La explicación estética según Wittgenstein

En esta segunda entrada dedicada a la estética de Wittgenstein expondremos brevemente su noción de explicación estética.

Wittgenstein, en línea con su actitud anti-teórica, considera ridículo considerar, como ha hecho cierta tradición, la estética como una ciencia de lo bello. Para empezar, para él no hay tal cosa como lo bello. Pero es que además la estética no tiene nada que ver con la psicología, con una supuesta ciencia que estudiaría la relación entre obras artísticas y los estados de ánimo que éstas causan. Los problemas importantes (los que forman parte de la estética, de la ética y de la religión) no se resuelven mediante una investigación científica.

Para Wittgenstein (en esto no cambia la posición de su primera etapa filosófica) la explicación científica por antonomasia es la causal mecanicista. Y es que para Wittgenstein la ciencia paradigmática es la mecánica, la física. Las explicaciones de la física son universales, necesarias y con capacidad predictiva. Cuando uno piensa en ciencia, paradigmáticamente piensa en la física. Y así erróneamente uno concibe que es posible una psicología científica con experimentos y leyes. Pero así como en la mecánica hay leyes, en la psicología no hay ninguna. Hablar de mecánica del alma es ridículo. Una ciencia que nos permitiera saber a partir del conocimiento de los mecanismos del cerebro que tal secuencia de notas produce tal reacción en forma de “¡oh!”, de “maravilloso” o de una sonrisa, de modo que pudiéramos predecir qué le gustaría y qué no a una persona determinada, es imposible. Y aunque una ciencia así existiera, dice Wittgenstein, no nos importarían lo más mínimo sus resultados a la hora de explicar nuestras experiencias estéticas.

Wittgenstein

Según Wittgenstein, la explicación estética no tiene nada que ver con la explicación científica, sino que es aquella que da cuenta de las perplejidades estéticas: perplejidades acerca de los efectos que las artes tienen sobre nosotros. La estética responde al porqué de mi agrado o desagrado ante esta obra de arte pero no a la causa, en el sentido que hacen las ciencias; no rastrea un mecanismo. A Wittgenstein, que la estética pueda reducirse a algo de este tipo, resolviendo así todos los problemas y misterios de la experiencia estética, le parece estúpido. Y además imposible, porque para Wittgenstein es imposible una ciencia psicológica, que explique el alma y sus estados como un mecanismo, así como hace la física. La mecánica, la física, es la única ciencia que puede tener leyes en sentido fuerte; no hay tal cosa como las leyes del alma, y si las hubiera tampoco tendrían nada relevante que decirnos en cuestiones de estética. Pues lo que busca el que se queda extasiado o desagradado ante la contemplación o la creación de una obra de arte es que le den un motivo, no una causa, por el que siente ese “nosequé”, que le saque de su perplejidad.

La explicación estética debe responder a por qué este cuadro o esta pieza musical particular me place a mi. Debe responder a por qué digo “me gusta”, “qué buena”, o sonrío al contemplarla. Puede ser la respuesta a “¿a qué me recuerda esto?”. Se nos sugieren varias cosas y una consigue hacernos clic; un fenómeno que nos deja satisfechos. Ese clic es un símil, no hay nada que encaje realmente, mecánicamente. Hemos llegado a la explicación estética según Wittgenstein. Es un porqué pero no es la causa, sino el motivo. Una de las diferencias entre causa y motivo es que el motivo de una acción es algo que el propio actor se supone que conoce, sin embargo no tiene por qué conocer las leyes que rigen su cuerpo y su alma.

Al que está preso de la experiencia estética no le interesan los mecanismos del cerebro, no es lo que busca cuando se pregunta desconcertado “¿por qué estos compases me producen esta situación tan peculiar?” Ese desconcierto sólo se puede curar por medio de una serie de comparaciones, de ciertas figuras musicales, enseñando qué notas son, y viendo su reacción ante ellas (siempre las de esa sola persona, el esteta en cuestión). Por ejemplo, la persona se pregunta “¿por qué me suena anticuado este poema?”. Una posible respuesta, un posible motivo, es “porque esta palabra ya no la usa nadie”. No buscamos una justificación causal científica (te suena anticuado porque tales partículas, o porque tal circuito o sustancia cerebral…), sino una explicación que alivie nuestra perplejidad. Ése es el porqué que buscamos, que nos importa.

Las explicaciones estéticas exigen solamente el acuerdo de la persona que tiene la experiencia estética (ya sea una experiencia de creación o de contemplación); no requiere el acuerdo con las cosas (objetividad) ni con el resto de sujetos (intersubjetividad). A diferencia de las explicaciones científicas, universales y necesarias (y por tanto objetivas) y con capacidad predictiva, las explicaciones estéticas son individuales, singulares, subjetivas. Van dirigidas a un sujeto en concreto. No se pretende que valgan para más; no consisten en ningún mecanismo objetivo del funcionamiento del alma. Su validez, su verdad, es el acuerdo individual. Sólo se exige que esa persona esté de acuerdo con que la explicación dada es la que él busca, la que le hace clic, la que le da la satisfacción y le cura su perplejidad. Se trata de una explicación en clave persuasiva, retórica, no deductiva. Se dan numerosos ejemplos hasta que alguno acaba dando con la clave, curando el desconcierto. Lo que realmente despeja perplejidades estéticas es la comparación y agrupamiento de casos, de manera que por semejanza o por contraste entre ellos el sujeto encuentre el que le satisface como motivo. Así, en el caso de la creación estética: —“¿Qué es lo que quiero decir?”; — “¿Es esta palabra?, ¿esta frase, o quizás la otra?”; —“¡Sí, esto esto que yo quería!”. O en el caso de la contemplación estética:—“¿A qué me recuerda esto?” o “¿a qué proposición se parece esta frase musical?”, o “¿cuál es la filosofía subyacente a este cuadro?”; se sugieren varias cosas y una hace clic. Otro ejemplo: —“¿Por qué el rimo de esta canción me hace vacilar?”; —“Porque su compás es un tres por cuatro”; — “Ah, es verdad”.

Las explicaciones estéticas son el mismo tipo de explicaciones que da el psicoanálisis: —“Le voy a decir lo que hay en el fondo de su mente: … ”, —“¡Oh, sí, es exactamente eso!”. Eso no es una explicación científica psicológica. Habría que tomar una muestra de individuos, tomar nota de sus reacciones o respuestas ante distintos estímulos y sacar un análisis estadístico. Eso sería un experimento psicológico, algo científico, y no lo que hace el psicoanálisis. Para Wittgenstein el psicoanálisis da explicaciones estéticas; no es una ciencia.

Cuando uno queda impresionado estéticamente, perplejo, es este tipo de explicación lo que se desea, y no otra. Para Wittgenstein la psicología no va a explicar alguna día nuestros juicios estéticos prediciendo que tal secuencia de notas me producirá tal reacción. Eso es imposible y además no es lo que buscamos, no es lo que nos deja satisfechos. Wittgenstein sostiene que lo que realmente buscamos en cuestiones que tienen que ver con nuestros problemas existenciales fundamentales no es una justificación científica, sino un porqué en el sentido más cotidiano y natural del término.

Referencias bibliográficas: