Adicciones: ¿una enfermedad?

El consumo de sustancias forma parte de la historia del ser humano, sin embargo nuestra percepción sobre las mismas se ha modificado conforme al cambio en las costumbres y normas que han sufrido las diferentes culturas y sociedades. Un claro ejemplo es el consumo de cocaína; cuando en el siglo XIX se empleaba en contextos no sólo lúdicos sino laborales y éste era aceptado, deseado e incluso indicador de trabajador responsable. En la actualidad, se percibe este consumo como marginal, vergonzoso y signo de debilidad.

Debido a esta evolución en la forma de entender el consumo en la sociedad, es necesario ofrecer una visión desvinculada de los prejuicios propios de modelos más reduccionistas.

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Adicciones: modelos explicativos

En nuestra cultura, existe una amplia gama en cuanto a la forma de entender las diferentes adicciones: desde un modelo moralista en el que se etiqueta a la persona como “débil” o “incapaz de controlarse”, tendiendo a culpabilizar a aquel que lo sufre, hasta un modelo médico, en el que se entiende a la persona como enferma, pese a no existir evidencia de anormalidades físicas o condiciones bioquímicas. En ambos casos, parece que el foco se encuentra en la persona, identificando que hay algo malo en ella, de forma permanente, crónica y que sólo un milagro, ser divino o fármaco puede curar.

Otras formas de entender las adicciones han surgido a partir del estudio, a través de técnicas de neuroimagen, de los efectos de las drogas a nivel cerebral. Entre estos modelos destacan el modelo de dependencia física y el modelo del sistema de recompensa.

El modelo de dependencia física, explica la búsqueda de drogas como medio para evitar el malestar que produce abandonarlas. Sin embargo, este modelo obvia las razones por las que se mantiene el consumo en drogas que no producen sensaciones de abstinencia.

El modelo del sistema de recompensa, explica el consumo como consecuencia de un aprendizaje por condicionamiento operante (se asocia una determinada conducta con un premio o experiencia gratificante), sin necesidad de la existencia de enfermedad. La razón por la que el consumo resulta gratificante, se debe al sistema de recompensa cerebral, en donde la dopamina cumple un papel primordial. Aquellos hábitos que consideramos adictivos, se deben a que éstos producen la liberación de dopamina en regiones cerebrales que regulan la emoción, motivación y sentimientos de placer del mismo modo que la producen conductas como comer, ganar dinero o practicar sexo. En concreto, el poder adictivo de las drogas se debe a la sobrestimulación artificial, liberando hasta 10 veces más cantidad de dopamina, produciendo sensaciones como la euforia. Así, la persona asocia el comportamiento de consumo con el placer, siendo una gran motivación para repetir el consumo, dejando a otros placeres en un segundo plano, ya que éstos no logran alcanzar la sobrestimulación deseada. Sin embargo, esta sobrestimulación artificial a través de químicos no se da en adicciones como las compras compulsivas, apuestas, etc.

En este último modelo también se admite la adicción como una enfermedad debido a los cambios neuronales que se producen en el cerebro o por la falta de autocontrol percibida por el individuo. Sin embargo, gracias a la experiencia y la capacidad de plasticidad del cerebro, los cambios estructurales y neuronales se dan con independencia de la aparición de un trastorno,  por lo que este argumento no parece ser motivo suficiente como para justificar que es una enfermedad.

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Adicciones como asidero

Si logramos evadirnos del fundamentalismo de estos modelos, podremos entender la adicción como un síntoma fruto de un malestar. Así, el consumo sería un comportamiento que se mantiene porque alivia esa sensación. En el caso de las sustancias psicoactivas se ve claro, pero esto también puede observarse en las adicciones comportamentales, por ejemplo en el sexo, donde el placer físico alivia el malestar psicológico.

Por lo tanto, ante un malestar determinado, el sujeto emplea el consumo como una respuesta que alivia, no buscando otra alternativa de respuesta más adaptativa para lograrlo. Dado los efectos reforzantes que tienen las conductas adictivas en cuanto al alivio que logran en la persona, éstas se mantienen en el repertorio de conducta, creando hábitos y fortaleciendo una rigidez en la respuesta que se generalizará a otras situaciones conflictivas o en las que se puedan dar el malestar.

Sin embargo, el problema es mucho más amplio que el mero consumo de sustancias o conductas problemáticas. Normalmente, antes de que se den este tipo de conductas, el autoconcepto suele estar deteriorado entre otras causas debido al fracaso o problemáticas que surgen en el ámbito escolar/laboral, familiar y la subsecuente inestabilidad relacional. Además en muchas ocasiones las personas no tienen percepción del problema y se sienten satisfechos con lo que hacen, por lo que este bajo criticismo favorece que se mantenga:

  1. La conducta adictiva.
  2. Los problemas que generaron la adicción.
  3. Los problemas que surgen de la conducta adictiva.

En definitiva, la función de la conducta adictiva no es más que la de evitar a corto plazo el dolor. No obstante, lo que libera es poder enfrentarse a aquello que produce ese dolor, sin depender de factores externos que simplemente son un apoyo para poder lidiar con la realidad.