Mudanzas (II)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

Plaza de Tirso de Molina, 18, 3º B. El apartamento era minúsculo, dos ambientes en menos de 50 metros cuadrados, muy luminoso gracias a dos grandes ventanales que miraban hacia Lavapiés. Con Laura le teníamos cariño porque allí había vivido una pareja muy querida de amigos argentinos, excelentes anfitriones, que se habían vuelto a Mar del Plata. Algún tiempo atrás, en el pequeño salón de Tirso habíamos bailado, disfrutado de las paellas de Fran, de las mesas primorosas que armaba Agustina. Entre esas cuatro paredes nos habíamos emborrachado, reído hasta doblarnos con las ocurrencias de Arturo en dúo inigualable con Nora. Nuestros días de vino y rosas, de noviazgo con la que luego sería mi esposa, ya no iban a resucitar. Ni falta que hacía. Empezaba otra etapa, el tiempo de rodaje con la flamante familia que habíamos formado. La vuelta a Tirso fue con nuestra nena y sus revoltosos diez meses de vida. Recomendados ante el dueño del piso por Agus y Fran, los trámites del nuevo contrato de alquiler se resolvieron en un santiamén.

El edificio, sobre la misma plaza de Tirso de Molina, hacía esquina con la calle del Doctor Cortezo y estaba a escasos metros de la casa de Joaquín Sabina en calle Relatores. Se trataba de uno de los rincones más pintorescos del Madrid viejo y como había dicho nuestro ilustre vecino de la canción se concentraban allí más bares que en toda Noruega.

A un lado de la plaza, la entrada al metro de la línea Uno donde se reunían los renegados, punkies, algunos nómades alcohólicos y camellos magrebíes que ofrecían hachís a turistas desprevenidos dispuestos a pagar la “china” o “bellota” a veinte euros. Un timo en toda regla, aunque insignificante para los bolsillos de los guiris en busca de un subidón.

Por aquel entonces, trabajaba en mi tesis doctoral como un poseso y me dopaba con litros y litros de mate. Fumaba como un carretero. Sólo me faltaban las anfetaminas. Mientras tecleaba desesperadamente, mi hija gateaba y había descubierto lo divertido que era sacar mis libros de la estantería y revolearlos por el suelo. Una vez puestos en su lugar, volvía a empezar. La constancia de ella, contrastaba con mi falta de disciplina para avanzar con el culo en la silla.

Ronda de Atocha

Permanencia y desfiguración de los lugares marcan el ritmo de la vida en las ciudades. El dédalo de estrechas callejuelas, paralelas o perpendiculares a la plaza, con nombres hermosos como calle de la Cabeza, del Mesón de Paredes, de la Magdalena, de Juanelo, de la Colegiata, era muy concurrido los fines de semana. Los que subían del Rastro se confundían con el tropel de los aún excedidos por la noche. Ese ambiente algo sombrío, canallesco y bohemio ya no existe, ha cedido en el presente al pandémico efecto del parque temático.

Los corazones de las ciudades españolas, con Barcelona y Madrid al frente, son ahora góndolas de un gran centro comercial al aire libre: todo limpio, renovado y accesible al consumidor. Sin misterio por descubrir, Tirso de Molina se ha convertido en un no-lugar, o lo que es lo mismo en un lugar idéntico a cualquier otro, con bistrós que sirven brunchs, pizzas o burritos. Con pizarras de moda que ofrecen zumos détox y macchiatos for take away.

Del año y pico transcurrido antes de la nueva mudanza, piruetas de la memoria, he retenido dos momentos del invierno. Una gozosa noche-madrugada de fin de año mirando con mi chica, completamente vestidos dentro de la cama, los Soprano en plan maratónico y una tarde en que vi como la nieve, esa broma climatológica, se iba depositando a cámara lenta en las superficies del exterior. A intervalos casi regulares, todo se tiñó por una fina lámina de mármol de Carrara. Nunca más volví a ver caer la nieve de esa manera en los Madriles. Saqué varias fotos desde mi ventana.

Tirso bajo la nieve

Yendo cada vez más hacia el sur

Ronda de Atocha, 8, último piso. Donde termina la arbolada calle Argumosa, uno se encuentra con una tostadora gigante de color bermellón que es la ampliación del Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía. Esta construcción moderna, diseñada por el arquitecto francés Jean Nouvel, dominaba las vistas que teníamos desde nuestra nueva terraza. Allí, después de las siete de la tarde, veíamos el sol esconderse por detrás de los tejados antiguos y las cúpulas de dos iglesias barrocas que parecían flotar sobre la ropa puesta a secar de una corrala.

Un repaso de los dos años que vivimos en aquel ático se funden en una única imagen, la del deslumbramiento que nos producía, a Laura y a mí, ver crecer a nuestra hija. Lo más vivo que ha quedado es la materia de la cotidianeidad, la alegría de los cumpleaños y las fiestas pero también las horas sin sobresaltos, las que discurrieron siendo contemporáneos del que era nuestro presente.

Mudanzas II

De Lavapiés una nueva mudanza nos llevó más hacia el sur, a la zona de Embajadores, muy cerca de lo que en tiempos remotos se conocía como el barrio de las Injurias. Nombre perfectamente literario para una zona delimitada entre el actual Paseo de las Acacias y el de Yeserías, no lejos de Pirámides ni del Vicente Calderón, estadio del Atlético de Madrid.

Hacia el sur y el este de la Puerta de Toledo, el paisaje se ha modificado brutalmente si lo comparamos con las fotografías de comienzos del siglo XX que abundan en los bares de tapas.

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En los edificios y urbanizaciones del presente -muchas de ellas con sus jardines y perímetros de seguridad privada- no quedan ni rastros de lo que a finales del siglo XIX fue un barrio pobre de mala fama y luego una zona industrial. Hay que ver lo que ha cambiado esta ciudad con el vaciado industrial, seguido por los efectos de la política de tierra arrasada aplicada en el Centro, y alrededores, para borrar toda huella de lo que fue. Cierto es que mientras vivimos no reconocemos los escenarios que tiempo después echaremos en falta y que las ciudades nunca dejan de transformarse.

Hoy añoro la Glorieta de Embajadores, a pesar de que cuando llegamos al número tres de Sebastián Elcano, 6º B, aquella calle era el epicentro de los politoxicómanos. Pululaban a todas horas del día y de la noche en búsqueda de su cunda. Por una tarifa fija de cinco euros por pasajero, coches destartalados ofrecían un recorrido hasta el mayor mercado de la droga en Europa: el poblado de Cañada Real. A unos 15 km de distancia por la carretera de Valencia. El rostro del heroinómano era fácilmente reconocible: ausencia de dientes, aspecto cadavérico, piel ruinosa plagada de pequeñas contusiones, ojos hinchados, acuosos, a punto de salir de sus órbitas. Pasaba junto a ellos todos los días, cuando llevaba o traía a mi hija del colegio. Jamás me dirigieron la palabra, ni siquiera me pidieron dinero. Siempre tuve la sensación de que no me veían, de que no tenían registro de nadie. Andaban absolutamente descuajeringados, como los muertos vivientes de la peli de George Romero.

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El lapso de tiempo que transcurría entre la llegada del yonqui a la Glorieta de Embajadores y el momento en que la cundaestaba preparada para partir con sus tripulantes era de tensa espera. Desde mi balcón veía en constante loop la escena: tipos fumando colillas recogidas del suelo, bebiendo cerveza o comiendo bollos robados del supermercado de la esquina.

Tirso II

En el barrio no era todo desesperación y un tropel de zombies. También podían verse las venas llenas de savia inmigrante. Niños, niñas de diferentes colores y etnias correteando por parques como el del Casino de la Reina o el del Campillo del Mundo Nuevo. Paquistaníes, magrebíes, indios, bengalíes, malayos, colombianos, ecuatorianos, filipinos, europeos del este y subsaharianos de multitud de países conviviendo en relativa armonía. Con los chinos, un pulmón incansable de trabajo. Tiendas que abren entre las diez de la mañana y la medianoche de forma ininterrumpida, en las que trabajan todos los miembros de la familia. Comen, estudian, miran la tablet, todo detrás del mostrador. Amables y eficaces en el trato con los clientes. A los que tenían su local a pocos metros de mi portal, jamás les vi de mal humor o con un mal gesto. Yo fantaseaba mucho con la idea de preguntarles qué esperan de la vida, cuáles son sus sueños, sus miedos. Conocí a Han, a su padre Yan Jin y a su madre Zhang Hui Fei. Escribieron un día sus nombres en un papel, me vendieron cigarrillos sueltos durante los 8 años que vivimos en Embajadores. Jamás respondieron a ninguna de mis interrogaciones. Sólo sonreían, al mismo tiempo que asentían de forma mecánica.

CONTINUARÁ…

Por qué no encuentras las llaves del coche

El sonido de las olas del mar se mezcla con las notas de un ukelele. Estás en una playa paradisiaca a punto de pedir una piña colada y, de repente, caes en la cuenta de que es septiembre (ya no estás de vacaciones) y no has oído el despertador. Das un salto de la cama, te vistes con lo primero que pillas, vas al baño a lavarte rápidamente la cara (los dientes tendrán que esperar) y comienzas a buscar por todos lados las llaves del coche. ¿Os suena? A las llaves del coche parece no interesarles lo más mínimo que lleguemos tarde. Después de abrir la puerta del congelador y registrar las siete mochilas que utilicé la semana pasada, las llaves aparecen en el bolsillo del un pantalón.

«La memoria utiliza constantemente el olvido para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%».

De entre todas las hazañas que hace un cerebro para recordar, existe una que me apasiona. Se trata de un mecanismo que le permite seleccionar de una ristra de recuerdos, aquel que contiene la información más reciente. Sin este mecanismo nuestra vida sería un desastre. Imagina que, cuando le pedimos a nuestros sesos que nos diga dónde pusimos las llaves del coche, nos ofrece una batería de recuerdos con todos los lugares donde hemos dejado las llaves del coche a lo largo de toda nuestra vida. ¡Sería imposible encontrarlas!

Para empezar, la memoria utiliza el olvido constantemente para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%. Ahora bien, de los recuerdos que conservamos en la memoria… ¿Cómo sabe el cerebro qué recuerdo contiene la posición actual de las llaves? La explicación que más tilín nos hace a los neurocientíficos está relacionada con la neurogénesis; el nacimiento de nuevas neuronas.

«En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día».

En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día [1]. ¿Y qué es eso de hipocampo? ¿Un insulto? No. Es una estructura neuronal con forma de caballito de mar que está relacionada con la memoria, y son estas setecientas neuronas alevines que nacen dentro del hipocampo las que nos permiten separar y diferenciar los recuerdos similares entre si [2]. A ellas debemos hacerles la fiesta cada vez que encontramos la llaves a la primera.

 

Tres trucos para recordar dónde has puesto las llaves

Seguramente algún lector o lectora ya conoce mi obsesión por acercar la ciencia a la vida cotidiana de las personas de una forma práctica, así que voy a compartir tres trucos para aumentar la probabilidad de recordarlas malditas llaves del coche.

Lo primero que podemos hacer es prestar atención. ¡Bravo! ¡Un aplauso para David! Vale. Hasta un concursante de Gran Hermano VIP sabe que la atención es el pegamento que nos permite fijar los recuerdos, si, pero… ¿A que no todo el mundo sabe cómo mejorar la atención? Es simple. Si quieres recordar dónde has puesto las llaves, sácalas del pantalón nada más llegas a casa y ponlas en un lugar. Donde más rabia te de. No importa si quieres esconderlas dentro de la cisterna del váter para intentar sabotear este truco. Lo recordarás igualmente. Solo debes imaginar que un meteorito impacta en ese el lugar. Imagina vívidamente y con detalle como hace saltar el mueble y las llaves del coche por los aires. Sobre todo deja volar tu imaginación (intenta evitar no hacer ruidos extraños o tu pareja pedirá una orden de alejamiento). Este ejercicio absurdo es uno de los trucos que utilizan los campeones mundiales de memoria.

 

 

Otra opción, para el que consiga vencer la pereza, es hacer ejercicio. Resulta que el ejercicio promueve el nacimiento de nuevas neuronas en el hipocampo y, de rebote, nos ayuda a diferenciar recuerdos similares entre sí (en neurociencia nos gusta llamar a este proceso patrón de separación) [3].

Para aquellos tecnoadictos a los que no les termine de llenar ninguna de las propuestas anteriores, siempre pueden instalar la app de turno para encontrar las llaves del coche sin mover una sola neurona. Una conocida marca de coches hace años que ha puesto a disposición de sus clientes una aplicación capaz de sincronizar el teléfono móvil con el llavero del automóvil y localizarlo en un abrir y cerrar de ojos.

 

Si instalo un app para encontrar las llaves… ¿Me hará más tonto?

 

Cada vez existen más personas reticentes a usar la tecnología porque piensan que nos idiotiza, y que el mundo terminará repleto por seres humanos con la capacidad intelectual de Victoria Beckam y la elocuencia de Mariano Rajoy. Instalar una aplicación en el teléfono móvil para encontrar las llaves del coche, cambia la manera de adaptarnos a la situación lo cual modifica nuestra estructura neuronal, es cierto, pero no tiene porqué convertirnos en ignorantes. De hecho, hasta puede resultar beneficioso, porque nos permite dedicar el tiempo que invertimos en buscar las llaves a aprender algo nuevo. La clave no es gestionar mejor el tiempo sino habitarlo mejor.

Referencias

[1] Spalding, K. L. et al. (2013) Dynamics of Hippocampal Neurogenesis in Adult Humans. Cell, Volume 153, Issue 6, Pg. 1219-1227.

[2] Aimone, J. B. et al. (2011). Resolving new memories: a critical look at the dentate gyrus, adult neurogenesis, and pattern separation. Neuron, 70(4), 589–596. http://doi.org/10.1016/j.neuron.2011.05.010

[3] So, J. H. en al. (2017). Intense Exercise Promotes Adult Hippocampal Neurogenesis But Not Spatial Discrimination. Frontiers in Cellular Neuroscience, 11, 13. http://doi.org/10.3389/fncel.2017.00013

¿Qué hace Internet con el cerebro de nuestros hijos?

El fenómeno de Internet ha cambiado por completo no sólo nuestras vidas, sino también la anatomía de nuestro cerebro. Vamos al cine por internet, estudiamos por Internet, llevamos los conciertos a casa gracias a internet o, incluso, ligamos y satisfacemos nuestras necesidades sexuales de forma virtual.

Un estudio realizado por We Are Social señala que un 77% de los ciudadanos españoles tenemos conexión a la red de redes. Aquí viene lo bueno: ¿cuánto tiempo le dedicamos? Pasamos diariamente 3 horas y 47 minutos al día de media conectados a la red con el ordenador a las que tenemos que sumar un par de horas más desde nuestro móvil. Esto hace un total de unas 5 horas al día conectados al ciberespacio, lo que se acerca peligrosamente a las 6 horas de sueño mínimas recomendadas. Si se cumple esta tendencia, en los próximos años dedicaremos más tiempo a Internet que a dormir.

 

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Según la revista Nature el límite de la longevidad de un ser humano es de 125 años. Si a alguien le parece poco, que no se deprima o se ponga dramático. Hace 100 años también pensábamos que una persona media con suerte soplaría las velas de su 65 cumpleaños y mira ahora. Volviendo a lo nuestro, si tomamos una vida media de 91 años, los seres humanos pasaremos unos 17 años conectados a Internet a lo largo de nuestra vida. Si, he repasado el cálculo y es correcto. ¿Cómo influye pasar 17 años conectados a Internet en nuestro cerebro?

 

El cibercerebro

El cerebro de cualquier ser vivo es una huella dactilar única que cambia todo el tiempo, y su principal objetivo es ofrecernos un presente apetecible. Cada cosa que modifiquemos en nuestra forma de vivir o de pensar lleva consigo una modificación neuronal. De hecho, este cambio neuronal es lo que llamamos adaptación.

Por ejemplo, un taxista de Londres debe memorizar más de 25.000 calles distintas y 20.000 puntos de referencia en un periodo de 3 años para poder obtener la licencia. Según Katherine Woollett, neurocientífica de la University College London, este aprendizaje aumentó unos centímetros la materia gris en el hipocampo de los taxistas debido al enorme esfuerzo que tuvieron que hacer sus memoria. Si una vez ha conseguido la licencia el taxista se pone un GPS, en pocos meses su hipocampo perderá volumen, adaptándose a la nueva situación (muy similar a la relación ente nuestros músculos y el gimnasio).

¿Y por qué el cerebro no conserva un hipocampo musculoso? Muy sencillo. Mantener a un hipocampo culturista requiere energía, y si vamos a estar con el GPS el cerebro nunca va a malgastar su tiempo y dinero para que el hipocampo luzca músculos con el fin de seducir al lóbulo frontal. Ya que ha salido el tema, en el lóbulo frontal se registra cualquier cambio social, ya sea en nuestro grupo de amigos o en la forma de relacionarnos. Esto nos servirá para más adelante.

 

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En el siglo XXI tenemos clarísimo que el cerebro es algo plástico. Si papá Noel nos trae un iPhone 7 (espero que me escuche desde aquí), y de repente comenzamos a pasar horas y horas con el teléfono móvil moviendo nuestros dedos a toda velocidad para escribir en el minúsculo teclado, la corteza cerebral nos echará humo. Un estudio desarrollado por investigadores suizos consiguió, analizando la corteza cerebral de las 37 personas que participaron en el experimento, saber el tiempo que dedicaban a su Smartphone. El impacto quedaba patente en sus cerebros.

 

El efecto Google

Una de las cosas que más a cambiado en mi día a día el uso de Internet es el señor Google. El señor Google te ayuda a terminar las frases, dejando al borde de la extinción a los “lo tengo en la punta de la lengua”. Internet se ha convertido en un descomunal cerebro externo. Desde que lo conocí, y mira que he sido de esos que han dicho «yo no quiero eso», vivo en la nube.

Esto es el efecto Google. En la Universidad de Columnia, Betsy Sparrow (ya lo he investigado yo por vosotros y no es pariente del capitán Jack) ha realizado 4 experimentos con el fin de determinar el impacto del gigante Google sobre nuestro cerebro. Los conejillos de indias fueron sus pobres estudiantes, y les acompaño en el sentimiento porque a mi también me ha llegado a «invitar» a participar en un experimento la persona que unos meses después corregiría tu examen (y créeme que quieres tenerla lo más contenta posible y que le suene tu cara por si las moscas).

 

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Que me voy por las ramas. La conclusión del experimento fue: para que voy a esforzarme en responder preguntas complicadas si está el señor Google. Sparrow había dividido a los alumnos en dos grupos. Al primero le pidió que respondieran una serie de preguntas más y menos complicadas, avisándoles que diez minutos después podrían usar Internet para responderlas. Evidentemente no les dejó y le retiró los formularios con lo que habían contestado. ¿Que qué paso? Su memoria se vio resentida. El segundo grupo, al cual no les dejó ni oler un ordenador, se esforzó más y respondió significativamente mejor a las preguntas.

Este y otros estudios advierten que el uso de Internet está cambiando las conexiones cerebrales relacionadas con la memoria a lago plazo (así a lo bestia hipocampo y la corteza cerebral). Muchas personas interpretan este hecho como que los jóvenes nos estamos atrofiando, señalando con el dedo a Internet com el verdugo de la memoria, pero lo cierto es que únicamente se está adaptando. La memoria nunca ha dejado de trabajar. Lo que ocurre es que en lugar de esforzarnos por introducir en la mollera información compleja, estamos optando por retener cómo hemos de llegar a la información compleja que necesitamos, llenando nuestro cerebro de direcciones web, nombres de foros o blogs interesantes (como el de Psiquentelequia).

 

El efecto Facebook

Robin Dunbar de Oxford llegó a la conclusión de que los cerebros que tienen más de 150 amigos en Facebook presentan a la vista de los escáners cerebrales un mayor volumen en zonas relacionadas con las emociones y las habilidades de comunicación (lo que hablamos antes del lóbulo frontal) {Dunbar, 2016 #199}. Lo curioso del tema, es que el cerebro parece tener un límite porque los que tenía 300 amigos no tenían el doble de volumen cerebral, sino el mismo. Al parecer la cosa influye hasta un límite.  De todos modos, como hemos mencionado al principio de este viaje neurocibernético, hace un siglo también los científicos pensábamos que el límite máximo en la esperanza de vida eran 65 y hoy ya vamos por 125 años. Con ello quiero decir de que nuestra capacidad de manejar más relaciones sociales muy probablemente aumentará. Así que tiempo al tiempo.

 

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Dejando a un lado los amigos, a nuestro cerebro le pirran los me gusta”. Un cerebro que se conecta a Facebook y ve que su última publicación está rebosante de likes es un cerebro feliz. La investigadora Laura Sherman reunió en el departamento de Psicología de UCLA en los Ángeles a 32 usuarios de Facebook adolescentes y los introdujo con permiso en un dispositivo de resonancia magnética funcional. Al mirar dentro de sus cerebros vio como los núcleo accumbens de los jóvenes se iluminaban como árboles de navidad, cuando entre las 150 imágenes que les mostró aparecían sus publicaciones colmadas de “me gustas”.

Lo que nos interesa del núcleo accumbens (vaya nombrecito teniendo en cuenta de que lo podían haber llamado Paco) es que se encarga de activar el centro de recompensa del cerebro y hace que nuestro organismo se atiborre dopamina, generando una reacción neuroquímica similar a cuando nos comemos un Ferrero Roche o nos toca la lotería. ¿Un poco exagerado no? Para lo bueno y para lo malo, así es nuestro querido cerebro.

 

Internet está cambiando nuestra forma de olvidar

Escribir en la pantalla de un teléfono, utilizar el buscador de Google o hacer clic en algo que nos gusta, acabamos de descubrir que tiene un impacto sobre nuestro organismo. Esto nos puede sorprender más o menos, pero en realidad cualquier cosa que hagamos o pensemos con frecuencia, se representa de algún modo en nuestra estructura neuronal.

Todo los recuerdos que tenemos de cuándo éramos niños, nuestros primeros coqueteos en los campamentos de verano o el primer trabajo en el que nos explotaron, queda almacenado en algún lugar de nuestro cerebro (lo que hoy nos hace más tilín, es pensar que la información de la memoria se almacena en la conexión química que tiene lugar en la hendidura sinóptica al producirse sinapsis entre las neuronas). Ahora bien, la mayor parte de las cosas que pasan por nuestro cerebro las olvidamos. Y es que para nada queremos recordar que esta mañana nos hemos hurgado la nariz mientras estábamos parados en un semáforo.

 

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Ahora bien, si sacamos un video de nosotros hurgándonos la nariz y la subimos a Facebook, la cosa cambia y mucho. Éste es un evento innecesario que vamos a recordad tanto nosotros como los miles de personas que lo vean debido a lo impactante de las imágenes (apuesto que tendrá millones de likes más que este artículo). La memoria de un ser humano medio es un abuelo senil controlado por el Alzheimer comparado con la memoria de la señorita Facebook, quien se está convirtiendo en una descomunal memoria autobiográfica externa para millones de personas.

El olvido es uno de los principales mecanismos del cerebro para construir un presente apetecible. Necesitamos hacer borrón y cuenta nueva cuando las cosas no salen como esperábamos, para poder comenzar de nuevo. El kit de la cuestión, es que pasamos de media entre 2 horas y 3 horas husmeando en los recuerdos de los demás o a generando nuevos recuerdos con la señorita Facebook; ahora una foto haciendo morritos y después mi opinión acerca de la situación política en España. Señoras y señores, Internet no olvida. Y los seres humanos necesitamos tener la posibilidad de olvidar.

 

Por que no debo tirar el ordenador de mi hijo por la ventana

Una socorrista, tras verter el producto químico equivocado en una piscina y provocar quemaduras leves en la piel de los bañistas, narró los hechos a los medios de comunicación con una mítica frase: ”la he liao parda». Pues lo mismo está haciendo Internet con nuestro cerebro: la está liando parda.

Seguramente si eres padre o madre estarás pensando: “¡Dios mío! ¡Voy a dejar de leer este artículo y a salvar la vida de mi hijo!” y tengas ganas de entrar en la habitación y tirar los tres o cuatro ordenadores de media tenemos en casa por la ventana (no olvides los teléfonos). No lo hagas.

Claro que hay que explicarles lo que supone Internet a los jóvenes (aunque muchos de ellos se han dado cuenta de esto hace años), pero quédense tranquilos: Internet no está haciendo nada malo con el cerebro de nuestros hijos. Nuestro cerebro se ha adaptado a miles de cambios drásticos como Internet, por ejemplo al lenguaje o la escritura, y ninguno de ellos nos convirtió en idiotas. Al revés, nos han ayudado a desarrollar capacidades increíbles.

Internet no hará idiota al cerebro de sus hijos. Aunque es pronto para saber a dónde nos llevará el ciberespacio (que capacidades derivarán de estos cambios en la memoria, de la forma de olvidar o en los sistemas de recompensa), lo que si sabemos es que, en dosis adecuadas y siendo conscientes de lo que supone, el uso de Internet es altamente recomendable.

 

Referencias

Woollett, K.e.a., Acquiring ‘‘the knowledge’’ of London’s layout drives structural brain changes. Current Biology, 2011. 21(24): p. 2109 – 2114.

Ghosh, A., et al., Use-Dependent Cortical Processing from Fingertips in Touchscreen Phone Users. Current Biology, 2014.

Sparrow, B., J. Liu, and D.M. Wegner, Google Effects on Memory: Cognitive Consequences of Having Information at Our Fingertips. Science 2011. 333(6043): p. 776-778.

Dunbar, R.I.M., Do online social media cut through the constraints that limit the size of o ine social networks? R. Soc. open sci. , 2016. 3(150292).

Sherman, L.E., et al., The Power of the Like in Adolescence: Effects of Peer Influence on Neural and Behavioral Responses to Social Media. Psychological Science OnlineFirst, 2016.

Neurobiología de la honestidad II

Algunas preguntas para entrar en calor: ¿Te imaginas una persona que pasa sus días siendo deshonesta con ella misma, alguien que diariamente acudiera a un puesto de trabajo que no le llena, que compartiese espacio con una pareja a la que no ama o simplemente una persona que trata de esconder a los demás aquello que es, piensa o siente? ¿Te imaginas cómo sería un planeta repleto de personas deshonestas? Seguramente sus habitantes sufrirían accidentes de tráfico paranormales, tendrían profesores insensibles con perfil psicópata y las personas se jugarían el pellejo sin ton ni son. Menos mas que esto es ciencia ficción (aquí puedes encontrar la primera parte del artículo).

Accidentes de tráfico paranormales 

El científico Anthony Greenwald cita textualmente en un artículo publicado en los años 80 una serie de experiencias “paranormales” vividas por personas que habían sufrido un accidente de tráfico. La policía recogió en sus declaraciones la aparición misteriosa y repentina de una señal de stop o un poste de teléfono volador que se aproximaba a toda velocidad a la conductora sin que esta pudiera evitar la colisión. Ninguno de ellos había bebido o consumido sustancia alucinógena alguna, y además la segunda declaración corresponde a una profesora de literatura de renombre. Evidentemente, el equipo de atestados no requirió la ayuda de Iker Jimenez para aclarar los hechos. ¿Por qué personas sanas reaccionamos de esta forma?

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Aunque pueda sorprendernos la respuesta, este comportamiento está íntimamente relacionado con las características de nuestra memoria. Bajo circunstancias en las que todo transcurre muy rápido o son de una intensidad considerable, como en un accidente de tráfico, nuestra memoria patina e inventa una historia que abofetea la realidad. Para sorpresa de muchos, la corteza cingulada anterior (nuestro detector de honestidad que funciona como un rociador de hormonas anti-incendio) no interpreta acto deshonesto alguno, por lo que nuestro corazón se queda tranquilito y no hay ni rastro de cortisol o testosterona en el torrente sanguíneo. ¿Y esto porqué?

Esto ocurre porque nuestro organismo tiene una idea de honestidad muy diferente a nosotros. La honestidad no tiene mucho que ver con los demás, o con la verdad, sino con uno mismo. Podemos estar contándole a un policía con todo lujo de detalles que el poste de teléfono vino volando hacia nosotros (me encantaría haber visto el rostro del agente) mientras nuestro detector de honestidad duerme la siesta. En otras palabras, cuando nuestra memoria es coherente con la versión que lanzamos al mundo el organismo no detecta deshonestidad alguna a pesar de que lo que contemos sea «mentira». Por lo tanto, la honestidad para nuestro organismo no parece tener mucho que ver con la verdad.

 

Profesores insensibles con perfil de psicópata

Para conocer un poco más qué es la honestidad para el organismo, viajemos a nuestra época de estudiantes con nuestra máquina del tiempo cerebral. Estamos en la cantina de la universidad, con el sol de julio aún algo tímido, celebrando el final de exámenes tras recibir la última calificación que nos faltaba por saber. Suele ser habitual que parte del grupo de compañeros que han suspendido se muestren como víctimas de una injusticia, damnificados por un examen que salió despedido de la mente de un psicópata, mientras los que han aprobado mantienen la boca cerrada. Esta experiencia, que se repetía año tras año durante mi etapa de estudiante, coincide curiosamente con los resultados obtenidos por Robert Arkin y su equipo de investigadores de la Universidad de Ohio los cuales señalan que, ante un suspenso, tendemos a ver al profesor como un insensible lejos de asumir nuestro error. ¿Esto es honesto o no?

 

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Para nosotros todo puede ser cuestionable. Con mucho menos montamos programas televisivos o iniciamos interminables debates, pero menos mal que la honestidad no es una batalla mental o intelectual. Independientemente de nuestra opinión, es nuestro detector de honestidad el que toma las decisiones, y él tiene muy claro lo que es un acto deshonesto y lo que no (imagino a una corteza cingulada anterior reflexionando horas y horas acerca de si algo es honesto mientras el organismo se encuentra en serios apuros). El alumno que pone “verde” al profesor comienza a percibir en su organismo síntomas fisiológicos deshonestos. Empieza la fiesta del cortisol y la testosterona aumentando en la presión arterial, el ritmo cardiaco, la frecuencia respiratoria, la temperatura y experimenta una pérdida de empatía con el mundo.

Estas y otras investigaciones dejan entrever un mecanismo muy humano que tiene mucha guasa: achacamos nuestros éxitos a nuestro buen hacer y vemos los fracasos como fruto de la injusticia o de la “mala suerte”. Pero la cosa tiene más delito (ahora viene un punto que me encanta). Cuando se trata de los demás, entonces tendemos a pensar que sus logros se deben a la “buena suerte” y que el fracaso ajeno está relacionado con la falta de esfuerzo o directamente se debe a su incompetencia. Este comportamiento activa, la mayoría de veces de forma inconsciente, nuestro detector de honestidad como un martillo pilón.

 

Jugarnos el pellejo

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Nunca lo habría imaginado: la deshonestidad puede poner en peligro nuestra integridad física. Los seres humanos somos capaces de jugarnos el pellejo para mejorar la opinión que los demás tienen de nosotros, aunque sepamos que esa «mejoría» no será más que una quimera temporal. Si nuestro objetivo es conquistar a una chica o a un chico, somos capaces de conducir a gran velocidad, sufrir trastornos alimenticios, pelearnos sin motivo aparente, comenzar a fumar, beber en exceso o ingerir drogas. El investigador Mark Leavy nos aporta evidencia científica de ello. ¿Qué tanto nos aporta la deshonestidad que parecemos adictos a ella?

 

Los límites de la deshonestidad

Hagamos la mochila, añadamos un saco y tienda de campaña por si acaso, para hacer una nueva expedición. Caminando por los límites de la deshonestidad encontramos el trabajo de Dan Ariely. Junto a un buen número de colaboradores diseñaron desde el MIT un experimento que consistía en entregar a cada participante una hoja de papel con 20 ejercicios matemáticos que todos ellos sabrían resolver con un tiempo limitado de cinco minutos. Dan y su equipo sabían que, en promedio, cada persona tendría tiempo para resolver únicamente cuatro problemas. Las condiciones del estudio se completaban informando al personal que se pagaría un dólar por cada problema resuelto y que no era necesario entregarle las resoluciones como justificante. Es decir, podías no resolver ningún problema y dedicar el tiempo hurgarte la nariz, acercarte al majo de Dan y decirle que habías concluido todos los problemas y recibir veinte dólares. En palabras textuales del investigador “vimos a mucha gente haciendo un poco de trampa”. Los participantes dijeron que resolvieron siete problemas de media.

Los experimentos de Dan se corresponden con mis estudios observaciones en el Lizarrán (un restaurante español en el que cada pincho contiene un palillo y te cobran en base a los palillos que presentes). Por termino medio, cada uno de mis amigos consumió cinco o seis pinchos. Sin embargo, el 90% de ellos llevó únicamente cuatro palillos a caja. Nadie llevó uno o dos: todos hicimos un poco de trampa pero no mucha.

Estos estudios, entre otros, indican que existe un límite en nuestro detector de honestidad. Este umbral es una línea roja que no cruzamos a la ligera. Esto quiere decir que nos llevamos prestados el jabón de los hoteles o alguna toallita, evadimos impuestos cuando llevamos el coche al taller, pero la mayor parte de las personas no cogemos dinero de la caja del hotel (aunque sea poco) o robamos un coche. ¿Qué aspectos son capaces de desplazar la línea roja que marca los límites de la honestidad?

El mismo grupo de investigación diseñó un nuevo estudio que aporta unas cuantas pistas al respecto. Cuando pidieron a los participantes que antes de resolver los problemas recordaran los diez mandamientos, de repente resultaron ser todos unos santos y resolvieron menos problemas de media. Engrasando los entresijos del experimento, algo me llamó la atención: no hubo diferencia entre creyentes y ateos o entre personas que recordaron los diez mandamientos o ninguno (el autor confiesa que nadie fue capaz de recordad los diez). Sin embargo, la línea roja que marca los límites de la honestidad se vio condicionada igualmente. Evidentemente, esto no resulta exclusivo de la religión, sino que con un hipotético juramento cualquiera a la constitución, por ejemplo, puede estrechar el límite que nos separa del acto deshonesto. La moraleja podría resumirse en que el umbral de honestidad depende de nuestros pensamientos y es fácilmente manipulable por terceras personas. 

 

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Se que de esto ya hemos hablado pero es que me pirra. ¿Qué opinamos cuando los que hacen «un poco de trampas» son los demás? La cosa cambia y mucho. De modo inconsciente, justificamos evadir impuestos en el taller mecánico (es tanto de esperar como encontrar un póster de una mujer en cueros), o aceptamos incluir algo cuestionable en el currículum, pero si un político o un cargo público evade impuestos o falsifica algún documento es un corrupto y merece ir a la cárcel. El rasero de la honestidad es diferente si lo aplicamos a nosotros o a los demás.

 

Neurofisiología de la honestidad

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Hemos hablado y mucho del acto deshonesto, de aspectos neuronales y fisiológicos… ¿Pero qué ocurre cuando somos honestos? Estudios conjuntos entre las universidades de Hardvard y California durante cuatro años, son rotundos y esclarecedores: la honestidad reduce el estrés, ralentiza el envejecimiento celular, mejora la salud y nos hace más longevos. Estos efectos se deben a una hormona que habita los organismos honestos, la oxitocina, encargada de promover la salud, disminuir los niveles de cortisol y restablecer la tensión arterial a su curso natural.

 

Miedo a la honestidad

Muchas personas compartimos la extraña creencia de que si nos mostramos a los demás tal cual somos, haciendo uso de la honestidad, algo saldrá mal. Esta idea es el padre del cortisol y la testosterona, y para nada se corresponde con la realidad.

En los hospitales estadounidenses encontramos un buen ejemplo de ello. Alrededor de dos millones de personas se encuentran con problemas de salud graves, y cerca de cien mil pierden la vida a causa de errores médicos según los datos de un informe del Instituto de Medicina de USA (1999). Normalmente esto ocurre entre interminables jornadas laborales, donde los profesionales prescriben erróneamente un medicamento (sin caer en la cuenta de alergias o contraindicaciones entre fármacos) y realizan diagnósticos equivocados. Según el doctor Luis Rojas Marcos, quien de 1995 a 2002 dirigió el sistema sanitario neoyorkino, cuando los profesionales de la salud bajan del pedestal y exponen lo ocurrido a los pacientes con honestidad, las personas perjudicadas no sólo agradecen y aceptan sus disculpas sino que se interponen menos medidas legales por sus negligencias. En definitiva: no tenemos argumentos sólidos para temer a la honestidad, sólo alguna que otra creencia sin fundamento al respecto, y si muchos motivos para ser honestos.

 

La humanidad tiende a la honestidad

 

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Para ser honestos no tenemos que esforzarnos. Cuando la cosa aprieta, o al menos eso concluyen un buen puñado de estudios científicos, los seres humanos tendemos a ser honestos incluso en situaciones en las que tenemos algo que perder. A pesar de estar en juego la propia economía de los participantes o su reputación social, muchas personas optan por la honestidad como forma de afrontar situaciones de vida complicadas. Nuestra programación genética se impone. El titular podría ser: la humanidad tiende a ser deshonesta en las cosas “poco importantes” y a ser honesta en las “importantes”.

 

El poder de la honestidad

 

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Ante la honestidad no hay creencia, hábito o red neuronal que valga. No hay excusas. Ser honestos nos convierte en organismos saludables y no por arte de magia sino por arte de ciencia. Con cada experimento, con cada línea, caemos en la cuenta de que nuestro organismo tiene una idea de honestidad muy diferente a la nuestra y llegar a este punto no tiene precio.

Este texto no pretende que nadie se haga una nueva idea acerca de la honestidad, sino que entendamos cómo ve la honestidad nuestro organismo, que aprendamos sus manías y cómo funciona, para que podamos vivir una vida en sintonía con él. Para nuestro organismo la honestidad no tiene tanto que ver con decir la verdad a los demás, más bien es un gesto de empatía con nosotros mismos.

 

Referencias

Greenwald, A.G., The totalitarian ego. American Psychology, 1980. 35: p. 603-618.

Rojas, L., Eres tu memoria: conócete a ti mismo. 2012, Barcelona: Espasa.

Arkin, R.M. and G.M. Maruyama, Attribution, affect, and college exam performance. Journal of Educational Psychology, 1979. 71: p. 85-93.

Rojas, L., La autoestima. Nuestra fuerza secreta. . 2007, Madrid: Espasa.

Leary, M.R., et al., Self-presentation in everyday interactions: Effects of target familiarity and gender composition. Journal of Personality and Social Psychology, 1994. 67(4): p. 664-673.

Ariely, D., Our buggy moral code. 2009, TED2009.

ten Brinke, L., J.J. Lee, and D.R. Carney, The physiology of (dis)honesty: does it impact health? Current Opinion in Psychology, 2015. 6: p. 177-182.

Light, K.C., K.M. Grewen, and J.A. Amico, More frequent partner hugs and higher oxytocin levels are linked to lower blood pressure and heart rate in premenopausal women. Biol Psychol, 2005. 69: p. 5–21.

Zhu, L., et al., Damage to dorsolateral prefrontal cortex affects tradeoffs between honesty and self-interest. Nature Neuroscience 2014. 17: p. 1319–1321.

Gusanos musicales: canciones que se pegan

A no ser que seas un extraterrestre recién aterrizado en nuestro planeta, lo más seguro es que hayas visto uno de los últimos anuncios de Vodafone, en el que el protagonista no puede dejar de entonar una cancioncilla que fue éxito del verano hace algunos años, con el consiguiente sufrimiento de quienes le rodean. Nuestro pobre hombre está siendo atacado por gusanos musicales:

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https://www.youtube.com/watch?v=W1DPL2LpiQs

Que levante la mano a quien no le haya pasado lo mismo en alguna ocasión. Pero ¿por qué ocurre? ¿qué base neurológica hay detrás de este incómodo fenómeno? ¿hay canciones más convertibles en «gusanos musicales»?

Gusanos musicales: ¿qué son?

Al primero que llamase a este hecho «gusano musical» deberían haberle dado un premio. La definición me parece efectivamente precisa. Porque cuando se te mete una canción en la cabeza, parece como si efectivamente, un pequeño gusano sin forma se moviera a sus anchas en tu cerebro sin que puedas hacer nada por echarlo de allí. El término adecuado es el de imaginería musical involuntaria.

En su libro «Musicofilia» Oliver Sacks dedica un capítulo entero llamado «Gusanos cerebrales, música empalagosa, y melodías pegadizas» a este tipo de fenómenos.

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Gusano musical

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Ante la pregunta de ¿por qué ocurren? la hipótesis que plantea es que de algún modo nuestro cerebro evolucionó con una gran capacidad para repetir sonidos. Hace miles de años nuestros ancestros tenían que aprender a diferenciar los sonidos que escuchaba a su alrededor, distinguiendo cuáles eran peligrosos y cuáles no. Y para poder realizar esta tarea satisfactoriamente se requiere la capacidad de almacenar y repetir estos sonidos.

El problema que plantean es que en la actualidad estamos sobre expuestos a los sonidos. Todos tenemos un teléfono que nos acompaña cargadito de música. Nos la llevamos al gimnasio; la escuchamos en la radio; el las películas, en los anuncios de televisión, etc. Si hace cientos de años el acceso a la música estaba mucho más restringido a ciertos tipos de celebraciones sociales y a la propia producción en los casos más privilegiados, hoy en día podríamos decir que nos la música nos satura.

¿Algunas canciones son más propensas?

Hace unos años la doctora experta en los procesos de memoria Vicky Williamson se propuso estudiar el fenómeno realizando un pequeño experimento.  En colaboración con la BBC, pidió a los oyentes de un programa de radio que compartieran este tipo de episodios con ellos, creando así una pequeña base da datos en la que observó algo sorprendente a primera vista:

«Cuando tuve 1.000 canciones de gusanos musicales en mi base de datos, sólo media docena se habían mencionado más de una vez; así de heterogénea fue la respuesta. Es un fenómeno muy individual». 

Por lo tanto, parece que el tipo de melodías que se alojan incansablemente en nuestro cerebro dependen de cada persona. También se ha observado que poco influye que la canción tenga letra o no, ambos casos pueden convertirse en gusanos auditivos. Eso sí, es más fácil que ocurra si se trata de canciones con una estructura musical sencilla y repetitiva, como por ejemplo las nanas o las canciones infantiles o religiosas.

gusano musical

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Otro aspecto importante es que  es un fenómeno que parece estar íntimamente relacionado con un tipo de memoria más ligada a los recuerdos emotivos. Han visto que las canciones de la infancia, cargadas de recuerdos y emociones son muy propensas a convertirse en gusanos musicales por lo que todo parece indicar que la memoria autobiográfica tiene un papel bastante relevante en el proceso. Ya hace muchos años, el psicoanalista Theodor Reik, (colaborador de Freud) se acercó al fenómeno con curiosidad ya que creía que:

 «Ofrece al analista un indicio para llegar a la parte más secreta de la vida emocional en cada persona».

Independientemente de si las cancioncillas nos traen algún recuerdo emotivo, está bastante demostrado que una vez se te ha alojado un gusano en la cabeza, éste tiene más probabilidades de volver una y otra vez. Esto quedó reflejado en la maravillosa película «Del Revés» en la que un gusanillo musical se pasea por sus anchas en varios momentos de la película atormentando a sus protagonistas:

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https://www.youtube.com/watch?v=euwgRSt5Nrs

 

Cuando los gusanos auditivos se convierten en psicosis

Lo más común es que la experiencia tenga una esperanza de vida corta, unas horas es lo más habitual, y después tal y como han llegado se vayan. Pero ocurre a veces que las canciones se vuelven tan intrusivas que interfieren en la calidad de vida de la persona que las sufre. Podemos hablar entonces de una psicosis musical.

Es el caso de Jack Pudwell quién relata su experiencia en The Guardian, en un artículo llamado:  «Broken Record Syndrome: my life with chronic earworm«. Jack escucha canciones que se repiten en su cabeza todos los segundos de su vida, desde que se despierta hasta que se vuelve a dormir.

Es realmente claustrofóbico leer la experiencia de Pudwell quien relata cómo el hecho de estar contínuamente escuchando el fragmento de una melodía tras otra le llena de ansiedad. Ya no puede ir al cine, componer música le supone un serio problema, y los medicamentos con los que trata de frenar la enfermedad parecen no dar resultado. Tal y como termina el artículo, parece que su única esperanza es aprender a vivir con ello.

Pero  ¿por qué dar con una cura es tan difícil?

¿Qué parte de nuestro cerebro alimenta y aloja a los gusanos?

El problema de tratar de encontrar la parte específica de nuestro cerebro que se encarga de dar cobijo, crear y alimentar a estos pequeños gusanos es la propia naturaleza del mismo.

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gusanos musicales

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Tal y como indica el doctor Sacks en su libro, y como han demostrado tantas y tantas investigaciones: nuestro cerebro es altamente musical. Por ello cuando realizamos una actividad musical el cerebro se activa de una manera sorprendente  y  por ello también es muy difícil separar el módulo o región que provoca estos fenómenos.

Lo que sí que parece es que tiene una base fisiológica. Por ejemplo se ha observado que la ingesta de ciertos medicamentos (como la lamotrigina por ejemplo) que afectan a nuestros neurotransmisores, está relacionado con un aumento de estas canciones pegadizas.

Lamentablemente no hay un remedio «patentado» que solucione las pequeñas intrusiones musicales que todos sentimos de vez en cuando. Algunos investigadores recomiendan realizar alguna actividad que requiera un esfuerzo mental, como un sudoku por ejemplo. Otros recomiendan ponerse a escuchar otras canciones hasta que el gusano desaparezca. Quién sabe, igual Vodafone tenía razón y Spotify sea la solución…

 

Referencias

  • Sacks, Oliver. Del L. (2015)  Musicofilia, relatos de la música y el cerebro. Anagrama.

¿Te acuerdas de…? El multiverso de la memoria humana

«Puedo recordar todo lo que sucedió aquel día como si fuera ayer… aunque hace ya diez años de ello, puedo recordar perfectamente el sabor de aquella comida, pues jamás olvidaré dónde me encontraba en aquel momento».

A la mayoría de nosotros nos cuesta a veces recordar qué es lo que cenamos la noche anterior o cuál fue el perfume que elegimos antes de salir de casa, pero quizá rememoremos con detalle el menú del convite el día de nuestra boda (una fecha señalada)­ que tuvo lugar varios años atrás. Entonces ¿por qué algunas memorias quedan grabadas en piedra y resisten inolvidables al paso de los años, mientras que otras son frágiles y desaparecen en minutos?

En un estudio realizado en el año 1977, Roger Brown y James Kulik, de la Universidad de Harvard, publicaron que 79 de 80 estadounidenses entrevistados recordaban vívidamente las circunstancias en las que se encontraban 14 años antes cuando escucharon que John F. Kennedy había sido asesinado. Estos resultados han sido replicados en numerosos estudios que han estudiado eventos similares de singular importancia, observando las características de la persistencia o la precisión de las memorias formadas en determinadas circunstancias. En inglés este tipo de memorias se denominan memorias fogonazo (flashbulb).

 

RECUERDOS QUE PERDURAN

Algunas remembranzas resultan mucho más vívidas que otras. Con el nombre de memorias fogonazo (flashbulb) nos referimos a memorias especialmente vigorosas que se generaron en respuesta a una experiencia única con una alta carga emocional. Por ejemplo los atentados del 11 de Septiembre de 2001. Todos tenemos memorias personales muy intensas relacionadas con acontecimientos importantes en nuestra vida, como un accidente o una boda. En otros casos la persistencia de la memoria requiere atención y esfuerzo por nuestra parte como el aprendizaje de distintas materias durante la formación académica.

 

Los numerosos datos revelan que los sucesos que han sido asociados a momentos de alta carga emocional, tienden a ser recordados de forma espontánea con una intensidad concreta. Pero en otros casos, la formación de los recuerdos no se realiza de manera inconsciente, ya que requiere esfuerzo por parte del individuo para poder retener cierta información. Es decir, su persistencia solo se consigue mediante la repetición. ¿Cuántas veces tuvimos que repasar la tabla de multiplicar o la lista de capitales europeas para posteriormente poder recordarlas?

Cuando nos paramos a pensar en ¿qué es eso de los recuerdos? Surgen numerosas respuestas y a su vez cuestiones relacionadas con el tema. La ciencia se ha centrado durante muchos años en poder localizar los recuerdos en el cerebro humano y hoy por hoy son muchos los resultados obtenidos gracias a los avances tecnológicos de la época. Así podríamos definir la memoria  de forma general como la capacidad que tiene el sistema nervioso de retener información acerca de las experiencias pasadas, de manera que puedan ser condicionadas las conductas futuras. Sin embargo, el concepto de memoria es mucho más complejo que esto, ya que hoy sabemos que engloba capacidades muy diversas pudiendo distinguir diferentes tipos de memoria:

  • Memoria explícita o declarativa: tales como nuestros recuerdos de gentes, lugares y cosas.
  • Memoria implícita o de procedimiento: que incluyen distintas formas de aprendizaje inconsciente, motor o perceptivo.

A su vez, estos tipos de memoria requieren la participación de diferentes circuitos neuronales y se localizan en distintas regiones del cerebro. Pero llegar a esta conclusión no ha sido nada sencillo. Mediante el estudio de pacientes con lesiones cerebrales muy dispares, experimentos con animales de laboratorio y técnicas quirúrgicas y farmacológicas, se ha podido identificar el sustrato anatómico de distintas formas de aprendizaje y memoria en los humanos, acabando con la idea inicial de un sustrato completamente deslocalizado que se mantenía al principio del siglo XX. Por tanto podemos concluir hoy en día que el cerebro es un conglomerado de circuitos especializados que llevan a cabo distintas funciones.

Tras algunos datos teóricos pongamos un ejemplo:

La neuropsicóloga Brenda Milner estuvo trabajando en uno de los casos más relevantes de la historia de la clínica neurocientífica, en particular con un paciente conocido como H.M. que parecía presentar una importante lesión cerebral en el lóbulo temporal.

H.M. LA HISTORIA DE UN HOMBRE SIN HISTORIA

A la edad de 27 años H.M. fue sometido a una operación quirúrgica experimental y arriesgada con el objetivo de curarle de los ataques epilépticos cada vez más frecuentes e intensos que sufría desde su niñez a causa de un accidente en bicicleta. Dicha operación consistió en la extirpación quirúrgica de la región del cerebro en la que los médicos consideraban que se encontraba el foco de su epilepsia, una parte del lóbulo temporal que incluía el hipocampo. Los resultados de la intervención fueron sorprendentes: tras la operación, el cerebro de H.M. había perdido la capacidad de formar nuevas memorias. En palabras del cirujano responsable: «intentamos acabar con su epilepsia, pero acabamos con su memoria´´. La operación tuvo lugar en 1957; en los decenios siguientes H.M. gozó de buena salud y fue objeto de numerosos estudios neurológicos y psicológicos. La investigación realizada reveló que el paciente era incapaz de formar nuevos recuerdos de la gente que había conocido tras la operación, incluso de las enfermeras que veía a diario y así continuó hasta su muerte en 2008 a los 82 años. Lo más interesante del caso es que a diferencia de lo observado en los episodios de amnesia clásica, la mayoría de los recuerdos de H.M. previos a la operación seguían intactos. Además aunque su cerebro era incapaz de adquirir nuevas memorias de tipo declarativo, no estaba cerrado a otras formas de aprendizaje, tales como la adquisición de nuevas habilidades motoras. De esta manera se demostró que los distintos tipos de memoria se alojaban en sustratos anatómicos diferentes.

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Este caso le condujo a la identificación del lóbulo temporal en general y el hipocampo en particular como componente imprescindible para la adquisición de nuevos recuerdos acerca de personas, eventos o cosas, es decir, memorias de tipo explícito o declarativo. Sin embargo, una vez que la memoria ha sido adquirida y consolidada, el hipocampo deja de ser necesario. Por mecanismos que aún se desconocen, se produce una transferencia de la información desde el hipocampo hacia centros corticales. Por ello las lesiones hipocampales no repercuten en los recuerdos consolidados previos al daño.

Además de este avance, otros estudios han podido dilucidar circuitos neuronales que subyacen a otros tipos de memoria. Por ejemplo la amígdala, el estriado o distintas regiones de la corteza cerebral desempeñan una función clave en la memorias de tipo emocional, motora o procedimental. Pero, ¿de qué están hechos los recuerdos? ¿qué es lo que debemos buscar cuando hablamos de ellos? La identificación de la naturaleza física de los recuerdos ha sido un tema recurrente de estudio a lo largo de la historia, pero no fue hasta finales del siglo XIX que se postuló la primera hipótesis cargada de validez científica basándose en la intuición del neuroanatomista aragonés Ramón y Cajal, padre de la neurociencia moderna y premio Nobel en Medicina y Fisiología en 1906. El autor enunciaba ya para el año 1894 que:

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«El ejercicio mental facilita un mayor desarrollo de las estructuras nerviosas en las partes del cerebro en uso. Así, las conexiones preexistentes entre grupos de células podrían ser reforzadas por la multiplicación de terminales nerviosas´´

En la actualidad, esta hipótesis es la que explica la visión del problema en cuestión. La mayoría de los neurocientíficos piensa que los mecanismos de plasticidad sináptica (capacidad para modular o cambiar la fuerza de las conexiones entre neuronas, las sinapsis, y en consecuencia las propiedades y funciones de circuitos neuronales en respuesta a estímulos externos y a la experiencia previa) representan el sustrato celular para la formación de los distintos tipos de memoria: desde las formas más simples de aprendizaje no asociativo que observamos en sensibilizaciones en animales de laboratorio, hasta las elaboradas formas de memoria declarativa de los humanos. Resulta admirable que Ramón y Cajal pudiera inferir esa idea a partir de lo observado en las imágenes estáticas de sus preparaciones en microscopía. Finalmente la hipótesis cajaliana sobre la plasticidad sináptica encontró una definición más formal cincuenta años después en palabras de Donald Hebb (1904-1985), reconocido psicólogo canadiense cuyo postulado se considera hoy en día la explicación más razonable de lo que ocurre en nuestro cerebro cuando aprendemos: «Cuando el axón de la célula A excita a la célula B, y repetida o persistentemente interviene en su activación, algún tipo de crecimiento o cambio metabólico tiene lugar en una o ambas células…´´.

DATOS CURIOSOS

MEMORIAS DE CARACOL. CUANDO EL TAMAÑO IMPORTA

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El caracol marino Aplysia califórnica se ha ganado un puesto destacado en la historia de las neurociencias. Su sistema nervioso, formado por unas 20.000 neuronas organizadas en una docena de ganglios, es muy simple si lo comparamos con los más de 10 mil millones de neuronas que constituyen nuestro cerebro. Pese a semejante simplicidad, el caracol exhibe una variedad de comportamientos innatos y adquiridos que van desde el aprendizaje no asociativo al condicionado. Por ello, Eric R. Kandel, de la Universidad de Columbia, ha dedicado buena parte de su carrera científica a investigar las bases celulares y moleculares de estas formas básicas de aprendizaje. La accesibilidad de su sistema nervioso y el gran tamaño de sus neuronas, las mayores observadas en el reino animal, han permitido identificar con gran detalle los circuitos neuronales que regulan comportamientos concretos y estudiar cómo el aprendizaje y la formación de memorias afecta y da lugar a cambios físicos en conexiones especificas dentro de estos circuitos. Mucho de lo que conocemos hoy en día acerca de las bases celulares y moleculares de la memoria se lo debemos a este animal. Pese a la diferencia en número de neuronas y complejidad, parece que los mecanismos moleculares básicos que subyacen al aprendizaje y la memoria en este molusco están altamente conservados en los mamíferos.

anders gefragt : Eric Kandel, Medizin-Nobelpreis 2000

 

 

Labilidad de la memoria autobiográfica

En la conferencia de Helmut Schnatz realizada hace unos años, saltó el escándalo. Entre los asistentes al acto había muchas personas mayores de Dresde, testigos directos del horrible ataque sufrido por su ciudad los días 13 y 14 de febrero de 1945. Excitados, contaban que, tras el derrumbe de los edificios, los aviones británicos habían ido a la caza, en vuelo rasante, de los que huían de las llamas hacia las orillas del Elba o el gran parque. Schnatz, historiador riguroso, explicaba pacientemente que los hechos desmentían ese recuerdo. Los bombardeos levantaron tal columna de fuego, que era imposible que los pilotos volaran sobre la ciudad a baja altura para atacar a las personas una a una. El análisis de los planes de ataque y de los partes de las incursiones aéreas británicas no ha suministrado tampoco ninguna prueba de tales cazas del hombre. Aunque lo expuso con precaución y prudencia, el investigador consideraba la historia del vuelo rasante un mito que se perpetúa hasta hoy en el recuerdo de muchos ciudadanos. Pero los oyentes se hallaban indignados, pues ¿es que no habían visto con sus propios ojos los «plateados cazas Mustang´´ y a las personas que huían despavoridas?

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Los recuerdos, a pesar de ser falsos, encierran una gran densidad emotiva. Han adquirido tal importancia para ellos que ya no quieren perder estos sentimientos y otros asociados. En último término, se trata de sucesos que fueron decisivos en sus vidas y no podrían olvidarlos nunca. Paradójicamente es probable que esta intención haga que lo vivido se transforme de mil modos, pues toda evocación de un recuerdo, tiene también como consecuencia su almacenamiento refundido. En él se archiva el contexto de cada situación de evocación, por lo cual el recuerdo original puede enriquecerse o corregirse con nuevos matices y centrarse o incluso transferirse a determinados aspectos.

Quien comenta con otros participantes, sucesos compartidos, acusa la influencia de los demás en su retrospectiva personal. Por ejemplo, en casos de vivencias tan duras como conlleva una guerra, los sociólogos observaron que los relatos se estandarizan en el formato en que otros también lo recuerdan. Muchas de las transmisiones de los sucesos guardan un patrón similar, pareciendo que todas las personas hubieran vivido lo mismo en una determinada fase de sus vidas. Esto saca a la luz que los testigos de vivencias bélicas pueden presentar recuerdos muy diferentes a los que documenta la historia. Los habitantes de una ciudad bombardeada se constituyen en comunidades de recuerdo que se intercambian relatos y al mismo tiempo los modifican y configuran hasta que todos disponen de un fondo de historias similares. Ciertamente, todas ellas se basan en experiencias equiparables, sin embargo, con frecuencia han sido modificadas, adulteradas y creadas en la comunicación.

Los estudiosos de la memoria saben que las informaciones de episodios singulares e incluso desarrollos completos de sucesos, pueden integrarse en contenidos de memoria preexistentes. Se pueden alimentar falsos recuerdos a partir de fuentes muy diversas que trascienden lo vivido por uno mismo: narraciones de otras personas, novelas, documentales, películas, ensoñaciones y fantasías. Se trata de un fenómeno de amnesia de las fuentes: se recuerda el suceso en cuanto tal, pero se confunde la fuente de la que procede el recuerdo. Con el paso del tiempo, se intensifica esta tendencia del cerebro a recordar como parte de la propia biografía las vivencias de otros.

Pero ¿pueden equivocarse estos ojos? Lo relevante de tales reminiscencias importadas es que: «Están casi vivas delante de los ojos como si hubieran pasado ayer´´. De este modo las representaciones visuales de acontecimientos pasados, poseen subjetivamente la mayor fuerza de convicción. Los sucesos, para quedar almacenados después en la memoria, no necesitan pasar antes por la retina. Los sistemas neuronales de procesamiento de las percepciones visuales y los de lo fantaseado e imaginado, se solapan de manera parcial. Stephen M. Kosslyn, de la Universidad de Harvard, demostró en 1995 que la corteza visual primaria se activa de forma similar cuando los probandos ven objetos y cuando sólo se los representan.

Los sucesos se acogen en la historia propia con tanta mayor facilidad cuanto mejor se integran en el sentimiento general de fondo. Por ejemplo, la vivencia directa de la guerra deja tras de sí huellas emocionales muy profundas. Esto lo demostró Joseph LeDoux: se establecen conexiones sinápticas firmes entre las células nerviosas de la amígdala (la central de las conexiones emocionales), que desencadenan una rápida reacción afectiva. Así, determinados estímulos que recuerdan la vivencia primigenia, promueven la liberación de neurotransmisores en el cerebro, y con ello provocan las señales corporales de alarma que están ligadas con el engrama del recuerdo (se empieza a temblar, a sudar, a tener miedo y a buscar protección).

La conciencia puede asignar esta traza de memoria emocional a sucesos muy distintos, no vividos, si bien perfectamente asimilables a nuestra trama de sentimientos. Los recuerdos traumáticos no tienen por qué ser ni «más verdaderos´´ ni «más auténticos´´ que los otros, pero los sentimientos a ellos ligados contienen la huella emocional del acontecimiento de aquel entonces. El quid de la cuestión es que los testigos contemporáneos no pueden llegar a saber por si mismos si algo es un recuerdo verdadero o falso, pues para la persona que los rememora, ambos se perciben enteramente igual. De este modo, aunque los testigos tengan recuerdos muy diferentes de los que documentan los hechos históricos, no significa que mientan o que suplanten el ayer, sino que cuando guardan una imagen, lo hacen con una fuerte carga emocional, la cual apenas cambiará con lo aprendido más adelante. Cabe añadir que tales conflictos entre los recuerdos pueden transmitirse a través de generaciones. Así la transmisión oral del pasado demuestra que a pesar de que el abuelo o la abuela cuenten una historia determinada, los oyentes llegan a su propia versión de lo narrado. Es como si se tratase de un caleidoscopio, en donde los elementos y rasgos de las historias se transforman en una nueva constelación. Por tanto cada uno va incluyendo en la estructura de la narración sus propios sentimientos, formando diferentes collage basados en la identidad del que recuerda.

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Una memoria superior

Si pensamos por un momento ¿qué es lo que hemos desayunado esta mañana? Seguramente no nos suponga el más mínimo esfuerzo responder con acierto a la pregunta. Pero ¿podríamos decir que es lo que comimos el 29 de septiembre de 2003 una vez despiertos y duchados? Ciertas personas son capaces de satisfacer esa curiosidad. A partir de un momento concreto de su infancia o juventud se muestran capaces de describir con pelos y señales cada instante de su vida. Saben al dedillo en que día de la semana cayó una fecha concreta del calendario, qué hicieron en esa jornada y las noticias que leyeron en el periódico.

A esto le llamamos memoria autobiográfica superior o hipertimesia, cuya denominación proviene de la unión de los dos términos griegos: híper, que significa «sobre o por encima de´´ y timesis, «recordar´´. Existe una gran dificultad en investigar el origen de dicha capacidad ya que se conoce un número reducido de personas que dispongan de ella. La ciencia trata de buscar en su cerebro el secreto de tan asombrosa capacidad. Veamos un ejemplo:

 

Jill Price

hipertimesia

En el año 2000 se inició la historia de este síndrome cuando una mujer de los Ángeles, que por entonces tenía 34 años, contactó en su búsqueda de ayuda por internet con James McGaugh, de la Universidad de California en Irvine. Price remitió al investigador un correo electrónico en el que le narraba su insólita habilidad, la cual le permite conservar los primeros recuerdos de su más tierna infancia y almacenar en el cerebro cada día de su vida desde el 5 de febrero de 1980. Según explicaba, los recuerdos del pasado no le surgen cuando desea recordar conscientemente, sino que literalmente la avasallan cada vez que tropieza con una fecha. A primera vista muchas personas soñarían con poseer un don semejante, pero a Price le resulta una carga.

McGaugh quedó fascinado por el caso. A lo largo de los cinco años posteriores a leer el mensaje de la joven, estudió con minuciosidad el asunto. Se basó en múltiples pruebas de inteligencia y de memoria para comprobar los conocimientos de la paciente sobre días concretos del pasado. Según averiguó, la memoria de Price destacaba sobre todo en relación al calendario: en diez minutos era capaz de poner fecha a todos los domingos de Pascua entre 1980 y 2003, equivocándose tan solo en una de ellas por dos días; también se acordaba de lo que aconteció en su vida cada uno de esos días. El equipo de McGaugh contrastó una parte de esa información con las anotaciones del diario personal que esta mujer escribe meticulosamente desde su adolescencia.

El cerebro de Price también almacena los acontecimientos de trascendencia pública con sus respectivas fechas, siempre y cuando le interesen personalmente. Así lo observaron los investigadores al preguntarle sobre eventos relevantes recogidos en un libro sobre historia norteamericana contemporánea. La paciente acertó todas las fechas, a excepción de una: el día de la ocupación de la embajada de EE.UU. en Irán a finales de los años setenta del siglo pasado. Posteriormente se descubrió que el dato que aparecía en el volumen era incorrecto. Price tenía razón.

 

McGaugh y su equipo comprobaron que esa capacidad inusual no se basaba en un cálculo mental de fechas de calendario como sí se ha descrito en algunas personas autistas con síndrome del sabio o savant. Estos sujetos son capaces de calcular datos exactos dentro de un periodo de tiempo de hasta 40.000 años. Price, en cambio, solo recordaba hechos desde 1980: desde entonces, su memoria autobiográfica trabaja de forma misteriosamente exacta. En pruebas de memorización posteriores, los investigadores descubrieron que el cerebro de esta paciente escondía otros enigmas: era capaz de recordar palabras con la misma perfección.  Reconocía 50 términos que le acababan de mostrar sin equivocarse. No obstante obtuvo un resultado por debajo de la media en pruebas menos estructuradas como recitar de memoria listados de palabras. La paciente reconoce que en casa pierde a menudo las llaves, así como que apunta muchas cosas del día a día para no olvidarse.

Además, al contrario de lo que podría pensarse, la inteligencia de Price se ajusta a la media de los mortales. Le cuesta sobre todo las pruebas de pensamiento abstracto y de anticipación relacionadas con las funciones ejecutivas  del lóbulo frontal (las cuales califican los procesos mentales que sirven para la gestión y adaptación flexible del comportamiento humano; entre estos destacan el control de impulsos, la planificación de acciones o la regulación emocional). Nunca obtuvo notas destacables durante su vida de estudiante y siempre necesitó esforzarse mucho, en especial para aprender de memoria poesías o datos históricos.

De momento no existen instrumentos estandarizados para poder estudiar la Hipertimesia, lo cual implica que los investigadores no hayan podido aclarar hasta ahora el por qué de esta extraña capacidad memorística. Los estudios que se han hecho en pacientes como Price se han basado en métodos ideados en un inicio para evaluar a pacientes con trastornos de memoria. Pero lo que si se ha contrastado con grupos control, es que las áreas cerebrales relacionadas con la memoria autobiográfica se encuentran localizadas en el polo temporal. Existen diferencias en un total de nueve regiones cerebrales entre las que se han hallado mediante tomografía por resonancia magnética (TRM) las siguientes: el lóbulo temporal del telencéfalo (giros inferior y temporal medial o polo temporal), el fascículo unciforme y lóbulo frontal. Se ha comprobado que el fascículo unciforme conecta el lóbulo frontal con el temporal y ejerce una función clave en la memoria autobiográfica. Existe un estudio de un paciente que padeció una lesión en el fascículo unciforme a causa de un accidente en bicicleta, lo cual le produjo un daño en esa zona y como consecuencia la incapacidad de poder recordar episodios pasados de su vida. Sin embargo la memoria semántica (su conocimiento del mundo) se hallaba en su mayor parte intacta.

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También se habla de regiones como la amígdala y el hipocampo, los cuales desempeñan funciones sobresalientes en este tipo de pacientes. Las conexiones que existen entre ambas estructuras cerebrales se presentan mayor de lo usual y además facilitan la remembranza: las emociones tienen gran importancia en la capacidad de recordar, por ello recuperamos mejor los acontecimientos con trascendencia emocional que los estímulos neutros. La amígdala carga de emociones a los recuerdos, con lo que les confiere una gran relevancia personal. Pero si bien es cierto, la investigación sigue sin saber el origen de esta capacidad, por lo que queda abierto pensar si estas alteraciones cerebrales son las que causan dicha habilidad o bien, si el uso regular de ésta habilidad transforma el cerebro.

 

EL SINDROME DE KORSAKOFF

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Sé que esta mañana cuando abra la puerta de la habitación 1037 del servicio de neurología, volveré a encontrarme con una situación difícil de creer. «Vaya, otra vez alguien nuevo…´´, exclamará el paciente desde la cama. La escena se ha repetido en diez ocasiones. Aunque el dialogo se reitera, él cree siempre que es la primera vez:

  • ¿Hace mucho que está aquí?
  • Un día o dos, no más. Va siendo hora de que vuelva a casa – contesta el señor F.
  • Espere… ¿Dónde estamos?
  • Vaya pregunta, pero, eh… al verlo vestido así, yo diaria que… ¿en el hospital?
  • Si, así es. ¿Sabe que día es hoy?
  • El señor F. se rasca la frente…
  • Bueno, yo creo que debemos estar en verano.
  • Sí, ¿de qué año?
  • ¿1999?
  • Le extiendo el periódico. El señor F. frunce el ceño. En la primera página se lee la fecha del 21 de Julio del 2001.
  • ¿Qué broma es esta? – exclama.
  • Me llaman por teléfono y dejo al señor F. muy perplejo. Vuelvo minutos más tarde a su habitación.
  • Ah, otra vez, alguien nuevo… – profiere. Hay tanta gente aquí…
  • Procuro no hacer las mismas preguntas, acompañadas de la entrega del periódico. No habrá novedad en las consabidas respuestas.

El señor F. es un paciente singular. Aunque viva diez veces seguidas un mismo suceso, será para él, de ahora en adelante, una experiencia nueva. Cada mañana se despierta en el hospital y se asombra de estar allí. Cada día encuentra la fecha en el periódico y se entristece, para luego olvidarse. A cada visita del personal, aunque observa a las mismas personas, las recibe como extraños, se presenta y después nombre y cara de los saludados se borran de su memoria. Es como si su vida se hubiera detenido en el verano de 1999. Ninguna traza del nombre, del aspecto, nada de lo que habla con la gente deja la menor huella en su memoria. Hace un año y medio que el señor F. está en la habitación 1037.

El olvido del paciente parece total y absoluto. No es capaz de retener durante más de un minuto información que se le ha transmitido por vía oral o escrita. Esta amnesia evoca la de ciertos pacientes que sufren la enfermedad de Alzheimer, que olvidan de inmediato lo que se les acaba de decir y que plantean sin cesar las mismas preguntas. Sin embargo, el problema del señor F. es diferente; es un caso de amnesia que apareció de repente, hace año y medio:

El señor F., soltero, era técnico de mantenimiento y tenía una arraigada inclinación por la bebida. Bebía con desmesura y prescindía a menudo de la comida. Hasta que cierto día pierde el equilibrio, empieza a ver doble y su mente comienza a desvariar. Llega al hospital en un estado de confusión mental. Un análisis de sangre fue suficiente para emitir un diagnóstico: carencia grave de vitamina B1. Unas perfusiones de esta sustancia le devolvieron la vista y el equilibrio, pero había perdido para siempre la memoria. Padecía el Síndrome de korsakoff.

Sergei Korsakoff (1854-1900) describió el síndrome que llevaría su apellido a finales del siglo XIX. El médico ruso había observado la enfermedad entre los bebedores de vodka. Años más tarde se estableció una relación entre dicha amnesia y la carencia de Vitamina B1, o tiamina, inducida por el alcohol y la malnutrición. En general, tras una fase aguda en la que se asocian confusión mental, parálisis de los nervios motores de los ojos y perdida de equilibrio y de la coordinación de los movimientos, los pacientes salen de ese estado con una amnesia completa. En adelante no fijarán ya nada en su memoria. Con mucha frecuencia, la amnesia afecta incluso a los hechos que precedieron a la crisis aguda. Puede suceder también que al sujeto se le borren todos los recuerdos correspondientes a un periodo de años o decenios. Además, se sume en un pasado más o menos lejano, en el que permanece prisionero por un tiempo indefinido; el olvido le impide modificar sus impresiones en función de los datos del entorno.

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Las lesiones cerebrales de quienes padecen este síndrome se suelen analizar post mórtem o con técnicas de formación de imágenes, como la resonancia magnética nuclear (RMN) in vivo. Las lesiones afectan sobre todo a ciertas estructuras, pequeñas y alojadas a ambos lados de la región media del cerebro: los cuerpos mamilares. El volumen total de las zonas dañadas no supera el medio centímetro cubico de materia gris. Para entender la razón de ésta singular amnesia, es necesario entender cómo los cuerpos mamilares se integran en los circuitos de la memoria. Se sabe que la memorización de los hechos sigue una secuencia precisa:

Las informaciones entran por el Hipocampo (así llamado debido a su parecido con el caballito de mar), que se encuentra en la zona interna de los lóbulos temporales; todas las informaciones recibidas por el cerebro mientras ocurre algo, se dirigen a esta estructura que se activa según una configuración neuronal característica del acontecimiento, lo que constituye una especie de código de almacenamiento y de recordatorio del mismo; el propio hipocampo está conectado a su vez a los Cuerpos mamilares, al Tálamo y a la Circunvolución del Cíngulo, creando un Bucle o circuito de Papez (James Papez, 1883-1958).

 

DATOS CURIOSOS

El neurólogo y escritor Oliver Sacks evoca en su libro «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero´´ el caso de un hombre de 49 años que pensaba tener todavía 19 y se creía aun radiotelegrafista del ejército norteamericano. Cada mañana se sobresaltaba de miedo al mirarse en el espejo y descubrirse mucho más viejo que la imagen de sí mismo que guardaba en su memoria. Otros pacientes olvidan que han cambiado de profesión, que se han casado o que han tenido hijos.

¿SABIAS QUE….?

En Australia, donde antaño la frecuencia del síndrome de Korsakoff era la más elevada (a causa del alcoholismo causado por la cerveza), el enriquecimiento obligatorio con vitamina B1 de la harina industrial ha hecho que el número de casos disminuya a la mitad. Esta vitamina es esencial para el funcionamiento de las neuronas y, en particular, las de los cuerpos mamilares, que son cruciales para la creación de los recuerdos de la vida.

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Todos los elementos del bucle son indispensables para la fijación de los recuerdos a largo plazo. Cualquier tipo de destrucción del hipocampo por infección, traumatismo, accidente cerebrovascular, o por enfermedad como el Alzheimer, da lugar a una amnesia grave. En el síndrome de Korsakoff, resultado de una carencia de tiamina, la amnesia es idéntica, con la diferencia de que el hipocampo sigue intacto. En este síndrome son los cuerpos mamilares los que están destruidos debido al déficit de vitamina B1.

Todavía se desconoce por qué la carencia de esta vitamina destruye las neuronas de los cuerpos mamilares y de otras estructuras cerebrales. Entonces nos surge la cuestión de ¿Por qué algunas de estas células mueren en caso de carencia y otras no? Lo ignoramos… Lo único que conservamos de momento es el conocimiento de que la destrucción de los cuerpos mamilares impide la activación normal del hipocampo cuando se trata de crear nuevos recuerdos.

¿Qué le ocurre al sujeto cuando sufre lesión en  los cuerpos mamilares? Mantiene su capacidad de percibir el momento presente gracias a las zonas cerebrales cuya función es independiente del circuito de Papez. Sin embargo ese instante presente es barrido para siempre por las sensaciones siguientes: las zonas sensoriales no pueden guardar mucho tiempo en la memoria el contenido de las sensaciones, y en ausencia del circuito de Papez, no se inscriben en la historia a largo plazo del individuo. Se borran automáticamente tras unos instantes. De este modo los pacientes que sufren este síndrome lo olvidan todo, o por lo menos es la impresión que dan. Aun así siguen recordando su nombre, el de sus padres, qué es un perro o un tractor, cómo se usa un tenedor o cómo se conduce un coche. Es decir, que este circuito solo interviene en un tipo de memoria: la memoria episódica o de las experiencias vividas.

Los conocimientos sobre el mundo que nos rodea o la memoria semántica, no se resienten. Los pacientes reconocen el entorno y comprenden el significado de las palabras. Esta memoria depende de otras regiones cerebrales que se alojan en la cara externa de los lóbulos temporales. La memoria semántica está separada del circuito de Papez, es decir, de todo contexto espacio-temporal. Del mismo modo ocurre con la memoria procedimental, la cual nos permite aprender a montar en bici o conducir un automóvil. Por ello estos pacientes nunca olvidan ciertos ejercicios como esquiar o tocar un instrumento musical. La memoria procedimental se ubica en estructuras profundas del cerebro que se conectan con zonas motoras, como la sustancia negra, el núcleo caudado o el lenticular, que gobiernan los aprendizajes motores. Ni la memoria semántica ni la procedimental están asociadas a un momento dado en el tiempo o a un lugar en particular. Esto se muestra en que sabemos montar en bicicleta sin que sea necesario acordarse ni en qué fecha precisa ni dónde aprendimos a hacerlo. Los pacientes con el síndrome de Korsakoff por tanto son capaces de aprender comportamientos nuevos pese a su olvido inmediato. Pueden adquirir competencias particulares como la lectura y la escritura especular, o incluso jugar al tenis. Es curioso que cada vez que lo intentan, declaran que nunca en su vida han realizado este ejercicio, pero sus resultados mejoran cada día. También pueden aprender a orientarse en lugares nuevos.

Existen experimentos llevados a cabo por Claparède (1873) en donde observaba a pacientes con este síndrome que eran capaces de recordar dónde se ubicaba el baño dentro del hospital aun diciendo que no conocían donde se encontraban; o el caso de otra paciente con la que este autor había puesto de manifiesto su memoria emocional mediante un experimento curioso: un día, ocultó una aguja en la palma de su mano y después se la estrechó a la paciente, recibiendo ésta un pinchazo doloroso, lo cual hizo que a pesar de que al cabo de unos minutos olvidara el incidente, más adelante se negara a darle de nuevo la mano al médico, interiorizando el dolor asociado al apretón de manos.

Parece que todos estos aprendizajes, que se inscriben en el ámbito motor, emocional, espacial o incluso verbal se desarrollan en el registro inconsciente. El paciente dispone de ciertas informaciones y habilidades técnicas  que puede usar de manera juiciosa, aunque sin tomar conciencia de ello. Sin embargo la memoria afectada por este síndrome (memoria episódica) es por encima de todo una memoria explicita, de la que uno tiene conciencia.

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El estudio de este complejo síndrome nos ha permitido manifestar que la memoria humana está formada por diversos componentes localizados en varias regiones del encéfalo. No obstante, lo duro del caso es que no hay cura para las personas que lo sufren. No existe de momento manera alguna de hacer funcionales las estructuras afectadas en el hipocampo de estos enfermos. El señor F. no escapará a esta triste suerte y continuará amnésico hasta el fin de sus días. No podrá vivir fuera de un centro especializado, tendrá siempre 42 años en su cabeza y guardará la impresión de vivir en alguna parte hacia la mitad del verano de 1999…

Música para transitar a través de las emociones

Si existe un fenómeno puramente humano, capaz de movilizar nuestras emociones y hacernos sentir de forma profunda, ya sea desde la más amarga tristeza a la alegría más exultante, esa es la música. Esos efectos tan potentes que ejerce la música sobre todos nosotros se deben principalmente a dos motivos. Por un lado, la gran relación que tiene con nuestra memoria autobiográfica, de modo que tenemos una tendencia natural a asociar determinados hechos o momentos de nuestra vida con canciones o piezas musicales concretas, hasta tal punto que su poder de evocación nos permite revivir imágenes y recuerdos, así como sentir en nuestro cuerpo las mismas sensaciones que antaño. Por otro lado, la música tiene unas características intrínsecas que tienen el potencial de movilizar nuestras emociones más allá de las memorias asociadas con la misma.

 

 

 

Música y memoria autobiográfica

 

El oído es uno de los sentidos que se desarrolla más temprano durante el desarrollo fetal. Nuestro sistema auditivo se vuelve funcional, es decir, capaz de captar y procesar sonidos, entre las semanas 25 y 29 de gestación (alrededor del 6º-7º mes), cuando se conecta el oído interno (el conocido “caracol”) con las estructuras cerebrales que interpretarán las señales recogidas. Todo ello indica que, desde ese momento, el feto va recogiendo de forma activa estímulos sonoros, tanto procedentes del cuerpo de la madre (latido cardiaco, respiración, ruidos intestinales, su voz) como del exterior. De este modo, el feto tiene capacidad para reconocer la voz de su madre, música sencilla, o sonidos comunes del entorno. Se ha demostrado que el aprendizaje intrauterino de sonidos, voces y música comienza alrededor de la semana 32 de gestación. Puede reconocer la voz de la madre o una melodía concreta, incluso el idioma materno frente a otros, y ser capaz de discriminarlos de otros tras el nacimiento.

 

Cuando nos exponemos ya de adultos a determinados sonidos, como una grabación del latido cardiaco, o sonidos de agua (recordemos que, como fetos, vivimos sumergidos en una gran bolsa de contenido líquido que es el saco amniótico), como puede ser el mar, tendemos a experimentar una gran reacción emocional, posiblemente ligada a esas experiencias tempranas en las que aún no tenemos lenguaje, y por tanto, no ha habido posibilidad de almacenarlas como la memoria episódica que utilizamos más adelante siendo niños y el resto de nuestra vida.

 

Lo que las investigaciones de los últimos años han ido demostrando es el gran poder que tiene la música para organizar hechos de nuestra vida, y contribuir a la construcción de la propia identidad. Se ha demostrado la activación de determinadas zonas cerebrales relacionadas con la identidad, con la formación del “ego”, como la corteza prefrontal medial, también con estímulos musicales elegidos por un sujeto como significativos en su vida, y llega a ser tal esta asociación, que incluso en personas con comienzo de enfermedad de Alzheimer, la escucha de música elegida por ellas como con significado en su trayectoria vital es capaz de evocar episodios autobiográficos de un modo importante.

 

 

Reflexionando sobre todo ello, si nos propusiéramos hacer un repaso de nuestra biografía en un proceso consciente de autoconocimiento y de aceptación de lo vivido, seguramente vendrían a nuestra mente sonidos o músicas con un alto significado emocional, que podrían actuar como llave para acceder a detalles más vívidos de las experiencias vividas, y de este modo, facilitar su procesamiento saludable en caso de que tuviéramos bloqueos emocionales.

 

¿Qué características intrínsecas de la música influyen sobre las emociones?

 

Stefan Koelsch, uno de los principales investigadores actuales en el campo de las emociones evocadas por la música, habla de dos principios importantes que explican los efectos emocionales de la música: la tensión y el contagio emocional.

 

 

Al hablar de tensión, nos referimos a factores de la estructura musical que son reconocidos de forma natural por nuestro cerebro y que tienden a favorecer respuestas emocionales. De este modo, la existencia de determinadas intensidades (volumen de sonido) o timbres (el sonido de un violín en comparación con el de un piano, por ejemplo), ciertas combinaciones de sonidos (consonantes o disonantes), el uso de ritmos irregulares o de elementos rítmicos inductores de movimiento como las síncopas, pueden generar tensiones en nosotros cuando no encajan en la estructura predicha y habitualmente aprendida durante la inmersión cultural que experimentamos desde etapas tempranas. Parece que cuanto menor es el grado de predicción en una pieza o estilo musical, mayor es el grado de tensión e incertidumbre que genera en nosotros, y el posible acierto en la predicción genera una sensación de placer y motivación que actúa como refuerzo positivo. Además, la ruptura de expectativa, es decir, la aparición de un acorde o algún motivo musical totalmente inesperado, implica una sensación de sorpresa que contribuye a aumentar la tensión. Los acordes inesperados evocan respuestas en las propiedades eléctricas de la piel y en determinadas regiones cerebrales.

 

El contagio emocional es un fenómeno sumamente interesante. Parece que las características acústicas del habla al expresar emociones (lo que se denomina prosodia afectiva), como por ejemplo la alegría (tempo rápido, alta intensidad de sonido y alta variación en el rango tonal, de graves a agudos), son similares a las encontradas en la música que consideramos, en este ejemplo, “alegre”. Es decir, la música y la prosodia afectiva comparten señales acústicas universales para la expresión emocional y pueden, de este modo, evocar procesos de contagio emocional. La expresión física (cambios en parámetros fisiológicos) de una emoción evocada por la música puede desencadenar procesos psicológicos que reflejan la emoción. Por ejemplo, la música que consideramos “alegre” dispara la actividad del músculo cigomático de la cara que facilita la sonrisa (así como un aumento en la conductancia de la piel y de la frecuencia respiratoria), mientras que la música que tendemos a sentir “triste” conduce a la activación del músculo corrugador que frunce el ceño. Se piensa que la retroalimentación fisiológica de dicha actividad muscular y autónoma evoca el sentimiento subjetivo correspondiente (alegría o tristeza).

 

¿Cómo nos influye la música a nivel social?

 

La música favorece de forma evidente la participación social, y esto se relaciona directamente con la satisfacción de necesidades básicas humanas. El refuerzo de las funciones sociales constituye un importante papel adaptativo de la música en la evolución de la humanidad:

 

Música compartida

Grupo participando en actividad musical compartida

 

  • Favorece el contacto entre las personas, y combate el aislamiento.

 

  • Las actividades musicales desarrolladas en grupo (ya sea la escucha o la participación activa) pueden favorecer que los estados emocionales se vuelvan más homogéneos entre los participantes. Gracias a la empatía generada en este entorno social, se produce una reducción en los conflictos y se favorece la cohesión grupal.

 

  • Existe un solapamiento importante entre los circuitos neuronales y los mecanismos cognitivos implicados en la percepción y producción de la música, y del lenguaje. En los lactantes y niños pequeños, la comunicación musical durante el canto entre el progenitor y niño parece ser importante para la regulación social y emocional, así como para el desarrollo social, emocional y cognitivo.

 

  • Hacer música en grupo requiere que los participantes se sincronicen con un ritmo y lo mantengan. La sincronización de movimientos al seguir un ritmo aumenta la confianza y la conducta cooperativa, tanto en adultos como en niños. Realizar movimientos idénticos también da lugar a una sensación de identidad de grupo. Todo ello favorece una sensación de placer en el sujeto.

 

  • En actividades musicales grupales, se comparte un objetivo común para dar lugar a un resultado fruto de la cooperación. Esta cooperación entre individuos aumenta la confianza entre los mismos y la probabilidad de volver a colaborar en el futuro, incluso en actividades no musicales.

 

  • Existe un aumento del sentido de pertenencia que refuerza la cohesión social. Esta fortalece la confianza en el cuidado recíproco y en que surjan oportunidades de cooperación, y favorece la experiencia de sensaciones de trascendencia y el desarrollo de la espiritualidad.

 

¿Es posible emplear músicas concretas para abordar determinadas emociones?

 

Tras exponer el gran potencial de la música para la regulación de nuestras emociones, nos podría surgir una pregunta. ¿Es posible emplear determinadas músicas para generar determinados estados de ánimo o favorecer el desbloqueo emocional cuando sentimos, por ejemplo, tristeza? La respuesta no es sencilla, debido en parte a lo expuesto respecto a la memoria autobiográfica. El hecho de que existan unos significados tan subjetivos e individuales para cada música en nuestra vida hace difícil estandarizar determinadas “recetas” musicales. No obstante, me gustaría presentar dos modelos diferentes de trabajo a este respecto.

 

En la década de 1970, comenzó a desarrollarse un modelo terapéutico en musicoterapia denominado Guided Imagery and Music (GIM), o visualización de imágenes guiadas por música. Consiste en una serie de programas de piezas musicales grabadas (en su mayoría, de música clásica occidental) que parece que han demostrado su eficacia para abordar determinados estados anímicos y que son empleados por un terapeuta dentro de un marco de acompañamiento humanista. Requiere de una formación específica y con los años ha ido ganando adeptos dentro de la comunidad de musicoterapeutas. En este sentido, me gustaría aportar mi opinión. Si bien puede haber una respuesta más o menos frecuente en la población ante determinadas músicas, lo cierto es que existe un gran sesgo cultural en su selección, y una gran variabilidad en las respuestas. De utilizar música grabada, considero mucho más importante y útil recoger una biografía sonora y musical de cada persona, y trabajar de forma controlada sobre la misma, pues tendrá un efecto mucho más potente y esclarecedor para procesar emociones no totalmente aceptadas por el sujeto.

 

Por otro lado, existe un principio importante en musicoterapia, que es el de sintonizar con la emoción y la energía de la persona cuando acompañamos con música. Esto significa que si una persona se encuentra triste, incluso deprimida, no tiene mucho sentido emplear una música alegre. Sería preciso partir de una música que refleje su estado actual, para conectar desde lo no verbal, permitir que aflore una emotividad evidente que facilite el desbloqueo, y de ahí ir variando la estructura y el carácter musical para facilitar que el sujeto se aproxime a un estado de más energía, claridad y serenidad. Si bien esto podría ser posible con música grabada, lo ideal es llevarlo a cabo con música en directo, improvisando, e incluso potenciando que cada persona se exprese musicalmente, ya sea a través del canto espontáneo, o manejando ella misma instrumentos que “movilizan”, como el tambor oceánico o la percusión, mientras el terapeuta acompaña con instrumentos capaces de generar acordes, como la guitarra, el piano o el arpa. De este modo, sería la sucesión de dichos acordes la que iría aportando un “color” que facilitaría el tránsito por el complejo mundo de las emociones.

 

Referencias

 

  • Koelsch, Stefan (2015). Music-evoked emotions: principles, brain correlates, and implications for therapy. Annals of The New York Academy of Sciences, 1337, 193-201.
  • Janata, Petr (2009). The Neural Architecture of Music-Evoked Autobiographical Memories. Cerebral Cortex, 19, 2579-2594.