Volver a empezar

Pedro J. Ramírez y Ágatha Ruíz de la Prada hace un tiempo rompieron su relación de pareja. La crónica rosa española se sorprendió. ¿Cómo es posible este divorcio tres meses después de tomar la extraña decisión de casarse?

Después  de haber atravesado más dificultades de las que una pareja normal suele enfrentar y cuando ya parecía que lo que se aproximaba era la tranquila vejez y los nietos correteando, la crédula y sorprendida Ágatha se encuentra soltera (y enfadada) otra vez.

En los divorcios el elemento económico parece fundamental. No es barato divorciarse ni mantener más de un núcleo familiar. Así vemos, una vez más, la determinante relación entre la estabilidad matrimonial y la bonanza económica. La pobreza une muchas veces por necesidad. No hay más que ver el precio del alquiler en Madrid. Cada vez menos personas pueden ser solteras empedernidas.

volver a empezar

En el caso de Ágatha y Pedro J. la cuestión económica, evidentemente, no es un problema. Simplemente se ve que él se ha enamorado (de una mujer más joven, eso sí). Estas cosas suceden y a todas las edades. El amor no es un privilegio exclusivo de la adolescencia, aunque fructifique con mucha pasión en esa época. Esta es una lección importante. Muchas personas consideran que con la edad el corazón (y los genitales) se secan, pero nada más lejos de la realidad. El amor puede existir más allá de los 65, en ocasiones generando graves tensiones en parejas preexistentes de larga duración. Es una buena reivindicación plantear estas cosas pues en ocasiones la soberbia de la juventud reinante ignora la vida emocional de sus mayores.

Con bastante frecuencia en este tipo de rupturas maduras participa una tercera persona, en ocasiones (muchas) bastante más joven. ¿Es el espejismo de la juventud que atrapa al marido o la esposa? ¿La posibilidad de vivir una segunda oportunidad?

El que se va -enamorado- lo tiene más sencillo. Tendrá que construir una vida nueva y reestructurar su agenda de amistades, tal vez en ocasiones lidiar con la culpa y los reproches del abandonado y otros miembros de la familia que pudieran aliarse con él.

El gran peso, sin embargo, queda para el que es abandonado. Cuando el amor troca en odio la ira anima al corazón durante un tiempo y existe el riesgo ¿o la suerte? De acabar como en “El club de las primeras esposas”. Pero tarde o temprano el odio acaba y queda la soledad.

Ese es el momento de volver a empezar. Después de un divorcio maduro las amistades y los miembros de la familia pueden sostener durante un tiempo el ánimo y es muy importante apoyarse en el círculo social cercano para reconstruir la vida.

Las horas muertas y la abundancia de tiempo para uno mismo puede ser un problema pero también una oportunidad. Es la ocasión de encontrar nuevas aficiones y oportunidades de crecimiento personal, el cultivo de aquello para lo que nunca se tuvo tiempo.

¿Y una nueva pareja? A veces, por venganza o por desquite, se busca con celeridad un nuevo acompañante. No suele ser una idea muy acertada. Es necesario tomarse un tiempo para el duelo y cerrar la herida en la autoestima y en el apego. El otro riesgo los constituye el miedo. Algunas personas se incapacitan para volver a amar ante la traición sufrida. Temen que les suceda lo mismo y la paranoia no permite que ninguna potencial pareja pase de un par de citas.

Por todo esto es muy importante elaborar el duelo. Y si después del duelo el amor termina por aparecer, hay que decir «bienvenido sea» y asumiendo el riesgo volver a empezar.

IT: análisis psicológico de la película

 

IT es la gran apuesta de terror que gobierna nuestros cines estos días, basada en la novela homónima de Stephen King publicada en 1986, en la que un monstruo con forma predominante de payaso (“Eso”, traducción de “It”) se dedica a matar niños. Por tanto, los claros protagonistas de esta película son los niños del pueblo (Derry) y en concreto la historia se centra en el grupo de 7 chicos que se hacen llamar con bastante dignidad “Los Perdedores”. Sin embargo, para los que no conozcáis ni la novela ni ninguna de sus adaptaciones al cine o televisión, quizás os sorprenda cuando la veáis que en el pueblo en ocasiones dan mucho más miedo los propios padres de los niños que el payaso asesino.

La acción transcurre en un pequeño pueblo ficticio llamado Derry que sirve también de escenario para otras seis novelas terroríficas del autor, por lo que sinceramente no es de extrañar que las familias que aún están dispuestas a vivir allí tengan sus problemillas psicológicos… Yo desde luego no lo elegiría ni como destino para unas pequeñas vacaciones. A continuación iré desgranando aquellos aspectos psicológicos y comportamientos psicopatológicos que he observado a lo largo de la película, por lo que adelanto que incurriré en algunos spoilers.

 

Acoso Escolar: Los Perdedores y la banda de Henry

 

Los Perdedores

Los Perdedores

La banda de Henry es un grupo de cinco chicos liderado por Henry que se corresponde con la clásica banda de matones del pueblo. No cabe duda de que en sus ratos libres harán muchas otras cosas, pero en la película solo se les representa acosando y persiguiendo al grupo de los Perdedores con especial predilección por dos de sus miembros: el chico con sobrepeso y el chico negro.

El Acoso Escolar o Bullying se define como maltrato físico y psicológico deliberado y continuado que recibe un niño por parte de otro niño. Este maltrato puede darse en forma de agresiones físicas, amenazas, insultos, burlas, humillaciones, exclusión social y aislamiento, destrucción de objetos, etc… Todos ellos se observan en la película, el acoso es una parte esencial de la trama, aunque se representan con bastante superficialidad algunas de sus implicaciones:

  • El acoso se mantiene generalmente por ignorancia o pasividad del entorno: en la película se da entender que los propios niños acosados intentan no delatar a los agresores, principalmente por miedo a las represalias. Cuesta creer que no tenga repercusión en padres y profesores que un chico vuelva a casa lleno de magulladuras, moratones, la ropa embarrada y agujereada y una “H” grabada en la tripa a golpe de navaja, o que una niña salga del colegio con el traje empapado y oliendo a aguas fecales… Si nadie ha notado nada, como mínimo recomendaría un cambio de orientador escolar en el instituto.
  • Por parte de las víctimas llama la atención que apenas haya secuelas teniendo en cuenta la crueldad del acoso que reciben: ni problemas de ansiedad, ni problemas de estado de ánimo, trastornos de sueño como pesadillas, ni regresiones a etapas infantiles como enuresis…

En cuanto a los agresores son un grupo heterogéneo en el que destaca el cabecilla Henry Bowers, del que hablaré a continuación, y varios chicos que transitan entre la actitud activa del uso de la violencia y la fuerza y la actitud pasiva de animar y seguir o quedarse al margen ante las agresiones. Esto último se observa en la escena en la que Henry y los demás chicos de su banda están disparando a unas botellas y éste les dice que cojan a un gato y lo sujeten en lugar de la botella: se observa la sorpresa y el descontento de los amigos pero en un acto de obediencia jerárquica algunos le hacen caso y otros miran al suelo.

 

Psicopatía o Trastorno de la Personalidad Antisocial: Henry Bowers

 

Henry Bowers

Henry Bowers

A juzgar por sus conductas, se podría pensar que Henry tiene un desapego emocional (escasa profundidad en los afectos, falta de empatía o insensibilidad, ausencia de sentimientos de culpa y remordimientos) y un estilo de vida inestable y antisocial (controles conductuales débiles, impulsividad, irresponsabilidad, delincuencia juvenil, problemas de conductas tempranos)… Cumple todos los criterios para ser considerado un perfecto psicópata, según las dimensiones definidas por el psicólogo Robert Hare. Según el DSM5 (Manual Diagnóstico de Trastornos Mentales) se correspondería con el diagnóstico de Trastorno de la Personalidad Antisocial si tiene más de 18 años (conduce, así que es posible).

El personaje de Henry afortunadamente es ampliamente desarrollado en la película, gracias a lo cual podemos llegar a comprenderle y empatizar con él. Varios estudiosos han investigado la posible etiología de la psicopatía, siendo dos de las teorías más reputadas las de William y Joan McCord que sitúan el origen de la psicopatía en el rechazo parental y la inconsistencia en el castigo, y John Hodge que la sitúa en abusos físicos y sexuales en la infancia junto con estrés postraumátrico. Pues bien, ambas teorías parecen aportar su granito de arena al personaje, puesto que en la película vemos al padre de Henry como un policía alcohólico que no duda en disparar a los pies de su hijo solo para verle llorar y temblar y ridiculizarle delante de sus amigos y en la novela se describe al padre como un veterano de guerra con estrés postraumático que abusa de su hijo. Además del maltrato infantil al que es sometido Henry, otro factor claro que podría explicar su comportamiento es el modelado ya que su padre no rezuma sensibilidad precisamente, imitando su comportamiento con personas más débiles. Es lo que se conoce como transmisión intergeneracional.

 

Duelo: Bill Denbrough

 

Bill Denbrough

Bill Denbrough

La película arranca con la muerte del hermano pequeño de Bill, que a diferencia de lo narrado en la novela, desaparece sin dejar rastro. Esto se usa en la película para que la motivación principal de Bill para enfrentarse a “Eso”, sea encontrar a su hermano. Su negación de la muerte de su hermano se corresponde con una de las fases de Duelo que definió la psiquiatra Elisabeth Klüber-Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación, aunque no tienen por qué darse todas ni en ese orden. La película podría resumirse desde el punto de vista de este personaje como una travesía hacia la aceptación de la pérdida de su hermano.

La negación es algo muy habitual en los casos de desapariciones ya que se suele albergar durante mucho tiempo la esperanza de que aparezca su ser querido. El padre de Bill, visiblemente afectado, no parece conocer bien estas fases o al menos no comprende cómo Bill sigue sin reconocer un año más tarde que su hermano está muerto y por eso le reprende con dureza. Esto también es bastante habitual ya que para aquellas personas que intentan aceptar la pérdida y pasar página les puede resultar muy doloroso y frustrante todo aquello que les impida concluir su duelo, además de posibles sentimientos de culpa por pensar “mientras otros continúan buscando, yo he tirado la toalla”.

El duelo en sí mismo no se considera un trastorno del estado de ánimo, todo lo contrario, es una reacción normal ante una pérdida (no solo una muerte, puede ser cualquier tipo de pérdida) aunque en el DSM5 se reserva al juicio clínico la posibilidad de diagnosticar un duelo patológico cuando por la intensidad o por la duración del sufrimiento y la interferencia en la vida de la persona son muy elevados, junto con algunas características asociadas a duelos patológicos como la incapacidad de experimentar placer, un estado de ánimo bajo persistentemente y no “por oleadas” o “punzadas”, elevada autocrítica y rumiación pesimista, autodesprecio, sentimientos de inutilidad…

 

Tartamudez: Bill Denbrough

 

Otro aspecto relevante desde el punto de vista psicológico es el tartamudeo de Bill, llamado Trastorno de la fluencia de inicio en la infancia según el DSM5, que consiste en una marcada alteración de la fluidez normal del habla y de su ritmo. En el caso de Bill se trataría de un tartamudeo tónico, que se caracteriza por producirse normalmente al inicio del discurso por contracciones musculares y sacudidas intermitentes de los órganos de fonación.

El tartamudeo suele remitir de forma espontánea al poco de iniciarse en el niño, pero si se mantiene más de un año es muy probable que mantenga de forma estable. Esto no significa que se dé en todas las circunstancias, ya que parece que suele desaparecer en algunos contextos como a veces al leer en voz alta, cantar, conversar con objetos inanimados o animales domésticos, por ejemplo. En la película, esto queda reflejado cuando Bill tiene una fluidez normal (bastante oportuna por cierto) en el momento de dar un discurso motivacional a sus compañeros antes de entrar en la vieja casa del pozo para enfrentarse con “Eso”.

 

Trastorno de Identidad Disociativo: padre de Beverly Marsh

 

Beverly Marsh

Beverly Marsh

Beverly, única chica del grupo, es una auténtica superviviente. Lleva con mucha normalidad el acoso que recibe por parte de compañeros y adultos por su fama de promiscua (ausente en la novela), máxime cuando su padre se dedica de forma escalofriante a asegurarse de que se mantiene virgen. En el libro se sugiere erróneamente que el padre de Beverly sufre un trastorno Bipolar, por una confusión muy extendida de que la bipolaridad se da en personas con dos personalidades o que actúan de forma distinta según el momento.

El trastorno bipolar se caracteriza por la presencia de al menos un episodio maníaco (ánimo expansivo: grandiosidad, verborrea, disminución de la necesidad de dormir, pensamiento acelerado, agitación psicomotora, implicación excesiva en actividades placenteras con alto riesgo potencial y/o distraibilidad). Es un trastorno que afecta al estado de ánimo y que en la mayoría de los casos alterna episodios maníacos o de ánimo elevado, con episodios depresivos o de ánimo bajo.

El padre de Beverly no parece sufrir este trastorno, puesto que él alterna estados en que trata con cariño a su hija y estados en que la trata de forma controladora, agresiva y sexual, que se correspondería más con un posible trastorno disociativo de la identidad o personalidad múltiple. En su caso además, tanto por la agresividad como por los tocamientos que le realiza a su hija, una de estas personalidades sería abusadora de la menor tanto física como emocionalmente. En la película se insinúa de forma más explícita que ha abusado sexualmente en alguna ocasión de Beverly pero al final descubrimos que en realidad su obsesión es que ésta permanezca virgen, haciendo comprobaciones periódicas físicas (“siempre serás mi niña”).

Las secuelas que algo así podrían dejar en una niña aparecen muy tímidamente representadas en la película, ya que Beverly parece no tener ningún problema ni conducta disruptiva a la hora de relacionarse con el sexo opuesto, expresar sus sentimientos, aislamiento, síntomas físicos… Además de tolerar con gran dignidad las falsas acusaciones de promiscuidad. Lo más interesante al respecto en la película es el momento en que se corta a sí misma el pelo entre lágrimas justo después de que su padre se lo acaricie de forma muy erótica en el pasillo, sin contar la escena en la que se enfrenta a él cuando va violarla finalmente. En el libro se relata una controvertida secuencia final en la que Beverly y el resto del grupo practican una orgía ahondando más en las sombras de su personaje, pero que se decidió no incluir en la película.

 

Trastorno Facticio o Síndrome de Münchhausen: la madre de Eddie Kaspbrak

 

Eddie Kaspbrak

Otro personaje que también da tanto miedo como el payaso o el resto de padres mencionados es la madre de Eddie. En su caso podríamos decir que padece lo que se conoce como Trastorno Facticio aplicado a otros según el DSM5 o Síndrome de Münchhausen por poderes en honor a un barón alemán bastante dado a la mentira. En la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE10) directamente está considerado dentro del apartado de malos tratos en la infancia.

En este trastorno la persona falsifica signos o síntomas físicos o psicológicos o induce una lesión o enfermedad en otros, presentándolos como enfermos, incapacitados o lesionados frente a los demás, sin una recompensa externa obvia. La madre de Eddie se dedica a hacerle creer a su hijo que está profundamente enfermo con la finalidad, según dice en un momento de la película, de protegerle. Eddie padece asma lo cual es compatible con el diagnóstico ya que aunque existe una afección médica previa, la finalidad de la madre es hacerle creer que está más enfermo y es más incapaz, requiriendo Eddie de medicación continua y excesiva además de situarse la madre como su supuesta figura de cuidado y protección. Stephen King explora más este concepto en otra de sus novelas, Misery.

La consecuencia más sobresaliente que se observa en Eddie es un Trastorno de Ansiedad por Enfermar ya que está constantemente preocupado por padecer o contraer una enfermedad grave sin tener síntomas somáticos, con una ansiedad elevada por su salud alarmándose fácilmente y con comportamientos excesivos relacionados con su salud. Evidentemente un trastorno como esté puede afectar al menor severamente: haciéndole creer que no puede enfrentarse por sí mismo al mundo, bajando su autoestima, creando dependencia de otras personas y de medicamentos, con graves hospitalizaciones e intervenciones quirúrgicas… Afortunadamente, en la película la madre de Eddie solo se dedica a hacerle creer que tiene múltiples enfermedades sobreprotegiéndole, pero sin darle una medicación real ni provocándole ninguna enfermedad física. Esto lo consigue compinchándose con el farmacéutico del pueblo para que le dé a Eddie pastillas de placebo (inocuas) cada vez que acude a por medicación. Como viene siendo habitual, todo muy normal en ese pueblo…

 

Fobias: “ESO”

 

IT

Finalmente, no podía acabar esta lista de psicopatologías y reacciones psicológicas sin mencionar el eje central de la película: las fobias. “Eso” se alimenta del terror de sus víctimas, por lo que las expone a sus más profundos temores aprovechando que puede transformarse en cualquier cosa. Así, durante la película podemos verle transformado en un escalofriante payaso, en leproso, en cadáveres en descomposición, en alguno de los mencionados padres, en un cuadro de Modigliani, en una momia y seguro que alguno más (en el libro hay muchos más como forma de Doberman). Además, también ambienta sus apariciones de forma muy efectista, como cuando aparece con la forma del difunto hermano pequeño de Bill o como ataúd representando la muerte de uno de los chicos del grupo.

Algunos de estos miedos están más que fundamentados, por todo lo expuesto es bastante normal que en ese pueblo muchos niños tengan bastante a sus propios padres, por lo que “Eso” se aprovecha tomando sus formas. Pero otros miedos son lo que podemos considerar fobias específicas: un temor intenso y persistente ante un objeto o situación específica, que la persona evita o se resiste activamente con gran ansiedad y desproporcionado respecto al peligro real que plantea el objeto o situación. Parece el caso del citado cuadro de Modigliani, el de la coulrofobia o fobia a los payasos, el de la cinofobia o fobia a los perros o la fobia a las enfermedades (con cierto solape con el Trastorno de Ansiedad por Enfermar).

Como bien se observa en la película, la mejor forma de superar una fobia es exponerse a ella, ya que cada vez que evitamos enfrentarnos y huimos de nuestro miedo, éste crece y se hace más fuerte; está demostrado que cuando la respuesta de miedo es muy fuerte y la exposición a dicho miedo breve, no somos capaces de aprender que la amenaza no es tal y el miedo se mantiene o incluso aumenta. De ahí que en la película cuando los Perdedores deciden enfrentarse a “Eso” y consiguen mantenerse firmes, el miedo desaparece y son capaces de vencer al monstruo. Como tal, es una bonita metáfora que también podría resumir la película: una aventura de superación personal en la que los niños del pueblo tratan de superar sus miedos y fobias, con el pequeño detalle de que si no lo consiguen, mueren.

Termina aquí el análisis de los aspectos psicológicos y psicopatológicos más relevantes que he observado en la película. No obstante, siendo la Banda de Henry casi una organización criminal, lo raro es que los Perdedores que sufren el acoso de padres, compañeros y hasta el payaso no sean los protagonistas de Los Chicos del Maíz. Por otro lado, dado que la mitad de los adultos del pueblo requiere de un tratamiento psicológico urgente y la otra mitad deberían estar en la cárcel por maltrato de menores (y recibir tratamiento psicológico urgente), quitando un par de padres corrientes que no se enteran de nada, es posible que me haya dejado algún trastorno sin comentar. ¿Alguien se anima a ampliar esta lista?

 

Referencias Bibliográficas

American Psychiatric Association (APA). (2013). Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales DSM-5. Barcelona: Masso

Fundación Universia España. ¿Qué es bullying o acoso escolar? España. Universiawww.universia.es

¿Cómo hablar a los niños sobre la muerte?

Hace unos años me enfrenté a una situación trágica, que afectó emocionalmente a toda mi comunidad laboral. La muerte llega sin avisar y el shock se difunde como una epidemia dejando a pocos libres para reaccionar. Una vez que lo haces, hay que hablar de eso y sobre todo con los niños.

Sin embargo, si existe un concepto del cual nadie o muy pocas personas quieren o pueden hablar es de la muerte. Una particularidad que no comparte con nada es que carece de una representación propia. Es decir, nadie ha experimentado la propia muerte. Más bien, hemos vivido la pérdida de la vida a través de otras personas.

Ahora imaginemos cuán difícil puede tornarse hablar de esto con un niño. Muchos de nosotros dudamos al hacerlo. Sin embargo, es un hecho inescapable de la vida, es parte del ciclo vital. Como tal debemos afrontarlo y de igual manera nuestros niños. Si queremos ayudar a manejar una experiencia de duelo por muerte, debemos dejarles saber que está bien hablar sobre eso.

Generalmente, la necesidad de afrontar esta temática con los niños surge por alguna noticia en los medios de comunicación o por alguna crisis familiar o del círculo social cercano. Dependiendo del caso, puede tomar un tono emotivo o no. Hablarlo no resolverá el problema o el duelo, pero minimizará las ideas erróneas y ayudará a procesarlo.

 

Los niños saben…

Muchos antes de lo que pensamos, los niños están familiarizados con el concepto de muerte. La muerte es parte de la vida, y en distintos niveles los niños están conscientes de ellos. Escuchan sobre esto en los cuentos de hadas; lo ven en la televisión y los video juegos; ven insectos y/o animales muertos; e incluso lo actúan en sus juegos.

El nivel de comprensión depende de algunos factores tales como: la etapa de desarrollos en la que se encuentran y la exposición a través de la propia experiencia. Cada niño (a) lo procesa de manera individual dependiendo de estos factores. Pero los seres humanos, y los niños saben de pérdidas y duelos desde el momento mismo del nacimiento.

 

La noción de muerte según la etapa evolutiva

Muchos estudios indican que los niños atraviesan una serie de etapas en cuanto a la comprensión de la muerte. Se relaciona con el desarrollo de las habilidades psíquicas y cognitivas. Generalmente se asocia con la edad cronológica, aunque sabemos que cada sujeto mantiene su propio ritmo.

Los niños en etapa pre-escolar usualmente perciben la muerte como algo reversible, temporal e impersonal. En la actualidad, esta idea se ve reforzada por algunos personajes de las caricaturas que se recuperan milagrosamente luego de sufrir aparatosos accidentes.

Más adelante, aproximadamente entre los cinco y nueve años, la mayoría de los niños comienzan a darse cuenta de que la muerte es definitiva. Sin embargo, aún lo perciben como algo impersonal y de lo que pueden escapar. Durante esta etapa, algunos niños empiezan a personificar la muerte con imágenes tales como los esqueletos y fantasmas. Algunos incluso pueden tener pesadillas con respecto a estos personajes.

A partir de los diez años en adelante, los niños empiezan a comprender que la muerte es irreversible, que todos los seres vivos mueren, y que eventualmente lo harán. En la adolescencia se inicia el desarrollo de puntos de vista filosóficos sobre la vida y la muerte.

 

La experiencia individual frente a la muerte

Si bien, las etapas del desarrollo psíquico juegan un papel importante, cada niño se desarrolla a su propio ritmo. Cada niño se desarrolla en un entorno particular, dentro de un grupo cultural y religioso determinado. Y más importante aún, cada sujeto experimenta e interpreta sus vivencias de manera única, y tiene sus propios modos de expresar y manejar sus emociones.

Por ejemplo, hay niños que empiezan a hacer preguntas sobre el tema desde muy temprano. Otros, experimentan la muerte de algún familiar como los abuelos y parecen poco afectados. Mientras que pueden tener reacciones muy emotivas por la muerte de una mascota. No importa cómo reaccionen ante estos eventos, ellos necesitan una respuesta empática y sin prejuicios.

Hace unas semanas una niña de 6 años a quien atiendo en consulta privada desde hace varios meses me cuenta algo curioso. Me dice que su abuelo materno murió y que ella debía llorar pero no podía. Se sentía triste pero no podía tener la reacción que creía era esperada por todos.

 

Barreras de comunicación

Muchos de nosotros tenemos la tendencia de no hablar sobre temas que nos enojan o desconciertan. Tratamos de esconder nuestros sentimientos y esperamos que sea lo mejor. Pero no hablar sobre un tema no significa que no estemos comunicando, al contrario.

Los niños son excelentes observadores, y leen los mensajes en nuestros lenguaje corporal. Al evadir un tema le causamos a los niños más dudas y preocupaciones. Y a la vez, ellos pueden fantasear y crear en su mente un escenario peor o lejano a la realidad. Es mejor encontrar un balance entre la evasión y la confrontación. Así como utilizar información que ellos puedan manejar a su edad.

Los adultos también podemos sentirnos incómodos por no tener todas las respuestas. Por esta razón muchas veces decimos “mentiras blancas”. Pero por más bienintencionadas que sean, pueden producir inquietud y desconfianza en los niños. Tarde o temprano ellos se darán cuenta de que no sabemos todas las respuestas, de que nadie las sabe. Para ellos será más fácil si les decimos de forma calmada que no hay respuestas para todas las preguntas.

 

Ideas erróneas de los niños sobre la muerte

Como mencionamos antes, de acuerdo con la etapa del desarrollo, los niños pueden interpretar la muerte de manera más concreta. Algunos niños la confunden con dormir. Particularmente si escuchan a los adultos referirse a ella con eufemismos como: “descanso eterno”. Como resultado de esta asociación, ciertos niños podrían tener miedo de dormir o tomar siestas. Similarmente, si a algunos niños se les dice constantemente que alguien que ha muerto “se fue”, podrían tener miedo de separaciones breves.

Decirle a los niños que la muerte se debe a enfermedades o vejez, también puede ser fuente de confusiones. En el caso de las enfermedades, es importante aclararles que sólo algunas enfermedades muy severas pueden producir la muerte. A pesar de que todos nos enfermamos a veces, usualmente mejoramos. De esta manera, los niños no se preocuparán demasiado ante enfermedades menores.

Otra generalización inapropiada es que la gente muere vieja, en frases como “murió porque es vieja”. Esto puede llevar a decepciones cuando se den cuenta que gente joven también muere. Está bien decirles que la mayoría de las personas viven muchos años, pero algunas no.

Y por último, introducir ideas religiosas cuando la religión no ha tenido un rol importante en la vida de la familia antes de la muerte. Por ejemplo, explicaciones como “se lo llevó Dios”, pueden asustarles al pensar que también puede llevarlos a ellos.

 

Hablemos con los niños…

Quizás la parte más difícil es que al hablar con otros sobre la muerte debemos examinar nuestras propias emociones y creencias. De ese modo podremos hablar con los niños naturalmente cuando las oportunidades se presenten. Esto involucra lo siguiente:

  • Tratar de ser sensitivo con los deseos de los niños de comunicarse cuando ellos estén listos.
  • Mantener una actitud receptiva que fomente los intentos de comunicarse en los niños, al escucharlos atentamente y respetar sus puntos de vista.
  • Escuchar y aceptar los sentimientos de los niños. A veces es necesario responder una pregunta con otra para comprender su preocupación real.
  • Ofrecer a los niños explicaciones honestas cuando estamos visiblemente afectados.
  • Responder las preguntas de los niños en un lenguaje apropiado para su edad.
  • Brindas respuestas simples y breves, para que los niños no se sientan abrumados con demasiadas palabras.
  • Verificar qué han comprendido los niños, sobre todo los pequeños quienes pueden ser más propensos a confusiones.
  • Aprovechar oportunidades de la vida diaria para hablarles sobre la muerte en situaciones en las que estén menos involucrados emocionalmente. Por ejemplo, la muerte de plantas o animales.
  • Discutir con los niños mayores sobre la muerte de personas prominentes que tengan mucha cobertura de los medios. Y reafirmarles su propia seguridad cuando los eventos se den por actos de violencia.
  • Darles tiempo para procesar la información a su propio ritmo, no hablar del tema en demasía, sino cuando sea natural hacerlo.

La muerte es una pérdida, es un tiempo de tristeza y duelo. Es importante ayudar a los niños a aceptar esta pérdida y el dolor que la acompaña. Los intentos por protegerlos podrían negarles la oportunidad a los niños de compartir sus sentimientos y recibir el apoyo que necesitan. Compartir las emociones ayuda.

 

Referencias Bibliográficas:

  • Kubler-Ross, Elizabeth. On Children and Death, MacMillan. New York, 1983.

Fuentes:

El duelo: Cómo aprendemos a crear muros de silencio y a huir del dolor

 

Hablemos del duelo…

¿Dónde aprendimos que el dolor debe rodearse de un muro de silencio? ¿De dónde surge ese impulso de huir de él? ¿Quién nos ha enseñado que hay que reaccionar así?

Así comienza Alba Payàs Puigarnau su libro «El mensaje de las lágrimas«, que recomiendo a cualquier persona que esté viviendo o haya vivido un proceso de duelo. Que básicamente será todo el mundo… Ya que todos hemos perdido a alguien o algo en algún momento de nuestra vida.

Este post es una recopilación de algunos textos del primer capítulo del libro. Seguramente que muchos no podréis dejar de leerlo… Es un tesoro que tengo entre las manos. Lleno de sabiduría, comprensión y compasión.

 

duelo

 

 –

Los duelos en la infancia

Veamos situaciones de pérdidas importantes contadas por personas que vivieron duelos en su infancia.

a) Mi madre se estaba muriendo y me llevaron a casa de unos primos, en el campo. Me pasé un mes jugando y disfrutando. Cuando regresé a casa, ya habían enterrado a mamá. Me hubiese gustado asistir al funeral. Nadie me llevó ni me explicó nada. Sólo veía caras tristes. Cuando crecí, me sentí muy culpable por habérmelo pasado tan bien mientras mi madre estaba enferma, en sus últimos días.

b) Me ocultaron que mi abuela se había muerto. Me dijeron que se había ido de viaje «al pueblo, a buscar novio». Me pasé varios años enfadada con ella, pensando que me había abandonado. Cuando supe la verdad, siendo más mayor, me sentí muy culpable.

c) Durante la enfermedad de mi padre, nadie me explicó lo que pasaba. Después, mamá y él se marcharon; nos dijeron que estaban de viaje y nos quedamos con una tía. Unos días después, mi madre llamó por teléfono y me dijo: «Papá ha muerto». Siempre recordaré aquel momento. Me sentí muy solo y no entendía por qué.

d) Mi abuelo se suicidó en casa. Yo me di cuenta de que había pasado algo grave, pero nadie me explicaba nada. Sólo veía caras largas. Una tía que vino a pasar unos días me explicó con palabras sencillas lo que había ocurrido. Recuerdo que pude preguntarle muchas cosas. Después fuimos juntos al cementerio. Estuvimos allí varias veces hasta que ya no quise ir más. Siempre le estaré agradecida.

 

Las primeras experiencias de pérdida, ya sean leves (un traslado o la pérdida de un animal de compañía) o graves (una enfermedad, una separación o la muerte de un ser querido), son la base de aprendizaje en la que los adultos que nos cuidan nos transmiten el modelo que tienen para gestionar las emociones.

Seguramente, de pequeños, todos hemos vivido situaciones como las que hemos visto en los ejemplos, en versiones iguales o con matices. Como padres, también habremos actuado de alguna de esas maneras ante el dolor experimentado por nuestros hijos.

El problema en la expresión de la pena ante nuestra necesidad de consuelo radica en el uso de alguna de estas respuestas: negar, minimizar, reemplazar, ridiculizar o racionalizar (como en los ejemplos, excepto el d).

 

Un niño puede vivir cualquier cosa siempre y cuando se le diga la verdad y se le permita compartir con sus seres queridos los sentimientos naturales que todos tenemos cuando sufrimos.

LAWRENCE L. LESHAN

¿Qué ocurre si no viviste un duelo «sano»?

Si te identificas más con el resto de apartados (a, b y c), puede que ahora tengas una pista de por qué afrontas algunas situaciones del siguiente modo:

● Cuando sientes dolor, no entiendes lo qué te pasa. No sabes reconocer tus emociones y esperas que alguien venga a tu rescate sin pedir ayuda.

Te enfadas cuando vives una pérdida y descargas tu ira contra los demás: tu pareja, tus amigos o tus hijos.

● Te sientes víctima de la vida, consideras que es dura e injusta contigo. Te deprimes.

● Crees que demostrar el dolor no sirve de nada, que es un signo de debilidad. Te da vergüenza mostrar tu vulnerabilidad. Crees que cuando vives una pérdida debes tragarte el dolor, y que pedir ayuda es algo inútil.

● Tienes sensaciones extrañas; te repites que tienes que ser racional y que el tiempo lo cura todo. Y si eso no es suficiente para calmar tu angustia, te esfuerzas constantemente en distraer tu dolor o burlarlo comiendo, ocupando todas las horas con un montón de tareas, bebiendo o aislándote.

Si vives alguna de estas situaciones, o varias de ellas a la vez, ya lo sabes: son formas de crear muros defensivos ante el sufrimiento natural por tus pérdidas, maneras que aprendiste de los adultos que te rodeaban cuando eras pequeño. Tu modelo de gestión del dolor es el que viste en tu familia, tu entorno social y tu colegio. Ahora lo tienes tan interiorizado que ya lo has hecho tuyo y forma parte de lo que denominamos sistema de afrontamiento de protección en el proceso del duelo.

 

Los muros del silencio en el duelo

Este conjunto de respuestas ante el dolor se basa en una serie de creencias. Son, por decirlo de alguna manera, los cimientos de los muros de silencio, convicciones que hemos interiorizado pensando que eran verdades absolutas porque siempre las hemos vivido así, las hemos visto en las personas que nos rodean.

Los mitos o falsas creencias más comunes en el proceso del duelo son:

1. El tiempo lo cura todo.
2. Expresar tu dolor te hace daño.
3. Expresar tu dolor hace daño a los demás.
4. Expresar dolor es una señal inadecuada.
5. El dolor debe ser expresado en la intimidad.

duelo

 

Mito 1 del duelo: El tiempo lo cura todo

Vamos a ver dos historias reales de dos personas muy conocidas que perdieron a un ser querido en su infancia y su adolescencia. La religiosa y escritora franco-belga sor Emmanuelle (1908-2008) vio morir a su padre cuando tenía seis años. Évariste Galois (1811- 1832), el gran matemático, tenía dieciocho años cuando su padre se suicidó. ¡Fíjate qué vivencias tan diferentes!

 

Cuando era pequeña, vi cómo se ahogaba mi padre. No pude hacer nada. Creo que aquella experiencia ha marcado mi vida; de hecho, mi vocación religiosa data de aquel día… Ahora tengo sesenta y dos años, y por fin mi comunidad me ha permitido viajar a Egipto, mi sueño: poder vivir entre los más pobres de los pobres. Vivo en una barraca diminuta de no más de tres metros cuadrados. Está sobre un depósito de basuras y tengo un saco a modo de colchón, una mesita y una silla. Por fin soy feliz. ¡Qué bonito volver a sentirse joven, levantarse a las cinco de la mañana y poder sonreír!

MADELEINE CINQUIN, SOR EMMANUELLE, Memorias

¿Sabes qué te digo, amigo mío? ¿Sabes qué es lo que más echo en falta ahora mismo? Y sólo puedo confiártelo a ti, alguien a quien pueda querer, y querer sólo en espíritu. He perdido a mi padre y nada nunca lo podrá sustituir ni reemplazar, nada, ¿me oyes?

EVARISTE GALOIS, nota de su intento de suicidio

¿Las heridas se curan solas? Algunas sí, es verdad. Hay heridas que el propio cuerpo supera con el tiempo y con los procesos naturales de desinfección y cicatrización. Si fuese igual con el duelo, que es una herida emocional, sólo habría que suprimir la sintomatología, anestesiarla, sentarse y tener paciencia.

Pero hay heridas que se infectan y empeoran, invadiendo el cuerpo de la persona afectada. Otras cicatrizan, pero se quedan llenas de pus por dentro, de manera que en cualquier momento podría reactivarse la infección. Otras veces, alguna estructura interna (por ejemplo, un hueso) no se cura bien, y si no se regenera, la herida se cerrará y quedará mal curada para siempre. Existen numerosas experiencias del proceso del duelo en las que la infección no se ha curado bien, o hay huesos que no se han soldado como deberían porque no se recolocaron correctamente en su momento.

 

Veamos algunos ejemplos de heridas de duelo mal cicatrizadas:

Mi hermano perdió a su hija de diez años hace cinco. Aparentemente está bien, pero lo veo muy irritable. En el trabajo me dicen que está tenso y que salta a la mínima. Pero el duelo lo lleva bien; al menos no lo vemos triste ni habla del tema. Se distrae. Lo único es ese mal humor que tiene siempre. Antes no era así.

Tras la muerte de mi hijo, me dijeron que lo llevaba muy bien. Que el tiempo me ayudaría. Me hice la fuerte y decidimos no hablar del tema en casa. Han pasado ocho años. Un año después de lo ocurrido, mi marido y yo nos separamos. Mi hijo mayor no levanta cabeza, lo veo mal, y a mí me acaban de diagnosticar un cáncer.

Después de la muerte de mi madre, parecía que mi padre estaba bien. Se le veía triste, pero engañaba a su tristeza manteniéndose muy ocupado. Un año después le dio un ataque al corazón.

Perdí a mi primera pareja cuando tenía veinticuatro años. Estábamos a punto de casarnos. Después me fui a vivir al extranjero. He viajado mucho. Ahora tengo cuarenta y cinco años, y sigo sola. No he vuelto a tener pareja; me han interesado otros hombres, pero no sé por qué, cuando parece que la cosa empieza a avanzar, yo lo dejo estar. A veces me pregunto si no tendrá algo que ver con la muerte de mi primer novio.

Éstos son cuatro ejemplos de casos en que el tiempo no ha sido suficiente para resolver el duelo, que se cronifica y acaba teniendo consecuencias graves (en algunos casos, devastadoras) para la vida relacional e íntima, y para la salud mental y física.

Tu duelo no se cura solo con el tiempo; sino que depende de lo que tú hagas con ese tiempo.

 

Mito 2 del duelo: Expresar el dolor te hace daño

 

El médico acababa de darme la terrible noticia, así, de golpe. Me puse fatal, lloraba y creo que gemía a un volumen un poco alto. El médico estaba visiblemente apurado; entonces me dijo que la enfermera me daría algo. Cuando ella me acercó el vaso con una pastilla, le pregunté: «¿Qué es eso?». «Un válium, se sentirá mejor.» No lo entendí, estaba muy enfadada y le dije: «Déselo al médico, me parece que lo necesita; si él se lo toma mientras yo lloro la muerte de mi hija, lo ayudará a soportar mis lágrimas».

Suspirar, llorar o gemir no son actos autolíticos, son la manera natural de expresar la aflicción. Es posible que después te sientas cansado y frágil, pero también habrás aligerado el peso de tu dolor. No existe ninguna prueba de que llorar haga daño. La doctora E. Kirkley Best, experta en acompañar a padres que han perdido a sus hijos durante el parto (pérdidas perinatales), afirma que «las lágrimas de los padres sólo representan un peligro para las emociones de los médicos».

Hace veinte años que escucho a personas en proceso de duelo, he visto llorar a miles de personas, y todas, absolutamente todas, dejan de hacerlo pasado un rato. La sensación del que escucha puede resultar incómoda porque se siente impotente por no poder hacer nada. Pero cuando aceptamos que simplemente con nuestra presencia ya estamos ayudando, y descubrimos cómo nuestra presencia silenciosa y afectuosa es curativa en sí misma, entonces resulta más fácil acompañar y aprendemos a confiar en las bondades del proceso natural humano que es compartir la pena.

En ocasiones, la persona que llora piensa que se volverá loca. Nadie se vuelve loco por mostrar aflicción. Lo que puede hacer que alguien se vuelva loco es no tener la posibilidad de mostrar aflicción.

 

duelo

 

La función de las lágrimas y el llanto

Cuando afrontamos una pérdida o una situación de estrés muy intensa, llorar es una reacción universal, una capacidad estrictamente humana que ha sobrevivido y se ha vuelto más sofisticada en la evolución de nuestra especie por alguna razón importante. Los estudios realizados por el Dr. Frey sobre la composición química de las lágrimas (las que van asociadas a una emoción, no las que se nos caen al cortar cebolla o se nos mete algo en el ojo) revelan que éstas contienen hormonas del estrés (entre otras, la prolactina). Estas hormonas prepararan al organismo ante una situación de amenaza para poder organizar los recursos personales de manera más eficaz. Nos ayudan a reaccionar adecuadamente, a vigilar, a huir o afrontar la situación con más capacidades, o bien a tomar una decisión rápida que nos salve la vida.

La respuesta de descarga interna de una sobredosis de hormonas del estrés facilita ese proceso, pero al finalizar la situación de amenaza, el cuerpo que ha producido un exceso de esas hormonas, necesita un mecanismo para liberarlas, y ese mecanismo es el llanto. Hoy se sabe que estas hormonas mantenidas en el cuerpo a la larga son tóxicas. Las personas sometidas a un estrés sostenido pueden acabar padeciendo problemas fisiológicos y mentales graves. En general, las mujeres producen niveles más altos de prolactina, por ejemplo estas aumentan especialmente durante el embarazo. Según los expertos, eso estaría en la base de por qué en general les es más fácil llorar, y todavía más durante el embarazo.

Llorar no tiene efectos secundarios adversos, todo lo contrario: libera el exceso de tensión, baja la presión sanguínea, produce distensión muscular, y tiene un efecto sedante y antidepresivo. Después de llorar, de forma natural, la mayoría de las personas afirma que se siente mejor. Además, las lágrimas suavizan la piel y mitigan las arrugas del rostro. Es cierto que los ojos se enrojecen y te afean el rostro, ¡sobre todo con el maquillaje! Sin embargo, si descansas después, al día siguiente notarás que te has sometido a un tratamiento de belleza natural. No llorar aumenta la tensión muscular y el nivel de estrés, y puede acabar generando problemas vasculares por el aumento de la presión sanguínea.

Llorar también tiene una función social: es una manera de pedir ayuda. Cuando mostramos nuestra tristeza, las personas de nuestro alrededor nos ofrecen su apoyo, nos preguntan si necesitamos algo. Ver que alguien llora invita a la compasión y alerta a la comunidad de que uno de sus miembros necesita ayuda. ¿Qué ocurriría si un bebé se perdiese en una ciudad y no llorase? El llanto es la manera que tiene el niño de restablecer la vinculación con los adultos y de expresar un malestar para el que todavía no dispone de palabras.

Para los niños, llorar es una manera de pedir ayuda física y emocional; no saben llorar solos. Paradójicamente, cuando adquirimos la habilidad de inhibir el llanto, los adultos acabamos llorando en la intimidad. De este modo, perdemos la función social y sólo nos queda la de descarga.

Llorar es la manera que tenemos las personas de mostrar nuestra humanidad; de decir, de mostrar que hemos amado y seguimos amando.

Otra función del llanto es que si bien es cierto que llorar nubla nuestra visión de lo externo, a la vez la expresión del llanto tiene la cualidad de disipar el velo de nuestro mundo interior. Las lágrimas son portadoras de mensajes esenciales para nuestro duelo.

 

Mito 3 del duelo: Expresar tu dolor hace daño a los demás

Cuando mi hijo me ve llorar, siempre me dice: «Mamá, no llores, ¿no ves que te haces daño? Hazlo por nosotros». Tengo que encerrarme en la habitación para que no me vea.

Cuando estás en proceso de duelo y muestras tu tristeza, pena o añoranza, despiertas emociones en las personas que te rodean. «¡Nos haces llorar!», dicen. Sería bueno poder responder: «Sí, claro, no pasa nada, podemos llorar juntos si quieres». Seguramente, desde el respeto y el miedo a hacer daño, lo que haces es callar, hacer de tripas corazón y reprimir el dolor. La tristeza queda sepultada en tu corazón.

Empatizar con el dolor de una persona es natural y forma parte de la experiencia de relacionarnos y compartir emociones sobre lo que nos ocurre. No ocultar nuestra pena al escuchar a alguien que nos habla de su duelo es bueno. Transmitimos que nos afecta, que lo sentimos, que amamos, que es importante para nosotros y que nos impacta lo que comparte con nosotros.

Esa emoción tiene que ver frecuentemente con las pérdidas de quien escucha; se despiertan en nosotros las experiencias propias que todavía nos conmueven. Es curioso observar cómo en los velatorios o después de un funeral, los asistentes acaban hablando de sus duelos en lugar de consolar a la familia. «Cuando se murió mi…» Cada persona cuenta sus experiencias. Las lágrimas de los demás conectan con las nuestras, con las que no hemos derramado todavía, y podemos interpretar esa experiencia como una amenaza o como una oportunidad.

 

Las lágrimas de los demás conectan con las nuestras, con las que no hemos derramado.

Cuando somos capaces de compartir nuestra pena por unos momentos, en silencio o abrazados, expresamos que somos personas en proceso de duelo y que a pesar del dolor podemos apoyarnos mutuamente.

 

Tengo dieciocho años y hace seis meses que perdí a mi madre. Soy hija única, así que mi padre y yo nos hemos quedado solos en casa. Cuando llego cenamos juntos, estamos cansados y hablamos de trivialidades; fingimos que no ha pasado nada, nunca hablamos de ella. Después de cenar nos encerramos en nuestras respectivas habitaciones. Me duermo llorando, abrazada a la almohada, y muchas veces lo oigo llorar a él también.

Debemos hacer que nuestro hogar sea un espacio donde podamos expresar alegría y buen humor, pero también tristeza y duelo. Nuestro desafío como padres consiste en enseñar a nuestros hijos que es bueno mostrar los sentimientos y que no debemos avergonzarnos de esas respuestas naturales que experimentamos ante las situaciones de pérdida. De ese modo, al hacerse mayores tendrán la capacidad de estar en intimidad en sus relaciones, de relacionarse con otras personas desde el corazón, desde la realidad de la condición humana. La vida tendrá para ellos más intensidad y profundidad, y las relaciones resultarán mucho más satisfactorias.

Sin la capacidad de emocionarnos no podemos estar en intimidad. Sin intimidad no podemos disfrutar de relaciones profundas.

 

duelo

 

Los niños y la expresión de dolor de sus adultos de referencia

La afirmación de que compartir nuestro dolor no hace daño a los demás tiene una excepción: hacerlo intensamente delante de un niño o de una persona con discapacidad o alteraciones psíquicas puede afectarlos negativamente. Los padres en proceso de duelo deben encontrar el punto justo, cosa que no siempre es fácil, entre expresar lo que sienten porque es natural y humano (ofreciendo a sus hijos un modelo de cómo gestionan los adultos el dolor) y a la vez no mostrar un nivel de dolor excesivo que haga que desborde al niño, que le haga sentirse en peligro o desprotegido, o que le haga pensar que es el responsable de ese sufrimiento.

La pena que sienten los padres, deben mostrarla en momentos concretos, sin alterar gravemente el día a día, y tienen que hacerlo de manera que enseñe al niño que pueden sentir tristeza pero que es o no les impide seguir siendo los responsables de la estructura y de las tareas diarias de cuidados y de mostrar afecto y seguridad hacia los otros miembros de la familia.

Podemos detectar que un niño vive manifestaciones de dolor excesivas en su entorno cuando muestra conductas como estas:

● Quiere «rescatar» a los adultos, es decir, quiere ocuparse de aspectos materiales y/o afectivos que no le corresponden por su edad. El niño intenta «hacer de adulto», asume responsabilidades por encima de su edad, vigila a los padres constantemente para que no se desborden e intenta consolarlos.

● Hace el papel de «niño bueno» para no preocupar más a sus padres: la niña adaptada que empieza a portarse bien para que los padres se sientan mejor, por ejemplo. Muchos niños se sienten culpables por lo que ha pasado, y esa respuesta de «practicar la bondad » puede ser una señal…

● Dice la palabra mágica. El niño aprende rápidamente que si nombra al hermano, al padre o al abuelo fallecidos, el adulto de referencia dejará de hacer lo que esté haciendo e irá a consolarlo. El nombre en cuestión se convierte en una palabra mágica que no tiene nada que ver con su duelo sino con la necesidad de pedir la atención que necesita.

Es importante que los padres estén atentos a esas conductas y a otras que denotan dificultades en los niños. Lo mejor que pueden hacer unos padres en proceso de duelo por sus hijos es pedir ayuda para ellos mismos. Mediante la experiencia de recibir ayuda podrán obtener del terapeuta experto numerosas instrucciones, consejos y aclaraciones sobre cómo reaccionar ante esas señales a fin de atender las necesidades afectivas de sus hijos, sin descuidar las propias.

 

Mito 4 del duelo: Expresar tu dolor es una señal de inadecuación

Empecemos con dos historias:

● Hoy, Luis ha vuelto al trabajo. Es su primer día allí después de la muerte de su mujer. ¡Se ve que lo lleva muy bien! ¡Es admirable! Se le veía contenido, haciendo esfuerzos para no decaer. No ha dicho ni una palabra. ¡Qué fortaleza! Ha trabajado mucho y no ha derramado ni una lágrima. No sabíamos qué decirle y hemos optado por no acercarnos.

● Ramón ha vuelto hoy al trabajo. Es su primer día después de la muerte de su mujer. Estaba triste y se ha emocionado mucho al vernos. Ha querido estar con nosotros y compartir sus sentimientos con todos, especialmente con los más allegados. Ha hablado de cómo fueron los últimos días. Después nos ha dado las gracias por haberle escuchado y nos hemos abrazado. No hemos trabajado mucho, la verdad, y hemos acabado todos emocionados con él. Ha sido triste, pero bonito a la vez.

Es posible que tengamos que modificar nuestra idea de qué significa ser valiente. Tendríamos que plantearnos la posibilidad de que la persona valiente no es aquella que oculta el sufrimiento, sino la que tiene el valor de compartirlo. Disponer de recursos durante un proceso de duelo significa que eres capaz de mostrar tus emociones cuando es necesario y de contenerlas cuando la situación lo requiere. Mostrarse frágil y vulnerable no significa que no estés bien, igual que mostrarse fuerte e inexpresivo no quiere decir que estés bien.

 

La persona valiente no es la que oculta el sufrimiento, sino la que tiene el valor de compartirlo.

 

¿La persona racional es la fuerte ? ¿Acaso expresar emociones es un signo de debilidad, de inmadurez? ¿Lo lleva muy bien porque no expresa nada? ¿Qué significa estar bien cuando ha muerto un ser querido? ¿Actuar como si nada hubiese pasado ? ¿Es eso lo que se espera en un duelo?

Los expertos decimos que la persona que a nuestro entender hace el mejor duelo es la que su familia considera que no lleva bien el duelo porque le ven fatal.

 

Con frecuencia, en una familia en proceso de duelo, la persona que lo lleva de manera más saludable es la que la familia identifica como la que está peor.

JOAN BORYSENKO

Las personas que acuden a los grupos de apoyo a pedir ayuda, en algunos casos, reciben críticas de sus familiares. «No sé qué vas a hacer allí, a escuchar penas. ¿No tienes suficiente con las tuyas? No te hace ningún bien.» Por suerte, no siempre es así. Muchas familias animan a pedir ayuda a sus miembros más afectados, y he conocido a muchos padres, hombres, que hacían el duelo a través de sus esposas: las esperaban en casa y ellas les hacían un resumen de lo que habían aprendido en el grupo de apoyo.

 

Mito 5 del duelo: El dolor debe ser expresado en la intimidad

La pérdida de mi hijo asustaba a algunos conocidos. Pasadas las primeras semanas, veía cómo se alejaban. Supongo que no sabían cómo reaccionar, cómo encontrar las palabras adecuadas. Pero yo puedo decir que fui muy afortunada. Durante el primer año, los amigos de Jordi venían a casa a menudo y me regalaban días memorables. Solían venir en grupos de tres o cuatro, sus amigos de toda la vida. Me encantaba cuando compartían sus recuerdos más preciados, aquellos que eran especiales para ellos, cuando me explicaban alguna historia de Jordi totalmente desconocida para mí, me hacían descubrir una parte de él que yo no conocía. Me hacían llorar y sentirme cerca de él, como si el amor de los que lo querían me llegase a mí. No eran visitas llenas de tópicos ni hechas desde las formas porque «es lo que hay que hacer». Reconozco que antes yo misma habría pensado que era horrible recordar cosas dolorosas, como poner sal en una herida. Pero hoy sé que no es así. Todavía hoy, pasados tantos años, cuando me visitan por su cumpleaños es como un regalo muy preciado que agradezco. Y el dolor que siento al ver que se van haciendo mayores y que todavía lo recuerdan siempre se mezcla con sentimientos de amor y gratitud.

En Una pena en observación, un breve y maravilloso libro autobiográfico de C. S. Lewis, el autor describe la experiencia de la pérdida de su esposa y afirma que tal vez deberíamos juntar en un mismo recinto a las personas en proceso de duelo para que no molesten. Son un estorbo para los demás porque la gente no sabe cómo tiene que reaccionar ante su dolor. De ahí viene esa idea de que hay que llevar el duelo en la intimidad. Es cierto que muchas veces la persona en proceso de duelo pide estar a solas con su dolor y lo necesita: y que la introspección y el aislamiento son elementos necesarios en el proceso de recuperación. Pero también es muy cierto que los seres humanos necesitamos a los demás para aliviar el sufrimiento y darle sentido. El duelo es algo que se vive en relación.

 

duelo

 

Según los estudios sobre el duelo, quienes realizan bien el proceso, quienes se recuperan mejor, son aquellas personas que tienen a otras con las que compartir, los que cuentan con el apoyo de los amigos y la familia a pesar del tiempo que haya pasado, a los que nadie «da el alta» antes de tiempo. Cuentan con el apoyo de personas a las que no les da miedo escuchar, que no tienen prisa, que no te interrumpen, que no tienen miedo de tus emociones… Si tienes una persona así a tu lado o cerca, no dudes en pedirle ayuda. Disponer de un tiempo para compartir tus sentimientos, sean los que sean, de un espacio de escucha sensible, es totalmente indispensable cuando estás en proceso de duelo. Las personas que no tienen a nadie con quien compartir su experiencia, sus preocupaciones, fantasías, miedos o ansiedades, son las que tienen más probabilidades de acabar haciendo un duelo complicado que puede acabar en una depresión.

Sabemos también que los padres y las madres en proceso de duelo por la pérdida de un hijo mejoran cuando comparten lo ocurrido y no intentan hacerse los valientes entre ellos. Paradójicamente, los intentos de proteger a la pareja disimulando el dolor y evitando todo lo que se refiere a la pérdida no hacen más que alargar e intensificar los síntomas del duelo de los dos.

 

Creí que mi quehacer desde el momento en que nuestra hija falleció era atender a mi mujer. Ahora, después de cuatro años, me ha pillado por sorpresa una especie de grito interior que dice «no he podido llorar la muerte de mi hija», cosa que ha hecho que me derrumbara. No puedo responsabilizarla a ella, sino al hecho que no he sabido gestionar lo que ha pasado para que no nos hiciera daño ni a ella ni a mí. El duelo que no he vivido ahora me pesa y sé que debo hacer algo. Y si hay un responsable, he sido yo por mi forma de ser y por no comunicarme ni lo suficiente ni como debiera haberlo hecho.

Las personas somos los seres vivos que forjamos los vínculos sociales más complejos, los que tenemos más capacidad para sentir emociones y los que podemos expresar el dolor de manera más sofisticada cuando esos vínculos se ven amenazados o se rompen. Estas habilidades han perdurado a lo largo de la evolución de nuestra especie y, sin lugar a dudas, tienen una función adaptativa de supervivencia. La dimensión relacional del duelo, expresada en la necesidad de compartirlo, es tan importante (o más) como la dimensión subjetiva. Somos seres sociales: necesitamos amor, afecto, consuelo, reconocimiento y aceptación de los otros para poder crecer, madurar y vivir con plenitud.

No reconocer y no saber expresar la aflicción natural ante las pérdidas y los traumas de la vida se convierte en una especie de acto contra natura, una negación de lo que es más intrínsecamente humano, y provoca que, por una lado, perdamos la oportunidad de tener las necesidades afectivas cubiertas y, por otro lado, hiramos los sentimientos de los demás. Es evidente que no podemos forzar a nadie a expresar aquello que no puede, y que las personas necesitan un tiempo para poder compartir. Cuanto más traumáticas son las experiencias, más tiempo necesitamos para digerirlas. Con el tiempo, sin embargo, integrar la vivencia del duelo pasa necesariamente por verbalizarla y compartirla con los demás.

 

El duelo es una herida provocada por la falta de relación, que sólo se puede curar dentro de otras relaciones.

 

duelo

 

 

Fuente:

Fotos:

¿Cuántas ex parejas soy capaz de soportar?

¿Quién no sabe de alguien con una o varias ex parejas? Vivimos en un momento en el que es habitual haber tenido varias relaciones a lo largo de nuestra historia vital. Con todo lo que eso conlleva.

A diferencia de otras épocas, hemos «aparentemente» transmutado los valores del Amor Romántico relacionados con el mito de la exclusividad, la media naranja y el compromiso por y para siempre.

Pero esto sólo ha sido en parte ilusorio, ya que por un lado hemos integrado la libertad que nos otorga el poder de determinar el inicio y el cierre de una relación, sin tener en cuenta que cuando rompemos con alguien físicamente, nos llevamos con nosotros una mochila cargada de toda la carga energética vivida en la anterior relación.

Y ahí, de frente a mi nueva pareja, desayunando cada mañana con sus ex y con los míos, el mito vuelve a hacer su aparición cuan fantasma en un cajón de la coqueta de noche.

¿Cómo me las apaño para lidiar con tantos vínculos anteriores llenos de emociones y de recuerdos?

El duelo con las ex parejas

La separación implica un fuerte impacto emocional.  Si bien los sentimientos y posiciones ante ella son diferentes dependiendo de cómo y quién ha tomado la decisión, es ineludible afirmar que cuando se comparte la vida en todas sus dimensiones con otra persona, se establece un Nosotros asumido que de repente, deja de serlo.

La cotidianeidad es testigo del vertido de necesidades, expectativas, miedos e ilusiones en forma de energía que se pusieron en esa relación y en el constructo mental que decidimos hacer de ella. La ruptura de ese equipo, formado por un tiempo determinado, conlleva inevitablemente un sentimiento de pérdida, que reactiva de manera inconsciente aspectos relacionados con todas las anteriores pérdidas vividas.

Existen dos pérdidas a diferenciar: la primera es la perdida tangible y concreta que es la persona físicamente hablando y que es, como en cualquier adicción, casi la más fácil de sobrellevar.

La segunda es la perdida intangible: que consiste en los sueños, las ilusiones, las expectativas, las promesas repetidas de compañía y de amor incondicional, la lucha, la culpa, las reconciliaciones, la seguridad e invulnerabilidad de la relación, la autoestima, la confianza, la noción reconfortante del futuro compartido y la sensación de fracaso por haber apostado por un presente con significado pleno.

 

pasado

pasado

En definitiva, la sensación de pseudo completud que repara y abastece las propias carencias infantiles.

No es sólo la pérdida de la persona, sino todo el significado latente que el otro ha puesto en esa relación. Si además con ese/esa ex hemos sido padres, entonces el vínculo residual es aún más complejo y ambiguo

Visto esto se hace imprescindible acompañar la nueva etapa de un duelo real o simbólico. Entendiendo este tránsito como la redistribución y reabsorción de la energía psíquica y emocional que hasta entonces estaba concentrada en una única representación ajena al yo (el otro-la otra).

Freud refiere la importancia de llevar a cabo correctamente este proceso para integrar el objeto amoroso dentro de un contexto pasado-pasado y no estancarse en un pasado-presente.

«El duelo normal vence la pérdida del objeto» (Freud)

Tres son multitud

¿Qué ocurre si no interiorizamos y recolocamos bien a nuestras ex parejas interiormente cuando empezamos una nueva relación? Que puede tener diferentes efectos. Veámoslos.

  • La repetición en la elección de una pareja similar a la anterior con la que dar continuidad a lo que quedó abierto y sin cerrar.

Singmund Freud lo llamó compulsión de repetición y lo definió como

«Proceso inconsciente en el cual el sujeto se sitúa activamente en situaciones penosas, repitiendo así experiencias antiguas, sin recordar el prototipo de ellas, sino al contrario, con la impresión muy viva de que se trata de algo plenamente motivado en lo actual.»

(Jean Laplanche & Jean-Bertrand Pontalis. Diccionario de Psicoanálisis)

Con ello se establece una comparación inevitable entre la anterior relación y la actual, en un intento de acoplamiento de la nueva pareja al molde de la anterior para que responda las expectativas frustradas.

  • La búsqueda de una persona completamente diferente a la imagen mental que tengo de mi ex pareja

Del mismo modo que la anterior, sería una lealtad negativa hacia la energía depositada en la otra relación, sólo que en esta ocasión, de carácter contrario. Pero que trae igualmente el recuerdo vívido en la idealización de la nueva relación en contraposición con las ex parejas.

En ambos casos se produce una falta de atención y de presencia esencial en la nueva relación por seguir estando con un pie en el pasado y otro en el presente.

 

Veamos esto. Si mi conciencia, -con mis pensamientos y energía-, está enfocada por el motivo que sea, en algún aspecto sin integrar de la relación anterior, no puedo por mucho que lo desee, estar viendo claramente a mi nueva pareja, pues sólo puedo ser consciente de lo que mi atención ilumina en el presente, no en el pasado.

«La atención es el primer elemento del buen amar. Si no se nos hace caso, somos seres anónimos, sin nombre» (Sam Keen)

 

  • El Síndrome de Rebeca.

Por muchos y muchas es conocido el argumento del libro (y posterior film de Alfred Hichcok) que dio lugar al denominado síndrome de Rebeca.

Al poco tiempo de perder a su esposa Rebeca, el aristócrata inglés Maxim de Winter (Laurence Oliver) conoce a una joven humilde de la que se enamora. Tras la boda se van a vivir a la mansión inglesa de Manderley, donde el viudo y la fallecida vivieron. Pronto la nueva señora Winter se dará cuenta de que no puede borrar en su marido el recuerdo de su difunta esposa, cuya sombra sigue presente en la casa, en su ama de llaves, y también en los pensamientos de su marido.

Entre los sentimientos que engloba este síndrome es el de los celos retroactivos: los celos que radican en el pasado de la pareja, especialmente en sus relaciones amorosas anteriores, y que pueden llegar incluso a la obsesión compulsiva por saber detalles íntimos de las relaciones anteriores de la pareja.

Esto nos lleva al dilema planteado en muchas parejas que vienen a consulta: ¿Es conveniente hablar de los ex con mi nueva pareja? ¿Existe una diferencia real entre sinceridad y sincericidio?

Muchos terapeutas de pareja coinciden en que no es necesario hablarle en profundidad acerca de nuestro pasado sentimental a nuestra pareja actual, al menos no durante el primer año de relación, que es cuando el estadío de enamoramiento está germinando. Pero coinciden también que tampoco se puede hacer como si el pasado nunca hubiese existido, negándose a hablar de ello con evasivas y cortinas de humo. Esto es especialmente complicado cuando tenemos hijos en común y tenemos que relacionarnos (normalmente) obligatoria y convenientemente con el otro progenitor.

Como advierte la doctora Frische:

» La madre de los hijos siempre tendrá un lugar especial en la vida del hombre y el padre de los hijos siempre estará en la mente de la mujer, hay que ser consciente de eso”

Esa relación que vincula padres/hijos de ser sana, ha de seguir exisitiendo. Lo que no significa que sea necesario mantener las fotos familiares de las ex parejas presentes en la casa ni compartir vacaciones todos juntos.

 ¿Quien se fue a Sevilla perdió su silla?

Por último quería destacar el enfoque que hace Bert Hellinger a este respecto desde la teoría de los Órdenes del Amor dentro del método terapéutico de las Constelaciones Familiares.

Estos Órdenes del Amor son un conjunto de premisas que se deben respetar para que la familias funcionen y sus miembros sean felices y estén satisfechos con la relación. Estas premisas nos obligan a prestar atención a varios puntos importantes: orden, pertenencia y equilibrio entre dar y tomar.

Enfocándonos en el primero de los puntos, Bert Hellinger se dio cuenta de que existen unas leyes universales que rigen todos los sistemas vinculares (familiares, organizacionales,etc) sea cual sea su país o su cultura. Dentro de un sistema habría pues, un orden que hay que respetar para que pueda prevalecer la armonía y cada uno pueda ocupar el lugar que le corresponde.

orden

ex parejas en orden

A la vez, todas las personas son importantes, tanto las que están presentes hoy en día como las que estuvieron presentes en el pasado. Y eso incluye a las ex parejas (tanto propias como del otro) Todas estas personas deben tener un espacio integrado dentro de nosotros aunque no formen parte de vuestro día a día actual. Si no le damos este espacio a través del duelo y la transmutación, es muy probable, a la luz de la teoría de Hellinger que el fantasma del recuerdo esté presente en forma de boicotedor, o con la aparición de un tercer miembro con el paso del tiempo.

En resumidas cuentas,

“Con amor, sólo con amor, no basta. Tiene que estar en orden”                           (Bert Hellinger)

 

¿Qué significa integrar mi pasado y el de mi pareja?

Principalmente mirar a mi historia personal  y la de mi pareja con respeto, sin enganche positivo o negativo con mi ex pareja. Aprender a aceptar que las personas aparecen y se van justo cuando deben hacerlo (ni antes ni después) y agradecer que sois quienes sois ahora en este camino porque ello os llevó hasta encontraros.

Sólo de esta manera, lograrás estar totalmente presente en una nueva relación.

 

Referencias bibliográficas:

Hellinguer, Bert. Órdenes del Amor. Cursos seleccionados de Bert Hellinguer, Ed. Herder, 2011.

Jean Laplanche & Jean-Bertrand Pontalis. Diccionario de Psicoanálisis, Ed. Paidós, 1996.

Fuente:

Aragón Daza; R. Alberto y Mendez Sandoval, Miguel Alexander Duelo, ruptura de pareja http://psicopsi.com/duelo-ruptura-de-pareja

Secuestrados por la rabia: «no puedo olvidar»

Diciembre. Días de encuentro para medio mundo; para la otra mitad, los fantasmas nos encuentran en la soledad. Una sacudida como un relámpago en el cuerpo. Recuerdo tu imagen con mi mirada perdida y desenfocada entre los adornos y guirnaldas de luces. Detesto el jolgorio y la alegría a mi alrededor, lo encuentro absurdo con esta realidad interior, como si al mirarme se mofaran de los sentimientos detestables que me habitan… que me secuestran. Un sobresalto como una pedrada en el agua de un estanque. Mi corazón acelerado bombea petroleo. Quiero ser libre del rastro denso que dejaste y ser esclavo de mi resarcimiento. Cuánto más peleo por alejar la mente más me devora por dentro: un puño de hierro se aferra a mis tripas y las comprime.  

Es tu presencia invisible, presencia sin presente, que me envenena. Una pesadilla de sueños quebrados de la que no consigo escapar.

rabia narcisista soledad

¿Por qué algunas personas desarrollan una fijación hacia una persona, sin poder evitar que su mundo mental y emocional giren en torno al rencor hacia ella, ni que su vida continúe libre de ese peso?

Secuestro emocional

Probablemente no existe nada que provoque una fijación psicológica y emocional tan intensa hacia una persona como la rabia y el odio; tal vez ni siquiera el amor que lo antecedía, o su pérdida.

Un daño, un perjuicio hacia nuestra integridad personal, psicológica, emocional o física, a veces irremediable. Unas acciones injustas, abusivas y nocivas hacia nosotros, reales o vividas como tal. Promesas rotas e incumplidas, un pacto en el pasado con el lado más frágil de nuestro ser. Un abuso a nuestra vulnerabilidad o buenas intenciones. El aprisionamiento y limitación de nuestros deseos, o el atropello de nuestras posibilidades presentes y futuras. El residuo que deja es el sentimiento de que el Otro ha sido dañino, injusto, perverso, malo, y que debe de compensar de alguna forma lo que hizo.

El resentimiento y el rencor es el halo que queda de una rabia sin ajusticiar. Se alimenta de la agresividad y de la acuciante necesidad de reparación de algo quebrado por dentro. El enfado deriva en resentimiento que corroe y amarga en silencio. Nos hace incapaces de perdonar y liberarnos. Somos el déspota que nos subyuga con emociones que nos secuestran, saboteadores de una versión más libre y equilibrada de nosotros mismos.  No hay paz si necesitamos la guerra, y la principal víctima somos nosotros.

«El resentimiento es la emoción del esclavo; no porque el esclavo sea resentido, sino porque quien vive en el resentimiento, vive en la esclavitud” (atribuido a F. W. Nietszche).

Función y origen de la rabia

La rabia y el enfado son emociones primarias que heredamos en nuestra biología. Movilizan la mente y el comportamiento hacia la modificación de una situación dañina o la reparación de un agravio. Toda emoción tiene también un fin interpersonal: la rabia expresa el estado interno de malestar y comunica los cambios que deseamos. Son emociones que se consideran negativas porque se viven en el cuerpo como desagradables, pero son emociones naturales y necesarias. Permiten los cambios que regulan nuestras emociones, así como modificar o adaptarnos a una situación indeseable.

Para la Teoría del Apego, el apego es un sistema motivacional y comportamental cuya función evolutiva es impulsar al establecimiento y mantenimiento de vínculos con figuras significativas. La ira y el enfado, son respuestas innatas presentes desde la primera infancia ante la separación, inaccesibilidad o ausencia de la figura de apego. Permiten expresar su malestar para evitar tal situación, desplegando conductas que restablecen el acceso a la figura de apego, a la cual señalan sus necesidades.

Las reacciones y las estrategias que despliegan los niños son resultado de la activación del sistema de apego – la angustia de separación– y mantienen un paralelismo con las reacciones que mostrarán en las etapas adultas. en las experiencias dentro de las relaciones. Los estilos de regulación emocional, reflejan una dinámica adquirida, y condicionan las emociones y las estrategias empleadas ante la pérdida y la separación en etapas adultas.

El duelo se trata de un proceso físico y psicológico como respuesta a la pérdida definitiva de una figura significativa, permite la reorganización y su adaptación a la vida sin la presencia de la figura perdida. Existen duelos crónicos o patológicos caracterizados por una intensa y persistente protesta y rabia, influidos por los esquemas interiorizados en las experiencias infantiles. Estos esquemas influyen de forma inconsciente en la dinámica y el papel de la rabia.

puño rabia agresividad

El papel de la agresividad

La agresividad es un componente innato de nuestra biología que, aunque su expresión depende del moldeamiento por las experiencias y el entorno, suele activarse ante circunstancias que implican una amenaza o que crean frustración. Crea una tensión psicofisiológica que nos impulsa a la descarga emocional, pero ¿por qué se mantiene envenenando nuestros pensamientos y emociones con el paso del tiempo, cuando no aporta ninguna utilidad mayor que aplacar una necesidad?  No es evidente: responde a otros determinantes psicológicos, otros deseos y motivaciones. Veamos algunos ejemplos.

La agresividad tiene un carácter interpersonal, no sólo como expresión de algo interno, es un medio o instrumento como forma de acción sobre el Otro. Por un lado, puede ser necesaria para recuperar una autonomía, y permitir un espacio físico y psicológico independiente que no existía antes. Por otro, la rabia puede ser un intento de condicionar o influir en el comportamiento del Otro. Deviene en más impotencia si no se logra de obtener lo deseado –restitución del daño, disculpas, ser reconocido, modificación de conductas indeseadas, etc.–

Las fantasías o comportamientos agresivos permiten transformar una situación angustiante y de indefensión en una de control. Además modifican la propia representación mental o identidad, como de alguien que tiene poder, que no es víctima pasiva de las circunstancias o abusos del Otro. Si además existe un goce en la agresividad directa o indirecta –o pasiva, por ejemplo castigando con la ausencia o la falta de contacto–, puede que se perpetúe la rabia debido a que el sadismo marcó de alguna forma el desarrollo: el despliegue de agresividad, dominación y castigo es codificado como algo placentero. Escuda la autoestima, no por ello justo ni adecuado.

Los sentimientos de culpabilidad nos producen sufrimiento. Es doloroso sentir que uno ha tenido algo de responsabilidad en lo sucedido, en una ruptura o pérdida, que también obró mal o que cometió errores podrían ser considerados imperdonables si uno se juzga con severidad. Se buscan y escanean entonces razones y argumentos que permiten culpabilizar al Otro, proyectar en el Otro lo que en uno mismo es intolerable, alterando la identidad de cada uno: uno mismo como bueno que ha sido dañado, y el otro como malo que merece el desprecio.

Las cicatrices de la autoestima

Ser aceptado, validado, reconocido, admirado –amado– por el Otro, es una necesidad primordial en el ser humano, presente desde la infancia. Los padres u otras figuras significativas a lo largo de la vida, estructuran la autoimagen de uno mismo, transfieren la imagen que ellos tienen a modo de espejo, a través de sus interacciones verbales y no verbales –de dar cariño, de apoyar, de halagar, de mostrar su alegría y orgullo, etc. –. En una situación ideal, crean una autoestima estable cargada de vitalidad. Las situaciones de negligencia, abuso o falta de sintonía, provocan sentimientos de vergüenza, de inferioridad, de inadecuación, de debilidad, o de algunas formas de culpabilidad. Una imagen frágil , consciente o inconsciente, que debe de ser protegida a toda costa.1

Hay situaciones que pueden ser vividas como una ofensa narcisista y amenazar al equilibrio de nuestra autoestima: sentirse rechazado, abandonado, traicionado, humillado, ignorado, menospreciado, atacado por parte de alguien importante para nosotros. Desde este punto de vista, el núcleo de las reacciones de rabia secuestradora es una herida psicológica que existía y que vuelve abrirse. Es lo que se llama la herida o trauma narcisista. Nada fija tanto al objeto amado como la autoestima herida.

La rabia narcisista

Perder a alguien con la que nos sentimos seguros, cuidados. Perder la fuente de intimidad, de satisfacción sexual y sensual. Perder una fuente que nos llena de vitalidad y nos saca de la tristeza o ansiedad, que nos calman. Perder un sostén de nuestra autoestima ofreciendo aceptación, atención, valoración. Estas pérdidas son doblemente dolorosas: por el impacto de que se pierde algo vital, y porque evidencia un estado de fragilidad y flaqueza emocional. La rabia narcisista ruge entonces y consume el interior intentando eliminar y destruir internamente al Otro como un objeto interno atractivo y bueno.

La rabia, la agresividad, el odio, se activan defensivamente para sacar del dolor de la herida narcisista, la cicatriz en la autoestima. Busca múltiples justificaciones al odio en la conducta y defectos de la ex pareja, –o del familiar o amigo–. Se intenta demostrar a sí mismo y al Otro de que es inadecuado y no merecedor de su amor. Se activan también mecanismos defensivos de proyección para sacar de dentro los estados emocionales angustiantes e indeseables, y situarlos en el otro lado. La existencia del Otro valorado, es vivida como un observador de la fragilidad propia, y por lo tanto de una supuesta inferioridad. Ese poder que se le otorgó debe de ser eliminado.

Consecuencias de la rabia narcisista

La incapacidad de sostener una imagen de la totalidad de Otro, de alguien que es amado y tiene aspectos buenos, pero en otras circunstancias se comporta de formas dañinas e indeseables, provoca que se polarice la perspectiva y que los elemento positivos se excluyan defensivamente, pasando a atacar internamente y en la realidad al afrentador. Esto impide que se pueda integrar las distintas realidades y que una parte tenga que estar excluida de la conciencia. Esto impide el final de la espiral de odio y la reconciliación.

Las emociones se activan con el objetivo de erradicar al amado perdido de su vida mental. Paradójicamente se convierte en una forma de perpetuarlo en la mente –a modo de obsesión –.  Cuanto mayor es el esfuerzo por borrar cualquier tipo recuerdo o pensamiento, más presente se hace en el horizonte mental. La obsesión paranoide junto con el narcisismo impide desprenderse, o vincularse con otras opciones del mundo externo. A veces impulsa a saber los más mínimos detalles de la vida personal y sentimental del Otro perdido. La impotencia de no librarse del objeto perdido y doloroso, llevan a la depresión.

A veces las agresiones y estallidos de furia se llevan a la realidad. Esto agrava aún más la situación previa en la relación, con posibles consecuencias psicológicas, en el entorno o incluso legales. Además puede atrapar en un ciclo vicioso de ataques, posterior culpabilidad, desagravio, y humillación, alimentando más la impotencia y la rabia. La corrosión interna de la imagen del Otro, como persona querida que sostuvo una parte importante de su vida, que aportó bienestar y felicidad en algún punto, precipita también a la pena y tristeza profunda. Todos estos aspectos complican el duelo, el perdón y la aceptación liberadora.

«La paz viene de dentro, no la busques afuera» (Buda Gautama).

Reflexión final

El objetivo del post es una invitación a reflexionar sobre qué condiciones pueden estar manteniendo esa rabia. Liberar el resentimiento implica primero reflexionar sobre su origen  y reconocer el dolor que genera en nosotros.  La rabia, el rencor, el resentimiento, la furia,… es necesario que sean expresadas, pero son emociones que si son mantenidas en el tiempo e intensidad, nos envenenan y nos perturban. Somos víctimas de nuestras propias emociones, mas allá del agravio ocurrido. En este momento del año en el que se publica el post, puede ser un buen momento para reflexionar. El perdón no significa olvidar, pero sí pensar en ello sin que duela, dejar que se marche. Aunque no podamos cambiar los hechos del pasado, ni tal vez llegar al perdón o reconciliación real con determinada persona, sí se puede llegar a aceptar y reconciliarse emocionalmente con ese fragmento herido de uno. Esa parte incapaz de hallar calma ni perdón. Nadie merece la esclavitud del odio.

Notas

Heinz Kohut fue uno de los primeros psicoanalistas en situar el narcisismo como un sistema motivacional de primera magnitud, cuyo deseo central y en esencia es construir una imagen de Sí mismo –el Self, el nucleo central de nuestro Yo o personalidad– válida, digna de ser amada y reconocida, y la necesidad de mantener una estabilidad y cohesión. Identificó una desconcertante angustia –angustia de fragmentación– asociada a la ruptura de la frágil imagen e identidad que luchamos por sostener. El narcisismo no es considerado como patológico ni nocivo, si no como algo necesario y parte del desarrollo normal. Sólo en ciertas personalidades, los intentos y formas de recuperación del equilibrio de un frágil y herido narcisismo son patológicos o destructivos.

Referencias bibliográficas 

  • Bleichmar, H. (1997). Avances en Psicoterapia Psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós Ibérica.
  • Kohut,H. (1977) El análisis del Self: el tratamiento psicoanalítico de los trastornos narcisistas de personalidad. Buenos Aires: Amorrortu

 

 

El duelo. una experiencia personal

Nuestra idea del duelo, nuestro conocimiento de éste muchas veces difiere de la experiencia que tenemos cuando la persona que muere es muy cercana en el afecto.

El último 19 de junio se festejó el día del padre en Argentina, pero este año me enteré al día siguiente al abrir el Facebook. En España, no sé por qué, se festeja otro día. Mi hermana había subido a su muro de la red social una foto de ella sentada en las rodillas de mi padre. Ambos aparecen sonriendo para la cámara. Me imagino que ella andaría por los 3 o 4 años. En el mensaje encima de la imagen, decía mi hermana que el domingo temprano pensó que habría alguien ansioso por ser saludado al otro lado del charco -ella hace años que vive en París- pero que después cayó en la cuenta de que ya no había un papá esperando ese llamado. Se me ocurre pensar que la muerte del padre es algo así, que no haya nadie del otro ladoUn domingo de soledad y tristeza, pero sin una semana nueva que prometa sacarnos de allí.

El impacto

El 11 de febrero de 2016 se murió mi padre. Una llamada de mi mamá y de un momento a otro, de repente, todo cambió, todo se tambaleó. ¿Llegué realmente a hablar con ella?, ¿O recibí un escueto whatsapp que ponía “ya está. Se terminó”?

Sólo puedo reconstruir parcialmente, de manera inexacta, las horas que siguieron a esa noticia. En algún momento de la tarde-noche de ese jueves, me senté a buscar a billetes de avión hacia Buenos Aires. Acto seguido, escribí un correo electrónico a mis compañeros de la universidad para contarles lo que había ocurrido y que estaría fuera de España por unos días. Me preocupé porque a mis alumnos les llegara la respectiva notificación de la suspensión de la clase correspondiente al lunes y al miércoles de la semana entrante.

Todavía estoy alucinando de cómo pude haber hecho todo eso bajo el impacto de semejante acontecimiento. Sospecho que el choque es tan grande que genera una suerte de despersonalización, de extrañamiento con uno mismo. Como si lo ocurrido no tuviese suficiente realidad, como si uno hubiese entrado en una película y fuera a la vez protagonista y espectado

En cualquier caso, el viaje a Buenos Aires fue real.duelo

Dos días después de haber recibido aquella llamada, estaba en un cementerio inmenso para asistir a  la cremación del cadáver de mi padre. No pude verle muerto. Sólo experimentar la sucesión de imágenes ante la madera muda del ataúd. Todo ocurrió demasiado rápido y en un plano mental. Saludé a mucha gente, en particular a familiares que no veía desde hacía tiempo, con el gesto cortés, automático y la emoción ausente. Las lágrimas no aparecían y más que dolor parecía preocupado en que el ritual de despedida se desarrollase bien.

Somos animales simbólicos. Desde antiguo realizamos ritos para las cuestiones trascendentales de la vida: ante los ciclos de la naturaleza, ante los dioses y sus exigencias, para despedirnos de alguien o para darle la bienvenida a los que llegan. En muchos casos no conocemos el origen de un determinado rito pero algo en nuestro interior nos lleva a cumplir con éste.

Entre los ritos más significativos de las diferentes culturas humanas, están, desde luego, los ritos funerarios. De hecho, éstos han sido calificados por la antropología como determinantes de nuestra especie en la medida en que a través de este tipo de ritos entramos en contacto con una cualidad determinante de nuestra condición como es la finitud.

Cuando el cuerpo de mi padre empezó a pertenecer a lo muerto yo no pude verlo, tampoco pude estar presente en el instante en que su corazón dejó de latir. Más allá de meras explicaciones racionales, no me resulta fácil saber por qué se dio así.

En aquellos días no podía darme cuenta de que la muerte de mi papá significaba tantas cosas a la vez y que necesitaría tiempo para que a la conciencia pudieran incorporarse de una en una. Las fichas irían cayendo a un ritmo lento e incesante. Al ejercicio colectivo-social de la muerte, le seguiría uno mucho más personal e íntimo.

La tristeza y el ejercicio de la memoria

En estos meses he estado oscilando entre la necesidad de atención, de cariño y las ganas de no conectar con nadie, de estar en retirada.

Nunca antes había vivido nada semejante a la pérdida de mi padre y el desconcierto es de tal magnitud que me pregunto hasta qué punto soy aquel que creía ser.

En estos meses estuve recordando, volviendo a pasar por el corazón. No sólo ha perdido a su papá el adulto que soy, sino también el bebé, el niño, el púber y el joven que fui.

Cuando desarmé su escritorio de trabajo, me encontré con que él había guardado los dibujos que yo mismo le hice con tres o cinco años. También recordé lo mucho en que insistía en que lo único que iba a dejarme era una formación, una educación y como me insistió para que fuera a estudiar a Europa.

Su amor se traducía, muchas veces, en el contacto físico (llorar recostado en su pecho, por ejemplo), otras veces, en el apoyo económico para que saliera adelante.

Recordé una conversación, él en Buenos Aires y yo en Madrid, en la que me preguntaba sí comía todos los días y en la que insistía en que yo siempre iba a tener un lugar al que volver si las cosas me iban mal en España.

También vinieron recuerdos más cotidianos como cuando me preguntaba como quería el nudo de la corbata.  O el de su imagen en el espejo del baño cuando se pasaba un algodón empapado en agua de colonia por el cuello, después de la ducha matinal. Su manía por la pulcritud.

La manera en que me entregaba la paga mensual para mis gastos de muchachito y el beso que yo le daba luego de recibir el dinero.

No todos los recuerdos fueron dulces o reconfortantes. Yo mismo, en un momento dado, tuve que poner distancia entre nosotros para evitar que su imagen me aplaste ya que tenía un temperamento fuerte y su influencia resultaba para mí intimidante.

Cuando estaba bien, era un encanto de tipo: cercano, gracioso, seductor. Cuando estaba preso de sus furias, era tremendo: como un juguete rabioso y sin consciencia de los efectos que producían sus actos.   Entre los recuerdos tristes, algunos momentos de mi última estadía en Buenos Aires antes de su muerte, o su negativa a hablar por teléfono conmigo.

muerte del padre

La vida continúa: elaboración del duelo

Con sus cosas buenas y no tan buenas, la vida continúa. El recuerdo del que se ha ido no nos abandona, pero paulatinamente se va desdibujando para permitirnos tomar aire. Nuestra mente busca hacer espacio a lo nuevo que acontece. Hay algo inevitablemente triste en este proceso pero a la vez es necesario.

No hay recetas ni fórmulas mágicas para asumir la pérdida de un ser querido. Cuando además de ser querido, es alguien que forma parte de nuestro núcleo afectivo más constitutivo la huella de su partida es aún más honda. No hay escalas ni mediciones del dolor que valgan.

Tampoco hay respuestas ante preguntas del estilo: ¿cómo se vive este duelo?, ¿qué debería hacer?, ¿debería hacer algo distinto a lo que hago?, ¿hay algún momento más adecuado que otro para llorar o para volver a reír?

Frente a lo irreparable de la muerte y el dolor que provoca, reaccionamos de maneras muy distintas dependiendo de nuestro temperamento, de la estructura de nuestra personalidad, de nuestro vínculo y experiencias, del momento de la vida que estemos atravesando.  

Es usual que se susciten en nosotros emociones negativas y no está de más tener en cuenta que debajo de cada emoción negativa, está el dolor.

El miedo a vivenciar el dolor, nos lleva, en muchos casos, a poner en marcha un arsenal de mecanismos de defensa mediante los cuales cerramos el paso a vivenciar el dolor. Cuando éste llega, quizá resulte conveniente no bloquearlo sino dejar que fluya.

Hace pocos meses en una reunión con amigos, empecé a preguntarme dónde habrían quedado las gafas de mi padre luego de su muerte y terminé conectando con una tristeza enorme.

muerte-del-padre

También recuerdo como una tarde de domingo estaba preparando la cena y sin que ninguna imagen dolorosa se dibujara en mi mente las lágrimas empezaron a caer en catarata dentro de un cuenco en el que había harina mezclada con agua. Al principio no fue más que un sollozo pero luego se abrió la garganta con fuerza y dio paso a un grito ahogado que me hizo estremecer. Todo mi cuerpo tembló y en el pecho sentí una puntada muy aguda.

Al cabo de unos minutos, había recuperado la respiración y el pulso normal.

Mi propio organismo que parecía haberse colapsado a causa del dolor, pudo restablecerse en equilibrio.

Aquella tarde de domingo fui atravesado por el dolor como por una daga. El cuerpo fue lo primero que tuvo registro y después sólo pude cerrar los ojos, intentar respirar, soltar la presión que sentía dentro y darle voz a la pena. Aquella voz sólo fue aire que entraba y que salía de mi cuerpo. Respirar, seguir respirando.

El duelo en nuestra cultura

En la España de mi generación  nos hemos acostumbrado a afrontar a la muerte y en ocasiones,  el duelo, de la misma manera que se trata a un vecino que nos da pereza: ignorándola. La muerte se vive apartada, lo más lejos posible, y si podemos no pensar en ella ¡mejor que mejor!

Durante siglos en nuestro país el duelo ha estado regido por leyes desde que en el 1502 los Reyes Católicos dictaron la famosa «Pragmática de Luto y Cera», en la que se establecía lo que debía hacerse si moría un ser querido. Con el paso de los siglos (menos mal) las leyes se relajaron (en 1729 Felipe V dictó una nueva pragmática más flexible) , pero había un elemento en común: la muerte seguía siendo visible.

Solo tenemos  que preguntar a nuestros abuelos  o nuestros padres, para que nos relaten lo que ocurría en el barrio cuando moría un familiar, o incluso un vecino. Al igual que ocurría con los nacimientos, el fallecido era despedido en su propia casa, rodeado de los suyos que eran los que se ocupaban de preparar el cuerpo para la despedida. Los vecinos acudían a presentar sus respetos; la puerta de la casa permanecía abierta. Tanto el paso a la vida como el paso a la muerte tenían lugar en el propio hogar. 

Con la modernización paulatina de la sociedad, nos hemos ido apartando de los ritos asociados al duelo, tal y como expresa Marcos Gómez Sancho:

“Todo tiene un coste, lo que hacemos y lo que no hacemos. Hemos creído que estamos por encima de los ritos y que estos son un patrimonio de la religión, cuando no es cierto. En los ritos hay mucho de religioso, pero también de cultural. Si todo nos dice que vivamos el duelo por dentro, al final nos aislamos y es mucho más difícil hacerlo”. 

La triste verdad es que no hemos sabido revelarnos contra el luto asfixiante, el luto «lorquiano» que atisbamos en la Casa de Bernarda Alba, y hemos caído en el extremo opuesto. Hemos despojado a la muerte de todos los ritos que la revestían.

.

duelo en españa

 

Para reflexionar: el duelo en el pueblo mapuche

El pueblo mapuche tiene una palabra preciosa, «layelewün«, una palabra que vendía a significar «vacío por pérdida» o «vacío por muerte». Hace alusión a un estado especial de desolación y de vacío en el que quedan inmersas las personas de la comunidad que han perdido a un ser querido. 

Para el pueblo mapuche, cuando la persona muere queda dividida en tres unidades:

  • La carne, que queda en la tierra.
  • El espíritu, que viajará a lo desconocido para toda la eternidad.
  • El tercer legado de la persona que ha muerto es el «Am», la imagen del difunto que queda en la tierra durante unos meses, y que permanece después en el recuerdo de los seres queridos. Es el «Am» el que realmente facilita la despedida. Al fin y al cabo el cuerpo queda enterrado e inaccesible; el espíritu no sabemos dónde ha ido, pero al dotar de una naturaleza casi tangible al «Am», se hace más sencillo despedirse poco a poco de la persona que ya no está.

.

funeral3

.

De un modo similar a lo que ocurría en la España de hace no mucho, el fallecido debía pasar varios días en su casa antes de proceder al entierro. Las mujeres velaban el cadáver durante el día y los hombres por la noche. Toda la comunidad participaba en el entierro y de hecho, quienes no lo hacían transgredían gravemente las normas de la comunidad.

En nuestra cultura actual, tan avanzada en otros aspectos, creo que nos sentimos bastante ciegos en lo que respecta a la muerte. Cuando vamos a un funeral, a un velatorio podemos encontrarnos con la duda de no saber qué decir, qué hacer. Utilizamos eufemismos como «se ha ido», «nos ha dejado» en lugar del certero «ha muerto».  Intentamos consolar a la persona que está sumida en el dolor con frases hechas («el tiempo todo lo cura»). El pueblo mapuche tenía otra manera de enferntarse al dolor. Como decía antes, existe una palabra, «layelewün» que intenta hablarnos del estado de vacío en el que quedamos sumidos cuando perdemos a alguien. Durante las semanas siguientes a la muerte de la persona, los mapuches creían que cuando te sobresaltan recuerdos dolorosos, lo adecuado es cesar  inmediatamente la actividad que se esté  llevando a cabo, para para dejarse inundar por completo por  el sentimiento. La persona se sumerge en el dolor y se deja llevar por él.

Fases del duelo y duelo patológico desde la teoría del apego

En los años 80 Bowlby estudió losprocesos de duelo:

«La pérdida es una de las experiencias más dolorosas que un ser humano puede sufrir. Y no sólo es dolorosa de experimentar pero también es doloroso ser testigo de ésta, especialmente porque nos sentimos impotentes para ayudar».

El autor explicó cómo estos procesos rompen el equilibrio en la vida de la persona que lo está experimentando, que tienen que reorganizarse para poder superar el dolor. Bowlby encontró muchas similitudes entre las fases que atraviesa un niño cuando es separado de su madre por un breve periodo de tiempo (experimento de Mary Ainsworth), con las fases del duelo que experimentan niños y adultos ante la muerte de una figura de apego.

1 Fase de aturdimiento o de shock

Se siente incredulidad, una fuerte impresión, un gran rechazo a aceptar la noticia que causa un estado de shock. Son frecuentes las expresiones del tipo «no lo puedo creer», «es imposible»… Esta fase puede durar días, semanas, o incluso más.

2 Fase de búsqueda de la persona querida

Una vez superada la primera fase, nos vemos inundados por una intensa añoranza, una necesidadad de reencuentro con la persona que ha muerto que nos llena de desesperanza ante la iposibilidad de la misma. La persona está vigilante, esperando la vuelta de dicha persona. Una puerta que se abre, un móvil que suena; cualquier cosa le hace estar alerte y expectante. Como esto no es posibe, se dan sentimientos de ira y enojo. Los objetos del difunto son guardados a la vez como un tesoro, a la vez como algo de lo que debemos desprendenos. Se vuelve una y otra vez  a las fotos, vídeos, a las cartas… que nos trae su recuerdo.

recuerdos

En esta fase del duelo, ya que la persona está buscando reencontrarse con el difunto, no  suele reaccionar bien a los consejos de los demás que intentan ayudarle a aceptar su muerte. En este momento lo adecuado es dejar que comparta sus recuerdos, las vivencias, que hable del difunto para poco a poco ir siendo más consciente de la necesidad de soltar.

3 Fase de desorganización

Entramos en esta fase cuando aceptamos plenamente que la persona no va a volver. Quedamos entonces sumidos en un estado de apatía, y nos vemos sumergidos en un fuerte sentimiento de soledad.

4 Fase de reorganización

En esta última fase tratamos, no de romper el vínculo con la persona que ya no está, si no de modificarlo, dándolo un nuevo y valioso papel dentro de las representaciones mentales que vivn a través del recuerdo.

Si esta fase se produce con éxito, poco a poco la persona recupera la capacidad de sentir placer, de hacer planes, de no sentirse culpable por seguir viviendo.

El duelo patológico

Bowlby habló de dos tipos: el duelo crónico y la ausencia de duelo. En ambos existe cierta creencia de que la muerte es reversible, y por lo tanto no se avanza en sus fases, y no se puede llegar a a etapa de reorganización.

Los modelos internos según los cuales funciona la persona no se modifican, y por lo tanto se permanece en un estado de estancamiento vital.

¿Cómo acompañar en el proceso de duelo?

Debido a nuestro paulatino alejamiento de la muerte, es bastante usual no saer qué decir, qué hacer, cuando tenemos que acompañar a alguien querido que está afrontando el proceso de pérdida.

El Colegio Oficial de Psícologos de Madrid tiene esta pequeña guía, que nos ofrece consejo.

Entre otras recomendaciones hablan de la importancia de no caer en frases hechas («es la voluntad de Dios», «ahora ya no sufre»…); de no intentar distraer a la persona de su dolor, sino todo lo contrario, de actuar como un facilitador de conexión del indivíduo con los sentimientos que está viviendo en ese momento.

Dejarte llevar por tus propios sentimientos también es importante. No tengas miedo a llorar por temor a aumentar los sentiemientos de tristeza del otro. Mostrar tu estado de ánimo puede ser un valioso elemento empático que ayude al otro a no sentirse sólo, a sentirse comprendido.

Para terminar, me gustaría despedirme con esta preciosa frase de Dostoyevsky: 

Cuanto más oscura es la noche, más brillantes son las estrellas. Cuanto más profundo es el duelo, más cercano esta dios.

estrellas

Referencias: 

Migración: decidir partir, cuando la esperanza es el reencuentro.

Son muchas las razones por las que alguien decide emigrar, hay algunos en que prima el deseo de aventuras, de conocer una cultura distinta, de probar otros sabores. Sin embargo, hay una gran parte de personas o familias que deciden emigrar debido a presiones externas, estos se ven “obligados” en cierta forma a tomar otros caminos y cambiar el lugar que es llamado “Hogar”.

A lo largo de la historia gracias a los procesos migratorios el ser humano ha logrado tanto desarrollarse como evolucionar. Esa necesidad de descubrir que hay más allá, de conquistar nuevas tierras, de intercambiar modelos de vida, de organización social, de mezclar sabores, oficios, genes, entre muchos otros factores, han generado lo que somos hoy en cada uno de los rincones de nuestro planeta. En algunos casos encontramos sociedades más “avanzadas” en lo que respecta a el nuevo hombre, tecnológico y globalizado, y en otras sociedades más apegados a tradiciones y  a estilos de vida menos tecnológicas.

Lo que no cabe duda es que cuando una persona o familia emigra se producen cambios, tanto en su estructura interna como externa. Y estos cambios impactan a cada uno de los integrantes de la familia ya sea de una manera positiva, y en otros casos menos afortunados de una manera más negativa. Esto ha generado mayor interés por realizar investigaciones en materia de salud mental y física en migrantes a los largo de todo el mundo. Y en este sentido no solo se considera a la persona o a las personas que se van, igualmente se considera como parte del impacto y del proceso migratorio a las personas que se quedan. Teniendo en consideración la mirada sistémica, donde cada uno de los integrantes de la familia influye y contribuyen a la organización emocional, social y psicológica del otro.

Evidentemente no significa que la inmigración en sí sea un detonante de patologías, pero inevitablemente es un proceso transformador y de crisis   para el sujeto y la familia. En algunas investigaciones se ha determinado que la experiencia de la migración aflora patologías físicas psicosomáticas tanto para el que se va como el que se queda, tales como cefaleas, problemas gastrointestinales, hipertensión, entre otros, al igual que también aparecen en muchos casos manifestaciones psico-emocionales como insomnios, depresiones, ansiedades, abusoMafalda-5 (Custom) de drogas, patologías conductuales, entre otras afecciones. De esta manera, la migración puede activar igualmente factores que estaban encubiertos en el país  lugar de origen ya que es una experiencia altamente movilizadora.  Razón por la cual el estudio y la atención preventiva en diferentes niveles (médico, psicológico, social, político)  es de carácter primordial. 

Hay diferentes condiciones que afectaran de una y otra manera la estructura familiar, ya sea porque el padre o madre viaja primero dejando a los hijos al cuidado de terceros significativos, ya sean familiares o no, que se convierten en sus figuras parentales de referencia, como aquellas parejas que se separan cambiando la dinámica familiar a una dinámica monoparental, como cuando viajan solos los hijos y los padres quedan en el lugar de origen, esto genera experiencias de abandono, de pérdidas o ausencias que va a determinar la experiencia de una reagrupación futura, que en algunos casos sucede en tiempo cortos y determinados, como en otros donde son más prolongados y se convierten en espacios de tiempo que escapan de la planificación original de la familia. Pero son los hijos o la segunda generación quienes sufren las consecuencias directas de la migración, sus padres contaban con un paradigma cultural de base, pero son los hijos quienes deben danzar entre culturas para crear su propia identidad.

 

La migración: proceso de duelo

Es por esto que una de las conclusiones más comunes de las investigaciones es que el proceso de migración también es un proceso de duelo.  Un duelo que depende de cada uno de los recursos personales y familiares, estos van a garantizar el éxito o el fracaso de adaptación a la nueva cultura y al país que acoge.

Estos duelos  pueden ser simples, complicados o extremos. Considerando que pueden existir distintos tipos de duelo ya sea por la pérdida de la familia y los seres queridos, del idioma y la cultura, en algunos casos por la tierra (paisajes, clima, estaciones), por el estatus social, el cual suele ser también una de las causas más frecuentes de consulta, por la seguridad social (documentos de identidad, trabajo, vivienda, acceso a oportunidades, etc) Achótegui, J. Los duelos de la migración: una perspectiva psicopatológica y social(2000).

BxkWmU9IAAAsGtO

 

Aunado a ello, se resalta como parte esencial del proceso aquellos legados de afrontamiento a las situaciones de crisis y cambios, al igual que se considera como los efectos de la migración impactan a las siguientes generaciones, como se indica en el artículo anterior en Conectando con nuestras herencias familiares (transgeneracionalidad) , la familia de origen trae consigo recursos que pueden ayudar o desfavorecer la adaptación en un nuevo contexto, tanto así que permitan la interacción e introducción sana de una nueva cultura y nuevos códigos, o por el contrario, hagan que el proceso migratorio se convierta en un proceso de marginación debido a legado muy rígidos y cerrados, donde lo nuevo sea procesado como una amenaza.

En su libro “Terapia familiar sistémica, aspectos teóricos y aplicación practica” Carmen Bermudez y Eduardo Brik (2010), explican cuatro fenómenos que ocurren cuando un individuo entra en contacto con otra cultura: asimilación, segregación, marginación e integración.

  • Asimilación: el individuo no desea mantener su identidad cultural y busca la interacción con la cultura de la sociedad dominante.
  • Segregación: cuando un individuo valora más su cultura de origen y evita la interacción con la otra cultura.
  • Marginación: cuando un sujeto no valora ni su cultura ni tampoco intenta entrar en contacto con la cultura local.
  • Integración: cuando un individuo le interesa conservar su identidad cultural de origen y al mismo tiempo mantiene interacción con la cultural local de manera que se pueda relacionar con ambas.

Esto se refiere al término de aculturación, como una respuesta adaptativa donde entran en juego intercambios culturales significativos que involucran tanto a los individuos locales como a los inmigrantes y se van a caracterizar por los puntos descritos anteriormente. La interculturalidad favorece el modelo de la integración dinámica el cual no solo va a  cambiar al inmigrante sino también a la sociedad de acogida.  Donde se respetan las diferencias y se buscan puntos de encuentro entre ellas.

El papel de las políticas públicas en temáticas de inmigración es esencial para la salud mental y para el adecuado proceso de interculturalidad.  La apertura a la diferencia cultural, el apoyo psicosocial, las redes comunitarias, la posibilidad de obtención de residencias y visados (el estatus legal), van a aportar a la salud mental del inmigrante y va a evitar colateralmente problemas sociales de mayor carácter como la violencia, condiciones de trabajo abusivas o explotadoras, pobreza y la marginación en la población migrante.  Por otro lado el trabajo realizado en los medios de comunicación debe estar enfocado en invitar a la integración cultural, y evitar estigmatizar y reforzar estereotipos que generan mayor resistencia o temor por la presencia del migrante en una sociedad.

 

migración

 

Enfoque Sistémico en el trabajo con familia de inmigrantes

El terapeuta y/o organización que desee trabajar en el área de inmigración o con familias provenientes de otros lugares debe tener la capacidad de revisarse primeramente, y como sucede con otras temáticas, debe tener en cuenta su sistema de valores, las ideas y creencias que tiene en relación a lo que significa la inmigración y estereotipos acerca de diversas culturas. La persona que solicita ayuda siempre estará muy sensible a este tipo de posturas en el otro, y más en un terapeuta donde desea obtener la contención que quizás no ha recibido en el contexto que lo rodea.

Dentro del campo sistémico, las escuelas que más se emplean son el modelo relacional estratégico, la escuela estructural, la intergeneracional, el enfoque narrativo, el enfoque ecosistémico aplicado a la transición cultural. En las últimas décadas se ha desarrollado para abordar esta temática la Terapia Transcultural. Aquí entra en relevancia el enfoque de la segunda cibernética, donde terapeuta y paciente “construyen juntos”, el terapeuta pasa de ser un agente externo, para convertirse en un participante, invitándolo a adentrarse al mundo del paciente, lo que facilitara la comprensión de su marco simbólico, de la manera como organiza y se relaciona con el mundo o con el otro. Y donde el sistema de valores y el mismo mundo simbólico del terapeuta van a interactuar en el proceso del paciente o familia que está atendiendo. Debido a esto, la importancia de adentrarse como terapeuta en su propio sistema de valores y creencias, para conocer si hay aspectos en su mundo simbólico que pueden entorpecer y perjudicar el proceso terapéutico de una persona o una familia, es de primera importancia.

Finalmente la búsqueda es mitigar el dolor y el malestar sufrido por la persona o grupo familiar, gracias al “choque de culturas, duelos presentes y asuntos no resueltos con sus lugares de origen”, con el objetivo de fomentar la construcción de una realidad más integrada e intercultural, donde la persona pueda mantener relación con su cultura de origen, pero que igualmente pueda integrarse de una manera saludable a la cultura del lugar de acogida, construyendo un yo o un sí mismo más intercultural.

Los inmigrantes, son personas resilientes,  que han logrado estar en un Lugar diferente  y convertirlo en su nuevo hogar. Es importante ayudar a visualizar y validar el proceso vivido por la persona o familia como un proceso de crecimiento. Hoy en día la nueva manera de comunicarse y la tecnología facilitan la mantención de los vínculos  familiares y con los seres queridos que han quedado en el lugar de origen. Esto también es una ventaja terapéutica, ya que se puede utilizar este factor como una herramienta para poder trabajar con temáticas no resueltas del lugar de origen de la familia o de la persona consultante.

 

migración

 

La gestión pública y los servicios sociales tienen un rol fundamental para poder establecer un proceso migratorio sano tanto para el que llega como para el que ya estaba. En la actualidad desafortunadamente hemos visto como en esta materia los gobiernos han sido ineficientes, y en algunos casos han generado prácticas perversas en materia de inmigración, lo que genera mayor casos y crisis, violentando Derechos Humanos, y generando mayor resistencia en los países de acogida, como lo hemos visto en casos de los refugiados y desplazados, productos de la violencia y condiciones de vida precarios desbordados en diferentes partes del mundo.

Hay países que tienen décadas abordando el fenómeno de la migración como lo son los Estados Unidos, Igualmente la Unión Europea, en especial países como España, Italia y Francia. Sin embargo aún sigue siendo fenómenos que generan malestar tanto en el local como en el migrante, ya que  las políticas de interculturalidad son ineficiencias y poco realistas.  Es por esto que la demanda es establecer servicios preventivos y de atención directa en materia educativa, política, médica, social y psicológica que favorezcan una mejor relación intercultural, donde se acoja las necesidades de las personas locales y de aquellas que llegan, para evitar la activación de procesos radicales que general mayor violencia y marginación .

 

Conclusiones

Si el fenómeno de la migración se observara como un proceso natural de los seres vivos, donde la diferencia puede ser una ventaja, se abriría un espacio de crecimiento. Siempre el intercambio entre culturas va a permitir el crecimiento cultural del lugar de acogida, ya que inevitablemente va a verse impactada por nuevos códigos ya sea en áreas como la música y el arte en general, la gastronomía, la educación, la organización política, entre otros aspectos.

El título de este artículo es decidir partir, cuando la esperanza es el rencuentro.  Esto basadoen parte en mi experiencia personal.  Cuando decides partir de tu lugar de origen, ya sea por la razón que te motive, en algunos casos más voluntarios que en otros, siempre se sufre un duelo, que según se explicó anteriormente dependiendo de la manera como se aborde va  a garantizar  el éxito o el fracaso de la experiencia.

 

dest2

 

Llegar a un lugar nuevo siempre va a generar un impacto. Ya que es otro sistema de códigos sociales. Finalmente de acuerdo a los recursos personales este impacto va a ser una experiencia paralizadora o más bien activadora. Como soy parte de esta comunidad de migrantes, atreviéndome a compartir mi experiencia personal, siempre voy a recordar el día que llegue a Madrid y salí por el metro ópera; mi aliento se contuvo y quede maravillada por lo que me rodeaba, al igual que siempre recordaré la primera vez que fui a una piscina municipal en verano y vi a todas las chicas en Topless, quede ruborizada, me sentía mi abuelita, con un bañador que me tapaba hasta las uñas.

En mi caso como mi migración fue voluntaria, esto inevitablemente me ayudó a sopesar   y a activar mis recursos personales para lograr adaptarme de manera más activa, aun con experiencias un tanto movilizadoras como la irregularidad en mis documentos y permiso de trabajo, el rechazo de algunas personas por mi lugar de origen, el clima y el saber que no habían personas familiares que pudiesen ayudarme en un momento difícil. Esto me ayudo a conectarme y activar mis propias redes de apoyo, me ayudo a abrirme a una nueva cultura y a integrar nuevos códigos en mi organización social.

En otros casos donde la migración es forzada, estos mecanismos aparecen en una forma más lenta,  donde el duelo puede perjudicar  y entorpecer la adaptación e integración   a una nueva cultura. Como en el caso de mis padres y hermana, que se vieron obligados a salir de Venezuela, luego de vivir una experiencia de violencia donde casi pierden la vida.  Esto obviamente no les permitió preparar el terreno para su salida, sino que precipitó la decisión de emigrar.

Siempre va a existir una nostalgia de reencontrarse con aquellas personas y lugares amados que nos traen buenos recuerdos. Depende de la vinculación que se tenga  con las raíces, la necesidad del reencuentro y de volver a ese lugar maternal que ayudo a crecer. El proceso de la migración es sin duda transformador, es muy cierto el dicho que dice “el que se fue ya no vuelve aunque regrese”. El contacto con otras culturas va  modificar la realidad, va a ampliar la manera de ver y de procesar el mundo. Es una experiencia única que inevitablemente influye en nuestra manera de organizarnos. Va a requerir de la activación  de los recursos personales y familiares más íntimos y rudimentarios, para que la experiencia se convierta en una oportunidad de crecimiento. Y esto no solo te va a marcar a ti, sino a futuras generaciones. Haciendo nuevamente mención al artículo Conectando con nuestras herencias familiares (transgeneracionalidad)

La invitación es, si por la razón que sea, ya no estás en tu país o lugar de origen, darte cuenta que tienes una oportunidad única. Es un nuevo comienzo que te invita a descubrir y crecer. Si el llamado por las raíces no te permiten conectarte con el aquí y el ahora, y el duelo por las pérdidas sufridas en este proceso no han permitido tener espacios de apertura a una nueva cultura, lo importante es evaluar la posibilidad de recurrir a espacios de ayuda que favorezcan un adecuado proceso de interculturalidad. Existen organizaciones y grupos que pueden ayudar a las familias o a las personas a contener y a sobrellevar esta experiencia de una manera más saludable. Darse cuenta que no se está solo, y que solo se necesita  dar un paso hacia afuera y conectarse con las oportunidades que le ofrece la experiencia de migrar.

Comparto una reflexión que en algún momento tuvo sentido para mí: “Para que exista un verdadero proceso de transformación, debe existir la ruina, y es a partir de ella que se puede empezar  a reconstruir y renacer, y si no, ¿quién llego a este mundo sin dolor?”  invito a ver el siguiente video las ruinas son el camino a la transformación.

Culmino con un pensamiento tibetano:

Todo lo adquirido puede perderse. A todo encuentro debe seguir la separación. Solo lo que hayas cultivado en tu mundo interior te pertenece”

 Bibliografía

  • Bermudez y Brik. (2010). Terapia Familiar Sistémica. Aspectos teóricos y aplicaciones prácticas. Editorial Síntesis.
  • Achótegui, J. (2000). Los duelos de la migración: una perspectiva psicopatológica y social. Editorial Bellatierra.
  • Rivera, Obregón y Cervantes. Recursos psicológicos y salud: Consideraciones para la intervención con los migrantes y sus familias. Facultad de Psicología, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. (2009).