Sentimos lo que pensamos: bofetadas electroquímicas, limones ácidos y emoticonos

El cerebro y la neurociencia han vendido millones de libros e incluso se han entrometido con descaro en conversaciones de cafetería. Ya no sólo nos interesa a los científicos; los presentadores de los telediarios y la gente normal se animan a hablar de redes neuronales que se activan y desactivan, de brazos robóticos controlados por la mente, de hormonas, neuropéptidos, emociones, pensamientos, de amor o de Alzheimer. El cerebro está de moda y nuestra sociedad se está convirtiendo en neurocentrista. Nos sobran los motivos para tirar del hilo que asoma (en realidad en este caso vamos a tirar de la neurona que asoma), y vamos a hacerlo sin miedo para ver hasta donde nos lleva. Are you ready?

 

Neuronas en un universo con forma de coliflor

Nuestro cerebro está repleto de células que denominamos neuronas, las cuales están conectadas unas con otras formando largas redes por todo el cuerpo, capaces de conducir mensajes en forma electroquímica. Es como una enorme red de carreteras microscópicas, con sus tramos de autopistas, autovías, carreteras nacionales y vías urbanas. Si conducimos nuestro automóvil por este universo con forma de coliflor… ¿Nos resultará más fácil desplazarnos en una ciudad repleta de posibilidades y conexiones o en un desierto que apenas cuenta con carreteras? Evidentemente nos será más cómodo desplazarnos si disponemos de gran cantidad de conexiones. Esta idea es extrapolable al cerebro humano.

 

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Diferentes redes neuronales se activan cuando tomamos un café, vemos por la tele al presentador del telediario o escuchamos música. Al conducir mensajes electroquímicos, aumenta el consumo de oxígeno y nutrientes por parte de las neuronas que transmiten la información, de la misma forma que un coche que circula por una carretera consume gasolina. Si esto ocurre, algo que podemos ver mediante pruebas de neuroimagen, entonces decimos que están activas. Ahora bien, las neuronas no se encuentran encerradas en el cráneo, sino que el cerebro se desparrama por todo el organismo hasta llegar a las puntas de los pies. A todo el conjunto de neuronas desperdigadas por nuestro cuerpo lo llamamos sistema nervioso.

 

Acerca de cómo se activan las neuronas: bofetadas o limones

Observando el cerebro con dispositivos de imagen médica en diferentes situaciones, hemos aprendido que nuestras neuronas se pueden activar de dos formas: recibiendo información del exterior por medio de los sensores corporales o mediante un pensamiento. También podríamos hacer el famoso experimento de Galvani, tan desgastado por los laboratorio en las High School de las películas americanas, donde los alumnos hacen bailar las ancas de rana inyectando electricidad con un generador en el sistema nervioso del animal. Lo que ocurre es que los grupos musculares del anfibio (o lo que queda de él) confunden las señales eléctricas del generador con las que habitualmente envía el cerebro para decir: “¡adelante!”.

Centrémonos en primer lugar en cómo se activan las neuronas al recibir información del exterior. Por si sólo, nuestro cerebro lo tiene realmente crudo: es ciego, sordo y mudo (aunque no “torpe, traste o testarudo”). Él únicamente puede manejar señales eléctricas por lo que no se entera de nada de lo que ocurre a nuestro alrededor. Puede estar lloviendo a cántaros o tocando una banda de mariachis a escasos metros, que él ni siente ni padece. Necesita de “algo” que le cuente qué está pasando ahí fuera, es decir, que traduzca esas señales físicas ambientales a un lenguaje bioeléctrico que él pueda entender. Ese “algo”, esos traductores, son los sentidos.

Veamos que ocurre cuando nos dan una bofetada. La mano de alguien, al que seguramente no le caemos muy bien, nos golpea la mejilla y hace tambalear nuestras células (nocirreceptores). El dolor que sentimos es proporcional a la presión ejercida por la mano sobre nuestra mejilla, y describir lo que ha ocurrido, de la forma más fielmente posible, es en definitiva la tarea del tacto (a no ser que tengamos un trastorno genético como la analgesia congénita que nos impida sentir dolor). Así que el tacto está atento a la contracción mecánica de los tejidos de la mejilla para generar una señal eléctrica que viaje al cerebro con la información tanto de la presión (se ha pasado tres pueblos) como de la localización (en la mejilla derecha). Lo que acabamos de explicar a poca gente le impresiona, algún que otro cachete nos hemos llevado, aunque algunas personas se incomodan al descubrir que el dolor no se siente realmente en la mejilla sino en el cerebro.

La segunda forma de generar actividad neuronal, aunque la usamos miles de veces al día, todavía sorprende a más de uno: el pensamiento. Pensamos en un limonero, en sus verdes hojas y sus frutos amarillos. Nos acercamos a él y elegimos un limón. Buscamos el más rugoso, el más ácido, y comenzamos a girarlo sobre sí mismo hasta desprenderlo del árbol mientras nos invade un olor a campo. Cortamos con un cuchillo el limón por la mitad y nos llevamos lentamente a la boca, para apretarlo y sentir como derrama su ácido jugo sobre nuestro paladar. Tiene el balance perfecto entre acidez y dulzura. Automáticamente nos ponemos a salivar. ¡Y ni siquiera hemos visto el limón! La neurociencia lleva décadas gritando a los cuatro vientos que pensar es algo así como una “bofetada electroquímica”. Lo que acabamos de experimentar es que un pensamiento u acción (para el cerebro son muy similares) lleva asociado una firma fisiológica única que es el resultado de una actividad neuronal, endocrina y bioquímica.

 

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Sentir lo que pensamos

El cerebro es un bigotudo pintor realista. Entre sus herramientas de trabajo encontramos unos tubos de pintura, los pigmentos o colores, el caballete y el lienzo. Los inagotables tubos representan a las glándulas (un conjunto de células que fabrican sustancias químicas) y su contenido, los pigmentos o colores, a las diferentes hormonas (la sustancia química que fabrican las glándulas). El caballete sería el sistema circulatorio, mientras que el lienzo simboliza al torrente sanguíneo. Con todo este material de primera, un buen pintor puede ponerse manos a la obra para trabajar la mezcla de colores hasta obtener el tono perfecto que retrate lo más fielmente posible la realidad. De forma análoga, el cerebro secreta mediante diferentes glándulas la cantidad exacta de hormonas o neurotransmisores con el fin de generar una composición química que represente lo más fiel posible a la señal eléctrica enviada por el sistema nervioso. ¿Y para qué sirve todo esto?

 

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El torrente sanguíneo es el medio perfecto para repartir estos mensajeros químicos (las hormonas) por todo el organismo, y llegar así a cada una de las células. Es interesante darse cuenta de que si los mensajes hubiesen mantenido su forma eléctrica, la gran mayoría de las células ni se hubieran enterado. Al igual que el cerebro sólo entiende los impulsos eléctricos, a las células les encantan los químicos. El objetivo es que estos mensajes alcancen a toda las células del organismo, por lo que adoptar una apariencia química es lo más conveniente. En realidad, si reflexionamos fugazmente, todo este tinglado está bastante bien montado. Las señales eléctricas viajan por las neuronas a una velocidad superior a 400 kilómetros por hora (más que un Ferrari de fórmula uno), mientras que un señal química está limitada a la velocidad del flujo sanguíneo (unos 0,036 kilómetros por hora). Una vez la hormona mensajera se encuentra repartida por todo el organismo lo más rápidamente posible, debemos saber que cada tipo de célula tiene unos receptores específicos, lo que significa que sólo reaccionarán ante un tipo de hormonas concretas y no ante cualquiera. Así comienza un baile de hormonas y células, una cascada de cambios químicos en el organismo los cuales solemos llamar emociones.

A fin de cuentas, o una bofetada hace tambalear nuestros nocirreceptores de la mejilla para generar una señal eléctrica y activar nuestras redes neuronales, o bien estas redes se activan a través de un pensamiento. Ambos caminos terminan invitando a bailar a nuestras células con la ayuda de hormonas mensajeras dando como resultado reacciones químicas a las que llamamos emociones. En el día a día de una persona que vive en una sociedad occidental, la cual permanece de 8 a 10 horas sentada en una silla frente a un ordenador (y el resto casi con el móvil), nos pasamos la mayor parte del día dándole al “coco”. Cada vez que le damos al “coco” se activan unas redes neuronales concretas debido a aquello que pensamos, y se inicia un proceso que imprime en el organismo la emoción correspondiente.

 

Emoticonos: generando el modelo de realidad

La ciencia habla de las cosas que ocurren en nuestra vida utilizando representaciones de la realidad o modelos. Cada modelo se aproxima más o menos a lo que ocurre, y es ahí donde hablamos de “precisión”. Por ejemplo, Newton utilizó un modelo para hablar de la gravedad, que consistía en relacionar la fuerza, la masa y la aceleración. Luego vino Einstein, con su relatividad, e ideó un modelo más preciso que el de Newton (a la par que más complejo). ¿Eso quiere decir que el modelo que el científico empleó para explicar la caída de la manzana era erróneo? No, simplemente su modelo no era tan preciso. De hecho, si todo va bien, no es de extrañar que consigamos un modelo para la gravedad más preciso que el de Einstein en años venideros.

Volvamos a mirar dentro de nuestro cerebro con esta idea de “modelo” bajo la manga. Hemos descubierto a un bigotudo pintor realista que habita dentro del cráneo obsesionado por retratar en la sangre aquello que pensamos mediante cambios bioquímicos (nuestras queridas emociones). ¿Y para qué todo esto? ¿Qué mosca le ha picado al cerebro con convertir nuestros pensamientos en emociones? La respuesta es simple: el cerebro es un generador automático de modelos.

 

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Imaginemos una cinta automática de supermercado que transporta aquello que captan nuestros sentidos. En ella encontramos un mejunje de receptores externos (informándonos de aquello que vemos, oímos, saboreamos, olemos o sentimos), pero también internos. Estos sensores internos menos conocidos dan parte al cerebro de los cambios químicos o térmicos del medio donde chapotean nuestras células (el medio interno) y, por lo tanto, nos informan de nuestras emociones. Totum revolutum, la cajera de supermercado (ahora el cerebro es una empleada de supermercado y la cinta transportadora el sistema nervioso) va codificando con el lector infrarrojo cada información proveniente de estos receptores. Con todo esto, el cerebro genera un modelo de la realidad que es lo que cada uno percibimos en nuestro día a día.

Al revisar el ticket de compra nos daremos cuenta en seguida de que hemos pasado por alto alguno de los artículos que conforman nuestra realidad: entre ellos encontramos la memoria. Aunque hablaremos de ello en su momento, es tan importante para nosotros que debemos tener presente que el cerebro genera el modelo de realidad utilizando la memoria (nuestra experiencia) como un sentido más. Ahora si. Esta reconstrucción cerebral de la realidad, este modelo, es a lo que nosotros llamamos David, María o Francisco: un espacio donde podemos sentir las emociones (los cambios bioquímicos) que generan nuestros pensamientos, las bofetadas, y que nos convierten en emoticonos andantes.

 

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Cómo aplicar la ciencia a nuestro día a día 

Nos den una bofetada o pensemos en un limón ácido, esa actividad neuronal irá a parar al torrente sanguíneo para generar un cambio químico al que llamaremos emoción. Luego nuestro cerebro reconstruirá un modelo de realidad (con ayuda de la memoria) para que, en definitiva, sintamos. Esto quiere decir, sin tapujos, que el hecho de que nos suden las manos, se apelotonen los latidos de nuestro corazón, se agite la respiración o que la tensión arterial esté por las nubes, la mayor parte del tiempo no ocurre debido a la situación que estamos viviendo, sino por lo que pensamos acerca de ella.

Nos pasamos la vida exprimiendo limones imaginarios. Al estudiar el organismo, la ciencia nos está queriendo decir que aquello que sentimos, en la mayor parte de ocasiones, proviene de lo que estamos pensando. Ahora bien, siempre que sea posible, no tiene sentido adoptar una postura de «lo que diga la ciencia va a misa» cuando disponemos de un organismo para poder experimentarlo de primera manto. Esta es una invitación formal a hacerlo. Enseguida os daréis cuenta de que existen multitud de ejemplos. Una madre teme que a su hijo le haya pasado algo y comienza a agitarse, sudar o temblar debido a que siente los efectos de pensar “mi hijo ha sufrido un accidente”. Un hombre que cree que su mujer le ha sido infiel porque no se encuentra en casa (cuando en realidad ha ido a comprarle un regalo por un aniversario de pareja que él ni recordaba), siente tensión fruto del pensamiento “ya sabía yo que tenía a otro”. Un viajero que teme volar en avión se siente angustiado o nervioso porque piensa “voy a sufrir un accidente de avión”.

En cualquier caso, nadie ha sufrido un accidente, nadie se ha acostado con nadie o ningún avión ha realizado un aterrizaje de emergencia. Somos emoticonos que, a lo sumo, hemos ido a un limonero imaginario, el más ácido del lugar, hemos seleccionado un limón tocando la porosidad de su piel mientras respirábamos el aroma a campo. Lo hemos partido mientras su jugo recorre nuestras manos, hemos levantado el limón nuevamente y exprimido el jugo del cítrico en nuestra boca.  Ummm… ácido, muy ácido… ¡Buen provecho!

 

Viento en popa a toda vela

Como primera aproximación al mundo que os he presentado hoy, donde la ciencia es nuestra maestra, no está nada mal: nos vamos con un sorprendente “sentimos lo que pensamos”. Ahora bien, son muchas las preguntas que han saltado a la palestra a lo largo de mis investigaciones y, aunque hoy las dejemos volar libremente por los aires, os hablaré de ellas en breve. ¿Por qué a veces sentimos emociones y no encontramos ni rastro del pensamiento generador? ¿Cómo componemos la realidad? ¿Qué pasa con los genes? ¿Existe alguna relación entre la autorregulación corporal y las emociones? ¿Qué papel juegan en el organismo, en las emociones o en aquello que sentimos los microbios? ¿Es el amor una sensación? ¿Necesitamos realmente proyectar un futuro? ¿Donde queda el pasado y la memoria? ¿Qué es el miedo? ¿Qué es la honestidad y para qué sirve? ¿Puede un ser humano vivir con un 5% de su masa cerebral? ¿Por qué enfermamos?

Lazos invisibles: apego, conexión e intimidad

«Ha pasado mucho tiempo desde la última discusión. Al entrar por la puerta de la cafetería, se me hiela el cuerpo; por un segundo mientras busco con la mirada entre las mesas, me doy cuenta que lo que llevo en el cuerpo no son nervios, es miedo. No he parado de pensar en ello, en cómo sería este reencuentro, cómo va a reaccionar, cómo voy a reaccionar yo…
Al verme, abre mucho los ojos, se levanta de golpe, y una sonrisa le ilumina la cara. Me abraza; no recuerdo que me haya abrazado así antes.  Iba a decir algo, el corazón y el estómago me atenazan, me dejan sin palabras. Me dejo llevar, me dejo estar; me derrito por dentro. No recuerdo haber abrazado así antes. Mi mano, al separarnos, le acaricia su cara; siento cómo se estremece en mi palma, rehuye mi mirada: sus ojos están húmedos, y los míos se empapan como el reflejo de un espejo… me ha echado de menos, y yo también. Mucho. Lo se ahora.
Siento su entusiasmo en mi pecho a pesar del abatimiento pasado. Pasado que se relativiza a los pocos minutos: la complicidad de las miradas, anticiparnos a lo que dice el otro, la risa… me invade una gran alegría… Conectados de nuevo.»

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Con los abrazos se finaliza el frío de la desconexión

 

Desconectarnos nos apaga. De alguna forma, en los vínculos más importantes (las relaciones con nuestras figuras de apego), estamos conectados como un circuito eléctrico: captamos que la conexión está abierta o cerrada si sentimos el flujo de la corriente. No es algo que podamos poner fácilmente en palabras ni pensar racionalmente qué es; simplemente lo sentimos. Somos permeables a esa corriente emocional mutua, somos capaces de leer automáticamente en los gestos posturales, las expresiones de la cara, el tono y ritmo de la voz, más allá de las frases y palabras, y saber que “algo” ocurre. Por dentro de nuestro cuerpo las emociones funcionan como un medidor de corriente; o una brújula, que señala la dirección en una geografía llamada relación.

Existen deseos de hallar respuesta emocional del Otro de forma que permita completar ese circuito de intercambio afectivo. Siguiendo la viñeta del comienzo, los gestos de ternura, el placer en el reencuentro, la complicidad en las miradas, la alegría por la alegría del otro; u otros ejemplos como el abatimiento mutuo por la tristeza, el encuentro sexual pleno… hasta el chiste malo que encuentra la risa del oyente, sólo pueden ser posibles si ambos comparten un mismo estado afectivo. Algunos de nuestros estados emocionales sólo existen en la intersubjetividad, en el espacio psicológico compartido que emerge entre dos individuos en relación. La necesidad de intimidad, de que haya un estado emocional compartido es diferente de la empatía, ya que ésta no requiere que la persona con la que nos comunicamos experimente de la misma forma un sentimiento.

Raíces de la conexión emocional: la relación de apego temprana

Veintitrés centímetros es una distancia mágica para un recién nacido.

Veintitrés son los centímetros promedio del campo visual durante nuestras primeras semanas de vida: es la longitud que separa nuestros ojos y la cara de nuestra madre cuando estamos en su pecho nada más nacer… Los bebés recién nacidos son capaces de fijar la mirada y reaccionar ante las interacciones de los adultos (por ejemplo con reflejos como la sonrisa), reconocen y responden a las caras humanas antes que cualquier otro estímulo. Curiosamente, el desarrollo de las áreas perceptivas visuales es posible gracias a las interacciones interpersonales, ofreciendo la estimulación necesaria. Éste es sólo un ejemplo de los muchos aspectos del cerebro que la investigación científica evidencia que el bebé está programado para ser social, no se vuelve social por aprendizaje o la adaptación al entorno. Nace inscrito en una matriz de interacciones que permite que su cerebro pueda desarrollarse y madurar, el cual viene ya equipado con una amplia gama de recursos que permiten interactuar nada más nacer, especialmente con la mamá. El sistema nervioso se organiza y madura gracias a la regulación emocional mutua y a la interacción sintónica que las relaciones de apego tempranas ofrecen.

Veamos qué ocurre cuando se rompe esa interacción.

VIDEO (activa los subtítulos y selecciona el castellano en «configuración» sí lo deseas): Ilustra el experimento de la cara inexpresiva (still face) del psicólogo evolutivo Edward Tronick. Demostró la importancia de la comunicación bidireccional afectiva y su influencia. La falta de comunicación, impulsa al bebé a buscar una respuesta, cambiando de estado de ánimo a otro hasta el llanto. Evidencia la aptitud de los bebés para conectarse emocionalmente y la importancia del papel parental en la estimulación, regulación y transmisión emocional.

Siempre me ha impresionado la mirada del minuto 1.07: el bebé capta increíblemente rápido que algo pasa. La niña despliega todas las estrategias de las que dispone: le manda la más linda y seductora de las sonrisas, señala con el dedo para atraer su atención, hace cambios posturales y gestos, grita ensordecedoramente (¡vuelve mami!)… no soporta su mirada inerte, siente angustia. La desconexión emocional le aniquila. No tiene capacidad de cuidarse, de darse calor, de alimentarse, de valerse por sí misma: sin un Otro, estaría en un aislamiento letal. Imagina flotar a la deriva en el espacio exterior, estar solo significa aniquilación… y el bebé lo vive en el cuerpo.

Nuestro Yo más básico, nuestro Self, emerge en la relación de apego temprana. El bebé es sensible a las “desconexiones” del adulto hacia él. Los cambios de tono y ritmo, las expresiones faciales, matices en los gestos y respiración, movimientos bruscos, miradas, el bebé no puede comprender palabras pero capta la corriente emocional. Esa es nuestra herencia biológica. Nuestro cerebro emocional (concretamente el sistema límbico del hemisferio derecho) está a pleno rendimiento desde el nacimiento (de hecho, desde el útero). De la misma forma que aprender a montar en bicicleta es algo que no «se conoce», simplemente es algo que «se hace» y no se olvida, en un contexto relacional ocurre lo mismo. Existe una memoria (memoria implícita o procedimental) cuyo contenido empieza a estar disponible desde antes del parto y está formado por respuestas emocionales y patrones procedimentales de “estar con alguien”, de formas de mantener dicha conexión, que no pueden transmitirse con palabras. Este conocimiento sobre las relaciones se expresa en la forma en que nos comportamos y sentimos, los modos y roles desde los que nos relacionamos, y también en lo que esperamos de los demás1. La memoria que nos permite poner en palabras e imágenes nuestra experiencia (memoria explícita o declarativa) se desarrolla en el hemisferio izquierdo, pero eso no ocurre hasta los 3 años aproximadamente (por eso no tenemos recuerdos de esas edades).

W. R. D. Fairbairn (1889-1964)2  fue un psicoanalista escocés que en su trabajo con niños maltratados, observó que a pesar de todo el daño y las secuelas, seguían necesitando de esas figuras significativas, desarrollando distintas defensas psicológicas para que pudiera ser posible. Para Fairbairn el motivo básico de la experiencia humana (en contraposición a Freud) sería la búsqueda y conservación de un vínculo emocional fuerte con otra persona, independientemente de que éste sea dañino. Si las personas que tienen a su cargo ofrecen una relación con experiencias de determinada cualidad emocional, sean placenteras o dolorosas, el niño metabolizará esa forma de contacto: lo fundamental es estar conectado, no el bienestar. La patología de la conexión en el adulto proviene de estrategias que aplacan las consecuencias de las fallas o traumas en los vínculos de apego de la infancia. Ser incapaz de sentir o comprender lo que siente otra persona, ser incapaz de necesitar o sentirse cómodo en la intimidad, o por el contrario, el ansia por tenerla, ser una antena parabólica emocional que alerta de cualquier amenaza para el vínculo, son distintos polos de una misma dimensión. La psicopatía o el narcisismo patológico es un extremo de esta desconexión; la patología borderline y la desregulación emocional severa serían ejemplos del reverso de la moneda.

 

Deseo de intimidad

Si hay una característica que nos distingue como especie es nuestra poderosa motivación de vinculación. Cualquier motivación impulsa a satisfacer una necesidad o deseo interno, para equilibrar el estado interno hacia un bienestar, reduciendo el malestar y la perturbación. Existe un área motivacional entre la intersubjetividad y el apego, que nos empuja a necesitar sentir, que el Otro se halla en el mismo espacio psicológico y emocional, sintiendo alegría en ese encuentro. Y con una angustia propia, la vivencia del desencuentro, de una soledad que duele, de frío paralizante, de vacío… a veces aún estando presente físicamente con nosotros.

El sentimiento de no estar en el mismo espacio mental es distinto de la soledad producido por la ausencia de la figura de apego, ya que se sufre independientemente que haya presencia física: lo central  es que se encuentra en otro lugar «psicológico». Imagina a alguien que está pasando una grave crisis en pareja, tras una desencuentro por algo cotidiano e insustancial, va emergiendo una fuerte discusión que arrastra otros asuntos conflictivos; pasada la discusión y el enfado llega al tristeza de sentirse “desconectado”. Al acostarse en la cama se siente profundamente solo, siente que a su lado hay alguien que «no está», sus emociones ya no le alcanzan. Frases como: «siento que no te reconozco»,»no nos entendemos» son intentos de llevar a palabras esa percepción. El malestar proviene de no existir como se desea en la mente del Otro, sus sentimientos o pensamientos no alcanzan a su compañero y no provocan la resonancia que permite la la vivencia de estar juntos, de intimidad. A veces el malestar es tal, que se prefiere romper con todo, no ver más a esa persona, que no siga el dolor del desencuentro emocional por su presencia. La rabia y el odio pueden ponerse al servicio de destruir ese anhelo de intimidad, raíz del sufrimiento.

Recuerda a la niña del vídeo. Desde la más temprana infancia hasta el final de nuestra vida jamás dejamos de necesitar a un “Otro” (en la realidad o en nuestros pensamientos) que afirme y valide nuestras emociones, pensamientos o sentimientos. Como un espejo en el que nos podemos mirar, el placer que nos da la intimidad es esa revalidación. En cierta forma, en que valide nuestra existencia. Cuando descubrimos, dolorosamente, que el estado emocional, los intereses o deseos de nuestras figuras de apego son muy diferentes, el deseo de reencuentro mental se convierte en un imperativo psicológico. Nos impulsa a reconquistar ese calor psicológico y emocional que hay en el vínculo. Necesitamos tener a nuestros seres amados en un mismo espacio psicológico.

Existen tantas maneras de encontrar la intimidad como historias particulares con esa persona. Generalmente una forma sencilla de reconectar los lazos, es compartir una actividad que implique una interacción cercana. Por ejemplo, ayudar a un familiar en una tarea, planificar y compartir un evento con un amigo, escaparse de viaje con la pareja, etc. El bienestar viene de ese «estar juntos», no tanto en la actividad: el placer de una tarde de cine o de «peli-y-manta» reside en el visionado compartido, no tanto en la película en sí. Otra manera es compartir el mismo estado emocional, como cuando escuchamos un triste acontecimiento y nos contagia, brindando nuestro apoyo, o cuando compartimos y festejamos una buena noticia. En pareja, como veremos a continuación, existe el área de la sexualidad y la sensualidad, una vía privilegiada de conexión: hay quien necesita el contacto sexual directo, hay a quien le basta el roce delicado, hay quien necesita sentir el cuerpo del compañero, o hay quien especialmente necesita sentir que es mutuo y que el propio cuerpo es deseado por el Otro… Distintos caminos que conectan dentro de la sexualidad.

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Sexualidad, intimidad y apego

La intimidad desde una visión relacional e intersubjetiva del psicoanálisis, es un tipo de deseo muy específico y afectivo del ser humano, que crea un espacio de encuentro psico-emocional. Cuando los lazos invisibles se conectan creando una cálido puente donde reverberan las emociones, cuando se da la conexión afectiva de un cerebro a otro, se intensifica la necesidad de cercanía y de mantener vivo el espacio compartido. La intimidad es un poderoso motivo que nos lleva a mantener nuestras relaciones de apego.

Siempre y cuando no hayan existido perturbaciones que incapaciten percibir estados emocionales y mentales propios y ajenos, uno se siente profundamente aceptado al ser acogido en su totalidad corporal y psicológica, y al mismo tiempo, recoge el goce, el deseo y el agradecimiento del otro. Un encuentro de placer sensorial, ternura y acogimiento que reverbera mutuamente. La sensualidad pone énfasis en la dimensión intersubjetiva de la sexualidad.

Sentir la cercanía de otro ser en un mundo que crea abismos entre nosotros, nos devuelve la esencia como seres relacionales, sin muros levantados entre medias. Muros de miedo, de temores, de juicios, de culpa, de vergüenza. El mutuo acceso sexual de seres independientes, que no están totalmente al alcance del otro por fronteras físicas y psicológicas, es una vía privilegiada de satisfacción de los deseos de intimidad. Es un escenario intersubjetivo que nos enlaza profundamente y nos impulsa a seguir cuidando dicha relación. La efervescencia de emociones y sensaciones a múltiples niveles lleva algunas veces a formas de éxtasis, especialmente cuando ambos son capaces de dejarse llevar y sentir en sintonía; encuentro que posibilita que dos personas que se aman puedan hallar estados fusionales, de un sentimiento oceánico. En cierta forma, una vuelta a un estado vivido en el origen de la vida.

Fuentes:

 

Referencias bibliográficas: