Neurobiología de la honestidad II

Algunas preguntas para entrar en calor: ¿Te imaginas una persona que pasa sus días siendo deshonesta con ella misma, alguien que diariamente acudiera a un puesto de trabajo que no le llena, que compartiese espacio con una pareja a la que no ama o simplemente una persona que trata de esconder a los demás aquello que es, piensa o siente? ¿Te imaginas cómo sería un planeta repleto de personas deshonestas? Seguramente sus habitantes sufrirían accidentes de tráfico paranormales, tendrían profesores insensibles con perfil psicópata y las personas se jugarían el pellejo sin ton ni son. Menos mas que esto es ciencia ficción (aquí puedes encontrar la primera parte del artículo).

Accidentes de tráfico paranormales 

El científico Anthony Greenwald cita textualmente en un artículo publicado en los años 80 una serie de experiencias “paranormales” vividas por personas que habían sufrido un accidente de tráfico. La policía recogió en sus declaraciones la aparición misteriosa y repentina de una señal de stop o un poste de teléfono volador que se aproximaba a toda velocidad a la conductora sin que esta pudiera evitar la colisión. Ninguno de ellos había bebido o consumido sustancia alucinógena alguna, y además la segunda declaración corresponde a una profesora de literatura de renombre. Evidentemente, el equipo de atestados no requirió la ayuda de Iker Jimenez para aclarar los hechos. ¿Por qué personas sanas reaccionamos de esta forma?

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Aunque pueda sorprendernos la respuesta, este comportamiento está íntimamente relacionado con las características de nuestra memoria. Bajo circunstancias en las que todo transcurre muy rápido o son de una intensidad considerable, como en un accidente de tráfico, nuestra memoria patina e inventa una historia que abofetea la realidad. Para sorpresa de muchos, la corteza cingulada anterior (nuestro detector de honestidad que funciona como un rociador de hormonas anti-incendio) no interpreta acto deshonesto alguno, por lo que nuestro corazón se queda tranquilito y no hay ni rastro de cortisol o testosterona en el torrente sanguíneo. ¿Y esto porqué?

Esto ocurre porque nuestro organismo tiene una idea de honestidad muy diferente a nosotros. La honestidad no tiene mucho que ver con los demás, o con la verdad, sino con uno mismo. Podemos estar contándole a un policía con todo lujo de detalles que el poste de teléfono vino volando hacia nosotros (me encantaría haber visto el rostro del agente) mientras nuestro detector de honestidad duerme la siesta. En otras palabras, cuando nuestra memoria es coherente con la versión que lanzamos al mundo el organismo no detecta deshonestidad alguna a pesar de que lo que contemos sea «mentira». Por lo tanto, la honestidad para nuestro organismo no parece tener mucho que ver con la verdad.

 

Profesores insensibles con perfil de psicópata

Para conocer un poco más qué es la honestidad para el organismo, viajemos a nuestra época de estudiantes con nuestra máquina del tiempo cerebral. Estamos en la cantina de la universidad, con el sol de julio aún algo tímido, celebrando el final de exámenes tras recibir la última calificación que nos faltaba por saber. Suele ser habitual que parte del grupo de compañeros que han suspendido se muestren como víctimas de una injusticia, damnificados por un examen que salió despedido de la mente de un psicópata, mientras los que han aprobado mantienen la boca cerrada. Esta experiencia, que se repetía año tras año durante mi etapa de estudiante, coincide curiosamente con los resultados obtenidos por Robert Arkin y su equipo de investigadores de la Universidad de Ohio los cuales señalan que, ante un suspenso, tendemos a ver al profesor como un insensible lejos de asumir nuestro error. ¿Esto es honesto o no?

 

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Para nosotros todo puede ser cuestionable. Con mucho menos montamos programas televisivos o iniciamos interminables debates, pero menos mal que la honestidad no es una batalla mental o intelectual. Independientemente de nuestra opinión, es nuestro detector de honestidad el que toma las decisiones, y él tiene muy claro lo que es un acto deshonesto y lo que no (imagino a una corteza cingulada anterior reflexionando horas y horas acerca de si algo es honesto mientras el organismo se encuentra en serios apuros). El alumno que pone “verde” al profesor comienza a percibir en su organismo síntomas fisiológicos deshonestos. Empieza la fiesta del cortisol y la testosterona aumentando en la presión arterial, el ritmo cardiaco, la frecuencia respiratoria, la temperatura y experimenta una pérdida de empatía con el mundo.

Estas y otras investigaciones dejan entrever un mecanismo muy humano que tiene mucha guasa: achacamos nuestros éxitos a nuestro buen hacer y vemos los fracasos como fruto de la injusticia o de la “mala suerte”. Pero la cosa tiene más delito (ahora viene un punto que me encanta). Cuando se trata de los demás, entonces tendemos a pensar que sus logros se deben a la “buena suerte” y que el fracaso ajeno está relacionado con la falta de esfuerzo o directamente se debe a su incompetencia. Este comportamiento activa, la mayoría de veces de forma inconsciente, nuestro detector de honestidad como un martillo pilón.

 

Jugarnos el pellejo

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Nunca lo habría imaginado: la deshonestidad puede poner en peligro nuestra integridad física. Los seres humanos somos capaces de jugarnos el pellejo para mejorar la opinión que los demás tienen de nosotros, aunque sepamos que esa «mejoría» no será más que una quimera temporal. Si nuestro objetivo es conquistar a una chica o a un chico, somos capaces de conducir a gran velocidad, sufrir trastornos alimenticios, pelearnos sin motivo aparente, comenzar a fumar, beber en exceso o ingerir drogas. El investigador Mark Leavy nos aporta evidencia científica de ello. ¿Qué tanto nos aporta la deshonestidad que parecemos adictos a ella?

 

Los límites de la deshonestidad

Hagamos la mochila, añadamos un saco y tienda de campaña por si acaso, para hacer una nueva expedición. Caminando por los límites de la deshonestidad encontramos el trabajo de Dan Ariely. Junto a un buen número de colaboradores diseñaron desde el MIT un experimento que consistía en entregar a cada participante una hoja de papel con 20 ejercicios matemáticos que todos ellos sabrían resolver con un tiempo limitado de cinco minutos. Dan y su equipo sabían que, en promedio, cada persona tendría tiempo para resolver únicamente cuatro problemas. Las condiciones del estudio se completaban informando al personal que se pagaría un dólar por cada problema resuelto y que no era necesario entregarle las resoluciones como justificante. Es decir, podías no resolver ningún problema y dedicar el tiempo hurgarte la nariz, acercarte al majo de Dan y decirle que habías concluido todos los problemas y recibir veinte dólares. En palabras textuales del investigador “vimos a mucha gente haciendo un poco de trampa”. Los participantes dijeron que resolvieron siete problemas de media.

Los experimentos de Dan se corresponden con mis estudios observaciones en el Lizarrán (un restaurante español en el que cada pincho contiene un palillo y te cobran en base a los palillos que presentes). Por termino medio, cada uno de mis amigos consumió cinco o seis pinchos. Sin embargo, el 90% de ellos llevó únicamente cuatro palillos a caja. Nadie llevó uno o dos: todos hicimos un poco de trampa pero no mucha.

Estos estudios, entre otros, indican que existe un límite en nuestro detector de honestidad. Este umbral es una línea roja que no cruzamos a la ligera. Esto quiere decir que nos llevamos prestados el jabón de los hoteles o alguna toallita, evadimos impuestos cuando llevamos el coche al taller, pero la mayor parte de las personas no cogemos dinero de la caja del hotel (aunque sea poco) o robamos un coche. ¿Qué aspectos son capaces de desplazar la línea roja que marca los límites de la honestidad?

El mismo grupo de investigación diseñó un nuevo estudio que aporta unas cuantas pistas al respecto. Cuando pidieron a los participantes que antes de resolver los problemas recordaran los diez mandamientos, de repente resultaron ser todos unos santos y resolvieron menos problemas de media. Engrasando los entresijos del experimento, algo me llamó la atención: no hubo diferencia entre creyentes y ateos o entre personas que recordaron los diez mandamientos o ninguno (el autor confiesa que nadie fue capaz de recordad los diez). Sin embargo, la línea roja que marca los límites de la honestidad se vio condicionada igualmente. Evidentemente, esto no resulta exclusivo de la religión, sino que con un hipotético juramento cualquiera a la constitución, por ejemplo, puede estrechar el límite que nos separa del acto deshonesto. La moraleja podría resumirse en que el umbral de honestidad depende de nuestros pensamientos y es fácilmente manipulable por terceras personas. 

 

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Se que de esto ya hemos hablado pero es que me pirra. ¿Qué opinamos cuando los que hacen «un poco de trampas» son los demás? La cosa cambia y mucho. De modo inconsciente, justificamos evadir impuestos en el taller mecánico (es tanto de esperar como encontrar un póster de una mujer en cueros), o aceptamos incluir algo cuestionable en el currículum, pero si un político o un cargo público evade impuestos o falsifica algún documento es un corrupto y merece ir a la cárcel. El rasero de la honestidad es diferente si lo aplicamos a nosotros o a los demás.

 

Neurofisiología de la honestidad

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Hemos hablado y mucho del acto deshonesto, de aspectos neuronales y fisiológicos… ¿Pero qué ocurre cuando somos honestos? Estudios conjuntos entre las universidades de Hardvard y California durante cuatro años, son rotundos y esclarecedores: la honestidad reduce el estrés, ralentiza el envejecimiento celular, mejora la salud y nos hace más longevos. Estos efectos se deben a una hormona que habita los organismos honestos, la oxitocina, encargada de promover la salud, disminuir los niveles de cortisol y restablecer la tensión arterial a su curso natural.

 

Miedo a la honestidad

Muchas personas compartimos la extraña creencia de que si nos mostramos a los demás tal cual somos, haciendo uso de la honestidad, algo saldrá mal. Esta idea es el padre del cortisol y la testosterona, y para nada se corresponde con la realidad.

En los hospitales estadounidenses encontramos un buen ejemplo de ello. Alrededor de dos millones de personas se encuentran con problemas de salud graves, y cerca de cien mil pierden la vida a causa de errores médicos según los datos de un informe del Instituto de Medicina de USA (1999). Normalmente esto ocurre entre interminables jornadas laborales, donde los profesionales prescriben erróneamente un medicamento (sin caer en la cuenta de alergias o contraindicaciones entre fármacos) y realizan diagnósticos equivocados. Según el doctor Luis Rojas Marcos, quien de 1995 a 2002 dirigió el sistema sanitario neoyorkino, cuando los profesionales de la salud bajan del pedestal y exponen lo ocurrido a los pacientes con honestidad, las personas perjudicadas no sólo agradecen y aceptan sus disculpas sino que se interponen menos medidas legales por sus negligencias. En definitiva: no tenemos argumentos sólidos para temer a la honestidad, sólo alguna que otra creencia sin fundamento al respecto, y si muchos motivos para ser honestos.

 

La humanidad tiende a la honestidad

 

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Para ser honestos no tenemos que esforzarnos. Cuando la cosa aprieta, o al menos eso concluyen un buen puñado de estudios científicos, los seres humanos tendemos a ser honestos incluso en situaciones en las que tenemos algo que perder. A pesar de estar en juego la propia economía de los participantes o su reputación social, muchas personas optan por la honestidad como forma de afrontar situaciones de vida complicadas. Nuestra programación genética se impone. El titular podría ser: la humanidad tiende a ser deshonesta en las cosas “poco importantes” y a ser honesta en las “importantes”.

 

El poder de la honestidad

 

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Ante la honestidad no hay creencia, hábito o red neuronal que valga. No hay excusas. Ser honestos nos convierte en organismos saludables y no por arte de magia sino por arte de ciencia. Con cada experimento, con cada línea, caemos en la cuenta de que nuestro organismo tiene una idea de honestidad muy diferente a la nuestra y llegar a este punto no tiene precio.

Este texto no pretende que nadie se haga una nueva idea acerca de la honestidad, sino que entendamos cómo ve la honestidad nuestro organismo, que aprendamos sus manías y cómo funciona, para que podamos vivir una vida en sintonía con él. Para nuestro organismo la honestidad no tiene tanto que ver con decir la verdad a los demás, más bien es un gesto de empatía con nosotros mismos.

 

Referencias

Greenwald, A.G., The totalitarian ego. American Psychology, 1980. 35: p. 603-618.

Rojas, L., Eres tu memoria: conócete a ti mismo. 2012, Barcelona: Espasa.

Arkin, R.M. and G.M. Maruyama, Attribution, affect, and college exam performance. Journal of Educational Psychology, 1979. 71: p. 85-93.

Rojas, L., La autoestima. Nuestra fuerza secreta. . 2007, Madrid: Espasa.

Leary, M.R., et al., Self-presentation in everyday interactions: Effects of target familiarity and gender composition. Journal of Personality and Social Psychology, 1994. 67(4): p. 664-673.

Ariely, D., Our buggy moral code. 2009, TED2009.

ten Brinke, L., J.J. Lee, and D.R. Carney, The physiology of (dis)honesty: does it impact health? Current Opinion in Psychology, 2015. 6: p. 177-182.

Light, K.C., K.M. Grewen, and J.A. Amico, More frequent partner hugs and higher oxytocin levels are linked to lower blood pressure and heart rate in premenopausal women. Biol Psychol, 2005. 69: p. 5–21.

Zhu, L., et al., Damage to dorsolateral prefrontal cortex affects tradeoffs between honesty and self-interest. Nature Neuroscience 2014. 17: p. 1319–1321.

Neurobiología de la honestidad I

 

Estamos en la cola para entrar al parque de atracciones cuando vemos un cartel que pone “niños hasta 12 años entrada reducida”. De repente nuestro hijo adolescente, el cual acaba de cumplir catorce años y luce más bigote que Super Mario Bros, resulta que tiene doce. Andamos un par de metros y nos encontramos de frente con otro cartel que indica sin ambigüedades que no podemos introducir en el recinto comida o bebida alguna. Sin embargo, nuestras mochilas contienen bocadillos, chips y refrescos suficientes como para montar un puesto de ultramarinos improvisado. Nos hacemos los locos.

Una vez dentro del recinto nos encontramos con un ex-compañero de trabajo. Ante el “¡Hombre! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo?” habitual, contestamos “¡Muy bien! La verdad es que no me puedo quejar”. ¿En serio? La noche anterior apenas pegamos ojo por la tensión y el dolor de espalda que nos genera la decisión de querer dejar el trabajo y, para colmo, el perro está enfermo. Pero estamos “¡Muy bien!”. Media hora más tarde, mientras nuestro “Super Mario” hace cola para subir al Tornado, nos suena el teléfono móvil. Rápidamente la pantalla nos informa que ha llegado a la bandeja de entrada un nuevo correo de trabajo dispuestos a amargarnos nuestro día libre con asunto “URGENTE”. Decidimos ignorarlo: “¡Si hombre!… ¡estoy de vacaciones!”. Cuando al día siguiente nuestro jefe nos llama por teléfono contestamos sorprendidos: “¿Correo? ¿Qué correo? Yo no he recibido ningún correo”.

¿Te imaginas cómo sería la vida de una persona, una sociedad o un planeta que miente cada 3 minutos? Este artículo recoge unas pocas pinceladas de la investigación que he llevado a cabo en los últimos meses. ¿Influye vivir la vida de forma deshonesta a nuestro organismo? ¿Qué efectos tiene a nivel neurológico y biológico un acto deshonesto? ¿Es posible cambiar nuestra forma de actuar desde un punto de vista neurobiológico? Comencemos.

 

Los seres humanos mentimos

Removiendo en el baúl de los estudios científicos encontramos un buen puñado de ellos que tratan de establecer el papel de la mentira en la vida diaria de las personas. Para hacernos una idea de por donde van los tiros seleccionaremos dos de ellos. La investigadora de la Virginia University Bella DePaulo llevó a cabo un experimento que concluyó con datos interesantes: en una semana cualquiera mentimos a un 35% de las personas con las que entablamos una conversación. En el caso del trabajo de Robert S. Feldman de la University of Massachusetts los datos revelaron que solemos mentir una vez cada 3 minutos de media.

 

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Dejando a un lado los números, la honestidad es un bien escaso. Los investigadores coinciden en que leemos menos de lo que presumimos, flirteamos más de lo que admitimos, exageramos los comentarios que nos hieren, compramos las cosas más caras de lo que reconocemos, fumamos más de lo que admitimos o hacemos menos ejercicio del que proclamamos. La mentira forma parte de nuestras vidas hasta tal punto que vemos el engaño como un mecanismo crucial para el adecuado funcionamiento de nuestra sociedad, llegando a desarrollar algoritmos capaces de detectar mentiras analizando la sintaxis de las oraciones (como en el caso del Dr. Ludwig y su equipo). En poco tiempo, éstos algoritmos busca mentiras podrán utilizarse con la misma naturalidad que el corrector ortográfico en el Word o en nuestro gestor de correo.

 

El cerebro honesto: de la mentira a la honestidad

Las neuroimágenes nos permiten observar qué ocurre dentro del cerebro de una persona cuando realiza una actividad concreta (por ejemplo cuando engaña o miente) sin necesidad de rebanarle el cráneo. La resonancia magnética funcional es una forma de entrar, echar un vistazo a la actividad cerebral (concretamente a los niveles de oxígeno en sangre que consumen las neuronas) y salir de puntillas. ¡Aquí no ha pasado nada! Aunque sabemos que no todas las personas emplean las mismas áreas cerebrales para llevar a cabo la misma acción, es común generalizar.

Pongámonos la bata blanca y adentrémonos en el Virginia Tech Carilion Research Institute americano para descubrir qué área del cerebro es crucial en la honestidad. En sus instalaciones, un grupo de científicos ha estudiado el cerebro de 7 pacientes con lesiones en la corteza prefrontal con ayuda de un dispositivo de resonancia magnética funcional, y han concluido que esta región juega un papel fundamental en la honestidad. Para situarnos, la corteza prefrontal corresponde a la zona que cubrirías con la mano si la pones sobre la frente. Bien, primer paso superado: parece que tenemos “localizada” a la honestidad.

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Ahora alquilemos un coche y conduzcamos hasta el estado de Pensilvania para visitar su universidad. Tras preguntar en conserjería por el doctor Langleben, llegamos al departamento de radiología y psiquiatría de la Universidad de Pensilvania. Entre los experimentos llevados a cabo por el grupo de investigación, nos centraremos en un estudio realizado en el 2002 el cual reveló algo increíble: antes de que la mentira se comunique a las demás personas se activa una alarma en una zona de la corteza prefrontal conocida como corteza cingulada anterior.

Aquí encontramos una paradoja. Todos pensamos que una mentira se forja cuando se expresa a los demás y que nunca existirá si no la llegamos a comunicar a otras personas. Por contra a esta idea, los trabajos realizados en los laboratorios apuntan a que para nuestro organismo las reglas son diferentes: no importa si se comunica o no. El cerebro humano dispone de un “detector de honestidad” situado en la corteza cingulada anterior que responde no a si mentimos o decimos la verdad a las personas que nos rodean, sino al simple hecho de ser honesto o no.

 

Biología y fisiología de la honestidad

Hemos descubierto que pensar en algo deshonesto hace saltar nuestro detector de honestidad. El siguiente paso sería determinar qué procesos biológicos y fisiológicos promueve nuestro detector cuando saltan las alarmas. La honestidad se comporta como un catalizador que hace al organismo adoptar una composición química característica a toda velocidad. Acerca de cómo se lleva a cabo este proceso, de cómo un pensamiento deshonesto puede convertirse en un cambio químico y deambular por nuestra sangre, ya hablamos con anterioridad en el artículo “Sentimos lo que pensamos”.

Para conocer a las estrellas del espectáculo no tenemos más que analizar una muestra de saliva o sangre de una persona que está siendo deshonesta; los focos se prenden ante el cortisol y la testosterona {Lee, 2015 #160}. Éstas hormonas se comportan como palomas mensajeras que promueven diferentes procesos fisiológicos que podemos medir. El cortisol es conocido como “la hormona del estrés”, y encontrar niveles elevados en sangre se asocia con un aumento de la presión en las arterias, la aceleración del corazón, agitación de la respiración o dilatación de las pupilas. La otra co-protagonista, la testosterona, es la “hormona masculina” por excelencia (aunque las mujeres también la producen en menor cantidad), y su función es disminuir, entre otras cosas, nuestra empatía con el mundo.

Ahora bien, que nadie se ponga apocalíptico. Nuestro organismo viene de serie con las herramientas necesarias para deshacer un acto deshonesto y restablecer el funcionamiento habitual del cuerpo. Una vez pasado el episodio deshonesto todo vuelve a la normalidad a no ser que encadenemos un acto deshonesto tras otro, ya que el cortisol y la testosterona se mantendrían permanentemente en el terreno de juego. Niveles elevados de éstas hormonas de forma “crónica” nos hacen firmes candidatos a padecer desajustes en la tiroides (una glándula con forma de mariposa que tenemos en el cuello e influye en las reacciones químicas que se dan en nuestro cuerpo), trastornos inflamatorios, diabetes o hipertensión arterial  

 

¿Es contagioso el engaño?

 

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Una mentira que queda en nuestra mente, sea o no proyectada al exterior, nos afecta tal y como descubrió doctor Langleben y sus colegas. Ahora bien, cuando la compartimos y la hacemos real se intensifica en nuestro organismo y contagia a las personas que están a nuestro alrededor. Del mismo modo que una persona que se encuentra a nuestro lado mientras nos encendemos un cigarrillo es un fumador pasivo, un observador que presencia cómo robamos o engañamos es una “víctima” pasiva de nuestra deshonestidad. Ten Brinde y su equipo de colaboradores demostraron que el organismo del observador se comporta como si él mismo estuviese cometiendo el acto deshonesto, viéndose afectados parámetros como la actividad eléctrica de la piel y el funcionamiento del sistema cardiovascular entre otros. Este mecanismo puede ser explicado mediante el funcionamiento de las neuronas espejos (motor de la empatía en los mamíferos) del que hablaremos a su debido tiempo.

Dando la vuelta a la tortilla descubrimos algo más que interesante: no sólo transmitimos a los demás el acto deshonesto, sino también los actos de honestidad. Cuando presenciamos acciones honestas nuestros niveles de cortisol y testosterona en sangre disminuyen, a la par que se establece un vínculo con el autor.

 


En el próximo artículo… 

Hasta aquí nuestra primera aproximación a la honestidad. En la segunda parte del artículo “La neurobiología de la honestidad” continuaremos con nuestras incursiones por laboratorios de todo el mundo con el fin de descubrir que ser honestos ralentiza el envejecimiento celular, mejora la salud y nos hace más longevos, que somos pésimos detectores de mentiras y que, en definitiva, la honestidad es un acto de empatía con uno mismo. Seguiremos desarmando de manera sencilla y asequible los entresijos del cerebro honesto, y avanzaremos hasta descubrir cómo podemos comenzar a ser honestos en el mundo que vivimos.


 

Referencias

  • DePaulo, B.M., et al., Lying in Everyday Life. J of Personality and Socual Psychilogy, 1996. 70(5): p. 979-995.
  • Ludwig, S., et al., Untangling a Web of Lies: Exploring Automated Detection of Deception in Computer-Mediated Communication (Journal of Management Information Systems, Forthcoming., 2016.
  • Zhu, L., et al., Damage to dorsolateral prefrontal cortex affects tradeoffs between honesty and self-interest. Nature Neuroscience 2014. 17: p. 1319–1321.
  • Langleben, D.D., et al., Brain activity during simulated deception: an event-related functional magnetic resonance study. Neuroimage, 2002. 15: p. 727–732.
  • Lee, J.J., et al., Hormones and ethics: understanding the biological basis of unethical conduct. J Exp Psychol Gen, 2015. 144(5): p. 891-897.
  • Bradley, M.T. and M.P. Janisse, Accuracy demonstrations, threat, and the detection of deception: cardiovascular, electrodermal, and pupillary measures. Psychophysiology, 1981. 18: p. 307–315.
  • Hermans, E.J., P.-. Putman, and J. van Honk, Testosterone administration reduces empathetic behavior: a facial mimicry study. Psychoneuroendocrinology, 2006. 31: p. 859–866.
  • Grundy, S.M., et al., Definition of metabolic syndrome: report of the National Heart, Lung, and Blood Institute/American Heart Association conference on scientific issues related to definition. Arterioscler Thromb Vasc Biol, 2004. 24: p. e13–e18.
  • ten Brinke, L., J.J. Lee, and D.R. Carney, The physiology of (dis)honesty: does it impact health? Current Opinion in Psychology, 2015. 6: p. 177-182.