Cuando no sabemos por qué hacemos lo que hacemos (o aprendizaje cultural)

 

Hace unos días me contaron un experimento con monos que me dio mucho en que pensar… Después de investigar sobre dicho experimento sobre el «aprendizaje cultural«, he descubierto que no es real. Pero eso no le quita el atractivo… Nunca se hizo, pero de alguna forma se hizo «viral» y se publicó en cientos de blogs y webs de psicología y de negocios. Es razonable que se produjera este efecto, ya que la historia tiene gancho. Y sin ser real, se dice que los humanos «funcionaríamos» así.

 

mono

 

El experimento en cuestión

El experimento viene a decir que tenemos «comportamientos» aprendidos bajo una amenaza que no es real. No porque la amenaza no sea real, que lo es. Sino porque las personas que nos están enseñando dichos comportamientos nunca experimentaron dicha amenaza en sus propias «carnes»…

En una cadena infinita le contagiamos a nuestros predecesores un miedo inexistente. El miedo a hacer (o no hacer) algo porque alguna cosa horrible nos sucederá. Sin saber qué es ese algo, ni de dónde viene… Ni siquiera sabemos si alguna vez llegó a suceder.

¿Interesante, no?

 

 

Para contar el experimento de forma sencilla…

· Metieron a seis monos en una jaula que tenía una escalera en el centro. Dicha escalera permitía coger unos plátanos que colgaban del techo.

· En cuanto un mono intentaba alcanzar los plátanos, les rociaban (a todos) con agua helada. No hace falta imaginar que a los monos no les gusta que les rocíen con agua helada. Este proceso se repitió todas las veces que los monos intentaban alcanzar los plátanos.

· Finalmente, cuando algún mono intentaba coger los plátanos eran los compañeros los que impedían que se acercara a la escalera.

Hasta aquí bien. Esta es la primera parte del «ficticio» experimento. Lo interesante viene a continuación.

· En este punto sacan a uno de los monos de la jaula y meten un mono nuevo (*). Que no había participado en el experimento.

· Al poco tiempo intenta subirse a la escalera para coger los plátanos, pero los compañeros le agreden a golpes ante la expectativa de la ducha helada.

· El nuevo mono (*) no entiende nada, ya que nunca ha experimentado la ducha helada, pero tras varios intentos deja de intentar subirse a la escalera.

Y ahora viene lo mejor…

· Se saca a otro de los monos «originales» y se repite el proceso.

· El mono nuevo (**) intenta coger los plátanos pero otra vez se abalanzan sobre él y se lo impiden de forma violenta. Hasta que desiste en su intento.

· El mono (*) al que metieron en mitad del experimento, y que nunca experimentó la ducha helada, también participa en la agresión, aunque sin saber por qué lo está haciendo. Para él simplemente no está permitido subirse a la escalera.

Y al final…

· Y aquí ya llega el colofón del experimento…

· Según avanza el experimento se van sustituyendo a los seis monos que comenzaron con el experimento. Cuando ya se ha sustituido al último de los monos originales, y éste último mono (******) intenta subirse a la escalera, es vapuleado por sus compañeros, aunque en este caso ya nadie sabe porqué, ya que ninguno de estos monos ha sido rociado con agua helada…

· ¿Qué han aprendido los monos? : “Está prohibido subir por la escalera y quien lo intente se expone a una represión por parte del resto del grupo”.

mono

 

Interesante aunque nunca fue cierto

Según la revista JotDown, «Lo cierto es que ese experimento jamás se llevó a cabo. Es una invención. Casi con toda seguridad de Gary Hamel y C.K. Prahalad, que en 1996 escribieron la que parece ser la primera versión de la historia en su libro de autoayuda Competing for the future. Quizá la fábula naciera de la tergiversación por parte de Hamel y Pralahad de un experimento, este sí real, llevado a cabo por el zoólogo estadounidense Gordon R. Stephenson en la universidad de Wisconsin en 1967. El experimento real se describe en el artículo Cultural acquisition of a specific learned response among rhesus monkeys, que puede leerse por ejemplo aquí. Como Hamel se ha negado siempre a hablar del tema cuando ha sido preguntado al respecto (Pralahad murió hace años), la verdadera inspiración de su historia sigue siendo objeto de especulación.»

 

El bolso en el suelo

Aunque este experimento nunca fue corroborado, no deja de «estar» en nuestro imaginario colectivo. Si pensamos bien, hay muchos comportamientos que podemos atribuir a este tipo de condicionamientos. Como las supersticiones. No es exactamente igual, pero su funcionamiento es muy parecido.

Durante muchos años no he podido dejar mi bolso en el suelo. Y sinceramente… nunca por una razón «objetiva». Cuando mi madre veía un bolso en el suelo siempre se ponía nerviosa, y lo ponía de manifiesto con un «no dejes nunca el bolso en el suelo que se va el dinero». Imagino que ella lo aprendió de su madre, y a saber de dónde lo aprendió mi abuela. El caso es que ninguna de nosotras hemos visto jamás con nuestros ojos que el dinero se «fuera» por dejar el bolso en el suelo.

 

bolso

 

Yo ahora me descojono de esto, y dejo el bolso en el suelo sin ningún problema. Pero el «automatismo» está ahí. Y siempre que dejo el bolso en el suelo aparece esa frase en mi mente… «que se va el dinero». Incluso cuando estoy haciendo el movimiento de dejar el bolso en el suelo me siento desafiando todas las leyes de la naturaleza. Como una absoluta loca tentando a todas las maldiciones habidas y por haber…

Sin lugar a dudas, ¡vivo al margen de la ley!

Tampoco me cuesta imaginarme a mí misma diciéndole a mi hija dentro de veinte años… «no dejes el bolso en el suelo que se te va el dinero». ¿Y por qué? A saber…

 

Vaiana

Los que tengáis hijos seguro que habréis visto Vaiana… Y aquí también tenemos un buen ejemplo.

La historia básicamente es esta. Un pueblo que durante siglos fue nómada, ahora vive en una isla. Por razones que  no voy a desvelar (spoiler), en la actualidad los habitantes de la isla no saben por qué, ni desde cuándo, pero tienen pánico al mar y les está prohibido cruzar el arrecife para ir a pescar. Ni hablamos de trasladarse a otras islas en busca de alimento.

 

Vaiana

 

Como ya os imaginaréis, la película es la historia de Vaiana, que es la primera persona que se plantea el origen de ese «miedo». Y lucha por superarlo. No entiende por qué no pueden acercarse al mar, ni entiende los «peligros» que la aldea se ha creído a pies juntillas, sin ninguna prueba de su existencia real.

Y esa es la invitación… ¿Hay un peligro real detrás de nuestros miedos aprendidos?

 

Invitación a romper el «aprendizaje»

 

La invitación es fácil. Bueno, no es fácil… Más bien es simple.

En algún momento tenemos que hacer un «inventario» de todos nuestros miedos. De todo aquello que sentimos como «prohibido», insuperable, inalcanzable… Realmente se trata de un trabajo de observación. De «pillarnos» a nosotros mismos, de ser consciente de esos «automatismos» que se disparan en nuestra mente, y que nunca nos hemos cuestionado. Simplemente nos los hemos creído y llevamos muchos años viviendo bajo su yugo. Ser capaces de ver ese pensamiento de «que se va el dinero» al dejar un bolso en el suelo…

Y es evidente que este pensamiento es bastante inocuo. Pero hay otros que pueden ser devastadores.

 

miedo

 

Tampoco es cuestión de auto-flajelarnos, o de ser demasiado duros con nosotros mismos. El primer paso para una «auto-observación» sana es ser capaces de hacerlo desde la ternura y la compasión. Ser consciente de estos miedos, analizarlos, observarlos, saber de dónde viene, cuestionárnoslos… y ver hasta dónde estamos viviendo de forma limitada.

Pero sin morir en el intento. Un paso importante es dejar el juez en casa en el camino del autoconocimiento. Siguiendo el ejemplo del bolso… podemos ver ese «automatismo», pero no poder dejar de hacerlo. Y no pasa nada. No hay que juzgarse, ni criticarse, ni auto-exigirse… Está bien, siempre que lo observemos y seamos conscientes de que existe. Porque en algún momento nos haremos «fuertes» y podremos superarlo.

Todos tenemos un sinfín de aprendizajes culturales en nuestras espaldas, ya sea de nuestra familia, amigos, educación, sociedad… Deshacernos de ellos nos hará libres 😉

 

Fuentes:

Fotos:

  • Unsplash

 

 

Tres experimentos (que no creerás) heredados de la II Guerra Mundial

Después de la Segunda Guerra Mundial, a lo largo de la década de los 50 y los 60, la comunidad científica internacional se vio sumida en un hervidero de nuevos estudio, teorías, investigaciones, experimentos… que intentaban dar respuesta a grandes interrogantes surgidos después del conflicto. Una vez terminada  la guerra, Europa estaba demasiado ocupada intentado recomponerse del desastre, así que fue en los EEUU, cuyo territorio seguía «intacto» donde se pusieron en marcha algunos de los experimentos psicológicos más curiosos que se han hecho en la historia de la medicina y la psicología del pasado siglo. 

1- Proyecto Paloma: misiles guiados por palomas

El nombre del proyecto parece sacado de una película de los Monty Python, pero es real como la vida misma. De todos los experimentos llevados a cabo a lo largo de la historia, mi favorito es sin duda el  Project Pigeon.

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paloma asesina

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Después de la Segunda Guerra Mundial el desarrollo armamentístico experimentó un grandísimo boom en la búsqueda de nuevas maneras de matar más y mejor. Entre otras cosas, se querían desarrollar estrategias de guiado de misiles que fueran lo más fiables posibles.  Y es aquí donde (¿en serio?) entra en juego nada más y nada menos que:  Frederic Skinner, uno de los mayores referentes  de la psicología conductista, por aquel entonces profesor en la Universidad de Harvard.

Al padre del condicionamiento operante no se le ocurrió mejor idea que adiestrar a varias palomas para picotear, mediante estímulos, figuras con el objetivo que tendría el misil. El resto del mecanismo no importa. En el museo Smithsonian tienen una réplica del diseño original.

Demasiado excéntrico para el Ministerio de Defensa, el proyecto fue cancelado en octubre del 44 (después de haber invertido eso sí  25.000 dólares).

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2- La psicología del hambre: el experimento de Minnesota

 

En noviembre de 1944, 36 jóvenes participaron en un curioso experimento llevado a cabo en los pasillos  y habitaciones del estadio de fútbol de la Universidad de Minnesota. Los jóvenes, que por supuesto no eran futbolistas, fueron reclutados por Ancel Keys (el mismo que popularizó el concepto de Índice de Masa Corporal), desde el recién inaugurado  laboratorio de Higiene Psicológica de la universidad, en colaboración con Josef Brozek como psicólogo responsable. ¿De qué trataba el proyecto?

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experimentos II Guera Mundial

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En Estados Unidos veían como el hambre era un problema constante en la Europa asediada por la guerra, donde los bloqueos comerciales hacían muchas veces imposible el abastecimiento de ciudades enteras. Desde la universidad se propusieron hacer un estudio sistemático sobre los efectos físicos y psicológicos de hambre a largo plazo, tratando de encontrar cuál es la mejor manera de rehabilitar a las personas que lo han padecido durante periodos prolongados de tiempo.  Los  36 participantes del estudio eran objetores de conciencia , que como alternativa a la guerra se habían apuntado a labores de servicio público (a menudo los objetores de conciencia se alistaban en experimentos médicos donde eran utilizados como conejillos de indias). 36 jóvenes que se ofrecieron voluntariamente para que «los mataran de hambre«.

De los 200 inscritos, 36 llegaron a Minessota en noviembre de 1944, donde pasarían los 12 meses siguientes. El experimento se desarrolló de la siguiente manera:

Los tres primeros meses se les alimentó de manera normal, para establecer una línea base (un punto de partida controlado y equitativo) entre los jóvenes.

Los siguientes 6 meses fueron sometidos a una dieta muy pobre, dividida en dos comidas al día. Los alimentos que les daban eran los mismos que se podían encontrar en la Europa de aquellos años: patatas, pan, pasta, poca proteína… Debían trabajar 15 horas a la semana en el laboratorio, caminar 22 millas a la semana, y  participar en actividades educativas otras 25 horas semanales.

Los últimos 3 meses fueron sometidos a una «rehabilitación» en la que volvieron a comer de manera habitual.

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experimentos minnesota

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¿Qué averiguaron? Los resultados a nivel físico que observaron fueron los siguientes: bajada de peso; bajada de la temperatura corporal;  disminución de la energía sexual y de la activación en general. En el plano psicológico encontraron un deseo obsesivo por la comida; fatiga; irritabilidad; depresión; apatía…

Pero aquí no termina la historia. Si ya de por sí podemos pensar que el experimento en cuestión era bastante ridículo, el destino no quiso que llegara a buen puerto. En mayo de 1945 finalizó la guerra, antes de haber terminado la segunda fase del experimento, cuando los 36 participantes se encontraban en pleno calvario pasando hambre. El equipo  de Minnesota, que veía como el resultado de su estudio no iba a poder ayudar a la población real, decidió no tirar la toalla y elaboró una guía de 70 páginas Men and Hunger: A Psychological Manual for Relief Workers, basado en lo que habían aprendido hasta la fecha.  Como dato curioso advertir que de todos los tratamientos que se utilizaron en la última fase (rehabilitación) el más eficaz fue  la ingesta de comida altamente calórica.

Si quieres saber más, te recomiendo este artículo en el que se recogen algunos pensamientos de los participantes en el estudio.

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3- Experimentos crueles: investigación de Milgram

 

Desde la Universidad de Minnesota, pasando por Harvard, llegamos a Yale. En esta universidad se encontraba Stanley Milgram cuando  desarrolló unos de los experimentos más famosos de la historia. Corría el año 1961, y los actos de barbarie cometidos durante la Segunda Guerra Mundial despertaban mucha atención. Pocos meses antes miembros del partido nazi habían sido condenados por crímenes contra la humanidad, y Milgram quería averiguar si las demás personas que habían seguido sus órdenes también deberían ser consideradas como cómplices. ¿hasta qué punto un humano obedece a una figura de autoridad aunque  sus órdenes entren en conflicto con su moral? 

El anuncio que publicaron en una parada de autobús en Florida para buscar a sus conejillos de indias rezaba así: «estudio de la memoria y el aprendizaje». Por cuatro dólares más dietas, los voluntarios creían que estaban participando en un estudio que se alejaba mucho de la realidad.

Se necesitaban tres personas para desarrollar la actividad. El investigador, intentaba persuadir al voluntario para que administrara descargas eléctricas a una tercera persona (cómplice del investigador). La intensidad de las descargas iba ganando en potencia, y el cómplice fingía, mediante gritos y suplicas, que sufría verdaderos dolores.  La variable dependiente objeto de estudio fue:

«¿Cuánto tiempo puede alguien seguir dando descargas a otra persona si se le dice que lo haga, incluso si creyera que se le pueden causar heridas graves?»

 

 

Las hipótesis que barajaban en el inicio era que muy pocas personas llegarían al final del experimento, tan sólo los más sádicos, por lo que su sorpresa debió ser considerable cuando vieron que 25 de los 40 participantes llegaron al último nivel de voltaje.

Después de terminar las sesiones Milgram les hacía una serie de preguntas a los participantes antes de contarles lo que realmente había pasado. Algunas de las transcripciones originales son:

 

Sujeto: Yo me detuve, pero él (el experimentador) insistía ¡continúe! ¡continúe!

Milgram: ¿Pero por qué usted simplemente no desatendió la orden?

Sujeto: ¡Él decía que el experimento debía continuar!

Milgram: Está bien, me gustaría decirle algo sobre el experimento ¿se siente usted un poco molesto?

o

Milgram: ¿Por qué no se detuvo?

Sujeto: ¡Él no me dejaba! ¡Yo quería parar! Le insistía con parar pero él decía no. Le pedí que revisara al tipo que estaba ahí dentro pero no lo hizo. 

Si quieres saber más, Milgram publicó tiempo después Obediencia a la Autoridad, donde se recogen los detalles de la investigación.

 

Fuentes: