Dimensión espiritual y cuidados de salud: hacia una atención integral del ser

 

Fue hace ya unos cuantos años cuando, tutorizando a enfermeros que estaban formándose en cuidados paliativos, estos me planteaban su interés acerca de cómo investigar sobre el abordaje de las necesidades espirituales de las personas que se encuentran al final de la vida. En aquel momento, desconocía toda la reflexión e investigación realizada por profesionales de la salud, especialmente de enfermería, para poder acompañar a la persona cercana a la muerte de una forma holística, teniendo en cuenta también los aspectos espirituales y religiosos. Me reconocía a mí mismo con cierto rechazo a entrar en el tema, por mi prejuicio sobre la relación con aspectos religiosos, pero lejos de ello, mi interés en profundizar me abrió una gran puerta para seguir descubriendo el sentido de mi propia existencia.

 

¿Qué es la inteligencia espiritual?

Desde hace algunas décadas, la espiritualidad ha sido objeto de estudio desde nuevas perspectivas filosóficas y también científicas, alejadas de las tradiciones religiosas, e incluso se ha llegado a acuñar el término de inteligencia espiritual, como una más de las inteligencias que forman parte del ser humano, siguiendo la teoría de inteligencias múltiples de Howard Gardner. ¿Y qué es esa inteligencia espiritual?

En el abordaje del tema que hace Francesc Torralba en su libro Inteligencia espiritual, hace alusión a diferentes definiciones. Cita a Gardner, que define esta inteligencia como la capacidad para situarse a sí mismo con respecto al cosmos, como la capacidad de situarse a sí mismo con respecto a los rasgos existenciales de la condición humana como el significado de la vida, el significado de la muerte y el destino final del mundo físico y psicológico en profundas experiencias como el amor a otra persona o la inmersión en un trabajo de arte. También citados por Torralba, Zohar y Marshall consideran que este tipo de inteligencia otorga la capacidad de afrontar y trascender el sufrimiento y el dolor, y de crear valores y encontrar el significado y el sentido de nuestros actos. Es decir, la inteligencia espiritual nos permite alcanzar una visión integral e integradora de nuestra experiencia como humanos, dentro del mundo y en relación con todo.

 

 

Descubrir estas reflexiones me permitió darme cuenta de que en mí existía esa búsqueda de significado, esa habilidad para intentar integrar lo vivido y buscar una trascendencia en ello. Podría decirse que la espiritualidad que cada ser humano puede desarrollar a partir de esta inteligencia se plasma en experiencias profundas, íntimas, intensas, a veces duras, que le acercan a esa visión integradora de su existencia. El camino recorrido por cada ser es único e intransferible. Si tuviera que emplear un verbo desde mi propia vivencia espiritual, diría que “siento”, un “siento” que es muy físico, muy corporal, que me conecta con lo emocional y a la vez con lo que va más allá de mí, con lo trascendente. Y se abre una gran ventana de comprensión que no es racional, no surge del pensamiento o la creencia, es una vivencia de todo el ser.

 

Espiritualidad y religión, ¿son lo mismo?

Dicho esto, ¿dónde se queda la religión? Históricamente se ha intentado generalizar ciertas visiones de ese camino espiritual para adaptarlas cultural y socialmente, e incluso institucionalizarlas. Y ese proceso ha dado lugar a las religiones. Si tuviera que emplear un verbo para definir cómo se sitúa un individuo ante la religión, es “creo”. Y creer es un acto muy racional. No surge de la experiencia interior, sino de la imposición o asunción de lo exterior. Toda religión ha surgido de experiencias espirituales, pero no todos los creyentes se han permitido recorrer ese camino interior para descubrir su espiritualidad única e incomparable. Con todo ello, no hago crítica de las religiones en sí, sino de cómo los humanos las hemos utilizado con otros fines. Y si una tradición religiosa concreta nos sirve como modelo o guía para adentrarnos en nuestras profundidades, bienvenida sea.

 

¿Y qué tiene que ver la espiritualidad con los cuidados de salud?

Cuando nos vamos adentrando en lo que significa la espiritualidad para el ser humano, vamos tomando conciencia de que esta capacidad se desarrolla especialmente cuando nos toca vivir situaciones de dolor y sufrimiento. Afrontar la enfermedad no es reto fácil, y se ha demostrado que cuando contamos con una visión más integradora, más alejada de la rigidez mental que confieren nuestras creencias individuales, abrimos la puerta a una comprensión que va a facilitar enormemente su afrontamiento y, en muchos casos, su mejor evolución clínica.

Abrirnos a la experiencia espiritual nos pone delante de liberarnos de la rigidez de nuestro ego, de una visión particular y sesgada, nos abre a conectar desde el corazón con los demás y con todo, incluso con nuestro yo más profundo e íntimo. Y ahí surgen vivencias de comprensión, de perdón, de reconciliación, de gratitud, a pesar de la dureza de lo que se está viviendo.

Y este camino parece ser bidireccional. Algunas investigaciones van relacionando ciertas actitudes, como el resentimiento o la ira que impide abrirse al perdón, como factores que influyen en la aparición o mantenimiento de ciertas condiciones patológicas, como el dolor crónico. Al final no son los hechos, sino la interpretación que hacemos de ellos, cómo nos contamos lo vivido, lo que nos puede liberar o, al contrario, encerrar en una ratonera de la que nos vemos, en muchas ocasiones, incapaces de escapar.

 

 

Dicho esto, ¿deberían los profesionales de la salud saber acompañar estas necesidades espirituales? La respuesta es claramente . Pues acoger sin juicio todo lo que necesita compartir y expresar una persona con enfermedad va a contribuir a un mejor afrontamiento y, posiblemente, a una mejor evolución. Esa acogida abarcaría desde el respeto a creencias religiosas o culturales que tiene gran peso en la vida de la persona y que muchas veces no son totalmente compatibles con ciertas prácticas sanitarias, a la tan crucial escucha atenta y empática del profesional. Es esta última la que puede remover las propias convicciones de este profesional, tocar su corazón, y la que lleva a considerar que acompañar a otros implica un profundo autoconocimiento para no interferir y sí facilitar nuestra presencia plena. Es aquí donde se enmarcan los cada vez más numerosos programas de formación de profesionales para aprender a acompañar en situaciones de enfermedad, sufrimiento y cercanía a la muerte.

 

Acompañando al final de la vida

Y es precisamente en el ámbito de los cuidados paliativos donde esta formación está definiendo el patrón a emplear en otras especialidades y ámbitos. En 2014, la Sociedad Española de Cuidados Paliativos editó una guía sobre Espiritualidad en Clínica, que es un trabajo exhaustivo, profundo y cercano sobre cómo aproximarnos como sanitarios al mundo de la espiritualidad para hacer posible el acompañamiento de las personas en estas necesidades.

Uno de sus autores, Enric Benito, es un referente en este sentido en España, y escucharlo permite comprender con mayor conciencia y profundidad de lo que estamos hablando.

 

 

El parto como experiencia trascendente

Como venía expresando anteriormente, la enfermedad, el sufrimiento y la cercanía a la muerte suponen momentos clave para ahondar en nuestro camino espiritual, y en el que los profesionales sanitarios pueden ser aliados durante el acompañamiento. Pero cuánta fue mi sorpresa durante mi formación en salud mental perinatal el año pasado, que el momento del parto es descrito por muchas mujeres como una experiencia muy profunda, trascendente. Si nos paramos a reflexionar sobre ello, tiene todo el sentido, la Naturaleza ha querido conferir a este gran momento un significado muy importante, más allá de lo racional, a la mujer que se abre a la maternidad.

Sin embargo, la medicalización que ha experimentado durante el último siglo la atención al embarazo y al nacimiento ha implicado que se haya asentado la visión tradicional del parto como algo doloroso, en el que la mujer no tiene control sobre su cuerpo ni capacidad de decidir, y todo ello ha llevado a que una gran parte de los partos dejen un estrés postraumático en las madres, que afecta a todas las esferas de su vida, y por supuesto, a la relación con su bebé. Vivimos en una sociedad en la que los profesionales sanitarios han potenciado y siguen permitiendo que nos movamos desde el miedo en nuestras decisiones, en que renunciemos a la conexión con nuestro propio cuerpo y a nuestro potencial fisiológico y sanador para afrontar momentos tan trascendentales como puede ser la llegada de un nuevo ser. Y es ahí donde creo que nuestra función debe ser de acompañamiento y contención más que nunca, de reforzar la confianza de la propia mujer en su propio cuerpo y capacidad para afrontar esta situación y así facilitar que, en vez de que un nuevo nacimiento sea una experiencia traumática, se convierta en una experiencia espiritual.

 

 

Referencias bibliográficas

  • Benito, E.; Barbero, J.; Dones, M. (editores) Espiritualidad en Clínica. Una propuesta de evaluación y acompañamiento espiritual en Cuidados Paliativos. Sociedad Española de Cuidados Paliativos, 2014. Descargable en: http://www.secpal.com/%5CDocumentos%5CBlog%5CMonografia%20secpal.pdf.
  • Olza, I. Parir. El poder del parto. Ediciones B, 2017.
  • Prieto, M. Perdón y salud. Universidad Pontificia Comillas, 2017.
  • Torralba, F. Inteligencia espiritual. Plataforma Editorial, 2010.

 

Yoga, fuego y espiritualidad

El tener una granja no me convierte en granjero. Trabajar cada día las tierras, cuidar de los animales, hacer el sacrificio de estar ahí, presente, dedicado en cuerpo y alma es lo que me convierte en granjero. Lo mismo sucede con la espiritualidad. Soy una persona espiritual cuando hago un esfuerzo consciente por trabajar el espíritu.

En demasiadas ocasiones representamos en nuestras mentes  el espíritu de una forma fantasmagórica, le damos una imagen etérea y en la mayoría de los casos vacía. El espíritu es una fuerza, tan real como la de la gravedad. No se puede ver ni oír, pero se siente a través de la acción. Es la fuerza que nos mueve, que nos da vida y nos transforma.

Todo cambia, en todo momento. No hay nada que permanezca estático. Hasta la roca más sólida se va erosionando con el tiempo. No hace falta ser budista para comprender esto, cualquier persona que se siente a observar va a llegar a la misma conclusión.

El primer principio de la termodinámica nos dice que la energía ni se crea ni se destruye, se transforma. Crear consiste en transformar algo de una forma a otra. Pensamiento en acción, imaginación en proceso. Sueños que se hacen “realidad”.

Resulta paradójico que el mecanismo de la espiritualidad consista en materializar lo intangible pero así es. Sin embargo el “propósito” al que sirve es lo verdaderamente “espiritual”. Lo importante nunca  a ser el resultado de la transformación si no el proceso que lleva detrás, la fuerza que lo hace posible.

El yoga es una forma de espiritualidad, es un camino de transformación. El objetivo consiste en convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Somos diamantes en bruto que debemos pulir para brillar con fuerza. La acción de pulir es la manifestación del espíritu, el brillo la iluminación.

La fuerza de la gravedad siempre está ahí, podemos aprovecharla o dejar que haga su función naturalmente. Con el espíritu sucede lo mismo. Podemos controlar esa fuerza, podemos hacerla más fuerte, podemos utilizarla para nuestro beneficio o bien dejar que fluya sin más. La clave en el yoga consiste en tomar el control sobre esa fuerza.

Aquí es donde comienza todo. Una persona espiritual es una persona con una fuerza de voluntad excepcional, constancia, determinación, valor… Conceptos que se asocian tradicionalmente al elemento fuego.

Entregarnos al fuego del espíritu para ser transformados es sólo el principio y el camino hacia el final. Un camino lleno de obstáculos y peligros, un camino que cada uno de nosotros debemos de andar. Un camino que desgraciadamente lleva en muchas ocasiones al engaño pues es un camino de poder. En el momento en que te das cuenta de tu poder te haces invencible (o más bien te crees) y olvidas que de igual modo que sucede con la gravedad, todo lo que sube baja en algún momento.

Ese es el verdadero infierno, en el que las llamas te consumen y sufres tu ignorancia. Ignorancia por haber llegado a creer que ese espíritu que te hizo brillar es tuyo, que te pertenece, pues el sentimiento de pertenencia no es más que un espejismo. Tan real como el reflejo que ves cada mañana en el espejo.

Buda decía que el deseo es la causa del sufrimiento pero en realidad el sufrimiento está causado por el apego. Es bueno desear, es necesario tener aspiraciones, sueños…es la forma en la que el espíritu cobra forma. Pero al mismo tiempo es fundamental no aferrarnos al resultado de nuestras acciones. Esta es la forma tradicional de crear karma.

El yoga nos enseña que debemos amar, y el amor es aceptación. Debemos amarnos a nosotros mismos de forma incondicional. Aceptar los resultados, sean cuales sean, valorando por encima de todo nuestro esfuerzo, pasión y entrega. Darle valor al espíritu por encima de todo. Sonreírle a la adversidad, entregarte al máximo en cada momento y no esperar nada. Ese fuego puede iluminar galaxias enteras, no tiene límites, es eterno.

El raciovitalismo de Ortega y Gasset

El tema de nuestro tiempo

El tema de nuestro tiempo es una obra de José Ortega y Gasset escrita en 1923. Puede considerarse como el comienzo de su tercera y última etapa filosófica, caracterizada por su doctrina del raciovitalismo. Esta teoría considera la vida humana como la realidad radical, siendo la razón uno de sus componentes (instrumentos) esenciales. Con el raciovitalismo, Ortega y Gasset pretende superar los excesos del racionalismo y del vitalismo.

Lo que Ortega llama ‘el tema de nuestro tiempo’ es el agotamiento de los dos grandes movimientos filosóficos que le preceden: racionalismo dogmático y vitalismo relativista, y la necesidad de superarlos.

Razón y vida parecen oponerse. Véase el conocimiento: ¿Cómo conjugar la verdad, objetiva, inmutable, única, universal con la vida, subjetiva, mutable, plural, individual? Si se renuncia a la primera nos quedamos en el relativismo, que en tanto negador de verdad absoluta no se puede tomar en serio a sí mismo; se acaba en el escepticismo: es una doctrina suicida. Por otro lado está el racionalismo, que para salvar la verdad renuncia a la vida. El racionalismo ha de suponer un entendimiento abstracto, un yo puro común a todos los hombres, un yo trascendental. ¿Pero cómo explicar la dificultad del acuerdo en tiempo y lugar? El racionalismo es antihistórico. Los racionalistas conciben la historia como la historia de los errores debidos a nuestra voluntad de afirmar lo que no entendemos aún. La verdad sería lo que la pura intelección descubre sin apoyarse en nada: lo matemático, lo cuantitativo.

Ortega rechaza esta feroz oposición, este falso dilema: y afirma que la sensibilidad de su época rechaza este dilema también. Su época está pidiendo su superación: no entendemos la verdad sin vida ni la vida sin verdad. Lo mismo ocurre con la idea de bien o de belleza; con todo lo que englobamos dentro del término “cultura”. No hay una escisión radical entre razón y vida, sino una continuidad con la vida en la base y la razón como facultad que emerge de lo vital y está al servicio de la vida. El pensamiento es un órgano de mi vida, un instrumento para mi vida que ella gobierna. Nace como necesidad vital del individuo pero consiste en adecuarse a las cosas; está entre la ley subjetiva del individuo y la ley objetiva de la verdad. No puedo pensar útilmente para mis fines biológicos si no pienso la verdad. Lo contrario nos llevaría a numerosos errores prácticos y a la desaparición. El pensamiento verdadero es un enlace entre la subjetividad del yo y la objetividad de las cosas. Tengo que adecuarlo a las cosas y a la vez tengo que hacerlo mío.

Árbol de la vida

La cultura como vida espiritual

Ortega prosigue en la obra citada afirmando que el pensamiento, nuestra parte espiritual, se construye de acuerdo con los dictados vitales. Y el producto de esa construcción es la cultura. La cultura inicialmente es una función vital como su causa, el pensamiento. Pero puede segregarse del sentimiento, independizarse e ir contra la vida, adquiriendo valor por sí mismas, desvinculadas de su función vital, cosa que no sucede con el páncreas, por ejemplo. Es lo que Ortega considera que es el problema de su tiempo: la discontinuidad entre la vida espontánea y la vida espiritual. Y es que no hay cultura sin vida, no hay espiritualidad sin vitalidad. “Espiritual” es un adjetivo que se añade a “vida”: la cultura es vida espiritual. Los racionalistas, al desvincularlas totalmente, han errado. Quedarse sólo con una de ellas lleva a la barbarie o al bizantismo. La nueva sensibilidad es la que se da cuenta de ello.

Los racionalistas, según Ortega, ya no creen en su propia filosofía, pues no es suficiente la convicción lógica, sino que también es necesaria la convicción vital. Nuestras actividades necesitan regirse por dos clases de imperativos: culturales y vitales. La disociación de las normas y su cumplimiento es la gran hipocresía de Occidente en los últimos tiempos, debido a que su cultura está alejada de la vitalidad que la originó; está anquilosada. Se ha objetivado imponiéndose a la subjetividad que la engendró. Esta cultura ya no nos vale, hay que crear otra que sirva a la vida; es necesaria una cultura emergente enraizada en la vida de los hombres de ahora. El hombre occidental está desorientado, su sistema de valores ha perdido vigor imperativo, ya no le convence, no lo siente como suyo. Se ha dejado de creer en los grandes ideales de la modernidad; se hace un arte que rompe con todo lo anterior.

El tema de nuestro tiempo, la misión de nuestra generación -dice Ortega- es reordenar el mundo desde el punto de vista de nuestra vida. Hacer de la vida un principio. La modernidad fue acabando con el trasmundo celestial cristiano, que ponía la vida del más acá como subordinada a la vida del más allá, pero no puso la vida como principio: ciencia, moral, arte (la cultura en general) se consideran como valores desligados de la vida: la ciencia es la búsqueda de la verdad por la verdad misma, la moral el deber por el deber. Dado el carácter esencial de apertura que tiene la vida (siempre se vive para algo): de transitividad, de emigración del yo hacia lo otro, se ha pensado siempre que la vida no tenía valor en si misma. Y no es así.

Ortega aboga por una síntesis superadora de vitalismo irracionalista y culturalismo (racionalismo antivital-antihistórico). Una unión que los haga desaparecer. No se trata de negar la necesidad que la vida tiene de la cultura, sino de destacar la inversa, algo ignorado hasta ahora.

Perspectivismo

Ortega retoma el primer ejemplo que puso: el conocimiento. Pero si antes lo analizó desde el punto de vista del (falso) dilema, ahora lo analiza desde la superación de dicho dilema. Ni nos vale el racionalismo, según el cual el sujeto no tiene peculiaridad alguna, la realidad lo atraviesa sin deformaciones; es un sujeto trascendental, sin vida ni historia. Ni tampoco el relativismo, para el que todo sujeto es particular, la realidad se deforma de modo distinto según el sujeto, y no hay conocimiento objetivo y universal.

La solución que Ortega propone es el perspectivismo. Lo mismo que ocurre con los olores y los colores ocurre con las verdades. La estructura psíquica de cada individuo es un perceptor de unas y otra no, depende de las circunstancias. La realidad es percibida desde distintas perspectivas; no existe un punto de vista absoluto, una visión sub especie aeternitatis al modo espinosista, sino más bien al modo leibniziano, cada mónada es una perspectiva del universo, un parte única de la verdad. La divergencia de visiones entre dos sujetos no implica la falsedad de una de ellas: cada vida es un punto de vista sobre el universo. La realidad es como un paisaje, admite distintas descripciones según el punto de vista.

La peculiaridad de cada individuo es lo que le permite captar la parte de la realidad que le corresponde. Cada individuo, cada enervación, es un aparato de conocimiento insustituible. La verdad total sólo se obtiene articulando lo que el prójimo ve con lo que yo veo, y así sucesivamente. Yuxtaponiendo todas las visiones parciales tendríamos el punto de visa que se atribuiría a Dios, que no es un punto de vista distinto, absoluto, sino la suma de los puntos de vista individuales.

No hay pues para Ortega tal oposición radical entre razón y vida, sólo si concebimos la razón al modo moderno, como razón pura físico-matemática. La razón pura debe sustituirse por la razón vital.

Referencias:

Aspectos básicos del Za Zen: La postura correcta

TEISHÔ 1

En las diversas tradiciones Zen, se da una capital importancia al hecho de sentarse en una forma prescrita. Es importante saber que la postura indicada para la “sentada” posee una raigambre milenaria, siendo por tanto un uso cuya saludable repercusión física, mental y espiritual ha sido sobradamente contrastada a lo largo de los siglos, teniendo sus raíces en las enseñanzas transmitidas a lo largo de muchas generaciones. Esta observación, sin embargo, no es determinante para que, de modo mimético, debamos seguir esas prescripciones sin previamente afirmar lo que sigue: el viento del Ser sopla donde quiere, es ”salvaje”; el Ser Esencial, se expresa libremente en cada persona, sin verse por tanto obligado a manifestarse siguiendo pautas, rituales o posturas determinadas, por muy legítimas que ellas sean. Así, lo que queremos decir es que las prescripciones posturales que a continuación siguen, quieren ser solamente lo que son: una pauta, que cada persona, dentro de su libertad, juzgará como lo que es: una sabia referencia que en virtud de las características personales, se tendrá que adaptar a cada caso.

 

meditacion za zen

 

Aspectos básicos

Comenzaremos diciendo que es fundamental que la columna vertebral permanezca erguida y alineada en su propia verticalidad. La cabeza deberá recogerse hacia atrás, como quien repliega la barbilla, igual que si un hilo tirara desde la nuca hacia arriba, haciéndolo de tal forma que la punta de la nariz y el ombligo formen una línea perpendicular, mientras las orejas se sitúan en línea también perpendicular con respecto a los hombro. También suele emplearse la imagen de una persona que está dentro un ascensor repleto de gente, y cuya cabeza, para evitar colisionar con la de una mujer de ampuloso peinado, debe replegarse sobre sí misma, encogiendo la barbilla hacia su propio pecho.

Al sentarse, será importante que las nalgas se sitúen en la mitad delantera del cojín, cuyo efecto es el del adelantamiento de la pelvis, para que de ese modo el Hara quede liberado y las piernas, inclinarse en ángulo obtuso con la columna, faciliten esa liberación.

Adoptada ya la postura correcta, el Hara, centro vital del ser humano, será el punto donde converja el conjunto de las fuerzas corporales, allí a tres o cuatro centímetros bajo el ombligo, en la profundidad del vientre.

Si bien en un primer momento esta postura puede percibirse como incómoda, tal percepción está relacionada con nuestros hábitos y condicionantes occidentales, pues lo cierto es que el modo de sentarse del Za-Zen, posando las nalgas sobre los talones, siempre ha sido considerado como una postura natural por todos los practicantes, independientemente de su procedencia.

La postura de Za-Zen llamada postura loto, consiste en cruzar las piernas, colocando el pie izquierdo sobre el muslo derecho y el pie derecho sobre el muslo izquierdo. Las rodillas, inclinadas hacia abajo por el efecto de sentarse sobre el cojín, se apoyarán firmemente sobre el suelo. Nalgas y rodillas configurarán triángulo de apoyo en el que el centro principal de gravedad donde se asienta todo el cuerpo es el Hara.

En caso de que la postura loto resultara especialmente incómoda, es aconsejable no forzar el allí a tres o cuatro centímetros bajo el ombligo cuerpo y adoptar la postura llamada de medio loto, que consiste en que el pie izquierdo repose sobre el muslo derecho, mientras que este se sitúa bajo la pierna izquierda. También se contempla la tercera alternativa, la llamada postura birmana adecuados, los principios masculino y femenino, el samsara y el nirvana, el talante de la no dualidad, en la que el pie izquierdo repose junto a la pierna derecha, pudiéndose dar la colocación inversa, es decir: el pie derecho junto a la pierna izquierda. Sogyal Rimpoché, aclara que las piernas cruzadas expresan la unidad de la vida y la muerte, el bien y el mal, la sabiduría y los medios

Finalmente, la postura meditativa incluye otras dos posibilidades más. La utilización del banquito de meditación y la de una silla. En cuanto a la segunda, cabe señalar que es fundamental mantener la espalda recta y alejada del respaldo de tal forma que las piernas, relajadas, se orienten mediante una inclinación hacia abajo, de tal modo que las nalgas queden más elevadas que las rodillas. Lo cierto es que en Oriente se suele representar al futuro Buda, Maitreia, plácidamente sentado en una silla. Sea lo que fuere, conviene recordar que el Ser es salvaje, no conoce de culturas, es independiente de toda religión, y, se manifiesta en cualquier postura, sea en la postura del cojín, en la del banco, en la de la silla, en los movimientos eróticos, Y, si hiciera falta, hasta en el mismísimo W.C., que todo lugar es potencialmente sagrado, y en todo lugar puede asentarse el templo de Buda. Pero el Za-Zen es nuestra referencia.

En cuanto a las manos, la mano izquierda se colocará sobre la mano derecha, y, ambas de ese modo superpuestas, se posicionarán junto al vientre, hacia arriba. Los dedos pulgares, uno frente a otro deberán tocarse mutuamente, de tal modo que ambos formen una articulación horizontal, es decir, configurarán una posición que ni forme un valle (hacia abajo), ni una montaña (hacia lo alto). Un indicador de los extremos de tensión o laxitud corporal y anímica en que se halla el meditante es de qué manera, si apretados o laxos, se halla precisamente la posición de los pulgares entre sí.

Para que todo ello fluya del modo indicado, la mirada, con los párpados entreabiertos, se situará fijándola sobre un punto exterior situado al frente, alrededor de 90 centímetros desde las nalgas. Ello evita distracciones y fomenta la concentración, aunque es preciso añadir que la atención surgirá sin perder de vista la vivencia interior, la sensación de ser.

Es sumamente importante insisir que estos criterios tienen un carácter indicativo, y es preciso recibirlos como referencias orientadoras, sin más, y muy lejos de cualquier tipo de rigideces normativas, como las provenientes casi siempre de ámbitos religiosos sean occidentales u orientales. El Zen no es una religión. El Zen es un Camino. El Zen esencialmente es liberación, y por tanto nada, absolutamente nada, tiene que ver la tensión, y menos la obsesión. La meditación, tiene menos que ver con la ascética y con la moral que con la libertad, patrimonio de los seres despiertos.

 

meditación za zen

 

El flujo de la respiracón

El ser humano adopta una postura erguida, por tanto su tronco camina en vertical. Ello influye en su expresión, en su conducta.

El punto más importante, donde reside la mayor fuerza, y, al mismo tiempo, la zona más sensible de cara a mantener la postura justa es el Hara, llamado también tandem, o koshi, un punto situado justamente en la parte inferior del tronco, a unos pocos centímetros bajo el ombligo, en la profundidad del vientre. Debe ser objeto de nuestra atención que esa zona se convierta en lo que es, en la base firme sobre la que debe descansar la parte superior del cuerpo, y ello de tal modo, que si resultara que la parte superior fuera más pesada y la inferior ligera, se podría simbólicamente entender que la vida se hallaría oprimida por algo objetivo, y las instancias superiores arrastradas por las inferiores. Mientras que si la parte inferior se muestra sólida, y la superior ligera, ello representaría un estado en el que la vida del cuerpo trasluce el carácter de sujeto que abarca aquello que es objetivo. Pero, insistimos, esta observación no deja de ser una apreciación simbólica.

La postura correcta del cuerpo humano se alcanza insuflando en el abdomen (Hara) la fuerza (genki) de todo el cuerpo, lo que implica el tensar de algún modo los músculos abdominales. Si esta operación se lleva a cabo correctamente, en la profundidad del vientre aparecerá un punto de concentración como núcleo de tensión (kikai tandem). La habilidad de ejercitarse en el hara liberando todas las fuerzas dispersas a lo largo y a lo ancho del cuerpo, para seguidamente concentrarlas todas en el bajo vientre, es un arte que has estado y está presente en la inmensa mayoría de las artes orientales. El hecho de que el Hara sea fuente de vigorosa energía, se halla unido a la forma natural de espirar el aire. Cuando aspiramos, surge la fuerza del vientre, manteniendo intacta su postura. Es entonces cuando el aire aspirado penetra sin obstáculos llenando la parte superior del vientre, siendo al final de la respiración cuando el Hara se plenificará espontáneamente de energía para, seguidamente, poder espirar el aire de modo fluido y natural, sin que en momento alguno debamos contener el proceso respiratorio.

Una vez equilibrado y armonizado el cuerpo en el vaivén del proceso respiratorio, la zona del estómago aparecerá cóncava en el momento de la espiración, mientras que el abdomen, sin forzarlo, sobresaldrá levemente. El abdomen, aparentemente inalterado desde afuera, se percibirá desde adentro como algo endurecido; una sensación que, aunque levemente, subraya el tránsito entre la vacuidad y la plenitud.

En ese proceso de vaivén respiratorio, la aspiración se lleva a cabo en menos tiempo que la espiración, lo que ayuda al progresivo fortalecimiento del Hara. Esa espiración, sin embargo, no supone una economía de aire con respecto a la aspiración, sino que adquiere una solidez más voluminosa en la medida en que se acerca a su final. En este sentido Sato Tsuji emplea la imagen de la forma de porra, (Dürckheim, más suave, habla de forma de pera) queriendo enfatizar ese final en el que con la barbilla algo sacada, se abre ampliamente la base del Hara (Hara- no- soku)y espira el aire con fuerza y completamente. Esa espiración tiene que ser más gruesa cuanto más se acerque a su final, como si tuviese la forma de una porra. Si no se tiene fuerza en la base del Hara, la espiración será como un leve suspiro, pero si espiramos el aire desde la base del abdomen, lo haremos con fuerza y como un torrente. 

La llamada postura correcta es la que permite al cuerpo colocarse en la verticalidad idónea mediante la que se facilita la transparencia del Ser, ajena al lastre del ego y sus ilusiones dualistas, que es el causante de que la fuerza se contraiga en diferentes puntos. Es así como puede emerger la vacuidad del yo.

En la postura correcta, queremos insistir en ello, el centro de gravedad se sitúa en el Hara, que se torna duro y firme, siendo allí donde, de modo fluido y natural, se congrega la fuerza abdominal. Semejante fuerza, deja asimismo fluir la tensión justa donde se trasluce la plenitud de toda la energía corporal, que resalta sobre todo en el momento de la espiración. Cabe añadir que la postura en la que es el pecho el que se tensa, provoca el alzamiento muscular con la consiguiente debilitación del abdomen, desplazándose el centro de gravedad a la zona superior, lo que provoca un des-equilibrio.

La importancia de los hombros es esencial a la hora de que surja la postura correcta. Dürckheim señala que es preciso soltarse en los hombros para alcanzar esa postura y alcanzar la verdadera forma. Soltarse en los hombros para así apoyarse en el centro vital, transparentando de ese modo el auténtico vacío del cielo (parte superior), y la plenitud de la tierra (parte central inferior).

En el Za-Zen, tenemos la ocasión de evidenciar la postura “justa” del ser humano, la verdadera forma que nos es propia, nuestra imagen primordial, nuestro arquetipo esencial, que nos pone en contacto con la Unidad. El trabajo sobre nuestra forma postural no es otro que el ser transparente a nuestro Ser esencial; transmitirlo y proyectarlo es la única tarea, que puede dar sentido a nuestra estancia en la tierra. Allá, en el fondo de nuestro núcleo más íntimo; desprovista tu alma, como si de una cebolla se tratara, de las conchas que la cubren; allá en el fondo, donde la desnudez del yo, convertida en el más sólido de los vacíos, evidencia una esencia que clama por despertar, por expresarse, y hasta por chillar. Allá en el fondo. Allá, desprovisto y desnudo, allá está ESO, en forma de clamor. Sólo quien habla desde el fondo puede calar en el Tú; sólo quien, libre de ficciones literarias, habla o escribe desde su núcleo, puede alcanzar el núcleo del otro. Porque sólo la transparencia suscita transparencia. Sólo la mirada limpia engendra otra mirada limpia.

La verdadera forma es una arte. La forma que se es en el cuerpo que se es. En el Za-Zen, devenimos artistas de la vida. Porque el mismo Za-Zen es un arte. A él me refería yo en un cuarteto:

Quizá el arte consista en la destreza
del que forja su vida en el Vacío
y encara con la Nada el desafío
de esculpir en el Ser su fortaleza…

Fuentes:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)

Las raíces de la espiritualidad

Son muchos los motivos por los que uno puede adentrarse en el mundo de la espiritualidad. Y con espiritualidad me refiero a la experiencia espiritual. Algunos le dan el nombre de llamada, otros despertar. Sea cual sea la denominación, este “nuevo comienzo” suele originarse por un momento de vacío interior en el que percibimos algo más, algo que siempre había estado ahí pero que no nos habíamos parado a prestar atención.

Una vez hemos degustado ese “algo más”, sentimos la necesidad de repetir la experiencia, es una droga muy fuerte que nos cambia por completo, nos hace plantearnos qué estamos haciendo con nuestra vida y si será lo correcto.

Es un momento crítico en el que debemos de asentar una base sólida para comenzar nuestro camino, si no es muy probable que no solo no encontremos lo que estemos buscando, peor aún habremos perdido nuestra vida en ello.

En primer lugar debemos dejar a un lado el pasado, no es recomendable aferrarnos a ese momento. Con una mente abierta, deberíamos primero mente abierta einsteinconsiderar si ha sido una construcción mental o si ha venido de “otro lugar”. El análisis es clave para mantener la mente sana y no caer en las redes del subconsciente. Si tu mente está cerrada desde el principio será difícil trabajar con ella. Es altamente probable que al principio no lleguemos a ninguna conclusión, pero por lo menos habremos creado la condición para que, cuando estemos preparados venga a nosotros la respuesta.

El segundo paso es plantearnos ¿Y que hago ahora?, ¿Por donde empiezo?, ¿a dónde voy? Porque está claro que aquí no puedo seguir…

¿Me voy a la India? Allí parece que hay espiritualidad auténtica, seguro que encuentro un gurú que me guíe. O ¿Me meto a un monasterio?, ¿dejo todo y me voy al bosque a vivir libre como los pájaros? ¿Me hago budista?, los monjes parecen tener paz…

En la inmensa mayoría de los casos que he conocido, incluyendo el mío propio, todas estas preguntas vienen formuladas desde un estado de saturación mental que solo genera confusión. Si estábamos perdidos, ahora nos vendamos los ojos para hacerlo todo aún más complicado.

No queremos aceptarnos como somos, por eso tratamos de huir, de alejarnos de todo lo que hemos sido para empezar una nueva vida. No hay nada malo en tomar distancia, a veces necesitamos alejarnos para ver las cosas con perspectiva. Lo importante es ser conscientes de que no podemos huir de nosotros mismos.

En función de la claridad mental que tengamos en el momento en el que tomamos esta o cualquier otra decisión, nos será más fácil seguir hacia delante y no caer precipitadamente en el engaño. Solo el discernimiento nos conduce por el camino adecuado para cada uno. A este discernir en yoga lo llaman viveka y se dice que proviene de Buddhi, la mente despierta, la mente iluminada.

El lado oscuro y la renuncia

A veces la idea de iluminación causa problemas. Cuando empezamos nuestro camino, inmediatamente queremos estar iluminados, queremos ser como todos aquellos que ha llegado a ese estado. Creamos una imagen mental, un ideal y lo perseguimos ciegamente sin darnos cuenta de que, en muchas ocasiones, es nuestro ego el que quiere ser ensalzado, el que quiere convertirse en superior, el que busca la perfección.

Para avanzar en el camino, tenemos primero que enfrentarnos a todo lo que queremos dejar atrás. Debemos buscar la raíz de nuestros miedos, de nuestras adicciones, de nuestra infelicidad. Debemos saber de dónde venimos.

raicesLas raíces suelen encontrarse bajo la tierra, y es en ella donde empieza el cambio real, donde descubrimos nuestro lado más oscuro. No podemos negarlo, aceptar que existe es el primer paso para empezar a ver. La mejor forma de trabajar con la oscuridad es mediante la renuncia.

La renuncia es una práctica muy común en espiritualidad. Es una forma de desnudar el alma, de ponernos a prueba, una forma de educar la mente. Nos enseña a distanciarnos de todo lo que nos ancla a este mundo y al mismo tiempo nos hace comprender la existencia que se manifiesta cada día delante de nosotros.

Cuanto más renunciamos, mas fuerte se hace la oscuridad. Cuanto más avanzamos en el camino, más sentimos que estamos ciegos. Pasamos por la noche oscura del alma y solo con perseverancia y desapego, guiados por la diminuta luz que habita en nosotros podremos llegar a la madrugada.

Para que la renuncia no se vuelva en nuestra contra y nos llene de rencor, de envidia, de ira y dolor debemos practicarla desde la humildad del corazón, siempre con alegría y entusiasmo. De este modo sabremos que vamos por el buen camino. Y si no llegásemos al final, por lo menos habremos disfrutado intentándolo.

Quizás la renuncia final sea la más difícil y también la más importante de todas. Para vivir eternamente es necesario primero morir en vida, vaciarnos por completo, negarnos a nosotros mismos, renunciar a la ilusión de esa identidad limitada que es la causa del sufrimiento. Entonces descubriremos la verdadera naturaleza de las cosas, y el sol saldrá para no volver a ponerse.

Mi recomendación personal es permanecer en todo momento en la tierra, disfrutar de nuestra lucha y sonreír mucho.

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