual, e incluso emocional), es poco probable que el niño luche o huya, pues se ve en inferioridad de condiciones. Su respuesta automática de protección será la inmovilización, la congelación. Quedarse paralizado. Una respuesta frecuente en los reptiles, que simulan estar muertos. Se debe a la activación del vago dorsal. Esta conducta automática, cuyo fin es desconectarnos de la realidad tan abrumadora que estamos viviendo en ese momento, nos llevará con frecuencia a disociarnos, a hacer que nuestra mente, nuestras emociones, nuestro cuerpo, se desconecten entre sí, y eso facilitará que nuestro sentido de identidad no sea consistente, coherente, y sea más fácil que afloren situaciones de sufrimiento psíquico en la etapa adolescente y adulta.

 

La mayor parte de personas sentimos una sensación de “seguridad visceral” cuando estamos viviendo una situación verdadera de calma y serenidad. Es decir, si hacemos un barrido de sensaciones a nivel de nuestro vientre o tórax, seguramente sentimos que están “tranquilos”, no hay bloqueos en la boca del estómago, o retortijones, o aceleración de nuestro corazón. Se ha demostrado que esta capacidad de tomar conciencia de nuestros estados internos es un recurso muy importante para recuperar nuestra conciencia corporal y emocional, y permitirnos superar situaciones de desbordamiento emocional asociadas a múltiples trastornos, tanto del estado de ánimo como de la personalidad y psicosis.

Por otro lado, las personas que han sufrido abusos o abandono en la infancia suelen mostrar en estudios cerebrales cierta desconexión entre regiones en las que reside la conciencia corporal y el sentido del yo, de identidad. Es decir, “soy” en tanto que me reconozco de forma profunda dentro de un cuerpo al que siento. Potenciar estas conexiones ayuda a sentirnos mejor, a tener un sentido más profundo de la vida. Es por ello que el tacto afectivo (a través de masajes), el yoga y las diversas formas de terapia psicocorporal que han ido surgiendo en las últimas décadas son recursos muy valiosos como complemento a un acompañamiento psicoterapéutico.

 

 

¿Haber tenido experiencias adversas en la infancia se relaciona con la aparición de enfermedades en el adulto?

 

Cada vez, más investigaciones respaldan esta afirmación, especialmente en las enfermedades crónicas de tipo inflamatorio, como las autoinmunes, y en situaciones de dolor crónico no oncológico. Prueba de esta importancia es que el propio Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) tiene una web que alberga información al respecto, derivada del estudio ACE que se puso en marcha hace más de veinte años (https://www.cdc.gov/violenceprevention/acestudy/).

 

Nuestra visión tradicional de considerar separados cuerpo y mente cada vez tiene menos sentido. Somos una unidad integrada, nuestro cuerpo es el sustento de nuestras emociones y estas modelan nuestra forma de pensar y de estar en el mundo. Tendemos a vivir en negación de lo que sentimos profundamente, pues es lo que hemos recibido, y más allá de buscar culpables, quizá nuestra responsabilidad sea observarnos interiormente y reconocer al niño que aún habita en nosotros para abrirnos a sentir y acoger todo aquello que no es pasado, sino presente mientras sigamos llevando esa venda inconsciente.

 

¿Qué parece funcionar para superar nuestros traumas?

 

Van der Kolk, en su libro, ofrece una panorámica de los recursos que él ha ido incorporando a lo largo de más de 40 años de experiencia:

  • Por un lado, un acompañamiento cercano, basado en el respeto y en facilitar la autoconciencia emocional y corporal de la persona, en un entorno seguro, de aceptación y sin juicio.

 

  • Facilitar la reconexión con las propias emociones y el cuerpo, a través de la respiración, el tacto y el movimiento. En este sentido, la meditación (y mindfulness), el masaje y aquellas técnicas corporales basadas en la conciencia corporal (yoga es la que está más estudiada a nivel científico) constituyen una ayuda inestimable. Van der Kolk también emplea el neurofeedback para ello.

 

 

  • Una vez que se ha logrado cierto grado de regulación emocional, y reducción del sufrimiento, es posible abordar los recuerdos traumáticos. Para ello, la técnica de EMDR (desensibilización y reprocesamiento mediante movimientos oculares) (www.emdr-es.org) constituye un recurso de referencia, aunque la EFT (técnica de liberación emocional) da muy buenos resultados también (http://psiquentelequia.com/eft-tapping/).

 

  • Facilitar un cambio de visión de nuestro sistema interno, aprendiendo a vernos no como unidad interior rígida, sino como una “familia interna” con distintos componentes que reflejan a veces nuestras contradicciones a nivel emocional o de comportamientos. Van der Kolk se basa en la teoría de los sistemas familiares internos de Richard Schwartz para facilitar una reconciliación entre esas partes que todos llevamos dentro y que de ese modo pueden permitir una existencia pacífica, coherente y serena.

 

  • Potenciar la conexión con los demás, a través de actividades que impliquen sincronización entre los participantes y refuercen el sentido de pertenencia. Aquí es donde actividades como el teatro o hacer música juegan un papel fundamental, pues nos abre desde lo más visceral a los demás y nos permite sentir, más allá de la mente, la conexión con las otras personas.

 

 

  • Van der Kolk deja un apartado pequeño para la medicación (antidepresivos, antipsicóticos, etc). Si bien su práctica profesional comenzó en pleno auge de la psicofarmacología, los años han venido demostrando sus carencias para producir mejoras reales y duraderas en las personas, sin un apoyo psicoterapéutico integral. Un fármaco puede ser útil en ciertos momentos del proceso, pero siempre como ayuda, no como pilar del tratamiento.

 

A modo de conclusión

 

La lectura consciente de este libro, como resumen de la trayectoria de un profesional sensible con las personas a las que acompaña, me ha permitido hacer un balance de mi propia trayectoria vital y de cómo me aproximo a las personas que ahora acuden a mí. Cada día siento más profundamente que nuestro camino en la vida se basa en reconectarnos con el niño que fuimos, en permitir que la imaginación nos permita abrazarlo y darle aquello que necesitó y que quizá no recibió, y desde ahí tomar conciencia de cada mirada, de cada caricia, de cada palabra, de cada abrazo, de cada canto, de cada emoción, de cada segundo de vida para sentirnos realmente anclados a esta existencia mientras dure, de forma plena y consciente, sin mirar a otros lados, reconociendo nuestra capacidad para trascender creencias basadas en el miedo o en lo establecido, abriéndonos a explorar desde nuestro ser. Como suelo decir cada vez con más frecuencia, abrámonos a jugar, con nosotros mismos y con los demás.

 

Referencias bibliográficas

  • Porges, S. W. (2009). The polyvagal theory: new insights into adaptive reactions of the autonomic nervous system. Cleveland Clinic Journal of Medicine, 76 Supplement 2, S86-S90.
  • Van der Kolk, Bessel. (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Barcelona: Eleftheria.

 

El cuerpo como recipiente del dolor y valiosa fuente de curación

El post de hoy trata sobre el cuerpo. El cuerpo es ese gran olvidado, del que sólo nos acordamos cuando llega el buen tiempo y queremos lucir lo más atractivos posible o cuando algo no funciona como debiera (gripe, alergia, esguince o enfermedades más graves). Normalmente damos por hecho su buen funcionamiento y no valoramos que gracias a él vivimos, nos relacionamos, experimentamos y sentimos. De hecho, tendemos a prestarle atención cuando queremos criticarlo o menospreciarlo por no ser “lo perfecto que debiera” según los cánones establecidos que nos inundan a diario a través de los medios de comunicación, las redes sociales, etc. La realidad es que nos suele costar amar y respetar nuestro cuerpo.

 

LA SABIDURÍA DEL CUERPO

 

Y, sin embargo, el cuerpo guarda una gran sabiduría. Podemos observar en él, a través del movimiento o la postura, indicios que nos hablan de la historia de la persona. Al igual que con el paso de los años se nos marcan más las arrugas de los músculos de la cara que más utilizamos, en el cuerpo también se reflejan los aprendizajes que hemos ido adquiriendo y que nos han ayudado a garantizar la supervivencia y a mejorar el bienestar.

Ya desde pequeños, podemos ver cómo el cuerpo reacciona al entorno. Un ejemplo de ello se observa en el experimento de la cara inexpresiva realizado por Tronick.

 

En dicho experimento se exponen a bebés jugando con sus madres y en un determinado momento se les pide a las madres que dejen de reaccionar, poniendo una cara que no exprese ningún tipo de sentimiento ni de reacción. Al principio, el bebé intenta hacer reaccionar a la figura de apego, para lo cual intenta provocar su sonrisa, llamar su atención, se enfada y/o llora. En definitiva, hace todo lo que está en su mano para generar algún tipo de reacción en ella. Cuando pasan unos minutos sin que la madre responda el bebé realiza comportamientos autoorganizativos que le ayudan a regularse, tales como chuparse el dedo o apartar la mirada, entre otras acciones. Si estás acciones se repiten en la vida del niño o niña sin las conductas reparadoras apropiadas por parte de la figura de apego, el cuerpo del bebé reaccionará de forma que sus posturas se convertirán en tendencias procedimentales que continuarán a lo largo de su vida adulta. Estas experiencias se irán registrando como una serie de expectativas inconscientes sobre el entorno y sobre nosotros mismos altamente potentes que irán influyendo en el desarrollo de nuestro cerebro y nuestro cuerpo. Si, por ejemplo, en la infancia un bebé ha vivido repetidas experiencias de miedo, con el paso del tiempo es probable que encontremos a un adulto que camina con los hombros encorvados hacia delante. Esta postura corporal es el reflejo de experiencias pasadas grabadas en la memoria corporal que se mantienen en la actualidad aunque ya no sean adaptativas puesto que las situaciones generadoras de miedo ya no existen.

 

DESCONEXIÓN DEL CUERPO COMO PROTECCIÓN

 

Aprendemos a desconectar del cuerpo en el ambiente familiar desde la infancia, ya sea por represión o por querer cumplir las expectativas de nuestras figuras de apego. Las figuras de apego son aquellas personas con las que tenemos un vínculo especial y que por lo general se han encargado de nuestra crianza (normalmente son los padres, abuelos o tíos). Si nos dicen “no llores, eso no sirve de nada” aprendemos a reprimir esas emociones por no ser aceptadas por las personas importantes para nosotros. Con el tiempo y a fuerza de reprimir dichas emociones desconectamos del cuerpo y, en consecuencia, de la valiosa información que éste nos proporciona. La represión y la desconexión de las sensaciones sentidas en el cuerpo tienen un sentido adaptativo. En un ambiente en el que no se tolera la tristeza o la debilidad demostrarlas podría resultar peligroso, tanto a nivel físico como emocional. Por tanto, tapar y negar dichas emociones ayuda a la protección y a la supervivencia. El problema radica en que dichos patrones se generalizan y se mantienen en el tiempo cuando ya no son necesarios y la persona los sigue utilizando para evitar un posible sufrimiento futuro.

 

desconexión del cuerpo

 

RECONEXIÓN DEL CUERPO COMO CURACIÓN

 

Reconectar con el cuerpo puede dar vértigo e incluso miedo. Es lógico pensar que conectar con aquello que se reprimió pueda asustar. Sin embargo, si centramos nuestra atención en conocer y aceptar esas partes de nosotros mismos que van más allá de lo verbal encontraremos un camino más libre y lleno de posibilidades para mejorar nuestro bienestar.

Pongamos de ejemplo una persona a la que desde la infancia han infravalorado o ignorado sus logros. Es probable que esta persona desarrolle un pecho hundido, brazos flácidos y respiración superficial asociados a una creencia de “yo no puedo, no sé, no soy lo suficientemente inteligente o capaz”. Además de trabajar con esas creencias limitantes, el trabajo con el cuerpo resulta fundamental. Intervenir para modificar esa postura corporal que actúa como un recordatorio somático de la inseguridad y del sentimiento de incapacidad es clave. Si la persona modifica la postura corporal, alineando la columna vertebral y sacando así al pecho de su hundimiento en una postura relajada, fortaleciendo a la vez los músculos del abdomen y realiza una respiración más profunda es más que probable que conecte con sus recursos y su sentimiento de capacidad. Mantener la linealidad del cuerpo nos conecta con un locus de control interno que nos hace sentirnos seguros y capaces sin necesidad de estar a la defensiva.

 

postura sana

 

Tal como dice una gran terapeuta el cuerpo siempre es tu aliado. No lo castigues por no ser perfecto. Si aprendes a amarlo y a aceptarlo por cómo es estarás más en contacto con él, podrás conocerte mejor y te aportará información muy valiosa para mejorar tu bienestar físico, mental y emocional.

 

Referencias bibliográficas

  • Ogden, Pat y Fisher, JaninaPsicoterapia sensoriomotriz: intervenciones para el trauma y el apego, Desclée De Brouwer. Edición 2015.

 

Mi cerebro se va de botellón

Fui de la generación del botellón para que negarlo. Si al mirar atrás ves un ir y venir de amigos, bancos, parkings, escaleras, parques, playas, de botellas de marca la pava, bolsas de hielo y vasos de plástico; e ahí la prueba.

Al pasar los 30 eso del botellón no está bien visto (ahora lo más apropiado es tomar Gin Tonic), aunque si te criaste en la época del botellón es normal que te den ganas de volver a beber en la calle cuando pides un Gin Tonic (al que quién sabe por qué le ponen kiwi flameado y especias) y te clavan 12 €. Esta situación, basada en hechos reales, me hizo reflexionar y me propuse escribir un artículo al respecto. Este es el resultado.

Con este artículo he quiero responder a algunas de las preguntas acerca del alcohol y el organismo que se han ido acumulando a lo largo de los años como por ejemplo: ¿Cómo afecta el alcohol a mi cerebro? ¿Por qué tenemos resaca? ¿Qué hace que con la edad las resacas sean monstruosas? ¿Cuál es el mejor kit de supervivencia para la resaca? ¿Por qué después de una borrachera épica a base de Martinis no puedo ni olerlo?

 

Resaca: una historia de amor

couple-love-bedroom-kissing

Rebuscando entre artículos científicos acerca de los efectos del alcohol en el organismo, lo que menos te esperas es encontrar una apasionante historia de amor. Pero así fue. El alcohol (Romeo) y los receptores de glutamato (Julieta) sienten al encontrarse una atracción tan fuerte que cuando se ven por primera se produce un flechazo, y ambos se funden para siempre en un eterno abrazo. Como consecuencia de ello mis receptores de glutamato quedan inutilizados.

Aquí comienza el culebrón. Cuando el glutamato, quien está comprometido con el receptor de glutamato, se entera de la infidelidad se deprime y mucho. Resulta que el glutamato es importante porque se encarga de excitar las conexiones entre neuronas (las archiconocidas sinapsis), y como el glutamato no hace más que llorar y gastar Clinex, el funcionamiento de mi cerebro se resiente. Como cualquier pareja joven y apasionada, los receptores de glutamato y el alcohol tienen sus lugares favoritos. Les gusta proclamar su amor por el hipocampo (memoria), la amígdala (emociones) y el cuerpo estriado (movimiento y otros menesteres). ¡Esto me pasa por beber! ¿No? En parte sí, pero resulta que ocurre lo mismo cuando me como un buen chuletón (debido a la grasa animal) o media docena Cup Cakes (gracias a la bomba de azúcar).

Mientras tanto, el alcohol se va apoderando de mi cuerpo y lo altera. Uno de los más perjudicados es mi hígado dado que cambia su forma de funcionar (su metabolismo vaya), lo que se traduce en una escasez de azúcar en sangre.  Otro aspecto interesante (para sentirme como si me hubiera pasado un camión por encima) es que el alcohol es diurético y hace que me pase la noche yendo al baño como si no hubiera un mañana. El resultado: deshidratación.

head-254863

 

Al final la historia de amor acaba con un final trágico. En mi cerebro el alcohol entra repartiendo manporros a las neuronas al más puro estilo Bud Spencer. El alcohol es nuerotóxico y hace que un buen puñado de mis neuronas mueran. En una persona sana, las neuronas sólo mueren por un golpe fuerte en la cabeza o debido a tóxicos. Y aquí ni el kiwi, ni las especias, ni San Pancracio pueden hacer nada. De todos modos (mamá no te preocupes) en mi hipocampo nacen unas 700 neuronas cada día (y también en otras partes del cerebro).

¿Qué hace mi organismo con el alcohol? Su estrategia es convertir algo tóxico en algo inofensivo. ¿Cómo? En el hígado hay dos enzimas encargadas de convertir el alcohol (tóxico como el sólo) en un inofensivo acetato. Lo que ocurre es que cuando la concentración de alcohol es muy elevada (como ocurre con el whisky o la ginebra), nuestro hígado tiene más trabajo que el polígrafo de «Salvame» y no da a basto. En este contexto, nace el hijo del alcohol y los receptores de glutamato: la resaca.

 

Dormir la mona

industrial-1636380_1280

 

La mejor forma de eliminar toxinas es durmiendo porque es cuando viene la mujer de la limpieza. Mientras en mi organismo el sistema linfático se encarga de recoger la basura celular, en mi cerebro el tamaño de las células se reduce un 60% y se lanza un chorro de líquido cefalorraquideo para limpiar toxinas (sistema glinfático) que arrastra la porquería hasta el hígado donde finalmente pasan a mejor vida.

Esto es muy lógico. Imagina que los barrenderos salen a limpiar las calles con la manguera a las 9 de la mañana. La ciudad despierta, el tráfico es denso, tardan una hora mas en llegar al lugar. Luego empiezan a mojar a jóvenes que van a la escuela o ejecutivos, reciben quejas, y tardan dos horas más en hacer si trabajo. Esto no es eficiente. Y al organismo le obsesiona la eficiencia. En resumidas cuentas, la noche que decido irme de botellón es para mi cuerpo como para un pueblo sus fiestas patronales, y el hígado es el pringado que le toca hacer turno triple.

 

La resaca y la edad

A los 18 años comienza a confabular nuestra piel para tejer las primeras arrugas (la regeneración no da a basto). A partir de los 30 la tendencia de es a perder músculo y ganar grasa. Celebramos nuestro 40 cumpleaños produciendo menos saliva (nuestra pasta de dientes antibacterias natural) y los dientes se quedan en cueros, o a los 65 la voz cambia el tono debido a que se “aflojan” las tuercas de los tejidos blandos de la laringe. Vamos que con el tiempo en nuestro organismos van cambiando cosas.

 

pexels-photo-132737

 

Aunque nos preparemos brebajes más caros o sofisticados, los estudios científicos muestran que con la edad tenemos más grasa (y menos líquido) por lo que estamos peor hidratados y nuestro hígado se hace más vago (en concreto la culpa es de las enzimas que se encargan de metabolizar el etanol). Vamos que el alcohol resulta más tóxico porque lo eliminamos peor y nuestros órganos se vuelven más sensibles a la toxicidad, lo que hace que al pasar los 30 el tiempo necesario para recuperarse de una resaca se alarga sin compasión (dos días no te los quita nadie).

 

Kit de supervivencia para la resaca

Dos cosas que te resultarán muy útiles para tus futuras salidas nocturnas. La primera es tener presente las bebidas alcohólicas que más resaca dan. De mayor a menor: coñac, vino tinto o calimocho, ron, whisky, vino blanco, gin tonic, vodka y cerveza. (Sí, estoy de acuerdo que antes de los nombres que le hemos puesto a los volcanes, deberían habernos enseñado esto en el colegio).

Con esto en mente, y una vez elegido el tóxico de la noche, propongo sin más dilación un kit de supervivencia para la resaca:

KIT DE SUPERVIVENCIA PARA LA RESACA


  • Antes y después dela juerga, un buen chute de carbohidratos.
  • Bebe toda el agua que puedas (si es entre copas mejor).
  • Duerme lo máximo posible.
  • Prohibido el café (es diurético y, aunque despierta, terminaría por deshidratar igual que el alcohol… malo).
  • Come fruta (peras, manzana un poco oxidada o naranja).
  • Si como yo has pasado los 30, plantéate tomar un sabroso Ibuprofeno antes o al levantarte.
  • Para la sensación de sentirse minúsculo o de que el mundo es una m**r*a… lo mejor son mimos.

 

También puedes no beber alcohol si no te apetece (en serio, te lo pasarás bien igualmente). 

 

¿Por qué no puedo oler el Martini?

Hace más de quince años me pillé una buena borrachera a base de Martini. Desde entonces, es oler el Martini y…. ¡Buuaahhhhhhgkas! ¿Cómo es posible que el olfato evoque ese recuerdo tan intensamente?

 

cocktail-1548905_1280

 

Al servirme un Martini millones de moléculas se desprenden y algunas de ellas llegan a mi epitelio olfativo (en cristiano tejido olfativo). Allí le esperan alrededor de 15-20 millones de neuronas bañadas en moco que están conectadas al bulbo olfativo (como el escaparate de una perfumería). Lo interesante es que milésimas de segundo después, en su camino por el cerebro, la información del olfato relativa al Martini atraviesa las zonas que se encargan de mis emocionessentimientos (corteza insular y amígdala), lo que hace que aquello que huelo se vuelva emotivo y sentimental.

Los olores no son algo físico del alimento sino una experiencia mental. Lo mismo ocurre con todos los sentidos y también con la memoria. Este punto es clave para entender cómo un olor puede generar un estigma en mi memoria, y nada más encontrarse mi epitelio olfativo con moléculas de Martini, mi cerebro hace que sienta un asco que pa qué.

Gracias a Dios estamos genéticamente programados para tener comportamientos como este, así la estupidez que me llevó a tomar 6 vasos de Martini hace más de quince años, y pasar aquella resaca épica, no se volverá a repetir (al menos con Martini). ¡Salud!

 

Referencias

  • Bueno, D., Cerebroflexia: El arte de construir el cerebro. 2016, Barcelona, España: Plataforma editorial.
  • Meier, P. and H.K. Seitz, Age, alcohol metabolism and liver disease. Curr Opin Clin Nutr Metab Care, 2008. 11(1): p. 21-26.
  • Estupinyà, P., El ladrón de cerebros: Compartiendo el conocimiento científico de las mentes más brillantes. 2010, Barcelona, España: Debate.

El impacto de la tecnología en la imagen del cuerpo

Esta publicación está inscrita dentro de una serie en la cual se tratan fenómenos propios del siglo XXI: “Un nuevo malestar: la realidad virtual” y “El goce de mirar y hacerse-mirar”. Para introducir el contexto del vínculo del sujeto con su cuerpo, se tomará como referente la ponencia de la psicoanalista francesa Marie-Hélène Brousse sobre Cuerpos Lacanianos (2010). Según Brousse, el gran aporte de Lacan con respecto a la imagen fue la delimitación de la misma como teniendo un poder en lo real. Es decir, como algo que es eficaz y tiene consecuencias en lo real. Brousse retoma el ejemplo que utiliza Lacan basado en la etología sobre la reproducción sexual de las palomas. De acuerdo con estos estudios, para que los órganos sexuales de estas aves se reproduzcan, es necesaria la percepción de la imagen de otra paloma en un momento crítico de su desarrollo. Por su parte, en el desarrollo infantil, se observa como la concepción del cuerpo se construye a partir de la relación del niño con su imagen en el espejo.

 

El Estadio del Espejo

Imagen del Cuerpo

Durante las primeras etapas del desarrollo, predomina en el bebé lo que Lacan llama la fantasía del cuerpo fragmentado. Según la misma, el bebé no experimenta su cuerpo como un todo unificado, sino como partes aisladas. Lo podemos observar cuando el infante encuentra sus piecitos y los introduce en su boca, como un objeto de satisfacción de su pulsión oral. Igualmente se evidencia toda vez que el bebé se extrañe ante su imagen en el espejo, y traté de tocarla como si fuera otra persona.

El Estadio del Espejo es un concepto propuesto por Lacan que consiste en el paso de la experiencia del cuerpo fragmentado del bebé recién nacido, al reconocimiento e identificación de la imagen de su propio cuerpo en el espejo. La madre en su discurso le indica “éste eres tú”, creando paulatinamente en el niño la imagen de sí mismo.

Esta experiencia ocurre en tres tiempos:

  • Primero el bebé experimenta una confusión entre sí mismo y el otro. Como si percibiera la imagen de su cuerpo como la de un ser real al que intenta acercarse o atrapar. Esto domina la dialéctica del comportamiento con sus semejantes.
  • Luego, puede distinguir la imagen del otro de la realidad del otro. Descubre que el otro del espejo no es un ser real sino una imagen, por lo que ya no intenta atraparla.
  • Surge la convicción de que la imagen del espejo es la suya. Al reconocerse, el niño reúne el cuerpo fragmentado en una totalidad unificada, que constituye la representación del propio cuerpo. El reconocimiento de su imagen en el espejo, constata la conquista de su identidad.

Si el niño no atraviesa satisfactoriamente este estadio, se hace una barrera protectora, donde fallan la simbolización del cuerpo y las identificaciones primarias. Siendo que la unidad de la imagen corporal no está lograda, si algo de esta imagen o del entorno se altera, surge la angustia del ser, experimentada como angustia de muerte o angustia de fragmentación.

imagen del cuerpo

 

Del cuerpo fragmentado a la imagen del cuerpo

Volviendo a la ponencia de M.H. Brousse, en un principio el niño experimenta sensaciones orgánicas múltiples sin unidad, lo que Lacan denominó cuerpo fragmentado. La unidad posterior del cuerpo no viene de estas sensaciones, sino de la imagen encontrada en el espejo (o en el otro primordial). Con el logro de la imagen unificada del cuerpo, en la psique se establece una suerte de velo que cubre al cuerpo fragmentado. Brousse lo conceptualiza de la siguiente forma:

Imagen del cuerpo

La barra representa al velo, que deja al cuerpo fragmentado en el inconsciente. Cuando esta barra falla, se dan fenómenos característicos de la psicosis. En dicha estructura psíquica, se evidencia como el cuerpo está fragmentado. Por esto, la auto-mutilación es posible, ya que son sólo partes que pueden desprenderse sin más.imagen del cuerpo

En sujetos neuróticos, ocurren fenómenos que evidencian la angustia ante la caída de este velo. M.H. Brousse pondrá dos ejemplos que ilustran muy bien este aspecto. El primero, muy cotidiano, se trata del cabello. Éste es una parte de la imagen exaltada y con un alto valor fálico en todas las culturas, aunque sea de maneras distintas. ¿Qué ocurre cuando vemos hebras desprendidas del cuero cabelludo en el lavamanos o la bañera? Fuera de la imagen unificada produce una sensación repulsiva.

El segundo ejemplo, se basa en el film “Salvando al Soldado Ryan”. Se enfoca en la escena donde un soldado es lanzado al suelo producto de una explosión. Al ver a su lado su propio brazo desprendido de su cuerpo, entonces grita. Esto evidencia como algo de la imagen del cuerpo cortado produce terror. Lo mismo ocurre con las voces y la mirada, que nos son familiares siempre que parezcan provenir de una boca o unos ojos humanos.

 

Los efectos de la ciencia en la imagen del cuerpo

En la actualidad, el desarrollo de los discursos de la ciencia y la tecnología, han impactado el modo en el sujeto experimenta la imagen de su cuerpo. En ocasiones produciendo la experiencia del cuerpo fragmentado característica de etapas más tempranas del desarrollo. ¿Qué fenómenos actuales dan cuenta de estos procesos?

1) El cuerpo visto desde dentro:

Como se expuso en el post sobre la mirada: El goce de mirar y hacerse-mirar, la imagen del cuerpo ahora está separada de la percepción visual humana. Un ejemplo claro son las ecografías, que constituyen las primeras imágenes del bebé antes de nacer. Del mismo modo, con el uso de los ultrasonidos, los médicos pueden ver a través de la piel. En la actualidad, somos capaces de ver elementos que no existen en la experiencia perceptiva posible para el ojo humano. Aunque el sujeto esté detrás, son imágenes imposibles de ver sin las máquinas.

2) El cuerpo como objeto científico:

El discurso de la ciencia ha alterado la vivencia de cuerpo fragmentado, que ahora no está velado sino expuesto. La ciencia ha despojado al cuerpo de la imagen que lo recubría. Ahora, se ha constituido en su objeto de estudio, e incluso un objeto de comercio que se puede comprar o intercambiar. Es lo que ocurre con los trasplantes de órganos, su donación e incluso su tráfico.

3) La ideal y falsa imagen del cuerpo:

Del mismo modo, la imagen del cuerpo es un aspecto importante del yo ideal. Hay sujetos para los cuales la imagen de su cuerpo no corresponde con este ideal. En la actualidad, la cirugía plástica estética está disponible para tratar de cerrar esta brecha en la realidad. En algunos casos, se busca un ideal de belleza, en otro incluso un cambio de sexo. Lo cierto es que el abuso de esta práctica crea perplejidad en el observador.imagen del cuerpo

4) Los gadgets como extensión del cuerpo:

La realidad virtual y la tecnología de teléfonos celulares permiten por un lado una suerte de conexión entre la máquina y el cuerpo, al igual que el lente de las cámaras fotográficas con el ojo. La ciencia hace posible superar otra barrera, el objeto está presente en su ausencia. Del mismo modo que el ojo humano no tiene la capacidad de ver a través de la piel, físicamente es imposible estar simultáneamente en dos sitios. La ciencia y la técnica lo han hecho posible, siempre que se tenga la máquina. El consumo de las mismas se torna vital.

5) El cuerpo virtual:

El cuerpo en las redes sociales cumple algunos rasgos de los otros fenómenos mencionados. Primero, la ausencia del cuerpo real en el establecimiento de los vínculos interpersonales. Dos o más sujetos pueden relacionarse sin estar en el mismo lugar físico, por medio de los aparatos electrónicos y el internet.

Por otro lado, es posible hacer una “cirugía virtual” de uno mismo, al plasmar en las redes rasgos ideales para el sujeto, que pueden o no corresponder con la realidad. En el plano de la imagen, el uso de filtros, aplicaciones, y programas como Photoshop, permiten alterar esa imagen y mostrar a sus “amigos” o “seguidores” una cara más hermosa según con los estándares de belleza de cada quien.

imagen del cuerpo

 

Comentario final

En muchos casos, el modo en que la tecnología impacta la imagen del cuerpo es beneficiosa para el sujeto, proporcionando oportunidades sobre todo el en ámbito de la salud. En otros casos, la tecnología se constituye en un medio a través del cual es sujeto manifiesta alguna dificultad con respecto a la imagen de su cuerpo, en relación consigo mismo y con su yo ideal. El grado en que estos cambios en la tecnología y la ciencia tengan un impacto o no en el sujeto depende de factores que se relacionan con la resolución de procesos psíquicos complejos en la infancia y el desarrollo posterior.

 

 

Referencias bibliográficas:

Fuentes:

ZEN: Ser y cuerpo

 

TEISHÔ 4 – TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

 

El Buda, la cabeza de Dios, reside tan cómodamente

En los circuitos de un ordenador digital o en los engranajes

de transmisión cíclica como en la cumbre

de una montaña o los pétalos de una flor.

Pensar de otro modo es degradar al Buda; o, lo que es lo mismo,

Degradarse a sí mismo.

 

Eso que llamamos vida, se muestra ante nuestros sentidos como un flujo irresistible de formas cambiantes. Nuestras propias formas corporales, reflejan la fluida dialéctica entre la permanencia y la impermanencia. Y ello hasta tal punto, que los biólogos constatan de qué manera nuestro cuerpo, con la totalidad de sus células, es capaz de tornarse en «otro» cuerpo en un reducido tiempo. Cuando hacemos la pregunta ¿dónde localiza usted su Yo?, nos miran con extrañeza. Tan sólo la insistencia de la pregunta forzará, quizá, una vacilante respuesta: «en la cabeza»…. «en el corazón»…. «en el estómago…» Es regla común que tendamos a dar supremacía a una zona que conocemos, mientras huimos inconscientemente del lugar en que nos sentimos marionetas de las fuerzas que no controlamos. Nos inclinamos a sobrevalorar el espíritu racional sobre lo natural no racional, y tememos perder la «forma» del pensamiento convencional, encarnada en nuestro personaje social. Toda manifestación de la vida discurre a través de dos movimientos opuestos: el impulso hacia el desarrollo de nuestro personaje-personalidad individual, y, de otro lado, el empuje hacia la pérdida de su «forma» para fundirse en la unidad del gran Todo. Dos movimientos reveladores de los dos tipos del sufrimiento humano y que es nuestra tarea lograr armonizar, ya que lo que se opone a este doble movimiento engendra sufrimiento en el corazón del hombre.

 

zen

 

Si es cierto que «ser normal» consiste en seguir las leyes naturales, lo natural sería entonces no resistirnos al curso de ese movimiento de nacer, crecer y entrar en el gran Todo: morir-re-nacer-cumplirnos plenamente en una nueva forma. Pero suele ocurrir que optemos por estancarnos. Tememos a las nuevas formas posibles y nos aferramos al personaje conocido, reprimiendo así la fluidez del cuerpo como pastor del Ser, capaz de revestirse en diversas formas temporales. El cuerpo en tanto que recipiente- receptáculo del ser; el cuerpo que se es, el cuerpo, des-vestido y re-vestido de provisionales formas mientras alcanza la. Forma inmutable.

El sufrimiento humano procede del estancamiento que le aparta de su doble origen, siendo tan antinatural reducir al silencio las formas «demoniacas» de la tierra que intentan emerger a la conciencia, como rehuir la formas emergentes del espíritu. Una y otra represión alejan al ser humano de su verdadera patria.

La fuerza natural que proviene de las formas del yo, preocupado por saber, tener y poder, es una fuerza paradójica: siendo necesaria para la vida; se vuelve molesta, sin embargo, cuando nos identificamos con ella reprimiendo la fuerza emergente que nace de nuestra naturaleza real, la que alcanza su sentido en la Unidad universal de la Vida; de ahí que la fuerza identificatoria con el ego sea una fuerza deformante en la medida en que nos separa y distrae de nuestras verdaderas raíces. Así, en esa identificación con el yo mental, se gesta el sufrimiento. Veamos lo que a este especto recoge una vieja historia Zen:

 

Dos monjes, al ver flamear una bandera

en el viento, comenzaron a discutir.

Uno dijo: “La bandera se mueve”.

El otro sostuvo: “No, es el viento el que se mueve”.

Y así siguieron sin ponerse de acuerdo.

Hui-Neng, el Sexto Patriarca, se acercó a ellos y dijo:

“No es la bandera la que se mueve.

No es el viento el que se mueve.

Es la mente de ambos la que se mueve.

 

En el Za-Zen tenemos la oportunidad de contemplar las fuerzas que bullen dentro de nosotros mismos. Es curioso constatar cómo casi siempre comenzamos la sentada mediante una acto voluntarioso de sujetar la postura, controlar la respiración, dominar el dolor o el sueño, y vigilar la distracción. Sin embargo, cuando la meditación avanza, a la concentración suele sucederle la experiencia envolvente que nos libera del voluntarismo. Y fluye entonces espontáneamente la vivencia del ser que emerge de la profundidad. Ya no respiramos, sino que “alguien” nos respira, conectándonos con la esencia que está más allá del control de la voluntad individual, conectándonos con lo más íntimo de nuestra intimidad. En la práctica de la meditación suele aparecer esa doble fase.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Jairo Alzate

 

ZEN: No morarás en ninguna parte

TEISHÔ 2 (TEISHÔ 1)

Un niño chino Daikan Enô, oyó un día recitar un sutra que cambió su vida: “No morando en ninguna parte, la mente se manifiesta”. Esa sutra -la Sutra del Diamante-, le llevó a la iluminación profunda. Enô fue el sexto patriarca sucesor del gran maestro Bodidharma.

Uno de los sentimientos más dolorosos que los psicólogos captan del actual hombre occidental es el sentimiento de sentirse aislado, repatriado del ser que le es propio. El hombre, cada día con más fuerza, sufre esa separación, un sufrimiento que no es otro que la llamada lacerante del Ser no vivido en su conciencia, para que éste advierta su presencia. Y así, interpelado en su inconsciente por esa presencia, ha sentido desde lo más remoto de los tiempos que lo sagrado necesitaba un lugar, un hábitat.

Antaño las divinidades vivían en las grutas, en los bosques, en los manantiales; más tarde en las iglesias y las catedrales, según la cultura y el grado de conciencia de la humanidad. Hoy, el ser humano empieza a tomar en serio que el habitáculo de lo divino comienza a ser el propio ser humano; un habitáculo donde el ser y el estar se unifican, donde “los seres se hacen estares”, como tan bellamente lo describió el poeta Antonio Machado. El cuerpo es la estancia más íntima; el cuerpo, receptáculo y caja de resonancia donde vibra la sensación de ser, haciéndola más intima que la propia intimidad. El cuerpo, como expresión del Ser que lo habita y lo interpela a tomar conciencia de su verdadera naturaleza. El cuerpo, territorio extremo de la interioridad del Ser, intimor intimo meo; el locus o lugar fuera de todo lugar; espacio de la materia, mater, interior que nos liga a la vida; el cuerpo, donde el sonido del origen vibra y se hace carne. El niño, en su rudimentaria conciencia, ya lo pre-siente desde sus momentos más tempranos.

Pero también el ser humano adulto, desde su más profunda vena, sabe que, llegado su momento, debe abandonar el estado de eterna infancia en el que ha estado confinado bajo el imperio del arquetipo de la diosa madre hecha materia y hecha cuerpo. Y desde la larga noche de la evolución, el hombre se va elevando del cuerpo hasta otra nueva conciencia, el pensamiento, con el que, separado de la gran Madre, puede alzar su identidad aislada y proclamar así su ego: El arquetipo del padre refleja la verticalidad, la elevación sobre la horizontalidad de la madre tierra, el cielo, la cima, la claridad del espíritu-pensamiento sobre la eterna noche de la placenta materna. Así, esa necesidad de altura que al hombre mismo le eleva y le hace cumbre, revela su deseo de Absoluto en forma de pensamiento, en forma de lógica y en forma de la luz del entendimiento. Un noble deseo cuyo peligro reside en que el ser humano, cegado por el fulgor de esa luz, llegue a caer en el error de sustituir la vida por la idea de la vida. El Yo por el yo.

El pequeño ego racional es sumamente necesario, esencial, por su utilidad y pragmatismo; aunque ocurre que cuando el ser humano se identifica con él, puede llegar a asfixiar la llamada del Ser, alejándose así de la profundidad de su verdadera naturaleza una vez cimentada su identidad en la sola razón. La razón es el gran logro de Occidente; pero también su drama. El hombre, por tanto, deberá ponerse de acuerdo consigo mismo unificando, fusionando, los polos de su doble origen, el terrestre y el celeste. Ese es el fin del Zazen. El objetivo del Za-zen es que la dualidad del pequeño ego desaparezca en el Sí Mismo para poderlo así transparentar . Eso es lo que sucede cuando aceptamos no morar en ninguna parte: el Ser nos traspasa sin obstáculos y, libre del polvo narcisista, nuestro cuerpo y nuestra mente, transparentan libremente la Gran Mente del Ser.

zen

 

Dice el Maestro Dôgen:

 

Estudiar budismo es estudiarse a sí mismo.
Estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo.
Olvidarse de sí mismo es estar iluminado por todas las cosas.
Estar iluminado por todas las cosas es desprenderse
del propio cuerpo y de la propia mente,
y desprenderse de los cuerpos y las mentes de los otros.
Ningún rastro de iluminación permanece, y este ningún-rastro
Continúa interminablemente.

 

DÔGEN

Tenemos miedo a desaparecer, y cuando en el zen oímos eso de desmontar el ego nos entra pánico, el horror vacui , horror al vacío. Pero bien entendida, la vacuidad hace referencia al hecho de vaciarnos de nuestras ideas, sin que por ello sea opuesta a la existencia. La vacuidad no equivale a la extinción, sino al hecho de prescindir de las ideas de existencia e inexistencia, ya que la realidad está mucho más allá de ese binomio. La vacuidad es una herramienta liberadora de la hojarasca de imágenes mentales que nos turban impidiéndonos ver la realidad que está más allá y más acá de los opuestos existencia-inexistencia. Es imprescindible no dejarse atrapar por las ideas, incluida la idea misma de vacuidad.

La esencia de la sabiduría reside ahí, en superar el binomio existencia-inexistencia. Consiste en percibir el no-nacimiento y la no-muerte.

Aclarado eso del desmantelamiento del ego, y volviendo a la Psicología, quisiera recordar que en nuestro caminar hacia la totalidad es importante la palabra “individuación” acuñada por Carl Gustav Jung, que significa alcanzar a ser enteramente uno mismo. La tragedia de ser humano actual es que se le ha negado el permiso de ser él mismo. Pero el hombre no se ha rebelado ante semejante tragedia, y la neurosis más intolerable en occidente no es otra que el haberse alejado de ese centro que la Psicología llama el Sí Mismo y Dürckheim Ser Esencial, la forma con que el ser individual participa del Ser el auténtico morador en esa estancia llamada cuerpo.

Gracias a la fidelidad al ejercicio que le permite acceder a esa conciencia no dual, el ser humano podrá algún día caer en la cuenta de que el Ser del que habla el Zen se experimentará en su propio ser; y se experimentará como un ser vivo, – ¡El Ser es un ser! – ilimitado, misterioso e inefable, que se con-forma (se hace forma) con todo y en todo lo que existe. El Todo en todo.

A través del ejercicio del Za-Zen estamos en condiciones de poder caer en la cuenta de quiénes verdaderamente somos al reconocer la naturaleza y el sentido de nuestro verdadero yo; de despertar al origen común de la humanidad más allá, y más acá; arriba y abajo; antes y después del cielo y de la tierra. Y ello, tanto en la intimidad de los latidos nuestro cuerpo, como en el milagroso vaivén de la respiración, o como en los resplandores del fuego de la mente. “ESO -la manifestación de la Gran Mente- es lo que experimentó Enô al escuchar el Sutra del Diamante; ESO es lo que sucede cuando, saltando los límites del pequeño ego de la razón instrumental, deshacemos nuestra falsa identidad no aceptando MORAR EN NINGUNA PARTE, para que de ese modo, como lo hacen en un cristal inmaculado, penetren en nuestro cuerpo los rayos de luz que nacen del Vacío y pueda transparentarse nuestro verdadero rostro. Cuidar por siempre y con mimo esa experiencia es el deber más grande de todo practicante de Zen.

Jinshû, un discípulo destacado del quinto patriarca, lo entendió así en su famoso poema:

 

El cuerpo es el árbol de la iluminación y soporte
de la mente, que es un espejo claro.
Límpialo una y otra vez,
no dejes nunca posarse polvo en él.

 

Se trata de un poema sin duda útil y estimulante para el que se inicia en el Zen, aunque si se observa con atención veremos que no alcanza a ser un exponente de lo que en sí misma es la iluminación. Así lo vio el mismo Enô, quien, nada más leerlo, y a modo de réplica, compuso seguidamente el siguiente poema alternativo:

 

El árbol de la iluminación en principio
no tiene tronco ni es soporte de un espejo claro.
En principio no existe ni una sola cosa.
¿Qué puede haber entonces
en que se pueda posar el polvo?

 

La diferencia es reveladora tanto en cuanto al contenido de ambos poemas, como al estado de iluminación de sus autores; así, mientras el primero posee un carácter ascendente, el segundo manifiesta la culminación de la naturaleza búdica; mientras el primero es la potencia, el segundo es el acto.

Pero puede llegar un momento, fuera de todo momento, en que la iluminación se hará estacionaria, permanente, trascenderá el espacio y el tiempo, incluido el cuerpo, al que la misma Plenitud le hará desaparecer del mundo de las formas. Se borrará el iluminado para dejar paso a la iluminación; se borrará del mundo el observador para dejar paso a la observación, y el Ser se habrá actualizado en la plenitud de la Nada.

Para Alcanzar esa experiencia, no es preciso ser monje, ni es preciso remontarse a los primeros patriarcas, porque poetas actuales, ajenos a cualquier confesión como el arriba citado, José Ángel Valente, o Roberto Juarroz, sin ser ninguno de ellos monjes, explican magistralmente esa misma experiencia de la plenitud del Vacío. Algunos textos de Valente:

¿Es inhumano sentir en un momento dado que acabamos en el vacío? ¿O que el vacío es la presencia más constante? ¿O que el vacío no tiene presencia? Para mí, no. Para mí es lo más humano, pero entendámonos: lo humano con las máscaras caídas, lo humano en la desnudez, no en el disfraz y en el convencionalismo…

Y añade:

 

…Vivimos entre límites y, sin embargo, en lo más entrañable, uno siente que no hay límites. Pues lo ilimitado no sostiene a nadie, sólo los límites sostienen….

  

Finalmente:

 

Borrarse.
 Sólo en la ausencia de todo signo se posa el dios.

 

Roberto Juarroz, practicante de Zen, se asemeja a José Ángel Valente en su afán de quitarse de en medio, de des-aparecer, de ser sólo huella; si bien, a diferencia de éste, Juarroz concitó en su vida personal más adhesiones que el poeta español. Su falta de protagonismo no fue sólo radical, sino sencillamente natural, vivida, sin escenarios, transparentemente sincera:

 

Qué mayor sinceridad
que hacer a un lado todo aquello que se sabe
y dejar que hable en uno,
Aunque sea sin uno, aquello que no se sabe.

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)

Perder el control: Aprendiendo a abandonar la mente durante el sexo

Después de un taller de Gestalt sobre cuerpo y bioenergética el profesor nos recomendó un libro con un titulo cuanto menos muy  sugerente. El libro en cuestión es Orgasmo total, de Jack Lee Rosenberg. Y aunque  no lo pueda parecer por el titulo, poco habla sobre el orgasmo, apenas un capítulo. Y mucho sobre la energía que recorre nuestro cuerpo, sobre los bloqueos que sufrimos y que se manifiestan en nuestra respiración y sobre la conexión con lo sensual, sobre el contacto con nosotros mismos.

Uno de los últimos capítulos del libro es el que más llamó mi atención. También porque me he sentido muy identificada. Y no tanto en lo relativo a lo sexual, sino en lo relativo a la existencia misma. El capítulo se llama «Cómo abandonar la mente».

 

percer el control

 

Abandonar la mente

«Algunas personas experimentan un curioso fenómeno cuando comienzan a prestar atención a sus cuerpos: ¡sus mentes se hacen muy activas! Esta actividad mental parece llevar a la conciencia un torrente de contenido que es irrelevante en esa situación. Un modo de encarar ese fenómeno es analizar ese contenido. Otro es preocuparse del proceso mental, enfatizando el cómo de la actividad mental, más que el por qué o el qué».

Así comienza este capítulo del libro. Y precisamente es lo que me preocupa. El cómo. El cómo nuestra mente se convierte en una jaula de monos locos, como dirían algunas tradiciones orientales. Para lograr un orgasmo intenso, antes tenemos que poder abandonar nuestras mentes. O como dijo una vez Perls:

«Abandona tu mente, y dedicate a tus sentidos».

Pero para los occidentales, abandonar la mente es una herejía. Vivimos en una cultura que rinde culto a lo racional. Tenemos que entender todo a efectos de causa y efecto. Todo tiene que tener sentido. Todo tiene que ser explicado y entendido racionalmente. Le damos una prioridad absoluta al pensar, y poco al sentir. Además de que el pensar, generalmente, interfiere en nuestra capacidad de sentir.

 

Cómo interfiere la mente en el «sentir»

Lo puede hacer de varias formas, que se pueden resumir en preocuparse, contenerse y desconectarse. Y siendo esta una simplificación excesiva, nos sirve para poder comprender este proceso de forma sencilla, y en nosotros mismos.

Cierra tus ojos y observa con atención hacia dónde va tu mente. ¿Qué es lo que continua en tu cabeza cuando haces esto? Quizá notes que tu atención se ocupa de como te estás sintiendo, de cómo se encuentra tu cuerpo en este momento. Te haces consciente de la silla sobre la que estas sentado, si es muy dura o por el contrario es muy blanda, si hace frío o sientes calor. Te haces consciente de los sonidos, de tu respiración, de la incomodez de tu cuerpo, o de lo tranquilo que estás. Estás presente aquí y ahora.

Esto suena muy bonito, pero lo más común es que esto no suceda. Y que tu mente se dirija hacia el futuro, ensayando, imaginando y planeando lo que va a suceder. Esto te aleja de lo que está ocurriendo en este momento, del aquí y ahora. Y te aparta de la espontaneidad.

O también te puede ocurrir que te vayas al pasado. Hacia una situación irresuelta o inacabada, hacia algo que necesita «completado» de algún modo, un desacuerdo con alguien, una discusión, una conversación pendiente… El famoso fenómeno «tenía que haber dicho» o «tenía que haber hecho».  Al ensimismarnos en nuestra imaginación, lo más probable es que lleguen recuerdos que no nos dejan estar tranquilos.

«Además, cuando más profunda es la implicación emocional de la situación que nos perturba, mayor es la necesidad de finalizarla, resolverla completamente y despacharla».

 

Perder el control

 

Completar una gestalt

Este concepto de finalizar o resolver una situación que nos mantiene intranquilos es uno de los principios básicos de la terapia gestalt, y es lo que se denomina «completar» una gestalt. Una situación incompleta atrae energía como un imán. Como dice Jack en el libro, es como cuando entra el vecino, se quita los zapatos, y deja caer solo uno al suelo. Nuestra atención se queda «enganchada» esperando el sonido del otro zapato cayendo al suelo. Sólo al escuchar el sonido, al completar al gestalt, nos quedamos tranquilos. Y queda energía libre para prestarle atención al presente.

Algunas personas no quieren, no pueden o no saber completar sus gestalts no resueltas. Y lo que hacen es aguantar enfrascados haciendo cosas. Y así se evita resolver esas situaciones. Y así se evita sacar a la luz relaciones amorosas fracasadas, conflictos, rencores… Y este «no sacar» hace que se nos quede anquilosado el pasado. Y si estás en el pasado, no estás en el presente.

«Te encuentras atrapado entre el «entonces y allí» y el «aquí y ahora». Tu energía está divida».

Y si algo he aprendido con los años, es que la energía está donde está tu mente. Si tu mente está en el pasado, o en el futuro, toda tu energía está allí. Incluso con las personas o las situaciones. Si estás obsesionado con una persona, o una situación, allí está toda tu energía, en vez de estar en ti mismo. Y de esto viven muchas personas tóxica y «vampiros emocionales». ¿Qué ocurre cuando alguien te ha hecho una faena enorme y tu no paras de pensar en esa persona, aunque sea para insultara en tu imaginación? Al final le estás «regalando» tu energía. Él se hace más fuerte y tu más débil.

Muchas veces no podemos resolver estas situaciones inacabadas. No hay forma de resolverlo en nuestra vida. Pero sí lo podemos resolver en nuestra mente, en nuestra imaginación. Podemos cerrar los ojos, imaginarnos la situación en cuestión, y encaminarla hacia una resolución. Mentalmente podemos finalizar la situación y despedirnos de ella.

Estar demasiado tiempo en el futuro y en el pasado puede ser nocivo para nuestra salud. Tener la tendencia de «irte» durante largos periodos puede hacer que te sientas perdido en tu imaginación. Pero tener un contacto prolongado también puede ser nocivo. Mantener el contacto durante largos periodos de tiempo es prácticamente imposible, y el esfuerzo de «tengo que estar conectado» puede agotar nuestra energía. Encontrar el equilibro entre contacto y ensimismamiento es una de las claves de la salud y el equilibro emocional.

 

«Simplemente ser»

En  Oriente se conocen desde hace miles de años las cualidades de intrusión y distracción propias de la mente, y ha desarrollado medios para afrontarlas. Por ejemplo el Raja Yoga, es el camino de la iluminación a través del control de la mente; es un método para «detener» la divagación espontánea de la mente.

Pero siendo más «mundanos», podemos decir que la diferencia principal entre la filosofía oriental y occidental está en el «ser» y el «hacer». Los occidentales estamos siempre haciendo y tenemos grandes dificultades para simplemente ser. En cambio en la filosofía oriental el acento se pone en el ser.

«Tu eres y para ello no tienes que hacer nada.»

El pensamiento oriental viene a decir que cuando vemos algo intelectualmente, lo hacemos de forma separada, es algo separado de nosotros. Y «parando la mente» puedes tener una experiencia directa del Universo. Puedes ser uno con él. Pero si sigues con el autoanálisis que nos obsesiona, no hacemos más que aumentar la distancia entre el Universo y nosotros mismos, con nuestra mismidad. Si somos capaces de «parar la mente» podremos tener un conocimiento directo de nosotros mismos. Por desgracia, la mente no siempre quiere cooperar, y continua «haciendo su camino»… Por ello el filósofo oriental desarrolla caminos para apaciguar la mente y experimentarse a sí mismo más directamente.

 

perder el control

 

1- Dejar de preocuparnos

Desde un punto de vista occidental, concebimos la mente como un ordenador. La mayor parte del tiempo la mente funciona fluidamente, pero a veces se queda atascada, del mismo modo como lo hace un disco rayado. Este disco rayado es el PREOCUPARSE. Puede adoptar la forma de situación inacabada, si hablamos del pasado, o la de un simulacro, si hablamos del futuro. Ambas nos sacan del aquí y ahora.

Lo opuesto a preocuparse es estar tranquilo. Y un modo de que la mente se sienta tranquila es la práctica de la meditación.  Una forma de practicar meditación es hacerlo mediante un mantra. Y no es más que repetir una y otra vez una frase original del sánscrito, que tiene algún significado. Pero lo que realmente nos importa es la repetición. Para entender esto mejor, mejor leer una historia que cuenta Jack Lee:

«Un yogui me contó una historia de un maharajah que tenía un inteligente siervo, capaz de hacer cualquier cosa por él. El único problema era que el siervo estaba constantemente al lado del maestro diciendo: «Qué puedo hacer ahora, maestro? ¿Qué puedo hacer ahora?», tirándole de la manga y solicitando nuevas tareas. El siervo estaba volviendo loco al maestro. Así, finalmente, el maestro dijo: «Quiero que vayas y construyas una torre de siete pisos de altura, y luego quiero que subas y bajes corriendo las escaleras hasta que te llame». De esta manera el maestro se cuidaba de sí mismo cuidándose del siervo que le estaba llevando a la locura.»

De la misma manera que podemos hacer nosotros con nuestra mente. No necesitamos preocuparnos cuando estamos intentando relajarnos, o disfrutando del sexo. Así que la única solución al problema del disco rayado es dejando que se sobrecargue, como un mantra, hasta que al cabo de un rato, se queda calmada.

Uno de los problemas al que nos tenemos que enfrentar los occidentales, es que nos identificamos demasiado con nuestros pensamientos. Con lo que asumimos que el no pensar equivale a no ser. Sólo hay que recordar al famosa frase de Descartes, «Pienso, luego existo». Uno de los objetivos de la meditación es romper sea creencia, romper esa identificación tan fuerte con nuestros pensamientos.

También podemos reflexionar en estas ideas, como ya  nos contaba Montse en su post «Quién soy yo» :

 

«Yo no soy mi cuerpo; tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.
Yo no soy mis emociones; tengo emociones, pero no soy mis emociones.
Yo no soy mis deseos; tengo deseos, pero no son yo mismo.
Yo no soy mi inteligencia; tengo intelecto, pero no me reduzco a ello.
¿Qué soy yo entonces? ¿Qué queda después de descartar mis
sensaciones, emociones, deseos y pensamientos?
Yo soy un centro de conciencia y voluntad, capaz de dominar,
usar y dirigir todos mis procesos psicológicos y mi cuerpo físico.

Aún cuando nuestra mente no está atascada en una pauta de preocupación, podemos tener dificultades para «dejarnos ir» en la excitación corporal. Si somos capaces de concentrar la mente en algo que no de pie a ninguna pauta de pensamiento, descubriremos que nuestro cuerpo se encuentra libre para experimentar sus sensaciones.

Nuestra mente es un ordenador inmenso y activo que recoge datos sin parar, durante todo el tiempo que estamos despiertos.  A veces parece estar tan sobrecargada que parece que vaya e explotar. Y en esos momentos necesitamos vaciarla y empezar de nuevo. En este caso podemos utilizar otro tipo de meditación. Se trata de prestar atención a los pensamientos como si estuviéramos distante de ellos, como si no fueran nuestros, y se trataran de una película. Hay que dejar fluir los pensamientos, sin retenerlos sin juzgarlos, sin censurarlos… Nos desidentifiamos de nuestros pensamientos. Podemos imaginarnos a nosotros mismos al lado de un rio de curso lento, y nuestros pensamientos son los objetos que flotan en el agua, lentos, que pasan a nuestro lado para seguir su camino.

Vaciamos la mente. Dejamos que nuestros pensamientos fluyan tranquilos, sin interrumpirlos. Si aparece un pensamiento, lo examinamos atentamente y vemos si se trata de un asunto inacabado. Si así es, lo apartamos a un lado, nos imaginamos que lo ponemos a un lado, cercándolo con un muro, para poder volver a él más adelante. Ahora tenemos que vaciar y relajar la mente, no nos atamos a ningún pensamiento, aunque sea una obsesión no acabada que nos persigue. Y pronto te darás cuando la mente cesa en su preocupación.

perder el control

 

2- Dejar de controlarlo todo

Otro hecho que nos aleja de poder «abandonar la mente» es el contenerse. O dicho de otro modo, el tratar de controlar todas las situaciones que nos rodean. Intentar poner cada cosa en su lugar, controlar y aislar nuestro entorno de modo que todo siga el camino que nosotros queremos. «Aparentar» también es una forma de controlar.

¿Y qué es lo opuesto a contenerse? Soltarse, aceptar las cosas como vienen, respondiendo con espontaneidad al Ahora. Y como suele ser más fácil decir las cosas que hacerlas… ¿Cómo podemos soltarnos? Si dirigimos la atención a nuestro cuerpo, no a lo que está haciendo nuestra pareja, ni a lo que sucede a nuestro al rededor, podremos ser conscientes de nuestro propio «contenernos», de la dificultad que sentimos para soltarnos, para dejar el control.

 

perder el control

 

3- Dejar de desconectarnos

El tercer fenómeno que experimentamos en nuestras mentes consiste en desconectarnos. Y estoy seguro que esto os suena. La mayoría de las personas no estamos verdaderamente presentes la mayor parte del tiempo. Somos autómatas. Y este efecto se multiplica cuando estamos en una situación que nos produce ansiedad, como lo es el sexo para mucha gente. Al desconectarnos nos disociamos de nuestra experiencia. Y además, por si fuera poco, podemos aumentar químicamente este efecto de «no presencia» mediante el alcohol o tranquilizantes.

Para el que se sabe «desconectado», pero quiere invertir este proceso, hay esperanza:

«Si atraes la atención hacia tu conciencia en detalle, si verdaderamente pones atención en lo que estás haciendo, estarás en situación de comenzar a ponerte en funcionamiento, a conectarte.»

Podemos mirar el enfoque oriental respecto a poner atención, y para poder comprenderlo basta observar cualquier monasterio Zen, donde existe una disciplina permanente, momento a momento, sobre cualquier pensamiento o acto, requiriéndose una constante y plena atención.

Para empezar podemos decirnos a nosotros mismos: «Ahora soy consciente…» y terminar la frase. De los colores de la habitación, de los olores, de los ruidos, de mis manos, de frío o el calor… La práctica regular de esta técnica aumenta la sensibilidad hacia el presente que nos rodea. Y según vayas repitiendo el ejercicio, aumentará tu sensibilidad sobre lo que sientes dentro y fuera de ti.

«Vuelve a este mundo, aquí y ahora, y pon atención. Disfruta de tu vida al máximo. Que yo sepa, esta es la única oportunidad que tienes de hacerlo. Esta es, en palabras de Ken Kesey, «la única entrada que has conseguido para este espectáculo»; si no estás atento, se la llevará el viento».

 

Fuente:

Aspectos básicos del Za Zen: La postura correcta

TEISHÔ 1

En las diversas tradiciones Zen, se da una capital importancia al hecho de sentarse en una forma prescrita. Es importante saber que la postura indicada para la “sentada” posee una raigambre milenaria, siendo por tanto un uso cuya saludable repercusión física, mental y espiritual ha sido sobradamente contrastada a lo largo de los siglos, teniendo sus raíces en las enseñanzas transmitidas a lo largo de muchas generaciones. Esta observación, sin embargo, no es determinante para que, de modo mimético, debamos seguir esas prescripciones sin previamente afirmar lo que sigue: el viento del Ser sopla donde quiere, es ”salvaje”; el Ser Esencial, se expresa libremente en cada persona, sin verse por tanto obligado a manifestarse siguiendo pautas, rituales o posturas determinadas, por muy legítimas que ellas sean. Así, lo que queremos decir es que las prescripciones posturales que a continuación siguen, quieren ser solamente lo que son: una pauta, que cada persona, dentro de su libertad, juzgará como lo que es: una sabia referencia que en virtud de las características personales, se tendrá que adaptar a cada caso.

 

meditacion za zen

 

Aspectos básicos

Comenzaremos diciendo que es fundamental que la columna vertebral permanezca erguida y alineada en su propia verticalidad. La cabeza deberá recogerse hacia atrás, como quien repliega la barbilla, igual que si un hilo tirara desde la nuca hacia arriba, haciéndolo de tal forma que la punta de la nariz y el ombligo formen una línea perpendicular, mientras las orejas se sitúan en línea también perpendicular con respecto a los hombro. También suele emplearse la imagen de una persona que está dentro un ascensor repleto de gente, y cuya cabeza, para evitar colisionar con la de una mujer de ampuloso peinado, debe replegarse sobre sí misma, encogiendo la barbilla hacia su propio pecho.

Al sentarse, será importante que las nalgas se sitúen en la mitad delantera del cojín, cuyo efecto es el del adelantamiento de la pelvis, para que de ese modo el Hara quede liberado y las piernas, inclinarse en ángulo obtuso con la columna, faciliten esa liberación.

Adoptada ya la postura correcta, el Hara, centro vital del ser humano, será el punto donde converja el conjunto de las fuerzas corporales, allí a tres o cuatro centímetros bajo el ombligo, en la profundidad del vientre.

Si bien en un primer momento esta postura puede percibirse como incómoda, tal percepción está relacionada con nuestros hábitos y condicionantes occidentales, pues lo cierto es que el modo de sentarse del Za-Zen, posando las nalgas sobre los talones, siempre ha sido considerado como una postura natural por todos los practicantes, independientemente de su procedencia.

La postura de Za-Zen llamada postura loto, consiste en cruzar las piernas, colocando el pie izquierdo sobre el muslo derecho y el pie derecho sobre el muslo izquierdo. Las rodillas, inclinadas hacia abajo por el efecto de sentarse sobre el cojín, se apoyarán firmemente sobre el suelo. Nalgas y rodillas configurarán triángulo de apoyo en el que el centro principal de gravedad donde se asienta todo el cuerpo es el Hara.

En caso de que la postura loto resultara especialmente incómoda, es aconsejable no forzar el allí a tres o cuatro centímetros bajo el ombligo cuerpo y adoptar la postura llamada de medio loto, que consiste en que el pie izquierdo repose sobre el muslo derecho, mientras que este se sitúa bajo la pierna izquierda. También se contempla la tercera alternativa, la llamada postura birmana adecuados, los principios masculino y femenino, el samsara y el nirvana, el talante de la no dualidad, en la que el pie izquierdo repose junto a la pierna derecha, pudiéndose dar la colocación inversa, es decir: el pie derecho junto a la pierna izquierda. Sogyal Rimpoché, aclara que las piernas cruzadas expresan la unidad de la vida y la muerte, el bien y el mal, la sabiduría y los medios

Finalmente, la postura meditativa incluye otras dos posibilidades más. La utilización del banquito de meditación y la de una silla. En cuanto a la segunda, cabe señalar que es fundamental mantener la espalda recta y alejada del respaldo de tal forma que las piernas, relajadas, se orienten mediante una inclinación hacia abajo, de tal modo que las nalgas queden más elevadas que las rodillas. Lo cierto es que en Oriente se suele representar al futuro Buda, Maitreia, plácidamente sentado en una silla. Sea lo que fuere, conviene recordar que el Ser es salvaje, no conoce de culturas, es independiente de toda religión, y, se manifiesta en cualquier postura, sea en la postura del cojín, en la del banco, en la de la silla, en los movimientos eróticos, Y, si hiciera falta, hasta en el mismísimo W.C., que todo lugar es potencialmente sagrado, y en todo lugar puede asentarse el templo de Buda. Pero el Za-Zen es nuestra referencia.

En cuanto a las manos, la mano izquierda se colocará sobre la mano derecha, y, ambas de ese modo superpuestas, se posicionarán junto al vientre, hacia arriba. Los dedos pulgares, uno frente a otro deberán tocarse mutuamente, de tal modo que ambos formen una articulación horizontal, es decir, configurarán una posición que ni forme un valle (hacia abajo), ni una montaña (hacia lo alto). Un indicador de los extremos de tensión o laxitud corporal y anímica en que se halla el meditante es de qué manera, si apretados o laxos, se halla precisamente la posición de los pulgares entre sí.

Para que todo ello fluya del modo indicado, la mirada, con los párpados entreabiertos, se situará fijándola sobre un punto exterior situado al frente, alrededor de 90 centímetros desde las nalgas. Ello evita distracciones y fomenta la concentración, aunque es preciso añadir que la atención surgirá sin perder de vista la vivencia interior, la sensación de ser.

Es sumamente importante insisir que estos criterios tienen un carácter indicativo, y es preciso recibirlos como referencias orientadoras, sin más, y muy lejos de cualquier tipo de rigideces normativas, como las provenientes casi siempre de ámbitos religiosos sean occidentales u orientales. El Zen no es una religión. El Zen es un Camino. El Zen esencialmente es liberación, y por tanto nada, absolutamente nada, tiene que ver la tensión, y menos la obsesión. La meditación, tiene menos que ver con la ascética y con la moral que con la libertad, patrimonio de los seres despiertos.

 

meditación za zen

 

El flujo de la respiracón

El ser humano adopta una postura erguida, por tanto su tronco camina en vertical. Ello influye en su expresión, en su conducta.

El punto más importante, donde reside la mayor fuerza, y, al mismo tiempo, la zona más sensible de cara a mantener la postura justa es el Hara, llamado también tandem, o koshi, un punto situado justamente en la parte inferior del tronco, a unos pocos centímetros bajo el ombligo, en la profundidad del vientre. Debe ser objeto de nuestra atención que esa zona se convierta en lo que es, en la base firme sobre la que debe descansar la parte superior del cuerpo, y ello de tal modo, que si resultara que la parte superior fuera más pesada y la inferior ligera, se podría simbólicamente entender que la vida se hallaría oprimida por algo objetivo, y las instancias superiores arrastradas por las inferiores. Mientras que si la parte inferior se muestra sólida, y la superior ligera, ello representaría un estado en el que la vida del cuerpo trasluce el carácter de sujeto que abarca aquello que es objetivo. Pero, insistimos, esta observación no deja de ser una apreciación simbólica.

La postura correcta del cuerpo humano se alcanza insuflando en el abdomen (Hara) la fuerza (genki) de todo el cuerpo, lo que implica el tensar de algún modo los músculos abdominales. Si esta operación se lleva a cabo correctamente, en la profundidad del vientre aparecerá un punto de concentración como núcleo de tensión (kikai tandem). La habilidad de ejercitarse en el hara liberando todas las fuerzas dispersas a lo largo y a lo ancho del cuerpo, para seguidamente concentrarlas todas en el bajo vientre, es un arte que has estado y está presente en la inmensa mayoría de las artes orientales. El hecho de que el Hara sea fuente de vigorosa energía, se halla unido a la forma natural de espirar el aire. Cuando aspiramos, surge la fuerza del vientre, manteniendo intacta su postura. Es entonces cuando el aire aspirado penetra sin obstáculos llenando la parte superior del vientre, siendo al final de la respiración cuando el Hara se plenificará espontáneamente de energía para, seguidamente, poder espirar el aire de modo fluido y natural, sin que en momento alguno debamos contener el proceso respiratorio.

Una vez equilibrado y armonizado el cuerpo en el vaivén del proceso respiratorio, la zona del estómago aparecerá cóncava en el momento de la espiración, mientras que el abdomen, sin forzarlo, sobresaldrá levemente. El abdomen, aparentemente inalterado desde afuera, se percibirá desde adentro como algo endurecido; una sensación que, aunque levemente, subraya el tránsito entre la vacuidad y la plenitud.

En ese proceso de vaivén respiratorio, la aspiración se lleva a cabo en menos tiempo que la espiración, lo que ayuda al progresivo fortalecimiento del Hara. Esa espiración, sin embargo, no supone una economía de aire con respecto a la aspiración, sino que adquiere una solidez más voluminosa en la medida en que se acerca a su final. En este sentido Sato Tsuji emplea la imagen de la forma de porra, (Dürckheim, más suave, habla de forma de pera) queriendo enfatizar ese final en el que con la barbilla algo sacada, se abre ampliamente la base del Hara (Hara- no- soku)y espira el aire con fuerza y completamente. Esa espiración tiene que ser más gruesa cuanto más se acerque a su final, como si tuviese la forma de una porra. Si no se tiene fuerza en la base del Hara, la espiración será como un leve suspiro, pero si espiramos el aire desde la base del abdomen, lo haremos con fuerza y como un torrente. 

La llamada postura correcta es la que permite al cuerpo colocarse en la verticalidad idónea mediante la que se facilita la transparencia del Ser, ajena al lastre del ego y sus ilusiones dualistas, que es el causante de que la fuerza se contraiga en diferentes puntos. Es así como puede emerger la vacuidad del yo.

En la postura correcta, queremos insistir en ello, el centro de gravedad se sitúa en el Hara, que se torna duro y firme, siendo allí donde, de modo fluido y natural, se congrega la fuerza abdominal. Semejante fuerza, deja asimismo fluir la tensión justa donde se trasluce la plenitud de toda la energía corporal, que resalta sobre todo en el momento de la espiración. Cabe añadir que la postura en la que es el pecho el que se tensa, provoca el alzamiento muscular con la consiguiente debilitación del abdomen, desplazándose el centro de gravedad a la zona superior, lo que provoca un des-equilibrio.

La importancia de los hombros es esencial a la hora de que surja la postura correcta. Dürckheim señala que es preciso soltarse en los hombros para alcanzar esa postura y alcanzar la verdadera forma. Soltarse en los hombros para así apoyarse en el centro vital, transparentando de ese modo el auténtico vacío del cielo (parte superior), y la plenitud de la tierra (parte central inferior).

En el Za-Zen, tenemos la ocasión de evidenciar la postura “justa” del ser humano, la verdadera forma que nos es propia, nuestra imagen primordial, nuestro arquetipo esencial, que nos pone en contacto con la Unidad. El trabajo sobre nuestra forma postural no es otro que el ser transparente a nuestro Ser esencial; transmitirlo y proyectarlo es la única tarea, que puede dar sentido a nuestra estancia en la tierra. Allá, en el fondo de nuestro núcleo más íntimo; desprovista tu alma, como si de una cebolla se tratara, de las conchas que la cubren; allá en el fondo, donde la desnudez del yo, convertida en el más sólido de los vacíos, evidencia una esencia que clama por despertar, por expresarse, y hasta por chillar. Allá en el fondo. Allá, desprovisto y desnudo, allá está ESO, en forma de clamor. Sólo quien habla desde el fondo puede calar en el Tú; sólo quien, libre de ficciones literarias, habla o escribe desde su núcleo, puede alcanzar el núcleo del otro. Porque sólo la transparencia suscita transparencia. Sólo la mirada limpia engendra otra mirada limpia.

La verdadera forma es una arte. La forma que se es en el cuerpo que se es. En el Za-Zen, devenimos artistas de la vida. Porque el mismo Za-Zen es un arte. A él me refería yo en un cuarteto:

Quizá el arte consista en la destreza
del que forja su vida en el Vacío
y encara con la Nada el desafío
de esculpir en el Ser su fortaleza…

Fuentes:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)

Crecimiento físico, mental y emocional ¡Comienza el viaje!

Una inquietud que tienen muchas personas que empiezan a hacer este camino de desarrollo personal es la preocupación de cómo, cuándo y hacia dónde encaminarse. Al principio, lo normal es que nadie lo tengamos claro. Vives tu vida más o menos «anestesiado», y un día la crisis existencial se abre paso. Y a partir de ahí no sabemos qué hacer. Es importante saber cómo es el proceso del crecimiento, tanto físico, como mental o emocional.

En la vida «crecemos físicamente» de forma automática mientras alimentemos correctamente nuestro cuerpo. No somos conscientes de este fenómeno. Y lo mismo ocurre con nuestro «crecimiento mental», para el cual deberíamos haber recibido una  enseñanza básica, pero ninguno lo hemos hecho… El «crecimiento emocional», que normalmente se ralentiza en torno a los siete años, no recibe una atención verdadera a medida que nos adentramos en la edad adulta (y tampoco lo hace en ninguna otra etapa de nuestra vida).

Lo bueno es que los seres humanos somos notablemente adaptables en nuestra relación con el mundo físico, pero por desgracia, nos hemos ido empequeñeciendo poco a poco en términos emocionales. Lo que nos ha permitido sobrevivir, pero desgraciadamente, no de la mejor manera posible. El turbulento estado de la realidad actual es una muestra fehaciente de que el mundo es el patio de recreo de unos absolutos inmaduros emocionales.

crecimiento

 

¿Presencia física o mental?

La presencia física es una experiencia que tiene lugar cuando aprendemos a fijar la conciencia en el cuerpo físico. La mayoría de las personas cree que ocupamos este cuerpo, pero no es así. Pensar acerca del pasado o del futuro significa que tenemos que entrar en la esfera de lo mental.

La esfera mental no está confinada a la ubicación de nuestro cuerpo físico, sino que se extiende tan lejos como seamos capaces de pensar. Si pensamos en un amigo que se encuentra en otro país, o regresamos en la memoria a la última vez que estuvimos con él, quizás supongamos que seguimos aún dentro de nuestro cuerpo físico, pero no es así. Estamos allí donde nuestro punto de atención se ha proyectado. O como diría un yogui, la energía está donde está la atención.

Decididamente no estamos presentes físicamente. Quizá esté ocurriendo algo justo delante de nuestros ojos y puede que no seamos conscientes de ello, simplemente porque estamos perdidos en nuestros propios pensamientos. La presencia física sólo tiene lugar cuando entramos conscientemente en la conciencia del instante presente.

 

Cuerpo físico

El cuerpo físico, si bien refleja sintomáticamente nuestras experiencias pasadas y nuestras proyecciones futuras, está siempre presente al cinto por ciento. Está ciento por ciento presente en su funcionamiento, dado que el corazón sólo late en el ahora. Cuando experimentamos la presencia física, podemos sentir nuestro propio latido cardíaco.

Normalmente, como no sea que os pase como a mí, que prácticamente siempre siento mi corazón, lo más cerca que la gente está de esta experiencia es por defecto: cuando estamos a punto de tener un accidente o cuando alguien nos da un susto. En los instantes que siguen a una situación así, la conciencia entra plenamente en el cuerpo, y somos capaces de sentir el bombeo de la sangre a través de las venas y los latidos del corazón en el pecho. Sin embargo, cuando nos pasamos la vida en esa esfera mental que llamamos tiempo, ni siquiera somos conscientes de que tenemos un corazón, y mucho menos somos capaces de escucharlo o sentirlo.

 

Claridad mental

El paso del «crecimiento» consiste en fijar nuestra conciencia en el cuerpo físico. Después habrá que alcanzar una determinada claridad mental y un manifiesto equilibrio emocional.

 

Crecimiento emocional

La consecución del equilibrio emocional, obteniendo primero la presencia física y luego la claridad mental, es el sendero que da paso efectivamente al crecimiento emocional.

Puede que sea uno de los logros más difíciles de conseguir en este mundo. Porque la necesidad de crecer emocionalmente rara vez encuentra apoyo, y mucho menos comprensión, en las personas que nos rodean. No es un viaje en el que nos vayamos a sentir bien al principio. Y será más arduo cuánto más dormidos estemos emocionalmente.

Este viaje lo que pretende es que sintamos «de verdad». Y sentir «de verdad» puede suponer en un principio la experiencia de que estamos emocionales reprimidos, como con el miedo, la ira o la tristeza.

Para hacer este viaje debemos comprometernos en el empeño de nuestro crecimiento personal por encima y más allá de que podamos comprender la razón por la cual esto es tan importante y necesario. La comprensión mental rara vez forma parte de la integración emocional. Y como en cualquier viaje a lo desconocido, sólo podremos ver dónde hemos estado y por qué determinadas circunstancias se han desarrollado como se han desarrollado cuando lleguemos a algún punto culminante y podamos pararnos a reflexionar.

¡Comienza el viaje!

 

Fuente: El proceso de la presencia
Foto: Steve Carter