Estar sin estar. Una reivindicación de la presencia

 

¿Alguna vez te has planteado cuántas veces al cabo del día estás deseando estar en otro lugar o hacer algo diferente a lo que está sucediendo en ese momento? ¿O tu cuerpo se encuentra inquieto, o te estás comiendo las uñas, o te cuesta mantener la mirada, o se te entrecorta o paraliza la respiración como si esta temiera explayarse y acoplarse a ese instante? ¿O cuántas veces te gustaría no sentir las emociones o sensaciones que tu cuerpo siente, o sentir aquello que anhelas pero que no sucede en ese momento? Vamos, que es como un “estar sin estar”, como estar de cuerpo presente pero de mente ausente, como huyendo de lo que la vida está ofreciendo en ese preciso instante. Es como huir de estar presente en el único momento que realmente existe: este.

 

¿Por qué huimos?

Acompañar a otros es un camino de conciencia. A veces es difícil ver en uno mismo muchas cosas que, a través del espejo que nos hacen los demás, de repente toman una nueva dimensión en uno. Los años que llevo acompañando a otros me han hecho replantear mi propia experiencia de vida en cada instante, me han permitido tomar perspectiva y plantearme acerca del origen de cómo vivo lo que me sucede, de cómo aprendemos a vivir aquello que nos va aconteciendo. Y al hacerme esta pregunta, siempre recurro a los más pequeños, a los bebés, mis maestros.

Un bebé sencillamente siente, y lo expresa, tal cual. Puede ser alegría, miedo, tristeza, cansancio, desasosiego, hambre, sueño … Seguramente, la labor más difícil que puede hacer un adulto es aprender a acoger todo lo que se mueve en su interior ante lo que el bebé manifiesta, para así poder sostener a este sin negarlo, sin reprimirlo. Por desgracia, creo que esto es una utopía en la mayor parte de casos, pues pocos madres y padres se plantean esta cuestión, al seguir prevaleciendo en casi todas las sociedades la idea de la educación como una serie de pautas y normas que permitan modelar al niño sin mirar más allá de lo que este necesita verdaderamente. Y así ese niño se irá perdiendo a sí mismo, ante la presión de adaptarse a un entorno, y sobre todo, ante la gran necesidad de sentirse querido, aunque sea a costa de sí mismo. Y ya está cerrado el círculo vicioso. Este niño se convertirá en un adulto desconectado de lo que siente, juzgará o anulará al niño que fue, quizá opte por anestesiarse a través del trabajo, del reconocimiento social, de relaciones afectivas poco auténticas, o incluso a través de adicciones, ya sea a sustancias, sexo, redes sociales o aquello que cada época ponga a tiro como catalizador de esa insatisfacción existencial.

 

 

Y cuando este adulto sea m/padre, repetirá lo mismo con sus hijos, incluso enorgulleciéndose a veces de que es lo mejor, que la vida es así, en una cadena que se perpetúa. A no ser que crisis vitales, entre la que podemos incluir la propia m/paternidad, abran una rendija de luz que permita a ese adulto cambiar la mirada y replantear su forma de interpretar y relacionarse con el mundo y, sobre todo, consigo mismo.

Seguramente hemos aprendido a huir, a no estar presentes, porque quizá nunca sentimos de niños la presencia auténtica de ese adulto que nos cuidaba validando lo que sentíamos, sosteniéndonos sin juzgarnos; quizá sentimos un profundo desamparo, que ahora nos hace querer evitar cualquier acercamiento a esas sensaciones muy físicas, quizá de miedo o desconfianza, que disparan pensamientos de desear otro escenario, otro momento, pasado o futuro, quizá una situación ideal que nos impulsa a huir hacia adelante, todo ello para evitar pararnos y sencillamente estar, sin más, en cuerpo y alma.

 

¿Y qué significa sentir?

Mi mente racional (con todos sus pensamientos, creencias, ideas) es muy cuca. Se cree que soy yo. Y por supuesto, caigo en la trampa. Mi mente racional se formó a partir de mis experiencias infantiles y, por tanto, si me he sentido poco visto o escuchado respecto a mis emociones, a lo que sentía, seguramente como adulto me siento bastante incómodo y perdido cuando se me activan emociones habitualmente desagradables (enfado, tristeza, asco o rechazo, vergüenza, etc) y mis pensamientos afloran en tropel generando un malestar y sufrimiento, generalmente con ansiedad, que me incitan a desear no sentir lo que estoy sintiendo. Es un bucle de malestar que busca la huida.

Pero, ¿qué debería hacer en ese momento? Quizá todo consista en algo sumamente difícil cuando no hemos sido sostenidos emocionalmente de niños, que es pararse, sentir físicamente toda esa ola inmensa de energía que se mueve en nuestro cuerpo y que arrastra una cola de pensamientos a cual más agobiante que el otro, y sencillamente observar esas ideas sin identificarse con ellas, como si fueran nubes que pasan ante nosotros mientras seguimos sintiendo el seísmo físico y emocional hasta su descarga final, sin juzgarlo, sin interpretarlo en ese momento. Dejando que llegue la calma tras la tempestad. Y ahí, en esa calma, si nos lo permitimos, seguramente llegue el momento de interpretar con perspectiva lo sucedido, de aprender de lo que se ha movido interiormente, de integrar la experiencia. Todo ello requiere una cierta distancia de la historia que nos contamos y creemos de nosotros mismos, de nuestra propia identidad, como si fuéramos “algo” que siente y observa, más allá de mi propio yo.

 

 

Cuando te vas acostumbrando a vivir así cada momento, surge la magia. Sin buscarlo, comienza a surgir un sentimiento de rendición ante el mundo, de poder prescindir de mi propia visión de la realidad, de no tener que defender ni sostener creencias u opiniones, de abrirse a la ignorancia de la mente racional para conectar con la sabiduría de la intuición. En resumen, puede surgir un profundo sentimiento de confianza en la vida, sin necesidad de controlarla, porque realmente, el control implica la necesidad de predecir el futuro porque no confiamos en el presente.

 

Lo que nos aleja de la presencia

La forma más auténtica de estar presente quizá sea la interacción con otro ser humano. Parece que aprendemos a estar con nosotros mismos porque otro ser humano más experimentado nos ha sostenido en ese proceso de reconocernos y acoger lo que sentimos. Sin embargo, en la sociedad actual en que vivimos, buscamos como locos nuevas interacciones, personas que cumplan roles concretos, pero huimos de una presencia sincera, honesta, auténtica, que implicaría desnudarnos interiormente. El miedo a los juicios, la falta de confianza en el otro por mi carencia de confianza en mi propio ser nos hace quedarnos dentro de un personaje que, tarde o temprano, termina haciéndose rígido cuando una presencia real implica una continua adaptación a lo que sucede desde la honestidad con nuestro sentir más profundo.

Si nos cuesta vernos a nosotros mismos, ¿somos capaces de ver al otro como ser? ¿o solo lo vemos por su rol, es decir, en cierto modo, lo hemos cosificado? Cuando estamos ante un bebé o un niño, ¿lo consideramos como un ser de plena conciencia, somos capaces de sentirlo como un igual, de tú a tú, aunque su forma de comunicarse o de mostrarse sea diferente a la más habitual entre nosotros, adultos? Cuando estamos ante una persona en estado vegetativo, o ante una persona con demencia, ¿somos capaces de verla y sentirla en todo su ser, más allá de esa identidad que tuvo en algún momento de su existencia? No sé si te resuena esa forma de comunicarnos entre adultos cuando estamos ante un bebé o una persona con demencia, en tercera persona sobre ellos, como si “no se enteraran de nada”, cuando realmente no sabemos qué nivel de conciencia tiene ese ser que nos acompaña estando plenamente presente.

 

 

¿Y si esas personas “aparentemente ausentes” se pudieran expresar?

Hace unos días, una persona que asiste desde hace un tiempo a mis sesiones de musicoterapia me compartía el proceso de deterioro cognitivo que estaba viviendo su abuela desde hace años. Y un día, escuchando esta canción, se conmovió profundamente, y tomó conciencia de lo que podría estar sintiendo esta mujer en el último tramo de su vida ante la presencia quizá “ausente” de sus familiares y cuidadores. Me conmovió profundamente, y me empuja a dejar la propia canción como reflexión y oportunidad para tomar una pausa, y sentir nuestra presencia consciente.

 

 

Educación emocional (Dejando espacio al sentir)

De un tiempo a esta parte, en muchos momentos de encuentro que tengo con equipos profesionales (docentes, educador@s, familias) uno de los temas que más relevancia tiene en la conversación es el de la gestión emocional. Hace relativamente poco tiempo, se pusieron de moda materiales didácticos como el Emocionario, o “El monstruo de los colores”, con los que muchas maestras y maestros comenzaron a intervenir en este aspecto en el aula, en los ciclos de infantil, primaria y hasta secundaria, con la programación de sesiones que abordaran de manera directa el mundo emocional de los/as menores. De pronto, todos los profesionales éramos conscientes de la importancia de trabajar con el alumnado o con los/as chavales (en el ámbito de la educación no formal) la identificación y la gestión de emociones, como la piedra angular del resto de la intervención educativa.

En un momento de la conversación, cuando dos colegas intercambiaban experiencias de trabajo en este ámbito en sus respectivas clases, se me ocurrió hacerles una pregunta: “¿Y los/as chavales se sienten libres de, por ejemplo, llorar durante la sesión?”. Ambos me miraron con expresión de no entender. Y, finalmente, uno de ellos me dio la respuesta “Cómo van a llorar en el aula. Sería un poco raro verlos llorar delante del resto de compañeros/as”.

Este profesor, sin darse cuenta, había dado con la clave. ¿Se legitima que los/as menores expresen sus emociones? ¿se juzgan las emociones propias y ajenas? ¿Nos sentimos libres de expresar las cosas que sentimos para poder “sacarlas fuera”, mirarlas con atención y volver a integrarlas en nosotros/as?

En uno de los talleres de formación como terapeuta Gestalt, vivenciamos nuestro propio mapa emocional, conectando a través del cuerpo con cada una de las emociones planteadas (ira, tristeza, alegría, amor) con el objetivo de conocer cuáles eran nuestras emociones más negadas. Recuerdo que, lo primero que escuché de la formadora fue que las emociones existen para  ser sentidas. Si, de acuerdo. Puede parecer una obviedad. Pero si prestamos más atención a esta frase, y empezamos a recordar momentos o escenas de nuestras vidas, nos daremos cuenta de que en realidad, eso no ocurre. Las emociones se juzgan, se esconden, se inhiben o se coartan. Todos podemos visualizar una escena en la que nuestro “YO niña/o” se ponía a llorar (no importa no recordar el motivo) y nuestra madre o padre nos instaba a dejar de hacerlo con un “Deja de llorar” que, en aquel momento, podía funcionar.

Empiezo a tirar del hilo, y pienso como en mi familia, durante mi infancia, se “castigaba” mi excesiva sensibilidad. Como a mi primo, mi tío le decía que parecía una niña porque lloraba demasiado. Como la ira estaba totalmente inhibida, incluso entre los adultos, ocasionando más de una úlcera de estómago (porque si, amigos/as: el inhibir las emociones y negarnos a sentirlas, hace que éstas busquen otras vías de expresión alternativas que se reflejan en nuestra salud física y mental). Si sigo tirando del hilo, salto de mi familia a la sociedad. Las niñas son más sensibles; los niños no lloran; cuando te enfadas te pones muy fea; dejad de reíros que molestáis a papá, que está viendo la televisión; No llores por una tontería; Que no te lo diga, no significa que no te quiera.

Bien. ¿Creemos entonces que vivimos en un sistema donde somos libres de expresar nuestras emociones sin miedo? ¿Qué todas las emociones están legitimadas? ¿Qué las mujeres podemos expresar nuestra ira y enfado porque nos han enseñado a cómo hacerlo y los hombres pueden mostrarse sensibles y llorar en público?.

Pienso en los/as adolescentes con los que trabajo y convivo diariamente. Por ejemplo, en la adolescencia temprana (12 a 14 años), su desarrollo emocional se caracteriza por presentar una gran inestabilidad en sus conductas, se muestran más sensibles y necesitan mayor privacidad; comienza la búsqueda de relaciones afectivas fuera de la familia. En resumen, están en plena búsqueda de su sentido de identidad (su “self”). Esta búsqueda les produce en ocasiones gran sufrimiento, confrontar con las normas y los límites, no entender qué están sintiendo en muchos momentos. En este sentido, me planteo si la escuela, la familia, la sociedad en general, nos permite sentir. Nos permite emocionarnos libremente, conocer qué sentimos, dónde lo sentimos y qué postura tomamos frente a las cosas que sentimos.

Las emociones son una fuente de información maravillosa para saber qué es lo que nos pasa en relación con el mundo exterior, ya sean situaciones vitales o personas que están en nuestra vida. Nos permiten y nos facilitan conectarnos con nosotras mismas. Por ejemplo, si siento miedo, es porque algo que me rodea lo percibo como una amenaza. Y el miedo me conectará con mi propia vida, con lo que considero importante o no. Tienen una función orientativa, ya que nos dan información sobre cómo vivimos nuestra relación con algo o con alguien y sobre la calidad de la misma. Las emociones tienen una función adaptativa. Nos permiten aprender a desenvolvernos en la vida adaptándonos al medio que nos rodea. Son un termómetro de lo que queremos y lo que no queremos en nuestra vida; así, podemos aceptar las relaciones que alimentan nuestra salud y evitar las que nos enferman.

Está claro que no podemos elegir la emoción que sentimos en un momento determinado, pero si podemos decidir qué hacer con ella, qué actitud tener ante lo que nos pasa. Tengamos en cuenta que son nuestra forma de percibir el mundo. Es decir: si me manejo en la vida siempre desde el miedo, pensaré que todas las personas son una amenaza que viene a dañarme. Es por esto que, como profesionales y como madres/padres, es imprescindible que acompañemos a los/as niños/as a vivir sus emociones y a expresarlas, para poder gestionarlas de manera natural y adecuada.

Tenemos que tener en cuenta que las emociones siempre se dan en relación con algo o con alguien, con lo que detectar este estímulo que genera una emoción determinada en mi es el primer paso para saber qué me pasa y cómo soy (herramienta de autoconcepto). Este estímulo tiene que resultar significativo para que yo pueda sentir la emoción. Y estos estímulos variarán según la persona, el momento o la situación (hay personas que se enfadan más rápidamente que otras y por motivos muy diversos, que dependerán de su propia historia de vida).

Por ejemplo: Si las personas invasivas me dan miedo, este miedo me permite discriminar un estímulo que me perturba y me informa de que soy una persona introvertida; y a su vez esto me indica que, para ajustarme a lo que voy viviendo, quizá deba aumentar mi tolerancia a este tipo de personas y/o aprender a poner límites a la hora de relacionarme con ellas. Me daré cuenta de que mi cuerpo también siente esa emoción, apareciendo sudoración en mis manos, o sequedad en mi boca cuando me encuentro frente a una persona invasiva.

 

educación emocional

Pasos:

Primer paso: reconocer la emoción en mi cuerpo

Lo emocional se vincula con los cinco sentidos. Un paisaje, por ejemplo, puede conectarme con la paz y la tranquilidad. Un olor, con la nostalgia de la niñez. Una canción, puede conectarme con la alegría más pura. Cada emoción, nos conecta con diferentes acciones. Así, la alegría nos lleva a querer compartir, mientras que el enfado nos invita a apartar lo que nos molesta. La tristeza requiere de soledad para reflexionar, el miedo me paraliza o me empuja a huir…

Todas las emociones, todo lo que siento, tiene un registro corporal que lo acompaña. En mi trabajo diario, cuando estoy en intervención con algún/a adolescente (que ya sabemos que a veces no encuentran palabras para describir lo que sienten), les llevo al cuerpo. ¿Dónde sientes la emoción? ¿Cómo es?. Así es más sencillo que vayamos tomando consciencia de que emoción es la que me embarga. Por ejemplo, la tristeza se siente en los ojos o en la boca del estómago; la alegría se siente en la parte alta del pecho, la ira, suele sentirse en los puños y la mandíbula… situando corporalmente la emoción, es más sencillo poder acompañar en que él/ella pueda sostenerla.

Segundo paso: sostener la emoción

Aquí entramos en la parte más compleja. En lo que está impregnado por el juicio, el contexto cultural en el que me muevo, mi historia familiar, lo que me está permitido o no…

Una vez que reconozco lo que siento, sólo he de dejarlo sentir. Acepto este momento sin pretender cambiarlo o modificarlo. Dejo que la tristeza me invada, que las lágrimas surjan. No la niego ni la alimento. Solo dejo que sea, le doy su espacio, su tiempo… y no la juzgo. No caigo en alimentarla o aumentar su intensidad, ni tampoco la penalizo o la contengo.

De ahí que las frases que hemos ido escuchando a lo largo de nuestra vida (como “deja de llorar si quieres que te haga caso”, “No llores por tonterías”) son las que nos dificultan la capacidad de legitimar y sostener las emociones que siento. Si tu hija/o de 4 años tiene una pataleta y llora, déjale que llore hasta que se calme. Prueba con un “No entiendo lo que me quieres decir porque lloras y hablas a la vez. Cuando dejes de llorar, hablamos”. De esta forma, el mensaje que le estamos dando a este/a niño/a es que es legítimo que sienta rabia, enfado y/o tristeza, que es libre de expresarla, y que cuando considere que ya es suficiente, puede buscarnos y hablar sobre lo que ha sentido. Y lo mismo cuando estamos frente a un/a adolescente: dejemos que sientan lo que sienten. Legitimemos que todos/as nos sentimos en ocasiones enfadados/agresivos, alegres, tristes, con ganas de encerrarnos en casa sin que nadie nos vea. Es lícito. Es real. A todos/as nos pasa. Y, cuando esta emoción disminuya, démosles el espacio para poder expresar qué ha ocurrido. Para que entiendan que las emociones no son “malas” o “buenas”, permitidas o prohibidas. Simplemente están y son. Si no dejamos el espacio suficiente a la emoción, esta se ahoga, no puede hablar. No nos puede hacer llegar el mensaje, su utilidad.

Tercer paso: gestionar la emoción

Una vez que reconozco y acepto la emoción, puedo saber que necesito, puedo decidir conscientemente que hago con ella y como la expreso o la vivo conmigo misma o con el otro.

“Estoy enfadada con mi mejor amiga. Siento mi enfado, como una bola caliente en mi estómago (reconozco mi enfado); lo sostengo (acepto que estoy enfadada, sin hacerlo más grande y sin minimizarlo. No le quito importancia, le doy espacio y que dure el tiempo que necesite.) Y, finalmente, gestiono mi enfado: ¿qué necesito hacer para que este enfado disminuya y desaparezca? En este caso, puede ser hablar con mi amiga, expresar lo que siento.

Por lo tanto, la gestión de la emoción me permite completar el proceso, nutrirme de lo experimentado, completar mi ciclo de necesidad y reequilibrarme a nivel interno y con el entorno que me rodea.

 

Después de escribir y releer este artículo, me ronda una pregunta. ¿Estamos preparados/as para acompañar a los/as niños/as, adolescentes, jóvenes, adultos/as para que redescubran su propio mundo emocional, para que puedan expresar de manera libre sus emociones? Dejemos de prohibir a los/as niños/as llorar, sólo porque nosotros/as no podemos ayudarles a sostener el llanto. Dejemos espacios para que ellos/as se sientan en confianza para expresar todo lo que les ronda por dentro. Acompañémosles en el “poner palabras” a lo que sienten. O al menos, saber cuándo lo sienten, en qué parte de su cuerpo se manifiesta y cómo se posicionan ante esa emoción. Todas ellas son lícitas. Están legitimadas. Son necesarias para que ellos/as aprendan a posicionarse en el mundo, a encontrar momentos y espacios propios en los que, simplemente, sentir.

Todo para el niño, pero sin el niño

 

En los últimos meses, diversos temas relacionados con la m/paternidad y la infancia afloran en los medios de comunicación y en la opinión pública, y salpican de forma directa a la agenda política. Al profundizar en los distintos enfoques que se van manifestando, en raras ocasiones se tiene en cuenta al bebé o al niño como parte fundamental del debate. Con este artículo, pretendo poner sobre la mesa diferentes aspectos que nos ayuden a conectar con la importancia de considerar al niño como un ser con plena conciencia al que es preciso ver y escuchar.

Quiero emplear la primera persona del plural para hablar del niño, pues todos hemos pasado por esa etapa en nuestra vida, y abogo por integrarla en nuestra trayectoria vital para así poder comprenderla desde el corazón, no desde la postura más fría y distante de la “tercera persona”, que nos separa de la vivencia y de los seres que en este momento transitan dicha etapa.

 

La sabiduría del bebé

A medida que vamos conociendo más acerca del desarrollo fetal y de los primeros años de vida, vamos tomando conciencia de la profunda sabiduría que tenemos ya en nuestra vida intrauterina. Ya reconocemos la voz de nuestra madre y de nuestro padre, los sonidos típicos de nuestro idioma y nuestra cultura, ya existe una memoria no verbal que se va ampliando en los primeros meses de vida. Y ya contamos al nacer con un equipamiento de reflejos que nos ayudan a sobrevivir, siempre que estemos en el hábitat adecuado. Y resulta que este siempre es, independientemente del lugar del planeta donde hayamos nacido, el cuerpo de nuestra madre.

El contacto piel con piel permite las condiciones necesarias para regular nuestra temperatura corporal, reducir nuestro estrés (y así optimizar nuestro rendimiento metabólico), y lo que es más importante, acceder al alimento que necesitamos del ser que ya reconocemos como seguro, ya que tiene la voz que nos resulta familiar, y al probar su calostro (la secreción previa a la leche humana madura) nos sabe parecido al líquido amniótico que hemos estado saboreando durante la gestación. Además, el olor nos guía hacia el pecho de nuestra madre para así reptar hasta llegar al pezón y comenzar a succionar en los minutos siguientes a haber nacido. Y cuando ese momento se acompaña de las miradas mutuas que la madre y el pequeño recién nacido se envían y se produce una inmensa sensación de placer en ambos, un auténtico “flechazo”, ya se han puesto los cimientos para un apego seguro, que en cada interacción posterior se va asentando gracias al cableado cerebral que se va organizando y estabilizando a partir de estas intensas vivencias.

 

 

Pero no siempre, y aún hoy en día, se ha respetado este proceso, y no se ha considerado al bebé como un ser con conciencia. Ni a la propia madre como protagonista de su propio parto. Aunque no profundicemos en ello, la violencia obstétrica tiene una gran repercusión en la vida de la mujer, y en nuestra llegada a este mundo.

 

 

Cuando llegamos a este mundo, tenemos plena conciencia de lo que nos rodea, y de los que sentimos interiormente. Vemos, olemos, oímos, saboreamos y sentimos de forma intensa, multidimensional, y memorizamos, aunque de forma distinta a cuando somos más mayores, pues se va conformando una memoria no verbal, basada más en sensaciones corporales. Ya desde que nacemos, somos capaces de imitar a nuestros padres. Reconocemos instintivamente las expresiones faciales, y ese juego de imitación que retroalimenta el afecto que recibimos de nuestros adultos, nos ayuda a conectar con las sensaciones internas que produce cada emoción reflejada en nuestro rostro, y comenzamos a desarrollar nuestra conciencia emocional. Es decir, nuestras neuronas espejo están bien activas haciéndonos de puente para crear nuestro mundo de vivencias interiores a partir de lo que nos refleja el exterior.

 

 

En un artículo de hace algunos meses sobre el apego, ya hablaba del experimento de “cara neutra”, que se realizaba con bebés a partir de los 9 meses en adelante, y se veía el efecto de la cara de la madre sobre las reacciones del pequeño. La cuestión es que las investigaciones exhaustivas en esta línea han puesto de manifiesto que tenemos un repertorio de respuestas ante la interacción con el adulto que ya están conformadas a los 3-4 meses, y que a esta edad, grabando poco más de dos minutos de una interacción libre entre madre y bebé, es posible predecir el tipo de apego que tendrá este al año de vida, y con mucha probabilidad, cómo evolucionará en la etapa adulta. Es decir, cada vez existen más pruebas del mecanismo por el que lo que vivimos en los primeros meses y años de vida nos marca de por vida en nuestro desarrollo socioemocional y, por extensión, en nuestra salud mental.

Ante lo expuesto, queda claro que la biología nos ha llevado a que nuestro desarrollo más temprano dependa del contacto estrecho y afectivo con un adulto, que debería ser la madre biológica en el mejor de los casos. Y ese entramado emocional que nos permite ir comprendiendo el mundo no llega a estar lo suficientemente formado para lograr una profunda sensación de seguridad para ir tolerando la separación cada vez mayor de la madre hasta cerca de los tres años de edad. Una cuestión es que el bebé haya llegado en un entorno de riesgo donde no es posible que acceda a su hábitat ideal, o que las necesidades personales o presión laboral/ social ejercida sobre los padres condicionen una separación más temprana, y otra cosa es justificar que esta separación puede tener beneficios, cuando realmente se está rompiendo la secuencia natural de desarrollo que la naturaleza ha previsto para nosotros como mamíferos.

 

 

¿Vemos a nuestros niños?

Ante lo expuesto, surgen situaciones en nuestra sociedad en las que todos tendemos a opinar, ya sea tirando de nuestra ideología, o reflejando las diferentes partes “adultas” en cuestión, pero parece que nadie (o al menos, muy poca gente, incluidos solo algunos profesionales) empatiza con los bebés y con los niños, con sus necesidades reales, con ese sistema de apego que nos condiciona de por vida.

Comenzando con un ejemplo banal de nuestra falta de conciencia, me viene a la memoria la imagen de un marco para fotos infantiles, que tenía a modo decorativo las figuras de un biberón, un chupete y un cochecito. Quizá puedas imaginarlo y te surja una sonrisa, una sensación simpática: “Fíjate, qué mono este marco”. Pero el mensaje subliminal creo que es potente: un reflejo de todo lo que nos desconecta de nuestra madre. Un biberón que nos hace prescindir de la lactancia natural, base de nuestra nutrición. Un chupete para abordar esa succión no nutritiva que forma parte de la expresión de nuestra inquietud emocional, y que de forma natural, podría ser abordada también con el contacto piel con piel y la succión del pecho con fines desestresantes, de contención y regulación emocional. Y ese carrito que nos aleja de portear y llevar al bebé junto a nuestro cuerpo, y es reflejo físico de esa separación que ya se produce en las microdistancias. Con todo ello no estoy hablando de proscribir estos recursos de la “evolución tecnológica” humana, sino de tomar conciencia de que su uso frecuente y continuado nos aleja del desarrollo que la biología permitió tras millones de años de evolución real.

 

La gestación subrogada

Un tema polémico que solo abordaré de forma breve es el de la gestación subrogada. En los últimos años se habla cada vez más de ello, pues distintos países tienen regulada legalmente esta posibilidad. Más allá de lo que puede suponer respecto a los derechos de la mujer, y de la visión mercantilista de la m/paternidad, ¿alguien ha incluido las necesidades del bebé, del niño, en el debate social que se está generando? Una cosa es la adopción o la acogida como modalidad sustitutiva cuando un niño ha nacido en un entorno de exclusión o ante circunstancias excepcionales que impiden que su crianza pueda ser llevada a cabo por su madre biológica, pero otra muy distinta es traer a este mundo a un ser con plena conciencia, y se le separe intencionadamente de su madre porque forma parte de una transacción comercial, rompiendo toda la secuencia biológica de vinculación que ya comienza dentro del útero. Actuamos alegremente sin tener en cuenta los posibles daños en el desarrollo cerebral que puedan producirse en ese bebé, el estrés que puede suponer este proceso y que presuntamente, al ser “tan pequeño”, “no se va a enterar”.

Para complicar más aún el debate, una proporción significativa de las parejas que acceden a esta modalidad son homosexuales. Voy siendo testigo de que criticar lo que supone la gestación subrogada partiendo de los posibles perjuicios para el bebé se toma como manifestación de homofobia en muchas ocasiones. Y de nuevo me planteo si somos capaces de mirar más allá de nuestras necesidades como adultos, y de no victimizarnos para intentar ver las repercusiones sobre la parte más débil de toda esta historia.

 

Nuestra disponibilidad emocional

Un tercer ejemplo, dentro de los infinitos que podrían ponerse, hace referencia a nuestra falta de disponibilidad emocional como adultos. Hemos visto cómo necesitamos un entorno de interacción para poder desarrollarnos de una forma sana. Sin embargo, los adultos tenemos cada vez más necesidad de hacer cosas, de tener nuevas experiencias, nuevos retos profesionales, de seguir “creciendo”, de contar con nuestro espacio de diversión, o lo que sea, con tal de seguir huyendo, en gran parte de las ocasiones, de estar presentes con todo nuestro ser en cada momento, es decir, de pararnos a sentir en el aquí y ahora. Y eso es lo que nos pide un bebé. Que le miremos con amor, que le acompañemos en su camino, y nos lo pone fácil, pues ya nos mira con amor a nosotros, nos pide lo que necesita, cuenta con nosotros y nos invita a jugar, a divertirnos “de otra forma”, nos facilita reencontrarnos con aquel niño que fuimos. Pero tendemos a huir.

 

 

Y desde que podemos recurrir a una pantalla de un “cacharro” que nos conecta con todo lo que no está presente en este momento ante nosotros, aún es más fácil no estar disponibles emocionalmente, ni para nosotros mismos (nos desconectamos de lo que sentimos) y mucho menos para nuestros bebés y niños. Es útil observar esta situación desde fuera: escenas que podemos ver por la calle, en el metro o en algún lugar público con m/padres pendientes de la pantalla de su móvil, y su niño esperando una mirada que le haga visible. Te invito a que sencillamente observes la expresión facial de m/padre, y la del pequeño, y te la dejes sentir físicamente, más allá del juicio que te aflore. En mi caso, surge un gran desasosiego.

 

La tolerancia social al llanto infantil

Como cuarto ejemplo de nuestra ceguera ante los bebés y niños está nuestra amplia tolerancia social al sufrimiento infantil, recogido a través del llanto. Esto es especialmente importante en los bebés. El llanto es un medio importante de comunicación cuando aún no hay lenguaje verbal y es preciso comunicar necesidades. Los adultos tendemos a asociarlo a caprichos en muchas ocasiones, o hacemos atribuciones de presuntas manipulaciones que hacen los pequeños para así facilitar que los malcriemos. Oímos llorar, y muchas veces respondemos con indiferencia. Nuestro hartazgo nos lleva a invisibilizar e ignorar a la parte más débil. O a respuestas agresivas en el peor de los casos. Luego, exigimos que los pequeños aprendan a comportarse “bien”, cuando no hemos sido el mejor ejemplo de regulación emocional. Y recordemos, nuestras neuronas espejo condicionan nuestro aprendizaje por imitación en el medio social. No son las órdenes y consejos verbales los que nos ayudan a aprender. Es lo que vemos. Pero esas órdenes y juicios sí irán conformando nuestro marco de creencias que nos regirá a nosotros mismos ya de adultos, y habitualmente, no suelen ser muy amables con lo que sentimos. Y ahí llega la historia de la “autoestima”, a la que tanto apelamos y no sabemos por qué está tan baja.

 

La educación institucionalizada de los 0-3 años

Un tema de actualidad es el debate que se está proponiendo acerca de los permisos de maternidad y paternidad, y la universalización de la educación infantil de los 0-3 años. Se está generando opinión acerca de los beneficios de esta para el desarrollo del niño, y sobre el impulso a la igualdad entre géneros, al abordar la cuestión de los permisos. Pero, realmente, ¿qué necesita un niño en esta etapa?, ¿otros niños para ser modelos de regulación emocional?, ¿adultos desbordados por intentar contener a más de 15 o 20 niños durante la mayor parte del día (y destaco la inmensa labor de las educadoras infantiles, apenas reconocida y valorada)?, ¿vivir la institucionalización y la comparación continua de sus capacidades con respecto a las de los demás niños?, ¿realmente es esta la solución para un futuro mejor para nuestros pequeños?

Todo ello sin tener en cuenta nuestra necesidad biológica fundamental: nuestra vinculación inicial (no solo de 16 semanas) con la madre, el protagonismo creciente del padre a medida que avanza la crianza, y la progresiva socialización entre iguales, que será más importante en etapas posteriores de la vida, no en este periodo. Si no creamos medidas que realmente potencien la visión social de la maternidad, el papel fundamental de la mujer en la crianza (como imperativo biológico), si no se protege el apego como regulador de nuestro desarrollo socioemocional, creo que estaremos haciendo un flaco favor a las generaciones que nos sucedan. Otro tema es que haya madres, padres, familias, que opten por otras alternativas, y que la legislación las facilite, pero enviar un mensaje que potencie la separación creo que es muestra de ignorancia e irresponsabilidad, partiendo de lo que ya sabemos hoy día.

 

Más allá de la “adultocracia ilustrada”

Cada vez nos bombardean más con publicaciones sobre cómo debe ser la crianza, con presuntos expertos que nos dan consejos que van variando según las corrientes psicopedagógicas de moda en cada momento. Este mismo artículo que estoy redactando podría ser un ejemplo más de ello. Ya hay evidencias científicas que respaldan la importancia del apego en nuestro desarrollo como seres humanos, y también de las consecuencias de la separación a edad temprana. En cierto modo, todo este debate me recuerda a esa época histórica que se denominó “Despotismo ilustrado”, en el siglo XVIII, cuyo lema era “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. De ahí el título por el que opté para este artículo. Los adultos vemos el mundo con nuestros ojos, y nos sentimos poseedores de la verdad. Por ello, no pretendo tanto dar pautas, sino sencillamente generar un debate interno acerca de qué nos mueve cuando nos situamos ante un niño.

Pocas veces le miramos y empatizamos realmente con lo que puede sentir. En mi propio camino, me fui dando cuenta de que era mi propio sufrimiento de niño el que me alejaba de empatizar con los niños que me encontraba como adulto, pues suponía abrir nuevas heridas. Pocas veces somos compasivos con nuestro propio niño, aquel que fuimos, solemos juzgarlo de forma dura, y repetir el patrón que recibimos de nuestros padres. Y para reforzarnos, solemos a veces alardear de lo bien que lo hicieron, porque nos hemos hecho adultos de provecho, o al menos “no estamos tan mal”.

Es muy difícil tomar conciencia cuando no nos abrimos a sentir. Y al hablar de sentir, me refiero a la mayor plenitud, pero también el mayor dolor. Mirar y conectar de tú a tú con un niño implica eso: una experiencia de escucha del otro, que nos conecta con nuestra esencia más primitiva y profunda. Puede ser doloroso, pero también sanador. Puede haber dolor por recordar aspectos no tan idílicos de nuestra infancia, o por darnos cuenta de la gran desconexión a la que hemos llegado de adultos, a esa vida sin magia e ilusión que aprendimos a vivir cuando “maduramos”, y que seguimos transmitiendo cual nodos de un sistema social que se perpetúa, desnaturalizando a los niños. Me encanta este corto que ilustra muy bien ese proceso.

 

 

En mi caso, cada día resueno más con la sabiduría de los niños, y especialmente, de los bebés. Los vivo como maestros, como fuente de inocencia y de amor, de conexión y de honestidad. Mi camino espiritual implica esas experiencias de interacción con bebés, que me ayudan a ver que la esencia humana es amor, es ver al otro para vernos a nosotros, es alegría, vitalidad, y que más allá de todo lo que hayamos vivido y de nuestras creencias sobre lo que significa vivir, siempre es posible volver al origen y conectar con ese bebé que aún habita en nuestro corazón.

 

Referencias bibliográficas

  • Beebe, B; Cohen, P; Lachmann, F. The mother-infant interaction picture book. W.W. Northon Company, 2016.
  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Stern, D. Diario de un bebé. Paidós, 1999.

El perdón nos sienta tan bien …

 

Estamos ya cerca del cambio de estación, a punto de comenzar el otoño. Una época del año con mayor inestabilidad en el clima, y con mayor propensión a que se desarrollen tormentas y cambios de tiempo repentinos. Y hablando de tormentas, me adentro en aquellas que suceden dentro de nosotros, y van dejando nubarrones que a veces dificultan conectar con la luz intensa del sol para seguir viendo el camino. Y así, lanzo una pregunta: ¿Crees que cargas dentro de ti con algún enfado crónico por algún motivo? ¿Sientes algún resentimiento por algo que te hicieron o por lo que sentiste molestia o dolor? Hoy nos adentraremos en el fascinante (y a la vez, desprestigiado) mundo del perdón.

 

¿Qué se entiende por perdón?

Hablaba en la introducción del desprestigio que tiene este concepto. Dado el peso que ha tenido la religión católica en nuestra cultura y educación, muchas personas tienden a asociar el perdón con una visión religiosa, que les genera rechazo. Además, también existe gran confusión respecto a lo que implica perdonar: se asocia con olvidar lo que nos hizo el ofensor, con la reconciliación con este, en cierto modo con limpiar su cuenta de deudas (hacer borrón y cuenta nueva) para así dar vía libre a que siga actuando, etc. Sin embargo, lo que los estudiosos del tema van comprobando es que no tiene nada que ver con olvidar ni con llegar a un acuerdo con quien ofende; al contrario, se trata de un proceso interior de cambio de mirada, y de liberación emocional.

 

 

La psicóloga María Prieto ha realizado en los últimos años un estudio en profundidad sobre lo que significa el perdón como proceso psicológico. A pesar de tratarse de un concepto que no ha tenido muy buena prensa entre los profesionales de este ámbito, la llegada de la Psicología Positiva supuso una mayor apertura a estudiarlo, y superar su enfoque tradicionalmente asociado a aspectos morales y religiosos. Prieto habla de que cuando entre dos personas, una resulta dañada por una agresión o acción de la otra, surge una experiencia subjetiva de “no perdón”. Esta autora cita a Williamson y Gonzalves para señalar tres niveles en los que se manifiesta este no-perdón:

  • A nivel emocional: aparecen sentimientos de rabia, dolor, tristeza, confusión y traición.
  • A nivel cognitivo: afloran pensamientos negativos hacia el ofensor, a veces de venganza, otras relativos al motivo tras la ofensa o a la posible culpa de la víctima.
  • A nivel conductual: en general, se refieren al alejamiento o distanciamiento de la víctima respecto al ofensor, y en ocasiones, a la exteriorización de la rabia o dolor sentidos.

 

Cuando se habla del perdón, se hace referencia al proceso que permite mitigar o superar esta experiencia negativa de haberse sentido ofendido.

 

¿Cómo suele ser el proceso de perdón?

Lawler-Row, citado por Prieto, habla del perdón desde distintas perspectivas:

  • En cuanto al tipo de respuesta o manifestación: se puede experimentar el perdón a través de un cambio de pensamiento (ya sea específico sobre el ofensor, o general, sobre la forma de actuar del ser humano), emocional (soltar las emociones desagradables) o de conducta (facilitar una reconciliación). Cada persona y en cada momento decide si abordar todas estas dimensiones o solo alguna de ellas.
  • En cuanto a la dirección del cambio: se habla de dimensión negativa del perdón cuando se decide reducir la respuesta desagradable asociada al no-perdón, o bien de dimensión positiva, cuando el sujeto opta por potenciar emociones, pensamientos o conductas claramente tendentes a mejorar su bienestar.
  • En cuanto a su orientación: este aspecto es sumamente importante, pues el perdón puede ser interpersonal (dirigido hacia otra persona, es la visión que habitualmente se tiene al abordar esta cuestión), o puede ser intrapersonal, es decir, el perdón hacia uno mismo.

 

Teniendo en cuenta todos estos aspectos, queda claro que el perdón es un concepto multidimensional, complejo, que además, ya desde un punto de vista experiencial, no es puntual, sino que es un proceso que evoluciona en el tiempo, y que supone un cambio profundo en la persona.

 

¿Qué efectos tiene el perdón sobre la salud?

Aunque pueda parecer sorprendente, se han realizado estudios de neuroimagen para conocer los cambios cerebrales que supone el proceso de perdonar. Se ha podido demostrar que el perdón activa determinadas zonas cerebrales (precuña, corteza prefrontal dorsolateral y región parietal inferior derecha) asociadas con el hecho de pensar acerca de los pensamientos de los otros (es decir, meternos en su piel, lo que se engloba bajo la teoría de la mente), con la empatía y con la regulación emocional a través de la toma de conciencia de nuestras sensaciones. Es decir, parece ser perdonar implica comprender la perspectiva del ofensor, abrirnos a empatizar con él y dejarnos sentir todas las emociones que afloran para acogerlas y darles sentido.

En los últimos años, han aparecido diversos estudios en revistas médicas que respaldan el papel de la rabia, el resentimiento, la ira, en el desarrollo de ciertas enfermedades crónicas, y cómo el nivel de perdón influye claramente en una mejor evolución. Esto es especialmente importante en cuadros de dolor crónico, como puede ser la fibromialgia.

 

¿Se puede trabajar el perdón?

Se han realizado diversas propuestas para trabajar el perdón de forma sistemática. Una de las más difundidas, y con mayor evidencia científica, es el programa REACH del psicólogo estadounidense Everett Worthington. Este se adentró en el estudio del perdón tras el asesinato de su madre, y el posterior suicidio de su hermano, y a partir de su propia vivencia personal, realizó una exploración del perdón a los otros, y de aquel dirigido a uno mismo.

Su programa REACH tiene un formato eminentemente para trabajo grupal, en seis sesiones. Se ha demostrado que mejora el abordaje de la experiencia negativa de no-perdón, y ayuda a mejorar la visión positiva de la vida, con refuerzo de la sensación de esperanza. El desarrollo de las sesiones va guiado por un facilitador que aplica dinámicas que permiten adentrarse en aspectos de pensamiento acerca de la ofensa y el ofensor, en las emociones sentidas, y en el desarrollo de habilidades de empatía.

Ya desde otros enfoques, me encantó esta demostración de proceso de razonamiento del perdón empleando EFT o técnica de liberación emocional. Creo que ejemplifica muy bien el hecho de permitirse sentir todo, y la transición desde el resentimiento más cerrado a la apertura a la posibilidad de perdonar:

 

https://www.youtube.com/watch?v=dcQy9-5FO4o

 

El significado del perdón en mi vida

El tema del perdón ha tenido un gran peso en mi vida durante los últimos años. Todo el profundo trabajo personal que he realizado y en el que sigo profundizando me ha permitido experimentar, de forma reveladora, el significado de perdonar. Quizá la persona hacia la que acumulaba mayor cantidad de resentimiento (pero que apenas me reconocía a mí mismo sentirlo) era mi madre. Mi fidelidad no me permitía expresar abiertamente un gran sentimiento de dolor y frustración por lo que pude vivir en los primeros años de mi vida debido a su inestabilidad emocional. Su proceso de envejecimiento no fue fácil para mí, ni para mis hermanos, y llegamos a un punto importante de desgaste hace unos cuatro años, justo dos antes de que ella falleciera.

Durante la mayor parte de mi vida, había trabajado los pensamientos negativos que surgían ante determinadas situaciones de interacción con ella, y en cierto modo justificaba que ella hacía lo que podía. Y era cierto. Pero al tomar esta perspectiva, realmente me estaba ignorando a mí mismo, me estaba invisibilizando y negando todas las emociones desagradables sentidas desde niño respecto a ella. ¿Cómo pude dar el salto para ampliar mi visión?

Al acabar mi formación en musicoterapia, me di cuenta de que apenas había trabajado el potencial de la percusión, y decidí inscribirme en clases de percusión africana. El hecho de sentir la vibración de todo mi cuerpo en estas clases grupales, ya fuera golpeando el djembé con mis manos, o el dum-dum con las baquetas, permitir los movimientos que me nacían espontáneamente, dejar que mis brazos se separaran del cuerpo para sentir mayor libertad, todo ello fue creando en mí una sensación de ocupar un espacio en el mundo, un sentimiento de conexión con la tierra, una forma de liberar una energía muchos años contenida, un empoderamiento que no surgía de la mente, sino del propio cuerpo. Cuando en este terreno de autoconocimiento, sucede un ingreso hospitalario de mi madre, y se desatan conductas por su parte que actúan de gatillo en mi interior en ebullición, comienza un proceso de rebeldía interna y externa, que se alarga durante casi un año, y que me permite comenzar a cortar el cordón umbilical con ella, poder sentir el enfado y la rabia acumulada y expresarla abiertamente, y como suelo decir, dejar salir el “vapor de la olla” para poder ver con más claridad qué se está cocinando “ahí adentro”.

En ese periodo de tiempo, somaticé el enfado a través de una ciática que duró varios meses, y fue cuando surgió en mí ese interés en acompañar a madres con bebés (estaba proyectando mis juicios sobre ella, y queriendo proteger a los peques, intentando salvarme a mí mismo). La vida es sabia, y no dejó que terminara de fluir esa iniciativa en aquel momento (pero sí posteriormente), pues no surgía totalmente desde el amor, sino desde el resentimiento. Pero en este proceso, cada vez fui sintiendo menos presión interior, comencé a sentir mayor comprensión y compasión, y me abrí a ser acompañado por un profesional que trabajaba desde el enfoque de la Escuela del Perdón, de Jorge Lomar. Se trataba de Pedro Alonso da Silva. Con Pedro, fui aprendiendo a cambiar el enfoque cognitivo, a entender que perdonar no implicaba más que “sentir” lo que afloraba en mí (sentir más allá de las palabras, permitirme enfocarme en las sensaciones corporales, en esa energía interior que se movía) y a la vez, “soltar” mi interpretación de lo sucedido, es decir, trascender la visión de mi ego, por decirlo de alguna forma, y abrirme a un “no saber”, a no querer dar una explicación racional, sino más bien a comprender que todo sucede en la vida por algo, aunque no lo sepa ni lo entienda.

 

 

Trabajar esos dos enfoques ha supuesto una auténtica revolución y liberación en mi vida. Tras cinco meses acompañado por Pedro, hicimos un cierre, y a los pocos días, mi madre empeoró de su salud repentinamente, y falleció un mes después. Fue un mes muy duro, pero a la vez muy hermoso. Porque ya no la miraba desde el resentimiento. Pude liberarme y sentir un amor profundo por ella, sin dejar de verme a mí. Ese fue mi mayor aprendizaje, poder situarme en la piel de todos y cada uno, y abrirme a sentir, sin más. Pronto hará dos años de su partida, y puedo decir que cada día la siento con más paz dentro de mí, con más compasión, más comprensión, más amor, sin negar lo vivido, sin justificaciones, sencillamente acogiendo lo sucedido y soltando las interpretaciones. Si estoy aquí, compartiendo esta experiencia que vivo desde la paz, es por todo lo que la vida me permitió aprender, aunque no lograra comprenderlo en su momento. Y ahí surge también un profundo sentimiento de gratitud.

 

A modo de conclusión

Hace unos meses, tuve el privilegio de acompañar a Carolina Guzmán, una enfermera alumna del Máster de Cuidados Paliativos en el que participé el curso pasado, en la tutorización de su trabajo fin de máster, que abordaba el perdón como necesidad espiritual al final de la vida. Tras una revisión rigurosa del tema y de cómo los profesionales podemos acompañar este proceso, en su emotiva exposición finalizó entregándonos a todos los asistentes una frase que pronunció Nelson Mandela al salir de prisión, y que creo que resume perfectamente lo que significa el perdón en nuestras vidas: “Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero”.

 

Referencias bibliográficas

  • Guzmán Trillo, C. (2018). El perdón como necesidad del paciente al final de la vida. Trabajo Fin de Máster en Cuidados Paliativos. Escuela Universitaria de Enfermería y Fisioterapia San Juan de Dios. Universidad Pontificia Comillas.
  • Lee, Y.R., Enright, R.D. (2014). A Forgiveness intervention for women with fibromyalgia who were abused in childhood: a pilot study. Spiritual Clinical Practice, 1, 3, 203-217.
  • Prieto-Ursúa, M. (2017). Perdón y salud. Introducción a la psicología del perdón. Universidad Pontificia Comillas.
  • Ricciardi, E., y colaboradores. (2013). How the brain heals emotional wounds: the functional neuroanatomy of forgiveness. Frontiers in Human Neuroscience, 7, 839.
  • Svalina, S.S., Webb, J.R. (2012). Forgiveness and health among people in outpatient physical therapy. Disability and Rehabilitation, 34, 5, 383-392.
  • Worthington, E. http://www.evworthington-forgiveness.com/

 

“No puedo más” … una reflexión sobre la presencia del suicidio en mi vida

 

Fue hace un par de días cuando una amiga me comentó el caso de otra amiga suya cuyo hijo se había suicidado hace cinco años y ella, a pesar de la terapia que había seguido, no lograba asimilar la pérdida y seguir adelante con su vida. Precisamente ayer, leí un artículo en el periódico acerca del suicidio, como epidemia silenciosa que nos acecha. Lo difundí por redes sociales, y varias personas se abrieron a comentar, ya fuera su vivencia propia o su opinión al respecto. Y tras darle vueltas todo el día, sentí muy profundamente la necesidad de compartir mi propia experiencia con el suicido a lo largo de mi vida, sin más pretensión que sacarlo del silencio, de dar luz y voz, de integrarlo y dar pie, si a alguien le nace, a que más personas compartan su experiencia.

 

Cuando “quitarse la vida” forma parte de tu primer recuerdo

Siempre me he caracterizado por tener buena memoria. Desde los tres años y pico me llegan imágenes y vivencias muy concretas que han supuesto hitos en mi biografía. Y resulta que mis primeros recuerdos tienen que ver con episodios algo críticos en la vida familiar. Mi madre solía desbordarse emocionalmente con frecuencia, y llegaba al extremo de entrar en crisis, se ponía a gritar que no podía más, iba hacia el cajón de los cubiertos en la cocina, y sacaba un cuchillo con el que amenazaba con clavárselo. ¿Qué hacía yo? Entraba en pánico, me sentía culpable por si yo había tenido algo que ver con ello, y me escondía debajo de la mesa del comedor … ese era mi lugar seguro, mi cueva. Nunca llegó a herirse físicamente. A veces se desmayaba, otras, mis hermanos o mi padre lograban quitarle el cuchillo y se la llevaban a su dormitorio … Y finalmente, “no pasaba nada” … y lo peor de todo, no se hablaba nunca más del tema. El silencio. Ese gran aliado y enemigo. De lo que no se habla, no existe. ¿Verdad?

Mi madre comenzó a separar cada vez más estos episodios, y cierto es que aunque yo vivía en alerta, me acostumbré. Fui descubriendo que ella nunca daría el paso, que solo necesitaba ser vista, escuchada. Y fue hace unos pocos años, tras morir mi padre, cuando afloró en mí esa rabia del niño que no sabía qué hacer en aquellos momentos, cuando comencé a culpar a mi madre de no haber sabido gestionar sus problemas y que me hubieran dejado una marca mayor de lo que pensaba. Y así fui avanzando en mi proceso de comprensión y perdón. Un año antes de que ella muriera, y sin buscar esa conversación, pudimos hablar de todo ello. Ella negaba que aquello hubiera sucedido. Pero no eran imaginaciones mías. Lo había corroborado con mis hermanos, y tengo recuerdos muy vívidos. Ante esa convicción por mi parte, ella se derrumbó, y me compartió el grado de soledad que sentía, de falta de reconocimiento por mi padre, y su incapacidad de poder haberlo hecho de otra forma. Poner palabras por ambas partes nos unió, nos fundimos en un abrazo, y ella se disculpó … ¿Qué sentí? Que la comprendía, aunque finalmente siempre sean los niños los que paguen las consecuencias de las carencias de gestión emocional por parte de los adultos

 

 

Compartir esto me cuesta, porque puede llevar a juicios acerca de mi madre, de mí mismo … pero más allá de esos juicios que solo surgen desde los propios egos, quería compartirlo porque nunca sabemos hasta dónde podemos llegar cuando nos sentimos al límite de lo que pensamos que podemos soportar. Y quizá, lo que más necesitamos en esos momentos, es una escucha abierta, activa, sin juicios, una mirada de amor, de apoyo, respetando el lugar donde se sitúa cada uno.

 

Seguro que conocemos a alguien que lo ha hecho …

Durante mi juventud, el suicidio consumado hizo acto de presencia en mi vida en varias ocasiones. El servicio militar, a comienzos de los años noventa, fue el lugar donde se dieron algunas de estas circunstancias. No eran hechos aislados que algunos compañeros decidieran quitarse la vida, empleando los métodos más cruentos. Y al haber sido destinado allí a la enfermería, fui aprendiendo a lidiar con alguna situación delicada. Pero el suceso que más me afectó lo protagonizó uno de los compañeros que tenía allí, con los que mejor conecté. Durante los meses que compartimos amistad, fui advirtiendo su progresión desde una expresión amable y cercana, hacia una vivencia cada vez más profunda y arraigada de la frustración, la rabia. Detrás de ello había temas familiares que no llegó a compartir abiertamente. Unas semanas antes de finalizar “la mili”, estaba muy ilusionado porque había comenzado una relación con una chica con la que se sentía muy bien … comprendido, escuchado, apoyado … y me dejó el número de teléfono de la familia de ella, para mantener el contacto una vez que nos separáramos. Transcurrieron unos meses, retomé ese teléfono y llamé. Descolgó la madre de esta chica. Se quedó fría al preguntarle por él. Finalmente me dijo que se había suicidado, poco tiempo después de licenciarnos del servicio militar. No supe reaccionar.

Años después, otro amigo que era médico, que padecía un cuadro psicótico en tratamiento, también decidió quitarse la vida, arrojándose por el balcón de la casa de su madre, donde vivía. Y llegados aquí, ¿realmente no somos conscientes de que estos hechos suceden, y que nos afectan a todos?

 

 

Y cuando llegas a no ver el sentido …

En carne propia, también puedo decir que llegué a un punto en mi vida de no ver el sentido a nada, y de tener ideaciones suicidas. Fue muy contenido en el tiempo, pero fue. Y de una forma u otra, creo que me marcó en el sentido de que no me siento especialmente conectado a la vida, y me siento con un pie entre este y el otro lado. Puedo sentir la vitalidad más extrema, más pura, pero a la vez no aferrarme a la vida como si la muerte nunca fuera a llegar. No es fácil de explicar. Es un cierto desapego. Pero quizá esa perspectiva relativa me ayuda a meterme en la piel de aquellos que deciden no seguir.

Mi momento crítico tuvo un episodio desencadenante. Con casi treinta años, decidí realizar el acogimiento de un adolescente marroquí que estaba en un centro de menores, al que había conocido a través de una ONG del ámbito de las adiciones con la que colaboraba. Apenas recibí apoyo por parte de la Administración en aquel momento, este chico estaba siendo problemático, y vieron mi solicitud como una oportunidad para quitarse un problema. La convivencia fue realmente muy difícil, con episodios violentos frecuentes, aunque sin llegar a la agresión física. Finalmente, tras cuatro meses, me sentí al límite y decidí dar marcha atrás con el proceso, de modo que él regresó de nuevo al centro de menores. Viendo con perspectiva la historia, tras más de 18 años de aquello, es cierto que no pude ni supe hacerlo de otra forma, y que él tampoco podía ni sabía. Pero para mí se abrió un periodo en aquel momento de extrema culpabilidad, de sinsentido, en el que lloraba de forma continua, sentía que había jugado con el que había considerado “mi hijo”, y entré en una espiral de pensamientos ciertamente peligrosos. Vivía en aquel momento en la octava planta de un edificio, y varias veces me asomaba a las ventanas e imaginaba qué pasaría si me dejaba caer. O buscaba información respecto a pastillas que pudieran ayudarme a dar el paso. Porque era insostenible para mí. La culpa me desgarraba por dentro.

¿Lo compartí? Sí comenté cómo vivía ese momento con mis personas más cercanas … pero no percibí que me comprendieran … O le culpaban a él de que me había manipulado, o no entendían que sintiera un vínculo tan fuerte que se había roto. Ahora miro con ojos de compasión, y sé que intentaban apoyarme, pero realmente no me sentí acogido, escuchado, apoyado desde el no juicio. Alguien me recomendó que acudiera a algún profesional, y me negué. Quizá porque quería que me apoyaran quienes yo sentía que tenían un vínculo conmigo, esa necesidad de mostrarse y ser validado por los que tienen un significado para ti.

 

 

Ahora miro atrás, y precisamente al trabajar con familias con bebés, me doy cuenta de la dificultad que tenemos de mirarnos y escucharnos unos a otros desde el corazón, más allá de nuestras creencias, expectativas, deseos … Quizá el hecho de no ver realmente a los otros, y quizá de no vernos a nosotros mismos más allá del personaje que creemos ser sea uno de los elementos que más presión nos hacen sentir dentro para que aparezca esa sensación de agotamiento, de “no puedo más”, de “hasta aquí”.

 

Acompañando a otros en el proceso …

Con los años, la vida me fue llevando a desarrollar la labor de acompañamiento que realizo en este momento, principalmente a través de la musicoterapia. Y sin buscarlo, en estos años han llegado varias personas a mí que, o han tenido algún intento de suicidio, o son familiares de personas que dieron el paso. Me encuentro con ese sufrimiento extremo que suele proceder de experiencias adversas en la infancia, ya sea por maltrato o abuso, o por abandono afectivo. Hablo de abandono afectivo (que también se menciona como negligencia) haciendo alusión a situaciones donde no ha habido episodios críticos concretos contra los niños, sino una situación mantenida de falta de conexión emocional, de “no ver” al niño, de que este desarrolla esa imagen interna de que “no merezco un lugar en este mundo”. Una depresión materna o paterna, una relación fría con los bebés o posteriormente, etc, son situaciones que dejan mucha huella, especialmente en los bebés y niños varones, que tienen un proceso de maduración neurológica más lento que el de las niñas.

Y en las personas que se quedan, dos situaciones pesan especialmente: la culpa por no haber podido hacer más, y si han sido quienes han encontrado el cadáver, el estrés postraumático derivado de ese momento, la imagen congelada del hallazgo que permanece inmóvil si no hay un acompañamiento terapéutico apropiado. En este sentido, además de los abordajes tradicionales, suele ser necesario en ocasiones recurrir a nuevas terapias con base neurobiológica, como el EMDR; o que busquen la reconexión mente-cuerpo.

 

 

En los últimos años, este tema va aflorando cada vez con más frecuencia en los medios de comunicación. He ido salpicando este texto con vídeos que me parecían interesantes para adentrarse en ello. Y aquí recomiendo visitar la web de la Red AIPIS, Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio, que desarrolla una intensa y necesaria labor de sensibilización, formación y asistencia en este ámbito.

Y nos quedan muchos interrogantes. Adentrarse en este tema implica descubrir que la proporción de hombres que se suicidan es mayor que la de las mujeres en todo el mundo, y también en nuestro país, donde de forma global, la cifra de varones triplica la de las mujeres, y en algunas franjas de edad es aún superior. ¿Qué nos hace a los hombres optar por esta vía de salida con mayor frecuencia, o al menos, ser más efectivos en los intentos? ¿Tiene que ver con nuestra peor gestión emocional?

Como sociedad, tendemos a mirar a otro lado, huimos de la muerte. En el caso de quienes lo han intentado, solemos decir que son cobardes, o que si no se dan cuenta del daño que hacen a sus seres queridos. En el caso de los familiares, suele decirse que ya está bien, que pasen página. Como siempre suelo decir, ¡¡¡cuánto nos cuesta abandonar nuestras creencias, nuestras verdades, y sencillamente estar, acoger, escuchar!!!

El apego como base para la libertad del ser humano

 

Recuerdo cuando nacieron mis sobrinos, siendo yo adolescente, que comencé a ser consciente de los mensajes que le llegaban como bombardeo a mi hermana para que “los educara bien”: “no lo cojas mucho en brazos, que luego se acostumbra mal”, “un buen azote a tiempo …”, “déjale llorar, que ya se le pasará”, y así un sinfín de consejos que reconozco que asumí en aquel entonces, y que creo que aún están muy infiltrados dentro del mundo de creencias de nuestra cultura. Pero, ¿realmente aprendemos a ser autónomos, independientes y conscientes de nuestras emociones, además de sobrevivir mejor en el mundo, si venimos de una disciplina donde se han frenado los instintos más amorosos para acompañar a los más pequeños? ¿Acaso somos más felices cuanto menos nos reconocemos nuestras propias emociones, sentimientos y sensaciones, y menos las compartimos con los demás?

 

Comenzando con la teoría del apego

Fue en la década de los 50 y 60 del siglo pasado cuando John Bowlby y Mary Ainsworth pusieron las bases de lo que ha sido una de las teorías más revolucionarias en el ámbito psicológico: el apego. De forma muy resumida, concluían que los niños, desde el nacimiento, necesitaban de un adulto que, además de alimento y calor, les proporcionara afecto (que se transmite sobre todo al principio a partir del contacto corporal) y constituyera así una base segura a partir de la que construir su propia identidad. En esa relación cuenta sobre todo la capacidad del adulto en reconocer las señales del niño y de satisfacer sus necesidades, en sintonizar emocionalmente y facilitar el disfrute conjunto, y la capacidad de reparación de la relación cuando ha habido discrepancias o rupturas. En función de todo ello, se han descrito tres modelos organizados de apego: seguro (el más equilibrado), inseguro ambivalente o ansioso (aquel que busca desesperadamente a su cuidador pero tampoco se consuela cuando está), e inseguro evitativo (el que oculta lo que siente y parece más independiente de lo que realmente es).

 

 

Al conocer esta teoría y todas las investigaciones posteriores que han ido confirmando sus hallazgos y profundizando en ellos, me surge una gran pregunta: ¿Cómo es posible que algo tan intuitivo e instintivo, como es ofrecer un amor incondicional a nuestros pequeños, necesite de una demostración de su efecto y necesidad, e incluso que esas investigaciones hayan ido contracorriente durante muchos años e incluso aún no se acojan con los brazos abiertos en todos los ámbitos profesionales y sociales? ¿Tan desconectados estamos los seres humanos con nuestras propias emociones, y con lo que experimentamos siendo niños, como para repetir los mismos patrones y originar el mismo sufrimiento a los que vienen detrás?

 

La importancia de lo que mostramos a nuestros pequeños

Si bien se trata de dos experimentos ya antiguos, su relevancia aún sigue vigente, y para mí supusieron dar con la explicación de aquello que intuitivamente pensaba acerca de la capacidad de los niños en absorber los estados emocionales de sus cuidadores (empleo este término de modo más amplio al de padres, aunque realmente suele ser la madre la figura de referencia principal en el cuidado).

El experimento de “still face” o cara neutra realizado con bebés de hasta un año de edad, pone de manifiesto la importancia de nuestras expresiones faciales y de la calidad de nuestra comunicación con los bebés para crear una sintonía sincera y honesta con ellos, y así contribuir a regular sus propios estados emocionales. Ante una cara inexpresiva, los bebés activan las alarmas y se sienten desamparados.

 

 

Y ahora me pregunto, ¿somos conscientes de la cantidad de veces que eludimos la interacción directa con nuestros bebés y niños, y obviamos sus señales? Les oímos balbucear y, ¿qué hacemos? ¿Acogemos con amor su llanto, o más bien nos molesta, más allá del significado que pueda tener? ¿Nos damos cuenta de las veces que estamos inmersos en la pantalla de nuestro móvil mientras nuestro niño nos está mirando esperando ser visto? Pero claro … es que “los niños siempre quieren llamar la atención” … ¿acaso no es lo mismo que estamos haciendo como adultos cuando estamos tan pendientes de “ser vistos” por nuestros contactos?

El otro experimento es el del precipicio visual. En él queda claro cómo transmitimos el miedo a través de nuestras expresiones y conductas como adultos.

 

 

Nos forjamos como humanos a través de las relaciones

Oyendo hablar a muchos adultos, o a mensajes que están muy anclados en nuestras creencias colectivas, parece que los bebés y los niños ni sienten ni padecen, es como una etapa en blanco, y ya en la adolescencia parece que “somos algo” y ya de adultos tenemos una identidad que aparece de la nada. Y claro, “soy así porque sí”. Si nos construimos pensando que somos entes independientes o compartimentos estancos, que cada uno se forja a sí mismo, y cada nueva etapa vital se basa en negar o despreciar fases anteriores, creo que no vamos por muy buen camino.

La investigación sobre el apego ha progresado mucho en las últimas décadas, y algo que parece cada día más claro es que esa necesidad de interacción y de establecer vínculos seguros se mantiene durante toda la vida. Y es que es en las relaciones donde tomamos conciencia de nosotros mismos y de los otros, y podemos avanzar en nuestro autoconocimiento para sentir mayor bienestar, serenidad, y seguramente, felicidad. Leyendo un libro divulgativo sobre apego adulto titulado Maneras de amar, de Levine y Heller, se nombra la denominada “paradoja de la dependencia”. Solemos vivir de forma muy generalizada bajo la creencia de que, para ser más fuertes, debemos necesitar menos de los demás, y no depender de los vínculos que tenemos. Y parece que todo indica que es al revés. Cuanta más seguridad podemos sentir por los vínculos sanos y robustos que establecemos con los demás, más libres e independientes nos sentimos para emprender y explorar nuestras posibilidades en el entorno.

 

Apego y exploración … las dos caras de la moneda

Recientemente realicé la formación en un programa de acompañamiento a padres con niños de 1 a 6 años de edad, que están en riesgo de exclusión. Este programa se denomina Primera Alianza (http://www.primeraalianza.com/index.php), y se basa en gran parte en otro denominado Círculo de Seguridad (https://www.circleofsecurityinternational.com/). La idea es crear un espacio de reflexión con grupos de padres, teniendo en cuenta los principios de la teoría del apego, y empleando como principal recurso el análisis de vídeos grabados con interacciones con sus propios hijos.

 

 

Quizá la mayor huella que me dejó esta formación es aprender a pensar en que los niños y, por extensión, los adultos, nos movemos continuamente entre dos polos que forman un circuito. Uno de los polos viene representado por nuestras necesidades de apego, es decir, de sentirnos recogidos y reconocidos por los demás, de compartir afecto, de ser vistos y valorados. El otro polo lo constituye nuestra necesidad de explorar el mundo, de expandirnos. Solo podemos explorar si tenemos una base segura de apego. Y en cada etapa de la vida, nos manifestamos de forma distinta respecto a esas necesidades.

 

 

No podemos obligar a que un niño sea independiente, si no le ofrecemos una base de amor incondicional que genere en él la seguridad para lanzarse por sí mismo. Pero es que de adultos, nos movemos igual. Si los adultos, e incluyo ahí a los padres, somos capaces de ver, escuchar y considerar a los niños como seres con necesidades y capacidades propias, estamos poniendo los cimientos de una identidad sana. Para todo ello, los adultos también debemos ser conscientes de nuestras propias emociones, sensaciones, pensamientos … es decir, de reflexionar acerca de nuestra forma de estar en el mundo y de cómo lo interpretamos, porque desde ahí podemos tomar la distancia para observar todo el escenario en el que se desarrolla nuestra vida, y en ella, nuestras interacciones con los demás.

 

 

A modo de conclusión

 

Llegados a este punto, te planteo un reto. Consiste en desarrollar nuestra capacidad de observación. A lo largo de un día, puedes pararte varios momentos (puedes poner alarmas de recordatorio en el móvil) a dejarte sentir y reflexionar, en el aquí y ahora, si te encuentras en el modo “apego” o en el modo “exploración”, y qué necesitarías en ese momento. ¿Cómo te lo reconoces en ti mismo? ¿Qué señales das a los demás para que se den cuenta? Al finalizar ese día, ¿ha prevalecido el apego o la exploración? ¿te has permitido por igual sentir ambas necesidades, o te cuesta más alguna de ellas? Y ahora algo muy importante, ¿soy capaz de ver en los demás qué necesidad es la que están manifestando en un momento concreto de interacción? ¿Y soy capaz de acoger dicha necesidad de forma abierta, o algo dentro de mí se activa y me hace sentir incómodo? Ufff, esto se pone muy interesante … Bienvenido a este mundo de relaciones y emociones que nos hace realmente humanos.

 

Referencias bibliográficas

  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Levine, A.; Heller R. Maneras de amar. Books4pocker, 2016.
  • Powel, B.; Cooper, G.; Hoffman, K.; Marvin, B. The Circle of Security Intervention: Enhancing attachment in early parent-child relationships. Guilford Press, 2016.
  • Wallin, D. El apego en psicoterapia. Desclée de Brouwer, 2012.

 

Encuentros con el miedo – capítulo primero

Vivimos en un momento de la historia donde prácticamente parece una exigencia no sentir miedo. Los medios de comunicación nos transmiten incesantemente comunicaciones contradictorias. Por un lado, mensajes atemorizantes, violentos, que activan nuestro mecanismo de defensa y nos mantiene en alerta. Por otro nos muestran superhombres y supermujeres valientes, héroes y heroínas que no temen a nada. La publicidad se encarga de hacernos consumidores de fórmulas atractivas para no detenernos en el miedo o sencillamente para obviarlo y no sentirlo.

En otras ocasiones, tenemos miedo a no ser capaces de arreglárnoslas en el mundo, de no poder salir adelante por una falta de capacidad y habilidades. Otras, entramos en pánico ante una situación nueva en la vida, sobresaltándonos y tambaleándonos ante los cambios ya sean laborales o personales. 

 

La sociedad del hacer insaciable

 

Y desde este punto de vista, aquel que siente miedo, es un «cobarde”, para el que el aburrimiento está prohibido. Hay que evitarlo porque cuando comenzamos a sentirnos aburridos, nos angustiamos (señal de que nos estamos acercando a nuestro miedo). Pero preferimos continuar en el hacer insaciable para no conectar con lo que realmente nos ocurre.

Son innumerables las estrategias que usamos para apartar el miedo de nuestros pensamientos. Hay quien hace yoga, sale a correr, baja a tomarse una cerveza, toma tranquilizantes, sale de compras, comer hasta la saciedad, ver series infinitas, etc.

Si bien es cierto que algunas de estas fórmulas pueden funcionan, al menos de manera momentánea, ¿qué grado de conciencia tenemos realmente de estas acciones? y sobre todo, ¿están siendo una solución real y consciente a lo que siento y necesito o están actuando de manera superficial, a modo de tapadera?

 

Amar y respetar nuestro miedo como a nosotros mismos

 

Ocultar el miedo es congelar una de las emociones más básicas, perdiéndonos la oportunidad de aprender y crecer con ella como si de una relación de pareja se tratase. Yendo más allá, es necesario amar y respetar nuestro miedo si queremos amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Es importante conocerlo, escucharlo, dar un primer paseo por el parque, entrar en amistad, tener una buena conversación con él y sobre todo, darnos el permiso de sentirlo y aceptarlo sin juicio. 

Todas las emociones tienen una intención positiva en nosotros, incluso las llamadas negativas como son el miedo, el asco, la tristeza y la rabia. Además, éstas son indicadoras de nuestros procesos de cambio y transformación. Entonces, ¿para qué necesito ocultarlo?. ¿Qué hay específicamente detrás de él?. 

Darnos el espacio y el tiempo para reconocer nuestro miedo, nuestras dudas e incertidumbres, es el comienzo para empezar a atravesarlo. Además, tenemos la capacidad y el poder de decisión para tener una relación más íntima con esta emoción de una manera más consciente, integrándola y poniéndola a nuestro favor, dándole el lugar que nosotros queremos que ocupe en nuestra vida. 

En este sentido, quizás podéis preguntaros, ¿cuál es el plan de acción que tengo que emprender para superarlo?, ¿Cuál es la receta?. Si os soy sinceros, yo aún no la he encontrado y dudo mucho que exista una marmita con la pócima mágica. 

 

Mi experiencia personal con el miedo

 

Como yo lo veo y como lo voy experimentando, es un trabajo de fondo que comienza por no hacer nada. Aparcar los planes de acción y comenzar a observarme y escucharme. El miedo anida en nuestra mente y en nuestro cuerpo, por tanto, para comenzar a explorarlo, podríamos hacernos algunas cuestiones como:

  • ¿En qué parte de mi cuerpo siento el miedo?
  • ¿Qué espacio ocupa en mi cuerpo?
  • ¿Qué pensamiento me viene a la mente cuando tengo miedo?

 

Relación del miedo con la exigencia y la excelencia

 

 

El miedo es una emoción íntimamente ligada a la exigencia. Cuando nos dejamos arrastrar por él, nos volvemos desconfiados, dubitativos, controladores, reaccionamos ante la mínima sospecha, intentamos controlar la situación o incluso nos paralizamos. Vemos los errores como una fuente de fracaso, nos negamos a recibir feedback y en nuestro entorno se genera una energía hostil. 

Qué distinto es ver la vida desde la excelencia. Cuando nos transparentamos con nosotros mismos, con lo que hay, con lo que sentimos, emprendemos el camino de la confianza. Encontramos aprendizaje en cada error, buscamos la mejora continua, escuchamos al otro, somos proactivos, innovadores, agradecemos y y nos alegramos de estar vivos cada día, generando un clima positivo y en paz.

 

La senda del guerrero

 

Hace unos años, mi amigo Juan me regaló Shambhala, un libro bellísimo que me encantó. El autor, Chógyam Trungpa, nos habla sobre la senda del guerrero o el camino de la valentía, como un sendero abierto a todo ser humano que procure una existencia auténtica que transcienda el miedo. Un guerrero no solo de mente, sino también de corazón.

Esta última parte, la del corazón, por lo general la solemos tener menos explorada. Es la parte “blandita” y que nos hace conectar con nosotros mismos. Suele pasar que cuando conectamos con él, a través de una meditación o simplemente estando presentes, descubrimos que este corazón está vacío y mirando hacia fuera. Es un corazón adormecido.

Si comenzamos a explorarlo y metemos la mano dentro de nuestro pecho, encontraremos algo blando, tierno, sensible y muy probablemente, encontraremos tristeza dentro. No tiene por qué ser a algo particular, puede ser una tristeza generalizada, muy en el fondo, a lo lejos, está ahí y también nuestro miedo a sentirla y a encontrar nada, simplemente vacío interior 

 

El  verdadero guerrero atraviesa la tristeza

 

Pero si no somos capaces de sentir esa tristeza, la valentía que podamos experimentar, será frágil como una cáscara de nuez. Hay que ser un verdadero guerrero para atravesar esa tristeza. Uno de los primeros pasos de ese guerrero, es conectar con su propia vulnerabilidad, provocada al verse con el corazón al descubierto. Dejándose tocar por otros, mostrando su miedo y también su tristeza. Siendo y sintiendo quién es. Dejando de hacer para comenzar a ser. Es ahí cuando podemos ver nuestra excelencia más genuina. Distinguiendo entre lo que hacemos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser. 

 

Reconocer el miedo no es causa de depresión ni de desánimo. Porque poseemos el miedo tenemos también, potencialmente, derecho a la vivencia de la intrepidez. La verdadera intrepidez no consiste en reducir el miedo, sino en transcenderlo. Shambhala, la senda sagrada del guerrero. Chógyam Trungpa.

 

La valentía comienza por reconocer el miedo y transcenderlo

 

Por tanto, la valentía comienza por reconocer ese miedo y transcenderlo. No solamente desde un plano mental que nos ayude a entenderlo, sino también desde el corazón, desde la ternura y la aceptación de nuestra realidad.

Trabajar la intrepidez es trabajar con la vulnerabilidad humana, con nuestros corazones. Todo guerrero tiene detrás un corazón tierno y vulnerable a su servicio y al de la humanidad. La verdadera valentía, el arrojo para traspasar ese miedo, viene de la mano esa ternura, de estar dispuestos a abrirnos, sin resistencia ni timidez a afrontar el mundo y a compartir nuestro corazón. Igual que cuando declaramos nuestro amor en pareja.

 

El miedo como compañero de viaje

 

 

Recuerdo con mucho cariño las palabras de uno de mis maestros, Gerardo Ortiz, Psicólogo y Terapeuta Gestalt, mexicano, discípulo de Claudio Naranjo, con muchísima experiencia llevando grupos. Nos contaba en uno de sus talleres a los que asistí durante una estancia en Chile, que a pesar de llevar muchos años viajando e impartiendo talleres por el mundo, seguía sintiendo miedo. Meras especulaciones de lo que iba a encontrarse y lo que pensarían sobre él.

Su receta era bien sencilla. Dentro de su maleta, siempre dejaba un hueco libre para meter una cajita con su miedo y con él, viajaba siempre. Escuchar este comentario, me sirvió enormemente para darme cuenta de que había estado negando mucho tiempo mi propio miedo y que esa negación me había convertido en una persona que realmente no era ni estaba disponible ni para mí ni para los demás. 

 

La aceptación como camino de transformación

 

 

Aceptar el miedo a ser y a vivir está siendo mi camino de transformación. Respetando que es parte de mi ser y de que juntos, desde el encuentro, podemos llegar mucho más lejos que desde la pelea y la evitación. Desde este reconocimiento, puedo construir mi realidad acorde con lo que soy y con lo que quiero llegar a ser.

Os dejo con unas palabras del libro Shambhala que espero os inspiren tanto como a mi. 

La clave del camino del guerrero es no tener miedo a ser quienes somos. Esto es en última instancia la definición de valentía. No tenerse miedo a sí mismo

Esa mentalidad de temor

ha de ser puesta en la cuna de la benevolencia

y amamantada con la leche profunda y brillante de la inmutabilidad eterna.

En la sombra fresca de la intrepidez,

abanicadla con el abanico de felicidad y gozo.

A medida que vaya creciendo, 

con diversos despliegues de fenómenos,

conducidla al patio de recreo auto existente.

Cuando sea mayor,

para impulsar la confianza primordial,

llevadla al campo de tiro al arco de los guerreros.

Cuando sea aún mayor, 

para despertar la naturaleza de sí primordial, 

dejadle ver la sociedad de los hombres

que posee belleza y dignidad.

Entonces esa mente temerosa

podrá convertirse en la mente del guerrero,

y esa confianza eternamente juvenil

extenderse por el espacio sin principio ni fin.

En ese momento, verá el Sol del Gran Este.

 

Referencias bibliográficas:

  • Shambhala, La senda sagrada del guerrero. Chögyam Trungpa. Kairós. Edición 11.
  • No es lo mismo. Silvia Guarnieri y Miriam Ortiz de Zárate. LID editorial. Edición 5.
  • 27 personajes en busca del ser. Claudio Naranjo. Ediciones La Llave. Edición 6.
  • Terapia Gestalt. La vía del vacío fértil. Francisco Peñarrubia. Alianza Editorial. Edición 2.

 

Homens. Círculo de Hombres

A mediados de mayo del 17 arrancamos, junto con Antonio Capa, un proyecto por largo tiempo amasado: Homens.

¿Cómo definirlo?

Todavía estamos dándole vueltas a eso que venimos haciendo dos martes al mes y que no termina de corresponder con las etiquetas: ¿un grupo de hombres?, ¿hombres reunidos conectando con sus emociones?, ¿hombres en la búsqueda de nuevos modelos de masculinidad?

En el comienzo de este proyecto, Antonio y yo, nos topamos con la sensación de que como hombres nos sentimos muchas veces perdidos, desorientados, cabreados ante lo que pretendemos/suponemos/creemos/ que un hombre debe ser.

¿Cómo debe ser un hombre?

Un hombre es y en principio no hay razón para que sea algo diferente a lo que es, sin embargo sabemos que desde la niñez primero la familia y luego la sociedad generan modelos o ideales de hombría y masculinidad. Así es como en nuestro desarrollo vamos fijando una serie de comportamientos, apetencias, atributos o preferencias que nos alejan de nuestro verdadero ser pero que nos permiten encajar en los moldes establecidos.

Al menos para la generación a la que pertenezco, los nacidos allá por los años 70, la entrada al club de la hombría, de la masculinidad, estaba vinculada con un conjunto de reglas no escritas pero sí de estricto cumplimiento:

  • Los niños no lloran.
  • No visten de rosa ni juegan con muñecas, bebés o cocinitas.
  • No usan el pelo largo, ni faldas o vestidos.
  • No levantan la mesa ni lavan los platos.
  • Le gustan las nenas pero sólo juegan con otros nenes a juegos de nenes.

Ya más creciditos en edad, se iban sumando nuevas pautas:

  • Ser caballeros: dejar pasar a las damas primero, abrirles la puerta, pagarles la cena o la entrada al cine. Son las reglas de la galantería.
  • Ser fuertes: física y mentalmente para destacar en los deportes o en cualquier otro tipo de actividad semejante.
  • Ser machos: cortejar a la hembra y sin complejos lanzarse a su conquista.
  • Sacar pecho ante las adversidades o ante el enemigo, tal como lo harían los gladiadores, los soldados, los príncipes valientes que en los cuentos se enfrentan a dragones.
  • Ser mentales: no dejarse guiar por las emociones.
  • Ser sostén económico: el padre de familia que abastece las necesidades de su prole y de su esposa.

El modelo del hombre del patriarcado

Sobrevolando estos ideales de masculinidad, aparece la bandera de la autosuficiencia: el hombre no necesita la ayuda de nadie ni comparte con nadie lo que le pasa. Tampoco crea demasiados vínculos de afecto porque está abocado a la competencia y a ser un triunfador. Se desconecta, pasa de todo, aguanta lo que le echen encima. Es pragmático y resolutivo.

Gracias a las luchas de los feminismos y a otros factores en los que no vamos a entrar aquí, esta matriz educativa y social patriarcal, esta fábrica de machos en serie, ha entrado en declive. Aunque aún quede mucha tarea de desmantelamiento, de denuncia y de recuento de los daños. Éste resulta particularmente difícil por la cantidad y variedad de destrozos que el patriarcado ha generado. Entre los más evidentes está, sin lugar a dudas, el hecho de que las mujeres son, por una parte, víctimas directas de la violencia machista en sus variadas formas (físicas, materiales y simbólicas) y, por otra parte, tienen un acceso mucho más dificultoso a los niveles altos de la escala salarial, a los puestos jerárquicos del poder político o del tejido económico. Múltiples son también las formas de explotación y atropello de la dignidad a las que están sometidas miles de mujeres, como así también son muchas las que padecen expresiones más sutiles, pero igualmente injustas, de un trato desigualitario e inequitativo.

La trama del patriarcado nos envuelve a todos y es consustancial al desarrollo exponencial del capitalismo en el mundo. Una mentalidad que se caracteriza por su violencia, desmesura, voracidad, afán de riqueza y destrucción. El ego, acaparador, insensible se expande como la pólvora, impregna a la cultura, educa. El individualismo radical del “salvase quien pueda” como principio que guía toda acción.

El modelo de hombre que genera el patriarcado, egoísta y destructor, está siendo revisado desde muchas perspectivas críticas y sensibilidades. Una voz como la de Claudio Naranjo se ha referido al ego patrístico como un complejo de violencia, conciencia insular y pérdida de contacto con una identidad más profunda.

Así las cosas, no todo está perdido y más vale encender una vela que maldecir la oscuridad.

A la búsqueda de nosotros mismos

Los hombres que rechacen o estén incómodos con el disfraz del modelo patriarcal, tienen la oportunidad de quitárselo. Lo primero es ser conscientes del daño que nos produce y que produce, ya que los hombres también somos víctimas del patriarcado y podemos ser agentes de cambio.

Se trata de ir encontrando fórmulas, estrategias de transformación de lo más próximo y personal: la manera de relacionarnos con nosotros mismos, con la familia, con la pareja, con los hijos, con los padres, con los amigos o la forma de gestionar lo doméstico. Con empeño y trabajo de hormiga, se pueden ir incluyendo otros ámbitos de actuación: lo vecinal, lo comunitario, lo político.

Nadie dice que sea fácil, el camino del auto conocimiento y la transformación suele estar lleno de malas noticias. En su recorrido, quizás nos vayamos percatando de que no somos tan maravillosos como creíamos ser, ni tan fuertes o poderosos, pero a cambio podemos volvernos más reales.

Las mujeres nos llevan la delantera en esto. Desde hace tiempo, muchas de ellas -varias generaciones- se organizan, se reúnen, se encuentran, crean redes para el conocimiento mutuo, el trabajo con las emociones, los círculos de apoyo. Crean, así, espacios de confianza y seguridad. Desde allí crean cultura, ética del cuidado, modos de aunar la razón con lo sentimental y lo instintivo.

Aprovechemos la experiencia de nuestras maestras, las mujeres, atrevámonos como hombres a madurar nuestra parte amorosa, tierna, a reconocer nuestra vulnerabilidad, a conectar con nuestras emociones y a responsabilizarnos de nuestras propias vidas.

Abrámonos a la posibilidad de ser nosotros mismos sin tantos miedos, conscientes de las heridas internas pero en la búsqueda del poder amoroso que nos constituye.

Atentados, musulmanes y la regla del PLAC

Los atentados del pasado 17 de agosto en Barcelona hicieron que muchas personas sintiéramos rabia e impotencia. Las cafeterías, los bares y las comidas familiares comenzaron a llenarse de opiniones, comentarios racistas y todo tipo de «fogos» y «fobias» hacia los musulmanes, terroristas o cualquier extranjero que pasara por ahí en ese acalorado momento. Este artículo surge a raíz de esas discusiones privadas que construyen nuestra realidad y ponen sin querer de manifiesto que la mayoría de personas desconocemos el funcionamiento de nuestro organismo el cual, por cierto, nos acompaña a todas partes a todas horas.

¿Pueden las personas o las cosas que nos pasan generar una emoción? ¿Cuál es el origen de las emociones? Gracias a la colaboración de Aïda Massana, este mes el artículo ha tomado la forma de video. En él abordamos estas y otras preguntas. Un video es algo inacabado que se termina con los ojos de la persona que lo mira. ¡Gracias!

 

Recordad siempre la regla del PLAC: una persona, un animal, una video o un lugar no tiene la capacidad de hacernos sentir nada, solo las ideas que hemos asociado a él.

PD: En este artículo, si os apetece, podéis profundizar un poco más en la regla del PLAC.

Nuestro cuerpo como testigo de lo vivido: una visión integradora de la salud mental

Este verano me planteé dejar un espacio importante para la lectura, algo que me encanta, pero a lo que dedico poco tiempo con calma. Y había un libro que captaba toda mi curiosidad: El cuerpo lleva la cuenta. Se publicó en español hace un par de años, y está escrito por un referente mundial en el ámbito del trauma psíquico: Bessel van der Kolk, psiquiatra de origen holandés que ha desarrollado toda su carrera en Estados Unidos. Con un estilo muy cercano, cuenta desde su propia experiencia, tanto profesional como personal, cómo ha evolucionado la visión del trauma psíquico, partiendo del estrés postraumático de los veteranos de guerra hasta el derivado de los abusos, maltrato y el abandono en la infancia, para plantear un enfoque integral en el que el cuerpo y la imaginación son componentes muy importantes.

 

El apego como marco de referencia para nuestra visión del mundo

 

En la segunda mitad del siglo XX, el psicoterapeuta británico John Bowlby desarrolló su teoría del apego, que fue reforzada por los trabajos de la psicóloga norteamericana Mary Ainsworth. Aunque pueda parecer mentira, fue el primer intento objetivo con base científica de explicar la necesidad de amor que tienen todos los niños. Mejor dicho, es una necesidad de nuestra especie y de todos los mamíferos. Ese amor se basa, más allá de la nutrición y de la protección material, en un contacto físico basado en la ternura, y en una comunicación intensa centrada en la conexión emocional profunda entre el niño y su cuidador principal, generalmente la madre. En función de la sintonía emocional que se crea (que depende en gran medida de la sensibilidad y disponibilidad emocional de la madre), y del modo en que se reorganizan las rupturas de dicha sintonía que se producen de forma natural, el niño desarrollará conductas que se pueden englobar en cuatro patrones de apego: seguro, inseguro resistente, inseguro ambivalente, y desorganizado.

 

 

Desde la década de los noventa del siglo pasado, se sabe que cada patrón de apego desarrollado en los primeros años de vida condiciona nuestra forma de relacionarnos con el resto de las personas y con nuestra forma de interpretar el mundo. Se asemejan a patrones de adaptación a la vida en función del afecto recibido. Además, condiciona la forma en la que criaremos a la siguiente generación si no hacemos un ejercicio importante de conciencia sobre lo vivido. Es decir, existe una transmisión transgeneracional de los patrones de apego.

¿Por qué es importante todo esto? Si nos paramos a analizar cómo es nuestra forma de relacionarnos con los demás, ya sea desde la amistad, en las relaciones de pareja o en lo profesional, podemos descubrir si tendemos a ser más fríos o calculadores, si realmente no nos asusta la intimidad o huimos de ella, si el contacto físico nos asusta, nos place o nos arrastra, etc. Y sobre todo, ¿qué visión tenemos de nosotros mismos? ¿Somos merecedores de amor, es decir, merecemos ser queridos de forma incondicional? (http://psiquentelequia.com/apego-conexion-emocional-intimidad/).

 

La conciencia corporal como pilar de nuestra identidad

 

También en los años noventa del siglo XX, un psicólogo norteamericano, Stephen Porges, presentó su teoría polivagal, en la que exponía cómo los mamíferos habían desarrollado un sistema nervioso autónomo algo diferente a lo que se había planteado hasta entonces en los textos de anatomía. Consideraba que la evolución había llevado al desarrollo de tres sistemas (en vez de los dos observados tradicionalmente, simpático y parasimpático), que no se encuentran en equilibrio, sino que se activan de forma secuencial ante situaciones de alerta:

  • el componente más evolucionado y que se activa en primer lugar corresponde al vago ventral, es decir, a una rama del nervio vago que ha evolucionado para regular la expresión facial y vocal, la mirada y la escucha a la vez que regula el funcionamiento cardiaco y visceral. Porges lo considera el elemento fundamental para nuestras respuestas relacionadas con la participación social, que se desarrolla gracias a patrones de apego saludables durante la infancia. Es decir, estamos programados desde que nacemos para reconocer emociones en las caras de nuestros padres, para imitarlas y aprender a sentirlas en nosotros mismos. Ante situaciones de alerta, habrá una tendencia en nosotros a buscar apoyo social o a negociar con nuestro agresor, si es el caso.

 

  • en el caso de que no tenga éxito el componente anterior, se activa el sistema simpático, que es el que nos permite luchar, o bien, huir. Si la negociación no es posible, la siguiente opción implica una defensa más activa, con movilización de nuestro cuerpo.

 

  • sobre todo en la infancia, en situaciones de peligro (como puede ser un abuso físico o sexual, e incluso emocional), es poco probable que el niño luche o huya, pues se ve en inferioridad de condiciones. Su respuesta automática de protección será la inmovilización, la congelación. Quedarse paralizado. Una respuesta frecuente en los reptiles, que simulan estar muertos. Se debe a la activación del vago dorsal. Esta conducta automática, cuyo fin es desconectarnos de la realidad tan abrumadora que estamos viviendo en ese momento, nos llevará con frecuencia a disociarnos, a hacer que nuestra mente, nuestras emociones, nuestro cuerpo, se desconecten entre sí, y eso facilitará que nuestro sentido de identidad no sea consistente, coherente, y sea más fácil que afloren situaciones de sufrimiento psíquico en la etapa adolescente y adulta.

 

La mayor parte de personas sentimos una sensación de “seguridad visceral” cuando estamos viviendo una situación verdadera de calma y serenidad. Es decir, si hacemos un barrido de sensaciones a nivel de nuestro vientre o tórax, seguramente sentimos que están “tranquilos”, no hay bloqueos en la boca del estómago, o retortijones, o aceleración de nuestro corazón. Se ha demostrado que esta capacidad de tomar conciencia de nuestros estados internos es un recurso muy importante para recuperar nuestra conciencia corporal y emocional, y permitirnos superar situaciones de desbordamiento emocional asociadas a múltiples trastornos, tanto del estado de ánimo como de la personalidad y psicosis.

Por otro lado, las personas que han sufrido abusos o abandono en la infancia suelen mostrar en estudios cerebrales cierta desconexión entre regiones en las que reside la conciencia corporal y el sentido del yo, de identidad. Es decir, “soy” en tanto que me reconozco de forma profunda dentro de un cuerpo al que siento. Potenciar estas conexiones ayuda a sentirnos mejor, a tener un sentido más profundo de la vida. Es por ello que el tacto afectivo (a través de masajes), el yoga y las diversas formas de terapia psicocorporal que han ido surgiendo en las últimas décadas son recursos muy valiosos como complemento a un acompañamiento psicoterapéutico.

 

 

¿Haber tenido experiencias adversas en la infancia se relaciona con la aparición de enfermedades en el adulto?

 

Cada vez, más investigaciones respaldan esta afirmación, especialmente en las enfermedades crónicas de tipo inflamatorio, como las autoinmunes, y en situaciones de dolor crónico no oncológico. Prueba de esta importancia es que el propio Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) tiene una web que alberga información al respecto, derivada del estudio ACE que se puso en marcha hace más de veinte años (https://www.cdc.gov/violenceprevention/acestudy/).

 

Nuestra visión tradicional de considerar separados cuerpo y mente cada vez tiene menos sentido. Somos una unidad integrada, nuestro cuerpo es el sustento de nuestras emociones y estas modelan nuestra forma de pensar y de estar en el mundo. Tendemos a vivir en negación de lo que sentimos profundamente, pues es lo que hemos recibido, y más allá de buscar culpables, quizá nuestra responsabilidad sea observarnos interiormente y reconocer al niño que aún habita en nosotros para abrirnos a sentir y acoger todo aquello que no es pasado, sino presente mientras sigamos llevando esa venda inconsciente.

 

¿Qué parece funcionar para superar nuestros traumas?

 

Van der Kolk, en su libro, ofrece una panorámica de los recursos que él ha ido incorporando a lo largo de más de 40 años de experiencia:

  • Por un lado, un acompañamiento cercano, basado en el respeto y en facilitar la autoconciencia emocional y corporal de la persona, en un entorno seguro, de aceptación y sin juicio.

 

  • Facilitar la reconexión con las propias emociones y el cuerpo, a través de la respiración, el tacto y el movimiento. En este sentido, la meditación (y mindfulness), el masaje y aquellas técnicas corporales basadas en la conciencia corporal (yoga es la que está más estudiada a nivel científico) constituyen una ayuda inestimable. Van der Kolk también emplea el neurofeedback para ello.

 

 

  • Una vez que se ha logrado cierto grado de regulación emocional, y reducción del sufrimiento, es posible abordar los recuerdos traumáticos. Para ello, la técnica de EMDR (desensibilización y reprocesamiento mediante movimientos oculares) (www.emdr-es.org) constituye un recurso de referencia, aunque la EFT (técnica de liberación emocional) da muy buenos resultados también (http://psiquentelequia.com/eft-tapping/).

 

  • Facilitar un cambio de visión de nuestro sistema interno, aprendiendo a vernos no como unidad interior rígida, sino como una “familia interna” con distintos componentes que reflejan a veces nuestras contradicciones a nivel emocional o de comportamientos. Van der Kolk se basa en la teoría de los sistemas familiares internos de Richard Schwartz para facilitar una reconciliación entre esas partes que todos llevamos dentro y que de ese modo pueden permitir una existencia pacífica, coherente y serena.

 

  • Potenciar la conexión con los demás, a través de actividades que impliquen sincronización entre los participantes y refuercen el sentido de pertenencia. Aquí es donde actividades como el teatro o hacer música juegan un papel fundamental, pues nos abre desde lo más visceral a los demás y nos permite sentir, más allá de la mente, la conexión con las otras personas.

 

 

  • Van der Kolk deja un apartado pequeño para la medicación (antidepresivos, antipsicóticos, etc). Si bien su práctica profesional comenzó en pleno auge de la psicofarmacología, los años han venido demostrando sus carencias para producir mejoras reales y duraderas en las personas, sin un apoyo psicoterapéutico integral. Un fármaco puede ser útil en ciertos momentos del proceso, pero siempre como ayuda, no como pilar del tratamiento.

 

A modo de conclusión

 

La lectura consciente de este libro, como resumen de la trayectoria de un profesional sensible con las personas a las que acompaña, me ha permitido hacer un balance de mi propia trayectoria vital y de cómo me aproximo a las personas que ahora acuden a mí. Cada día siento más profundamente que nuestro camino en la vida se basa en reconectarnos con el niño que fuimos, en permitir que la imaginación nos permita abrazarlo y darle aquello que necesitó y que quizá no recibió, y desde ahí tomar conciencia de cada mirada, de cada caricia, de cada palabra, de cada abrazo, de cada canto, de cada emoción, de cada segundo de vida para sentirnos realmente anclados a esta existencia mientras dure, de forma plena y consciente, sin mirar a otros lados, reconociendo nuestra capacidad para trascender creencias basadas en el miedo o en lo establecido, abriéndonos a explorar desde nuestro ser. Como suelo decir cada vez con más frecuencia, abrámonos a jugar, con nosotros mismos y con los demás.

 

Referencias bibliográficas

  • Porges, S. W. (2009). The polyvagal theory: new insights into adaptive reactions of the autonomic nervous system. Cleveland Clinic Journal of Medicine, 76 Supplement 2, S86-S90.
  • Van der Kolk, Bessel. (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Barcelona: Eleftheria.