Lenguaje centrado en la persona

Después de 10 años continuos en la universidad, entre licenciatura y maestrías, decidí hacer una pausa en mi educación formal. Toda mi formación académica estaba orientada a la psicología clínica, pero mi experiencia laboral también incluía el área educativa. Por mucho tiempo busqué un programa académico que me permitiera adquirir conocimientos a los que tuve acceso de manera empírica por seis años. Hace unos meses, finalmente encontré lo que estaba buscando: el Programa de Liderazgo en Inclusión en Escuelas Internacionales. Antes de iniciar, nos enviaron una serie de lecturas recomendadas, entre ellas un artículo titulado “El Lenguaje Centrado en la Persona” de Kathie Snow, que me pareció importante para compartir en este espacio. 

 

Las bases de la inclusión

La UNESCO define la educación inclusiva en su documento conceptual así:

La inclusión se ve como el proceso de identificar y responder a la diversidad de las necesidades de todos los estudiantes a través de la mayor participación en el aprendizaje, las culturas y las comunidades, y reduciendo la exclusión en la educación. Involucra cambios y modificaciones en contenidos, aproximaciones, estructuras y estrategias, con una visión común que incluye a todos los niños y niñas.

Pero cómo podemos cumplir con este modelo si hablamos de minusválido, discapacitado, retrasado, etc. Muchas veces hemos escuchado a alguien referirse así de otra persona, incluso puede que hayamos caído en esto nosotros mismos. Cuando lo hacemos, estamos nombrando a una sujeto en su totalidad, sólo por medio de un diagnóstico que le ha sido asignado. Ésta es la base para la inclusión, eliminar los estereotipos y ver primero a quien en realidad importa: a la persona.

 

¿Qué es una discapacidad?

No existe hasta ahora un consenso en una definición única de discapacidad. De acuerdo con Snow, es un simple descriptor de un diagnóstico médico. Además, se convierte en un pasaporte sociopolítico para recibir servicios o un estatus legal. Donde sí hay unanimidad es en el hecho de que constituye el grupo más inclusivo y diverso. Puesto que circunscribe a personas de todas las edades, géneros, religiones, niveles socioeconómicos, etc.

Existen muchas concepciones erradas sobre las personas con alguna discapacidad. Por ejemplo, que sufren de alguna condición, que se les dificulta ser normales o que son víctima del destino. La realidad es que todos sufrimos de algo y la normalidad es una idea muy relativa. Unas de las pocas características que podrían tener en común son los prejuicios y la ignorancia que se tienen con respecto a ellos. Y sobre todo, un punto que Snow resalta y que es harto impactante: cualquier persona puede unirse a este «grupo» en cualquier momento. Ya sea en el nacimiento o adquirido posteriormente.

En lo que todos debemos estar de acuerdo es que las personas con discapacidad son personas primero. No se definen, ni se deben nombrar con una etiqueta que no los representa. Snow propone un nuevo paradigma según el cual la discapacidad es algo natural. Redefine el concepto como “una parte del cuerpo que funciona diferente.” Las necesidades de una persona no son especiales para él/ella.

El poder de las palabras

Las palabras que se utilizan sobre una persona tienen un gran impacto en ella. No es lo mismo afirmar que un niño es malcriado, a decir que tuvo una conducta particular que molestó a otra persona. Del mismo modo, nombrar a una persona como un “discapacitado”, implica que es menos capaz que los demás para tener éxito o lograr metas. Desafortunadamente, en la actualidad ciertos diagnósticos tienen una connotación negativa que baja las expectativas. Cuando lo que realmente importa son las fortalezas y necesidades de esa persona.

Algunos detractores argumentan que hay condiciones como el autismo que son parte importante de su identidad. Agregan que utilizar este modelo busca negar dicha condición como algo negativo. Sin embargo, es todo lo contrario puesto que se trata de reconocer que hay una necesidad particular. Aceptar que si bien esta necesidad ha contribuido de una forma importante en quién soy, no me define en mi totalidad. 

No se trata de utilizar eufemismos o palabras políticamente correctas. Con mucha frecuencia, lo que los demás dicen y/o esperan de nosotros tiene un impacto importante. Tal como el concepto de la profecía que se auto-cumple propuesta por Robert Merton:

Una vez que una persona se convence a sí misma de que una situación tiene un cierto significado, y al margen de que realmente lo tenga o no, adecuará su conducta a esa percepción, con consecuencias en el mundo real.

El siguiente video ilustra muy bien esta idea que hemos desarrollado en el presente artículo:

 

El lenguaje centrado en la persona

El lenguaje centrado en la persona pone al individuo antes que a la discapacidad. También describe algo que la persona tiene, mas no quien esta persona es. Según este enfoque, una persona no es su discapacidad, y su potencial no puede ser predicho por su diagnóstico. Por lo cual propone que se deben escoger respetuosamente las palabras que se utilizan para referirse a alguien. Así como ser conscientes de las actitudes y acciones que esas palabras generan en los demás.

Las categorías médicas y/o psicológicas deben limitarse a los entornos profesionales para facilitar la comprensión de un caso en particular. Así mismo como en el ámbito legal en algunos países. Sin embargo, se debe considerar el caso por caso y respetar la singularidad de cada sujeto. A pesar de las coincidencias sintomáticas que comparten con otros. Está de más decir que estas categorías son irrisorias en los ámbitos sociales y familiares, pues no tienen utilidad alguna.

Snow propone que en ciertas circunstancias, y cuando sea apropiado, podemos compartir información sobre las necesidades particulares que pueda tener una persona. Siempre de una forma muy respetuosa que no atente contra su dignidad. Por ejemplo, una persona con miopía no lleva la etiqueta de «el miope», ni es su carta de presentación. Este sujeto necesita lentes que lo ayuden a ver mejor. Otro individuo necesitará una silla de ruedas para movilizarse, y así sucesivamente.

 

El cambio está en la actitud

De acuerdo con Snow, el problema real no está en la persona con discapacidad sino en la actitud de los demás. Siguiendo esa línea, propone que un cambio en nuestras actitudes lleva a cambios significativos en nuestras acciones. Me gustaría concluir con un párrafo que refleja exactamente lo que este cambio de mentalidad implica:

Si los individuos con discapacidad y los miembros de sus familias se vieran a sí mismos como ciudadanos en todo derecho, quienes pueden y deber ser incluidos totalmente en todas las áreas de la sociedad, nos enfocaríamos en lo que realmente importa: vivir una vida real en un mundo real, disfrutando de relaciones y experiencias ordinarias, y teniendo grandes sueños (como cualquier persona lo haría), en lugar de vivir una vida especial y segregada en un mundo de discapacidad, donde los servicios, las bajas expectativas, la pobreza, la dependencia y la falta de esperanza son la norma.

Esto es para reflexionar …

 

Fuentes:

¿Qué es una obra de arte?: Significado, lenguaje y religión

Concluimos con esta entrada el ciclo de Arthur Dante y la definición del arte. En entradas anteriores habíamos visto cómo el arte contemporáneo, ejemplificado en el Pop Art de Warhol, problematizaba como nunca antes la definición de arte. El gran error de los filósofos, decía Arthur Danto, había sido formular teorías del arte basándose en el estado contingente del arte de su tiempo. La revolución del arte contemporáneo nos pone ante el problema en toda su crudeza, forzándonos a contemplar el fenómeno artístico ampliamente. También vimos cómo Danto criticaba a los que se quedan en el escepticismo relativista, convencionalista, acusándoles de no querer afrontar la dificultad. Por último habíamos abordado las insuficiencias, según Danto, de las distintas teorías del arte para dar cuenta del arte de Warhol, aunque en todas ellas reconocía parte de verdad. En esta última entrada expondremos la parte positiva de su doctrina, esto es, cuál es, según Danto, el elemento esencial que hace de un objeto una obra de arte.

La obra de arte incorpora un significado

Lo esencial para Danto de una obra de arte es que ésta incorpora un significado. Trata sobre algo, tiene un contenido, un tema, un asunto. Esto explica la diferencia entre las cajas de detergente Brillo de Warhol y las del supermercado, pues Warhol las usa para decir algo, para hacer que un objeto mundano tenga algo que decir; concretamente, para cuestionar nuestras nociones establecidas de dónde encontrar arte. La obra de arte expresa, encarna, un significado, un contenido intensional, a través de la intencionalidad del artista. El artista expresa su visión del mundo en un objeto, haciendo que éste signifique algo, tenga un tema, un asunto. El objeto se transfigura.

Un objeto artístico es, pues, según Danto, un objeto que tiene un significado, que expresa o que representa algo. Por tanto, no basta con inspeccionar u observar un objeto para concluir que es una obra de arte, pues “ser expresión” presupone cierta relación con algo. No cabe la menor duda de que en los tiempos de estabilidad artística las obras de arte tienen ciertas propiedades intrínsecas, y si no las tuviesen se cuestionaría su cualidad de obras de arte. Pero tales tiempos quedan ya lejos. Cualquier cosa puede ser expresión de otra siempre que conozcamos las convenciones que lo hacen posible y las causas que explican su cualidad de expresión. En este sentido cualquier cosa puede ser una obra de arte, pues no hay condiciones necesarias simples. Ahora bien, del hecho que cualquier cosa pueda ser una obra de arte no se deduce que todas lo sean. La máquina de escribir que está utilizando Danto no lo es. Lo que hace del arte un concepto interesante es que lo que puede convertir su máquina en obra de arte, no puede convertirla en un sandwich de jamón: aunque desde luego un sandwich de jamón puede llegar a ser un obra de arte.

¿Cuál es entonces la diferencia con otras cosas que incorporan un significado, que son vehículos de representación, pero no son obras de arte? La diferencia es que éstas últimas son interpretadas como obras de arte. Así como con la teoría heliocéntrica no cambió nada de lo que percibimos con nuestros sentidos, sino nuestra interpretación, nuestra visión del universo. La interpretación, sostiene Danto, es ese poder que transfigura las cosas en arte. Por eso es necesario el público; hay una parte del significado de la obra que queda elíptico, y que debe ser completado por el publico.

Arte, lenguaje y cosas

Interpretar una obra artísticamente es similar a interpretar un objeto lingüísticamente. De hecho, afirma Danto, la interpretación artística se representa lingüísticamente mediante cierto uso del “es” (el uso de identificación artistica): frente a una mancha de pintura azul uno dice “es el cielo”. Cuando hacemos esto no estamos literalmente identificado el cielo, porque no es el cielo real. Esto muestra la brecha entre el arte y la realidad así como entre el lenguaje y la realidad. El arte difiere de la realidad de la misma forma que el lenguaje en su uso descriptivo. Ahora bien, no es que el arte sea un lenguaje, dice Danto, sino que su ontología es igual a la del leguaje, y que el contraste que existe entre el arte y la realidad existe entre el lenguaje y la realidad. Las obras de arte como clase se oponen a las cosas reales, igual que las palabras, aun cuando sean reales en todos los demás sentidos, afirma Danto. Las obras de arte son lógicamente categorizables con palabras, aunque sus homólogos sean meros objetos reales, dado que las primeras se refieren a algo (o pueden muy bien suscitar la cuestión de a qué se refieren). Permanecen a la misma distancia filosófica de la realidad que las palabras, igual que sitúan a quienes se relacionan con ellas como obras de arte a una distancia equiparable. Esta distancia abarca el espacio que los filósofos siempre han trabajado, por lo que cabe esperar del arte cierta pertinencia filosófica. Tanto el arte como el lenguaje representan cosas reales sin ser las cosas reales mismo, y así es necesario que las representaciones artísticas y lingüísticas tengan una interpretación para que podamos entenderlas e identificadas como arte y lenguaje.

Después de todo, Arthur Danto no parece alejarse tanto de la teoría institucionalista, a pesar de sus intentos por no ser tachado de institucionalista. Y es que toda interpretación siempre va aparejada a un contexto histórico artístico. En cualquier caso, lo que queda claro para Danto es que las propiedades artísticas no son propiedades intrínsecas de las cosas; ser una obra de arte no consiste en poseer tales propiedades. De ahí que en el arte haya que estar siempre abierto a la posibilidad de revolución. No se puede identificar cuál de objetos indiscernibles es una obra del arte sin tener en cuenta el diferente tipo de relación que establece con su creador. El contexto de producción queda incluido en la identidad de una obra de arte. La lógica del arte es relacional. Danto trata de mostrar que es necesario considerar el contexto del objeto, y no solamente las propiedades comunicadas por sus materiales, para determinar no sólo su significado sino si es arte o no.

La transfiguración religiosa

A pesar de que parezca que Danto vuelve a caer en el convencionalismo, no es ésa su intención; rechaza el institucionalismo porque lo que él defiende es que en la obra artística se ha dado una transformación real, no una transformación convencional, artificial. Y lo que él busca es una definición en términos de esencia. La obra de arte pasa a un estado ontológico distinto al de la mera cosa, aunque sensiblemente sean idénticas. Quizás haya que buscar la verdadera diferencia entre obra de arte y mera cosa para Danto como algo análogo a lo que ocurre con lo religioso. Y es que algo similar ocurre con los objetos religiosos, que se consideran esencialmente distintos de las cosas cotidianas pero se recubren con una apariencia de cotidianidad. De hecho, en el prefacio de La transfiguración del lugar común, Danto hace referencia a la transfiguración de Jesucristo ante sus apóstoles narrada en los evangelios como metáfora del milagro del arte de transformar meros objetos cotidianos en obras de arte (las cajas Brillo). Además, el concepto de incorporar -encarnar- un significado, rasgo definitorio de la obra de arte para Danto, hace referencia a la doctrina cristiana de la encarnación del Verbo divino en el hombre Jesús. Incluso en la obra sobre Andy Warhol (Andy Warhol, 2009) relaciona la obra de éste con su catolicismo, además de volver a aludir a la analogía religiosa para explicar el carácter transfigurador del arte. Pero es que ya en 1964 Danto había apelado a la teología católica para definir el concepto de mundo del arte como una comunidad ontológica de obras de arte con fuertes interrelaciones y afiliaciones, argumentando que el mundo del arte se sitúa respecto al mundo real como la Ciudad de Dios frente a la Ciudad terrenal.

Parece entonces como si para Danto las obras de arte se transfigurasen en cosas pertenecientes a un reino ontológico superior, totalmente distinto del reino mundano de las cosas ordinarias. Aunque compartan apariencia, aunque sean indiscernibles perceptualmente, las cosas ordinarias pertenecen al reino de la naturaleza y las obras de arte al reino de la gracia, secularizado como el mundo del arte. “Si Platón” -dice Vlad Morariu- “despreciaba las obras de arte en tanto representaciones, viéndolas como meras copias y las más degradadas formas de existencia, Danto las eleva desde las tierras bajas de las meras cosas a nuevas alturas ontológicas”.

 

Referencias:

Lenguaje, pensamiento y cultura ¿Debemos decir “niñas y niños”?

Querida lectora, si por algún casual resultara que has sido (o eres) estudiante de psicología, te habrás topado más o menos a mitad de tus estudios con una “maravillosa” asignatura llamada “Psicología del Lenguaje”. Uno de los temas recurrentes de la misma se centra en estudiar la relación entre lenguaje y pensamiento. Como el dilema del huevo y la gallina se preguntan ¿Qué existe  primero, lenguaje o pensamiento? Seré sincera y admitiré que no recuerdo ya gran parte de lo “estudiado” pero hace un mes más o menos a raíz de una película, volvió a mi mente la pregunta ¿condiciona nuestro lenguaje la manera en que pensamos?

Porque si al fin y al cabo vivimos en una sociedad en el que el pensamiento guía nuestras decisiones (amigas psicoanalistas permitidme la licencia de esa afirmación) creo yo que estaría bien conocer si existen trampas o limitaciones en cómo pensamos.

Más concretamente vengo pensando últimamente sobre si el lenguaje de nuestra amada lengua es sexista o no, porque si así fuera, y resultara que el lenguaje influye en el pensamiento, ¿estaré boicoteando a mis pobres neuronas cuando hago uso de ese lenguaje?

Poniéndonos en antecedentes: la película.

Comencemos por el principio. La película de la que hablaba es “La llegada” (prometo que no haré demasiados spoilers). En ella Amy Adams interpreta a una brillante lingüista que por el bien de la humanidad tiene que encontrar un modo de comunicarse con unos alienígenas recién aterrizados.  Según avanza la película queda claro que los extraterrestres tienen un modo muy peculiar de pensar, y su modo de entender el tiempo (de manera circular) está íntimamente relacionado con su lenguaje, también circular. Es decir, para los extraterrestres su manera de hablar y de comunicarse está íntimamente relacionada con su manera de pensar y de entender la realidad y viceversa.

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Amy Adams La llegada

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Claro está que hablamos de una película (y de ficción además) pero en un momento dado ella menciona una teoría que de ciencia ficción no tiene nada: la hipótesis de Sapir-Whorf.

Lenguaje y cultura

Antropólogos y lingüistas han estudiado está relación entre lenguaje, pensamiento y cultura, y se postulan dos hipótesis que tratan de encontrar una respuesta:

  • Hipótesis de Sapir-Whorf: esta hipótesis mantiene que la lengua de las personas influye en su pensamiento. Personas que hablan distintas lenguas experimentan distintos mundos de pensamiento. En su versión más “fuerte” (totalmente abandonada hoy en día) la lengua de una persona determinaría por completo la forma en la que conceptualiza la realidad. La hipótesis whorfiana débil es la que cuenta con mayor evidencia. Viene a decir que la lengua de un hablante tiene cierta influencia en cómo este analiza y recuerda la realidad. En igualdad de condiciones, ante un mismo suceso personas parlantes de diversas lenguas enfocan las situaciones de manera distinta.
  • Desde el construccionismo social por el contrario se defiende que el contexto de una persona y su situación social moldearán los contenidos de su lengua.

Se han realizado numerosos estudios intentando demostrar la validez de una frente a la otra, y como suele ocurrir, los resultados sugieren que ambas tienen cierta razón.

Niños y niñas. Lectores y lectoras.

A lo mejor te ha ocurrido que has leído el primer párrafo de este post y te ha resultado extraño que comience con un “querida lectora”.

Para poder abarcar a todos los que estén leyendo estas palabras podría haber escrito  “lectoras y lectores” pero caeríamos en una duplicación que atentaría contra una de las características que hacen de nuestro idioma un gran recurso: la economía del lenguaje. Cuantas menos palabras usemos para construir una oración, mejor que mejor. Así que caemos en utilizar el sustantivo en masculino “lector”. Pero al fin y al cabo,   por estadística pura y dura probablemente el 50% de las personas que lean este post serán mujeres así que si quiero dirigirme al total de los lectores, ¿por qué no decir lectoras?

¿A lo mejor hay alguna regla gramatical que explique por qué utilizar el sustantivo masculino cuando nos referimos a ambos sexos? Sí y no. La Real Academia Española lo explica aquí.

“El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones”.

En resumen, podrías estar dirigiéndote a un grupo en el que hubiera 30 niñas y un solo niño, y gramaticalmente lo correcto sería decir “niños”. Pensando sobre el tema me ha venido a la memoria un recuerdo de algo que viví hace algunos años. Estudiaba magisterio en la universidad y en clase éramos unas 60 chicas y ¡un solo chico! Una profesora nos llamó la atención dirigiéndose al grupo con un “chicas” para después pedir disculpas al susodicho por haberle metido en el saco.

El lenguaje cómo reflejo social

¿Y en España qué ocurre? En España, desde 1713 existe un organismo llamado la Real Academia Española que  tiene como misión principal: “velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico”. Cada cierto tiempo los académicos elaboran una nueva versión del diccionario, la última en 2014.

Cuando se iba a proceder a dicha revisión, se hicieron algunos grupos de trabajo uno de ellos encargado de realizar un análisis para comprobar si efectivamente el diccionario era machista o no.

Aunque parezca sorprendente, hasta hace poco más de dos años se encontraban definiciones como las siguientes, que por fortuna desaparecieron:

  • Femenino: débil, endeble.
  • Huérfano: dicho de una persona de menor edad: a quien se le han muerto el padre y la madre o uno de los dos, especialmente el padre.

Aun así, la RAE recibió muchas críticas. Se negaron a eliminar definiciones tan sexistas como:

  • Sexo débil. Conjunto de las mujeres.
  • Sexo feo. Conjunto de los hombres.

sexo débil rae

 

Cuando le preguntaron al respecto a Pedro Álvarez (silla Q del organismo) dijo.

 “Se trata de que el Diccionario sea mejor, no menos machista, sino de que lo que diga sea verdad. Lo que no se puede pretender es cambiar la realidad a través del Diccionario. Si la sociedad es machista, el Diccionario la reflejará. Cuando cambia la sociedad, cambia el Diccionario”.

El académico se posiciona pues por la segunda de las teorías que mencionaba: el lenguaje refleja lo que ocurre en la calle. Mala noticia niños y niñas, según la RAE España es un país machista.

Esta es la postura que toman muchas personas y alegan que la lengua no es un instrumento que pueda y deba ser modificado al antojo de ciertos colectivos, en este caso las feministas. La lengua es un bien tan preciado que debería mantenerse al margen.

Sin embargo la lengua puede ser un instrumento realmente útil en según qué circunstancias:

Lenguaje gay en Indonesia

El idioma nacional de Indonesia recibe el nombre de “bahasa”. Muchos varones homosexuales en Indonesia hablan bahasa gay o “lengua gay”. Aunque Indonesia es el cuarto país más grande del mundo, y además  su población está repartida en aproximadamente 6.000 islas, el bahasa gay se habla prácticamente en todo el país. Tiene un vocabulario distinto en el que se ridiculizan algunas palabras relacionadas con el mundo político, se juega modificando palabras mediante prefijos, etc.

Indonesia es un estado muy (pero que muy) homófobo, donde por ejemplo el verano pasado fueron detenidos dos hombres por subir a Facebook una foto en la que aparecían sin camiseta acusados de compartir contenido pornográfico. Un país donde el gobierto pidió a Whatsapp que eliminara algunos emoticonos que consideraba aberrantes.

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manifestación Indonesia

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El bahasa gay, tal y como señaló Tom Boellstorff (profesor del departamento de antropología de la Universidad de California) es  utilizado como una herramienta por un colectivo que es menospreciado, atacado y discriminado continuamente. Una herramienta que les ayuda a sobrevivir en una situación tan complicada, favoreciendo la cohesión del grupo y permitiéndoles mofarse de aquellos que les oprimen.

Poco les preocupará a los indonesios estar mancillando la estructura y los contenidos de su idioma, para ellos luchar por sus derechos está por encima.

Conclusión

Más allá de cómo interfiere el lenguaje que usamos en cómo pensamos, no cabe duda de que el lenguaje es una manifestación de la cultura que contiene creencias y saberes compartidos por  todos sus hablantes. Es a través del lenguaje que empezamos a construir nuestro conocimiento del entorno, así que me parece un tema sobre el que deberíamos por lo menos, reflexionar.

Igual que me parece lógico que hace años, cuando las mujeres vivían (generalmente) apartadas de la vida pública, se empleara el género masculino para designar la totalidad, me parece lógico que hoy en día intentemos generar oraciones inclusivas en las que nos veamos reflejados ambos sexos, o por lo menos abandonar aquellos usos del lenguaje que son marcadamente sexistas.

El debate de la duplicación de palabras pare refeirse a ambos sexos seguirá abierto, y por desgracia nos seguirá «chirriando» cuando lo escuchemos. Pero el simple hecho de que se abra el debate ya me parece significativo. Una oportunidad para dar voz en un debate abierto a aquell@s que no han tenido voz hasta hace muy poco.

Afirmar que el lenguaje permanece inalterado hasta que un grupo de catedráticos deciden editar una nueva versión del Diccionario me resulta tan absurdo como  afirmar que nuestro pensamiento no cambia continuamente. Los adolescentes de hoy en día tienen un modo de asomarse al mundo y de analizar sus distintas partes que difiere mucho del pensamiento de sus abuelos.

Yo por mi parte empezaré a utilizar el femenino cuando me dirija a un grupo en el que vea que la mayoría somos mujeres, y si hay algún hombre en el grupo que se sienta ofendido… ofendido se quedará.

Referencias Bibliográficas:

  • González Labra, M.J. Psicología del Pensamiento. Sanz y Torres. Edición 2012.
  • Miller, Barbara Diane. Antropología Cultural. Pearson. Edición 2011.

Neurosintaxis

El lenguaje lleva con el ser humano posiblemente 125.000 años (o eso dice Lieberman). Con él hemos enamorado, iniciado guerras, amargado la vida a más de un árbitro o compuesto La Barbacoa. Si quisiéramos cantar esta pegajosa obra de George Dan en todos los idiomas que existen en la faz de la tierra, contabilizaríamos alrededor de 6.000 versiones, 450 de las cuales se localizarían en Nigeria. Vamos que no siempre hablando se entiende la gente.

Lingüística para impacientes (en 100 palabras)


Noam Chomnski ha sido el balón de oro de la lingüística durante treinta años con su teoría “gramática universal”, donde el cerebro viene equipado con una serie de herramientas para organizar el lenguaje (un tema de genes), lo que otorgaba a los niños un “don” para formar frases gramaticalmente correctas.

Actualmente pocos resuenan con Chomnski. Los científicos ven al lenguaje como algo que se adquiere con la práctica, donde el cerebro (una navaja multiusos) va absorbiendo las reglas gramaticales del entorno, asociando ideas y generando categorías. Desde esta perspectiva, un bebé al que nadie habla no desarrollará lenguaje alguno.

¿Hacemos un experimento? La sociología de las palabras

Más que citar un artículo (el cual os tendréis que creer a pies juntillas) propongo un experimento. Programa la cuenta atrás del teléfono móvil a 10 segundos o pídele a alguien cercano que te avise transcurrido el tiempo. El objetivo es enumerar el mayor número posible de ciudades, da igual que hayas tenido tiempo de visitarlas o no, y no te olvides de contabilizarlas (puedes pulsar una tecla por cada una, pedirle a alguien que te las cuente o hacer un palito en la esquina en un papel por cada ciudad). Calcula el número total de ciudades que hayas sido capaz de recitar y guarda el resultado.

A continuación, repite el proceso con la particularidad de que ahora eres completamente libre de decir cualquier palabra que quieras siempre y cuando no sean cosas que estés viendo. Di cosas al azar que te vengan a la mente. ¿Preparados? Cuenta atrás a 10 segundos, palito va palito viene. ¡Tiempo! Haz el recuento.

Si no es mucho pedir, me encantaría que pusieras tus resultados del experimento como comentario al post. Me comprometo a recogerlos y a hacer el primer estudio científico basado en un artículo divulgativo y a publicarlo en mis redes sociales de forma anónima. ¡Gracias!

 

 

Analicemos juntos los resultados. En todos los casos con los que me he encontrado, el número de ciudades supera con creces a la modalidad libre del experimento. ¿Y esto por que? Entendamos lo que ha ocurrido durante el desarrollo del experimento en tu cerebro.

Mientras llevabas a cabo la primera parte, con la intención de buscar una palabra has enviado un WhatsApp al área de Wernicke diciéndole “Hola! q tal estás, I need you”. Entonces el área de Carlos (Karl Wernicke) echa un vistazo por la memoria en busca de ciudades. Aquí entran en juego otras regiones como la corteza visual o el giro angular, pero lo realmente importante es que cuando se ha salido con la suya (tenemos Moscú), el área de Broca se convierte en protagonista y tira de los hilos pertinentes (corteza motora) para que movamos la boca y generar el sonido.

En la segunda parte del estudio el área de Carlos le monta un poyo monumental a la memoria que pa qué (por torpe y lenta). Lo que ocurre es que la memoria está organizada por categorías (ciudades, nombres o discos de Sabina) y como no sabe en cual de ellas buscar se hace un lío tremendo.

Estas últimas líneas son para las mentes perversas y tiquismiquis. Si os preguntáis qué sucedería si una persona sordomuda realizara el mismo experimento usando el lenguaje de signos, ya os anticipo que hay más mentes perversas en el mundo que ya se han probado: su cerebro activa las mismas regiones cerebrales.

 

Neurosintaxis nivel I

 

Durante nuestro paso por el colegio o el instituto, los profesores no sólo intentaron meternos en la cabeza el orden y la relación de las palabras en una oración, sino también la función que cada palabra cumple: sujeto, verbo, complementos… ¿Os suena? Esto era la sintaxis. Lo que en breve descubrimos, es que la sintaxis para nuestro cerebro, llamémosla neurosintaxis, es diferente a la usábamos en las clases de lengua del instituto (que nadie se enfade con su profe después de esto).

La neurosintaxis es un término que me acabo de inventar el cual proporciona una pantalla en alta definición donde podemos ver cómo nuestro cerebro genera la realidad.

Asociando ideas a personas, lugares o cosas

En lugar de intentar explicarlo, te propongo leer detenidamente la siguiente secuencia tres veces I – B – R – N – S – J – D – U – I – L – U – E – Q – E – U. ¿Listo? Ahora cierra los ojos y trata de recordarla. La mayoría de los mortales sucumbimos después de los cinco-seis primeros símbolos. ¡Vaya caco mental!

Ahora repitamos el mismo ejercicio alterando simplemente el orden de las letras: J – E – S – U – L – I – N – D – E – U -B – R – I – Q – U – E. Seguramente no será necesario repetir si quiera la secuencia para poder recordarlo. Lo que ha ocurrido es que a estas letras colocadas de una forma determinada hemos asociado una idea (dantesca por cierto la imagen que viene a mi cabeza del torero Jesulín de Ubique con un sostén).

Nuestra memoria se agudiza cuando asociamos un conjunto de letras una persona, lugar o cosa. Además el comentario que me ha venido a la mente cuando he pensado en el torero pone de manifiesto otra característica crucial de nuestro cerebro: asociamos ideas a personas, lugares o cosas.


La regla de la persona, lugar o cosa (PLC)

Estamos en disposición de entrar a analizar uno de los trucos sintácticos del cerebro más grandes de la humanidad (releyendo esto igual he exagerado un poco. A veces me puede la emoción). Pongamos nuestra atención en la siguiente oración:

 

Aquello que sentimos (ya sea injusticia o rabia) cuando pensamos “Trump es malo” no viene dado por Trump sino por la idea asociada a Trump. Esto es vital para la neurosintaxis porque explica cómo aquello que sentimos viene producido por la idea que tenemos acerca de algo y no por la persona, lugar o cosa acerca de la cual tenemos esa idea. ¿Qué sería de tus enfados si esto fuera cierto? Revolucionario.

Aunque al principio pueda parecernos raro o irritante, esta visión terminará imponiéndose sin remedio por el simple hecho de que es como funciona tu cerebro. Además, por si aún sientes resistencia, si lo que sientes viene dado por Trump (como muchos hemos creído) todas las personas deberíamos sentir lo mismo al pensar en el presidente electo de los Estados Unidos. Sin embargo, hay tantas emociones como personas porque el origen de lo que sientes es siempre una idea y no una persona, lugar o cosa (y cuando se dice siempre quiere decir siempre).

 

Poltergeist

En esta oración, Donald es una especie de semidiós con la capacidad de ponernos rabiosos a miles de kilómetros de distancia. Un Poltergeist vaya. La idea de que el presidente de los Estados Unidos no tiene otra cosa que hacer que dedicarse a hacernos sentir rabia me resulta hasta divertida. ¿En serio? Y si se puede saber, ¿De qué manera exactamente nos pone rabioso Mr. Trump?

Llevemos a cabo una fugar investigación al más puro estilo Iker Jimenez. Por un lado, muy probablemente, el presidente de los Estados Unidos de América ni siquiera sabrá que existimos. Aún así lo responsabilizamos de nuestra rabia (no sólo no nos conoce sino que nunca nos ha dirigido la palabra). ¿Qué es entonces lo que hace que sintamos rabia? La idea omitida “Trump es malo”es la que genera nuestra sensación de rabia (concretamente «es malo»), y lo que solemos hacer es culpar a la PLC (Persona Lugar o Cosa). Al ver esto, aplicamos la regla PLC y tanto el fenómeno paranormal como las cacofonías desaparecen.

 

Complemento circunstancial de deshonestidad

Imaginen la hipotética situación, casi de ciencia ficción, en la que se llevan algo del trabajo (con un paquetito de folios me basta). Pongamos el pause para analizar la oración que nos lleva a cometer el hurto:

Las personas tenemos un detector de honestidad (corteza cingulada anterior) que toca la campana ante una situación de emergencia. Cuando te llevas el paquete de folios a casa estás diciéndole a tu organismo “soy un ser necesitado”. Esa carencia es lo que nuestro cerebro interpreta como real y la idea “soy un ser necesitado” pasa a ser el motor (lo que realmente sientes) activando la señal de alarma con las pertinentes consecuencias sobre la salud (aumento de la tensión arterial, frecuencia respiratoria y cardiaca, envejecimiento celular acelerado o depresión del sistema inmunológico entre otros). Esto es lo que llamo un complemento circunstancial de deshonestidad y, lo más importante, es que lo hacemos sin darnos cuenta.

Si has llegado hasta el final del artículo estás capacitado para responder una simple pregunta: ¿Cuál es tu idea acerca de la neurosintaxis? 

¿Por qué somos tan cotillas? Teoría del chismorreo de Robin Dunbar

La semana pasada saltó la noticia: Angelina Jolie y Brad Pitt se divorcian. Al instante cientos de medios comienzan a compartir información absurda. Que si ha sido por las drogas; que si tiene un amante… Si buscas en google «angelina jolie and brad pitt divorce» se pasa de 2.960.000 respuestas a 24.000.000 ¡en sólo 4 días!. Y así seguirá hasta que otro nuevo cotilleo llegue a nuestras vidas.

«Bueno… pero es que ellos son famosos, y los famosos nos interesan mucho» podrán decir algunos…

Observa a las personas con las que estás conectada en Facebook, ¿acaso no tienes «amigos» (del colegio por ejemplo) a los que hace años que no ves? Personas que realmente no te aportan nada pero que mantienes en tu red para (admítelo) ¿poder cotillear su perfil?

En los grupos sociales, ya sea de amigos, de compañeros de trabajo, etc, siempre suele haber, por lo menos una persona experta en el arte del espionaje en internet, que disfruta de lo lindo soltando bombazos ajenos.

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Cotilleo

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Y es que resulta que todos somos un poco cotillas, y de hecho este ha sido uno de los temas de indagación de estudiosos y antropólogos que se han dedicado a analizar los procesos de evolución humanos. ¿Nos ayudó el cotilleo a construír nuestras civilizaciones?

El evolucionismo social de Robin Dunbar

El evolucionismo social intenta estudiar los cambios que se van dando en una sociedad a medida que ésta se hace más compleja. Las civilizacione se situarían así en un contínuo. En uno de sus extremos estarían los primeros individuos que formaban sociedades muy sencillas, hasta llegar al otro polo donde encontramos las sociedades más complejas. Pero, ¿qué permite a una tribu de pocos individuos avanzar hasta las grandes comunidades de las que formamos parte en la actualidad?

 

Aquí es donde entra en juego Robin Dunbar. Dunbar es un antropólogo y biólogo británico especializado en el estudio de primates. Actualmente trabaja en la Universidad de Oxford donde imparte clases de psicología evolutiva.

 

Robin DunbarLa teoría evolucionista que plantea podría resumirse de la siguiente manera: hace millones de años nuestros antepasados convivían en grupos muy pequeños. Las relaciones que se establecían entre los miembros de la tribu eran muy directas y recíprocas, y serían parecidas a las conductas de limpieza que podemos observar en los primates. Yo te acicalo y tú me acicalas. Este tipo de relaciones fomentan la cohesión del grupo: lo hace más fuerte. En los grupos de primates más avanzados que tienen hasta 55 individuos, los chimancés dedican un 20% del día, casi 5 horas, a cultivar este tipo de relaciones sociales, sobre todo táctiles y por parejas. ¿Qué ocurre con el hombre que vive en grupos mayores?

 

Pues bien, según Robin Dunbar, cuando nuestros ancestros empezaron a abandonar la vida nómada, y formaron grupos sociales  mayores, tuvieron que buscar alternativas para mantener la cohesión del grupo. Porque claro está, manosear y despiojar a 60 personas al día consume demasiado tiempo…

Y es aquí donde entra en juego el cotilleo.

El cotilleo como base social

Una vez que los grupos comienzan a ser más numerosos, las antiguas conductas que se utilizaban para establecer alianzas (yo te acicalo y tú me acicalas) dejaron de ser eficientes por cuestión de tiempo y recursos. Tuvieron entonces que buscar alternativas  y el chismorreo emergió como una manera megaeficiente de hacerlo (yo te cuento y tú me cuentas).

El lenguaje es una solución alternativa para el ejercicio de la inteligencia social.

Dunbar introduce el concepto de inteligencia social que se relaciona directamente con el tamaño del cerebro, más concretamente del neocórtex. Cuantos más individuos conforman un grupo, es necesario tener un cerebro más grande para poder mantener una comunicación eficaz con los demás miembros del grupo.  De hecho, el neocórtex  es responsable del lenguaje y evolutivamente es la última zona que se desarrolló.

No se está diciendo que el lenguaje se creara con el fin de cotillear. Lo que está diciendo es que un aspecto del lenguaje, el chismorreo, apareció como herramienta fundamental para crear vínculos sociales. Por supuesto que el lenguaje tenía un gran uso técnico, pero cuando estas personas terminaban sus faenas y se reunían en torno al fuego, o donde fuera que se encontraran, hacían uso del chismorreo para establecer vínculos con los demás. Se abandonan las herramientas basadas en el contacto directo por técnicas simbólicas con babasadas en el lenguaje. 

 

primates

 

¿Qué ocurre en la actualidad? En una investigación que realizó el antropólogo, observó que de media, pasamos el 65% del tiempo de una conversación chismorreando (que no criticando). Una cantidad de tiempo nada desdeñable. Y la cosa se complica si tenemos en cuenta que el número de personas con las que interactuamos desde la llegada de la redes sociales se ha disparado. Tenemos la titánica misión de mantener relación con ¿200? ¿300? contactos virtuales, a los que debemos sumarles los contactos reales.

Y es que, ¿cuántas relaciones sociales podemos mantener?

El número Dunbar

Hace algunos años, en 1992 para ser exactos, estaba Robin Dunbar estudiando poblaciones de primates cuando se le ocurrió comprobar si había una relación entre el tamaño de la corteza cerebral, y el número de individuos que componen los grupos en los que vivían los primates. Efectivamente encontró una fuerte correlación entre el tamaño de la población y el tamaño del cerebro así que aplicando la formula a los humanos estableció que el número óptimo de personas con los que podemos mantener relaciones estrechas es de 150 (147,8).

Para contrastar si esto era cierto aplicó la fórmula en grupos de humanos de diversos momentos históricos, analizando los «censos» de los que tenemos conocimiento. Estableció tres categorías:

  • Grupos de 30 – 50 individuos.
  • Grupos de 100 – 200 individuos.
  • Grupos de 500 – 2.500 individuos.

Observó que los grupos que rondaban los 150 individuos funcionaban mucho mejor que los que eran más numerosos en parte porque sus miembros podían socializar los unos con los otros con menos esfuerzo. De hecho predice que a partir de esta cifra los conflictos surgidos dentro del grupo crecerán exponencialmente.

¿Qué ocurre ne la actualidad con las redes sociales como Facebook por ejemplo? En una entrevista concedida a Eduard Punset para el promgrama REDES en 2011 el autor explicó que cuando hablaba de «150 personas» hablaba de amigos directos, familiares; gente muy cercana. Los amigos de Facebbok no los considera como tal ya que:

No estamos hablando de amigos de Facebook, donde podemos tener varios miles de amigos si queremos. Sin embargo, si tenemos una gran cantidad de amigos en Facebook, a muchos, en realidad, apenas los conocemos. Si les pidiéramos un favor, probablemente no nos lo harían.

Claro está, la teoría de Dunbar ha recibido muchas críiticas. Para empezar los estudios realizados para establecer el factor exponencial (tamaño de cerebros – nº de individuos de un grupo) que le llevó al famoso 150, queda empañado por la veracidad de los censos que consultó para su estudio. También critican el escaso poder que otorga al entorno y a las herramientas de comunicación que manejamos en la actualidad. Sin embargo, la teoría del cerebro social de Dunbar se mostró como algo novedoso, como una nueva manera de explicar una conducta que nos es terriblemante familiar y condenada a partes iguales: el cotilleo.

Referencias bibliográficas: 

Wittgenstein y el juicio estético. ¿Cómo sabemos que algo es bello?

Casi todo lo que se puede decir de la estética de Ludwig Wittgenstein procede de su segunda etapa, y concretamente de un conjunto de lecciones, de apuntes de sus alumnos, recogidas en la obra publicada póstumamente (como todas excepto el Tractatus Logico-Philosophicus) titulada Lecciones y conversaciones sobre estética, psicología y creencia religiosa. Entre otras cosas, en estas lecciones, aplicando un “método” muy típicamente suyo, Wittgenstein lleva a cabo una desontización, una desustantivación de lo bello a través de un análisis del lenguaje corriente, un análisis del lenguaje tal y como éste es usado en los contextos pragmáticos intersubjetivos; un análisis del significado de las palabras a través de su uso.

La estética tradicional pivota en torno a proposiciones tales como “esto es bello”, denominadas juicios estéticos. Pero Wittgenstein nos advierte del engaño que nos puede ocasionar la gramática del lenguaje, o al menos cierta interpretación de ésta habitual entre los filósofos. En los juicios estéticos las palabras “bello”, “bonito”, “bueno” aparecen como adjetivos, y dado que los adjetivos (plano lingüístico) se suelen interpretar en el plano ontológico como cualidades, como propiedades de las cosas, pensamos que la belleza es una cualidad de las cosas. Pensamos así en clave ontológica: creemos que hay una cualidad que es la belleza y un tipo de entes que son bellos. Detrás de este tipo de interpretaciones está una concepción errónea del lenguaje que sostiene que su función principal es la representativa, y que el significado reside en la conexión de imágenes mentales con estados de cosas; la concepción del lenguaje que el mismo Wittgenstein sostenía en su primera etapa y que critica en su segunda. Lo cierto es que no hay una propiedad que sea la belleza en sí ni hay cosas bellas en sí. Wittgenstein sostiene que esto es un broma que nos gasta la gramática del lenguaje por tomárnosla en serio, por mirar el lenguaje fuera de su uso natural (algo típico de los filósofos). Para saber el significado de una palabra hemos de acudir a su uso.

wittgenstein

Wittgenstein: El significado se aprende haciendo

Para conocer el uso de una palabra es muy iluminador conocer el proceso por el que se aprende esa palabra. “Bello”, en su modo de usarse funciona como una interjección. El niño no aprende esa palabra (o “bonito” o “bueno” o “maravilloso”) mostrándole algo bello (definición ostensiva) sino que la aprende a la vez que reacciona. Se enseña como sustitutiva o acompañante de un gesto y expresión facial. Y es que el lenguaje es una parte característica de un amplio grupo de actividades.

La filosofía del segundo Wittgenstein es una reacción contra la concepción lingüística idealista. Su tesis principal, expuesta en las Investigaciones filosóficas, es que se aprende simultáneamente el lenguaje y la forma de vida asociada. Si intentamos definir el lenguaje fuera de esos juegos donde se usa y origina llegamos a teorías como la que Wittgenstein atribuye a San Agustín en las Investigaciones (o como la suya propia del Tractatus). El significado se aprende haciendo; no se basa en la vivencia interna, en imágenes mentales conectadas con cosas que vemos señalar (la enseñanza ostensiva no es la esencia de la enseñanza lingüística); sino en contextos pragmáticos intersubjetivos. En una tribu perdida cuyo lenguaje desconociéramos totalmente, ¿cómo sabríamos qué términos corresponde a “bello” o similares? Fijándonos en sus gestos en ciertas actividades.

Wittgenstein: «La forma de mostrar que un traje me gusta, es llevándolo puesto»

Así pues, ¿importaría si, ante una obra de arte, en vez de decir “es bonita” dijéramos “¡ay!” o sonriéramos, o abriéramos la boca o nos frotáramos el estómago? No. Palabras como «bonito» se usan en realidad como interjecciones, no como adjetivos que describen propiedades. Los gestos, las expresiones faciales o corporales son más precisas que los adjetivos; de hecho las usamos muchas veces junto a éstos con los mismos fines. Es más, en la mayoría de nuestras expresiones estéticas no aparece la palabra «bello» ni «bonito». La forma de mostrar que un traje me gusta, afirma Wittgenstein, es llevándolo puesto. Que me gusta un traje corto lo muestro diciéndole al sastre mientras está cortando: “déjalo así”. Es más, las expresiones de gusto por algo no son sólo lo que decimos ni nuestras interjecciones ni nuestros gestos; es la frecuencia con la que me pongo un traje o con la que leo un libro. Las expresiones de gusto son esencialmente pragmáticas. Si no nos gustan las cortinas de una ventana no es necesario proferir ningún enunciado negativo; el desagrado se muestra por nuestros actos, porque decidimos cambiarlas, por ejemplo, o porque las miramos con expresión de desagrado. El juicio estético no es pues la proposición «esto es bello» («este cuadro es bonito», «esta novela es buena»), sino el conjunto de reacciones, actitudes, acciones que llevamos a cabo ante una obra. Es una vasta estructura de acciones que va más allá de lo contenido en una proposición lingüística. Es un modo de vida.

Wittgenstein lo resume así en un pasaje muy iluminador de las Lecciones:

«Para aclararse respecto a expresiones estéticas hay que describir modos de vida. Pensamos que tenemos que hablar de juicios estéticos como “Esto es bello”, pero descubrimos que cuando tenemos que hablar de juicios estéticos no encontramos esas palabras para nada, sino una palabra usada como un gesto acompañando a una actividad complicada.»

Los juicios estéticos no se expresan en proposiciones, por tanto no puede hablarse de contradicciones en estética, o por lo menos no en el mismo sentido que en lógica. Tampoco puede hablarse de una belleza objetiva, sino de actitudes subjetivas ante un mismo objeto que constituyen el juicio estético. En definitiva, Wittgenstein rechaza considerar la proposición como el pilar de la estética, como la representante del juicio estético. La proposición por sí misma no constituye una unidad de significado; sin el contexto (lingüístico y extra-lingüístico) no tiene un significado determinado.


Referencias bibliográficas
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