Memoria de los Mundiales (II)

 

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria tapándome los ojos. Separar en cuatrienios lo que es una misma alfombra de tiempo.

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España. A las puertas de convertirme en extranjero. El extranjero, ser extranjero. Dejar Buenos Aires no fue fácil, vivía muy bien en pareja y estaba rodeado de amigos y familia. Tenía trabajo y amor. Era porteño, muy. Me sentía dentro de ese embutido salvaje, de esa ciudad de la furia. Andaba en sus calles, conocía los barrios. Paseaba de noche en un Ford Falcon con los cambios al volante. Fotografiaba casas antiguas, fachadas art decó y racionalistas. Los cines de la Avenida Corrientes. Pizza a las tres de la mañana. El enano que vendía números de la lotería. El tipo sin piernas que se arrastraba en un carrito y asustaba a los paseantes con sus gritos. Los travestis de Godoy Cruz. Las calles estrechas de Montserrat, los árboles de Palermo, los bares de Almagro, Balvanera y el Bajo. Después de una década de amistad, tenía muy claro que esa banda de amigos del colegio Salvador sería para siempre.

Antes del mundial, la AFA solicitó a la FIFA retirar la camiseta número 10, en honor a Maradona. Los argentinos empezamos a vivir en el recuerdo del pasado futbolero más que en el presente. A Corea llevamos un buen equipo, teníamos al mejor entrenador posible pero pasamos por la competición sin pena ni gloria. Los titulares de la prensa deportiva hablaron de Impotencia. En aquel momento no teníamos ni idea de cómo eso se volvería recurrente.

IMG-20160724-WA0018

2006

Vivir en el extranjero es reinventarse, quitarse la mochila de la identidad, borrón y cuenta nueva. Hay un período de gracia en el que esta fantasía es posible. Luego se cae en la cuenta de que no hay manera de escaparse de uno mismo. Cambian los paisajes, las calles, las costumbres. Uno sigue con sus fantasmas, almuerza con sus manías y cena con sus obsesiones. Los que no saben, piensan que la cultura española y la argentina se parecen mucho. No es cierto. Hablamos el mismo idioma pero con significados diferentes. Compartimos apellidos, historia colonial y algunas comidas. Nada más.

Madrid es ruidosa, canalla, hereje. “Tías en porretas; macarras mil; esto es la hostia; Sol de Madrid”, cantaba Miguel Abuelo. Empecé a vivir aquí cuando lo castizo resistía aún los embates del turismo masivo. El centro de la ciudad, una aldea. Lavapiés, Malasaña, Tribunal, las Vistillas, Noviciado, la calle del Pez. Noches interminables, resacas bestiales. Un tour de force por mil garitos durante el 2004. Porros a granel en el Parque del Retiro, al ritmo de las tumbadoras frente al lago. Entre el 2003 y el 2006 compartí pisos de alquiler con un mexicano, una brasileña, una chilena, una rumana, una suiza, un colombiano y un venezolano. Trabajaba en la universidad, hacía un doctorado y padecía a un director de tesis déspota y ciclotímico.

IMG_20160630_195734

Como en otros Mundiales, Argentina llevó a Alemania un equipo respetable. Nos tocó el grupo de la muerte con Holanda, Costa de Marfil y Serbia. Contra este último, ganamos seis a cero y nos convertimos en uno de los favoritos para ganar el torneo. Uno de los goles de esa tarde quedó para la historia por los 25 toques previos antes de que el balón besara la red, como dicen los poetas de la redonda. El partido decisivo fue contra los locales. El entrenador tomó una decisión polémica. Dejó en el banco de suplentes a Lionel Messi, futuro monarca del fulbo mundial, y apostó por Julio Cruz, un delantero espigado que había sido jardinero en sus pagos. Perdimos por penales. La final de la Copa fue el día antes de mi trigésimo cumpleaños. Había comprado ron, vodka y hielo suficiente como para poner ciego a un regimiento. Mi hermana y mi cuñado francés habían venido desde París para estar en el festejo. Fue una noche rara, muy calurosa. Teníamos todo preparado para brindar por el triunfo de Les Bleus hasta que Zinedine Zidane le dio un cabezazo a Materazzi y fue expulsado por aquel árbitro argentino cuyo nombre no recuerdo. Francia se vino abajo y ganaron los italianos. Años después, el defensor italiano confesó que había insultado a la hermana de Zizou. Picardía criolla.

Zidane

2010

Mi hija tenía tres años cuando veraneamos en unas playas nudistas de Almería. Final del Mundial, 11 de julio. Mi cumple, esta vez 34, fue en el Mediterráneo.  Entre dos Mundiales mi vida se había puesto patas para arriba, o mejor dicho, se estaba enderezando. Apareció una mujer, la MUJER. Noviazgo corto, febril, definitivo. Una pelirroja con aires a Isabelle Huppert, la boca de Fanny Ardant, porteña del barrio de Colegiales. En los madriles nos fuimos a encontrar. Como en el fútbol, también en la vida, el azar es la base de cosas importantes. Al principio sólo compartíamos la cama, pero yo para mis adentros, decía como Sal Paradise en On the road, “quiero casarme, quiero que mi alma repose junto a una buena mujer hasta que nos hagamos viejos. Esto no puede seguir así todo el tiempo. Este frenético deambular tiene que terminarse. Debemos llegar a algún sitio, encontrar algo”. Flipaba con eso. Me había cansado de que la única religión fuera el cuerpo de una mujer.

El embarazo nos pilló desprevenidos. Lo vivimos con temblor, organizando cosas prácticas, yendo al Ikea en autobús. Mudanza, cuna, bolso para el parto, nos íbamos conociendo un poquito más con la convivencia. En septiembre del 2007 nació la nena. Nada de lo que pueda decir condensa la experiencia. Creció el amor en mí, entre nosotros. Supongo que me volví más generoso, menos vanidoso. La manera en que me fui convirtiendo en padre continúa siendo un enigma. Tengo en claro algo, una cosa es ser progenitor y otra es ser padre. Yo no sé nada del oficio paterno pero se me saltan las lágrimas de emoción cuando la miro dormir, cuando recuerdo la primera vez que caminamos juntos de la mano o la luz de sus ojos mientras se toma un helado. Ser padre es asumir con todo el amor que puedas una responsabilidad grande. El que abandona no tiene premio. Los hijos vienen a hacer su vida y con ella nos regalan el privilegio de acompañarles. Hoy tengo la certeza de que la salud de mi hija es lo que más me importa en este mundo. Seguro que hay ideales mucho más trascendentales y causas morales más justificadas por su relevancia. No para mí.

El Mundial de Sudáfrica pasó a la historia por el Waka-Waka de Shakira, el Tiki-Taka de la Roja y el beso que el portero español le dio en vivo a una periodista deportiva. Luego resultó que era su novia y futura esposa. Por su parte, la cantante colombiana también iniciaría una relación amorosa con el central de la misma selección. Puro romanticismo en el aire. Como el del triunfo del juego de los locos bajitos. Tomala vos, dámela a mí y la pelota rodando sin cesar. El mago Iniesta, el ingeniero Xavi, un mediocampo legendario. Argentina había logrado reunir a las dos máximas estrellas de su fútbol: Diego Maradona como director de orquesta y Lionel Messi como primer violín. Con nuestra tendencia a la hipérbole, Dios Padre y Dios Hijo. Quedaba por ver en qué andaba el Espíritu Santo. La tarde en que perdimos 4-0 con Alemania, los argentinos nos volvimos ateos. El mito del eterno retorno maradoniano se derrumbó. Ya no podíamos recurrir a ÉL para que nos salve, para nos coloque nuevamente en lo más alto del fútbol competitivo. Nos habíamos quedado huérfanos del barrilete cósmico. El Diego de la Gente, el eterno 10, ya había cumplido con creces sus servicios a la patria futbolera. Había llegado el momento de descanso para el héroe. Del Espíritu Santo ninguna noticia. Al fútbol argentino “le había llegado la hora de enfrentar el mundo, los males, los empates, las pequeñas muertes peloteras sin la esperanza de la divinidad”. Eso dijo Martín Caparrós. No nos iba a resultar sencillo.

andres_iniesta

2014

Aquel año fui entrando en una crisis existencial profunda. Suena a rollo kafkiano, freudiano y tal, pero era una sensación bastante concreta. Todo lo que había hecho o conocido, visto, leído o pensado aparecía ante mí en su más absoluta vacuidad. Me sentía como un grano de arena sobre la superficie irremediable del asfalto. Cada mañana me despertaba con ansiedad, la cabeza disparada imaginando los sinsentidos más inútiles. Fumaba en el balcón, miraba series de TV compulsivamente. Los Soprano, tres veces. Breaking Bad. Californication, Friends. Las tazas se acumulaban en el fregadero. No es que disfrutara del sabor a café o de la sensación del humo colándose en los pulmones, apenas lo notaba, se trataba de hacerlo, seguir la rutina. Peleas constantes con mi mujer, conmigo mismo. Estuve unos meses largos de otoño e invierno desempleado, fantaseando con irme de Madrid, huir a Buenos Aires. Ya eran diez años fuera del país. Los suficientes como para ya no ser de aquí ni de allá. Una nueva rotura de los ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Las cosas fueron de mal en peor. A mi padre le diagnosticaron alzheimer y con mi hermana temíamos que mi madre terminase hundida cuidándole. ¿Qué coño es lo que había vuelto tan complicada a la vida?

Durante toda mi infancia y juventud me había esforzado por comprender, por cultivarme intelectualmente, ¿de qué servían Platón, Nietzsche o Schopenhauer?  Después de los 30 el tiempo había corrido más deprisa. Con 38, el tiempo ya no se encontraba con obstáculos, arrasaba con todo. Los días desaparecían a la velocidad de la pólvora. Antes de suspirar, llegarían los 40. Una puta mierda. ¿Qué quiero hacer?, ¿quién quiero ser?, ¿cómo quiero vivir?, ¿lo podré lograr?, ¿qué carajo hago?

Como cada cuatro años, el Mundial. Esta vez, para los argentinos, con el morbo añadido de que la sede fuera Brasil y entonces el sueño de ver a Messi levantando la copa en el Maracaná. El juego del equipo argentino frente a los bosnios, los iraníes y los nigerianos se destacó por la falta de rumbo. A la carencia de fútbol colectivo, la suplimos con el juego individual del 10 y las veces en que frotó la lámpara de Aladino. Desde que tenía 14 años, no había visto a la selección argentina clasificarse para las semifinales de un Mundial. Luego de un empate con Holanda, el arquero argentino atajó dos tiros en la tanda de penales y pasamos a la final. El rival otra vez Alemania, que venía de meterle siete goles al anfitrión Brasil, en una de las humillaciones más duras que sufrió un seleccionado sudamericano. Argentina tuvo oportunidades de vencer al combinado germano, pero al igual que 24 años antes caímos derrotados. La urgencia de gloria quedó pospuesta. Para la memoria futbolera quedaron tres hitos: la volea pifiada del Pipa Higuaín; la mala definición de Palacio por arriba del arquero alemán y la cara desencajada de Messi al ir a recoger la medalla por el segundo puesto.

Messi

 

Memoria de los Mundiales (I)

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria. La arbitrariedad de los cuatrienios en una misma alfombra de tiempo.

Vaya por delante que a mí siempre me ha gustado mucho el fútbol, por épocas me ha apasionado. Durante la pubertad, asistí a una escuela de fútbol dirigida por un ex jugador de Independiente y a partir de allí siempre con ganas de jugar. En la primera infancia, es cierto, el fútbol no me interesaba. Tampoco venía en el pack de la cultura familiar. Mi padre no estuvo nunca en un estadio, ni gritó un gol, jamás jugamos a los pases en la plaza. Ni nos sentábamos a mirar las mejores jugadas de la fecha.

A mi viejo lo que le gustaba era leer. Llama a la puerta la vieja cantinela del fútbol y los intelectuales. Muchos de ellos lo desprecian y no entienden la excitación que despierta en las masas. Otros prefieren catalogarlo como un fenómeno propio de la sociedad del entretenimiento. Para éstos, el Mundial de Fútbol no es más que un espectáculo regido por las leyes de la mercadotecnia. Otros más románticos lo han definido como la máquina más aceitada de ficciones y entre ellas la de que todo un país se encuentra unido, más allá de sus clases sociales o conflictos internos, en torno a su seleccionado nacional.

También hay filósofos, pensadores, escritores, pro fútbol. Éstos suelen ser los peores, los más políticamente correctos y demagogos. Se salvan de la quema, los que antes de escribir sobre fútbol, lo practicaron.

En este junio de 2018 estoy viviendo mi undécimo Campeonato de la Fifa. Para los más despistados, Fifa es la organización internacional que gestiona el fútbol a nivel planetario. Lo que allí ordena y manda es el dinero, no la pelota. Han salido a la conquista del Este y todo indica que van con viento en popa. El negocio es boyante.

Mundiales

1978

Dos años. No tengo recuerdos directos. El Mundial se hizo en Argentina. Había una dictadura maldita. El seleccionado argentino se hizo con el triunfo final ante Holanda en medio de sospechas de partidos amañados. Los festejos, dicen hoy los organismos de derechos humanos, se entremezclaron con los gritos de dolor de los torturados y con el silencio de los desaparecidos. El ídolo fue Kempes, el Matador. Según me ha contado mi mamá, yo era un niño tranquilo criado entre personas mayores. Faltaba un año para que naciera mi hermana. Una tarde, según testimonio materno, descubrí la agresión. Tuve que enfrentarme a la superioridad física de un primo bastante más fuerte. Caí derrotado sin paliativos. A finales de los 70 no se hablaba de bullying. En un rapto de nostalgia, se podría agregar que el tiempo pasaba más lento. Mentira.

Kempes

1982

Seis años. Por cuestiones laborales de mi padre, nos trasladamos a vivir al norte del país. Salta, su ciudad natal. Anécdotas que reflejan mi extrañeza por ser el que llegó de la capital. Los porteños hablamos distinto, vestimos de otra forma, somos suaves de modales, «amariconados», según dijo uno, y soberbios. La guerra de las Malvinas. Las familias argentinas tejiendo medias de lana para los soldados. Colectas de tabletas de chocolate. El mundial se jugó en España. Todavía no me gustaba el fútbol pero en la pared de mi habitación puse una pegatina del Naranjito.

1986

Diez años. Mi abuelo salteño murió el día del padre, tercer domingo de junio. Me impresionó ver por primera vez llorando a mi papá. El mundial de México fue después de un terremoto en el DF. Maradona, Maradona y más Maradona. La mano de Dios. El gol imposible a los ingleses. ¿Revancha de la Guerra del Atlántico Sur? Las calles de la ciudad fueron una fiesta. El que no saltaba, era inglés. Esta vez, sin dictadura Argentina campeón. La película Héroes con Valeria Lynch cantando  “me das cada día más…alegría por el modo que tienes de amar…”. En un cuaderno Rivadavia de tapas duras, me dediqué a pegar recortes de revistas deportivas en las que aparecía Maradona. El fanatismo por el legendario 10, me condujo al acopio de imágenes. Diego posando junto a una Ferrari Testarossa pintada de negro, en una bañera llena de espuma, levantando la copa en el estadio Azteca, con un tapado de zorro en el aeropuerto Fiumicino. Saludando al Papa con sus rulos inflados.

1986-arg-maradona-cup

1990

Catorce años. Zapatillas blancas deportivas, colores flúor y estampados. Jogging de papel. Yo quería ser skater, pero sobre todo tener unas Reebok Classic, unas Nike Air Max o unas New Balance. La masturbación ocupaba una buena parte de mi tiempo. Frente al espejo del baño me explotaba los granos de la frente. Primer mundial reunido con los amigos del colegio. Maradona manteniendo la pelota en el aire a golpe de hombro antes de que Argentina, la vigente campeona, perdiese el partido inaugural contra Camerún. Maradona llorando en la final luego de la derrota ante la Alemania eficaz del máquina-total Lothar Matthäus. Aquel invierno, verano en Italia ’90, todos escuchábamos música techno. La variante house retumbaba en los parlantes de los boliches con onda. Lo más divertido era estar en la calle por la noche. Alejarse un poco del barrio para hacer excursiones urbanas.

1994

Dieciocho años. Con la aguja de tejer de mi abuela intentaba rascarme la pierna derecha escayolada. Mi primera gran lesión jugando: rotura de ligamento cruzado anterior. Me operó un tal Muguruza. Experto en poner caderas ortopédicas a las ancianas. La cicatriz en la rodilla derecha es aún hoy muy visible. Los amigos del cole vinieron a casa durante el mundial, como en el 90. Lo de las muletas era un incordio. Se me acalambraba la pierna de apoyo. La mayoría de nosotros teníamos el pelo largo, algunos, lo llevábamos grasiento. Durante la convalecencia, engordé 12 kilos. Era el último año de la secundaria y nos creíamos muy audaces. Los héroes del vino en tetrabrik. Yo parecía un Jim Morrison gordo. Aunque me han dicho cosas aún peores. No paraba de ir a recitales e intentaba curtir la contracultura rock. Una ingenuidad tierna, preciosa. El seleccionado albiceleste comenzó el mundial con todo. En el partido contra Grecia, Maradona, 34 años, hizo el tercer gol clavándola al ángulo. Luego llegaría el trágico control antidopaje y la detección de efedrina, un estimulante prohibido. Suspendido de la competición el Pelusa, terminamos el mundial llorando y viendo como en Estados Unidos fue Brasil la selección que levantó la copa.

1998

Veintidós años. Mi primer mundial con novia en serio. Argentina se enfrentó otra vez a los ingleses que buscaban revancha desde el Mundial del 86. Ganamos el partido por penales, lo cual es bastante similar a tener una amante por correspondencia o comer chocolate sin azúcar. Los puntos valen igual, pero no es lo mismo. Nos dejó afuera Holanda. Corría el minuto 89 de partido, cuando Bergkamp hizo un gran control y definió con displicencia. Como un cirujano bisturí en mano. Por aquellos meses, estaba en la mitad de mi carrera de abogacía. Muy diletante, disperso. Vago culposo. Lector compulsivo. Con ganas de viajar. Jugaba al fútbol los fines de semana. El campeonato del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, el legendario G.E.B.A., rodeado de los bosques de Palermo, ganando y perdiendo partidos, pateando con los amigos. Tardes inolvidables, antes de que se acabará el siglo. La vida es buena.

Baires

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre en mi vida. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España…

CONTINUARÁ

¿Qué hace Internet con el cerebro de nuestros hijos?

El fenómeno de Internet ha cambiado por completo no sólo nuestras vidas, sino también la anatomía de nuestro cerebro. Vamos al cine por internet, estudiamos por Internet, llevamos los conciertos a casa gracias a internet o, incluso, ligamos y satisfacemos nuestras necesidades sexuales de forma virtual.

Un estudio realizado por We Are Social señala que un 77% de los ciudadanos españoles tenemos conexión a la red de redes. Aquí viene lo bueno: ¿cuánto tiempo le dedicamos? Pasamos diariamente 3 horas y 47 minutos al día de media conectados a la red con el ordenador a las que tenemos que sumar un par de horas más desde nuestro móvil. Esto hace un total de unas 5 horas al día conectados al ciberespacio, lo que se acerca peligrosamente a las 6 horas de sueño mínimas recomendadas. Si se cumple esta tendencia, en los próximos años dedicaremos más tiempo a Internet que a dormir.

 

fashion-legs-notebook-working

 

Según la revista Nature el límite de la longevidad de un ser humano es de 125 años. Si a alguien le parece poco, que no se deprima o se ponga dramático. Hace 100 años también pensábamos que una persona media con suerte soplaría las velas de su 65 cumpleaños y mira ahora. Volviendo a lo nuestro, si tomamos una vida media de 91 años, los seres humanos pasaremos unos 17 años conectados a Internet a lo largo de nuestra vida. Si, he repasado el cálculo y es correcto. ¿Cómo influye pasar 17 años conectados a Internet en nuestro cerebro?

 

El cibercerebro

El cerebro de cualquier ser vivo es una huella dactilar única que cambia todo el tiempo, y su principal objetivo es ofrecernos un presente apetecible. Cada cosa que modifiquemos en nuestra forma de vivir o de pensar lleva consigo una modificación neuronal. De hecho, este cambio neuronal es lo que llamamos adaptación.

Por ejemplo, un taxista de Londres debe memorizar más de 25.000 calles distintas y 20.000 puntos de referencia en un periodo de 3 años para poder obtener la licencia. Según Katherine Woollett, neurocientífica de la University College London, este aprendizaje aumentó unos centímetros la materia gris en el hipocampo de los taxistas debido al enorme esfuerzo que tuvieron que hacer sus memoria. Si una vez ha conseguido la licencia el taxista se pone un GPS, en pocos meses su hipocampo perderá volumen, adaptándose a la nueva situación (muy similar a la relación ente nuestros músculos y el gimnasio).

¿Y por qué el cerebro no conserva un hipocampo musculoso? Muy sencillo. Mantener a un hipocampo culturista requiere energía, y si vamos a estar con el GPS el cerebro nunca va a malgastar su tiempo y dinero para que el hipocampo luzca músculos con el fin de seducir al lóbulo frontal. Ya que ha salido el tema, en el lóbulo frontal se registra cualquier cambio social, ya sea en nuestro grupo de amigos o en la forma de relacionarnos. Esto nos servirá para más adelante.

 

smartphone-friends-internet-connection

 

En el siglo XXI tenemos clarísimo que el cerebro es algo plástico. Si papá Noel nos trae un iPhone 7 (espero que me escuche desde aquí), y de repente comenzamos a pasar horas y horas con el teléfono móvil moviendo nuestros dedos a toda velocidad para escribir en el minúsculo teclado, la corteza cerebral nos echará humo. Un estudio desarrollado por investigadores suizos consiguió, analizando la corteza cerebral de las 37 personas que participaron en el experimento, saber el tiempo que dedicaban a su Smartphone. El impacto quedaba patente en sus cerebros.

 

El efecto Google

Una de las cosas que más a cambiado en mi día a día el uso de Internet es el señor Google. El señor Google te ayuda a terminar las frases, dejando al borde de la extinción a los “lo tengo en la punta de la lengua”. Internet se ha convertido en un descomunal cerebro externo. Desde que lo conocí, y mira que he sido de esos que han dicho «yo no quiero eso», vivo en la nube.

Esto es el efecto Google. En la Universidad de Columnia, Betsy Sparrow (ya lo he investigado yo por vosotros y no es pariente del capitán Jack) ha realizado 4 experimentos con el fin de determinar el impacto del gigante Google sobre nuestro cerebro. Los conejillos de indias fueron sus pobres estudiantes, y les acompaño en el sentimiento porque a mi también me ha llegado a «invitar» a participar en un experimento la persona que unos meses después corregiría tu examen (y créeme que quieres tenerla lo más contenta posible y que le suene tu cara por si las moscas).

 

pexels-photo-106341

 

Que me voy por las ramas. La conclusión del experimento fue: para que voy a esforzarme en responder preguntas complicadas si está el señor Google. Sparrow había dividido a los alumnos en dos grupos. Al primero le pidió que respondieran una serie de preguntas más y menos complicadas, avisándoles que diez minutos después podrían usar Internet para responderlas. Evidentemente no les dejó y le retiró los formularios con lo que habían contestado. ¿Que qué paso? Su memoria se vio resentida. El segundo grupo, al cual no les dejó ni oler un ordenador, se esforzó más y respondió significativamente mejor a las preguntas.

Este y otros estudios advierten que el uso de Internet está cambiando las conexiones cerebrales relacionadas con la memoria a lago plazo (así a lo bestia hipocampo y la corteza cerebral). Muchas personas interpretan este hecho como que los jóvenes nos estamos atrofiando, señalando con el dedo a Internet com el verdugo de la memoria, pero lo cierto es que únicamente se está adaptando. La memoria nunca ha dejado de trabajar. Lo que ocurre es que en lugar de esforzarnos por introducir en la mollera información compleja, estamos optando por retener cómo hemos de llegar a la información compleja que necesitamos, llenando nuestro cerebro de direcciones web, nombres de foros o blogs interesantes (como el de Psiquentelequia).

 

El efecto Facebook

Robin Dunbar de Oxford llegó a la conclusión de que los cerebros que tienen más de 150 amigos en Facebook presentan a la vista de los escáners cerebrales un mayor volumen en zonas relacionadas con las emociones y las habilidades de comunicación (lo que hablamos antes del lóbulo frontal) {Dunbar, 2016 #199}. Lo curioso del tema, es que el cerebro parece tener un límite porque los que tenía 300 amigos no tenían el doble de volumen cerebral, sino el mismo. Al parecer la cosa influye hasta un límite.  De todos modos, como hemos mencionado al principio de este viaje neurocibernético, hace un siglo también los científicos pensábamos que el límite máximo en la esperanza de vida eran 65 y hoy ya vamos por 125 años. Con ello quiero decir de que nuestra capacidad de manejar más relaciones sociales muy probablemente aumentará. Así que tiempo al tiempo.

 

social-network-76532_640

 

Dejando a un lado los amigos, a nuestro cerebro le pirran los me gusta”. Un cerebro que se conecta a Facebook y ve que su última publicación está rebosante de likes es un cerebro feliz. La investigadora Laura Sherman reunió en el departamento de Psicología de UCLA en los Ángeles a 32 usuarios de Facebook adolescentes y los introdujo con permiso en un dispositivo de resonancia magnética funcional. Al mirar dentro de sus cerebros vio como los núcleo accumbens de los jóvenes se iluminaban como árboles de navidad, cuando entre las 150 imágenes que les mostró aparecían sus publicaciones colmadas de “me gustas”.

Lo que nos interesa del núcleo accumbens (vaya nombrecito teniendo en cuenta de que lo podían haber llamado Paco) es que se encarga de activar el centro de recompensa del cerebro y hace que nuestro organismo se atiborre dopamina, generando una reacción neuroquímica similar a cuando nos comemos un Ferrero Roche o nos toca la lotería. ¿Un poco exagerado no? Para lo bueno y para lo malo, así es nuestro querido cerebro.

 

Internet está cambiando nuestra forma de olvidar

Escribir en la pantalla de un teléfono, utilizar el buscador de Google o hacer clic en algo que nos gusta, acabamos de descubrir que tiene un impacto sobre nuestro organismo. Esto nos puede sorprender más o menos, pero en realidad cualquier cosa que hagamos o pensemos con frecuencia, se representa de algún modo en nuestra estructura neuronal.

Todo los recuerdos que tenemos de cuándo éramos niños, nuestros primeros coqueteos en los campamentos de verano o el primer trabajo en el que nos explotaron, queda almacenado en algún lugar de nuestro cerebro (lo que hoy nos hace más tilín, es pensar que la información de la memoria se almacena en la conexión química que tiene lugar en la hendidura sinóptica al producirse sinapsis entre las neuronas). Ahora bien, la mayor parte de las cosas que pasan por nuestro cerebro las olvidamos. Y es que para nada queremos recordar que esta mañana nos hemos hurgado la nariz mientras estábamos parados en un semáforo.

 

memoria

 

Ahora bien, si sacamos un video de nosotros hurgándonos la nariz y la subimos a Facebook, la cosa cambia y mucho. Éste es un evento innecesario que vamos a recordad tanto nosotros como los miles de personas que lo vean debido a lo impactante de las imágenes (apuesto que tendrá millones de likes más que este artículo). La memoria de un ser humano medio es un abuelo senil controlado por el Alzheimer comparado con la memoria de la señorita Facebook, quien se está convirtiendo en una descomunal memoria autobiográfica externa para millones de personas.

El olvido es uno de los principales mecanismos del cerebro para construir un presente apetecible. Necesitamos hacer borrón y cuenta nueva cuando las cosas no salen como esperábamos, para poder comenzar de nuevo. El kit de la cuestión, es que pasamos de media entre 2 horas y 3 horas husmeando en los recuerdos de los demás o a generando nuevos recuerdos con la señorita Facebook; ahora una foto haciendo morritos y después mi opinión acerca de la situación política en España. Señoras y señores, Internet no olvida. Y los seres humanos necesitamos tener la posibilidad de olvidar.

 

Por que no debo tirar el ordenador de mi hijo por la ventana

Una socorrista, tras verter el producto químico equivocado en una piscina y provocar quemaduras leves en la piel de los bañistas, narró los hechos a los medios de comunicación con una mítica frase: ”la he liao parda». Pues lo mismo está haciendo Internet con nuestro cerebro: la está liando parda.

Seguramente si eres padre o madre estarás pensando: “¡Dios mío! ¡Voy a dejar de leer este artículo y a salvar la vida de mi hijo!” y tengas ganas de entrar en la habitación y tirar los tres o cuatro ordenadores de media tenemos en casa por la ventana (no olvides los teléfonos). No lo hagas.

Claro que hay que explicarles lo que supone Internet a los jóvenes (aunque muchos de ellos se han dado cuenta de esto hace años), pero quédense tranquilos: Internet no está haciendo nada malo con el cerebro de nuestros hijos. Nuestro cerebro se ha adaptado a miles de cambios drásticos como Internet, por ejemplo al lenguaje o la escritura, y ninguno de ellos nos convirtió en idiotas. Al revés, nos han ayudado a desarrollar capacidades increíbles.

Internet no hará idiota al cerebro de sus hijos. Aunque es pronto para saber a dónde nos llevará el ciberespacio (que capacidades derivarán de estos cambios en la memoria, de la forma de olvidar o en los sistemas de recompensa), lo que si sabemos es que, en dosis adecuadas y siendo conscientes de lo que supone, el uso de Internet es altamente recomendable.

 

Referencias

Woollett, K.e.a., Acquiring ‘‘the knowledge’’ of London’s layout drives structural brain changes. Current Biology, 2011. 21(24): p. 2109 – 2114.

Ghosh, A., et al., Use-Dependent Cortical Processing from Fingertips in Touchscreen Phone Users. Current Biology, 2014.

Sparrow, B., J. Liu, and D.M. Wegner, Google Effects on Memory: Cognitive Consequences of Having Information at Our Fingertips. Science 2011. 333(6043): p. 776-778.

Dunbar, R.I.M., Do online social media cut through the constraints that limit the size of o ine social networks? R. Soc. open sci. , 2016. 3(150292).

Sherman, L.E., et al., The Power of the Like in Adolescence: Effects of Peer Influence on Neural and Behavioral Responses to Social Media. Psychological Science OnlineFirst, 2016.

¿Te acuerdas de…? El multiverso de la memoria humana

«Puedo recordar todo lo que sucedió aquel día como si fuera ayer… aunque hace ya diez años de ello, puedo recordar perfectamente el sabor de aquella comida, pues jamás olvidaré dónde me encontraba en aquel momento».

A la mayoría de nosotros nos cuesta a veces recordar qué es lo que cenamos la noche anterior o cuál fue el perfume que elegimos antes de salir de casa, pero quizá rememoremos con detalle el menú del convite el día de nuestra boda (una fecha señalada)­ que tuvo lugar varios años atrás. Entonces ¿por qué algunas memorias quedan grabadas en piedra y resisten inolvidables al paso de los años, mientras que otras son frágiles y desaparecen en minutos?

En un estudio realizado en el año 1977, Roger Brown y James Kulik, de la Universidad de Harvard, publicaron que 79 de 80 estadounidenses entrevistados recordaban vívidamente las circunstancias en las que se encontraban 14 años antes cuando escucharon que John F. Kennedy había sido asesinado. Estos resultados han sido replicados en numerosos estudios que han estudiado eventos similares de singular importancia, observando las características de la persistencia o la precisión de las memorias formadas en determinadas circunstancias. En inglés este tipo de memorias se denominan memorias fogonazo (flashbulb).

 

RECUERDOS QUE PERDURAN

Algunas remembranzas resultan mucho más vívidas que otras. Con el nombre de memorias fogonazo (flashbulb) nos referimos a memorias especialmente vigorosas que se generaron en respuesta a una experiencia única con una alta carga emocional. Por ejemplo los atentados del 11 de Septiembre de 2001. Todos tenemos memorias personales muy intensas relacionadas con acontecimientos importantes en nuestra vida, como un accidente o una boda. En otros casos la persistencia de la memoria requiere atención y esfuerzo por nuestra parte como el aprendizaje de distintas materias durante la formación académica.

 

Los numerosos datos revelan que los sucesos que han sido asociados a momentos de alta carga emocional, tienden a ser recordados de forma espontánea con una intensidad concreta. Pero en otros casos, la formación de los recuerdos no se realiza de manera inconsciente, ya que requiere esfuerzo por parte del individuo para poder retener cierta información. Es decir, su persistencia solo se consigue mediante la repetición. ¿Cuántas veces tuvimos que repasar la tabla de multiplicar o la lista de capitales europeas para posteriormente poder recordarlas?

Cuando nos paramos a pensar en ¿qué es eso de los recuerdos? Surgen numerosas respuestas y a su vez cuestiones relacionadas con el tema. La ciencia se ha centrado durante muchos años en poder localizar los recuerdos en el cerebro humano y hoy por hoy son muchos los resultados obtenidos gracias a los avances tecnológicos de la época. Así podríamos definir la memoria  de forma general como la capacidad que tiene el sistema nervioso de retener información acerca de las experiencias pasadas, de manera que puedan ser condicionadas las conductas futuras. Sin embargo, el concepto de memoria es mucho más complejo que esto, ya que hoy sabemos que engloba capacidades muy diversas pudiendo distinguir diferentes tipos de memoria:

  • Memoria explícita o declarativa: tales como nuestros recuerdos de gentes, lugares y cosas.
  • Memoria implícita o de procedimiento: que incluyen distintas formas de aprendizaje inconsciente, motor o perceptivo.

A su vez, estos tipos de memoria requieren la participación de diferentes circuitos neuronales y se localizan en distintas regiones del cerebro. Pero llegar a esta conclusión no ha sido nada sencillo. Mediante el estudio de pacientes con lesiones cerebrales muy dispares, experimentos con animales de laboratorio y técnicas quirúrgicas y farmacológicas, se ha podido identificar el sustrato anatómico de distintas formas de aprendizaje y memoria en los humanos, acabando con la idea inicial de un sustrato completamente deslocalizado que se mantenía al principio del siglo XX. Por tanto podemos concluir hoy en día que el cerebro es un conglomerado de circuitos especializados que llevan a cabo distintas funciones.

Tras algunos datos teóricos pongamos un ejemplo:

La neuropsicóloga Brenda Milner estuvo trabajando en uno de los casos más relevantes de la historia de la clínica neurocientífica, en particular con un paciente conocido como H.M. que parecía presentar una importante lesión cerebral en el lóbulo temporal.

H.M. LA HISTORIA DE UN HOMBRE SIN HISTORIA

A la edad de 27 años H.M. fue sometido a una operación quirúrgica experimental y arriesgada con el objetivo de curarle de los ataques epilépticos cada vez más frecuentes e intensos que sufría desde su niñez a causa de un accidente en bicicleta. Dicha operación consistió en la extirpación quirúrgica de la región del cerebro en la que los médicos consideraban que se encontraba el foco de su epilepsia, una parte del lóbulo temporal que incluía el hipocampo. Los resultados de la intervención fueron sorprendentes: tras la operación, el cerebro de H.M. había perdido la capacidad de formar nuevas memorias. En palabras del cirujano responsable: «intentamos acabar con su epilepsia, pero acabamos con su memoria´´. La operación tuvo lugar en 1957; en los decenios siguientes H.M. gozó de buena salud y fue objeto de numerosos estudios neurológicos y psicológicos. La investigación realizada reveló que el paciente era incapaz de formar nuevos recuerdos de la gente que había conocido tras la operación, incluso de las enfermeras que veía a diario y así continuó hasta su muerte en 2008 a los 82 años. Lo más interesante del caso es que a diferencia de lo observado en los episodios de amnesia clásica, la mayoría de los recuerdos de H.M. previos a la operación seguían intactos. Además aunque su cerebro era incapaz de adquirir nuevas memorias de tipo declarativo, no estaba cerrado a otras formas de aprendizaje, tales como la adquisición de nuevas habilidades motoras. De esta manera se demostró que los distintos tipos de memoria se alojaban en sustratos anatómicos diferentes.

hipocampo

 

 

 

Este caso le condujo a la identificación del lóbulo temporal en general y el hipocampo en particular como componente imprescindible para la adquisición de nuevos recuerdos acerca de personas, eventos o cosas, es decir, memorias de tipo explícito o declarativo. Sin embargo, una vez que la memoria ha sido adquirida y consolidada, el hipocampo deja de ser necesario. Por mecanismos que aún se desconocen, se produce una transferencia de la información desde el hipocampo hacia centros corticales. Por ello las lesiones hipocampales no repercuten en los recuerdos consolidados previos al daño.

Además de este avance, otros estudios han podido dilucidar circuitos neuronales que subyacen a otros tipos de memoria. Por ejemplo la amígdala, el estriado o distintas regiones de la corteza cerebral desempeñan una función clave en la memorias de tipo emocional, motora o procedimental. Pero, ¿de qué están hechos los recuerdos? ¿qué es lo que debemos buscar cuando hablamos de ellos? La identificación de la naturaleza física de los recuerdos ha sido un tema recurrente de estudio a lo largo de la historia, pero no fue hasta finales del siglo XIX que se postuló la primera hipótesis cargada de validez científica basándose en la intuición del neuroanatomista aragonés Ramón y Cajal, padre de la neurociencia moderna y premio Nobel en Medicina y Fisiología en 1906. El autor enunciaba ya para el año 1894 que:

11

«El ejercicio mental facilita un mayor desarrollo de las estructuras nerviosas en las partes del cerebro en uso. Así, las conexiones preexistentes entre grupos de células podrían ser reforzadas por la multiplicación de terminales nerviosas´´

En la actualidad, esta hipótesis es la que explica la visión del problema en cuestión. La mayoría de los neurocientíficos piensa que los mecanismos de plasticidad sináptica (capacidad para modular o cambiar la fuerza de las conexiones entre neuronas, las sinapsis, y en consecuencia las propiedades y funciones de circuitos neuronales en respuesta a estímulos externos y a la experiencia previa) representan el sustrato celular para la formación de los distintos tipos de memoria: desde las formas más simples de aprendizaje no asociativo que observamos en sensibilizaciones en animales de laboratorio, hasta las elaboradas formas de memoria declarativa de los humanos. Resulta admirable que Ramón y Cajal pudiera inferir esa idea a partir de lo observado en las imágenes estáticas de sus preparaciones en microscopía. Finalmente la hipótesis cajaliana sobre la plasticidad sináptica encontró una definición más formal cincuenta años después en palabras de Donald Hebb (1904-1985), reconocido psicólogo canadiense cuyo postulado se considera hoy en día la explicación más razonable de lo que ocurre en nuestro cerebro cuando aprendemos: «Cuando el axón de la célula A excita a la célula B, y repetida o persistentemente interviene en su activación, algún tipo de crecimiento o cambio metabólico tiene lugar en una o ambas células…´´.

DATOS CURIOSOS

MEMORIAS DE CARACOL. CUANDO EL TAMAÑO IMPORTA

1222-Aplysia

El caracol marino Aplysia califórnica se ha ganado un puesto destacado en la historia de las neurociencias. Su sistema nervioso, formado por unas 20.000 neuronas organizadas en una docena de ganglios, es muy simple si lo comparamos con los más de 10 mil millones de neuronas que constituyen nuestro cerebro. Pese a semejante simplicidad, el caracol exhibe una variedad de comportamientos innatos y adquiridos que van desde el aprendizaje no asociativo al condicionado. Por ello, Eric R. Kandel, de la Universidad de Columbia, ha dedicado buena parte de su carrera científica a investigar las bases celulares y moleculares de estas formas básicas de aprendizaje. La accesibilidad de su sistema nervioso y el gran tamaño de sus neuronas, las mayores observadas en el reino animal, han permitido identificar con gran detalle los circuitos neuronales que regulan comportamientos concretos y estudiar cómo el aprendizaje y la formación de memorias afecta y da lugar a cambios físicos en conexiones especificas dentro de estos circuitos. Mucho de lo que conocemos hoy en día acerca de las bases celulares y moleculares de la memoria se lo debemos a este animal. Pese a la diferencia en número de neuronas y complejidad, parece que los mecanismos moleculares básicos que subyacen al aprendizaje y la memoria en este molusco están altamente conservados en los mamíferos.

anders gefragt : Eric Kandel, Medizin-Nobelpreis 2000

 

 

Labilidad de la memoria autobiográfica

En la conferencia de Helmut Schnatz realizada hace unos años, saltó el escándalo. Entre los asistentes al acto había muchas personas mayores de Dresde, testigos directos del horrible ataque sufrido por su ciudad los días 13 y 14 de febrero de 1945. Excitados, contaban que, tras el derrumbe de los edificios, los aviones británicos habían ido a la caza, en vuelo rasante, de los que huían de las llamas hacia las orillas del Elba o el gran parque. Schnatz, historiador riguroso, explicaba pacientemente que los hechos desmentían ese recuerdo. Los bombardeos levantaron tal columna de fuego, que era imposible que los pilotos volaran sobre la ciudad a baja altura para atacar a las personas una a una. El análisis de los planes de ataque y de los partes de las incursiones aéreas británicas no ha suministrado tampoco ninguna prueba de tales cazas del hombre. Aunque lo expuso con precaución y prudencia, el investigador consideraba la historia del vuelo rasante un mito que se perpetúa hasta hoy en el recuerdo de muchos ciudadanos. Pero los oyentes se hallaban indignados, pues ¿es que no habían visto con sus propios ojos los «plateados cazas Mustang´´ y a las personas que huían despavoridas?

memoria-emocional

Los recuerdos, a pesar de ser falsos, encierran una gran densidad emotiva. Han adquirido tal importancia para ellos que ya no quieren perder estos sentimientos y otros asociados. En último término, se trata de sucesos que fueron decisivos en sus vidas y no podrían olvidarlos nunca. Paradójicamente es probable que esta intención haga que lo vivido se transforme de mil modos, pues toda evocación de un recuerdo, tiene también como consecuencia su almacenamiento refundido. En él se archiva el contexto de cada situación de evocación, por lo cual el recuerdo original puede enriquecerse o corregirse con nuevos matices y centrarse o incluso transferirse a determinados aspectos.

Quien comenta con otros participantes, sucesos compartidos, acusa la influencia de los demás en su retrospectiva personal. Por ejemplo, en casos de vivencias tan duras como conlleva una guerra, los sociólogos observaron que los relatos se estandarizan en el formato en que otros también lo recuerdan. Muchas de las transmisiones de los sucesos guardan un patrón similar, pareciendo que todas las personas hubieran vivido lo mismo en una determinada fase de sus vidas. Esto saca a la luz que los testigos de vivencias bélicas pueden presentar recuerdos muy diferentes a los que documenta la historia. Los habitantes de una ciudad bombardeada se constituyen en comunidades de recuerdo que se intercambian relatos y al mismo tiempo los modifican y configuran hasta que todos disponen de un fondo de historias similares. Ciertamente, todas ellas se basan en experiencias equiparables, sin embargo, con frecuencia han sido modificadas, adulteradas y creadas en la comunicación.

Los estudiosos de la memoria saben que las informaciones de episodios singulares e incluso desarrollos completos de sucesos, pueden integrarse en contenidos de memoria preexistentes. Se pueden alimentar falsos recuerdos a partir de fuentes muy diversas que trascienden lo vivido por uno mismo: narraciones de otras personas, novelas, documentales, películas, ensoñaciones y fantasías. Se trata de un fenómeno de amnesia de las fuentes: se recuerda el suceso en cuanto tal, pero se confunde la fuente de la que procede el recuerdo. Con el paso del tiempo, se intensifica esta tendencia del cerebro a recordar como parte de la propia biografía las vivencias de otros.

Pero ¿pueden equivocarse estos ojos? Lo relevante de tales reminiscencias importadas es que: «Están casi vivas delante de los ojos como si hubieran pasado ayer´´. De este modo las representaciones visuales de acontecimientos pasados, poseen subjetivamente la mayor fuerza de convicción. Los sucesos, para quedar almacenados después en la memoria, no necesitan pasar antes por la retina. Los sistemas neuronales de procesamiento de las percepciones visuales y los de lo fantaseado e imaginado, se solapan de manera parcial. Stephen M. Kosslyn, de la Universidad de Harvard, demostró en 1995 que la corteza visual primaria se activa de forma similar cuando los probandos ven objetos y cuando sólo se los representan.

Los sucesos se acogen en la historia propia con tanta mayor facilidad cuanto mejor se integran en el sentimiento general de fondo. Por ejemplo, la vivencia directa de la guerra deja tras de sí huellas emocionales muy profundas. Esto lo demostró Joseph LeDoux: se establecen conexiones sinápticas firmes entre las células nerviosas de la amígdala (la central de las conexiones emocionales), que desencadenan una rápida reacción afectiva. Así, determinados estímulos que recuerdan la vivencia primigenia, promueven la liberación de neurotransmisores en el cerebro, y con ello provocan las señales corporales de alarma que están ligadas con el engrama del recuerdo (se empieza a temblar, a sudar, a tener miedo y a buscar protección).

La conciencia puede asignar esta traza de memoria emocional a sucesos muy distintos, no vividos, si bien perfectamente asimilables a nuestra trama de sentimientos. Los recuerdos traumáticos no tienen por qué ser ni «más verdaderos´´ ni «más auténticos´´ que los otros, pero los sentimientos a ellos ligados contienen la huella emocional del acontecimiento de aquel entonces. El quid de la cuestión es que los testigos contemporáneos no pueden llegar a saber por si mismos si algo es un recuerdo verdadero o falso, pues para la persona que los rememora, ambos se perciben enteramente igual. De este modo, aunque los testigos tengan recuerdos muy diferentes de los que documentan los hechos históricos, no significa que mientan o que suplanten el ayer, sino que cuando guardan una imagen, lo hacen con una fuerte carga emocional, la cual apenas cambiará con lo aprendido más adelante. Cabe añadir que tales conflictos entre los recuerdos pueden transmitirse a través de generaciones. Así la transmisión oral del pasado demuestra que a pesar de que el abuelo o la abuela cuenten una historia determinada, los oyentes llegan a su propia versión de lo narrado. Es como si se tratase de un caleidoscopio, en donde los elementos y rasgos de las historias se transforman en una nueva constelación. Por tanto cada uno va incluyendo en la estructura de la narración sus propios sentimientos, formando diferentes collage basados en la identidad del que recuerda.

transmision de informacion

 

Una memoria superior

Si pensamos por un momento ¿qué es lo que hemos desayunado esta mañana? Seguramente no nos suponga el más mínimo esfuerzo responder con acierto a la pregunta. Pero ¿podríamos decir que es lo que comimos el 29 de septiembre de 2003 una vez despiertos y duchados? Ciertas personas son capaces de satisfacer esa curiosidad. A partir de un momento concreto de su infancia o juventud se muestran capaces de describir con pelos y señales cada instante de su vida. Saben al dedillo en que día de la semana cayó una fecha concreta del calendario, qué hicieron en esa jornada y las noticias que leyeron en el periódico.

A esto le llamamos memoria autobiográfica superior o hipertimesia, cuya denominación proviene de la unión de los dos términos griegos: híper, que significa «sobre o por encima de´´ y timesis, «recordar´´. Existe una gran dificultad en investigar el origen de dicha capacidad ya que se conoce un número reducido de personas que dispongan de ella. La ciencia trata de buscar en su cerebro el secreto de tan asombrosa capacidad. Veamos un ejemplo:

 

Jill Price

hipertimesia

En el año 2000 se inició la historia de este síndrome cuando una mujer de los Ángeles, que por entonces tenía 34 años, contactó en su búsqueda de ayuda por internet con James McGaugh, de la Universidad de California en Irvine. Price remitió al investigador un correo electrónico en el que le narraba su insólita habilidad, la cual le permite conservar los primeros recuerdos de su más tierna infancia y almacenar en el cerebro cada día de su vida desde el 5 de febrero de 1980. Según explicaba, los recuerdos del pasado no le surgen cuando desea recordar conscientemente, sino que literalmente la avasallan cada vez que tropieza con una fecha. A primera vista muchas personas soñarían con poseer un don semejante, pero a Price le resulta una carga.

McGaugh quedó fascinado por el caso. A lo largo de los cinco años posteriores a leer el mensaje de la joven, estudió con minuciosidad el asunto. Se basó en múltiples pruebas de inteligencia y de memoria para comprobar los conocimientos de la paciente sobre días concretos del pasado. Según averiguó, la memoria de Price destacaba sobre todo en relación al calendario: en diez minutos era capaz de poner fecha a todos los domingos de Pascua entre 1980 y 2003, equivocándose tan solo en una de ellas por dos días; también se acordaba de lo que aconteció en su vida cada uno de esos días. El equipo de McGaugh contrastó una parte de esa información con las anotaciones del diario personal que esta mujer escribe meticulosamente desde su adolescencia.

El cerebro de Price también almacena los acontecimientos de trascendencia pública con sus respectivas fechas, siempre y cuando le interesen personalmente. Así lo observaron los investigadores al preguntarle sobre eventos relevantes recogidos en un libro sobre historia norteamericana contemporánea. La paciente acertó todas las fechas, a excepción de una: el día de la ocupación de la embajada de EE.UU. en Irán a finales de los años setenta del siglo pasado. Posteriormente se descubrió que el dato que aparecía en el volumen era incorrecto. Price tenía razón.

 

McGaugh y su equipo comprobaron que esa capacidad inusual no se basaba en un cálculo mental de fechas de calendario como sí se ha descrito en algunas personas autistas con síndrome del sabio o savant. Estos sujetos son capaces de calcular datos exactos dentro de un periodo de tiempo de hasta 40.000 años. Price, en cambio, solo recordaba hechos desde 1980: desde entonces, su memoria autobiográfica trabaja de forma misteriosamente exacta. En pruebas de memorización posteriores, los investigadores descubrieron que el cerebro de esta paciente escondía otros enigmas: era capaz de recordar palabras con la misma perfección.  Reconocía 50 términos que le acababan de mostrar sin equivocarse. No obstante obtuvo un resultado por debajo de la media en pruebas menos estructuradas como recitar de memoria listados de palabras. La paciente reconoce que en casa pierde a menudo las llaves, así como que apunta muchas cosas del día a día para no olvidarse.

Además, al contrario de lo que podría pensarse, la inteligencia de Price se ajusta a la media de los mortales. Le cuesta sobre todo las pruebas de pensamiento abstracto y de anticipación relacionadas con las funciones ejecutivas  del lóbulo frontal (las cuales califican los procesos mentales que sirven para la gestión y adaptación flexible del comportamiento humano; entre estos destacan el control de impulsos, la planificación de acciones o la regulación emocional). Nunca obtuvo notas destacables durante su vida de estudiante y siempre necesitó esforzarse mucho, en especial para aprender de memoria poesías o datos históricos.

De momento no existen instrumentos estandarizados para poder estudiar la Hipertimesia, lo cual implica que los investigadores no hayan podido aclarar hasta ahora el por qué de esta extraña capacidad memorística. Los estudios que se han hecho en pacientes como Price se han basado en métodos ideados en un inicio para evaluar a pacientes con trastornos de memoria. Pero lo que si se ha contrastado con grupos control, es que las áreas cerebrales relacionadas con la memoria autobiográfica se encuentran localizadas en el polo temporal. Existen diferencias en un total de nueve regiones cerebrales entre las que se han hallado mediante tomografía por resonancia magnética (TRM) las siguientes: el lóbulo temporal del telencéfalo (giros inferior y temporal medial o polo temporal), el fascículo unciforme y lóbulo frontal. Se ha comprobado que el fascículo unciforme conecta el lóbulo frontal con el temporal y ejerce una función clave en la memoria autobiográfica. Existe un estudio de un paciente que padeció una lesión en el fascículo unciforme a causa de un accidente en bicicleta, lo cual le produjo un daño en esa zona y como consecuencia la incapacidad de poder recordar episodios pasados de su vida. Sin embargo la memoria semántica (su conocimiento del mundo) se hallaba en su mayor parte intacta.

CEREBRO-2-Large

 

También se habla de regiones como la amígdala y el hipocampo, los cuales desempeñan funciones sobresalientes en este tipo de pacientes. Las conexiones que existen entre ambas estructuras cerebrales se presentan mayor de lo usual y además facilitan la remembranza: las emociones tienen gran importancia en la capacidad de recordar, por ello recuperamos mejor los acontecimientos con trascendencia emocional que los estímulos neutros. La amígdala carga de emociones a los recuerdos, con lo que les confiere una gran relevancia personal. Pero si bien es cierto, la investigación sigue sin saber el origen de esta capacidad, por lo que queda abierto pensar si estas alteraciones cerebrales son las que causan dicha habilidad o bien, si el uso regular de ésta habilidad transforma el cerebro.

 

EL SINDROME DE KORSAKOFF

dd2a0fadadfe88a7c42fbd0f23437634

Sé que esta mañana cuando abra la puerta de la habitación 1037 del servicio de neurología, volveré a encontrarme con una situación difícil de creer. «Vaya, otra vez alguien nuevo…´´, exclamará el paciente desde la cama. La escena se ha repetido en diez ocasiones. Aunque el dialogo se reitera, él cree siempre que es la primera vez:

  • ¿Hace mucho que está aquí?
  • Un día o dos, no más. Va siendo hora de que vuelva a casa – contesta el señor F.
  • Espere… ¿Dónde estamos?
  • Vaya pregunta, pero, eh… al verlo vestido así, yo diaria que… ¿en el hospital?
  • Si, así es. ¿Sabe que día es hoy?
  • El señor F. se rasca la frente…
  • Bueno, yo creo que debemos estar en verano.
  • Sí, ¿de qué año?
  • ¿1999?
  • Le extiendo el periódico. El señor F. frunce el ceño. En la primera página se lee la fecha del 21 de Julio del 2001.
  • ¿Qué broma es esta? – exclama.
  • Me llaman por teléfono y dejo al señor F. muy perplejo. Vuelvo minutos más tarde a su habitación.
  • Ah, otra vez, alguien nuevo… – profiere. Hay tanta gente aquí…
  • Procuro no hacer las mismas preguntas, acompañadas de la entrega del periódico. No habrá novedad en las consabidas respuestas.

El señor F. es un paciente singular. Aunque viva diez veces seguidas un mismo suceso, será para él, de ahora en adelante, una experiencia nueva. Cada mañana se despierta en el hospital y se asombra de estar allí. Cada día encuentra la fecha en el periódico y se entristece, para luego olvidarse. A cada visita del personal, aunque observa a las mismas personas, las recibe como extraños, se presenta y después nombre y cara de los saludados se borran de su memoria. Es como si su vida se hubiera detenido en el verano de 1999. Ninguna traza del nombre, del aspecto, nada de lo que habla con la gente deja la menor huella en su memoria. Hace un año y medio que el señor F. está en la habitación 1037.

El olvido del paciente parece total y absoluto. No es capaz de retener durante más de un minuto información que se le ha transmitido por vía oral o escrita. Esta amnesia evoca la de ciertos pacientes que sufren la enfermedad de Alzheimer, que olvidan de inmediato lo que se les acaba de decir y que plantean sin cesar las mismas preguntas. Sin embargo, el problema del señor F. es diferente; es un caso de amnesia que apareció de repente, hace año y medio:

El señor F., soltero, era técnico de mantenimiento y tenía una arraigada inclinación por la bebida. Bebía con desmesura y prescindía a menudo de la comida. Hasta que cierto día pierde el equilibrio, empieza a ver doble y su mente comienza a desvariar. Llega al hospital en un estado de confusión mental. Un análisis de sangre fue suficiente para emitir un diagnóstico: carencia grave de vitamina B1. Unas perfusiones de esta sustancia le devolvieron la vista y el equilibrio, pero había perdido para siempre la memoria. Padecía el Síndrome de korsakoff.

Sergei Korsakoff (1854-1900) describió el síndrome que llevaría su apellido a finales del siglo XIX. El médico ruso había observado la enfermedad entre los bebedores de vodka. Años más tarde se estableció una relación entre dicha amnesia y la carencia de Vitamina B1, o tiamina, inducida por el alcohol y la malnutrición. En general, tras una fase aguda en la que se asocian confusión mental, parálisis de los nervios motores de los ojos y perdida de equilibrio y de la coordinación de los movimientos, los pacientes salen de ese estado con una amnesia completa. En adelante no fijarán ya nada en su memoria. Con mucha frecuencia, la amnesia afecta incluso a los hechos que precedieron a la crisis aguda. Puede suceder también que al sujeto se le borren todos los recuerdos correspondientes a un periodo de años o decenios. Además, se sume en un pasado más o menos lejano, en el que permanece prisionero por un tiempo indefinido; el olvido le impide modificar sus impresiones en función de los datos del entorno.

papez 22

Las lesiones cerebrales de quienes padecen este síndrome se suelen analizar post mórtem o con técnicas de formación de imágenes, como la resonancia magnética nuclear (RMN) in vivo. Las lesiones afectan sobre todo a ciertas estructuras, pequeñas y alojadas a ambos lados de la región media del cerebro: los cuerpos mamilares. El volumen total de las zonas dañadas no supera el medio centímetro cubico de materia gris. Para entender la razón de ésta singular amnesia, es necesario entender cómo los cuerpos mamilares se integran en los circuitos de la memoria. Se sabe que la memorización de los hechos sigue una secuencia precisa:

Las informaciones entran por el Hipocampo (así llamado debido a su parecido con el caballito de mar), que se encuentra en la zona interna de los lóbulos temporales; todas las informaciones recibidas por el cerebro mientras ocurre algo, se dirigen a esta estructura que se activa según una configuración neuronal característica del acontecimiento, lo que constituye una especie de código de almacenamiento y de recordatorio del mismo; el propio hipocampo está conectado a su vez a los Cuerpos mamilares, al Tálamo y a la Circunvolución del Cíngulo, creando un Bucle o circuito de Papez (James Papez, 1883-1958).

 

DATOS CURIOSOS

El neurólogo y escritor Oliver Sacks evoca en su libro «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero´´ el caso de un hombre de 49 años que pensaba tener todavía 19 y se creía aun radiotelegrafista del ejército norteamericano. Cada mañana se sobresaltaba de miedo al mirarse en el espejo y descubrirse mucho más viejo que la imagen de sí mismo que guardaba en su memoria. Otros pacientes olvidan que han cambiado de profesión, que se han casado o que han tenido hijos.

¿SABIAS QUE….?

En Australia, donde antaño la frecuencia del síndrome de Korsakoff era la más elevada (a causa del alcoholismo causado por la cerveza), el enriquecimiento obligatorio con vitamina B1 de la harina industrial ha hecho que el número de casos disminuya a la mitad. Esta vitamina es esencial para el funcionamiento de las neuronas y, en particular, las de los cuerpos mamilares, que son cruciales para la creación de los recuerdos de la vida.

cervezas 

 

 

Todos los elementos del bucle son indispensables para la fijación de los recuerdos a largo plazo. Cualquier tipo de destrucción del hipocampo por infección, traumatismo, accidente cerebrovascular, o por enfermedad como el Alzheimer, da lugar a una amnesia grave. En el síndrome de Korsakoff, resultado de una carencia de tiamina, la amnesia es idéntica, con la diferencia de que el hipocampo sigue intacto. En este síndrome son los cuerpos mamilares los que están destruidos debido al déficit de vitamina B1.

Todavía se desconoce por qué la carencia de esta vitamina destruye las neuronas de los cuerpos mamilares y de otras estructuras cerebrales. Entonces nos surge la cuestión de ¿Por qué algunas de estas células mueren en caso de carencia y otras no? Lo ignoramos… Lo único que conservamos de momento es el conocimiento de que la destrucción de los cuerpos mamilares impide la activación normal del hipocampo cuando se trata de crear nuevos recuerdos.

¿Qué le ocurre al sujeto cuando sufre lesión en  los cuerpos mamilares? Mantiene su capacidad de percibir el momento presente gracias a las zonas cerebrales cuya función es independiente del circuito de Papez. Sin embargo ese instante presente es barrido para siempre por las sensaciones siguientes: las zonas sensoriales no pueden guardar mucho tiempo en la memoria el contenido de las sensaciones, y en ausencia del circuito de Papez, no se inscriben en la historia a largo plazo del individuo. Se borran automáticamente tras unos instantes. De este modo los pacientes que sufren este síndrome lo olvidan todo, o por lo menos es la impresión que dan. Aun así siguen recordando su nombre, el de sus padres, qué es un perro o un tractor, cómo se usa un tenedor o cómo se conduce un coche. Es decir, que este circuito solo interviene en un tipo de memoria: la memoria episódica o de las experiencias vividas.

Los conocimientos sobre el mundo que nos rodea o la memoria semántica, no se resienten. Los pacientes reconocen el entorno y comprenden el significado de las palabras. Esta memoria depende de otras regiones cerebrales que se alojan en la cara externa de los lóbulos temporales. La memoria semántica está separada del circuito de Papez, es decir, de todo contexto espacio-temporal. Del mismo modo ocurre con la memoria procedimental, la cual nos permite aprender a montar en bici o conducir un automóvil. Por ello estos pacientes nunca olvidan ciertos ejercicios como esquiar o tocar un instrumento musical. La memoria procedimental se ubica en estructuras profundas del cerebro que se conectan con zonas motoras, como la sustancia negra, el núcleo caudado o el lenticular, que gobiernan los aprendizajes motores. Ni la memoria semántica ni la procedimental están asociadas a un momento dado en el tiempo o a un lugar en particular. Esto se muestra en que sabemos montar en bicicleta sin que sea necesario acordarse ni en qué fecha precisa ni dónde aprendimos a hacerlo. Los pacientes con el síndrome de Korsakoff por tanto son capaces de aprender comportamientos nuevos pese a su olvido inmediato. Pueden adquirir competencias particulares como la lectura y la escritura especular, o incluso jugar al tenis. Es curioso que cada vez que lo intentan, declaran que nunca en su vida han realizado este ejercicio, pero sus resultados mejoran cada día. También pueden aprender a orientarse en lugares nuevos.

Existen experimentos llevados a cabo por Claparède (1873) en donde observaba a pacientes con este síndrome que eran capaces de recordar dónde se ubicaba el baño dentro del hospital aun diciendo que no conocían donde se encontraban; o el caso de otra paciente con la que este autor había puesto de manifiesto su memoria emocional mediante un experimento curioso: un día, ocultó una aguja en la palma de su mano y después se la estrechó a la paciente, recibiendo ésta un pinchazo doloroso, lo cual hizo que a pesar de que al cabo de unos minutos olvidara el incidente, más adelante se negara a darle de nuevo la mano al médico, interiorizando el dolor asociado al apretón de manos.

Parece que todos estos aprendizajes, que se inscriben en el ámbito motor, emocional, espacial o incluso verbal se desarrollan en el registro inconsciente. El paciente dispone de ciertas informaciones y habilidades técnicas  que puede usar de manera juiciosa, aunque sin tomar conciencia de ello. Sin embargo la memoria afectada por este síndrome (memoria episódica) es por encima de todo una memoria explicita, de la que uno tiene conciencia.

shutterstock_101520898

El estudio de este complejo síndrome nos ha permitido manifestar que la memoria humana está formada por diversos componentes localizados en varias regiones del encéfalo. No obstante, lo duro del caso es que no hay cura para las personas que lo sufren. No existe de momento manera alguna de hacer funcionales las estructuras afectadas en el hipocampo de estos enfermos. El señor F. no escapará a esta triste suerte y continuará amnésico hasta el fin de sus días. No podrá vivir fuera de un centro especializado, tendrá siempre 42 años en su cabeza y guardará la impresión de vivir en alguna parte hacia la mitad del verano de 1999…