La finalidad de la historia según Kant

Immanuel Kant expone una parte esencial de su filosofía de la historia en la obra Idea para una historia universal en clave cosmopolita (1784).

Teleología histórica

Las acciones humanas están determinadas naturalmente en tanto fenómenos, como todo acontecimiento natural. Ahora bien, cabe la esperanza de que cuando el filósofo contempla la Historia, elevándose sobre los sucesos particulares, pueda atisbar, por muy profundas que estén las causas, el progreso de la libertad de la voluntad. Se trata de descubrir en la aparente azarosidad y contingencia de las acciones de los hombres a lo largo de la Historia un hilo conductor, una finalidad. Según Kant, cuando se estudian los acontecimientos históricos a gran escala se descubren leyes generales. Es tarea del filósofo descubrir en este aparente caos, entre tanta vanidad, destrucción y maldad presentes en la historia, un plan subyacente de la Naturaleza que conduce al hombre a su realización moral. De modo que los hombres no imaginan que al perseguir cada uno su propia intención siguen sin advertirlo la intención de la Naturaleza.

La experiencia y la razón nos indican que todo animal tiene una serie de disposiciones naturales destinadas a desarrollarse alguna vez completamente y con arreglo a un fin. Un órgano o habilidad inútil, sin finalidad, es una contradicción según la doctrina teleológica de la Naturaleza. Y si renunciáramos a esta doctrina, ya no tendríamos una Naturaleza que actúa según leyes, sino un azar que no conduce a nada ocupando el lugar del hilo conductor de la razón.

En el hombre, el pleno uso de sus facultades racionales naturales sólo se desarrollará completamente a nivel de la especie, no en el individuo. Pues para ello se requiere entrenamiento, pruebas, progreso paulatino; no es como lo instintivo. La misma Naturaleza que nos dota de corta vida individual nos dota de una capacidad de la que sólo puede sacarse partido a lo largo de generaciones.

El fin que tiene la naturaleza para el hombre es de orden moral, no natural, sostiene Kant. Por eso no poseemos instrumentos como cuernos o garras; el hombre recibe muy pocos medios naturales para procurarse su sustento, para sobrevivir y para ser feliz. Lo que la Naturaleza pretende es que sea el hombre mismo el que tenga el mérito de ganársela, que sea digno de ella (dentro de lo que es posible en el mundo empírico). Así, nos ha dotado de autonomía: de razón y de libertad de la voluntad. Algo que no nos facilita la consecución de la felicidad, sino del bien. Y puesto que la naturaleza no hace nada superfluo, podemos concluir que éste es el fin que la ella tiene reservada para el hombre.

La insociable sociabilidad humana

El medio que utiliza la Naturaleza para obtener este fin es la insociable sociabilidad humana, el antagonismo de las capacidades de los hombres en sociedad. Su inclinación a vivir en sociedad es inseparable de una hostilidad que amenaza con disolver esa sociedad. El hombre se sabe propenso a oponerse a los demás y por eso ve en los demás eso mismo, lo cual le hace vencer su inclinación a la pereza y a imponerse a los demás antes de que se impongan a él (es el estado de naturaleza hobbesiano). Y así va desarrollando sus talentos. La envidiosa vanidad y el deseo de acaparar y de dominar nos hacen rivalizar. Si el hombre viviera en una Arcadia feliz armónica no se vería en la necesidad de desarrollar sus capacidades naturales. Así el hombre va construyendo su mundo, la cultura, que bajo su brillo esconde una feroz lucha histórica.

Esas inclinaciones hacen que los hombres no puedan coexistir en estado perpetuo de lucha y que se den cuenta de que es necesario vivir en sociedad, civilizarse, fundar un estado con una constitución civil. La Naturaleza fuerza así a la especie humana a resolver su mayor problema, la instauración de una sociedad civil que administre universalmente el derecho. Una sociedad en la que la libertad bajo leyes externas se encuentre vinculada lo más posible con un poder irresistible, esto es, una constitución civil perfectamente justa, tiene que ser la tarea más alta de la Naturaleza para con la especie humana. Sólo en una sociedad tal pueden darse todas las capacidades de la humanidad.

El problema de establecer una constitución civil perfecta es el más difícil y el que más tarde será resuelto por la especie humana, sostiene Kant. Y es que el hombre, en tanto que racional, obedece el imperativo categórico, pero en tanto animal, obedece sus impulsos egoístas. Necesita pues de un señor que imponga su voluntad para que la voluntad libre de todos los hombres pueda cumplirse. Este señor no puede ser otro que un hombre, pero que al mismo tiempo sea justo. Pero siento el hombre propenso al mal por naturaleza, no se concibe cómo pueda haber un hombre tal. Pero debe poder alcanzarse tal estado pues la Naturaleza nos ha impuesto tal idea. Pero para realizar tal idea necesitamos conceptos precisos sobre tal constitución perfecta posible, mucha experiencia y buena voluntad para aceptarla. Por ello piensa Kant que será muy difícil y tardía su realización.

A su vez la constitución civil perfecta no puede lograrse sin resolver el problema del derecho internacional, de la reglamentación de las relaciones interestatales. Al igual que la guerra de todos contra todos entre individuos les lleva finalmente a darse cuenta de la necesidad de una sociedad bajo leyes externas, la guerra de todos contra todos entre Estados, tras muchas devastaciones y consumo de fuerzas, les lleva lo que la razón podría haberles indicado sin necesidad de tantas penurias, a abandonar el estado anómico, propio de salvajes, e ingresar en una confederación de pueblos, dentro de la cual la seguridad y derechos de cada Estado depende no de sí mismo, sino de un poder unificado y de la decisión conforme a leyes de la voluntad común. Así, cada Estado renuncia a ejercer su brutal albedrío y busca paz y seguridad en el marco legal de una constitución.

Optimismo ilustrado

Para Kant, pues, la historia de la humanidad puede verse como la ejecución de un plan oculto de la Naturaleza para llevar a cabo una perfecta constitución interior y, para ello, exteriormente perfecta, de tal modo que el hombre pueda desarrollar todas sus facultades plenamente. La experiencia nos muestra pocos indicios en este sentido, aunque gracias a nuestra disposición racional podemos anticipar ese momento. Kant considera que los Estados ya no pueden rebajar su cota cultural sin perder poder frente a otros Estados. Tampoco pueden atentar contra la libertad civil sin perjudicar las actividades profesional. Pues el gobernante es consciente de que la libertad de los ciudadanos favorece la dinámica de negocios. Así pues, la libertad va ganando terreno poco a poco. Y así va surgiendo poco a poco la Ilustración, aunque se obtenga a partir de la megalomanía de los gobernantes, pues éstos saben lo que les conviene. La ilustración irá ascendiendo a los gobernantes y no impedirán la ilustración del pueblo. La guerra se verá poco a poco como un mal negocio de dudoso desenlace para ambas partes y elevada inversión, dado la creciente intensidad de las relaciones comerciales entre Estados. Este interdependencia les lleva a hacer de árbitros en conflictos ajenos para impedir grandes conflictos, preparándose para la creación de un macro-Estado. Por eso, para Kant, podemos tener racionalmente la esperanza de que pueda instaurarse un Estado cosmopolita sobre la tierra donde las facultades de la humanidad alcancen su plenitud.

Admitido todo lo anterior, Kant considera que no es absurdo pensar en elaborar una Historia universal de la humanidad en base a los fines que la Naturaleza contempla. Una historia vista con la mirada del filósofo (sin desmerecer ni sustituir la mirada del historiador y su historia empírica), en la que se descubre un hilo conductor a priori, sistematizando lo que de otra manera sería una agregado de hechos sin conexión aparente. Este hilo conductor es la mejora de las sociedades humanas hacia una mayor libertad de la voluntad, hacia una mejora moral, hacia una constitución civil perfecta y cosmopolita. Kant sostiene que podemos ver una mejora en Occidente (que posteriormente es de esperar que se traslade al resto del mundo) a lo largo de la sucesión de civilizaciones, de Estados dominantes, hacia la mejora del cuerpo político. Los Estados hegemónicos van cayendo pero queda cada vez una semilla de ilustración mayor que permite que cuando el siguiente se construya sobre el anterior cada vez se de progresando hacia mayor ilustración. La historia en un futuro se escribirá en este estilo, dado la cantidad de datos que atesorarán las generaciones futuras, y además puede servir para encauzar tanto la ambición de de los gobernantes hacia el único medio que les puede llevar a ser recordados gloriosamente en la posteridad.

Referencias bibliográficas:

  • Kant, Immanuel, Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre filosofía de la historia, Tecnos, 2006.

Religión moral y religión estatutaria para Kant

La verdadera religión se reduce a moral

Kant contrapone la religión racional o moral (la única verdadera), basada en la razón práctica, cuyo único contenido es la ley moral (formulada en el imperativo categórico), a las religiones estatutarias o históricas (judaísmo, catolicismo, islam, luteranismo, etc.), en su obra La religión dentro de los límites de la mera razón. Las leyes de una religión estatutaria son contingentes y es necesario recurrir a una supuesta revelación para verificarlas como mandamientos divinos. Las leyes (la ley) de la religión moral, no; basta el propio examen interno a la luz de la razón práctica. La ley moral es la verdadera piedra de toque para saber si un precepto se puede considerar mandamiento divino o no. Sólo hay, pues, para Kant, una verdadera religión: la moral. El resto son creencias. Una fe histórica no sólo es contingente sino que uno es consciente de su contingencia. Sólo la fe racional es necesaria y cognoscible como necesaria.

La única religión verdadera, universal y necesaria para Kant es la racional o moral, pero el filósofo alemán reconoce que los hombres necesitan de aspectos sensibles, empíricos, para convencerse y comprender los conceptos de la razón. De ahí la necesidad de religiones estatutarias o eclesiales. Kant sostiene que debido a la naturaleza humana el hombre necesita empezar por una fe estatutaria antes de purificarla y convertirla en una fe moral pura. Como el hombre es débil y necio, piensa que para ser grato a Dios hay que adorarle. El hombre piensa en Dios como si de un rey se tratase, al que tiene que servir con ritos y sacrificios, creando así una religión del servicio a Dios, una religión estatutaria, en lugar de una religión moral pura. Cuando lo único que pide Dios, según Kant, es el cumplimento de la ley moral, y que así la actuación virtuosa tenga como objeto a los demás hombres, porque al hacerlo así se hace sobre Dios (no cabe relación directa con Dios).

Para mantener una fe eclesial es necesario un segundo tipo de intérpretes (el primero es la razón práctica): eruditos que por sus conocimientos históricos y lingüísticos puedan certificar que no es imposible que las escrituras sean reveladas, y puedan interpretarlas para que la comunidad de fieles las comprenda. Por eso la fe histórica, eclesial, se acaba convirtiendo en fe en dichos eruditos, lo cual se remedia posteriormente mediante la libertad pública de pensamiento, la apertura y exposición para que las doctrina puedan ser sometidas a críticas por todos.

Kant se separa de la visión católica de la fe, que asocia con la aceptación de únicamente la parte estatutaria de la fe, pero tampoco cae en un protestantismo irracionalista, fideísta, de tipo calvinista. Y es que aunque Kant afirma que la religión no necesita de eruditos interpretes (catolicismo), sino que cada uno es intérprete de las Sagradas escrituras (protestantismo), eso no quiere decir que la interpretación sea arbitraria, pues ésta ha de hacerse según la razón (practica), según la ley moral, por lo que tendrá que ser la misma para todos los seres que hagan uso de su razón. El sentimiento no puede ser interprete según Kant, pues eso lleva al fanatismo, al iluminismo, al misticismo. Un sentimiento es un efecto que puede serlo de muchas causas, sólo contiene el modo en que al sujeto le es afectado algo; no puede producir objetividad. Es la ley moral el canon de la escrituras y no al revés. Que algo sea mandamiento divino dependerá de si concuerda con la ley moral (Kant contra el voluntarismo); si no concuerda, no lo será, o tendrá que interpretarse de modo que lo sea. Dios manda algo porque eso es bueno, y no al contrario. Kant es consciente de que la razón teórica demanda que el voluntarismo sea verdadero porque no puede haber nada por encima de Dios, pero la razón práctica (que prima sobre al teórica) demanda lo segundo, porque si no caeríamos en la heteronomía moral: se harían las cosas porque Dios lo ordenara y no porque fueran buenas incondicionalmente.

religión

El cristianismo como religión moral

La única religión estatutaria, según Kant, que ya tenía el germen de la verdadera religión (moral) es el cristianismo: por eso la historia del dominio del principio del bien sobre el principio del mal es la historia del cristianismo. Para Kant, el judaísmo, como diría Spinoza, son las leyes de un Estado ya desaparecido. El judaísmo está superado. El cristianismo no es una continuación del judaísmo, pues responde a un principio totalmente distinto: a la ley moral. Los mandamientos del judaísmo están orientados para su mera observancia externa, la consecuencias de su transgresión tienen lugar en esta vida únicamente (el judaísmo inicial no creía en la vida futura), y van dirigidos sólo a un pueblo muy concreto, no son universales. En definitiva, son normas políticas para un pueblo concreto en el espacio y en el tiempo. Los primeros maestros cristianos introdujeron el cristianismo vinculándolo con el judaísmo por una cuestión pragmática, de conveniencia, para que pudiera ser fácilmente introducido entre aquellas gentes. El cristianismo fue preparado por la filosofía griega, que había ilustrado algo a los bárbaros judíos y les había preparado para revoluciones, así como por el dominio romano, que debilitó el poder sacerdotal.

Kant considera que el cristianismo es una religión estatutaria pero con vocación de convertirse en racional. Sostiene que el cristianismo es una fe histórica que se sabe medio para el fin, la religión racional, y está dotado de un principio que le va llevando a ésta. Por ello el cristianismo puede llamarse en cierto sentido verdadera iglesia y verdadera religión: una religión moral. Ahora bien, Kant reconoce que su vertiente histórica, su faceta de fe eclesial ha sido muy perjudicial para la moralidad: monacato inútil, milagros-supersticiones, dogmatismo, tiranía papal, guerras “santas”, división, persecuciones. Ésta es la historia del cristianismo. Pero es una historia que, como no podría ser de otro modo, reconoce Kant, tenía que empezar como fe histórica.

Ahora bien, para Kant la fe eclesial es provisional: al final la humanidad no la necesitará. Cuando sea ilustrada, cuando llegue a la madurez, se liberará de ella. Cada uno obedecerá a la ley que se prescribe sabiendo que es la ley del Soberano del mundo. Desaparecerá la distinción entre clérigos y laicos; no hará falta iglesia visible; será una revolución interior (pietismo). Llegará el Reino de Dios a la Tierra, el triunfo del principio bueno sobre el malo. En definitiva, lo que Kant sostiene es que cuando todos seamos ilustrados, no harán falta los templos, los sacerdotes, los ritos, los mitos, las escrituras… (se trata de la religión natural de los ilustrados). La religión verdadera está en el corazón de los hombres (Rousseau). El destino último de la religión (de las creencias, como las llama Kant) es acabar reducida exclusivamente a la moral (kantiana, es decir, cristiana, el amor al prójimo/imperativo categórico).

Referencias: