La conciencia testigo

¿Todo cambia?

En este mundo todo cambia. Si observamos el proceso de apertura y decaimiento de una flor lo podemos ver claramente. Sin embargo, aunque sabemos que, por ejemplo, las montañas también están en un constante proceso de erosión y transformación, ya no resulta tan evidente a simple vista. El caso es que sabemos a ciencia cierta que nada de lo que vemos, tocamos o percibimos a través de los sentidos es eterno y afortunadamente tampoco los pensamientos son eternos, aunque a veces de tan repetitivos lo parezcan. Pero existe algo capaz de observar todos esos cambios y a ese algo lo llamamos Conciencia testigo.

La Conciencia testigo no cambia

En la sabiduría no-dual del vedānta se dice:

“La forma es lo percibido y la mirada es la que la percibe. Esta mirada es ahora lo percibido y la mente es la que la percibe. La mente con sus modificaciones es percibida y la Conciencia-Testigo la que percibe, sin ser percibida a su vez.” (Dṛg- dṛśya- viveka, 1).

Este es un ejercicio que podemos realizar de modo práctico. Vamos allá: observa un objeto y date cuenta de su color y forma. Ahora observa la mirada, la capacidad del ojo para percibir el objeto. ¿Quién se da cuenta de esta percepción? Es la mente la que se da cuenta de como el ojo ve, el oído oye, etc… Observa como incluso con los ojos cerrados aparecen y desaparecen constantemente varios pensamientos. ¿Quién observa la mente que piensa?

Aquí es donde el advaita vedānta nos habla de un observador último al que denomina Conciencia testigo. Es la Conciencia que hace posible toda la secuencia de percepciones y que hace posible la observación, sin embargo ya no hay otra Conciencia que es consciente de Ella sino que Ella misma es autoconsciente. Es a esta Conciencia última a la que se le llama Conciencia Testigo.

La conciencia se da cuenta

Todo en este mundo está en constante cambio pero hay una conciencia que se da cuenta de todos estos cambios sin ser a su vez alterada. Un ojo no ve de por sí, el oído no oye de por sí, la mente no piensa por sí misma, etc. sino que hay Algo, una Energía por la que el ojo ve, el oído oye, la mente piensa… Sin embargo, en el caso de la mente, tendemos a identificarla con el cuerpo y con las habilidades cognitivas, las emociones y en definitiva con la personalidad limitada que denominamos “yo” y a causa de esta identificación, creemos que la mente tienen luz propia. Cuando decimos “yo veo este objeto”, “yo escucho esta música”, “yo pienso esto”… ¿Quién es ese “yo”?

La luz de la Conciencia

A menudo identificamos el “yo” con el cuerpo, la personalidad y las características limitadas que hemos atribuido a una Conciencia que es en realidad infinita y sin la cual no habría posibilidad de percibir, hacer, pensar… Sería algo así como el reflejo del sol en un espejo cuyos rayos rebotaran en una habitación oscura que a causa del reflejo de la luz del espejo se viese iluminada. En esta imagen que nos brinda la propia tradición, la habitación sería el cuerpo, el espejo la mente más sutil y el sol la Conciencia Testigo.

El cuerpo actúa gracias a la mente que ejecuta sus órdenes, pero a la vez esta recibe la luz de la Conciencia última que le da la capacidad de ser consciente. ¿Podría ser que todo lo que suelo considerar como “yo” fuera en realidad una expresión de una misma Conciencia en todos los seres, una Conciencia que parece presentarse bajo múltiples formas y nombres, aunque en realidad es una sola? Como el sol que ilumina múltiples objetos siendo él uno solo. Quita el nombre y la forma de todo cuanto percibes y lo que queda, Aquello es lo Eterno, tu Esencia última, lo que permanece dándose cuenta de todos los cambios.

A la práctica

Preguntarnos con honestidad

Todos estas cuestiones corren el riesgo de convertirse en una abstracción del pensamiento que se divierte creando este tipo de argumentos, a menos que estemos dispuestos a preguntarnos con honestidad, con sinceridad, dispuestos a no recibir respuesta, a soltarnos al Misterio. Revisar en mis acciones ¿qué me permite ver?, ¿qué me permite pensar?, ¿impelido por qué clase de energía respiro?, etc. Cuando me respondo “yo”, ¿a qué me refiero?, ¿a mi nombre, mi cuerpo?, mi personalidad?… y si no aceptamos ninguna de estas respuestas ¿qué es lo que queda? Tal como han planteado algunos sabios, ¿quien era “yo” antes de nacer?, ¿dónde estaba?, ¿quién soy mientras duermo profundamente sin ni siquiera soñar nada?

El pensar sinceramente en todo este tipo de cuestiones nos permite desapegarnos del automatismo de pensar que “yo hago, digo, pienso, percibo y siento” y darnos cuenta de ese algo mayor que el pequeño “yo”, que hace posible que “yo haga, diga, piense, perciba y sienta”.

La autoindagación constituye por sí misma una práctica muy valiosa que nos conduce al reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza.

“Con la desaparición de la identificación con el cuerpo y el conocerse como Conciencia suprema, donde sea que se dirija la mente habrá experiencia de samādhi (vivirse como Pura Conciencia)”. (Dṛg- dṛśya- viveka,verso 30)

El yoga como herramienta

La práctica del yoga nos puede proporcionar un espacio y unas técnicas para ir quitando las capas de cebolla con las que nos identificamos y llegar al núcleo, a la Conciencia testigo que observa todos los procesos mentales, que al ser observados se disuelven.

Observar el cuerpo al hacer una postura y observar aún la mente que se da cuenta de esa postura, la mente con todos sus pensamientos que tal vez huye de la postura a través de otros pensamientos o a través de sus juicios, da lugar a una práctica del yoga dirigida a purificar la mente y nos acerca a la posibilidad de descubrirnos como Conciencia testigo. Los objetos, el cuerpo, la mente,etc. cambian, pero el Testigo no cambia. Lo mismo podemos aplicar a los ejercicios de prāṇāyāma (control de la respiración) o si hacemos alguna práctica meditativa. Y, sobre todo, en nuestra vida diaria, en cualquiera de nuestras acciones cotidianas. La observación es fundamental porque es la observación la que nos devuelve a nuestra verdadera naturaleza, al hecho de Ser, Testigos de todo lo que aparece y desaparece.

Auroville ¿La ciudad del futuro?

Debería haber en alguna parte sobre la tierra un lugar que ninguna nación pudiese decir: «Es mío»; donde todo ser humano de buena voluntad que tuviera una aspiración sincera pudiera vivir libre como ciudadano del mundo y obedeciendo a una sola autoridad, la de la suprema verdad; un lugar de paz, de concordia, de armonía donde todo instinto de lucha en el hombre fuera usado exclusivamente para vencer la causa de sus sufrimientos y sus miserias, para superar sus debilidades y su ignorancia, para triunfar sobre sus limitaciones y sus incapacidades; un lugar donde las necesidades del espíritu y el interés de progreso prevalecieran sobre la satisfacción de los deseos y las pasiones, de la búsqueda de placeres y de goce material.

¿Qué es Auroville?

Auroville

Así empieza el sueño se Auroville, como se describe en su página web . Pero ¿Qué es Auroville? ¿El sueño de un millonario filántropo ruso? ¿Una utopía descrita por algún autor de principios del siglo XX?

Nada de eso. Auroville es una ciudad de pequeño tamaño situada en la India, en el estado de Tamil Nadu. Este lugar no es una más de las miles de pequeñas ciudades que pueblan el subcontinente indio. Auroville fue fundada en 1968 por Mirra Alfassa, discípula de Sri Aurobindo con la idea de ser un lugar en el que imperase un modo de vida diferente. Una sociedad en la que todos pudiesen estar unidos en la diversidad bajo las enseñanzas de Aurobindo y Alfassa.

mirra alfassa

Aurobindo, uno de los líderes espirituales de oriente que más impacto ha tenido en el mundo occidental es considerado por los residentes de Auroville como un inspirador de su ciudad, que de hecho toma su nombre en un juego de palabras en el que Auroville sería al tiempo la ciudad de Aurobindo y la ciudad de la aurora (en francés). Mirra Alfassa, conocida como «la madre» por sus seguidores, fue una francesa que se convirtió en una de las más estrechas colaboradoras del gurú. Durante años estuvo al cargo del ashram de Aurobindo que la consideraba como a una igual. Ella fue la lider de Auroville desde su fundación hasta su fallecimiento en 1973.

Auroville fue diseñado en origen con la forma de una galaxia, aunque con posterioridad se desarrolló de forma orgánica sin respetarse la idea original, a excepción del centro de la ciudad: el Matrimandir, una esfera dorada cuyo interior fue concebido como un lugar de recogimiento y conexión con la divinidad. En la actualidad ha desarrollado una fórmula administrativa particular bajo la fundación Auroville y es dirigida por varios órganos de gobierno en los que participan los residentes de la ciudad. Su población oscila en torno a los 2500 habitantes de más de 30 nacionalidades diferentes.

La ciudad se rige por la carta de Auroville (una suerte de constitución para la ciudad) creada por Alfassa, los cuatro principios de la carta son los siguientes:

Auroville no pertenece a nadie en particular, Auroville pertenece a la humanidad en su conjunto, pero para vivir en Auroville hace falta ser servidor voluntario de la consciencia divina.

Auroville será el lugar de la educación permanente, del progreso constante, y de la juventud que nunca envejece.

Auroville quiere ser el puente entre el pasado y el futuro. Aprovechando todos los descubrimientos exteriores e interiores Auroville se lanzará audazmente en el futuro.

Auroville será el lugar de una investigación material y espiritual para dar una manifestación viva a una unidad humana concreta.

¿Qué hay que hacer para vivir en Auroville?

Auroville

Si quieres convertir Auroville en tu nueva ciudad tendrás que trasladarte allí por tres meses como un voluntario. Después de estos tres meses puedes quedarte durante un año y medio como periodo de prueba. A partir de ese momento puedes ser considerado un auroviliano y se te recomienda que busques una ocupación por la que serás remunerado, además de una casa en alquiler. También puedes construir tu propia vivienda, pero eso requiere un desembolso mayor. En Auroville por el hecho de ser residente cuentas con el acceso a multitud de servicios: médico, escuela, clases de yoga, etc… Al más puro estilo socialdemócrata, vamos.

Muchos residentes van a Europa o América la mitad del año para huir del calor de la estación seca y, al mismo tiempo, poder costearse su estancia en Auroville, o tal vez para vivir en la civilización de la que huyen durante un periodo cada año. De vuelta a sus países de origen dónde encontrarán todos los horrores y comodidades de la sociedad capitalista de consumo.

Lo que si parece recomendable antes de decidir trasladarse a un lugar como Auroville, o a cualquier comunidad de tipo «espiritual» es conocer el pensamiento de su fundador, así la lectura de los textos de Sri Aurobindo y Mirra Alfassa sería fundamental para saber si este es el sitio adecuado. En cualquier caso, siempre puedes hacer una visita a esta curiosa ciudad si pasas por Tamil Nadu y visitas la cercarna y hermosa ciudad de Pondicherry.

Mientras tanto la ciudad seguirá con su experimento innovador. El ideal de Auroville busca la autosuficiencia, el autoabastecimiento, el equilibrio. Por ahora parecen metas complicadas. La producción de alimentos se encuentra todavía muy debajo de lo necesario para sustentar a toda la población, sin embargo se siguen buscando nuevas fórmulas y tal vez en este asunto la tecnología, si la aceptan, les eche una mano.

Un sueño hippy, antisistema, revolucionario, loco… Al final de todo esto uno sigue haciéndose la misma pregunta ¿Qué es Auroville? ¿Una utopía imposible que nunca será autosuficiente? ¿Un grupo de locos jugando a la aldea global? ¿O la primera ciudad de un nuevo mundo?

Más información en www.auroville.org

Miedo: Las trampas que nos autoimponemos para seguir dormidos

 

TEISHÔ 9 – TEISHÔ 8TEISHÔ 7 TEISHÔ 6TEISHÔ 5TEISHÔ 4TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

Vivir dormidos

 

Todo deliberar del corazón yerra su blanco.
Todo proceso de pensamiento lleve a un fin contrario.
Si se comprende esto, uno no se halla separado
de aquello que se halla ante los ojos.

Sin embargo, vas cargando con tu bolso y escudilla de mendigo,
Deambulando en busca del Buda y el Drama.
¿Lo conoces, tú, que así caminas buscando?
Es vivaz como un pez en al agua y no tiene raíz ni tronco.

Aunque lo abraces, no puedes poseerlo;
Aunque lo apartes, no puedes liberarte de él.
Cuanto más lo buscas, más lejos está,
y si no lo buscas está delante de tus ojos.

 

Rinzai

 

Este texto de Rinzai revela las trampas que nos autoimponemos para seguir dormidos. La liberación produce miedo, miedo a lo nuevo; y el miedo mismo nos empuja a buscar la salida en sistemas de pensamiento, o en filosofías y creencias de segunda mano, en lo externo. Mas la mirada atenta consigue al fin descubrir que lo que habíamos perdido no era sino una ilusión, una trampa del ego, ya que aquello que buscábamos, nunca lo habíamos perdido.

 

dormidos

 

El sentido de toda meditación es la extinción del ego, la liquidación de la identificación con el “personaje”, para que, desocupados de la carga del narcisismo, pueda fluir la posibilidad de fundirnos con el Absoluto. En consecuencia, esto supone un esfuerzo que facilita la liberación de todos los obstáculos que nos separan del Ser Esencial, que es la forma que adquiere el Absoluto en nuestra existencia.

 

Las dependencias

La mayor parte de nuestros conflictos neuróticos se gestan precisamente en las dependencias que hemos construido con respecto a las organizaciones sociales, religiosas o económicas, habiendo ellas adquirido, con nuestro consentimiento, un poder predominante sobre nuestra intimidad creando una malestar anímico que a penas suele traspasar el umbral de la conciencia. Pero la meditación posee esa facultad de despertar, esa acción reveladora y liberadora ante las dependencias que nosotros mismos hemos construido, y que nos hacen sufrir.

Las dependencias pueden ser de diverso nivel existencial, siendo algunas, según su hondura y calado, más importantes que otras; pero las más significativas son el miedo al deterioro y a la muerte; el desasosiego por sentirnos inútiles y la inseguridad que provoca la soledad, siendo el miedo el denominador común de todas ellas. El miedo, efectivamente, es la herida que con mayor asiduidad nos bloquea. De ahí que el afrontamiento del miedo, sobre todo el más significativo, que es el miedo a la muerte, es una de las tareas, uno de los ejercicios, más importantes en cuanto a la liberación del ser humano.

 

El miedo

En el ejercicio del Zen, solemos encontrarnos con el miedo a la muerte, y es bueno que el encuentro con la aniquilación, en tanto que observación, sea incluido en la práctica meditativa. Hay que recordar que el sentimiento del miedo posee una calidad destructora y aniquilante, que puede bloquear nuestro desarrollo, pero, paradójicamente, sucede que cuando uno mira al miedo cara a cara, a la destrucción y a la muerte cara a cara, es cuando puede sobrevenir la experiencia del Absoluto como Fuerza presente en la misma fragilidad, siendo entonces cuando la vida, desde su más profunda arteria, puede encontrar su camino, su verdadero sentido.

El Absoluto, entendido no como un opio alienante que facilita el escapismo de la angustia, como tan bien señaló Marx; ni como una fijación infantil y proyectiva del padre o de la madre, que nos facilitaron seguridad, como apuntó Freud, sino el Absoluto comprendido, y vivenciado, como una presencia inequívoca cuya realidad nada tiene que ver con las teorías o creencias, sino con la experiencia vívida que fluye en el acto meditativo, y que en este caso nada tiene que ver con el escapismo alienador, o la regresión infantil, sino muy al contrario: con el afrontamiento directo con la muerte, y con todo lo que ocurre tras ese afrontamiento, cuando uno toca fondo después de haber tenido el valor de soportar lo insoportable. Y el valor de habernos quitado de en medio como pequeño yo. Así lo vivencié yo en un soneto.

 

TOCAR FONDO

 

Me quema la memoria. Mas recuerdo
el raudo palpitar, el sudor frío,
y el espantoso hielo del vacío,
azotando mis sienes… No me pierdo,

 

No, en las olas terribles del recuerdo:
el cielo mudo, y mudo el dios. Y el río
tan gélido en mis venas. “¡Oh, Dios mío….,
a ti alzo mis brazos…” ¡No hubo acuerdo….¡

 

En la penumbra azul de la alborada,
hirviendo aún la materia temblorosa
de mi entraña, exclamé: ¿Por qué he bebido,

 

la horrorosa ceniza de la Nada,
(la humana condición, tan espantosa),
en la niebla de un orbe sin sentido?

 

Del sufriente tejido,
y al tocar fondo, todo el Universo
se hizo luz. Y el llanto se hizo verso.

 

 

Un afrontamiento que consiste en dejar que el miedo se manifieste, recibirlo, no esquivarlo. Dejar que se acerque. Y aunque parezca extraño, el mismo miedo será el elemento desencadenante de nuestra propia transformación. Cuando eso sucede, se nos abren los ojos interiores, y hasta el escenario de los más maravillosos amaneceres, o las más espléndidas puestas de sol parecen insignificantes comparados con el fulgor de nuestra naturaleza real.

En el Za-Zen, no perseguimos experiencias o vivencias especiales situadas fuera de la vida, sino que es la misma Vida la que, abriéndonos los ojos, abre asimismo el esplendor de su escenario, revelando así la ilusoria falsedad con que la mente dormida ha llamado vida a lo que no es vida.

 

PARECE

 

Que la sed se extingue,
al ver que la Presencia
jamás estuvo ausente;
que todo fue un acto fallido,
un error de cálculo.
Y una mala pesadilla.

 

 

Una historia Zen

Cuenta una historia Zen que en un monasterio vivía un anciano monje ante el que los jóvenes novicios se sentían intimidados; no porque fuera severo con ellos, sino debido a que nada ni nadie jamás parecía perturbarlo o afectarlo, por lo que veían en él algo inquietante. Por eso le temían. Así que queriendo poner fin a esa situación, decidieron un día ponerlo a prueba.

Una oscura mañana de invierno cuando el anciano, según la tarea que se le había encomendado, tenía que llevar una taza de té a una de las salas del monasterio, el grupo de novicios se ocultó en uno de los sombríos recodos del sinuoso y largo corredor que conducía a la sala.

Al pasar el anciano, los novicios salieron de su escondite profiriendo alaridos terroríficos, como una horda demoníaca. Pero el anciano, como si con él no fuera la cosa, continuó parsimoniosamente portando con suma atención su taza de té. Y al doblar la siguiente vuelta al corredor, como bien sabido era por el anciano, había una mesita. Se dirigió a ella en plena oscuridad, deposító la taza, y después de protegerla bien para que no entrara el polvo en ella, se apoyó en la pared, y prorrumpió: “Oh, oh, oh, en una clara exclamación de susto.

Un maestro Zen al relatar esta historia, comentaba: Se ve, pues, que nada tienen de malo las emociones, solamente que no deben apartarnos de nuestra atención.

 

El  miedo en la mente

El miedo, la reina de las emociones, nos incapacita para vivir y amar. Nos embota la mente, nos hace insensibles. Y una sociedad tan superficial como la nuestra, por medio de sus organizaciones neoliberales, ha aprendido a administrar el miedo como herramienta de manipulación sacando así partido de él.

Pero, además, la voz del miedo no puede ser interpretada ni descubierta mediante el análisis del pasado sino mediante el ejercicio de la vivencia del instante, que insta, esta atento, como el monje de nuestra historia.

Yo añadiría que quien tiene abiertos los ojos al instante, estando atento al filo de cada instante, salvaguarda su espíritu del miedo, porque el miedo y la ansiedad están en la memoria del pasado y en la del futuro. Es decir sólo en la mente, y quien trasciende la mente se libera del miedo, de todos los miedos y emociones negativas.

El ejercicio del Za-Zen nos hace capaces de atrapar al vigoroso corcel de la mente.

Fuente:

El Evangelio según Zorba

El cine es para muchos una de las expresiones artísticas más refinadas por aunar en un mismo formato la imagen, la palabra y la música. Pero además  es capaz de trasmitir poderosas lecciones de vida de manera sencilla y es capaz de llegar a todos los públicos. Una de esas historias es la de Zorba el Griego de Michael Cacoyannis.

Cuando el escritor americano en crisis Basil (Alan Bates) vuelve a la tierra paterna, Grecia, para explotar una vieja mina abandonada encuentra a Zorba (Anthony Quinn) en el barco hacia las islas y le contrata como capataz para su explotación. Zorba es la antítesis de Basil, jovial, alegre, compasivo, bregado en mil batallas y trabajos y curado de todos los espantos del mundo. Basil es  tristón, parado, taciturno, poco hablador y poco sensible. Al legar al pueblo todo sale mal. Nuestros héroes se enfrentan a la catástrofe total.

 Madame Hortense, una dama francesa maltratada por el amor con el corazón roto en innumerables ocasiones les recibe en su humilde hotel. Lleva años esperando la venida del amor verdadero que la lleve lejos de esas islas, espera y espera la llegada de su príncipe a modo de evadirse de una cruel realidad. Zorba se muestra cariñoso y empático con ella. Basil hace creer a Madame que Zorba se casara con ella. Acepta  simbólicamente pero Hortense enseguida muere de neumonía, mientras los aldeanos saquean sus posesiones en ausencia de herederos

El escritor, a su vez, encuentra el amor en la viuda del pueblo, una mujer con la palabra tragedia escrita en la frente, magníficamente interpretada por Irene Papas, que le da un carácter solemne, sobrio y duro pero bello que es el reflejo de la sociedad y el paisaje locales. Había además un chico del pueblo enamorado de ella, pero no correspondido y al ver que su amor solo era para Basil se suicida.  El destino es cruel con la viuda y la dirige al ostracismo social y a la más cruel de las muertes. Apunto de ser dilapidada es salvada por Zorba, pero a continuación y  sin que nada pudiese hacer es degollada por el padre del chico

Por último la empresa de la mina también fracasa estrepitosamente

Irene Papas y Alan Bates

Irene Papas y Alan Bates

En esta película los héroes se enfrentan a la adversidad en todo lo que hacen: es la catástrofe total. Paradójicamente en vez de venirse abajo, deprimirse o perder toda esperanza, la escena final es un baile: los dos protagonistas bailan sirtaki, una danza tradicional griega y se echan a reír. Nos están enseñando una forma de aproximación al fracaso, al sufrimiento y a la aparente falta de toda esperanza y sentido a la vida. La vida no es finalista, no hay finalidades sino que nosotros las ponemos y entonces surgen dualidades como el fracaso y el éxito. Pero la realidad es la que es y ésta no conoce de categorías sino solo da causas, nunca de finalidades. Recordemos un fragmento de dialogo de la película: pregunta Basil: ¿Zorba, has estado casado alguna vez? Responde Zorba: ¿no soy un hombre? Pues claro que he estado casado. Mujer, casa, hijo. Todo, la catástrofe total.

Con esto Zorba no se está lamentando sino que está admitiendo la vida tal y como es, con todos sus vicisitudes y problemas y también sus riquezas y alegrías. Lo que hace Zorba y se evidencia a través del baile es danzar sobre la catástrofe sin que nunca le destruya, sin que nunca sucumba. Se ríe de todo, de todos, y de sí mismo. Celebra la vida tal y como es y no queda enganchado en un círculo vicioso de culpas y reproches que son los que realmente hunden a las personas. Es decir la filosofía de Zorba es la aceptación y  también en cierta manera la vuelta a los orígenes, a la niñez.

Aceptar se contrapone a enjuiciar. La mayoría de las veces nuestro pensamiento al relacionarse con los sucesos  está enjuiciándolos: esto es bueno o malo, guapo o feo, de manera que atribuimos un valor a una realidad que esta desprovista de ellos. Así cuando el león se come a la cebra no piensa si es justo o no, no lo valora. Esto solo lo hacen las personas, mentalmente, y no existe en la realidad, ésta solo es. Esta apreciación no es fácil de hacer pero es sumamente útil para evitar ser engullidos por nuestra desesperanza en situaciones de crisis. En éstas nos será muy útil mantener la calma y en vez de sufrir tratar de aprender y aproximarse a lo que somos, a lo más humano de nosotros.

Para discernir entre juicios  o pensamientos, sensaciones y emociones existen herramientas como la meditación. Así basta para ello con prestar la atención a la respiración y contemplar y dejar pasar pensamientos, sensaciones y emociones para darse cuenta de que una cosa son nuestros pensamientos y otra la realidad y como nuestra mente no para de enjuiciar. Pero no se trata de relativizar las desgracias y el dolor y hacer como si nada pasara sino de aceptar, darle la importancia adecuada y desde esa aceptación poder dar una respuesta constructiva que nos permita crecer espiritualmente

Zorba y Basil, amigos

Zorba y Basil, amigos

No obstante, ese baile no solo significa aceptación sino también una vuelta a los orígenes, a la inocencia de la niñez, a un equilibrio y armonía propios de esta etapa de la vida. Bailar es un ritual, una manera de conectar o fusionarse con el entorno, como lo hace el niño a través de su mente de principiante: todo rebosa interés y su curiosidad es total por todo lo que existe. Se interesa por la naturaleza, por los otros, por el mismo, solo quiere  jugar y bailar también es un juego. Zorba al bailar quiere volver a ser niño. Hablaba Nietzsche de esto en sus 3 trasformaciones: primero se es el camello obediente, luego se es el león libre que destroza la moral y los prejuicios, luego se es niño. Los camellos abundan y los leones son raros pero la dificultad esta en dar un paso más (¿adelante o tras?) hacia la niñez. El león lo destruye todo y también a sí mismo, ¿cómo puede éste transformarse en niño? Quizás una respuesta sea bailando. Piénsese que muchos bailes tienen connotaciones religiosas, son un medio para conectar con Dios (piénsese en los derviches turcos)

Pero todo esto va más allá: el baile conecta con Nietzsche en la forma del bailarín cósmico, el equilibrista que vuela de perspectiva en perspectiva, que se mueve de verdad en verdad para alcanzar una mejor perspectiva de todo lo que es, es el que está experimentando con la vida misma.

El baile final de Sirtaki

El baile final de Sirtaki

 

Referencias bibliográficas:

  • F. Nieztsche: Así habló Zaratustra
  • Jon Kabat-Zinn: Vivir con plenitud las crisis
  • J. Campbell: The Hero  with a thousand Faces

ZA-ZEN: El final del ego

 

TEISHÔ 8 – TEISHÔ 7 TEISHÔ 6TEISHÔ 5TEISHÔ 4TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

 

El final del ego: La historia de Nami

Entre las muchas historias y narraciones sobre el Zen, existe una que cuenta cómo en la era de Meiji, existió un famoso luchador apodado O Nami, cuya traducción es “la sucesión de las olas”. Cuentan que era un hombre corpulento, y muy diestro en el arte de luchar; pero sucedía que así como en los entrenamientos privados era invencible, a la hora de actuar ante el público le derrotaban hasta sus mismos discípulos. Y ese fue el motivo por el que O Nami, pidió ayuda a un anciano maestro Zen, Hakuju, cuyo templo estaba muy cercano.

 

Una vez escuchada la historia, el viejo Hakuju, le dijo lo siguiente:

 

“Tu nombre es “La sucesión de las olas”, así que esta noche la pasarás en este templo, pensando únicamente que tú eres las olas en movimiento. Así que dejarás de ser un luchador acomplejado para lograr ser como “La sucesión de las olas”, que lo arrasan todo. Haz lo que te digo y te convertirás en el mejor de los luchadores del país”.

Dichas estas palabras, el maestro se retiró, y O Nami comenzó a practicar la meditación sentada, tratando, tal y como se lo dijo Hakuju, de imaginarse que él era eso: “La sucesión de las olas”. Al comienzo le resultó bastante costoso concentrar su mente en ese pensamiento, sin embargo lo cierto es que a medida en que pasaban las horas iba progresando en identificarse con el oleaje. Así que las olas iban creciendo y creciendo mientras meditaba. Y de ese modo permaneció toda la noche, con lo que una vez llegada la mañana, el maestro Hakuju halló a O Nami en plena meditación, cuyo rostro mostraba un rictus sonriente, y el maestro, colocando la mano sobre su hombro, le dijo:

 

“Ahora nadie ni nada podrá vencerte, porque tú eres “La sucesión de las olas, y llevarás por delante a todo aquel que se interponga”.

Ese día O Nami combatió en un torneo público, y resultó ganador. A partir de entonces no hubo en todo el Japón luchador alguno que lo superara.

 

La meditación

En una lectura superficial, la historia podría entenderse como que el fin de la meditación persigue armar y fortalecer el ego para la competición. Si bien es verdad que la meditación puede en muchos casos ser causa de ese fortalecimiento, lo cierto es que ese beneficio es un beneficio secundario. Porque la meditación produce precisamente la des-identificación con el pequeño yo, es decir, con el papel o rol social que la sociedad le ha asignado. O Nami era presa del yo, que era tanto como decir que era presa del miedo a hacer el ridículo, y solamente cuando, mediante la acción transformadora de la meditación disuelve su personaje “en medio de las olas” es cuando sucede la maravilla del satori.

 

Yo no estoy de ningún modo seguro de que en la mayoría de las ocasiones en que esta historia se repitiera, el meditador alcanzaría el máximo pedestal como luchador, pero de lo que no dudo es de que sí que reuniría las condiciones previas para conseguirlo. Y ello, precisamente, porque ya no estaría preso de la tensión de dar la talla, pues se habría vaciado de su personaje. Veamos lo que en tal sentido narra una historia Zen:

 

Una historia ZEN

La dedicación y el celo de un discípulo del Maestro Kochi llamaba la atención a sus amigos y a los restantes acólitos.

Sin embargo, no impresionaba a su roshi. El joven se sentaba con seriedad en Za-Zen durante todo el día y en ocasiones toda la noche, y se concentraba con considerable gravedad. Realizaba con el mayor de los empeños cualquier tarea que se le encomendaba.

Los restantes discípulos comentaban que si alguno de ellos merecía alcanzar rápidamente el satori ése no podía ser otro que el discípulo aplicado. Pero el roshi no compartía esa opinión y llamó al joven.

-¿Por qué te aplicas tanto en el trabajo?

-Para conseguir el satori. Para eso estoy aquí.

-Ya veo.

El roshi reemprendió sus tareas y el discípulo las suyas.

El roshi atendía sus obligaciones y vivía su vida. El joven aplicado se sentaba erguido, cruzaba sus manos, cerraba sus ojos con firmeza, respiraba con regularidad y no se permitía una sola cabezada. Sus curiosos compañeros esperaban verle llegar al satori en cualquier momento. Sin embargo, pese a su empeño y concentración, este momento no llegaba. Finalmente fue a ver al roshi.

-Aunque medite durante muchas horas con gran diligencia y profundidad, nada ocurre.

-Ya veo-

-¿Qué debo hacer?

-Debes volver a tu casa. Aquí estás perdiendo el tiempo. El discípulo quedo consternado. Intentó discutir con el roshi, quien, sin embargo, permaneció sentado en silencio y sin responder, hasta que el preocupado joven se levantó para abandonar la habitación. Entonces el roshi le llamó.

-Siéntate y te contaré algo. No has entendido mis palabras y debo explicártelas. He dicho que perdías el tiempo aquí y hablaba en serio. Verás por qué. El satori no es una meta hacia la que trabajar. El Zen es satisfactorio sin satori, porque es un medio que no precisa un fin. Lo mismo se puede decir de la vida. Nuestra meta no tiene una meta. Uno la vive.

Deberíamos meditar de esta misma forma. La meditación es un objetivo en sí misma. No es un proceso que conduce a algo más. Es vida. Pierdes tu tiempo al no darte cuenta de ello. Piensas sólo en el futuro y descuidas el presente. Peor aún, utilizas el presente para perseguir algo sobre lo que únicamente has leído y oído hablar. Piensas en el satori como un premio a obtener, y crees realmente que serás diferente si éste llega.

Por tanto, estás perdiendo el tiempo. Vuelve a tu casa y vive.

Esto es lo que quería decirte y así lo he hecho.

Si no estuvieras tan ciego, te habrías dado cuenta ú mismo. E incluso ahora, mientras hablo, estás esperando a que surja algún tipo de comprensión de estas palabras sin valor.

No has entendido nada.

El abrumado discípulo se retiró. Sin embargo, no volvió a su casa.

Se sentó en silencio con los demás.

Algunas noches meditaba en el jardín. Continuó.

No sabemos si alcanzó el satori.

En cualquier caso, no tiene importancia para esta historia.

 

 

Buda

La gran iluminación de Shakiamuni Buda fue simplemente darse cuenta de que el “universo –mi ego incluido- es uno y vacío”. Y cuando nos hacemos uno con la meditación, también nos hacemos uno con la verdad experimentada por todos los budas (los iluminados) pasados, presentes y futuros de la Humanidad. En esa experiencia se transciende la dualidad, fenómeno que experimentamos al despertar. Y el despertar llamado “iluminación” es eso: palpar de modo vibrante esa unidad vacía en una experiencia viva, que, por ser viva, tiene la propiedad de con-movernos.

 

ego

 

Cuando superamos la dualidad de los opuestos y, como ocurre en la historia de nuestro luchador, llegamos a ser uno con quien percibíamos como contrario o enemigo, se transciende la ceguera, se toca esa unidad. Y al tocarla, uno se libera de la esclavitud del odio al enemigo. Al tocar la unidad llega la liberación, todo se dispone y presenta a nuestros ojos con la real sencillez del Ser. Y los problemas se resuelven por sí mismos, sin el apremio de ser el primero y sin el temor de ser el último.

 

Por eso el personaje que nos hemos montado es una ficción que nos distrae de nuestro verdadero origen. Y por eso “quitar de en medio” al personaje, al pequeño yo, es parte de la meditación. El final del yo es la única meditación.

 

Esta experiencia no surge del saber discursivo científico, sino del despertar, precisamente cuando se ha hecho silencio sobre el ruido del ego. Esta experiencia no puede ser otorgada por maestro alguno, sino que, como le ocurrió, a O Nami, somos nosotros quienes hemos de descubrirla. Un maestro, como Hakuju, puede indudablemente ayudarte a despertar, pero al final, la luz de la iluminación solamente puede ser encendida en tu propio interior, desde ti mismo. De ahí la importancia del ejercicio. Y en el ejercicio del Za-Zen, puro vaciamiento de imágenes, de pensamientos, de sentimientos y de deseos, se dan las condiciones para que te dejes habitar por lo real, Y tú halles en ti mismo tu maestro. Considero que la siguiente historia facilitará la compresión de lo que venimos considerando:

 

 

Cuando un pez nada –decía el Maestro Dôgén- nada y continua nadando y no hay fin para el agua.
Cuando un pájaro vuela, vuela y continua volando y no hay fin para el cielo.
Nunca ha habido un pez que nadara fuera del agua o un pájaro
que volara fuera del cielo.

Cuando necesitan un poco de agua o de cielo, sólo usan un poco;
cuando necesitan mucho, usan mucho.
De ese modo, lo usan todo en todo momento.
Y en todo lugar gozan de libertad perfecta.

 

DÔGEN

El luchador de nuestra historia, revela el fondo de la humanidad en su lucha por ser “algo”. “Algo” que quiere manifestarse, que pugna, que interpela en expresarse, una Algo al que se opone todo lo establecido, todo lo fijado, todo lo objetivante: todas las ideas, que configuran eso que llamamos ego, el personaje, la subsistencia… Pero el ser humano solamente puede identificarse con ese Algo que le interpela si su conciencia objetivante se transforma totalmente, radicalmente, en una conciencia más amplia e interiorizada; un espacio de conciencia donde precisamente el ser humano, como el ser de las olas, se desprenda, esté libre, de todo lo que suponga un “algo”. Así lo vi yo en este poema.

 

Impertinencia

Igual que un centinela espera el alba,
sobre la hierba, frágil, temblorosa,
la gota de rocío, aguarda, quieta,
la caricia silente de la aurora. 

Y empieza a evaporarla el Gran Silencio
cayendo de hoja en hoja; y se disipa,
como lo hace un sueño pasajero
que busca enajenarse de sí mismo. 

Fragilidad acuosa entre las flores,
sutilidad del Ser temblando al viento
que entre mis versos se disuelve. 

Bajo el rayo de sol que la derrite,
la gota, exenta de agua, hoy se ha hecho luz;
danza del alba, luz, fuego y vacío…

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Gary Bendig

La revolución del mindfulness – 2ª parte: la sombra de la meditación

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“Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo la oscuridad consciente.” (Carl G. Jung, 1945. “El árbol filosófico”, p. 335)

Quizás uno de los factores que haya contribuido más en la llamada «revolución del mindfulness» (véase La revolución del mindfulness – 1ª parte: más allá de la meditación) sea su promesa de felicidad. Esta promesa la comparte con tantas otras formas de meditación, yoga, coaching o terapias alternativas también populares en nuestro tiempo.

En el caso del mindfulness, el respaldo de la comunidad científica en los campos de la biología, la neurociencia o la psicología, así como el creciente número de estudios clínicos que avalan sus efectos positivos para el bienestar, parece marcar la diferencia. Por lo que el mindfulness se presenta como el último método de autoayuda y, además, «comprobado científicamente».

Sin embargo, existe un aspecto poco conocido del mindfulness, un tabú. Y es que las prácticas de mindfulness no funcionan siempre, ni parecen funcionar para todo el mundo. De hecho, incluso en algunos casos la persona se siente peor.

Es un fenómeno para el que se prepara nula o escasamente a los practicantes de meditación, así como a los instructores. En contextos tradicionales budistas, por el contrario los maestros sí que advierten de la peligrosidad de la meditación y, por lo tanto, también de enseñar a meditar.

En estos contextos espirituales la precaución suele residir en el carácter esotérico o iniciático de la enseñanza, así como en el seguimiento personalizado de la relación maestro-discípulo. No es aquí mi propósito tratar si estas precauciones son suficientes y las posibles derivas de la práctica meditativa en contextos budistas.

Por el contrario, me propongo indagar en los efectos adversos que parece tener la meditación para algunas personas en un contexto laico. En efecto parece ser que la popularización del mindfulness ha dejado en la sombra los riesgos de la meditación, por otro lado conocidos desde antaño.

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La sombra de la meditación oculta riesgos reales. Conocidos por la tradición budista, hoy la popularidad del mindfulness parece ignorar estos riesgos.

 

La popularización de la meditación

Cada día la meditación es más popular en nuestra sociedad y cada vez forma parte en mayor medida de la corriente principal, el mainstream. Y no podría ser así si no la asociáramos con la salud y el bienestar. Puede parecernos obvio, lo que nos muestra hasta qué punto hemos internalizado esta creencia , ¿cómo va a no ser bueno meditar?

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– «¡Camarero, un trago de meditación por favor!»

Sin embargo, debemos tener en cuenta que en Asia, en las sociedades budistas la gente no medita. Ni siquiera los monjes budistas meditan. Recitan las escrituras, realizan oraciones, invocan a las divinidades protectoras y ahuyentan a los espíritus maléficos, etc., pero casi nadie practica la meditación tal como nosotros la entendemos.

En el budismo, tanto seglares como monjes no aspiran a la «iluminación». El nirvana o la extinción del sufrimiento es un objetivo muy lejano, después de vidas y vidas acumulando méritos para algún día tener un renacimiento en el que, entonces sí, uno pueda llevar la vida de ascesis y renuncia que el propio Buddha emprendió en su momento.

Es decir que tradicionalmente, en el budismo la meditación, entendida como un medio de liberación del sufrimiento, está reservada a una minoría de practicantes muy avanzados que llevan una vida de reclusión. La población y la clase monástica se ocupan de fines más mundanos. 

Pero en Occidente pocos serían los interesados en pagar por una conferencia sobre exorcismos o por un retiro de plegarias. ¡No, aquí queremos meditar! ¡Queremos todo el pastel! Eso sí, sin renunciar a nuestro estilo de vida.

Este es el primer desajuste, un conjunto de prácticas de cultivo de la mente de una gran complejidad se ofrecen por primera vez al público en general. Es algo así como la popularización de la ascensión al Monte Everest. Y ya conocemos el resultado.

 

Posibles efectos adversos de la meditación

Hay que reconocer que resulta difícil detectar los efectos contraproducentes de la práctica meditativa, puesto que las personas que sienten que meditar no les funciona tienden a no expresarlo. Puede que en muchos casos piense que es ella o él quien no lo hacen bien, que es “culpa” suya o que se debe a un problema personal.

En una ocasión, al salir a la calle después de una sesión de uno de mis cursos, una participante sufrió un ataque de ansiedad y fue hospitalizada de urgencia. Por suerte volvió a la siguiente sesión y me lo contó ella misma, de lo contrario nunca lo habría sabido. Al final del curso mostraba una sonrisa de satisfacción por su evolución positiva.

En un curso en el contexto profesional, en el transcurso de un ejercicio de relajación profunda otra participante abandonó la sala y pidió ser atendida por personal sanitario que se encontraba en las instalaciones. Le detectaron un episodio de hipertensión y le aconsejaron ir a casa a descansar.

En otra ocasión, en el transcurso de un retiro en el que participaba como alumno, en una sala repleta con más de cien personas meditando en la penumbra antes del amanecer, de repente un extraño sonido rompió el silencio. Una mujer había sufrido un desmayo y al caerle la cabeza hacia atrás se estaba ahogando. Finalmente cayó al suelo y rápidamente varios médicos presentes en el grupo acudieron a atenderla. Ella misma me contó que solía tener problemas de hipotensión.

Todos estos casos son muy poco frecuentes, al menos los que se visibilizan, pero son suficientemente importantes como para recibir la atención debida.

En un segundo grupo, podríamos encontrar síntomas más leves pero que impactan a los participantes con una cierta mayor frecuencia. Estos pueden ser la aparición inesperada de un dolor abdominal, el aumento de un dolor cervical o insomnio 

Finalmente, en un tercer grupo, podríamos encontrar los efectos más leves pero de una incidencia más común: cambios de humor, irritabilidad o apatía.

 

El efecto “backdraft”

Así pues, la pregunta es: ¿por qué a veces la meditación produce el efecto opuesto al esperado? Yo lo llamo efecto «rebote», aunque se suele traducir como «contracorriente», pero su nombre original es «backdraft». Este concepto fue acuñado por los profesores de psicología Christopher Germer (Universidad de Harvard) y Kristin Neff (Universidad de Texas), dos de los mayores especialistas en mindfulness y los creadores del programa Mindful Self-Compassion.

En efecto, el backdraft o “explosión de humo” describe la imagen bien conocida, por fortuna para la mayoría de nosotros solo en el cine, en la que en un incendio al abrir una puerta o una ventana la entrada repentina de oxígeno produce una violenta explosión.

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Los bomberos conocen muy bien los riesgos del efecto backdraft o «explosión de humo».

En la meditación, nuestras experiencias de dolor y sufrimiento son el fuego. De hecho, ya el Buddha utilizaba la imagen del fuego para representar el concepto de dukkha, toda forma de insatisfacción o infelicidad.

«¡Monjes, todo está en llamas! ¿Qué es lo que está en llamas? La visión está en llamas, los objetos visibles están en llamas y la conciencia visual está en llamas.»

(Buddha, Enseñanza del fuego, Adittapariyaya Sutta, SN 35:28)

No olvidemos que el concepto de nirvana significa precisamente «extinción», extinción de este mismo fuego. Pero volvamos al backdraft. Nuestro dolor físico o emocional es el fuego que nos consume y que intentamos por todos los medios no sentir o, al menos, tener bajo control. Por lo que ese fuego se encuentra en una habitación cerrada a cal y canto, sin apenas oxígeno. Es en este escenario en el que aparece el bombero que busca extinguir el fuego, es decir la meditación.

Toda forma de dolor es percibida como una amenaza. De hecho esa es la función adaptativa del dolor, ser una señal nocioceptiva, el aviso de un posible daño. Como tal, desencadena en la persona la primera fase del estrés, la «fase de alarma». Es decir que activa una reacción de evitación del peligro o la amenaza mediante la huída o la parálisis, que se manifiesta con tensión muscular, sentimiento de miedo y pensamientos de preocupación.

Pero qué sucede cuando es la propia reacción natural de estrés la que se percibe como un peligro o una amenaza. Qué sucede cuando ya no es la infección gastrointestinal la que mi organismo percibe como una amenaza, sino que ahora es el propio dolor estomacal que me avisa de ello el que empieza a preocuparme y veo como peligroso. ¿Tendré una úlcera? ¿Será grave? Pues que reactivamos nuestra respuesta de estrés y el dolor primario se ve incrementado con un nuevo dolor creado por nosotros o dolor secundario. Se trata precisamente de la distinción entre dolor (inevitable parte de la vida) y sufrimiento (evitable puesto que lo causa nuestra resistencia al dolor primario). Este fenómeno se conoce como ciclo reactivo del estrés, donde es el propio estrés el que nos estresa.

Esta es la ecuación formulada por Germer y Neff:

DOLOR X RESISTENCIA = SUFRIMIENTO

Que matizan de este modo:

EMOCIONES DIFÍCILES X RESITENCIA = EMOCIONES DESTRUCTIVAS

Los psicólogos han investigado mucho sobre la capacidad de suprimir de manera consciente los pensamientos y las emociones no deseados. Sus conclusiones son claras: no tenemos esa capacidad. Paradójicamente, cualquier intento de suprimir conscientemente los pensamientos y las emociones no deseados hace que estos se intensifiquen.

(Kristin Neff, 2012. Sé amable contigo mismo. El arte de la compasión hacia uno mismo. Barcelona: Oniro, pp. 130)

Y es que, a pesar de la complejidad de las técnicas de meditación, a nivel del Sistema Nervioso Autónomo básicamente lo que hacemos es activar su rama parasimpática, es decir que nos inducimos una «respuesta de relajación», como ya llamaba a la misma meditación el cardiólogo Herbert Benson (véase La revolución del mindfulness – 1ª parte: más allá de la meditación).

Esta relajación desactiva la respuesta de estrés y, por lo tanto, nuestras reacciones evitativas ante la percepción de peligro o amenaza. Cierto, pero ello supone que a nivel psicológico se debiliten nuestras resistencias o mecanismos de defensa ante el dolor, lo que puede hacer que, en el menor de los casos, nos sobrevengan pensamientos sobre una dificultad por la que estemos atravesando en nuestra vida actual (y que intentamos olvidar con todo tipo de distracciones), o que incluso puedan aflorar recuerdos de una experiencia traumática (disociada de nuestra memoria largo tiempo atrás).

Pero la meditación mindfulness no es una mera relajación, sino que partiendo de este estado de atención receptiva y sin esfuezo, intencionadamente prestaremos atención a las experiencias que se presenten momento a momento. Es aquí donde, debido al propio ejercicio de relajación y atención consciente, de repente la persona se puede hallar atrapada en un espiral en el que cuanto más huye del dolor más se adentra en el mismo. Esto es el efecto backdraft o explosión de humo.

Kristin Neff lo define así:

«Las personas acostumbradas a la autocrítica constante, a menudo sufren un estallido de ira y emociones negativas intensas cuando intentan adoptar por primera vez un enfoque más amable y cariñoso consigo mismas. Es como si su concepción del yo estuviera tan cargada de un sentimiento de inadecuación, que este «yo menospreciable» luchara por sobrevivir cuando se siente amenazado. Por supuesto, el modo de tratar con el backdraft consiste en aceptar conscientemente la experiencia y sentir compasión por lo difícil que resulta experimentar una negatividad tan intensa.»

(Kristin Neff, 2012: 144-145)

En esta conferencia TED, Kristin Neff explica la diferencia entre autoestima y autocompasión. Cómo el foco exclusivamente en los aspectos positivos de la autoestima puede convertirse en un fuerte estresor de nuestro tiempo. 

 

La autocompasión

Llegamos pues al corazón de la meditación mindfulness: la práctica de la compasión. En nuestra cultura el concepto de compasión a veces puede entenderse de forma negativa. En efecto la etimología del término significa «sufrir junto con», si tu sufres yo sufriré contigo. Per en el mindfulness compasión tiene un sentido muy distinto.

En el budismo la compasión es la intención de querer aliviar el sufrimiento de otra persona. Por lo tanto, cuando esta motivación se dirige a uno mismo hablamos de autocompasión: desear aliviar nuestro sufrimiento.

Para ello, una vez hemos traído de vuelta la atención errática al momento presente, acogemos con amabilidad cualquier experiencia difícil que pueda surgir. Con una sonrisa interior de ternura (el «yoga de la boca» como lo llama Thich Nhat Hanh), con una mirada afectuosa, estamos atentos pero no de forma neutra, sino con una atención amable y bondadosa. Podemos, por ejemplo, impregnar todo nuestro cuerpo de una claridad cálida, la claridad de nuestra atención a las sensaciones del cuerpo. Como si este se llenase de agua clara desde una fuente interna. Podemos abrazar a nuestro dolor como si de un bebé se tratara, con delicadeza y ternura.

La ira es como un niño pequeño que llora por su madre. Cuando el niño llora, la madre lo abraza amablemente entre sus brazos y lo escucha con atención para ver lo que está mal (…) No tenemos que rechazar nuestra ira. Es una parte de nosotros que, como el bebé, necesita nuestro amor y nuestra escucha profunda.

(Thich Nhat Hanh, 2013. Felicidad. Prácticas esenciales de mindfulness. Editorial Kairós: Barcelona, p. 130)

Así, desactivamos también la respuesta de estrés de «lucha, huída o parálisis», pero también activamos el sistema de confortamiento, satisfacción y seguridadPaul Gilbert, profesor de psicología en la Universidad de Derby y creador de la Terapia centrada en la compasión, describe este sistema como la principal red neuronal de regulación emocional (véase Paul Gilbert, 2015. Terapia centrada en la compasión. Características distintivas. Bilbao: Desclée de Brower.).

Además, con la práctica de la compasión también fortalecemos nuestros vínculos de apego seguro, tal y como estudia Javier García Campayo, profesor de psicología en la Universidad de Zaragoza y creador de la Terapia de compasión basada en los estilos de apego (véase Javier García Campayo y Marcelo Demarzo, 2015. Mindfulness y compasión. La nueva revolución. Barcelona: Singlantana). En efecto, desde la perspectiva de los estilos de apego la práctica de la compasión desarrolla también la capacidad innata en los mamíferos de vincularnos y establecer un vínculo de apego seguro con nuestras crías, incluso cuando estas experimentan dolor. De allí la posibilidad de establecer ese mismo apego a nivel interno.

En resumen, al meditar no fijes la atención solo en la respiración, las sensaciones corporales, los sonidos, los pensamientos o la propia atención, observa también si aflora alguna incomodidad o malestar y, entonces, date cuenta de qué te dices o cómo te sientes. Me estoy hablando desde la exigencia, la culpa, la crítica. Me estoy enfadando, asustando, frustrando. Y entonces, abre el foco de tu atención y abraza de un modo afectuoso estas voces y sentimientos tal como son, sin juzgarlos ni intentar evitarlos. Como si fuera tu propio bebé, asustado, con dolor de barriga, con un berrinche. Abrázalo con el corazón, con todo tu amor. Y mécelo con el vaivén de tu respiración.

Finalmente, como afirman Neff y Germer: «No nos damos autocompasión para disminuir el sufrimiento, sino porque estamos sufriendo.» El mindfulness promete la felicidad, sí, pero una felicidad que incluye el sufrimiento, que lo abraza. El mindfulness es el cultivo de una atención que atiende el sufrimiento natural de estar vivos. Aportando sentimientos positivos de calidez y ternura a los sentimientos difíciles y dolorosos. Desarrollando el equilibrio emocional, una relación más equilibrada con las emociones difíciles.

Quizás no se trate tanto de extinguir «literalmente» el sufrimiento, sino de no prender más el fuego. Quizás podamos aprender a amar el sufrimiento, a amar en el sufrimiento.

 

El ser esencial: Más allá de la razón y la creencias

 

TEISHÔ 7 –  TEISHÔ 6TEISHÔ 5TEISHÔ 4TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

Observar el desarrollo de la física, desde Newton hasta hoy, equivale a observar los límites de la ciencia. El célebre físico Stephen Hawking ha expresado varias veces que no cree en nada parecido a un dios personal. Lo cierto es que su noción de un universo sin fronteras, es decir, sin comienzo y sin final, previsto por la todavía incipiente “teoría matemática del todo”, no contempla la posibilidad de un creador. No obstante el profesor de Cambridge, piensa que cuando la teoría del todo se desarrolle, se descubrirá si el universo tiene un significado, se aclarará el por qué de la creación, y cuál es la misión del ser humano en el mundo.

ser esencial

El encomiable esfuerzo de la Física Teórica en los últimos cien años ha llevado a los científicos a plantearse preguntas cuyas respuestas, ya por definición, escapan al marco estricto de la ciencia matemática. Así lo ve Peter Coles, profesor de Astrofísica de la Universidad de Nottingham, y estudioso del origen de las galaxias, quién, con ocasión de las afirmaciones de Hawking, se plantea si la naturaleza es realmente matemática ¿No serán –señala- las normas que diseñamos solamente una especie de taquigrafía que nos permite describir el universo con el menor número de páginas posible? ¿Es la física simplemente un mapa, o es el territorio en sí? También está otra cuestión importante relacionada con las leyes de la física, y vinculada con el inicio mismo del espacio y del tiempo. En algunas versiones de la cosmología cuántica, por ejemplo, se debe postular, como una especie de neoplatonismo, la existencia de leyes físicas que existen, por decirlo así, antes del universo físico que se supone que deben describir.

Además- añade el citado profesor-, los avances en lógica matemática han levantado dudas sobre la posibilidad de que una teoría basada en cálculos matemáticos sea totalmente coherente. En tal sentido, el lógico Kurt Gödel ha demostrado un teorema, conocido como “teorema de la incompletitud”, que demuestra que cualquier teoría matemática siempre contendrá aspectos que no pueden demostrarse en esa misma teoría. (cita recogida de “Hawking y la mente de Dios” de Peter Colles, Gedisa. Barcelona, 2004).

La ciencia, en su vertiente metodológica clásica, persigue extrapolar leyes y teorías desde el manejo y la contrastación empírica de los hechos objetivos. En el ejercicio del za-Zen la experimentación se torna en experiencia, no menos contrastable, pero tratándose de una experiencia vivenciada, interior, no “interna”, sino íntima, y, sobre todo, inmediata, o in-mediata. Desde ahí es desde donde podemos aproximarnos al término “Ser Esencial”.

 

Ser esencial

Los científicos, predominantemente psicólogos y psiquiatras, al considerar que ese término parte de un misticismo oscuro, ellos mismos se excluyen de la posibilidad de acceder a esa experiencia inmediata, ya que han caído en esa mistificación de la razón que sólo reconoce como verdadero el fenómeno o evento que entiende directamente y que domina desde el control de las variables externas; una actitud racionalista que llevó a Ortega y Gasset a decir que “cualquier teología me parece transmitirnos mucha más cantidad de Dios, más atisbos y nociones de la divinidad que todos los éxtasis juntos de todos los místicos juntos”. Versión bien distinta a la que de lo místico tiene Wittgenstein, quien señala que “aquello de lo que no se puede hablar hay que silenciarlo”.

Es precisamente desde la renovada valoración de los milenarios ejercicio del silencio, como estamos hoy en camino de superar esas barreras, para tomar muy en serio “qué ocurre” en esos determinados momentos, que nos des-velan la fuerza liberadora y transformadora de nuestra verdadera naturaleza esencial. No considerar el peso de la individualidad, y lo que, fuera del discurso intersubjetivo, se puede experimentar, es lo que hace enfermar a las colectividades, convirtiendo en neurótica al 76% de nuestra civilización que vive de espaldas a las demandas más humanas de la naturaleza del ser humano.

En el ejercicio de la sentada en silencio del Za-Zen, ya lo hemos dicho, nos encontramos con la oportunidad de ponernos en contacto con nuestra verdadera naturaleza, con nuestro Ser Esencial; es decir, con nuestro núcleo oculto, transpersonal, e incondicionado. La pregunta que aquí surge es ¿de dónde proviene ese conocimiento esencial que se sitúa más allá de la experiencia ordinaria de los objetos? Porque ¿no resulta, acaso, una arrogancia hablar del Absoluto o de lo sobrenatural vivido en el interior de nuestra interioridad? ¿No se trata de un conocimiento referente a la fe religiosa, a la teología, o a la especulación filosófico-racional? ¿O, no será también un autoengaño, un opio social, cuando no un mecanismo de evasión autoinoculado para evadirnos de la angustia? Nada de eso: Ser esencial, como experiencia, es un derecho de nacimiento, ajeno a cualquier religión o corriente metafísica, al que puede acceder todo ser humano. Hablamos de Ser Esencial en virtud de experiencias acumuladas, y contrastables, a lo largo de la historia de la humanidad. Aunque los occidentales, obnubilados por el predominio del discurso racional, lo hayamos olvidado:

“El concepto de Ser Esencial -Dice Dürckheim- descansa sobre la base de un conjunto coincidente de experiencias de fenómenos y situaciones extraordinarias desde el punto de vista cualitativo. De las extraordinarias fuerzas que liberan, así como de las transformaciones que pueden suscitar, se desprenden que estas experiencias no son producto de meras fantasías, sino que tienen lugar en el marco de una realidad extraordinaria.»

Dürckheim, se refiere a ese fenómeno que Maslow llamó “experiencias cumbre”, a esos momentos estelares propios de otra dimensión ajena al pensamiento ordinario, y que suelen frecuentemente acontecer cuando hemos llegado al límite tanto nuestras fuerzas físicas naturales como de nuestra capacidad de entender y comprender. Una extraña fuerza que no sólo nos anima, sino que nos eleva más allá del desamparo existencial, de los sinsabores o contrasentidos y de la absurdidad, que ilumina nuestra mente, para ver con claridad más allá de las anteojeras sociales, y haciéndonos presentes a un orden del que participamos aun sin comprenderlo totalmente. Se trata de una inteligencia lúcida, ajena a cualquier fe o creencia externa. Se trata de una experiencia contundente, real, que no engaña, y que, de modo imprevisto, puede acceder en los momentos de mayor hundimiento. Entonces nos sentimos acogidos, rescatados del aislamiento y avisados de nuestra pertenencia a un Todo.

Puedo afirmar que lo que en esos momentos aparece se trata de una energía, que nos eleva sobre nuestras fuerzas ordinarias; una fuerza que nos faculta para poder soportar lo insoportable, o de afrontar peligros inquietantes, como el de mirar a la muerte cara a cara. Miles de personas, muchas de ellas en estados límite, han accedido y siguen accediendo a esas experiencias. Lo que ocurre es que nos han programado la conciencia para no tomar en serio nuestra propia liberación.

En el Za-Zen, procuramos afinar el instrumento de nuestra mente y nuestro cuerpo para que tales experiencias no sólo sean un hecho extraordinario sino el acceso transformante de todo nuestro ser hacia una nueva visión, a una nueva conciencia más allá del pensamiento unidimensional. A nuestra naturaleza verdadera. Eso es el Ser Esencial que se ofrece aquí y ahora. En el eterno presente.

  

EL ETERNO PRESENTE

 

Como un sol breve
que no se aferra al aire,
el eterno presente tiene alas
de una blanca mariposa inmóvil.

La frágil fortaleza del instante,
expande su insistencia estremecida
como una claridad que nos ocupa,
como una conciencia desbordada
que no tiene cabida en los sentidos.

 

 

Por eso, en el Za-Zen insistimos siempre en el hecho de si en alguna parte puede hallarse la vida, esa parte es el momento presente, el instante. El nos conduce a nuestro centro, a ese punto central de la conciencia donde yo soy lo que más soy.

 

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Sweet Ice Cream Photography

ZEN: Ser y cuerpo

 

TEISHÔ 4 – TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

 

El Buda, la cabeza de Dios, reside tan cómodamente

En los circuitos de un ordenador digital o en los engranajes

de transmisión cíclica como en la cumbre

de una montaña o los pétalos de una flor.

Pensar de otro modo es degradar al Buda; o, lo que es lo mismo,

Degradarse a sí mismo.

 

Eso que llamamos vida, se muestra ante nuestros sentidos como un flujo irresistible de formas cambiantes. Nuestras propias formas corporales, reflejan la fluida dialéctica entre la permanencia y la impermanencia. Y ello hasta tal punto, que los biólogos constatan de qué manera nuestro cuerpo, con la totalidad de sus células, es capaz de tornarse en «otro» cuerpo en un reducido tiempo. Cuando hacemos la pregunta ¿dónde localiza usted su Yo?, nos miran con extrañeza. Tan sólo la insistencia de la pregunta forzará, quizá, una vacilante respuesta: «en la cabeza»…. «en el corazón»…. «en el estómago…» Es regla común que tendamos a dar supremacía a una zona que conocemos, mientras huimos inconscientemente del lugar en que nos sentimos marionetas de las fuerzas que no controlamos. Nos inclinamos a sobrevalorar el espíritu racional sobre lo natural no racional, y tememos perder la «forma» del pensamiento convencional, encarnada en nuestro personaje social. Toda manifestación de la vida discurre a través de dos movimientos opuestos: el impulso hacia el desarrollo de nuestro personaje-personalidad individual, y, de otro lado, el empuje hacia la pérdida de su «forma» para fundirse en la unidad del gran Todo. Dos movimientos reveladores de los dos tipos del sufrimiento humano y que es nuestra tarea lograr armonizar, ya que lo que se opone a este doble movimiento engendra sufrimiento en el corazón del hombre.

 

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Si es cierto que «ser normal» consiste en seguir las leyes naturales, lo natural sería entonces no resistirnos al curso de ese movimiento de nacer, crecer y entrar en el gran Todo: morir-re-nacer-cumplirnos plenamente en una nueva forma. Pero suele ocurrir que optemos por estancarnos. Tememos a las nuevas formas posibles y nos aferramos al personaje conocido, reprimiendo así la fluidez del cuerpo como pastor del Ser, capaz de revestirse en diversas formas temporales. El cuerpo en tanto que recipiente- receptáculo del ser; el cuerpo que se es, el cuerpo, des-vestido y re-vestido de provisionales formas mientras alcanza la. Forma inmutable.

El sufrimiento humano procede del estancamiento que le aparta de su doble origen, siendo tan antinatural reducir al silencio las formas «demoniacas» de la tierra que intentan emerger a la conciencia, como rehuir la formas emergentes del espíritu. Una y otra represión alejan al ser humano de su verdadera patria.

La fuerza natural que proviene de las formas del yo, preocupado por saber, tener y poder, es una fuerza paradójica: siendo necesaria para la vida; se vuelve molesta, sin embargo, cuando nos identificamos con ella reprimiendo la fuerza emergente que nace de nuestra naturaleza real, la que alcanza su sentido en la Unidad universal de la Vida; de ahí que la fuerza identificatoria con el ego sea una fuerza deformante en la medida en que nos separa y distrae de nuestras verdaderas raíces. Así, en esa identificación con el yo mental, se gesta el sufrimiento. Veamos lo que a este especto recoge una vieja historia Zen:

 

Dos monjes, al ver flamear una bandera

en el viento, comenzaron a discutir.

Uno dijo: “La bandera se mueve”.

El otro sostuvo: “No, es el viento el que se mueve”.

Y así siguieron sin ponerse de acuerdo.

Hui-Neng, el Sexto Patriarca, se acercó a ellos y dijo:

“No es la bandera la que se mueve.

No es el viento el que se mueve.

Es la mente de ambos la que se mueve.

 

En el Za-Zen tenemos la oportunidad de contemplar las fuerzas que bullen dentro de nosotros mismos. Es curioso constatar cómo casi siempre comenzamos la sentada mediante una acto voluntarioso de sujetar la postura, controlar la respiración, dominar el dolor o el sueño, y vigilar la distracción. Sin embargo, cuando la meditación avanza, a la concentración suele sucederle la experiencia envolvente que nos libera del voluntarismo. Y fluye entonces espontáneamente la vivencia del ser que emerge de la profundidad. Ya no respiramos, sino que “alguien” nos respira, conectándonos con la esencia que está más allá del control de la voluntad individual, conectándonos con lo más íntimo de nuestra intimidad. En la práctica de la meditación suele aparecer esa doble fase.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Jairo Alzate

 

ZEN: Insistiendo en la respiración

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La respiración es el fundamento de la vida, anuncia el infinito devenir: la emergencia, la desaparición, y reaparición de nuestra forma a través de la hondura del Ser. Por eso, el ejercicio de la respiración puede, si se comprende y realiza bien bien, sustituir a la oración más profunda, siendo el órgano mediante el que podemos experimentar la trascendencia, el cuerpo que se es, en palabras de Dürckheim.

El ejercicio de la respiración, nos proporciona la posibilidad de ponernos en contacto con la tierra, simbolizada por el bajo vientre, el hara -el auténtico centro-, desde cuya plataforma podemos elevarnos transformados mediante ese continuo fluir de las formas que evolucionan hasta que ese cuerpo se halla en condiciones de manifestar el Ser. Para ello, el primer paso es la apertura, abriéndose más y más hasta sentirse Uno con la Vida. Esa apertura al centro vital del Hara, en la expiración, es la condición previa para que el ser humano se haga transparente, pues sólo quien ha conocido la importancia del hara es capaz de practicarlo responsablemente.

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Mediante el continuo ir y venir de su incansable fuelle, la respiración anuncia por sí misma algo que le es sustancial a la meditación: la acción transformadora que nos hace transparentes al Absoluto. Si somos conscientes de su fluir y del incesante movimiento de vaivén producido en las fases de espiración y inspiración, podremos percatarnos de esa disponibilidad o abandono confiado que la naturaleza persigue, y exige, para que pueda emerger el regalo de la permeabilidad al Ser que nos envuelve. Abandonarse a la trascendencia de “abajo”, para remontar a la de “arriba”.

Esto significa que en el proceso respiratorio se dé, en principio, un abandono sin resistencia; un dejarse llevar, hasta el fondo, a las mismas fuentes de la vida, para que, en un segundo momento, podamos permitir que la inspiración nos traiga el don de una nueva forma. El vaivén de la respiración es un proceso de apertura receptiva a la trasformación. La secuencia respiratoria, interiorizada en la meditación, des-vela la constante demanda del Ser, que, instante a instante, segundo a segundo, interpela nuestra conciencia para que ésta se abra hasta hacerse una con él.

Comenzamos respirando para, llegado un momento, poder constatar con toda nitidez que no respiramos, sino que más bien somos respirados en un soplo indescriptible, e impresionante, que no sólo nos roza, sino que barre por completo nuestras dudas sobre la certeza de esa presencia omniabarcante. Así, la respiración, vivida desde la meditación, culmina en sentirnos respirados por el aliento de una presencia que viene de otro lugar. Por eso la respiración consta de una primera etapa: el “descenso” o abandono en la confianza básica del Ser, que supone un morir a lo viejo; y un segundo momento, que es el devenir de una nueva forma abierta a la Unidad con el Ser.

Y, llegado ese momento ya no existe diferencia entre quien respira y la respiración, sino que más bien uno mismo se transforma en respiración. Entonces no existe centro ni periferia, no hay arriba ni abajo; porque la trascendencia, hecha respiración, ha reventado todos los límites posibles.

La razón de ser de nuestro cuerpo no es otra que la de ser testimonio del Ser, que aspira a realizar su forma en el ser humano. Por eso, en la sentada za-zen es preciso ver dos aspectos:

La posibilidad que se presenta de ABRIRME al Ser, que me interpela resonando en mi interior según la forma que me ha sido dada.

Consolidar ese estado de presencia fuera del ámbito del zendo, en la propia vida cotidiana, transparentándolo en la existencia.

 

En consecuencia, el ejercicio de la sentada persigue el surgimiento y afinamiento constante de la forma que le es propia a nuestro cuerpo hecho respiración, para que por medio de él se perciba con certeza la voz del Ser que nos envuelve. No se trata, pues, de un voluntarismo obsesivo, o de una tenacidad egocéntrica impulsada por el afán de logro, sino, llana y sencillamente, se trata de prestar una cuidadosa atención a esa experiencia radical que nos transciende, y que, interpelándonos a cada instante, aspira a expresarse, a tomar cuerpo, echando sus raíces en la vida cotidiana.

La experiencia nos señala que conforme tratamos de elevarnos, igualmente debemos anclarnos en la tierra, porque el camino de la transformación espiritual no es tal sino en la misma medida en que abarca la transformación del propio cuerpo.

 

En resumen:  

Al vaivén acompasado de la respiración, el cuerpo y la mente van soltando, de modo imperceptible, el lastre de sus límites, mientras las iniciales fronteras se ensanchan más y más al ritmo de los latidos del corazón de fuego del Ser que las expande. Hasta quedar derretidas en su luz.

El ejercicio del Za-Zen se inicia en la respiración y, llegado un instante, el Gran Silencio acaba “respirando” al propio meditador, para luego ambos fundirse en el aliento de la Vida. Surge entonces una inusitada Fuerza que puede con la muerte. Y así desaparece el miedo. Y así se tornan ilusorias las fronteras. Y así todo se convierte en Uno, y uno en Todo. Entonces, todo se vuelve transparente en la amorosa danza de la Unidad que nos habita. Y esa vivencia transforma la mente y cuerpo . Y todo lo que es, se presenta muy claro, enormemente claro…..

En el Za-zen no existe objeto, no se persigue nada; ni siquiera la iluminación, porque el propio Zazen es la iluminación.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)

La revolución del mindfulness – 1ª parte: más allá de la meditación.

El mindfulness está de moda. Desde que en los años 60 empezaran a ser populares en Occidente distintas formas de meditación, primero la meditación transcendental, hoy una marca registrada y en su origen una técnica de meditación desarrollada por un maestro indio a quien los Beatles o los Beach Boys, entre otras celebridades, consideraban su gurú, Maharishi Mahesh Yogi; pero posteriormente también distintas formas de meditación budistas, como la meditación Zen, Vipassana o tibetana, ahora, más allá de la meditación llega el mindfulness.

Choegyal Rinpoche (b. 1946) març 2005

Aunque para nosotros el mindfulness sea una moda, debemos ser conscientes que en Asia lleva 2.500 años de moda. Como explicó en su reciente visita a España el biólogo norteamericano Jon Kabat-Zinn, creador en 1979 del programa de Reducción del estrés basado en mindfulness (MBSR en sus siglas en inglés) que ha popularizado el mindfulness en Occidente: «el mindfulness es una forma de llevar aquellos aspectos más universales del budismo a Occidente.« Podríamos decir entonces que el mindfulness es una moda, sí, pero una moda milenaria.

 

La llegada del budismo a Occidente

En efecto, el popular psicólogo norteamericano Daniel Goleman relata en su «Prólogo» a Nuestra salud innata que en 1975 en un restaurante de Cambridge (Massachussets), el lama tibetano Chögyam Trungpa Rinpoché (autor del mencionado libro), quien venía de instalarse en los EE.UU. después de haber fundado el primer monasterio budista tibetano en Europa, donde por ejemplo acudirían figuras como David Bowie, se inclinó sobre la mesa con un gesto de complicidad y mientras le miraba fijamente a los ojos le dijo con rotundidad: «El budismo vendrá a Occidente como una psicología.»

Cuarenta años después, esta suerte de «profecía» no deja de ser sorprendente puesto que aunque quizás Trungpa Rinpoché no sabía qué nombre adoptaría esta forma de psicología budista, ¡el hecho es que ya está aquí! Es, como titulaba el 23 de enero de 2014 la revista Time: «The Mindful Revolution». Es la última revolución, la «revolución del mindfulness».

Time Magazine Mindful Revolution

A menudo pensamos en las revoluciones como algo por venir, en el futuro, o como hechos que sucedieron, en el pasado. Además solemos pensar en una revolución como un suceso de enormes proporciones, grandioso. Sin embargo la revolución del mindfulness no es así.

Te has preguntado alguna vez, ¿quién eres? O, ¿qué haces en el mundo? Incluso, ¿qué posees en realidad? O ¿dónde está la conciencia? Por favor, te invito a que te pongas estas preguntas por un instante. ¿Quién soy? ¿Qué hago en el mundo? ¿Qué tengo en realidad? ¿Dónde está la conciencia? Observa, ahora mismo no tienes ni idea de cuál es la respuesta. Todavía no lo sabes pero aquí radica la cuestión.

Lo que sí sabes es quién fuiste en el pasado, tienes una vívida imagen de tus recuerdos. También sabes quién te gustaría ser o, quizás, quién no te gustaría ser. Del mismo modo puedes recordar qué hiciste en el pasado o lo que te gustaría hacer en el futuro, qué tuviste o qué te gustaría tener. Y ahora ya sabes donde está la conciencia, recordando el pasado e imaginando el futuro. Es natural, los neurocientíficos lo llaman la Red Neuronal por Defecto (DMN en sus siglas en inglés), es el modo de funcionamiento automático de tu cerebro que te lleva a estar constantemente rumiando en el pasado y el futuro.

 

El momento presente

Pero todo cuanto forma parte del pasado ya no está y todo lo relativo al futuro aún está por venir, por lo que lo único que hay está en el momento presente, todo cuanto tienes está en el momento presente, incluso cuando tu mente recuerda o imagina sigue estando en el momento presente. El momento presente es todo lo que hay, por lo que si no estamos atentos a cada pequeño momento perdemos todo cuanto hay, ¡lo perdemos todo! El momento presente es todo cuanto eres, todo cuanto tienes, todo cuanto haces, donde siempre están tu cuerpo y tu mente.

Sin embargo al atender el momento presente, al desactivar el piloto automático, quizás te decepciones. Quizás lo que encuentres no encaje con tus expectativas, es decir con lo que habías pensado. Quizás esperabas encontrar algo especial, algo distinto, sublime o grandioso, aunque eso solo fue algo que imaginaste en el pasado. Sin embargo, estar atento al momento presente, a cada pequeño momento, ¡lo es todo! ¡Es todo cuánto eres! ¡Todo cuánto tienes! ¡Todo cuanto haces en el mundo! ¡Allí donde siempre estás! Qué podría haber más maravilloso. Ésta es la revolución de la conciencia, traerla de vuelta al momento presente. Esto es el mindfulness, estar atento al momento presente. Estar atento momento a momento. Estar atento a quién eres en este momento, qué estás experimentando, qué estás haciendo, dónde estás. Como dice el maestro Zen vietnamita Thich Nhat Hanh en El milagro del mindfulness«es el milagro que puede traer de vuelta en un instante la mente dispersa y devolverla a la plenitud para que podamos vivir cada minuto de vida.»

Pero no te agotes intentando estar atento en todo momento, para estar atento no hay que hacer nada, la atención no puede fabricarse, simplemente ya está presente sin esfuerzo, puesto que es una cualidad innata de la mente. Sólo tienes que recordar que ya está aquí, en todo momento.

mingyur rinpoche (b. 1975) 2002

 

 

Mindfulness

Mindfulness en este sentido no significa ‘atención plena’, no hay nada que llenar. Si no estás plenamente atento simplemente es que no estás atento. Quizás alguien en algún momento pensó que la palabra inglesa mindfulness se compone de mind (mente) i fullnesss (plenitud), pero en realidad se forma a partir de mindful y nessTo be mindful en inglés significa ‘tener presente’, ‘tener en cuenta’, ‘ser consciente’ o ‘estar atento’. El sufijo -ness sólo substantiviza la expresión: mindfulness es ‘la presencia’, ‘la consciencia’ o ‘la atención’.

Pero la palabra mindfulness a su vez es la traducción inglesa de sati, un término en lengua pali, la lengua literaria con la que se han transmitido las enseñanzas del Buddha, en un origen orales, en el Sudeste Asiático. En otras lenguas en las que se tradujeron las enseñanzas budistas, mindfulness en sánscrito es smṛti (pronunciado «smriti»), en chino nian («nien») y en tibetano dran («dren»). Sati, o cualquier otra variante, literalmente significa «recordar», «memoria» o «atención», y en el contexto del budismo hace referencia al cultivo de la atención correcta (sammā sati), el séptimo componente del Camino Óctuple de los nobles (ariyo aṭṭhaṅgiko maggo), el sendero budista.

En efecto, podemos ver la relación entre la atención y la memoria si observamos que cuando no recordamos algo es porque no estábamos atentos. Como explica el monje theravada Anālayo en SatipatthanaThe Direct Path to Realization«El mindfulness es recordar el momento que tan a menudo olvidamos, el momento presente.« Mindfulness significa recordar el momento presente, sentido que todavía preserva en inglés la palabra record que significa «grabar», «registrar». Por lo que la atención al momento presente, significa apretar el botón rojo de REC, desactivar el modo TV (la red neural por defecto, el reality siempre de cháchara) y activar el modo vídeo, darse cuenta de lo que estás sintiendo en este momento, abrir la atención y vivir tu vida en directo, no desde tus rumiaciones. Puedes hacerlo ahora mismo, no tienes que cambiar de postura ni dejar de hacer lo que estabas haciendo. No hace falta que alcances profundos estados de absorción meditativa, ni que te retires a una cueva en el Himalaya.

matthieu ricard (b. 1946) juny 2002

Pero este recordar el momento presente tampoco significa pensar en el momento presente, mindfulness es una atención preconceptual, prelingüística. En la jerga del mindfulness, ‘sin juzgar’. En efecto, incluso en su etimología latina, la palabra recordar (re + corcordis) significa «regresar al corazón», por lo que se trata de estar atento a lo que estás sintiendo, a lo que estás experimentando, que sólo sucede en el momento presente. Recuerda que para la mayoría de culturas asiáticas la mente se encuentra en el corazón y que en chino ambas palabras se llaman igual: shin. Recuerda también que hoy la neurociencia ha descubierto que alrededor del corazón existe una red de 40.000 neuronas conocida como cerebro cardíaco. En el lenguaje popular siempre lo supimos, es lo que llamamos escuchar la intuición: «tengo una corazonada…»

 

Integrar cuerpo y mente

Así pues, la práctica del mindfulness consiste en integrar mente y cuerpo, en llevar la atención a lo que estás experimentando momento a momento a través del cuerpo. Pero el cultivo de la atención en el mindfulness no es un mero ejercicio cognitivo o atencional, es una práctica psicosomática, objeto de estudio por parte de la medicina llamada mente-cuerpo y que ha dado lugar a la aparición de nuevos campos interdisciplinarios de investigación científica sobre la mente, la naturaleza de las experiencias y el cultivo de la salud, como la neurociencia contemplativa, cuyo principal exponente es el psicólogo Richard Davidson (alumno de Goleman, entre otros) o la neurobiología interpersonal (IPNB en sus siglas en inglés), formulada por el psiquiatra Daniel Siegel.

Ésta es la revolución del mindfulness. Sucede ahora, está presente en las pequeñas cosas, puede practicarse haciendo cualquier actividad, promueve la salud física y mental a un nivel interpersonal y ha generado una nueva disciplina científica. Es decir, el mindfulness es meditación y no lo es, es meditación y post-meditación, es meditación formal e informal. El mindfulness va más allá de la meditación y se ha convertido en una práctica coadyuvante, literalmente que «contribuye a ayudar», potencialmente en todas las esferas de la vida humana. Estar atento o no es la clave de la transformación.

Ésta, sin embargo, es solo la primera parte, el mindfulness no solo consiste en el cultivo de la atención. En efecto, como dice el Buddha: «Igual que el océano tiene un único sabor (ekarasa), el sabor de la sal, del mismo modo estas Enseñanzas tienen un único sabor, el sabor de la liberación.» Se refiere a la liberación del sufrimiento y ésta es la única finalidad de la práctica del mindfulness. Sin embargo veremos que el cultivo de la atención es solo un primer paso.

Próximamente: La revolución del mindfulness – 2ª parte: la sombra de la meditación.