Yo machista

Si me estás leyendo, luego de haber visto semejante título, sospecho que éste ha atraído tu atención. Quizás te preguntes qué clase de energúmeno puede afirmar: yo machista. Así tan pancho, de manera tan abierta, sin pudores. Y encima soltarlo hoy, apenas pasadas unas horas del Día Internacional de la Mujer. Con los ecos aún latentes de la manifestación y huelga histórica de ayer, 8 de marzo de 2018.

Para colmo, con la que viene cayendo desde que existe el patriarcado: asesinatos de mujeres, desigualdades, violaciones, indiferencia, negación de derechos, falta de reconocimiento social e histórico y sigue una larga lista. ¿Quién diantres puede autodefinirse como machista? Ya sólo mencionar la palabra resulta de lo más chocante e inoportuno, como decir “soy racista”. Curiosamente, entrar en estos jardines de la incorrección política despierta el morbo, al menos el mío y quizás el de alguien más. Como si se abriese la mirilla para espiar al malo de la película. Al monstruo que habita en nuestros peores sueños, al desalmado. Al representante de un mal moral, al portador de una anomalía. Un machista es por definición un tipejo despreciable, desubicado, retrógrado, casposo. Una pobre antigualla. Alguien que puede ser violento, empleador de la fuerza bruta. Un potencial abusador de personas más débiles. Seguramente haya grados de machismo o escalafones. Coincidirás conmigo en que no es lo mismo un soldado raso que un teniente general, aunque ambos sean machistas. El primero suelta un piropo en la calle sin venir a cuento de nada, pero el segundo puede llegar a creer que su novia es una extensión de su propio cuerpo y hacer con ella lo que le venga en gana. Al primero habría que educarlo, amonestarlo, al segundo aplicarle el código penal.

Uso el “yo” y me preguntan: “Dios mío, ¿es esto autobiográfico?” No, bueno, no exactamente. En mi caso, se trata de una sensación como la de tener a Mr. Hyde en las entrañas y a doctor Jekyll haciendo lo que puede por ocultarlo. La famosa novela de Stevenson hacía referencia al trastorno disociativo de la identidad. Al final va a ser una cuestión de identidad, esa entelequia que tiene que ver con cada uno de nosotros aunque resulte muy complicada de definir: ¿Yo machista?

Me gustan las palabras, las quiero, paso tiempo con ellas, buscándolas, intentando ordenarlas, tratando de escribir algo, de comunicarlo y suelo pasarlo mal hablando directamente de las cosas. Se me ponen los pelos de punta con los nuevos principios de la comunicación: 140 caracteres, eslóganes, hashtags, lenguaje publicitario, síntesis, brevedad, efectismo, tuf, tuf, zasca, in your face. Estoy dando muchas vueltas, girando cual peonza. No he justificado aún el polémico título de estas líneas. ¿Quise generar impacto, un gancho publicitario para atraer lectores? ¿Soy realmente un machista o un simple provocador?

Urdimbre de identidad machista

Nací varón en Buenos Aires. Como otros muchos compas de generación y amigos de la infancia, vine al mundo en un hogar machista, mamé machismo. Nada grave para los ojos de la época. Un papá que no sabía hacerse un huevo frito ni encender la lavadora, que no levantaba la mesa ni fregaba los platos. Todo aquello eran cosas de mujeres. Los hombres de la casa, él y yo, estábamos para otras cosas, no sé, quedarnos sentados, gozar de nuestros privilegios, no desperdiciar el tiempo o la energía con tareas menores. Mi mamá o mi abuela tampoco es que fueran feministas. Básicamente, no había protestas ante este orden de cosas. Vivíamos con naturalidad, inconscientemente, inmersos en el  machismo.

Digamos que mi cerebro fue madurando en el caldo de una urdimbre machista, fui incorporando sutilmente estructuras organizadas en torno al poder masculino.

Siendo adolescente llegó el sexo. Mejor dicho, andaba por allí con la genitalidad y sus variables puramente mecánicas: se levanta, se sostiene y eyacula. También era importante el tamaño y así los penes grandes eran celebrados, fantaseados, envidiados, mientras que los penes pequeños eran motivo de escarnio en los vestuarios después del fútbol. Desde la lógica de este relato, el hacerme hombre no me dejó indemne.

 

¿Quieres saber las secuelas? Ahí van. Analfabetismo emocional, bloqueos, miedos, consolidación de la estupidez. Lustros de confundir de forma persistente el tocino con la velocidad, lo anatómico con el deseo.

 

Muchos de nosotros además somos hijos o nietos de un porno falocéntrico. Una pésima escuela para esculpirnos como seres sexuados. Somos, claro está, responsables de toda esa parafernalia de sandeces en torno a la adoración de la polla y el coito. Hemos construido un imaginario sexual paupérrimo en el que el prevalece la figura del follador eficiente.

 

Una grieta en el muro del patriarcado

Visto en perspectiva, hubiese preferido otra melodía y no el ruido de esta fábrica. Así he salido yo, qué se le va a hacer. Es mi historia vital. Donde no hubo, no hay. ¿O sí? ¿Puede alguien criado en el machismo librarse de él? ¿En qué medida? ¿Llegaré algún día a ser feminista? ¿Hay razones de peso (biológicas, culturales, sociales, ideológicas) que me lo impidan?

Por suerte la vida siguió, los cambios y transformaciones nos acompañan hasta el final, hasta la última mutación, esa que va de lo vivo a lo muerto. Mientras tanto, siempre hay esperanza.

Casarme, por ejemplo, fue genial. He aprendido un montón de cosas de ella. Me viene empujando hacia lugares a los que no hubiese llegado solo. ¿Y mi hija? Otro tanto. Acompañarla en su día a día. Desde el primer biberón que le di y que me llevó a sentir que la estaba amamantando, al ejercicio cotidiano de la ternura y el cuidado. Caminar juntos de la mano, volviendo del cole.

Rodeado por dos mujeres, fue creciendo mi amplitud de miras, hasta convertirse el ámbito de lo doméstico-familiar, incluso el espacio de la cocina, en mi hábitat. No es para que nadie me cuelgue una medalla, pero he aprendido a cocinar, a doblar la ropa sin que queden arrugas, a enfrentar fantasmas de la mitología patriarcal. El truco consiste en haber reconocido en mi propia historia los puntos ciegos, las partes menos desarrolladas, los prejuicios machistas. ¿Qué no es suficiente para tirar abajo el patriarcado? Claro que no, pero ahí vamos. Sigo interpelándome, no estoy satisfecho.

 

Mi padre murió en 2016 y me llevaba cuarenta años. En ocasiones cuando pienso en él y en su modelo de masculinidad es como si retrocediera un siglo. Pasó muy poco tiempo y sin embargo ya no puedo identificarme con él en estos aspectos. Sigo en proceso de transformación, aprendiendo a expresar emociones, manteniendo a raya a Mr. Hyde, aumentando el músculo de la empatía.

¿Qué si soy machista? Soy un animal no acabado de hacer. Principiante en la nueva cultura que busca reemplazar a lo viejo.

Hombres, el arma entre las piernas

¿Andamos los hombres con el arma entre las piernas?, ¿Somos todos los hombres potenciales abusadores o violadores?, ¿Poseemos una naturaleza sexual agresiva, monstruosa?

La lacra social de la violencia machista y la desigualdad entre mujeres y hombres ocupa un lugar cada vez más relevante entre las preocupaciones sociales, al menos si nos atenemos a lo que se está diciendo en los medios de comunicación, lo que circula por las redes y lo que se está discutiendo en esa entelequia que denominamos la opinión pública. Nos equivocaríamos si creyésemos que por estar estos temas actualmente en el candelero se aproximan cambios o transformaciones en lo sustancial, más bien deberíamos desconfiar de la velocidad con la que unas noticias reemplazan a otras y con la falta de matices y reflexión que caracterizan a muchas de las “campañas de concientización” o a los mecanismos que se ponen en marcha con los linchamientos mediáticos.

Me consta que es muy complicado mantener el equilibrio entre el análisis de la actualidad, la intervención inmediata en los asuntos y la reflexión un poco más profunda, pero aspiro a que el exceso de dramáticas novedades no sepulte lo importante: la conciencia de qué tareas tenemos pendientes. En primer lugar, los hombres con nosotros mismos, en segundo lugar, con respecto a nuestras formas de relacionarnos con los demás y en particular con las mujeres.

Todo pasa con excesiva rapidez y mientras estamos digiriendo el impacto que produce saber que una chica ha sido violada por cinco energúmenos, aparecen nuevas revelaciones de actrices de Hollywood que se vieron sometidas a los apetitos sexuales desbocados de un productor de cine. Sin pausa, seguimos registrando incontables actos de violencia, algunos enormes, atroces. Una mujer mayor es asesinada por su marido después de cuarenta y cinco años de casados, una más joven recibe una paliza brutal por parte de su ex pareja, la policía descubre en un prostíbulo a varias decenas de mujeres que malviven como esclavas sexuales, una adolescente padece el acoso de las miradas masculinas en la calle o en el trabajo por llevar una determinada prenda de ropa. En todos los casos, se repite un mismo patrón: el género del victimario es siempre masculino y el género de la víctima es siempre femenino.

Surgen preguntas, hay necesidad de establecer responsabilidades, queremos castigar a los culpables. ¿Cómo lo hacemos?

La culpa de la violencia es de todos los hombres

En los muros de Facebook o a través de cadenas de whatsapp, he visto como se viene alimentando de manera pueril, y a partir de simplificaciones, la idea de que todos los hombres  -por el simple hecho de ser hombres- somos potenciales violadores, abusadores, acosadores o asesinos de mujeres. En otro mensaje, que circuló bastante por la web, se instaba a que todos los hombres manifestáramos nuestra vergüenza de ser hombres a raíz de la violación que un grupo había cometido durante las fiestas en Pamplona de los Sanfermines.

Una buena amiga, a propósito de la campaña que se lanzó en apoyo de la víctima de dicha violación, #yotecreo, se preguntaba, hace unas semanas en un post: “¿por qué los hombres no espabilan y viralizan un #losiento, un #somosunosmierdas?…¿Por qué no os da la gana daros cuenta de que prácticamente cada pequeño detalle de vuestra cultura, de vuestra cotidianidad, está impregnado de basura patriarcal?…¿Por qué no os sentís interpelados, no digamos ya responsables? ¿Por qué tenemos que educaros y hacer pedagogía constante cuando tenemos cosas mucho mejores que hacer? ¿Por qué somos nosotras las exageradas, las agresivas, las radicales, las que odiamos a los hombres? ¿Cómo tenéis la cara de no odiaros vosotros también?”

Ante un planteamiento semejante, yo sólo puedo responder por mí y no en representación del resto de los hombres.

Yo estoy aquí, sé más o menos bien quien soy, qué pienso del patriarcado y de la explotación capitalista, qué hago y qué no, cómo trato a mi hija, a mi mujer, a mi madre, a mis amigas, a mis vecinas, a las mujeres con las que me relaciono o con las que me cruzo por la vida. ¿Creo yo que la sociedad le debe una explicación a las mujeres que han sido víctimas de la violencia machista? Sí, lo creo. ¿Tiene este país alguna deuda histórica a causa de la ingente cantidad de malos tratos que las mujeres han recibido y reciben? Sí, lo tiene. Pero, ¿me siento culpable o responsable como hombre de las violencias que se ejercen contra las mujeres? No, en absoluto.

Tengo responsabilidad como ciudadano, tengo deberes cívicos, compromisos políticos, luchas invisibles por vivir colectivamente de manera más decente, sin embargo no siento una responsabilidad moral por las circunstancias – como la desigualdad entre mujeres y hombres o la erradicación de los abusos machistas de poder- que intento mejorar en el día a día.

No soy parte de ningún ente colectivo que se llame Hombres Patriarcales y Opresores o Machos como los de antes. Y es por eso que no quiero que me pongan en el mismo saco con otros hombres -retrógrados, cavernícolas, violentos- simplemente porque comparta con ellos el tener un pene y dos testículos.

Si bien como colectivo a los hombres nos vendría muy bien derrumbar un modelo masculino coital, falocéntrico y eyaculatorio, eso no significa que nuestra sexualidad sea sinónimo de agresividad, salvajismo o monstruosidad.

El arma, obviamente, no está entre nuestras piernas como así tampoco la violencia anida en nuestro ADN. Se trata más bien de una cultura en la que nos hemos desarrollado a partir del fomento de la banalidad, la ausencia de búsqueda del sentido y el empobrecimiento del erotismo.

Vivimos en un medio en el que todo parece orquestado para que no nos detengamos en nada ni nos comprometamos con nadie. Aturdidos con tanto ruido mediático y arrastrados por la corriente comunicacional instantánea, no estamos pudiendo comunicarnos bien ni encontrarnos en un frente común con las mujeres. Necesitamos, sin dudas, de ellas para el desarrollo de nuestras potencialidades.

Convendría no perder de vista que también los hombres pueden llegar a desarrollar una sexualidad madura, enriquecida, amorosa y todo ello sin renunciar a ser hombres o sentirse avergonzados de serlo.

Homens. Círculo de Hombres

A mediados de mayo del 17 arrancamos, junto con Antonio Capa, un proyecto por largo tiempo amasado: Homens.

¿Cómo definirlo?

Todavía estamos dándole vueltas a eso que venimos haciendo dos martes al mes y que no termina de corresponder con las etiquetas: ¿un grupo de hombres?, ¿hombres reunidos conectando con sus emociones?, ¿hombres en la búsqueda de nuevos modelos de masculinidad?

En el comienzo de este proyecto, Antonio y yo, nos topamos con la sensación de que como hombres nos sentimos muchas veces perdidos, desorientados, cabreados ante lo que pretendemos/suponemos/creemos/ que un hombre debe ser.

¿Cómo debe ser un hombre?

Un hombre es y en principio no hay razón para que sea algo diferente a lo que es, sin embargo sabemos que desde la niñez primero la familia y luego la sociedad generan modelos o ideales de hombría y masculinidad. Así es como en nuestro desarrollo vamos fijando una serie de comportamientos, apetencias, atributos o preferencias que nos alejan de nuestro verdadero ser pero que nos permiten encajar en los moldes establecidos.

Al menos para la generación a la que pertenezco, los nacidos allá por los años 70, la entrada al club de la hombría, de la masculinidad, estaba vinculada con un conjunto de reglas no escritas pero sí de estricto cumplimiento:

  • Los niños no lloran.
  • No visten de rosa ni juegan con muñecas, bebés o cocinitas.
  • No usan el pelo largo, ni faldas o vestidos.
  • No levantan la mesa ni lavan los platos.
  • Le gustan las nenas pero sólo juegan con otros nenes a juegos de nenes.

Ya más creciditos en edad, se iban sumando nuevas pautas:

  • Ser caballeros: dejar pasar a las damas primero, abrirles la puerta, pagarles la cena o la entrada al cine. Son las reglas de la galantería.
  • Ser fuertes: física y mentalmente para destacar en los deportes o en cualquier otro tipo de actividad semejante.
  • Ser machos: cortejar a la hembra y sin complejos lanzarse a su conquista.
  • Sacar pecho ante las adversidades o ante el enemigo, tal como lo harían los gladiadores, los soldados, los príncipes valientes que en los cuentos se enfrentan a dragones.
  • Ser mentales: no dejarse guiar por las emociones.
  • Ser sostén económico: el padre de familia que abastece las necesidades de su prole y de su esposa.

El modelo del hombre del patriarcado

Sobrevolando estos ideales de masculinidad, aparece la bandera de la autosuficiencia: el hombre no necesita la ayuda de nadie ni comparte con nadie lo que le pasa. Tampoco crea demasiados vínculos de afecto porque está abocado a la competencia y a ser un triunfador. Se desconecta, pasa de todo, aguanta lo que le echen encima. Es pragmático y resolutivo.

Gracias a las luchas de los feminismos y a otros factores en los que no vamos a entrar aquí, esta matriz educativa y social patriarcal, esta fábrica de machos en serie, ha entrado en declive. Aunque aún quede mucha tarea de desmantelamiento, de denuncia y de recuento de los daños. Éste resulta particularmente difícil por la cantidad y variedad de destrozos que el patriarcado ha generado. Entre los más evidentes está, sin lugar a dudas, el hecho de que las mujeres son, por una parte, víctimas directas de la violencia machista en sus variadas formas (físicas, materiales y simbólicas) y, por otra parte, tienen un acceso mucho más dificultoso a los niveles altos de la escala salarial, a los puestos jerárquicos del poder político o del tejido económico. Múltiples son también las formas de explotación y atropello de la dignidad a las que están sometidas miles de mujeres, como así también son muchas las que padecen expresiones más sutiles, pero igualmente injustas, de un trato desigualitario e inequitativo.

La trama del patriarcado nos envuelve a todos y es consustancial al desarrollo exponencial del capitalismo en el mundo. Una mentalidad que se caracteriza por su violencia, desmesura, voracidad, afán de riqueza y destrucción. El ego, acaparador, insensible se expande como la pólvora, impregna a la cultura, educa. El individualismo radical del “salvase quien pueda” como principio que guía toda acción.

El modelo de hombre que genera el patriarcado, egoísta y destructor, está siendo revisado desde muchas perspectivas críticas y sensibilidades. Una voz como la de Claudio Naranjo se ha referido al ego patrístico como un complejo de violencia, conciencia insular y pérdida de contacto con una identidad más profunda.

Así las cosas, no todo está perdido y más vale encender una vela que maldecir la oscuridad.

A la búsqueda de nosotros mismos

Los hombres que rechacen o estén incómodos con el disfraz del modelo patriarcal, tienen la oportunidad de quitárselo. Lo primero es ser conscientes del daño que nos produce y que produce, ya que los hombres también somos víctimas del patriarcado y podemos ser agentes de cambio.

Se trata de ir encontrando fórmulas, estrategias de transformación de lo más próximo y personal: la manera de relacionarnos con nosotros mismos, con la familia, con la pareja, con los hijos, con los padres, con los amigos o la forma de gestionar lo doméstico. Con empeño y trabajo de hormiga, se pueden ir incluyendo otros ámbitos de actuación: lo vecinal, lo comunitario, lo político.

Nadie dice que sea fácil, el camino del auto conocimiento y la transformación suele estar lleno de malas noticias. En su recorrido, quizás nos vayamos percatando de que no somos tan maravillosos como creíamos ser, ni tan fuertes o poderosos, pero a cambio podemos volvernos más reales.

Las mujeres nos llevan la delantera en esto. Desde hace tiempo, muchas de ellas -varias generaciones- se organizan, se reúnen, se encuentran, crean redes para el conocimiento mutuo, el trabajo con las emociones, los círculos de apoyo. Crean, así, espacios de confianza y seguridad. Desde allí crean cultura, ética del cuidado, modos de aunar la razón con lo sentimental y lo instintivo.

Aprovechemos la experiencia de nuestras maestras, las mujeres, atrevámonos como hombres a madurar nuestra parte amorosa, tierna, a reconocer nuestra vulnerabilidad, a conectar con nuestras emociones y a responsabilizarnos de nuestras propias vidas.

Abrámonos a la posibilidad de ser nosotros mismos sin tantos miedos, conscientes de las heridas internas pero en la búsqueda del poder amoroso que nos constituye.

Nuevas masculinidades

Se ha puesto de moda hablar sobre nuevas masculinidades y sobre la necesidad de una revolución masculina que nos saque a los hombres de los rígidos patrones con los que hemos sido educados y con los que hemos ido aprendiendo (o no)  a expresarnos sentimentalmente. La manera en que nos hemos convertido en hombres, estilo “macho”, supone un lastre considerable para el autoconocimiento y el manejo de las emociones. También queda tocada nuestra capacidad responder a según qué  demandas, problemas o desafíos.

La buena noticia es que somos cada vez más los hombres que tomamos conciencia de nuestras heridas, de nuestras limitaciones. La mala noticia es que estamos bastante aislados y desorientados.

Por momentos, yo mismo me he sentido acorralado por los diferentes matices de mi personalidad. Me gusta reunirme con amigos para ver el fútbol, beber y blasfemar, tanto como estar con mi hija, cocinar o charlar con mi mujer. En el primer caso, estaría supuestamente dando rienda suelta a una parte “macho” de mi yo –banalidad, exceso, transgresión-, mientras que en el segundo caso me estaría dejando llevar por una parte más femenina o “afeminada” –cuidado, atención, diálogo-. Recuerdo a una chica que como elogio me dijo una vez: “tenés tu parte femenina muy desarrollada, nunca me había sentado tan escuchada por un hombre”.

No sé de dónde salen estos malos entendidos, ni como se ha llegado a montar una clasificación fiable para distinguir entre conductas o actividades propias de los hombres y de las mujeres. ¿Es la cultura o la naturaleza la que determina  los rasgos que identifican lo masculino y lo femenino?

Se puede citar aquel experimento con treinta ejemplares de monos Rhesus, machos y hembras, que tenían que escoger entre coches y muñecas y el resultado fue que los primeros eligieron los vehículos, mientras que las segundas se quedaron con las muñecas.

Así a bote pronto, tengo la sensación de que en general las mujeres se conocen más a sí mismas, fluyen mejor con sus emociones y se abren a compartir con otras mujeres cuestiones vitales para ellas tales como la sexualidad, el trabajo, las presiones sociales, los roles familiares, lo común, la cooperación. Los feminismos y el colectivo LGTBI han hecho mucho en este terreno y hace rato que tienen claras las razones por las que luchan, las reivindicaciones pendientes y los obstáculos a sortear.  Cuentan además con espacios de encuentro y canales de comunicación por los que lucharon, que están vivos, que siguen desarrollándose.

Vieja masculinidad

El ideal de hombre con el que yo fui criado responde de manera patente a lo que se denomina una matriz patriarcal y machista.

En casa, papá trabajaba y mamá era ama de casa. Papá era el que suministraba el dinero y Mamá se encargaba de las cosas de la casa. Papá gritaba y mamá guardaba silencio. Papá se enojaba y todos temblábamos.

Mi papá era conservador en lo que respecta a los deberes familiares y su lugar como jefe resultaba inexpugnable. Asumió la responsabilidad de ser sostén económico de la familia a rajatabla y jamás lavó un plato, recogió la mesa o se hizo un huevo frito. Estaba acostumbrado a que lo atiendan y se salió con la suya.

Había venido de Salta, en el norte de la Argentina, a la gran ciudad cargado de una tradición machista decimonónica que sólo abandonó parcialmente y hacia el final de sus días. Tuvo a mi madre como cable a tierra, como refugio ante sus propias tempestades emocionales.

No hablaba de sentimientos con mi padre, si él me preguntaba qué tal estaba y yo le respondía que bien. Y hasta ahí llegábamos.

Absorbí, de una manera u otra, ese modelo machista caballeresco con sus cualidades prescritas: la fuerza, el valor, el honor, el coraje, la templanza y lo que se rechazaba: la debilidad, la cobardía, el deshonor.

Cuando iba al cine con mi viejo, veíamos exclusivamente a petición mía las películas de Sylvester Stallone, Bruce Willis y Schwarzenegger. Dos de ellos siempre con el torso desnudo musculado disparando con un arma de guerra a todo lo que se menea, el otro imperturbable ante el máximo peligro y ajeno a cualquier sentimiento que no sea la soberbia.

No se trata de ajustar cuentas con mi padre; él hizo lo que pudo, era del 36, de provincias, con un padre nacido en el siglo XIX. Formó parte de una época, con sus contradicciones, como todas.

El imaginario caballeresco funcionó durante siglos, el hombre encarnando al guerrero que enfrenta al dragón, o a otro hombre, para conquistar el corazón de una doncella. Si su hombría prevalece, el caballero estará a la altura del dictado de su naturaleza o de un férreo código de conducta que ha adoptado. Si actúa como un  valiente, recibirá por recompensa el amor femenino.

Sobre otras cosas que pueden estar en juego, el guerrero se sentirá particularmente gratificado si obtiene la aprobación, no importa si fantaseada o implícita  de su mamá. “¡Mamá esté orgullosa de su niño, ya convertido en hombre!”.

Sí, mamá, la primera mujer en la vida de cada hombre y a la que busca agradar, seducir, reproduciendo un modelo. La misma madre que repite en un bucle trans histórico al niño-caballero: “no pegues a la niña, protégela”, “no llores como una niña”, “deja pasar primero a la niña y ábrele la puerta”, “ayuda a la niña a cargar ese peso”, “salva a la niña de las garras del monstruo”, “defiende a tu hermana”, “compórtate como un hombrecito”, “aquí tienes tu pantalón y tu camisa; el cinturón y la pistola de plástico”, “conviértete en un hombre en serio”, “ya vas a ver cuando llegue tu padre del trabajo”.

Está mamá, está la niña a proteger, faltaría la puta para completar un cuadro terrible.

La puta se coló en mi adolescencia como consecuencia del primer chute de porno. Un escenario cutre y sórdido, tráfico de pasiones inauténticas.

Ya debe existir algún informe académico, de Princeton o el MIT, que traduzca a números y estadísticas el daño ocasionado por el visionado de películas pornográficas en los jóvenes. En lo que a mí respecta, las secuelas han sido graves y persistentes. Quedar atrapado en la iconografía del cine XXX fue devastador para mi imaginación. Llené mi cerebro con imágenes obsesivas y distorsionadas de la realidad. Lo que podría haber sido una experiencia erótica a través de los cinco sentidos quedó reducida a algo que ocurre en una pantalla. Una sexualidad plana y cercenada por la forma en la que los cuerpos se convierten en cosas y los movimientos se mecanizan. Detrás, encima, debajo, de perfil, una lógica de sumisión violenta de la mujer a manos del hombre. Un hombre semental encargado de humillar, escupir, vejar, exprimir a su compañera sexual y convertir semejante crueldad en un espectáculo de consumo instantáneo.

Por si no estuviesen suficientemente torcidos los pilares que sostienen un modelo de masculinidad semejante, hay que agregar el tipo de rituales que se practican al interior de los grupos de varones: el abuso hacia los más débiles, la homofobia, la competencia a ver quien la tiene más larga o la agresión física gratuita.

Novísima masculinidad

Hace un par de meses comencé con mi amigo Antonio una de las iniciativas más estimulantes de mi vida: la apertura de un espacio de encuentro para hombres llamado Homens http://www.sedhombres.com

Con frecuencia quincenal, nos venimos reuniendo diez hombres para comentar nuestras cosas, para conectar emocionalmente, para resonar en la escucha compartida.

No pretendemos asumir un estereotipo de hombre “descafeinado”, ni uno que responda constantemente a la demanda social de mayor sensibilidad y ternura.

Si vamos a estar atendiendo a una demanda externa, lo más seguro es que perdamos el contacto con nosotros mismos o que neguemos nuestra verdadera esencia. Sea cual sea ésta.

En Homens no se trata de un impulso hacia delante, de conquistar de nuevos espacios como había ocurrido hasta ahora, sino más bien de un despiece y una vuelta hacia uno mismo.

Muchos hombres heterosexuales de hoy, entre los 30 y los 50 años aproximadamente, rechazan una imagen de masculinidad a la Humphrey Bogart (tipo recio, de pocas palabras, imperturbable, casi ausente o en fuga), pero aún no han dado con la clave para tumbar el estereotipo y generar un espacio propio alternativo y más genuino. 

Para escribir este post iba a pasar la tarde documentándome, empapándome de los debates, de las opiniones más acreditadas en este campo, investigando tendencias y terminologías modernas, encuestas y estudios sociológicos, sin embargo estoy en una etapa de mi vida en la que ya no quiero leer tanto ni pretendo ser brillante u original sino fiarme más de mi experiencia y mi intuición. Compartirlas sin mayores pretensiones ha sido mi objetivo y quizá sean también las que me ayuden a ver que ser hombre no es nada en particular y depende en gran medida de lo que estemos dispuestos a ser a pesar de los modelos y patrones sociales más extendidos.

¿Qué nos pasa a los hombres? Una historia de desconexión emocional

Te propongo algo. Puedes visitar la web de cualquier periódico on-line, y buscar noticias de sucesos. Seguramente, podrás encontrar la mano de uno o más hombres como responsables de los mismos. Por otro lado, si buscas estadísticas sobre suicidios, las relativas a 2014 en España señalan que se trata de la primera causa externa de muerte en varones, y que de todos los suicidios, más del 75% corresponde al género masculino. Recientemente, una de mis compañeras de blog hacía una reflexión sobre la masculinidad. Más allá de planteamientos culturales y morales sobre estos hechos, ¿qué nos impulsa a los hombres a actuar de esta forma? ¿Podría tener relación con nuestra clara dificultad para comprender, expresar y regular emociones?

 

 

Nuestro desarrollo emocional es diferente

En este mes de enero, ha salido publicado en la revista científica Infant Mental Health Journal un artículo del prestigioso psicólogo especializado en el estudio del apego Allan N. Schore acerca de la neurobiología del desarrollo en los niños varones. Schore hace una amplia exposición de la evidencia científica que pone de manifiesto que el desarrollo emocional, en cuanto a percepción, expresión y regulación de las emociones, es más lento en los varones, ya desde la etapa prenatal, dentro del útero. Esto se manifiesta en diferentes parámetros, como una mayor tendencia a que se produzcan partos prematuros en el caso de fetos masculinos, mayor probabilidad de sufrimiento fetal durante el parto, menor puntuación de Apgar en el momento del nacimiento, y a lo largo del primer año de vida, mayor labilidad emocional, con más irritabilidad, más episodios de pataletas y llanto, menor posibilidad de sonreír, en fin, mayor vulnerabilidad ante situaciones de estrés.

 

 

Parece que todo este desfase en el desarrollo emocional tiene unas bases biológicas muy claras, con diferentes velocidades de maduración entre sexos, y que se mantiene hasta la adolescencia. ¿Qué consecuencias tiene esta maduración más lenta?

 

“Niños en riesgo”

Schore emplea este término de forma frecuente en su artículo. Recoge datos que ya son reconocidos en el ámbito científico y profesional, y a los que se va dando explicación gracias a los avances en neurociencia. Las estadísticas llevan indicando desde hace años que los niños varones tienen mayor riesgo de padecer trastornos del desarrollo, como puede ser el caso del autismo. También presentan más frecuencia de trastorno de déficit de atención e hiperactividad, y al llegar a la adolescencia y etapa adulta temprana, afloran patologías psiquiátricas con rasgos más externalizantes, como la esquizofrenia, o los trastornos adictivos. También las conductas más agresivas a las que estamos acostumbrados en prácticamente todas las culturas y sociedades.

 

 

Para Schore, ese riesgo que padecen los niños varones desde antes de nacer puede comprenderse desde una perspectiva neuroendocrina, a partir de la influencia que tiene la testosterona sobre el desarrollo cerebral.

 

Testosterona, epigenética y desarrollo cerebral

Ha quedado claramente demostrado el enorme papel que tiene la testosterona en la potenciación de una red de circuitos cerebrales diferenciada entre hombres y mujeres. Se ha constatado la existencia de varios picos o niveles elevados de esta hormona en momentos concretos del desarrollo, tanto a nivel prenatal como en los primeros meses, y que dichos picos se produzcan de forma adecuada depende en gran medida de que exista un entorno relacional que lo permita. Es decir, existe una clara interacción entre lo ambiental y el desarrollo.

A nivel ambiental, se ha destacado como uno de los principales factores la calidad del cuidado recibido por el bebé. Un bebé varón necesita realmente de mucha sensibilidad para su cuidado, ya que tiene mayor tendencia a regular peor las situaciones de estrés al tener un cerebro menos maduro que el de una niña. Ese estrés puede determinar respuestas conductuales a largo plazo, como una menor capacidad de autorregulación emocional y menor tolerancia a la frustración, conductas más agresivas, etc. Se ha demostrado el enorme peso que tiene el trauma por separación, por ejemplo en los periodos de adaptación a entornos como guarderías y similares, o cómo condicionan a largo plazo los sucesos adversos que se producen en la primera infancia (malos tratos, abusos, hospitalizaciones prolongadas, etc).

 

 

Otro condicionante ambiental es la existencia de los denominados disruptores endocrinos. Se trata de sustancias que forman parte de productos que manejamos habitualmente, como ciertos tipos de plásticos, que simulan a nivel biológico el papel de ciertas hormonas y alteran los mecanismos habituales de acción de estas. Se ha descrito la feminización de ciertas especies animales derivadas de la contaminación ambiental por disruptores (uno de los más estudiados es el bisfenol A), y el bebé varón puede ser especialmente susceptible a estas sustancias en los periodos críticos de desarrollo cerebral coincidente con picos de testosterona.

Parece que el mecanismo que subyace la acción de todos estos condicionantes ambientales es de tipo epigenético, es decir, factores externos condicionan la activación o represión de ciertos genes que influirán posteriormente en el desarrollo, y dicho patrón de activación/represión puede transmitirse entre generaciones. No hay mutaciones genéticas tal cual se han considerado tradicionalmente, sino modificaciones reversibles en nuestro material genético, que de no variar las condiciones ambientales, se siguen transmitiendo como una forma de adaptación.

 

¿Cómo puede encajar la sociedad estos hallazgos?

La semana pasada compartí en redes sociales algunas reflexiones que se habían realizado en un blog sobre crianza acerca de este trabajo de Schore, especialmente las relacionadas con el cuidado materno en los primeros meses de vida. Una gran parte de la respuesta que recibí fue por parte de mujeres que entendían que esos resultados las culpabilizaban de ser “malas madres” y se negaban a aceptar que ellas fueran responsables de que sus hijos pudieran salir delincuentes. Lo unieron en algunos casos a una visión patriarcal, en cuanto a que la mujer debe seguir siendo quien se encargue principalmente de los cuidados del niño.

Comprendo que exista esa susceptibilidad, aunque mi reflexión era otra. Creo que la biología nos está dando evidencias de algo que intuitivamente podemos comprobar si nos abrimos a observar sin juicio la interacción entre un bebé y sus padres. El vínculo madre-bebé es diferente al del padre-bebé. Es cierto que al final prima la figura de un cuidador principal, pero creo que biológicamente, quien ha mantenido un vínculo incluso dentro de su propio cuerpo y en los primeros momentos de vida, es la madre. Más allá de cargar con más responsabilidades a la mujer, mi propuesta se refiere a que podamos facilitar cambios en nuestra forma de plantear la m/paternidad en la sociedad, dirigidos a protegerla de forma real, a incentivar los procesos de cuidado, y a que una madre pueda decidir de forma libre, no condicionada por aspectos laborales, hasta cuándo decide mantener una atención continuada y prolongada de su bebé antes de utilizar recursos como guarderías o escuelas infantiles.

Por desgracia, vivimos en una sociedad del tener, del hacer, más allá del ser y del sentir. Es cierto que está caracterizada por valores tradicionalmente asociados a lo masculino. Pero también es cierto que, si no cuidamos como especie a nuestros bebés, incluso desde antes de nacer, seguiremos perpetuando de una u otra forma esa huida del sentir, de reconocer nuestras emociones, de renunciar a la sensibilidad para seguir cayendo en la continua insatisfacción de vacíos emocionales que se sintieron ya desde nuestros comienzos.

 

Los círculos de hombres

Entre las mujeres, existe tradición de crear grupos de apoyo mutuo, círculos de mujeres en los que pueden compartir sus inquietudes, emociones, miedos, ilusiones, logros. El momento de la crianza es una oportunidad para conocer otras madres y potenciar un proceso de sociabilización que, ya desde un punto de vista biológico, viene facilitado por una mayor maduración cerebral en etapas tempranas de la vida. Pero, ¿cómo podemos abrirnos los hombres a un cambio en nuestra forma de estar en el mundo?

En los últimos años, y en gran parte impulsados por todo aquello que mueve la paternidad, han ido surgiendo en nuestro entorno diferentes grupos de hombres que sencillamente buscan compartir sus sentires, vulnerabilidades y modos de adaptarse a una sociedad en cambio en la que muchas veces se hace confuso el papel que deben representar. Merecen la pena los libros sobre masculinidades de uno de los psicólogos que ha sido pionero en nuestro país en impulsar este tipo de iniciativas, Alfonso Colodrón.

 

 

A modo de conclusión, planteo la siguiente reflexión. Creo que todos los movimientos sociales que han permitido la visibilización del papel de la mujer en la sociedad y la equiparación de derechos han sido fundamentales para lograr un mundo más igualitario y justo. La cuestión es que los hombres, en cierto modo, también hemos sido y seguimos siendo víctimas de una visión patriarcal o machista de la sociedad, en la que hemos renunciado a “ser” y “sentir”, incluso de forma poco consciente pues ya se da desde los primeros momentos de vida, a favor del “tener” y “hacer”. Creo que, más que nunca, necesitamos de un diálogo entre géneros, de una apertura mutua a reconocer nuestras distintas formas de sentir y a compatibilizar una labor de reivindicación con una actitud de comprensión y apertura desde el amor a la diferencia del otro para lograr un mundo verdaderamente integrado y justo.

 

Referencias bibliográficas

  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Colodrón, A. (2015). Guía para hombres en marcha. Editorial Desclée de Brower. Bilbao.

Algunas notas sobre el amor

La ciudad de Kioto fascina pues en ella convergen la majestuosidad y la simpleza. Kiyomizu-dera es quizás uno de esos sitios que se mantienen en pie para transmitir toda esa espiritualidad que agoniza entre tantos turistas. Dentro de este complejo de templos budistas, se encuentra el santuario Jishu, dedicado a Okuninushino-Mikoto, un dios del amor y los «buenos matrimonios». Como es de esperar, consiste en uno de los destinos predilectos de parejas, y de mujeres jóvenes en busca del amor.

Piedras del Amor

El mismo posee dos «piedras del amor», situadas a 6 metros una de la otra, distancia que los visitantes deben vencer con los ojos vendados. El éxito en esta tarea, es un presagio de que el peregrino encontrará el amor. Es posible ser guiado por alguien, lo cual predice que la persona necesitará de un intermediario para convenir con su enamorado.

La sabiduría oriental nos muestra simplemente cómo el ser humano se moviliza en el ámbito del amor: con los ojos vendados. Hay quienes no temen y aceptan la incertidumbre, transitando este trayecto confiados en que llegarán a la otra piedra sin mayores dificultades y por sí mismos. Otros, desconfían y se sienten perdidos. Con suerte han tenido la guía de otro, quien porta ese saber sobre el amor del que ellos carecen. Este apoyo varía desde lo espiritual hasta los expertos en la materia que abundan hoy en día, terapeutas y autores de libros de auto-ayuda. Nos referimos al amor de pareja.

 

El amor es…

Una definición única del amor es imposible. Ya filósofos, psicólogos y pensadores en general se han esforzado por completar esta difícil tarea. Desde el Psicoanálisis, también se estudia el amor y sus vicisitudes, pues en la consulta terapéutica todas, o la gran mayoría, de las historias terminan hablando de amor. Sigmund Freud lo investiga a lo largo de toda su obra, analizando sus mecanismos desde diferentes ángulos. Como mencionamos en el post anterior sobre la Realidad virtual: un nuevo malestar, se evidencia el amor como una posibilidad para sobrellevar las dificultades de la vida.

El concepto de narcisismo también desempeña un papel destacado. Este se refiere a la operación psíquica de tomar al propio cuerpo como objeto de satisfacción y también como objeto de amor. Podría entenderse como el amor por uno mismo. Respeto de esto, Freud afirma que:

«El que ama se hace humilde. Aquellos que aman, por decirlo de alguna manera, renuncian a una parte de su narcisismo.»

Ser humilde no es sinónimo de humillarse. Más bien, implica ceder en ocasiones a los propios deseos, en pro del ser amado y/o de la relación. También se hace humilde ante la duda que entraña el encuentro con un otro distinto a uno mismo. Otro que también transita el camino del amor a ciegas frente a su propio inconsciente.

Posteriormente, Jacques Lacan propone una fórmula que intenta abarcar gran parte de la esencia del amor en el sujeto, cuando dice:

 «Amar es dar lo que no se tiene a quien no es.»

Esta concepción implica que un sujeto reconozca que no está completo, sino en falta. Esto en Psicoanálisis, se refiere a un sujeto dividido, pues gran parte de sus contenidos psíquicos son inconscientes, es decir, desconocidos incluso para él mismo. No se refiere a la falta de tener, una objeto o un atributo, ni involucra una connotación negativa del ser humano. Por el contrario, esta falta en ser se refiere a la noción de que no somos perfectos ni completos, y es precisamente esto lo que nos impulsa a desear. El deseo es uno de los factores que actúan como motor para el establecimiento de relaciones con otros; es lo que motiva al ser humano a relacionarse y moverse en el mundo. Como explica Jacques-Alain Miller:

… no es dar lo que se posee, bienes, regalos, es dar algo que no se posee, es reconocer su falta y darla al otro, reconocer que se necesita al otro.

El amor, según Lacan, se da dos dimensiones: en el plano imaginario, está el enamoramiento. Ese momento inicial que consiste en el flechazo, donde el otro es un producto de nuestra idealización, y posee todas las cualidades que siempre soñamos. En el plano real, se ubica el amor que no busca reciprocidad, y que no engaña, pues la persona conoce los defectos del otro y aún así le ama. Como bien lo dice Slavoj Zizek:

«Amar significa que uno acepta a la otra persona con todos sus fracasos, estupideces, puntos feos, y a pesar de eso, ve perfección en la imperfección misma.»

 

El amor en tiempos líquidos

Los hombres y mujeres de este siglo, no soportan el peso que conlleva mantener una relación sólida y duradera. Salvo algunas excepciones, sienten miedo, por creer que la misma se convertirá en una carga y atentará contra sus mayores tesoros: su libertad e individualidad. Por otro lado, presentan la incertidumbre ante la posibilidad de ser ellos mismos un desecho, en una sociedad donde predomina lo novedoso. El sujeto entonces se reinventa compulsivamente, no por el deseo genuino de mejorar o hacer algo que le produzca satisfacciones, sino por el mandato a ser innovador, por el simple hecho de no quedarse atrás.

La tendencia actual hacia el ideal de completud y omnipotencia, alimenta la fantasía de que estando empoderados tendremos todo, también en el amor. Con la ayuda de las redes sociales esto se magnifica, iniciando un ciclo de envidia por el éxito aparente del otro, y una obsesión por mostrarse cada vez más perfecto. Nada más lejos de la realidad. Como explica Miller, aquellos que creen estar completos solos o quieren estarlo, no saben amar. Pueden despertar el amor en otros, más no han experimentado por sí mismos los riesgos y las delicias del amor.

amor liquido

En su libro Amor Líquido, Zygmunt Bauman plantea que el individuo escoge las conexiones en contraste con las relaciones. Éstas ocurren dentro de una red, en la cual las acciones de conectarse y desconectarse son simultáneas. Las encuentros son de fácil acceso y salida, ya que pueden cortarse en cuanto empiezan a ser insoportables. Uno siempre puede oprimir la techa de “delete”. Se puede pasar a la próxima conexión al mejor estilo de la serie de MTV “Next”. Si el candidato no cumple con los requisitos mínimos, tenemos la opción y el derecho de pasar al siguiente. Las estructuras que salvaguardaban el compromiso en la pareja flaquean, o se vuelven simples contratos que pueden disolverse con tan sólo una firma. Los matrimonios se convierten en un negocio dirigido por los “wedding planners”, y  los divorcios están a la orden del día.

 

El (des) encuentro entre los sexos

En las últimas décadas, el movimiento feminista ha impulsado una campaña agresiva en pro de la reivindicación de la mujer en relación con el hombre, promoviendo la igualdad de derechos y oportunidades. Si bien la biología y la genética aportan elementos fundamentales en la constitución de lo que es ser hombre y mujer, los estereotipos socioculturales sobre la feminidad y masculinidad están en un proceso importante de transformación. Los hombres, son invitados a feminizarse, al permitirse experimentar sus emociones y expresarlas abiertamente. Mientras que las mujeres, cuentan con el derecho y la responsabilidad de igualarse al hombre, mostrando actitudes más agresivas y hasta viriles. Esta mutación social y psíquica, busca encontrar un balance entre los sexos, y conlleva muchas satisfacciones para ambos. También impacta el modo en que se desarrollan las relaciones.

Algo que sigue vigente es el desencuentro entre los sexos. Incluso en la cultura popular se tiene la noción de que el hombre y la mujer son de planetas distintos, los primeros de Martes y ellas de Venus. En el plano inconsciente, esto implica que mujer y hombre gozan de modos distintos. Lacan lo expone en su fórmula:

«No hay relación sexual.»

amor princesa y sapo

Zizek lo ejemplifica en su análisis de un anuncio de cerveza. Primero, está el cuento de hadas de la princesa y el sapo. Es conocido que ella lo besa y éste se transmuta en su príncipe soñado. Pero el cuento no termina allí, pues el joven la mira con ojos de deseo y también la besa, ante lo cual ella se convierte en una botella de cerveza, que el príncipe empuña triunfante entre sus manos.

Del lado de la mujer, sucede que a través del amor una rana puede convertirse en el objeto de su amor; del lado del hombre, en cambio, la mujer quedará reducida a un objeto parcial, el objeto de deseo. La relación entre los sexos es asimétrica, en la cual cada uno porta su propia fantasía. Como se plantea en esta metáfora, la mujer fantasea con la rana que gracias a su amor se transforma en Príncipe Encantador. Mientras que el hombre en principio reduce a la mujer a un objeto, el cual desea obtener, pero una que lo logra esto se vuelve deseo de otra cosa.

 

Avatares del amor contemporáneo

Cada caso en el amor es particular, y no es posible agotar todos los ejemplos en un sólo post. Curiosamente, la queja de muchas mujeres hoy es que “no hay más hombres, y si los hay no son para mí.” En estos casos, ponen al Hombre en el lugar de lo que les falta. Entonces, cuando aparece uno, les brillan los ojos ya que es una oportunidad única. Se aferran a él como si fuera un salvavidas en pleno naufragio. No se trata aquí de una experiencia de amor, sino de un estrago. El hombre por su parte, comprueba que es necesitado, mas no amado y literalmente huye. Una vez más se comprueba la teoría de que no hay más hombres, la tragedia femenina por excelencia. Pero si una mujer puede mover al hombre de ese lugar, notará extrañada como él deja de escapar.

Por su parte, los hombres también se movilizan cuando aman. Sobre todo en los casos en los cuales no están seguros de su virilidad, se dejan intimidad por la posibilidad de verse algo ridículos. Una de las respuesta es huir, como vimos anteriormente. Pueden presentar también, como dice Miller, retornos de su orgullo y mostrarse agresivos o indiferentes frente a su objeto de amor. Por ello, también puede desear a mujeres que no aman, para reencontrar algo de la posición masculina de la que se han despojado frente a aquella a la que sí aman. Es lo que Freud llamó la escisión del amor y del deseo en el hombre, mediante la cual tiene dos mujeres, la santa y la prostituta. Cada vez más, constatamos este fenómenos también en las mujeres.

amor

En fin, no existe un guión anticipado entre un hombre y una mujer. Como es el caso del espermatozoide que está destinado a encontrarse con el óvulo. Hoy compartimos la ilusión de que el amar es una destreza o un arte, que se puede aprender con la experiencia. La ciencia nos empuja a creer que el amor se puede medir estadísticamente, y que ciertas variables son indicadores del éxito o el fracaso en esta tarea. La conquista del amor se ha constituido en un logro más de nuestra lista, y la presión por conseguirlo nos lleva precisamente a aquello que va en su contra: la posesión, el poder, la fusión y el desencanto. Los amantes constatarán que esta sabiduría sobre el amor siempre nos llega a posteriori. Como bien dice Bauman:

“El amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas.”

 

Referencias bibliográficas:

  • Bauman, Zygmunt. Amor Líquido, Fondo de Cultura Económica. México D.F. Edición 2007.
  • Freud, Sigmund (1912). Obras Completas. Sobre la más Generalizada Degradación de la Vida Amorosa (Contribuciones a la Psicología del Amor). Amorrortu Editores. Buenos Aires, Argentina.

Fuentes: