ZA-ZEN: El final del ego

 

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El final del ego: La historia de Nami

Entre las muchas historias y narraciones sobre el Zen, existe una que cuenta cómo en la era de Meiji, existió un famoso luchador apodado O Nami, cuya traducción es “la sucesión de las olas”. Cuentan que era un hombre corpulento, y muy diestro en el arte de luchar; pero sucedía que así como en los entrenamientos privados era invencible, a la hora de actuar ante el público le derrotaban hasta sus mismos discípulos. Y ese fue el motivo por el que O Nami, pidió ayuda a un anciano maestro Zen, Hakuju, cuyo templo estaba muy cercano.

 

Una vez escuchada la historia, el viejo Hakuju, le dijo lo siguiente:

 

“Tu nombre es “La sucesión de las olas”, así que esta noche la pasarás en este templo, pensando únicamente que tú eres las olas en movimiento. Así que dejarás de ser un luchador acomplejado para lograr ser como “La sucesión de las olas”, que lo arrasan todo. Haz lo que te digo y te convertirás en el mejor de los luchadores del país”.

Dichas estas palabras, el maestro se retiró, y O Nami comenzó a practicar la meditación sentada, tratando, tal y como se lo dijo Hakuju, de imaginarse que él era eso: “La sucesión de las olas”. Al comienzo le resultó bastante costoso concentrar su mente en ese pensamiento, sin embargo lo cierto es que a medida en que pasaban las horas iba progresando en identificarse con el oleaje. Así que las olas iban creciendo y creciendo mientras meditaba. Y de ese modo permaneció toda la noche, con lo que una vez llegada la mañana, el maestro Hakuju halló a O Nami en plena meditación, cuyo rostro mostraba un rictus sonriente, y el maestro, colocando la mano sobre su hombro, le dijo:

 

“Ahora nadie ni nada podrá vencerte, porque tú eres “La sucesión de las olas, y llevarás por delante a todo aquel que se interponga”.

Ese día O Nami combatió en un torneo público, y resultó ganador. A partir de entonces no hubo en todo el Japón luchador alguno que lo superara.

 

La meditación

En una lectura superficial, la historia podría entenderse como que el fin de la meditación persigue armar y fortalecer el ego para la competición. Si bien es verdad que la meditación puede en muchos casos ser causa de ese fortalecimiento, lo cierto es que ese beneficio es un beneficio secundario. Porque la meditación produce precisamente la des-identificación con el pequeño yo, es decir, con el papel o rol social que la sociedad le ha asignado. O Nami era presa del yo, que era tanto como decir que era presa del miedo a hacer el ridículo, y solamente cuando, mediante la acción transformadora de la meditación disuelve su personaje “en medio de las olas” es cuando sucede la maravilla del satori.

 

Yo no estoy de ningún modo seguro de que en la mayoría de las ocasiones en que esta historia se repitiera, el meditador alcanzaría el máximo pedestal como luchador, pero de lo que no dudo es de que sí que reuniría las condiciones previas para conseguirlo. Y ello, precisamente, porque ya no estaría preso de la tensión de dar la talla, pues se habría vaciado de su personaje. Veamos lo que en tal sentido narra una historia Zen:

 

Una historia ZEN

La dedicación y el celo de un discípulo del Maestro Kochi llamaba la atención a sus amigos y a los restantes acólitos.

Sin embargo, no impresionaba a su roshi. El joven se sentaba con seriedad en Za-Zen durante todo el día y en ocasiones toda la noche, y se concentraba con considerable gravedad. Realizaba con el mayor de los empeños cualquier tarea que se le encomendaba.

Los restantes discípulos comentaban que si alguno de ellos merecía alcanzar rápidamente el satori ése no podía ser otro que el discípulo aplicado. Pero el roshi no compartía esa opinión y llamó al joven.

-¿Por qué te aplicas tanto en el trabajo?

-Para conseguir el satori. Para eso estoy aquí.

-Ya veo.

El roshi reemprendió sus tareas y el discípulo las suyas.

El roshi atendía sus obligaciones y vivía su vida. El joven aplicado se sentaba erguido, cruzaba sus manos, cerraba sus ojos con firmeza, respiraba con regularidad y no se permitía una sola cabezada. Sus curiosos compañeros esperaban verle llegar al satori en cualquier momento. Sin embargo, pese a su empeño y concentración, este momento no llegaba. Finalmente fue a ver al roshi.

-Aunque medite durante muchas horas con gran diligencia y profundidad, nada ocurre.

-Ya veo-

-¿Qué debo hacer?

-Debes volver a tu casa. Aquí estás perdiendo el tiempo. El discípulo quedo consternado. Intentó discutir con el roshi, quien, sin embargo, permaneció sentado en silencio y sin responder, hasta que el preocupado joven se levantó para abandonar la habitación. Entonces el roshi le llamó.

-Siéntate y te contaré algo. No has entendido mis palabras y debo explicártelas. He dicho que perdías el tiempo aquí y hablaba en serio. Verás por qué. El satori no es una meta hacia la que trabajar. El Zen es satisfactorio sin satori, porque es un medio que no precisa un fin. Lo mismo se puede decir de la vida. Nuestra meta no tiene una meta. Uno la vive.

Deberíamos meditar de esta misma forma. La meditación es un objetivo en sí misma. No es un proceso que conduce a algo más. Es vida. Pierdes tu tiempo al no darte cuenta de ello. Piensas sólo en el futuro y descuidas el presente. Peor aún, utilizas el presente para perseguir algo sobre lo que únicamente has leído y oído hablar. Piensas en el satori como un premio a obtener, y crees realmente que serás diferente si éste llega.

Por tanto, estás perdiendo el tiempo. Vuelve a tu casa y vive.

Esto es lo que quería decirte y así lo he hecho.

Si no estuvieras tan ciego, te habrías dado cuenta ú mismo. E incluso ahora, mientras hablo, estás esperando a que surja algún tipo de comprensión de estas palabras sin valor.

No has entendido nada.

El abrumado discípulo se retiró. Sin embargo, no volvió a su casa.

Se sentó en silencio con los demás.

Algunas noches meditaba en el jardín. Continuó.

No sabemos si alcanzó el satori.

En cualquier caso, no tiene importancia para esta historia.

 

 

Buda

La gran iluminación de Shakiamuni Buda fue simplemente darse cuenta de que el “universo –mi ego incluido- es uno y vacío”. Y cuando nos hacemos uno con la meditación, también nos hacemos uno con la verdad experimentada por todos los budas (los iluminados) pasados, presentes y futuros de la Humanidad. En esa experiencia se transciende la dualidad, fenómeno que experimentamos al despertar. Y el despertar llamado “iluminación” es eso: palpar de modo vibrante esa unidad vacía en una experiencia viva, que, por ser viva, tiene la propiedad de con-movernos.

 

ego

 

Cuando superamos la dualidad de los opuestos y, como ocurre en la historia de nuestro luchador, llegamos a ser uno con quien percibíamos como contrario o enemigo, se transciende la ceguera, se toca esa unidad. Y al tocarla, uno se libera de la esclavitud del odio al enemigo. Al tocar la unidad llega la liberación, todo se dispone y presenta a nuestros ojos con la real sencillez del Ser. Y los problemas se resuelven por sí mismos, sin el apremio de ser el primero y sin el temor de ser el último.

 

Por eso el personaje que nos hemos montado es una ficción que nos distrae de nuestro verdadero origen. Y por eso “quitar de en medio” al personaje, al pequeño yo, es parte de la meditación. El final del yo es la única meditación.

 

Esta experiencia no surge del saber discursivo científico, sino del despertar, precisamente cuando se ha hecho silencio sobre el ruido del ego. Esta experiencia no puede ser otorgada por maestro alguno, sino que, como le ocurrió, a O Nami, somos nosotros quienes hemos de descubrirla. Un maestro, como Hakuju, puede indudablemente ayudarte a despertar, pero al final, la luz de la iluminación solamente puede ser encendida en tu propio interior, desde ti mismo. De ahí la importancia del ejercicio. Y en el ejercicio del Za-Zen, puro vaciamiento de imágenes, de pensamientos, de sentimientos y de deseos, se dan las condiciones para que te dejes habitar por lo real, Y tú halles en ti mismo tu maestro. Considero que la siguiente historia facilitará la compresión de lo que venimos considerando:

 

 

Cuando un pez nada –decía el Maestro Dôgén- nada y continua nadando y no hay fin para el agua.
Cuando un pájaro vuela, vuela y continua volando y no hay fin para el cielo.
Nunca ha habido un pez que nadara fuera del agua o un pájaro
que volara fuera del cielo.

Cuando necesitan un poco de agua o de cielo, sólo usan un poco;
cuando necesitan mucho, usan mucho.
De ese modo, lo usan todo en todo momento.
Y en todo lugar gozan de libertad perfecta.

 

DÔGEN

El luchador de nuestra historia, revela el fondo de la humanidad en su lucha por ser “algo”. “Algo” que quiere manifestarse, que pugna, que interpela en expresarse, una Algo al que se opone todo lo establecido, todo lo fijado, todo lo objetivante: todas las ideas, que configuran eso que llamamos ego, el personaje, la subsistencia… Pero el ser humano solamente puede identificarse con ese Algo que le interpela si su conciencia objetivante se transforma totalmente, radicalmente, en una conciencia más amplia e interiorizada; un espacio de conciencia donde precisamente el ser humano, como el ser de las olas, se desprenda, esté libre, de todo lo que suponga un “algo”. Así lo vi yo en este poema.

 

Impertinencia

Igual que un centinela espera el alba,
sobre la hierba, frágil, temblorosa,
la gota de rocío, aguarda, quieta,
la caricia silente de la aurora. 

Y empieza a evaporarla el Gran Silencio
cayendo de hoja en hoja; y se disipa,
como lo hace un sueño pasajero
que busca enajenarse de sí mismo. 

Fragilidad acuosa entre las flores,
sutilidad del Ser temblando al viento
que entre mis versos se disuelve. 

Bajo el rayo de sol que la derrite,
la gota, exenta de agua, hoy se ha hecho luz;
danza del alba, luz, fuego y vacío…

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Gary Bendig

LA TRAMPA DEL “YO” y “MÍO”

La invención del «yo»

El lenguaje y la mente son, al parecer, algunos de los atributos que distinguen al ser humano de otros animales y seres vivos. Ambos, lenguaje y mente, mantienen un estrecho vínculo. Si alguien nos dice que es el lenguaje el que crea el mundo, puede sonarnos extraño y podríamos responderle que, evidentemente, primero existen los objetos y luego el lenguaje se construye para referirse a los objetos ya existentes. Pero esto no es en realidad tan evidente y observamos que también es a través del lenguaje que damos nombre a las distintas formas en las que se manifiesta la materia-energía y que a través del lenguaje otorgamos el sentido y las cualidades de dichos objetos. Si bien esto puede resultar confuso respecto a los objetos materiales, la cosa parece más clara cuando nos referimos a los conceptos de “yo” y “mío”.

¿A qué nos referimos exactamente cuando decimos “yo”?

El yo construido

Recuerdo que hace muchos años andaba pensando justo en esta pregunta y me decía a mí misma “si ahora perdiese una pierna o un brazo o le ocurriese algo a mi cuerpo, no dejaría de ser “yo”, por lo tanto yo no soy el cuerpo. ¿Y si a causa de un accidente me quedase en estado de coma?, en ese caso yo no sería consciente de mí misma pero las personas a mi alrededor me seguirían percibiendo como Montse, que es el nombre que ellos dan a lo que yo llamo “yo”… por tanto tampoco soy la mente”. En fin, pensando acerca de esto, me daba cuenta de que aquello que llamaba “yo” se apoyaba en última instancia en algo mucho más grande que no alcanzaba a comprender.

Confundidos con nuestra invención

En nuestro día a día, necesitamos recurrir al concepto de “yo” para podernos comunicar con “otros” (que no soy yo). El dolor y el sufrimiento surgen cuando olvidamos que hemos construido ese “yo” atribuyéndole diversas cualidades físicas, mentales, emocionales, espirituales, etc. y nos identificamos con todas esas cualidades y atributos, limitando el “yo” a “lo que hago”, “lo que sé”, “cómo soy”, “lo que tengo”, ignorando que el substrato que nos da vida es vasto e infinito.

Dice un texto del vedanta no-dualista (advaita vedänta):

“Confundiendo al individuo, que en realidad es pura conciencia libre y atándolo con las cuerdas del cuerpo, los sentidos y lo alientos vitales (los cinco präëas), la mente lo hace divagar continuamente identificándose con “yo” y “mío” y experimentando los resultados de de las propias acciones”. (Vivekacüòämani, 180)

La mente, arma de doble filo

La mente es un arma de doble filo. Por un lado, a través de la mente nos atamos y reducimos nuestro ser a un “yo” limitado. Nos identificamos con nuestro aspecto físico, con lo que consideramos virtudes o defectos, con lo que hacemos y el papel que ocupamos en la sociedad… En fin, nos identificamos con “nuestra personalidad”. Por otro lado la mente tiene la capacidad de liberarnos de esa esclavitud, de darse cuenta que expresiones como “yo soy guapa, fea, inteligente, estúpida, amable, antipática…” o “yo soy estudiante, profesora, madre, padre, doctora …” son sólo expresiones del lenguaje para comunicarse, pero no limitan nuestro ser.

La trampa

La trampa de “yo” y “mío” está en que nos los creemos. Es como si nos pusiésemos un disfraz y olvidando que vamos disfrazados creyésemos que somos ese personaje. El problema no estaría en el disfraz en sí, sino en el hecho de haber olvidado que vamos disfrazados. De igual modo, cuando digo, por ejemplo, “soy profesora”, el problema no está en el uso que hago del lenguaje ni en el hecho de desempeñar ese rol en la sociedad, sino en creer que lo que soy se limita a eso y olvidar la Vida, el ser infinito y libre que hace posible todas esas formas.

La trampa del “mío” sigue a la del “yo”, casi simultáneamente porque aquello que creo que me pertenece, lo hace en referencia a un “yo” con el que me identifico. Cuando digo “este libro es mío” ¿de quién es? ¿a quién o o qué me refiero con mío? De nuevo el problema no está en el uso de unos límites y un orden para la convivencia, sino en que nos identificamos con aquello que poseemos, de modo que cuando dejamos de poseerlo creemos ser infelices o llevado al extremos somos capaces incluso de matar para protegerlo.

Creemos poseer objetos, cualidades, defectos, animales, plantas, territorios, e incluso otras personas y a menudo acabamos por reducir nuestra identidad a lo que poseemos, de modo que cuando dejamos de poseerlo parece que nuestra vida se derrumba. Pasamos muy fácilmente del “tengo la capacidad de ser agradable con la gente” al “soy muy amable” o del “tengo pareja” al “sin ti me falta el aire, sin ti yo muero, no puedo estar sin ti, etc.” que rezan tantas canciones de amor romántico.

Liberarnos de la trampa del yo y mío

Dejar de reducir nuestra identidad al yo limitado, identificado con el cuerpo y la personalidad, y a lo que este “yo” posee, nos conecta con la libertad que somos en esencia, nos libera de la esclavitud, el peso y el sufrimiento que nos causa creer que somos todo lo que creemos que somos: gordo, flaco, alto, bajo, inteligente, estúpido, amable, celoso, egoísta, altruista, empático, agradable, desagradable, inútil, magnífico, mejor, peor, soltero, casado, abogado, doctor, terapeuta, camarero, comerciante, estudiante, parado, etc. Es para volverse loco ¿verdad?

“Una característica del ser liberado que sigue en vida, es la ausencia del sentido de “yo” y “mío” en este cuerpo, aunque permanece en él como una sombra.” (Vivekacüòämani, 432)

La persona liberada se sabe en esencia infinita. Se ha liberado de las cadenas de la identificación asociadas al cuerpo y sus características, alimentadas por el sentido de “yo” y “mío”. El cuerpo y todo lo que se asocia a él es sólo como una sombra. Aunque posee mente, está libre de sus ataduras. Sabe que bajo toda esta danza de formas, colores, nombres, juicios… hay una misma luz que brilla en todos los seres.

¿Cómo desenmascarar la identificación?

Te propongo una pequeña práctica que consiste en que cuando te descubras con construcciones del tipo “soy amigo de, primo de, vecino de…”, “soy estúpido, soy un crack, soy lo peor, soy el mejor…”, “soy psicólogo, terapeuta, profesor, nutricionista,  monitor, practicante…” te permitas sentir por un instante de dónde emerge esa identificación, sobre qué base se sostiene. Y es importante que te permitas simplemente sentir, que no pensar, las sensaciones que se manifiestan a través del cuerpo al dejar resonar estas afirmaciones.

Lo mismo puedes hacer con construcciones como “esto es mío, me pertenece, mi hijo, mi amiga, mi pareja, mi profesor, mi ropa, mi aspecto…” Luego, si tienes un momento tranquilo, puedes pararte a pensar ¿qué es eso que llamo “yo”? ¿soy mi cuerpo? ¿soy mi personalidad? Investiga qué capas te parecen prescindibles o detectas que son variables. ¿Qué hay de común entre tu “yo” de ahora y el de hace quince años?¿Qué ha cambiado y qué permanece exactamente igual? ¿Qué es permanente y qué pasajero?