El sentir como guía

Deseo y rechazo

Las personas tendemos a sentir deseo y apego hacia lo placentero y disgusto y rechazo hacia lo doloroso. En los Yogasūtra de Patañjali (2.7-8) se menciona como la pasión sigue al placer y la aversión al dolor. Esto resulta evidente porque así lo experimentamos en nuestra vida.

Sin embargo, ¿se trata de algo puramente instintivo o depende en buena medida de nuestras vivencias y de lo que nos contamos acerca de la realidad? Por ejemplo, acudir a un lugar determinado y estar en contacto con ciertas personas puede causarnos rechazo en unas ocasiones y agrado en otras. O realizar una determinada actividad puede haber sido placentero en un momento de nuestra vida y resultarnos desagradable en otro. Por tanto, lo que consideramos doloroso o placentero puede diferir incluso teniendo el mismo objeto o circunstancia como referente.

El sentir como guía

El sentir nos informa

La vivencia subjetiva de una situación, lo que pensamos y nos decimos acerca de algo, influye enormemente en nuestra forma de sentir y, a su vez, este sentir, en su forma original, nos da un mundo de información sobre el camino a seguir.

Lo habitual es que nos dejemos arrastrar por lo que sentimos y que lo alimentemos o intentemos reprimir, a través de nuestro diálogo mental: “es que esta persona es tal”, “no debería sentirme así”, “seguro que cuando me vean van a pensar x”, etc.

El “dejarse arrastrar”, por el diálogo mental y por las emociones que este despierta, se produce porque en lugar de ahondar en lo que sentimos huimos con el ruido, la dramatización, la culpabilización del exterior, la racionalización y otros tantos mecanismos por los cuales quedamos a merced de unos sentimientos que parecen sobrepasarnos.

El miedo a sentir sentimientos «malos»

¿Qué ocurre si cuando sentimos disgusto, enfado, celos, envidia, tristeza, incertidumbre, miedo… nos permitimos reconocer lo que estamos sintiendo y escucharlo internamente? No para que desaparezca, sino con la curiosidad de comprender lo que ese sentir quiere decirnos, el “para qué” apareció.

Cito como ejemplo los sentires que nos disgustan porque son los que tendemos a rechazar y negar sin antes escuchar su mensaje de fondo.

En el s.XVII el filósofo holandés, Baruch Spinoza, puso de manifiesto que las pasiones como el odio, la ira, la envidia, etc. aparecen por alguna razón “y tienen ciertas propiedades, tan dignas de que las conozcamos como las propiedades de cualquier otra cosa en cuya contemplación nos deleitamos”.

Pues bien, cuando reconocemos lo que sentimos, le otorgamos su lugar y escuchamos su mensaje, podemos descubrir lo que ese sentir quiere de bueno para nosotros, entendiendo por bueno lo que contribuye a la expresión más plena de nuestro ser.

Resulta que la ira puede querer que me exprese y sepa poner límites, o los celos pueden estar informándome del miedo a la pérdida y de la inseguridad sobre mi propia valía, pretendiendo imponer un control de lo externo, o la envidia puede estar expresando el anhelo de creatividad y realización que tal vez yo misma estoy castrando en algún punto.

Dar con la información del sentir

Para dar con la información que contiene el sentir, necesitamos mirar profunda y honestamente hacia dentro, mirar lo que sentimos sin juzgarlo, ubicar en qué parte del cuerpo lo sentimos, observar imparcialmente los sentimientos y si hay algún diálogo que lo esté alimentando, hasta llegar a su forma más pura, la forma original en la que apareció, antes de todo diálogo mental, con la intención de guiarnos hacia la felicidad.

Si no podemos evitar enjuiciar lo que sentimos, habrá que observar también cómo aparecen los juicios y qué discurso interno los alienta. El secreto está en observar a fondo todo lo que aparece, sin otra pretensión más que la de ver lo que es tal como es en este momento y en la medida de lo posible comprender lo que pueda ser comprendido.

Llegados a este punto, es necesario aclarar que el hecho de permitirnos sentir nada tiene que ver con la expresión explosiva de las emociones, ni las experiencias catárticas fruto de dicha expresión, y menos todavía nos referimos a la posibilidad de herir física o verbalmente a otros seres justificándolo con nuestro “derecho a expresar lo que sentimos”.

En absoluto acoger lo que sentimos implica dar carta blanca al sentir mediante actos irreflexivos, mas al contrario, significa sostener ese sentir y acompañarlo como quien acompaña a un amigo en un momento difícil, hasta que, recogido su mensaje, pueda ser expresado con ecuanimidad y total legitimidad.

Resulta, pues, que lo que sentimos, sea agradable o desagradable, es siempre un indicador de si vamos por “buen camino”, de si aquello que estamos haciendo nos conduce hacia el despliegue de todo nuestro ser o nos aleja de lo más auténtico de nosotros mismos.

El yo profundo que nos guía

Las sabidurías de la antigüedad, tanto en occidente como en oriente, tenían en cuenta aquella parte de nosotros que nos orienta y guía en el camino de la vida. Sócrates lo llamaba el daimon, una especie de divinidad interior, los estoicos hablaban del regente interno del mismo modo que lo hace el hinduismo utilizando la palabra sánscrita antaryamin.

El antaryamin es, pues, regente interno,  el yo profundo, la sabiduría que mora en nuestros corazones, lo divino que nos guía en contacto con la totalidad del universo.

Esta sabiduría del yo profundo reconoce la unidad subyacente de todo cuanto existe. Todo está interconectado porque todo se sostiene en la misma Conciencia, todo está hecho, en última instancia, de la misma pasta, de la misma energía… Un bonito ejemplo que nos ayuda a comprender mejor en qué consiste este regente interno (antaryamin) es la imagen de una bandada de pájaros, en la que cada pájaro individualmente sigue a los demás pero todos lo hacen regidos por la unidad de la bandada, impelidos por una inteligencia superior que mora en cada uno de ellos y a su vez en la totalidad.

El regente interno, nuestro verdadero ser

En la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, después de haber descrito el regente interno como aquel que mora en el interior de cada uno de los elementos que constituyen el universo y los rige sin ser conocido por ellos, se resume así la naturaleza del regente interno:

Ese es tu verdadero ser, el rector interno, el inmortal, el vidente invisible, el oyente inaudible, el pensante impensable, el conocedor desconocido. No hay ningún otro vidente, sino él. No hay ningún otro oyente, sino él. No hay ningún otro ser pensante sino él. No hay ningún otro cognoscente sino él. El es tu ser, el rector interno, el inmortal. Todo fuera de él es pura miseria”.

Ese regente interno, siempre nos está guiando, pero no siempre lo escuchamos, no siempre lo creemos ni confiamos en su saber.

Volviendo al ejemplo de los pájaros, sería como el pájaro que dijese “pues yo en lugar de volar con todos voy a ir andando”, rechazando así su naturaleza voladora y negando la totalidad de la que forma parte.

Cuando hablamos del sentir como guía, nos referimos a la escucha de esta sabiduría interna, que en ocasiones toma la forma de agradecimiento, alegría y amor, pero también puede tomar la forma de enfado, tristeza, incertidumbre, etc. para devolvernos hacia la alegría última, la del gozo de ser y su pleno despliegue.

Yo vivo por mis hijos

Vivo por mis hijos

La publicación de hoy es más bien una reflexión sobre la dinámica entre padres e hijos, y cómo se juega el deseo entre ellos. Hay una página en Instagram que sigo y me encanta pues es una fuente muy rica de reflexiones. La misma simula el final de una sesión de análisis, donde el analizante habla y el analista le interpreta para luego decir: “Terminamos por hoy.”

Hace unos días leí una publicación acerca del deseo de los padre hacia sus hijos. El analizante dijo: “Yo vivo por mis hijos.” A lo que el analista respondió: “¿La vida de ellos? … Terminamos por hoy.” Tú que tienes hijos, ¿te removió algo esta frase? Y si no los tienes, eres hijo si duda. ¿Te resuena en algo a la relación con tus propios padres?

 

Universo simbólico del bebé

Mundo simbolico

Desde antes de nacer, el bebé se encuentra inmerso en un universo simbólico. El mismo está constituido por el lenguaje como estructura, y los deseos de sus padres con respecto a él. Ya desde antes de nacer, sus padres lo soñaron e imaginaron un futuro que en el mejor de los casos será un propio. Escogen su nombre con mucho cuidado o al azar, pero siempre con componente inconsciente importante. El otro día en consulta le pregunté a sus padre por qué escogieron el nombre. Me contaron que la primera sílaba es la primera del nombre del padre, y la última sílaba es la última del nombre de la madre. “Así tiene algo de los dos, se parece en una cosas a mí y en otras a ella.”, comentan los padres.

En otros casos, será la continuación del futuro truncado de alguno de sus padres. El bebé llegará como un Mesías a cumplir los sueños rotos, los planes inconclusos de sus progenitores. Puede ser a través de alguna actividad que lo defina, y en la cual el padre no pudo realizarse. Pero no se limita a este tipo de situaciones. ¿Qué pasa cuando vive la vida de ellos?

Es fundamental, ante los hijos pensar en qué contexto este niño o esta niña fue concebido. Sus padres quieren para él o para ella un futuro propio como sujetos de su deseo. O más bien, lo toman como un objeto de satisfacción de sus propios deseos.

 

Necesidad y demanda

El deseo es un concepto fundamental del Psicoanálisis para comprender los procesos del sujeto. Puede vincularse en parte con la noción común de deseo, como algo que motiva al sujeto. Lo cierto es que surge en la infancia, y luego se manifiesta en los sueños, las fantasías, la psicopatología de la vida cotidiana, entre otras producciones psíquicas. En Psicoanálisis se distingue el deseo de la necesidad y la demanda.

La necesidad está ligada al instinto de supervivencia de una especie. Mediante la misma, un ser vivo busca un objeto que la pueda satisfacer por completo. Estas circunstancias ocurren primordialmente en el mundo animal, donde hay un objeto que puede colmar esa necesidad. Mientras que en el ser humanos, el instinto pasa por lo psíquico. Lo que nos mueve es la pulsión, un límite entre lo físico y psíquico. La misma no tiene un objeto específico que lo satisfaga.

 

Surgimiento del deseo

Volvamos al tema de los padres en relación con sus hijos. Cuando un bebé llora, la madre interpreta esto como una demanda. Digamos que lo hace por hambre, pero no puede interpretar aún esas sensaciones corporales e identificarlas como la necesidad de comer. En el mejor de los casos, la madre lo satisface pero también lo introduce en el campo del lenguaje. Ella construye una interpretación y le dice a su bebé: “Es hambre, quiere comer.”

Además de alimentarse y satisfacer la necesidad de hambre, el bebé empieza a chupetear. Esto le causa un placer que va más allá de la alimentación misma. Cuando la madre hace lugar a la falta en la satisfacción de esa demanda, el niño entra en la dimensión del deseo. Este es insatisfecho y de allí en adelante el bebé busca revivir esa primera experiencia de satisfacción en la realidad o en la fantasía.

El concepto psicoanalítico de fantasma se refiere a la respuesta que da el sujeto ante la pregunta sobre el deseo del Otro. En las palabras de la madre siempre hay algo incomprensible, y el niño se pregunta: ¿qué quieres? La madre demanda algo que le falta, y el niño se ubicará como ese objeto que la completa. Pero en el fantasma se incorpora la presencia del sujeto en la escena.

 

Niños y niñas «Amo»

niños amo

Hoy en día ocurre un fenómeno particular en relación con la crianza de ciertos hijos. Los padres procuran vivir sus vidas a través de sus hijos. A veces reconocen en ellos un atributo particular que los hace extremadamente especiales. En otros casos, hay un cierto grado de culpa por errores cometidos con respecto a este hijo o a otra figura significativa. En cualquier caso, la madre o el padre hacen de este hijo un objeto y le dan todo. No le permiten tener su propio deseo pues colman cualquier vestigio de falta, incluso antes de que se perciba.

Estos son los niños o niñas amo, y actualmente ya adultos con este funcionamiento. Son personas a quienes no les ha faltado nada, pues sus padres constantemente se desviven por satisfacer cada una de sus necesidades, deseos y hasta caprichos. Los padres hacen lo mejor que pueden con lo que tienen. No son conscientes del daño que causan a sus hijos una vez éstos sean adultos. Principalmente, se sienten merecedores de todos los privilegios sin realizar ningún esfuerzo, y lo que es peor, sin desearlo. Es un rasgo un poco perverso a veces, en el sentido psicoanalítico. Pues es su ley la que vale, por encima del resto.

Vemos infinidad de casos de lo que se conoce comúnmente como “adolescentes tardíos”. En muchas ocasiones, no son más que niños amo, incapaces de esforzarse por nada, porque no tienen un deseo propio por nada. Todavía dependen de sus padres, no sólo económicamente, sino emocionalmente. Estos padres por su afán de que sus hijos cumplan su propio éxito frustrado, han fracasado nuevamente.

adulto inmaduro

 

¿Qué necesita un niño?

Como hemos visto, el deseo del sujeto se configura en relación con el deseo del Otro, quien cumple la función materna. El niño necesita que la madre desee para él un porvenir propio. Si el niño se convierte en su objeto de satisfacción esto es imposible. Por otro lado, si colma al niño con todo lo que cree que el necesita se colma la falta. Entonces, éste será incapaz de desear por sí mismo.

En la consulta privada y en mi trabajo como consejera en un colegio soy testigo de esto a diario. En esta época donde la tecnología es tan importante, nos encontramos con niños que tienen todos los gadgets que se puedan imaginar. Sin embargo, no tienen el tiempo compartido con sus padres, no tienen quien los escuche.

Hay un momento en el que el bebé es realmente todo para la madre, y es necesario que sea así para su supervivencia. Sin embargo, debe haber un corte o límite entre ambos. Generalmente, lo cumple el padre –o quien cumpla esa función. De allí en adelante, se reproducirá esa experiencia toda vez que el sujeto sea se enfrente con un límite a su satisfacción inmediata y/o completa. Esto le permite vincularse con otras personas en el futuro, de un modo no egocéntrico.

amor y limites

De no darse estas condiciones, encontraremos vagos emocionales, personas carentes de un deseo propio. También se ven niños o adultos amos, convencidos de que se merecen el mundo sin mover dedo para conseguirlo. En fin, un niño necesita el amor de sus padres, el deseo de estos de un futuro propio como sujeto, y límites a sus satisfacciones de modo que pueda vivir en sociedad. No vivir para ellos, ni la vida de ellos… sino vivir la vida con ellos.

 

Fuentes:

La histeria en la mujer versus la feminidad

Hace unos días, navegando en el Instagram, me encuentro con un post que me hizo reflexionar sobre la histeria en la mujer versus la feminidad. En el mismo se citaba a la excéntrica cantante Madonna. La joven bloggera exaltaba en su publicación la capacidad de hacer la diferencia: “LA REVOLUCION EMPIEZA AHORA”, afirma en mayúscula cerrada. Curiosamente, la imagen que acompaña este pensamiento motivador es ella misma mostrando su trasero: ¡la revolución de las nalgas será! “Qué tiempos más felices para los adolescentes varones”, pensé.

Cada vez es más fácil tener acceso a la pornografía, y no precisamente protagonizada por actrices porno. Son mujeres de carne y hueso quienes cada vez más se desnudan en sus cuentas de redes sociales. Lo más curioso de todo, es que dichas imágenes seductoras y explícitas se acompañan de: pasajes bíblicos, pensamientos motivadores, frases filosóficas, etc. El panorama para la mujer en el plano de la experiencia y expresión de la sexualidad ha dado un giro drástico en el último siglo. Existe una diferencia abismal entre la “revolución de las nalgas” que vemos hoy en día, y la doble moral que caracterizaba la época victoriana.

mujer histeria

 

Histeria versus feminidad

A finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, Sigmund Freud estudiaba y ofrecía tratamiento a las pacientes con histeria. Sujetos, en su mayoría mujeres que sufrían de síntomas físicos, como diversos tipos de parálisis, que no podían explicarse por medio de la biología. Esto abrió el camino para el surgimiento del Psicoanálisis como disciplina y el estudio de diversos fenómenos psíquicos/sociales. Pero con respecto a la mujer, Freud decía:

La gran cuestión… que no he sido capaz de responder, a pesar de mis 30 años de estudio del alma femenina es: ¿Qué quieren las mujeres?”

El deseo de la mujer se presenta como enigmático, múltiple y disperso. En la cultura popular, incluso se hacen bromas con respecto a esto: nadie sabe lo que quieren las mujeres, ni ellas mismas.

Unos años después en la década de los 70s, el psicoanalista francés Jacques Lacan se dedica al estudio psicoanalítico de las mujeres. En dichas formulaciones, Lacan distingue entre la histeria y la feminidad, hasta llega a oponerlas. Como decía uno de mis profesores de la maestría:

Toda mujer es histérica (en su estructura psíquica), pero no toda histérica es mujer.

En esta línea, Lacan plantea que en la histeria hay una pregunta perenne por qué es ser mujer. Lo cual es esencialmente diferente a volverse una mujer, o serlo.

 

La histeria como estructura psíquica

Tomaremos como referencia el trabajo del psicoanalista Joël Dor, en su obra “Estructuras Clínicas y Psicoanálisis” para definir una estructura y los rasgos primordiales:

La especificidad de la estructura (psíquica) de un sujeto se caracteriza por un perfil determinado de la economía de su deseo, regida por una trayectoria estereotipada, o rasgos estructurales… y que se distinguen de los síntomas.

Las estructuras se constituyen como una salida al Complejo de Edipo, y la relación del sujeto con la función paterna, como instauradora de la Ley y como aquello que colma el deseo de la madre. La estructura surge en el pasaje del ser el falo (lo que completa el deseo materno), a no serlo sino tener un atributo fálico que satisface parcialmente dicho deseo. Es decir, se interrumpe ese momento en el cual el hijo o la hija son todo lo que colma a la madre, para dar paso a otra realidad. No hay nada que colme por completo a nadie. Sin embargo, hay alguien que cumple la función paterna y que cuenta que un atributo fálico que satisface de cierta forma a la madre.

 

Rasgos estructurales en la histeria

Histeria Mujer

Toda la dinámica del deseo en la histeria, ya sea en el hombre como en la mujer, se juega en torno al hecho de haber sido despojado (a) injustamente del atributo fálico. Por esto, en la histeria un rasgo estructural es la alienación subjetiva del histérico en su relación con el deseo del Otro. Lo que busca contantemente es ser el objeto causa de deseo del Otro. De allí, surgen una serie de identificaciones con el objeto ideal del Otro. La constante en la histeria es convertirse en aquel objeto que despierte el deseo del Otro.

Sumado a esto, el sujeto histérico se vive constantemente como no habiendo sido suficientemente amado por el Otro. Se inviste a sí mismo como un objeto incompleto con respecto al objeto fálico. Con respecto a su propio deseo, procura de forma inconsciente que el mismo permanezca insatisfecho. Además, intenta incansablemente reivindicarse al emular este objeto ideal que no ha sido jamás.

El narcisismo en la histeria es particular, pues se relaciona con la dimensión del dado para ver. El sujeto de la histeria se ofrece a la mirada del Otro como encarnación del objeto ideas de su deseo. En ocasiones, se vale de otras personas para lograr ese “brillo”. Por medio de un desplazamiento, se muestra a través de otros que ha colocado en una posición privilegiada como modelos.

 

Mujeres histéricas y su relación con el sexo

mujer histeria perfecta

He tomado el mismo subtítulo utilizado por Dor, pues me parece justo para explicar fenómenos actuales como el expuesto en los primeros párrafos de este escrito. Una serie de aspectos sintomáticos se hacen más evidentes con el auge de las redes sociales. Se abre más la brecha entre la mujer histérica y su relación con la femineidad.

La mujer histérica mantiene un afán de perfección, que se experimenta como una exigencia constante que la atormenta. Para ella lo bello y lo femenino van de la mano. Sin embargo, la preocupación persecutoria por lo bello en ocasiones viene a suplantar a lo femenino hasta borrarlo. Este fenómeno se evidencia cada vez más, potenciado por los desarrollos tecnológicos en las ramas de la estética y la cirugía plástica.

En el fondo lo que hay es una convicción permanente de imperfección. La mujer histérica se vuelve su propio juez tiránico, pues nada será jamás lo suficientemente bello para neutralizar la huella de sus imperfecciones. En cuando a su cuerpo, lo expresa en sus frases favoritas: “mi cuerpo debería ser así”, “sólo debo arreglarme esto o lo otro”, “no soy lo bastante bonita”, etc. Todo lo que encuentre en su camino es bueno para servir de máscara, y atraer la mirada del otro.

Pero así como cuestiona insaciablemente su belleza física, lo hace con su inteligencia y espíritu. Pero se encuentran con una barrera, es difícil aparentar el intelecto. Por lo que toman un discurso prestado, y vuelve a hacer “como si” supiera más de lo que realmente sabe. En los casos más grotescos, vemos las redes sociales inundadas de mujeres histéricas que se muestran “como si” fueran perfectas. Cuerpos esculturales productos de las cirugías plásticas y retocador por el Photoshop, siempre acompañadas de una frase intelectual sacada de Google. Esto es sólo un pantallazo del modo como se conducen en la vida.

 

Identificación de la histérica con la mujer

mujer histeria identificación

Sobre las mujeres Lacan plantea que La Mujer no existe, ya que sólo existen las mujeres de una en una. Ante esta paradoja, el psicoanalista francés Eric Laurent es cuestionado en una entrevista. Le preguntan: ¿Y el hombre sí que existe? A lo que él responde:

El hombre tiene un falo, que es exterior; es patente y obvio y con él puede convertir con facilidad su placer en categoría. Por eso, lo que quiere el hombre se puede producir en masa y por eso hay una industria del sexo, pero sólo está pensada en masculino. Sólo para ellos.

Sin embargo, para la mujer histérica pareciera que sí existe una mujer. Y es aquella con la que busca identificarse pues responde a la pregunta: ¿qué es una mujer? Lacan plantea que en la histeria se responde a esta pregunta por medio de una identificación viril. Como ya vimos, identificándose como aquella que posee el atributo fálico. En esa transacción, cede la posición femenina a otra mujer que para ella encarna el enigma de la feminidad. Mientras que ella se vuelve una maestra de la seducción infinita.

Freud ya lo había señalado en el caso Dora, que estaba avasallada por los encantos de la Sra. K. En la histeria siempre veremos una suerte de homosexualidad. La misma se vincula más al proceso de identificación con una mujer que toma como modelo, que a la elección del objeto amoroso. La histérica procura ser como ella, pensar como ella, vivir como ella, incluso tener los mismos hombres que ella… ¿Han escuchado el término “frenemies”, o “amigas y rivales”?

 

La elección del objeto masculino en la histeria

mujer histeria hombre

Otros rasgo estructural en la histeria que marca la elección de objeto, y todas las elecciones en general, es la indecisión permanente. Puede relacionarse con cosas comunes o un compañero amoroso, la histérica nunca quedará satisfecha con su elección. El objeto elegido continúa sujeto a las dudas, porque siempre es mejor el objeto que no se eligió.

Ya Freud llamo la atención sobre este punto al exponer que el histérico deseaba sobre todo que su deseo permaneciera insatisfecho. La lógica psíquica funciona de esta manera: para mantener su deseo, la histérica se esfuerza por no darle jamás un objeto que la satisfaga. En el caso de la elección de una pareja amorosa, se afanará por no encontrar nunca un hombre a la altura de su máscara de perfección.

Las histéricas generalmente se deciden por un compañero inaccesible. Puede ser potenciado por un aspecto de realidad, como una pareja que viaja por largos periodos de tiempo. Otra salida que encuentra es escoger un compañero amoroso ya comprometido. Al final del día suele sentirse tan desolada pues de todos los posibles compañeros masculino, el único que le interesa es el imposible.

En la histeria se coloca a este otro en el lugar de Amo, pero un amo que jamás ocupará el lugar que ella le asigna en sus fantasías. Siendo un hombre inaccesible o extraño, rápidamente se vuelve decepcionante, o en un objeto más de su insatisfacción. Como bien decía Lacan:

El histérico necesita un amo sobre el cual pueda reinar.

 

Menos histérica más mujer

HISTERIA MUJER

La temática de las mujeres para el Psicoanálisis es bastante extensa y no será tocada en este escrito. Volviendo a la llamada “Revolución de las Nalgas” que se observa cada vez más en las redes sociales. Debemos hacer una distinción, puesto que no se trata de mujeres en el sentido de expresar un deseo de libertad. Más bien se observan manifestaciones de una estructura histérica marcada por un búsqueda exagerada de despertar el deseo en el Otro. Hoy el Internet y los seguidores se han convertido en un Otro bastante exigente y cruel. Mientras más le dan las histéricas más le piden, más les da, más enseña pero siempre tratando de enmarcarlo con algún pensamiento positivo.

El universo de las estructuras psíquicas y de la histeria es extenso, y no se agota en un simple post. Aunque no trataremos la orientación terapéutica de la histeria, en la clínica estos fenómenos son más dramáticos, y menos graciosos. Las pacientes llegan a consulta con un sufrimiento real que buscan suprimir. Como mencionábamos anteriormente, toda mujer es histérica en su estructura, pero no toda histérica es mujer en el sentido de reconocer su falta. Deben caer las identificaciones que buscan satisfacer el deseo en el Otro, y surgir otras que promuevan el propio deseo. Entonces la histérica será cada vez menos insatisfecha y podrá ser más mujer.

 

Referencias Bibliográficas:

  • Dor, Joël. Estructuras Clínicas y Psicoanálisis. Amorrortu Editores. Edición 2006.
  • Philippe, Julien. Psicosis, Perversión y Neurosis. Amorrortu Editores. Edición 2002.

Fuentes:

Redes sociales en tiempos líquidos

¿Podrían las redes sociales ser perjudiciales? Vivimos en una época vertiginosamente acelerada. Grandes alteraciones socioeconómicas y políticas, bruscos cambios de actitudes, costumbres, creencias. La consciencia y comprensión de lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros, se paraliza. Todo lo que ofrecía solidez en la vida como seres humanos, se ha vuelto fugaz y vaporoso como el humo. Los pilares que nos sostenían se evaporan continuamente.

redes sociales modernidad líquida

 

En cada época surgen mentes brillantes, lúcidos observadores y agudos críticos de la realidad histórica en la que viven. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, fallecido la semana pasada, deja un valioso legado ayudando a dar sentido al malestar que producen las sociedades contemporáneas. Poner en palabras los espectros de las angustias que nos perturban y corroen.

Los vínculos entre seres humanos se han debilitado progresivamente desde el comienzo de la era postmoderna hasta hoy. En el año 1999, Bauman da a luz el concepto de “modernidad líquida1 , expresión que define un modelo de sociedad que implica el ocaso de la colectividad. Se impone un individualismo que corroe y desintegra conceptos como la ciudadanía o la comunidad. Es el fin de la era del “compromiso mutuo”.

Globalización, masificación, precariedad, catástrofes, excesiva información, creciente desconfianza hacia las instituciones… Nos provoca inseguridad e incertidumbre y nos empuja a un giro egocéntrico que nos enfrenta los unos contra los otros. Vivimos en una sociedad cada vez menos “social”, sin elementos a los que pertenecer, sin filiación ni ideologías, que nos fragmenta y aisla como átomos. Los “enlaces covalentes” pierden fuerza para mantenernos unidos. La soledad y el vacío son ahora el mayor veneno de nuestra especie.

La trampa de las redes sociales

La revolución tecnológica de finales del siglo pasado ha irrumpido en nuestras vidas. La virtualidad es la realidad de las nuevas generaciones. En esta época, la cohesión de nuestras relaciones, nuestros vínculos, son más débiles y son enmascarados por redes sociales. Redes amplias, pero superficiales, líquidas.

Bauman justifica el éxito de redes sociales como Facebook, Instagram o Twitter afirmando que los depredadores económicos huelen el miedo y crean falsos salvavidas a los que aferrarmos. Consumibles virtuales que son un señuelo al que nos acercamos para compensar la necesidad de comunidad e identidad, alimentando superficial e ilusoriamente nuestro anhelo de colectividad. Flotar y no hundirnos en el vacío. Como afirma en su última entrevista para el diario El País:

«Dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.»

La identidad que otorga pertenecer a un grupo se diluye, por lo que creamos sustitutos dentro de las redes sociales. Añadimos y cancelamos amigos, controlamos las interacciones, sin riesgos para nuestra imagen, sin involucrarnos, sin necesidad de habilidades sociales.  Vínculos postizos. Eso sí, nos sentimos un poco mejor porque la soledad es un fantasma que nos hiela en nuestras habitaciones.

Los deseos «licuados»: una perspectiva psicoanalítica contemporánea

Deseos y necesidades centrales para la estabilidad psicológica, están amenazadas por la liquidez relacional y el aislamiento. El malestar difuso y la sensación de vacío de muchas personas, (algunas de las cuales acuden a terapias sin saber qué les ocurre, sin razones «objetivas» para estar mal) tiene relación con el impacto de la insatisfacción de motivaciones psicológicas básicas.

Nuestras decisiones se ven influidas por  procesos inconscientes. Procesos motivacionales que nos impulsan a atender demandas internas asociadas, por ejemplo, a nuestra propia conservación y cuidado, la búsqueda de placer y bienestar, o a reducir el displacer. Uno de estos motivos básicos e instintivos de la experiencia humana, es la búsqueda y conservación de fuertes vínculos emocionales con otras personas (el apego; tal vez lo llames «amor»). Otra motivación básica es el deseo de reconocimiento y de valoración dentro de dichos vínculos significativos, obteniendo una imagen de sí mismo como alguien digno de recibir atención, de ser querido.  Un sentido de la identidad y valía transmitido por los demás. Nuestra autoafirmación sólo es posible a través del Otro.

Estamos programados para buscar la aceptación del Otro, y evitar su rechazo. Estos sistemas motivacionales permitieron la supervivencia de nuestra especie, asegurando la cohesión grupal y su cuidado. Esto explica la búsqueda de afiliación y el sentido de pertenencia, la vivencia de «estar con», de formar parte de lo mismo.

Autores psicoanalíticos como Winnicott o Kohut, consideraron una motivación central la necesidad de crear y conservar un sentido del Self (sentido de nuestro Yo, de nuestra esencia, nuestra identidad) estable y cohesionado. El flujo de experiencias estables y emociones repetidas dentro de las relaciones del ser humano desde que nace, conservan la continuidad y la familiaridad de su mundo interno e interpersonal. Las relaciones nos permiten sentirnos seguros, y nos sostienen psicológica y emocionalmente.

Mis Selfies por tus Likes

Las redes sociales son un mal sucedáneo de lo que aportan las relaciones reales. Un mal sustituto que engancha, como una potente droga. Y no es una metáfora. El placer y bienestar que generan las interacciones positivas están directamente relacionadas con motivaciones y necesidades interpersonales, y por lo tanto, con circuitos y centros cerebrales de recompensa y evitación2. Los mismos que se activan satisfaciendo necesidades fisiológicas como la ingesta o el sexo, o consumiendo sustancias estimulantes. En esta línea, un interesante estudio realizado por la Universidad de California-L.A., evidencia a través de neuroimagen cómo los centros del placer y la recompensa de cerebros de adolescentes, se activan al ver sus propias fotografías con muchos likes e interacciones positivas3.

Existe una parte de nosotros que desde la infancia busca, en esencia, construir una imagen de sí mismo digna de ser amada, aceptada, validada, reconocida, admirada, y la vida social virtual se convierte en una extensión del campo social real. Por eso la necesidad de aparentar, de manipular la percepción de los demás a través de proyectar una imagen ideal de uno mismo y su vida. Crear una identidad, un falso Self, frágil y adulterado, pero al menos uno que saque del desamparo y la carencia. De ahí el exacerbado narcisismo y la dependencia hacia las redes sociales.

redes_sociales_narcisismo

El impacto psicológico negativo

Fotografías milimétricamente calculadas, aparentando espontaneidad, con un bonito filtro Instagram, acompañadas de una cautivadora frase. Una ilusión distorsionadamente ideal, intentando rellenar el vacío. Y no se puede dejar de alimentar fácilmente los perfiles virtuales, uno dejaría de existir en cierto modo, aunque todo consiste en aparentar y no en «ser»: por eso la angustia del vacío no desaparece, porque la liquidez nunca se rellena de algo «sólido».

Los demás son utilizados como objetos, espectadores del despliegue narcisista que ofrecen atención o admiración, pero no son reconocidos ni valorados como quienes realmente son. Consumo líquido de relaciones. Por otra parte, la estabilidad emocional se ve amenazada por las respuestas de los demás usuarios. Si no hay la interacción virtual que uno espera (número de veces compartido, de comentarios, de «me gusta», etc…), pasa a equivaler psicológicamente a un rechazo real. El número y el tipo de interacciones se convierten en una estimación proporcional de la valía y la autoestima. De forma irreal y simbólica, sí, pero cuyo impacto emocional es real.

Pasar tiempo pasando imágenes y perfiles en Facebook o Instagram, desencadena una sensación de exclusión y soledad, y también envidia 4 . Son un espejo artificial de lo que supuestamente carecemos, de lo inadecuados que somos, y esto nos hace sentir avergonzados, tristes. Espejos que muestran las actividades que no hacemos, las metas profesionales que no alcanzamos, los momentos fantásticos en los que no estamos  presentes,  los lugares que no estamos visitando,  las parejas ideales que no tenemos, las familias perfectas que carecemos; de los defectos que nos sobran y virtudes que nos faltanLa vida que no tenemos, la imagen que no somos. Un real sentimiento de frustración, de inferioridad y malestar provocado por muros virtuales de plástico.

A Social Life de Kerith Lemon

Referencias bibliográficas

1 Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. México, D.F.: FCE – Fondo de Cultura Económica.

2 Fareri, D. & Delgado, M. (2014). Social Rewards and Social Networks in the Human Brain. The Neuroscientist, 20(4), 387-402. http://dx.doi.org/10.1177/1073858414521869

3 Sherman, L., Payton, A., Hernandez, L., Greenfield, P., & Dapretto, M. (2016). The Power of the Like in Adolescence. Psychological Science, 27(7), 1027-1035. http://dx.doi.org/10.1177/0956797616645673

4 Appel, H., Crusius, J., & Gerlach, A. (2015). Social Comparison, Envy, and Depression on Facebook: A Study Looking at the Effects of High Comparison Standards on Depressed Individuals. Journal Of Social And Clinical Psychology, 34(4), 277-289. http://dx.doi.org/10.1521/jscp.2015.34.4.277

Asexualidad ¿Es la falta de sexo la última revolución sexual?

La asexualidad aparece con fuerza en los titulares de medio mundo en una época en la que el propio concepto de identidad está en crisis, un momento en el que para mucha gente los discursos nacionales, políticos o religiosos han dejado de tener sentido. De pronto, nos encontramos con el terreno bien abonado para el descubrimiento de nuevas identidades, nuevas categorías que  nos ayuden a saber quienes somos, que nos den una explicación y al mismo tiempo un marco de referencia para entender nuestra subjetividad.

Este es uno de los motivos que explican el masivo nacimiento de nuevas identidades a lo largo del siglo XX que continúa con fuerza acentuándose a partir del comienzo de la era digital. El declive del modelo normativo universal impulsado por occidente (hombre, blanco, heterosexual, cisgénero y cristiano) ha dado lugar a la reivindicación de todas aquellas identidades que permanecían en un segundo plano. Empezando naturalmente por la mujer y su lucha, todavía vigente, por ocupar el lugar que legítimamente corresponde a nada menos que el 50% de la humanidad, históricamente marginada.

La lucha por la libertad y el lugar de la asexualidad

asexualidad

Junto a la revolución feminista vino la racial, la de las minorías sexuales y muchas otras. La mayoría de estas reivindicaciones, como podemos ver todos los días en las noticias, están a la orden del día. Lo cual, por cierto, no quiere decir que no podamos estar orgullosos como civilización de todas las cosas que hemos conseguido.

En este entramado identitario una de las grandes luchas ha sido la de las minorías sexuales. Desde el principio este asunto fue de gran complejidad, se trataba de nombrar por primera vez en siglos, de forma no peyorativa aquello de lo que estaba prohibido hablar (o al menos hablar bien). Esa es una de las razones por las que el colectivo ahora conocido por las siglas LGBTI (Lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales) ha sufrido tantos cambios internos hasta la formulación que actualmente es más frecuente, no sin polémicas, como veremos, de hecho la «I» es una incorporación bastante reciente, no aceptada por todo el mundo.

Cada una de estas siglas lo que representa al fin y al cabo es una identidad que históricamente no ha podido ser expresada por su lejanía del modelo normativo del que antes hablaba. Pues bien, en este momento hay varios colectivos que desean añadir letras a LGBTI, uno de ellos, tal vez el que está haciendo más ruido en internet es el asexual, pero ¿Es razonable, con lo que sabemos, la inclusión de la «A» junto con las otras siglas?.

¿Qué es la asexualidad?

Los defensores de la asexualidad como una orientación sexual más (además de la heterosexual, homosexual y bisexual), pretenden establecer paralelismos entre esta y aquellas que habiendo estado perseguidas durante siglos ya han alcanzado ciertos grados de aceptación en la sociedad, este es uno de los motivos por los cuales desean su inclusión dentro del colectivo LGBTI, que ha servido históricamente para dar voz a aquellos que tenían una sexualidad, sexo o género no normativo.

Pero vayamos al tema que nos ocupa, ¿Cómo se definen los propios asexuales? En la versión española de la web de la asociación internacional más importante de asexuales, AVEN, definen al asexual como :

La persona que no experimenta atracción sexual hacia otras personas. No es lo mismo que ser célibe, ni lo mismo que ser asexuado o antisexual. No implica necesariamente no tener libido o no practicar sexo o no poder sentir excitación o no poder enamorarse o no tener pasiones o no sentir deseo. En la comunidad asexual la consideramos una orientación sexual, hacia ningún género o sexo, o la falta de orientación sexual, siendo ésta referida sólo a la atracción sexual ya que la orientación romántica de cada persona no tiene por qué coincidir con la sexual.

Encontramos mucha información en esta definición, veamos parte por parte.

De entrada queda claro que la asexualidad no tiene que ver con el celibato, es decir con la opción de no mantener relaciones sexuales aunque exista atracción o deseo. Esta distinción parece muy importante, es decir, la asexualidad tiene que ver con la atracción sexual, no con el hecho en si de no practicar sexo, ser virgen o hacer votos de celibato.

Tampoco es lo mismo que ser asexuado, cosa que equivaldría a no tener órganos genitales, ni que ser antisexual que supondría odiar el sexo.

asexualidad

Lo que sigue es más complicado, esta definición plantea que los asexuales pueden mantener relaciones sexuales o tener conductas autoeróticas, lo harían en estos casos por contentar al otro, para liberar tensiones o por una descarga fisiológica. En este sentido efectivamente también podrían enamorarse y sentir pasión romántica sin necesidad de sentir atracción sexual, quedaría así desligado una vez más el sexo del amor, lo que para algunos teóricos sería un amor incompleto o platónico y sin embargo ha sido extremadamente popular desde la época de los juglares y el amor cortés.

Asexualidad, libido y deseo

La parte más compleja de esta definición sería, sin embargo, aquella que afirma que «ser asexual no implica necesariamente no tener libido (…) o no sentir deseo.» Esta frase es equívoca a mi parecer, ya que los conceptos de libido y deseo son amplios y cuentan con numerosas definiciones posibles.

Libido, por ejemplo, según la RAE sería:

Deseo sexual, considerado por algunos autores como impulso y raíz de las más varias manifestaciones de la actividad psíquica.

asexualidad

Bien, si la libido es el deseo sexual y el asexual es aquel que no experimenta atracción sexual hacia otras personas vemos que el elemento diferencial es lo relacional. Es decir, que según AVEN el asexual puede experimentar deseo sexual pero este es un deseo sin objeto deseado.

Es ciertamente posible para todos nosotros experimentar este tipo de deseo sin objeto, es esa comezón, esa sensación interna, es angustia difícil de nombrar que intentamos eludir, silenciar o encarrilar mediante estímulos externos. Esa sensación de deseo sin objeto deseado es normalmente desagradable para el sujeto, necesita ponerle nombre y colocarla en algún sitio (comida, pareja sexual, relaciones sociales, agresividad, deporte, etc…). Por eso, se plantearía en este caso que existen personas que experimentan no simplemente un deseo, sino un deseo de índole sexual pero no dirigido nunca hacia ningún objeto. ¿Quedaría entonces este deseo sexual perpetuamente insatisfecho por no contar con un objeto sobre el que proyectarse o sería simplemente satisfecho mediante la estimulación física y el orgasmo?

En este sentido creo que AVEN entiende por asexuales tanto a aquellas personas que no experimentan ningún tipo de deseo sexual como a aquellas que experimentan deseo sexual pero no dirigido hacia ningún objeto. En caso de considerar la asexualidad como una orientación sexual entiendo que solamente sería adecuado en el segundo de estos dos casos, puesto que en el primero no existe orientación ni falta de orientación sexual puesto que no existe un deseo sexual que orientar o no orientar.

Por otra parte, cuando la RAE se refiere a «algunos autores» habla claramente de los autores psicoanalíticos. Sigmund Freud consideraba efectivamente a la libido como la energía de la pulsión, aquella que llevaba al ser humano hacia la vida y que inicialmente tenía una expresión principalmente sexual, aunque podía sublimarse por diversos medios y manifestarse en multitud de formas.

Según comprensiones más modernas desde el psicoanálisis la libido se reconceptualiza como la capacidad deseante del sujeto. Existiendo por tanto deseo existiría libido. De este modo una «baja libido» sería entendida como un déficit en la capacidad deseante. En este caso es importante diferenciar entre una baja libido originaria o sobrevenida. Si es sobrevenida habrá que considerar qué es lo que la provocó, podemos encontrarnos en este caso, por ejemplo, con un Trastorno de deseo sexual hipoactivo o con otras eventualidades que pueden afectar al deseo sexual de tipo biológico como cambios hormonales, por ejemplo.

Conclusiones

Mi conclusión, según los testimonios que he ido leyendo y los casos que he podido ver en la consulta es que la asexualidad no es, como suele suceder en psicología, una cuestión de blancos o negros, sino de diferentes tonalidades de gris.

Dentro de este degradado de grises podremos encontrar desde la persona que no siente ningún tipo de deseo sexual hasta aquel que tiene un deseo sexual reducido con respecto a la media. Esta falta de deseo/atracción/orientación sexual probablemente sea múltifactorial, como suele suceder con todo lo que tiene que ver con la construcción del deseo, más aún cuando parece que bajo la categoría de asexualidad pueden estar englobadas cuestiones de diversa naturaleza y etiología.

En este sentido, creo que, en la clínica, para poder hablar de una auténtica asexualidad, se impone primero descartar cuestiones farmacológicas o biológicas que podrían estar afectando negativamente al deseo sexual, en esta linea sería necesario descartar también, las dificultades que pueden  experimentar personas que han tenido una educación muy represiva en materia sexual y por último las posibles experiencias traumáticas relacionadas con el sexo (Por ejemplo, agresiones sexuales, abusos, etc…).

Una vez descartadas estas variables creo que es ciertamente posible que dentro de la infinita variedad de la familia humana existan personas que sean genuinamente asexuales, tal vez nacidas así, tal vez como resultado de sutiles cambios hormonales o influencias ambientales recibidas en la más temprana infancia, en realidad, eso es materia para los investigadores, mientras tanto lo que nos toca a los clínicos y a la gente en general es contar con la experiencia subjetiva de las personas. Y si no existe un malestar interno al respecto ni un anhelo por estar perdiendo la experiencia de disfrutar de la sexualidad, creo que es posible que estas personas desarrollen una vida plena.

Quedan sin embargo muchas preguntas por resolver: ¿Cuales son las causas de la asexualidad (o las asexualidades)? ¿Cuales son los condicionantes biológicos y psicológicos que están en juego en estos casos? ¿Qué sucede con estas personas que experimentan un deseo sin objeto? ¿En verdad podemos considerarlas como asexuales de la misma forma que aquellas que no experimentan ningún deseo? ¿Qué realidades diferentes estamos contemplando cuando hablamos de asexualidad? y por último ¿Podemos considerar a la asexualidad (o a una parte de lo que se considera asexualidad) como una orientación sexual más, o hay que conceptualizarla de otra manera?

Mientras nuevos estudios responden a nuestras preguntas nos queda la cuestión inicial, es decir, si esta nueva identidad, bajo la cual un número creciente de personas se ampara tiene hueco dentro del colectivo LGBTI o debería constituirse en otro colectivo diferenciado, al final este es un tema de índole político-filosófico que está abierto al debate. Tal vez la solución sea, como proponen algunos activistas abandonar las siglas tradicionales y cambiarlas por unas más inclusivas: GSRDI (Géneros, Sexualidades y Romanticismos Diversos e Intersexo). 

Mientras tanto, respetando la diversidad y la complejidad humana, pensemos, investiguemos, debatamos y mantengamos una mente abierta.

 

 

Enrique Schiaffino

Psicólogo colegiado en Madrid

Fundador de Psiquentelequia

 

 

 

Darwin VS Buda: Las dos caras del sufrimiento y la insatisfacción

Podría sonar extraño querer rebelarse contra las leyes de la selección natural y de la evolución. Más que nada porque ha sido mediante éstas leyes que hemos llegado hasta aquí como especie, y yo, Elsa Bonafonte, puedo estar escribiendo este artículo aquí y ahora. Pero también es cierto que desde que no vivimos en las cavernas, y desde que no tenemos que cazar ni que escapar de los leones, las leyes de la selección natural no nos ayudan mucho. Es más, podría decirse que son la principal fuente de nuestro sufrimiento.

Este sufrimiento tiene muchas acepciones. La más común, occidental, y que podemos encontrar en el diccionario, lo define como el “hecho de sufrir o padecer dolor físico o moral”. Pero desde el punto de vista del budismo, el sufrimiento no es exactamente esto… Pero para poder entenderlo, antes tenemos que conocer las cuatro nobles verdades del Budismo.

sufrimiento budismo

 

 

Las cuatro nobles verdades del budismo 

Aunque no es una tarea fácil, voy a tratar de explicar cómo el budismo, y su camino para alejarse del sufrimiento, se ha convertido en una verdadera rebelión contra las leyes de la selección natural y de la evolución. Pero primero debemos saber las cuatro nobles verdades del budismo:

1- Primera (dukkha): La naturaleza de la vida es el sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento…

2- Segunda (el origen de dukkha): El origen del sufrimiento es el deseo o “sed de vivir” acompañado de todas las pasiones y apegos. Es el deseo que produce nuevos renacimientos, que acompañado con placer y pasión encuentre siempre nuevo deleite, ahora aquí, ahora allí. El deseo por los placeres sensuales, el deseo por la existencia y el deseo por la no existencia.

3- Tercera (la cesación de dukkha). Alcanzar el Nirvana, la verdad absoluta, la realidad última. Es la noble verdad de la cesación del sufrimiento. Es la total extinción de ese mismo deseo, su abandone, su descarte, liberarse del mismo, la no dependencia.

4- El sendero que conduce al cese del sufrimiento y la experiencia del Nirvana. El sendero que conduce al la cesación del sufrimiento. Es el recto entendimiento, el recto pensamiento, el recto lenguaje, la recta acción, la recta vida, el recto esfuerzo, la recta atención y la recta concentración.

Podréis preguntaros qué tienen que ver estas verdades budistas con las leyes de la selección natural. Yo también me lo preguntaba. Y aquí está la respuesta y las investigaciones que se han hecho al respecto.

 

La insatisfacción como base del sufrimiento

En el Budismo la idea del sufrimiento es algo más específica de la que tenemos los occidentales. No se refiere tanto al dolor físico o moral, sino a la sensación de “insatisfacción” que nos acompaña a la mayoría de los mortales casi el 100% del tiempo.

Como dice la segunda noble verdad del budismo, el sufrimiento es “el deseo o “sed de vivir” acompañado de todas las pasiones y apegos. Este deseo, como veremos ahora, es el causante de nuestra insatisfacción, que según los budistas es la base del sufrimiento. Y aquí, amigos, entra nuestra buena amiga la evolución.

Según el Budismo “la naturaleza de la vida es el sufrimiento”. Y seguramente que podréis pensar que no estamos sufriendo todo el tiempo. Que no vivimos “sufriendo” las 24 horas del día. Pero si añadimos el significado de “insatisfacción” a esta ecuación, entonces sí que tiene más sentido. Ya que la mayoría de nosotros vivimos (gracias a las leyes de la evolución) en una continua insatisfacción.

Y para que lo entendáis vamos a ver un ejemplo. Imaginemos que soy una loca de los donuts (que no es el caso, pero me venía de perlas para usar uno de mis gifs favoritos):

Homer

No todos los días nos dejamos llevar por nuestros antojos, pero algunas veces sí que lo hacemos. Te imaginas esa caja de 6 donuts, su olor, su sabor la llevártelo a la boca… Y seguramente, mientras estamos disfrutando de esos maravillosos donuts, no estamos sufriendo. ¿Estás loca, voy a sufrir mientras me todo mi donut favorito?

Pero si nos paramos a pensar sobre ello. Probablemente, en el mismo instante en el que empecemos a tragar el donut, ya estaremos pensando en el siguiente. De alguna forma, ya estaremos deseando, anhelando el próximo donut. Y si estamos pensando en el próximo donut, es que este donut no nos está produciendo satisfacción. No nos está satisfaciendo. Si estuviera satisfecho, no querría más, ¿no es cierto?

Es la cruda realidad. El placer no dura. Y así funcionan las cosas. El hecho de que “el placer no dure” es uno de los preceptos de Buda. La impermanencia de las cosas está presente en casi todos los textos de Buda. Nada es permanente, y el placer no es una excepción.

 

La “forma” de la insatisfacción: el deseo y la aversión

Aquí entramos en la segunda verdad noble del budismo. La causa del sufrimiento y la insatisfacción. Y generalmente se ha traducido como ansia, o deseo intenso. En el sentido de tratar de aferrarse a algo, de apegarse a algo. Como dijo Buda, en el deseo de agarrar cosas que no durarán, se prueba el engaño, la ilusión. El solo deseo nos demuestra que no somos conscientes de la impermanencia de las cosas, de la verdad sobre cómo es la realidad.

Volviendo a los donuts, podemos ver que este fenómeno no se refiere sólo a placeres sensoriales (comida, sexo, etc.). Se refiere a cualquier cosa que nos cause gratificación. Conseguir un 10 en un examen, conseguir la estima de los amigos, y un largo etcétera. Cualquier cosa que nos haga sentir bien, y de lo que querremos más.

En psicología está muy relacionado con la adaptación hedónica. Y se refiere a cuando nos pasa algo muy bueno, como que nos toque la lotería, y pasado un determinado periodo de tiempo, volvemos a nuestro nivel normal de “felicidad”. Continuamos deseando cosas que nos harán felices: ese trabajo, ganar la lotería, que mi vecina se vuelva loca por mi… Pero la realidad es que podo después de conseguir cualquiera de estas cosas, nuestro nivel de felicidad vuelve a la normalidad. No estamos más cerca de la felicidad que antes de desear cualquiera de estas cosas.

Y no solo hablamos de cosas “buenas”. Las dos primeras leyes del budismo también contemplan la ansiedad y al miedo. Ansiedad de ser criticado en público, tener que ir a un sitio al que no quieres ir, miedo al abandono, etc. En definitiva, el miedo de ser comido por un león. ¿Empiezas a comprender ahora?

En un principio estas cosas no entrarían en la categoría del deseo. No ansiamos ni deseamos que nos abandonen, o sentir ansiedad ante un examen. No queremos estar “más cerca” de eso. Quieres huir de eso.

Así que podemos afirmar que en la segunda ley del Budismo (aunque no aparezca de forma explícita), encontramos como fuente del sufrimiento y la insatisfacción el deseo y la sed por lo que nos atrae, y aversión por lo que nos produce miedo y ansiedad. No aparece explicito en la segunda ley, porque ambas cosas son las dos caras de una misma moneda. Si tienes miedo de hacer el ridículo en público, es porque estás apegado a tu reputación, a tu estatus social. Eso apego, deseo o sed es el problema.

 

El origen de la insatisfacción: nuestra amiga la evolución

Como hemos visto, según la segunda noble verdad nos dice que la fuente del sufrimiento y la insatisfacción es nuestro apego, nuestro deseo de aferrarnos a cosas que no duran, incluido el placer. Como con el ejemplo de los donut de chocolate.

Según Buda, nuestro fracaso para parar esta dinámica es un ejemplo más de nuestra incapacidad de ver el mundo de una forma clara. ¿Y por qué no somos capaces de frenar este proceso? Porque hay mecanismos biológicos que son mucho más fuertes que nosotros (tanto del proceso del deseo como de la evaporación de la satisfacción), y contra los que poco podemos hacer, a menos que nos convirtamos en monjes budistas y nos vayamos a meditar a una montaña.

sufrimiento evolucion

 

Por qué no vemos claramente (por cortesía de la evolución)

Buda solía utilizar el término ilusión para hablar de nuestra incapacidad para ver las cosas claramente. Aunque este término nos puede confundir un poco. No quiere decir que cuando estamos disfrutando de nuestro donut nos imaginemos que nos vigilan unos espías rusos detrás del mostrador, y que en unos instantes se abalanzarán sobre nosotros para arrebatarnos el cerebro…

Ni siquiera pasa por nuestra mente la idea de que el placer de esos donuts van a durar para siempre. Ni diez minutos. Pero a la vez, está demostrado que pensamos mucho más en el placer que nos causa, que en la evaporación posterior de ese placer. Sólo estamos focalizados en el placer del momento.

En otras ocasiones, podemos vivir algo más cercano a esa ilusión unida al deseo, a la obsesión. Cuando nos enamoramos de alguien, estaremos todos de acuerdo en que se dan ciertas distorsiones de la realidad en nuestra forma de percibir las cosas. Parece que todo será perfecto eternamente. Pero en realidad, las relaciones son más complicadas que eso. Porque volvemos a ser incapaces de ver la impermanencia de las cosas. Y por tanto, no vemos claramente la realidad.

Lo mismo nos ocurre cuando deseamos un trabajo intensamente. E imaginamos todas las cosas maravillosas que nos traerá ese empleo… Y estás seguro de que al conseguir ese puesto, te podrás relajar. Entonces llega ese soñado puesto de trabajo, pero tu nos has llegado realmente a ningún sitio. La gratificación no dura para siempre.

¿Y qué parte de nosotros es la que no nos permite ver claramente? Sin ninguna duda una de esas partes es el neurotransmisor dopamina. O la llamada droga del placer. La verdadera historia es que es mucho más complicado que eso. Los efectos de la dopamina dependen de muchos factores: la parte del cerebro implicada, las neuronas implicadas, los receptores implicados, etc.

 

La dopamina y el deseo

Vamos a ver un estudio en el que se monitorizó las neuronas implicadas en el cerebro de unos monos, en relación al deseo y a la satisfacción del mismo.

Lo que hicieron es darle zumo de fruta a los monos y esto es lo que pasó. En la primera parte del experimento, al darle la fruta al mono, hubo un subidón de dopamina. Con lo que el mono sintió una gran felicidad. ¿Y cuánto duró este subidón de felicidad? La cruda realidad es que aproximadamente duró un tercio de un segundo. No mucho, la verdad…

Como ya hemos apuntado, el placer tiende a evaporarse muy rápidamente. Y en nuestra propia experiencia del día a día, deberíamos ser muy conscientes de la impermanencia de las cosas.

sufrimiento dopamina

Una posible explicación de este fenómeno lo encontramos en la selección natural. ¿Y por qué la selección natural diseñaría un cerebro con una experiencia de placer tan fugaz? ¿Por qué no alargar el efecto de la dopamina 10 segundos, 20 segundos? Lo cierto es que esto no pasa. Y lo más incómodo e inexplicable… ¿Por qué no somos capaces de integrar en nuestra vida, en nuestro día da día, cómo de rápido se evapora el placer? Eso nos ahorraría mucho dolor.

Lo cierto es que la selección natural funciona de otra forma. No buscaba nuestra felicidad ni nuestro placer. Sólo quería (y quiere) trasladar nuestros genes a la siguiente generación, garantizando que comeremos y que tendremos sexo. Incluso el estatus social tiene un correlato positivo en primates, a la hora de conseguir una mayor descendencia.

Hay tres leyes fundamentales de la selección natural mediante las cuales se ha diseñado nuestro cerebro.

1- Cuando un animal consigue su objetivo (comida o sexo) experimentan algo de placer. El placer es el reforzador de la conducta. Hace que los animales hagan “más” de eso que han hecho para conseguir su objetivo.

2- El placer no puede durar para siempre. Si fuera así, los animales dejarían de estar motivados para hacer “más” de eso que han hecho para conseguir su objetivo. Si comes y no vuelves a tener hambre, no estarás motivado para volver a comer, y morirías. Así que la desagradable sensación de hambre es necesaria para la supervivencia. Lo mismo con el sexo.

3- Los animales se deben focalizar más en el placer que le producen estos objetivos, que en la consecuente evaporación de dicho placer. Si te focalizas en lo genial que será el placer que vas a obtener, estarás más motivado para hacer las acciones necesarias para conseguirlo. Si supiéramos que el placer va a durar un nonosegundo, no emplearíamos tanto esfuerzo.

 

Evolución VS Buda

Estos principios del diseño tienen mucho sentido en términos de la selección natural, y pueden ayudarnos a entender las enseñanzas de Buda. Buda repitió muchas veces que el placer tiende a evaporarse, y eso nos deja insatisfechos. Y parece ser el caso de que el placer está genéticamente diseñado para durar muy poco tiempo precisamente para dejarnos insatisfechos. Para así trabajar más y conseguir más puntos en la carrear de la selección natural.

Buda también dijo que parece que no llegamos a captar esta característica del placer. Y esto también tiene sentido en términos de la selección natural. Focalizarnos solo en el placer es un buen motivador.

Volvamos a los monos y veamos qué pasó en la segunda fase del experimento.

                                                                                                               

La anticipación del placer

En la primera parte del experimento el mono no podía anticipar el placer que iba a sentir al tomar el zumo. El mono no esperaba el zumo. Para poder hacer posible que el mono experimentara la anticipación, mediante un proceso de condicionamiento, le enseñan que cuando se encendiera una luz, obtendría el zumo.

Y esto es lo que pasó:

sufrimiento dopamina

En la zona de la anticipación es donde se da el subidón de dopamina. Loque parece ocurrir es que el mono está anticipando el placer que va a recibir. Está focalizado en el placer que va a llegar. La propia anticipación produce placer. Hay excitación, proyección del placer. Y eso es lo que parece que refleja ese subidón de dopamina.

Lo cierto es que un caso extremo. No se han encontrado los mismos resultados en todos los experimentos, sobre todo en la parte de la supresión del subidón de dopamina cuando estaban disfrutando del zumo. Lo que parece que ocurres es que se dan dos subidones de dopamina. Uno muy alto, en la anticipación, y otro bastante más bajo, cuando se consigue el premio. Además, es un proceso que se torna automático.

Y esto es algo que nos ocurre todos los días. Imaginemos que todos los días nos tomamos una onza de chocolate negro por la tarde. Llega un momento en que el proceso es tan automático que casi no disfrutamos de esa onza de chocolate. Nos ponemos en marcha, pensamos en el chocolate (primer subidón de dopamina) vamos hacia al nevera, cogemos el chocolate, nos lo metemos en la boca… Y probablemente durante todo ese tiempo nuestra mente se haya perdido varias veces en pensamientos, y hemos abandonado el aquí y ahora (segundo subidón de dopamina). Hemos abandonado la conciencia del momento presente que nos haría disfrutar plenamente de la onza de chocolate. Lo mismo que el mono una vez que ha aprendido que tras la luz viene el zumo de fruta.

El primer subidón de dopamina es la fuerza motivacional. Lo que nos hace hacer el trabajo necesario para conseguir la comida que necesitamos para la supervivencia. No porque necesitemos donuts o chocolate negro para vivir. Pero nuestros antepasados necesitaban el azúcar de las frutas. El mismo azúcar que el hombre moderno encuentra en paquetes de donuts envasados.

Si pensamos en nuestros antepasados, o en los monos, es evidente que era necesaria una gran motivación para buscar la fruta, recorrer largas distancias, escalar árboles, etc. Una motivación “anterior” al disfrute de la fruta. Y es la que tenían en el subidón de dopamina de la anticipación del premio.

 

¿Por qué se mantiene la tortura?

Una pregunta muy interesante a hacerse ahora es: Como en el caso del chocolate negro que tomamos por la tarde, si ya nos hemos habituado al placer que obtenemos, si se ha convertido en una tarea rutinaria, y ya sabemos que en el momento de tomar el chocolate el placer que obtenemos es mínimo o nulo… ¿Por qué seguimos haciéndolo?

¿Por qué no simplemente disfrutamos de la dopamina de la anticipación, y luego no tomamos el chocolate? Y aquí es donde vuelve a aparecer nuestra amiga la evolución.

Esa estrategia no funcionaría. Porque si disfrutamos de ese primer subidón de dopamina, y luego no obtenemos el refuerzo, lo que ocurre es que sufrimos un déficit de dopamina.

sufrimiento dopamina

Sería lo que se llama la decepción de anticipación no satisfecha. Y esto también es muy común. Y para ilustrarlo contaré algo que le pasó un día a mi hermana Carla. Quería tomar helado de limón, y nuestra madre le dijo que había helado de limón en la nevera. Y con el subidón de la anticipación de dopamina fue cegada por el deseo a la nevera. Cuando abrió el congelador y encontró halado de vainilla (que no le gusta nada) en vez de helado de limón, la sensación de insatisfacción fue máxima. No sólo sentimos la ausencia del placer. Sentimos decepción.

Y esto también cobra sentido como recurso motivacional si volvemos al escenario de nuestros ancestros. Si una vez hecho todo el trabajo para llegar a los árboles en los que esperaban encontrar la comida, no la encuentran, el cerebro está diseñado para que no volvieran nunca más a esos árboles que no tiene frutos. El cerebro está diseñado para que evitaran esos árboles, mediante esa sensación de decepción que sufrieron la primera vez que llegaron allí.

 

Las tres leyes de la evolución y los principios de Buda

Parece que hay cierta correspondencia entre las leyes de la evolución y los principios del Budismo.

Buda dijo que le placer no duraba, y que nos dejaba insatisfechos. Y la teoría de la evolución parece explicar por qué. Buda dijo que nos focalizamos en el placer y no en la fugacidad del mismo, y nuevamente la teoría de la evolución parece explicar por qué.

Y aquí otro ejemplo de cómo a la selección natural no el “importa” que no veamos el mundo de forma clara. En otro experimento se demostró que bajo condiciones de miedo los alumnos veían en esta imagen una serpiente, mientras en condiciones normales veían una cuerda.

serpiente cuerda

O cómo vemos caras enfadadas si estamos enfadados, en personas que realmente tienen una expresión neutra. A la selección natural no el importa que no veamos la realidad como es. Y tampoco el importa que seamos felices. Desde el punto de visa de la selección natural, la felicidad es sólo una herramienta. Si sentirnos felices en un momento dado nos hará estar motivados, entonces estará bien. Lo mismo que si sentirnos infelices, insatisfechos, sufriendo… funciona para los objetivos de la selección natural. También estará bien.

Por todo ello el Budismo parece una rebelión contra la selección natural. El Budismo trata de que seamos capaces de ver la realidad tal como es todo el tiempo, y aspira a terminar con el sufrimiento. Por lo que de cierta manera implica lo contrario a la lógica de la selección natural.

Y esto que hemos visto es solo una parte de esta rebelión. Para conocer la escala real de esta revolución hay que conocer las estrategias específicas del Budismo para lograr ver el mundo de forma clara y para acabar con el sufrimiento. 

Sufrimiento

 

Referencias: