Yo machista

Si me estás leyendo, luego de haber visto semejante título, sospecho que éste ha atraído tu atención. Quizás te preguntes qué clase de energúmeno puede afirmar: yo machista. Así tan pancho, de manera tan abierta, sin pudores. Y encima soltarlo hoy, apenas pasadas unas horas del Día Internacional de la Mujer. Con los ecos aún latentes de la manifestación y huelga histórica de ayer, 8 de marzo de 2018.

Para colmo, con la que viene cayendo desde que existe el patriarcado: asesinatos de mujeres, desigualdades, violaciones, indiferencia, negación de derechos, falta de reconocimiento social e histórico y sigue una larga lista. ¿Quién diantres puede autodefinirse como machista? Ya sólo mencionar la palabra resulta de lo más chocante e inoportuno, como decir “soy racista”. Curiosamente, entrar en estos jardines de la incorrección política despierta el morbo, al menos el mío y quizás el de alguien más. Como si se abriese la mirilla para espiar al malo de la película. Al monstruo que habita en nuestros peores sueños, al desalmado. Al representante de un mal moral, al portador de una anomalía. Un machista es por definición un tipejo despreciable, desubicado, retrógrado, casposo. Una pobre antigualla. Alguien que puede ser violento, empleador de la fuerza bruta. Un potencial abusador de personas más débiles. Seguramente haya grados de machismo o escalafones. Coincidirás conmigo en que no es lo mismo un soldado raso que un teniente general, aunque ambos sean machistas. El primero suelta un piropo en la calle sin venir a cuento de nada, pero el segundo puede llegar a creer que su novia es una extensión de su propio cuerpo y hacer con ella lo que le venga en gana. Al primero habría que educarlo, amonestarlo, al segundo aplicarle el código penal.

Uso el “yo” y me preguntan: “Dios mío, ¿es esto autobiográfico?” No, bueno, no exactamente. En mi caso, se trata de una sensación como la de tener a Mr. Hyde en las entrañas y a doctor Jekyll haciendo lo que puede por ocultarlo. La famosa novela de Stevenson hacía referencia al trastorno disociativo de la identidad. Al final va a ser una cuestión de identidad, esa entelequia que tiene que ver con cada uno de nosotros aunque resulte muy complicada de definir: ¿Yo machista?

Me gustan las palabras, las quiero, paso tiempo con ellas, buscándolas, intentando ordenarlas, tratando de escribir algo, de comunicarlo y suelo pasarlo mal hablando directamente de las cosas. Se me ponen los pelos de punta con los nuevos principios de la comunicación: 140 caracteres, eslóganes, hashtags, lenguaje publicitario, síntesis, brevedad, efectismo, tuf, tuf, zasca, in your face. Estoy dando muchas vueltas, girando cual peonza. No he justificado aún el polémico título de estas líneas. ¿Quise generar impacto, un gancho publicitario para atraer lectores? ¿Soy realmente un machista o un simple provocador?

Urdimbre de identidad machista

Nací varón en Buenos Aires. Como otros muchos compas de generación y amigos de la infancia, vine al mundo en un hogar machista, mamé machismo. Nada grave para los ojos de la época. Un papá que no sabía hacerse un huevo frito ni encender la lavadora, que no levantaba la mesa ni fregaba los platos. Todo aquello eran cosas de mujeres. Los hombres de la casa, él y yo, estábamos para otras cosas, no sé, quedarnos sentados, gozar de nuestros privilegios, no desperdiciar el tiempo o la energía con tareas menores. Mi mamá o mi abuela tampoco es que fueran feministas. Básicamente, no había protestas ante este orden de cosas. Vivíamos con naturalidad, inconscientemente, inmersos en el  machismo.

Digamos que mi cerebro fue madurando en el caldo de una urdimbre machista, fui incorporando sutilmente estructuras organizadas en torno al poder masculino.

Siendo adolescente llegó el sexo. Mejor dicho, andaba por allí con la genitalidad y sus variables puramente mecánicas: se levanta, se sostiene y eyacula. También era importante el tamaño y así los penes grandes eran celebrados, fantaseados, envidiados, mientras que los penes pequeños eran motivo de escarnio en los vestuarios después del fútbol. Desde la lógica de este relato, el hacerme hombre no me dejó indemne.

 

¿Quieres saber las secuelas? Ahí van. Analfabetismo emocional, bloqueos, miedos, consolidación de la estupidez. Lustros de confundir de forma persistente el tocino con la velocidad, lo anatómico con el deseo.

 

Muchos de nosotros además somos hijos o nietos de un porno falocéntrico. Una pésima escuela para esculpirnos como seres sexuados. Somos, claro está, responsables de toda esa parafernalia de sandeces en torno a la adoración de la polla y el coito. Hemos construido un imaginario sexual paupérrimo en el que el prevalece la figura del follador eficiente.

 

Una grieta en el muro del patriarcado

Visto en perspectiva, hubiese preferido otra melodía y no el ruido de esta fábrica. Así he salido yo, qué se le va a hacer. Es mi historia vital. Donde no hubo, no hay. ¿O sí? ¿Puede alguien criado en el machismo librarse de él? ¿En qué medida? ¿Llegaré algún día a ser feminista? ¿Hay razones de peso (biológicas, culturales, sociales, ideológicas) que me lo impidan?

Por suerte la vida siguió, los cambios y transformaciones nos acompañan hasta el final, hasta la última mutación, esa que va de lo vivo a lo muerto. Mientras tanto, siempre hay esperanza.

Casarme, por ejemplo, fue genial. He aprendido un montón de cosas de ella. Me viene empujando hacia lugares a los que no hubiese llegado solo. ¿Y mi hija? Otro tanto. Acompañarla en su día a día. Desde el primer biberón que le di y que me llevó a sentir que la estaba amamantando, al ejercicio cotidiano de la ternura y el cuidado. Caminar juntos de la mano, volviendo del cole.

Rodeado por dos mujeres, fue creciendo mi amplitud de miras, hasta convertirse el ámbito de lo doméstico-familiar, incluso el espacio de la cocina, en mi hábitat. No es para que nadie me cuelgue una medalla, pero he aprendido a cocinar, a doblar la ropa sin que queden arrugas, a enfrentar fantasmas de la mitología patriarcal. El truco consiste en haber reconocido en mi propia historia los puntos ciegos, las partes menos desarrolladas, los prejuicios machistas. ¿Qué no es suficiente para tirar abajo el patriarcado? Claro que no, pero ahí vamos. Sigo interpelándome, no estoy satisfecho.

 

Mi padre murió en 2016 y me llevaba cuarenta años. En ocasiones cuando pienso en él y en su modelo de masculinidad es como si retrocediera un siglo. Pasó muy poco tiempo y sin embargo ya no puedo identificarme con él en estos aspectos. Sigo en proceso de transformación, aprendiendo a expresar emociones, manteniendo a raya a Mr. Hyde, aumentando el músculo de la empatía.

¿Qué si soy machista? Soy un animal no acabado de hacer. Principiante en la nueva cultura que busca reemplazar a lo viejo.

Nuevas masculinidades

Se ha puesto de moda hablar sobre nuevas masculinidades y sobre la necesidad de una revolución masculina que nos saque a los hombres de los rígidos patrones con los que hemos sido educados y con los que hemos ido aprendiendo (o no)  a expresarnos sentimentalmente. La manera en que nos hemos convertido en hombres, estilo “macho”, supone un lastre considerable para el autoconocimiento y el manejo de las emociones. También queda tocada nuestra capacidad responder a según qué  demandas, problemas o desafíos.

La buena noticia es que somos cada vez más los hombres que tomamos conciencia de nuestras heridas, de nuestras limitaciones. La mala noticia es que estamos bastante aislados y desorientados.

Por momentos, yo mismo me he sentido acorralado por los diferentes matices de mi personalidad. Me gusta reunirme con amigos para ver el fútbol, beber y blasfemar, tanto como estar con mi hija, cocinar o charlar con mi mujer. En el primer caso, estaría supuestamente dando rienda suelta a una parte “macho” de mi yo –banalidad, exceso, transgresión-, mientras que en el segundo caso me estaría dejando llevar por una parte más femenina o “afeminada” –cuidado, atención, diálogo-. Recuerdo a una chica que como elogio me dijo una vez: “tenés tu parte femenina muy desarrollada, nunca me había sentado tan escuchada por un hombre”.

No sé de dónde salen estos malos entendidos, ni como se ha llegado a montar una clasificación fiable para distinguir entre conductas o actividades propias de los hombres y de las mujeres. ¿Es la cultura o la naturaleza la que determina  los rasgos que identifican lo masculino y lo femenino?

Se puede citar aquel experimento con treinta ejemplares de monos Rhesus, machos y hembras, que tenían que escoger entre coches y muñecas y el resultado fue que los primeros eligieron los vehículos, mientras que las segundas se quedaron con las muñecas.

Así a bote pronto, tengo la sensación de que en general las mujeres se conocen más a sí mismas, fluyen mejor con sus emociones y se abren a compartir con otras mujeres cuestiones vitales para ellas tales como la sexualidad, el trabajo, las presiones sociales, los roles familiares, lo común, la cooperación. Los feminismos y el colectivo LGTBI han hecho mucho en este terreno y hace rato que tienen claras las razones por las que luchan, las reivindicaciones pendientes y los obstáculos a sortear.  Cuentan además con espacios de encuentro y canales de comunicación por los que lucharon, que están vivos, que siguen desarrollándose.

Vieja masculinidad

El ideal de hombre con el que yo fui criado responde de manera patente a lo que se denomina una matriz patriarcal y machista.

En casa, papá trabajaba y mamá era ama de casa. Papá era el que suministraba el dinero y Mamá se encargaba de las cosas de la casa. Papá gritaba y mamá guardaba silencio. Papá se enojaba y todos temblábamos.

Mi papá era conservador en lo que respecta a los deberes familiares y su lugar como jefe resultaba inexpugnable. Asumió la responsabilidad de ser sostén económico de la familia a rajatabla y jamás lavó un plato, recogió la mesa o se hizo un huevo frito. Estaba acostumbrado a que lo atiendan y se salió con la suya.

Había venido de Salta, en el norte de la Argentina, a la gran ciudad cargado de una tradición machista decimonónica que sólo abandonó parcialmente y hacia el final de sus días. Tuvo a mi madre como cable a tierra, como refugio ante sus propias tempestades emocionales.

No hablaba de sentimientos con mi padre, si él me preguntaba qué tal estaba y yo le respondía que bien. Y hasta ahí llegábamos.

Absorbí, de una manera u otra, ese modelo machista caballeresco con sus cualidades prescritas: la fuerza, el valor, el honor, el coraje, la templanza y lo que se rechazaba: la debilidad, la cobardía, el deshonor.

Cuando iba al cine con mi viejo, veíamos exclusivamente a petición mía las películas de Sylvester Stallone, Bruce Willis y Schwarzenegger. Dos de ellos siempre con el torso desnudo musculado disparando con un arma de guerra a todo lo que se menea, el otro imperturbable ante el máximo peligro y ajeno a cualquier sentimiento que no sea la soberbia.

No se trata de ajustar cuentas con mi padre; él hizo lo que pudo, era del 36, de provincias, con un padre nacido en el siglo XIX. Formó parte de una época, con sus contradicciones, como todas.

El imaginario caballeresco funcionó durante siglos, el hombre encarnando al guerrero que enfrenta al dragón, o a otro hombre, para conquistar el corazón de una doncella. Si su hombría prevalece, el caballero estará a la altura del dictado de su naturaleza o de un férreo código de conducta que ha adoptado. Si actúa como un  valiente, recibirá por recompensa el amor femenino.

Sobre otras cosas que pueden estar en juego, el guerrero se sentirá particularmente gratificado si obtiene la aprobación, no importa si fantaseada o implícita  de su mamá. “¡Mamá esté orgullosa de su niño, ya convertido en hombre!”.

Sí, mamá, la primera mujer en la vida de cada hombre y a la que busca agradar, seducir, reproduciendo un modelo. La misma madre que repite en un bucle trans histórico al niño-caballero: “no pegues a la niña, protégela”, “no llores como una niña”, “deja pasar primero a la niña y ábrele la puerta”, “ayuda a la niña a cargar ese peso”, “salva a la niña de las garras del monstruo”, “defiende a tu hermana”, “compórtate como un hombrecito”, “aquí tienes tu pantalón y tu camisa; el cinturón y la pistola de plástico”, “conviértete en un hombre en serio”, “ya vas a ver cuando llegue tu padre del trabajo”.

Está mamá, está la niña a proteger, faltaría la puta para completar un cuadro terrible.

La puta se coló en mi adolescencia como consecuencia del primer chute de porno. Un escenario cutre y sórdido, tráfico de pasiones inauténticas.

Ya debe existir algún informe académico, de Princeton o el MIT, que traduzca a números y estadísticas el daño ocasionado por el visionado de películas pornográficas en los jóvenes. En lo que a mí respecta, las secuelas han sido graves y persistentes. Quedar atrapado en la iconografía del cine XXX fue devastador para mi imaginación. Llené mi cerebro con imágenes obsesivas y distorsionadas de la realidad. Lo que podría haber sido una experiencia erótica a través de los cinco sentidos quedó reducida a algo que ocurre en una pantalla. Una sexualidad plana y cercenada por la forma en la que los cuerpos se convierten en cosas y los movimientos se mecanizan. Detrás, encima, debajo, de perfil, una lógica de sumisión violenta de la mujer a manos del hombre. Un hombre semental encargado de humillar, escupir, vejar, exprimir a su compañera sexual y convertir semejante crueldad en un espectáculo de consumo instantáneo.

Por si no estuviesen suficientemente torcidos los pilares que sostienen un modelo de masculinidad semejante, hay que agregar el tipo de rituales que se practican al interior de los grupos de varones: el abuso hacia los más débiles, la homofobia, la competencia a ver quien la tiene más larga o la agresión física gratuita.

Novísima masculinidad

Hace un par de meses comencé con mi amigo Antonio una de las iniciativas más estimulantes de mi vida: la apertura de un espacio de encuentro para hombres llamado Homens http://www.sedhombres.com

Con frecuencia quincenal, nos venimos reuniendo diez hombres para comentar nuestras cosas, para conectar emocionalmente, para resonar en la escucha compartida.

No pretendemos asumir un estereotipo de hombre “descafeinado”, ni uno que responda constantemente a la demanda social de mayor sensibilidad y ternura.

Si vamos a estar atendiendo a una demanda externa, lo más seguro es que perdamos el contacto con nosotros mismos o que neguemos nuestra verdadera esencia. Sea cual sea ésta.

En Homens no se trata de un impulso hacia delante, de conquistar de nuevos espacios como había ocurrido hasta ahora, sino más bien de un despiece y una vuelta hacia uno mismo.

Muchos hombres heterosexuales de hoy, entre los 30 y los 50 años aproximadamente, rechazan una imagen de masculinidad a la Humphrey Bogart (tipo recio, de pocas palabras, imperturbable, casi ausente o en fuga), pero aún no han dado con la clave para tumbar el estereotipo y generar un espacio propio alternativo y más genuino. 

Para escribir este post iba a pasar la tarde documentándome, empapándome de los debates, de las opiniones más acreditadas en este campo, investigando tendencias y terminologías modernas, encuestas y estudios sociológicos, sin embargo estoy en una etapa de mi vida en la que ya no quiero leer tanto ni pretendo ser brillante u original sino fiarme más de mi experiencia y mi intuición. Compartirlas sin mayores pretensiones ha sido mi objetivo y quizá sean también las que me ayuden a ver que ser hombre no es nada en particular y depende en gran medida de lo que estemos dispuestos a ser a pesar de los modelos y patrones sociales más extendidos.