Fortuna y falsa felicidad, según Boecio

En la entrada pasada expusimos el primer libro de La consolación de la filosofía. En aquél, Boecio describía brevemente su trayectoria política y las razones por las que había caído en desgracia. Pero a pesar de su estado tan lamentable encontraba en la filosofía razones para considerarse feliz, y que ponía en boca de una personificación de ésta. En el segundo libro, que comentamos en la presente entrada, se contrapone la felicidad aparente, ligada a la fortuna, buscada por la mayoría de los hombres, a la felicidad verdadera, ligada a la filosofía, buscada por unos pocos pero sabios.

La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)
La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)

Fortuna: caprichosa y cambiante

La Filosofía personificada comienza este segundo libro diagnosticando el estado del personaje de Boecio: está dolido por apego a su felicidad pasada basada en la Fortuna. La Filosofía reprocha a Boecio que olvidara sus enseñanzas y por tanto olvidara cuál es la esencia de la Fortuna: el cambio. Si quiere vivir según la fortuna tendrá que aceptar sus naturaleza, y así como la aceptó cuando ésta le favoreció, ha de aceptarla ahora cuando le retira sus favores. La Fortuna es como caprichosa y cambiante, dadora de una felicidad efímera e inestable. La serenidad que la Filosofía ofrecía a Boecio la perdió cuando la Fortuna lo sedujo con triunfos, éxitos, riquezas, honores… Durante esa época no se quejó de la Fortuna ni quiso mantenerla a raya, pero ahora que le da la espalda la maldice. Ahora bien, si quiere, todavía puede volver a los brazos de la Filosofía y rechazar los bienes y felicidad efímeros de la Fortuna.

La Filosofía dice a Boecio que la Fortuna le ha dado múltiples bienes (familia, honores, riquezas, fama…) y pocos males a lo largo de su vida. Incluso en su estado actual, habiendo perdido muchos de esos bienes, le quedan aún bienes muy grandes (su suegro, su mujer, sus hijos…) que no está valorando y por los que mucha gente le envidiaría. Si se siente así porque esas alegrías le han abandonado no debería sentirse desgraciado, porque las penas que sufre ahora también le abandonarán tarde o temprano. En cosas humanas no se puede esperar estabilidad. Incluso al más afortunado en vida la Fortuna acaba abandonando a su muerte.

Se nos muestra en este segundo libro de La consolación de la filosofía cómo la fortuna otorga felicidad aparente. Un tipo de felicidad que buscan la mayoría de los hombres. Esta felicidad es algo que no depende de nosotros, que no está a nuestro alcance, pues es la fortuna la que nos proporciona los bienes o nos los quita. Por ello no hay que preocuparse por hacer algo para conquistarla, pero tampoco podemos hacer nada para intentar conservarla. Además es fugaz, inestable, pues la fortuna es caprichosa y no atiende a razones. Por ello todo se limita a aprovechar los pocos (o muchos para los más afortunados) momentos que tenemos de felicidad a lo largo de la vida. Es la felicidad del carpe diem.  Las características fundamentales de esta felicidad, humana, son su inestabilidad y su contingencia. La felicidad humana ni dura ni contenta del todo, afirma Boecio (autor). El error fundamental, según él, es considerar esta felicidad, la que depende de la fortuna, como verdadera, y los bienes mundanos como verdaderos bienes. Hacer eso implica desconocer lo que es el hombre, renunciar a su naturaleza y rebajarse al nivel de las bestias.

Verdadera felicidad: sumo bien

El error es buscar la felicidad en cosas externas a nosotros. Al igual que habían señalado los neoplatónicos y San Agustín, entre otros, el hombre cuando busca la felicidad en los bienes externos se está degradando porque piensa que esas cosas son más valiosas que él, y que al poseerlas adquirirá su valor. El que persigue o posee un bien es menor que el bien que persigue o posee. Por tanto creen que esas cosas son bienes equivale a creer que valen más que uno. Y es al contrario: para Boecio el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, y eso le dota de una capacidad racional que le hace ocupar un lugar privilegiado en la creación. Las riquezas, los cargos y el poder que desean la mayoría de los hombres no son bienes y por tanto esos nombres son inapropiados para esas cosas. Las riquezas no hacen rico al que las posee porque no sacian su avaricia. Las dignidades no hacen digno a quien los posee sino que reciben su dignidad de los virtuosos que las ostentan. Y el poder no hace poderoso al que lo posee pues no le libra del poder que ejercen sus pasiones sobre su voluntad. En definitiva no son bienes porque no nos hacen buenos.

La felicidad es el sumo bien para una criatura racional, según el autor. Y el sumo bien no puede ser arrebatado pues sería superado por lo que no se puede arrebatar. Por tanto la fortuna no puede llevar a la felicidad, pues la inestabilidad la caracteriza. Es más, el hombre que posee este tipo de felicidad ¿sabe que es mudable? Si no lo sabe, está claro que no puede ser la verdadera felicidad aquella que se basa en la ignorancia. Si lo sabe ¿tiene miedo a perderla? Si lo tiene no es totalmente feliz, y si no lo tiene, estará demostrando el poco valor que tiene este tipo de felicidad que deja indiferente cuando se pierde.

Boecio, el autor, en línea con la tradición filosófica antigua, concibe la felicidad como el bien supremo, caracterizada por la estabilidad y la autosuficiencia. La felicidad pasajera no es verdadera felicidad. Para Aristóteles la felicidad es un modo de vida y no un estado. Y casi todos los filósofos antiguos han destacado la autosuficiencia como la esencia de la felicidad. El hombre feliz que no es autosuficiente no es verdaderamente feliz. Ya que si ha alcanzado el bien supremo, el fin supremo, no puede necesitar de algo, no puede carecer de algo. La felicidad (el sumo bien) no puede estar en relación de medio a fin con algo. No puede buscarse el sumo bien en vistas a otro bien.

Si la verdadera felicidad tiene que ser duradera y un fin absoluto, no puede consistir en nada de las cosas externas del mundo, porque lo externo a nosotros no nos pertenece, se nos puede escapar en cualquier momento, y de forma segura con nuestra muerte. La verdadera felicidad no puede consistir en las cosas externas del mundo porque ninguna cosa del mundo es absoluta, siempre está en relación de medio con otra cosa. No hay ninguna cosa que poseída nos haga dejar de desear otras. El hombre que persigue las riquezas, honores, fama… no consigue la verdadera felicidad, porque, como muestra el autor en este segundo libro, todos esos presuntos bienes son pasajeros, accidentales, no son realmente nuestros. Y además una vez que los poseemos seguimos dependiendo: seguimos queriendo más del mismo bien (ese bien no nos sacia nunca), y seguimos queriendo otros (ese bien no es suficiente).

En definitiva este segundo libro de La consolación de la filosofía es un libro consolatorio. Si a Boecio (personaje y autor) le seduce la felicidad efímera todavía tiene bienes suficientes para considerarse más feliz que la mayoría de los hombres: aún le queda lo más valioso, una familia que le quiere. Pero si acepta los argumentos de la Filosofía que concluyen que esta felicidad no es la verdadera, no cabe lamentarse por los bienes que ha perdido, pues no eran tales. En cualquier caso tiene motivos para no lamentarse.

Referencias:

Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la Filosofía, Alianza, 2015.

Boecio y La consolación de la Filosofía

Con esta entrada comenzamos un ciclo de artículos sobre la gran obra de Boecio, La consolación de la Filosofía. Nacido en Roma en torno al año 480, Anicio Manlio Severino Boecio llegó a ser Magister officiorum de la corte del rey Teodorico. Fue el mismo Teodorico, el que le encumbró políticamente, quien acabó condenándolo a muerte. Considerado mártir, a Boecio se le rindió culto en Pavía. Boecio es conocido como el último de los romanos, el último hombre antiguo, y el primero de los escolástico, el primer hombre medieval. Su propósito fue dar a conocer a los latinos la cultura y sabiduría griega, intentando traducir a Platón y Aristóteles y mostrar su complementariedad. Su intento marcó el comienzo de la cultura latina medieval.

La consolación de la Filosofía es una de las obras más conocidas, leídas y citadas de todos los tiempos. Boecio la escribió en la cárcel esperando la muerte tras perder todos sus bienes, prevendas y títulos. En ella se recrea esta misma situación, en la que se le aparece la Dama Filosofía como consuelo en su cautiverio. Los preceptos de esta obra fueron fuente de meditación e inspiración para escolásticos, monjes, príncipes, poetas y literatos. Se tradujo a numerosas lenguas a lo largo de la Edad Media. Multitud de sus definiciones de conceptos como persona, felicidad, eternidad, providencia, destino, fueron aceptadas como claves durante el medievo.

La Filosofía consolando a Boecio y la rueda de la fortuna

La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)

En esta entrada expondremos el primer libro de La consolación de la filosofía. En éste, Boecio describe brevemente su trayectoria política y las razones por las que ha caído en desgracia. Pero a pesar de su estado tan lamentable encuentra en la filosofía razones para considerarse feliz, y que pondrá en boca de una personificación de ésta.

El libro comienza con el personaje de Boecio entonando un poema en el que se lamenta de su estado actual. Recordemos que el autor escribió esta obra estando en la cárcel, tras haber sido despojado de todos sus cargos y bienes, y condenado a muerte por el rey Teodorico (el mismo que le encumbró políticamente) y esperando su ejecución.

Mientras Boecio está llorando, una mujer imponente aparece para espantar a las musas que le están dictando y acrecentando sus pasiones negativas. Es la Filosofía, que llora al verle, y se lamenta de que este hombre, que había mamado de ella, se encuentre en este estado tan lamentable y desgraciado. Si no hubiera abandonado los recursos de los que ella le había dotado, Boecio no estaría así. La Filosofía se propone ayudarle, y le recuerda el peligro que tiene ser filósofo mencionando los casos de ilustres filósofos que han caído en desgracia a lo largo de la historia.

Boecio le cuenta que, inspirado por ella, decidió dedicarse a la política para evitar que el gobierno cayera en manos de los perversos, y que en toda actuación política siempre ha actuado con justicia y en pos del bien común de los ciudadanos pero que a pesar de ello ha acabado siendo castigado por hacer el bien sin bienes, sin cargos y sin reputación. Finalmente se lamenta de que Dios, creador de las leyes del universo, haya dejado libres de éstas a los hombres, dejando a los inocentes sufrir las injusticias cometidas por los malvados, y le implora que imponga el orden que rige en el cielo también en la tierra.

La Filosofía reconoce y agradece a Boecio los grandes servicios prestados al bien y a Ella, y observando que el estado de él está demasiado afectado por las pasiones decide curarle primero con remedios suaves y ablandarlo con sus caricias con bellos poemas. También decide interrogarle para diagnosticar con más exactitud su estado de ánimo y poder remediarlo más eficazmente. Tras ello, la Filosofía concluye que el problema de Boecio se basa en que no ha llegado a saber lo que es. Dejó de conocer la finalidad de las cosas y por ello se queja de la pérdida de sus bienes. Dejó de conocer los medios que intervienen en el gobierno del mundo y por ello cree que los vaivenes de la fortuna fluctúan sin rumbo. Pero gracias a Dios, Boecio sigue sabiendo que el mundo está sometido al orden divino y no al ciego azar. Esta idea exacta que tiene del mundo es, en palabras de Filosofía, la fuente más importante para su curación.

El problema del personaje de Boecio, siguiendo la filosofía antigua estoica, aparece como un problema de discernimiento, las pasiones como algo negativo que nublan el juicio, y la apelación a la razón como salvadora y guía para conseguir la felicidad. La Filosofía aparece caracterizada como saber de salvación en la línea del Helenismo tardío. Helenísticos son también los principales temas que se tratan en la obra, y que pasaron a la Edad Media: la felicidad, la libertad frente al destino, y el problema del mal en el mundo.

El lamento principal del personaje de Boecio es, pues, que a pesar de haber sido virtuoso no ha sido afortunado. No puede entender que la bondad no sea recompensada por la felicidad en un mundo regido por un Dios todopoderoso y todobondadoso. Parecen atributos de Dios incompatibles dado el mundo en el que vivimos. Se trata de un dilema que ya habían planteado los antiguos y que las diversas escuelas habían tratado de resolver cada una a su manera. Este lamento y la consolación que la Filosofía ofrece darán lugar a lo largo de la obra al tratamiento de los grandes temas de la ética: la relación entre la virtud y la felicidad, la naturaleza de la fortuna, la distinción entre bienes aparentes y bien supremo, la felicidad verdadera frente a la falsa, la existencia del mal en el mundo regido por el bien, y el libre albedrío frente a la Providencia divina.

Referencias:

  • Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la Filosofía, Alianza, 2015.