El duelo en nuestra cultura

En la España de mi generación  nos hemos acostumbrado a afrontar a la muerte y en ocasiones,  el duelo, de la misma manera que se trata a un vecino que nos da pereza: ignorándola. La muerte se vive apartada, lo más lejos posible, y si podemos no pensar en ella ¡mejor que mejor!

Durante siglos en nuestro país el duelo ha estado regido por leyes desde que en el 1502 los Reyes Católicos dictaron la famosa «Pragmática de Luto y Cera», en la que se establecía lo que debía hacerse si moría un ser querido. Con el paso de los siglos (menos mal) las leyes se relajaron (en 1729 Felipe V dictó una nueva pragmática más flexible) , pero había un elemento en común: la muerte seguía siendo visible.

Solo tenemos  que preguntar a nuestros abuelos  o nuestros padres, para que nos relaten lo que ocurría en el barrio cuando moría un familiar, o incluso un vecino. Al igual que ocurría con los nacimientos, el fallecido era despedido en su propia casa, rodeado de los suyos que eran los que se ocupaban de preparar el cuerpo para la despedida. Los vecinos acudían a presentar sus respetos; la puerta de la casa permanecía abierta. Tanto el paso a la vida como el paso a la muerte tenían lugar en el propio hogar. 

Con la modernización paulatina de la sociedad, nos hemos ido apartando de los ritos asociados al duelo, tal y como expresa Marcos Gómez Sancho:

“Todo tiene un coste, lo que hacemos y lo que no hacemos. Hemos creído que estamos por encima de los ritos y que estos son un patrimonio de la religión, cuando no es cierto. En los ritos hay mucho de religioso, pero también de cultural. Si todo nos dice que vivamos el duelo por dentro, al final nos aislamos y es mucho más difícil hacerlo”. 

La triste verdad es que no hemos sabido revelarnos contra el luto asfixiante, el luto «lorquiano» que atisbamos en la Casa de Bernarda Alba, y hemos caído en el extremo opuesto. Hemos despojado a la muerte de todos los ritos que la revestían.

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duelo en españa

 

Para reflexionar: el duelo en el pueblo mapuche

El pueblo mapuche tiene una palabra preciosa, «layelewün«, una palabra que vendía a significar «vacío por pérdida» o «vacío por muerte». Hace alusión a un estado especial de desolación y de vacío en el que quedan inmersas las personas de la comunidad que han perdido a un ser querido. 

Para el pueblo mapuche, cuando la persona muere queda dividida en tres unidades:

  • La carne, que queda en la tierra.
  • El espíritu, que viajará a lo desconocido para toda la eternidad.
  • El tercer legado de la persona que ha muerto es el «Am», la imagen del difunto que queda en la tierra durante unos meses, y que permanece después en el recuerdo de los seres queridos. Es el «Am» el que realmente facilita la despedida. Al fin y al cabo el cuerpo queda enterrado e inaccesible; el espíritu no sabemos dónde ha ido, pero al dotar de una naturaleza casi tangible al «Am», se hace más sencillo despedirse poco a poco de la persona que ya no está.

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De un modo similar a lo que ocurría en la España de hace no mucho, el fallecido debía pasar varios días en su casa antes de proceder al entierro. Las mujeres velaban el cadáver durante el día y los hombres por la noche. Toda la comunidad participaba en el entierro y de hecho, quienes no lo hacían transgredían gravemente las normas de la comunidad.

En nuestra cultura actual, tan avanzada en otros aspectos, creo que nos sentimos bastante ciegos en lo que respecta a la muerte. Cuando vamos a un funeral, a un velatorio podemos encontrarnos con la duda de no saber qué decir, qué hacer. Utilizamos eufemismos como «se ha ido», «nos ha dejado» en lugar del certero «ha muerto».  Intentamos consolar a la persona que está sumida en el dolor con frases hechas («el tiempo todo lo cura»). El pueblo mapuche tenía otra manera de enferntarse al dolor. Como decía antes, existe una palabra, «layelewün» que intenta hablarnos del estado de vacío en el que quedamos sumidos cuando perdemos a alguien. Durante las semanas siguientes a la muerte de la persona, los mapuches creían que cuando te sobresaltan recuerdos dolorosos, lo adecuado es cesar  inmediatamente la actividad que se esté  llevando a cabo, para para dejarse inundar por completo por  el sentimiento. La persona se sumerge en el dolor y se deja llevar por él.

Fases del duelo y duelo patológico desde la teoría del apego

En los años 80 Bowlby estudió losprocesos de duelo:

«La pérdida es una de las experiencias más dolorosas que un ser humano puede sufrir. Y no sólo es dolorosa de experimentar pero también es doloroso ser testigo de ésta, especialmente porque nos sentimos impotentes para ayudar».

El autor explicó cómo estos procesos rompen el equilibrio en la vida de la persona que lo está experimentando, que tienen que reorganizarse para poder superar el dolor. Bowlby encontró muchas similitudes entre las fases que atraviesa un niño cuando es separado de su madre por un breve periodo de tiempo (experimento de Mary Ainsworth), con las fases del duelo que experimentan niños y adultos ante la muerte de una figura de apego.

1 Fase de aturdimiento o de shock

Se siente incredulidad, una fuerte impresión, un gran rechazo a aceptar la noticia que causa un estado de shock. Son frecuentes las expresiones del tipo «no lo puedo creer», «es imposible»… Esta fase puede durar días, semanas, o incluso más.

2 Fase de búsqueda de la persona querida

Una vez superada la primera fase, nos vemos inundados por una intensa añoranza, una necesidadad de reencuentro con la persona que ha muerto que nos llena de desesperanza ante la iposibilidad de la misma. La persona está vigilante, esperando la vuelta de dicha persona. Una puerta que se abre, un móvil que suena; cualquier cosa le hace estar alerte y expectante. Como esto no es posibe, se dan sentimientos de ira y enojo. Los objetos del difunto son guardados a la vez como un tesoro, a la vez como algo de lo que debemos desprendenos. Se vuelve una y otra vez  a las fotos, vídeos, a las cartas… que nos trae su recuerdo.

recuerdos

En esta fase del duelo, ya que la persona está buscando reencontrarse con el difunto, no  suele reaccionar bien a los consejos de los demás que intentan ayudarle a aceptar su muerte. En este momento lo adecuado es dejar que comparta sus recuerdos, las vivencias, que hable del difunto para poco a poco ir siendo más consciente de la necesidad de soltar.

3 Fase de desorganización

Entramos en esta fase cuando aceptamos plenamente que la persona no va a volver. Quedamos entonces sumidos en un estado de apatía, y nos vemos sumergidos en un fuerte sentimiento de soledad.

4 Fase de reorganización

En esta última fase tratamos, no de romper el vínculo con la persona que ya no está, si no de modificarlo, dándolo un nuevo y valioso papel dentro de las representaciones mentales que vivn a través del recuerdo.

Si esta fase se produce con éxito, poco a poco la persona recupera la capacidad de sentir placer, de hacer planes, de no sentirse culpable por seguir viviendo.

El duelo patológico

Bowlby habló de dos tipos: el duelo crónico y la ausencia de duelo. En ambos existe cierta creencia de que la muerte es reversible, y por lo tanto no se avanza en sus fases, y no se puede llegar a a etapa de reorganización.

Los modelos internos según los cuales funciona la persona no se modifican, y por lo tanto se permanece en un estado de estancamiento vital.

¿Cómo acompañar en el proceso de duelo?

Debido a nuestro paulatino alejamiento de la muerte, es bastante usual no saer qué decir, qué hacer, cuando tenemos que acompañar a alguien querido que está afrontando el proceso de pérdida.

El Colegio Oficial de Psícologos de Madrid tiene esta pequeña guía, que nos ofrece consejo.

Entre otras recomendaciones hablan de la importancia de no caer en frases hechas («es la voluntad de Dios», «ahora ya no sufre»…); de no intentar distraer a la persona de su dolor, sino todo lo contrario, de actuar como un facilitador de conexión del indivíduo con los sentimientos que está viviendo en ese momento.

Dejarte llevar por tus propios sentimientos también es importante. No tengas miedo a llorar por temor a aumentar los sentiemientos de tristeza del otro. Mostrar tu estado de ánimo puede ser un valioso elemento empático que ayude al otro a no sentirse sólo, a sentirse comprendido.

Para terminar, me gustaría despedirme con esta preciosa frase de Dostoyevsky: 

Cuanto más oscura es la noche, más brillantes son las estrellas. Cuanto más profundo es el duelo, más cercano esta dios.

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Referencias: