Generación X

Ya no recuerdo con exactitud la primera vez que oí hablar de ello, pero hubo un día en que supe que pertenecía a la Generación X. Esa legión de los nacidos entre 1961-1981 y a la que todavía se le achaca su falta de compromiso político y su individualismo hedonista.

Resumida en eslóganes la Generación X sería: caída del muro de Berlín, final de la guerra fría, Internet en pañales, SIDA, MTV y posmodernidad relativista.

En lo que a mí respecta, nada que objetar a estas pinceladas. Sin embargo, si cada generación tiene el derecho de escribir su propia historia, cada uno de nosotros tiene el derecho a su propia perspectiva dentro de esa historia.

La verosimilitud de un relato depende en buena medida de lo encarnado que esté y así desvelando mi experiencia quizá pueda convertirla en espejo de otras.

De acuerdo con un relato ampliamente extendido, entre sociólogos y opinólogos variopintos, los “X” seríamos parte de una generación que tuvo problemas para encontrar su lugar en el mundo, que estuvo desorientada ideológicamente y que asistió, ¿impasible? ¿desesperada?, a la clausura de los grandes relatos. Hasta aquí nada que no se haya dicho respecto de muchas otras generaciones pasadas. A la “X” le tocó de lleno unos de los ciclos de mayor aceleración de la globalización, una expansión inusitada del uso de la tecnología en la vida cotidiana y una fase bastante dañina del capitalismo. Casi nada.

Dada la ausencia de dirección en la historia, la dispersión de las concepciones del bien y la fragmentación del discurso, el espacio de lo social se volvió -en la última parte del siglo XX- inhóspito, incómodo y se produjo un repliegue – este sí cómodo- del individuo hacia el ámbito privado, es decir, la república independiente de su casa.  Tal como le gustaba afirmar a la adorable Maggie Thatcher, “there’s no such thing as society. There are individual men and women…”.

Así las cosas, en los 80 empezó a consolidarse  la visión de la sociedad como una multitud de átomos solitarios y al éxito en la vida como un proyecto guay que incluye estar bien, sentirse bien y confiar en uno mismo. El arcoíris al final del camino sólo garantizado para los más atrevidos, flexibles e innovadores miembros de nuestra generación. Basta con ponernos a competir los unos con los otros, para que la justicia divina de los mercados reparta eficientemente lo que a cada uno corresponde.

En el 87, los Guns N’ Roses cantaban: Welcome to the jungle y no es raro que con el sálvese quien pueda se haya activado el plan perfecto del diablo que habita en cada uno de nosotros.

En el 94, Kurt Cobain se suicida y con él mueren las esperanzas de que el rock sea una barricada ante la mercantilización de toda creación artística.

En el 96, tuvimos nuestro oscuro manifiesto generacional.  La película Trainspotting y no tanto por el rollo de la autodestrucción como por la encrucijada ante la que nos situaba el personaje de Mark Renton:

«Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?»

Como siempre que hay poder, hay también resistencia

Mi preocupación central a los 17 años, por comienzos de los años 90, eran los discos compactos, las lecturas de mis héroes literarios y conseguir una novia dispuesta a tener relaciones sexuales. Aspiraciones muy nobles todas ellas pero desde luego insuficientes para cambiar el mundo o fundar un partido político.

No estuve preparado, a diferencia de la generación anterior, para la revolución que se necesitaba, que se necesita en tiempos de calamidades. Fui precoz a la hora de perder la fe, primero en el catolicismo y luego en las religiones seculares que son los credos políticos. Una pena esto del descreimiento ya que la realidad queda como desencantada y la voluntad pues un poco perezosa.

Fui a manifestaciones, lloré con los gases lacrimógenos de la policía, corrí por la Diagonal Norte para que no me alcanzaran las balas de goma, voté a los progresistas -que resultaron ser conservadores-, estuve en asambleas populares, pero principalmente me he quedado sentado, intentando entenderlo todo, leyendo ensayos, deglutiendo filosofía, alimentando un nebuloso escepticismo.

No he creído fervientemente en ningún proyecto político, aunque siempre he querido que las cosas cambien. Preguntar, al menos, ¿adónde conduce todo?, ¿en qué tipo de sociedad nos convertiremos?, ¿qué carajo puede hacer uno?

El tiempo va dando las respuestas o no. Genera también nuevas preguntas.

Generación X

Yo siempre he tenido dificultades para sentirme parte de un “nosotros” y he llevado mal aquello de embarcarme en “un sueño colectivo”. Sin embargo, cuando escucho las batallitas de los que fueron jóvenes en los 60, siento envidia. Por el ardor con el que relatan sus aventuras en el Partido Comunista y por lo compungidos que se quedan rememorando el sentimiento intenso con el que querían cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Ay, quién pudiera tener un corazón tan repleto de ideales!

Mejor haber soñado, digo para mis adentros, aunque luego toque despertarse. La potencia de los sueños no está en que se cumplan, sino en el acto mismo de soñar.

La historia épica de la Generación X algún día será contada y me imagino a uno de sus protagonistas -un danés de pelo largo pongamos- de viaje en la selva de Chiapas para luchar junto al Subcomandante Marcos. Es broma. De héroes generacionales andamos escasos pero a mí siempre me han atraído más las gestas de los perdedores natos. Aquellos antihéroes que con sus derrotas pusieron en tela de juicio al pensamiento único. Jóvenes y no tan jóvenes airados, desesperadamente realistas, que nunca se les ocurrió entregarle el estado de ánimo al sistema y que continúan empecinados en sentirse vivos.

Conectando con nuestras herencias familiares (transgeneracionalidad)

Cuando se habla de transgeneracionalidad o de “transmisión de generación en generación”, muchas veces nos llegan a la mente las tradiciones y la cultura que rodea a un individuo, aquello que naturalmente se replica y se continua como perpetuación de la identidad cultural. Sin embargo, cuando en psicología, y especialmente en la corriente sistémica hablamos de transgeneracionalidad, se agudiza un poco más en el término y nos enfocamos en temas muchos más profundos y en ocasiones sensibles, que, en algún momento de la historia familiar, pudieron haber quedado “ocultos”, “olvidados” o en muchas ocasiones “cerrados”, temas que aunque no se hablen, están presentes y juegan un papel importante en las dinámicas familiares establecidas o por establecerse.

Transgeneracionalidad, definiendo el concepto

Es importante diferenciar la transmisión intergeneracional, de la transmisión transgeneracional. La primera de ellas se refiere a pautas y experiencias directas entre padres e hijos, y la segunda de ellas, confirma la “herencia psicológTransgeneracionalidadica”, aquello que marca el mundo simbólico y relacional de una generación y afecta directamente a tres o más generaciones. Por lo cual este tema favorece el reconocimiento de los antepasados, e igualmente invita a un proceso donde se puede aliviar y descargar el sufrimiento y el dolor transmitido.

Un tema estudiado ya por Freud y Jung, sin embargo partir de los años 70, aparecen autores que se interesan de este fenómeno generando estudios de importancia y vigencia contemporánea. Entre ellos están Abraham y Torok, Faimberg, Kaës,  Baranes, Green, Bowen, Framo, Boszormenyi – Nagy, Jodorowsky, Barudi, entre otros.

La mayoría de los autores refuerzan la idea de que aunque la cultura y la época de desarrollo del individuo influyen en su patrón conductual, es la familia y las experiencias vividas en ella, quien determinará la organización psicológica y representacional de un individuo. La familia puede ser el espacio donde se pueden proveer experiencias constructivas tales como el amor, la confianza, la identidad y pertenencia, tradiciones, vínculos seguros, patrones relacionales sanos; sin embargo pueden presentarse igualmente experiencias contrarias y destructivas para un individuo, tales como maltrato, abuso sexual, abandono, humillaciones, entre otros.

Abraham y Torök  explican que:

Estas experiencias se representan en  palabras que no pudieron ser dichas y en algunas ocasiones se pueden convertir en escenas que no pudieron ser rememoradas, las lágrimas que no pudieron ser vertidas son conservadas en secreto. La necesidad del secreto no proviene de la vergüenza del sujeto, sino de la vergüenza del objeto de amor, (el padre o madre, o antepasado), que hizo vivir la experiencia como secreta y vergonzosa.

Lo que Rand define como Cripta, que se representa “cuando una experiencia difícil por ser dolorosa o vergonzosa no se procesa, se convierte en trauma, el cual queda congelado. Y esta va a matizar no solo una parte sino todo el psiquismo de una persona. Esto quiere decir que la persona va a organizar su vida en torno a la cripta (pensamientos, sentimientos, conductas). (Cp Tapia y Velez. Revista de Psicología, 8(16), 45-52 (2011)).

Transgeneracionalidad

Se puede observar  con frecuencia en la atención de familias, como la historia vivida en la infancia de los padres y abuelos, se repite muchas veces en sus patrones de crianza. Estos mitos, hitos o legados fungen como una especie de estructura, que a través de las experiencias propias se van cubriendo con otros matices, pero que sin embargo se rigen a través de sus “vigas estructurales”. Como por ejemplo experiencias de maltrato de padre/abuelos en su infancia,  usualmente son replicados por éstos de manera casi automática. Lo que también se representa en experiencias devastadoras, tales como el abuso sexual o el abandono. Afortunadamente, no en todos los casos estas negligencias se replican, más bien se hacen conscientes y  son sanadas, entran en juego otras capacidades personales que hacen que una persona decida no continuar con esos legados familiares vividos.  Abriendo espacios que facilitan la descarga del dolor que sus antepasados aquejaron.

Razón por la cual el telescopaje juega un papel fundamental; fue descrito ya por Faimberg, quien lo explicaría a grandes rasgos como la aparición o representación del sufrimiento familiar a través un síntoma como medio de “denuncia”, un síntoma sin causa aparente y que movilizará a todo el sistema familiar. Este síntoma es un medio de “sacrificio” que funciona como catalizador y comunicador del sufrimiento y de la carga transgeneracional.

Aunque la “herencia psicológica” es un regalo de nuestros antepasados, es cada individuo quien decide aceptar, transformar o denegar de ella. Sería como, al hacerlo consciente, lograr poner el sello personal en lo que la vivencia se refiere. Como ya explicaba Rozenbaun

“El niño nace ya con una historia genética, vincular y emocional, hereda la carga de recomponer a la familia a partir de alianzas y los linajes de los que ha nacido, por tanto hay una historia que lo pre – existe de la cual puede: ser heredero transmisor con nuevos desarrollos, o, ser prisionero de ella.”

Aquello que no se habla, aquello que se niega o se oculta, toma mayor fuerza y se vuelve más grande, hasta que en algún momento ya no pueda ocultarse más, y empiece a manifestarse de diversas maneras, ya sea a través del cuerpo, con manifestaciones somáticas, a través de nuestras relaciones adultas insatisfactorias, a través de sueños o experiencias oníricas,  entre muchas otras formas de representarse. Con el objetivo de hacer consciente su presencia para que se procese y de esta manera se logre bajar el efecto patológico y paralizador. Esto puede suceder sin aviso alguno en las generaciones siguientes a aquellas que vivenciaron “el trauma”.

Es muy importante observar y reconocer esas herencias,  se puede observar en experiencias constructivas en diversos ámbitos, tanto personales como sociales, o por el contrario expresado a través de “trancas” o “síntomas”, como se explica anteriormente.  Ambos matices dan la oportunidad de sacar a la luz aquello que nos compone, le da voz a aquello que está dentro del linaje  psicológico, para así “abrir la cripta” y reorganizar o reconstruir aquello que aqueja y no nos permite avanzar, logrando desatar esos nudos del pasado, descargando el peso y el dolor de las experiencias que le corresponde a generaciones anteriores.

Psicogenealogía. El poder del árbol genealógico

Una vez que vamos identificando y reconociendo esta herencia, es importante siempre hacerlo de manera segura en un espacio protegido, que permita no solo confrontar, reconocer y encarar el “fantasma, la cripta, la trampa” entre otros términos utilizados, sino que también ofrezca la oportunidad de abordarlo,  fomentando la sanación de heridas y la reconciliación con aquello que promueva el crecimiento y la conciencia. Desde la visión de la Psicogenealogía, liderado por Jodorowsky, se propone el estudio de nuestros antepasados a través del árbol genealógico, lo que permite tomar conciencia, para  que un individuo se convierta en el “sanador de su familia”. Es decidir dar un paso adelante a través del estudio de nuestro propio árbol  lo que podrá ayudar a  romper con la circularidad de la repetición o transmisión de la herencia psicológica, y finalmente el trauma perderá valor patógeno.  Esto es importante hacerlo en compañía de personas capacitadas para recibir esa carga dolorosa y transformarla en un espacio de construcción y de contacto pleno con la conciencia. Para esto es ideal realizar un proceso de psicoterapia personal.

Transgeneracionalidad

Al tener frente a ti tu árbol genealógico, determina momentos o características importantes tales como: episodios dolorosos, secretos, legados, repeticiones, personalidades, reconocer a quien me parezco, o a quien siempre me han dicho que me parezco, ¿se repiten algunos nombres, profesiones, patologías médicas? ¿Algunos de mis familiares presenta o presentó un síntoma aislado? ¿Existe repetición de estilos de crianza? ¿Quién es diferente a todos los demás? ¿Que hace que me sienta parte de esta familia?, Cuando pienso en la familia de mi padre/madre, ¿qué imagen se me viene a la mente? ¿Cómo es la relación de pareja de mis padres/abuelos? ¿Creo que he descubierto un secreto familiar? ¿Qué tipo de ideología religiosa/política/moral rige a mi familia? ¿Yo la sigo?. Fechas importantes tales como aniversarios, muertes, accidentes, bodas, ¿existen acontecimientos actuales importantes cercanos a estas fechas descritas? ¿Me avergüenzo/enorgullezco de alguna característica de mi familia?, esta serie de preguntas permitirá abrir un espacio de conocimiento, de manera de observar cómo estas dinámicas se han replicado en otras áreas de tu vida, como esto que pertenece al pasado te afecta directa o indirectamente en tu vida presente.

Esta herencia psicológica es siempre un tesoro, y contactar con él permite saber con qué sigues viajando hoy en día, no solo para poder enfrentar temas de dolor, sino también para reconocer aquellos legados que te ayudan a continuar y a avanzar. Un árbol sano, como decía Jodorowsky, permite la transformación, la mutación y el avance, un árbol enfermo buscara que siempre crezcan ramas sobre heridas, perpetuando así el dolor. Conocer e investigar la historia de tus padres, de tus abuelos, de tus bisabuelos te permitirá comprender y entender características presentes en ellos, te ayudara a conectarte con espacios antes no explorados que podrán ser asociados a aspectos actuales de tu vida que quizás hasta ahora no te hacían sentido, o que de otra manera creaban ruido en ti, y de alguna forma se manifestaba.

De manera tal que la invitación es siempre a reconocer  nuestros antepasados, quienes promovieron  tenerte hoy en día en este plano presente. Construyeron para ti un legado, te lo entregan como tesoro de bienvenida en este mundo.  Ahora tú en este plano, tienes la oportunidad de agradecer por este regalo único, y de continuar con tu camino. Si en algún momento decides encarar estos “asuntos no resueltos del pasado”, te darás cuenta que esto te otorgará el poder de avanzar y llegar a la conciencia que permita que tu promuevas la continuación de un árbol sano y nutritivo, marcando una diferencia que también generará un legado, pero donde tus descendientes tendrán la oportunidad de abrirse nuevos espacios y de expandir la conciencia y promover planos más sanos y enriquecedores.

https://www.youtube.com/watch?time_continue=2&v=xaibXFC-KhI

De manera que tu sello personal ayude a sanar el pasado, a sanarte en el presente, y a mirar el futuro. Es una oportunidad que te brinda el presente, para re-significar, dar un sentido más constructivo de lo que causó dolor. Se presenta en el ahora, ya que es el momento que estás preparado para poder confrontar lo que te aqueja, no era antes ni después, es el ahora el momento preciso. Y así poder aligerar la valija con la viajas hoy, y decidir dejar contigo aquello que te facilitará el camino del crecimiento y el autoconocimiento.

Termino con un pensamiento tibetano:

Camina, pero sin compulsión; indaga, pero sin ansiedad; sigue la senda, pero sin urgencia de resultados. El camino ya es la meta”.

Referencias bibliográficas sobre transgeneracionalidad: