Un cuento pequeño: El mar

 

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre

¡Ayúdame a mirar!”

 

el Mar

 

Acompañar en la mirada

Este cuento de Eduardo Galeano, siempre fue mi guía en el ámbito de mi profesión. Cuando empecé a trabajar con adolescentes, hace casi 20 años, no tenía idea de la inmensidad que oculta el ser humano. No era consciente de nuestro propio poder. No era capaz de ver ni mi propia esencia. Ni de conectar conmigo. Ni de escuchar mis necesidades y arriesgarme a ser feliz. Me rodeaba de gente muy experimentada, cuya función era decirle al usuario (ya con esa forma de ver a los/as chicos/as tuve varios choques) cómo debía hacer las cosas para tener una vida más plena. Mis compañeros/as de trabajo se convertían así en “semi dioses”, divinidades sagradas capaces de saber qué era lo mejor para tal o cual persona con sólo observar ciertas conductas puntuales, convirtiéndose así en maestros/as de vida. Pero ese sistema, tenía un gran fallo: nunca tenía en cuenta a la persona. En ninguna de las entrevistas iniciales que presencié, se preguntaban cosas tan esenciales como “¿qué quieres lograr en la vida?” o “¿sabes todo lo que puedes dar a este mundo?”. Así que, me formé profesionalmente en lugares impersonales, donde lo último que importaba era el protagonista principal de la historia.

En un momento dado (hacia el año 2004), llegué a un lugar que fue como encontrar una isla en medio de un mar de prejuicios y salvadores/as. Un sitio único.  En este lugar, los/as adolescentes eran los/as protagonistas. Y yo, como profesional, iba acompañando en el camino. No resolvía SUS dificultades… no juzgaba SUS deseos y sueños… no interfería en SUS decisiones. Se trabajaba en equipo para poder desarrollar todas las potencialidades existentes, poder sacar de dentro lo mejor que teníamos cada uno/a.  En ese lugar, me di cuenta de que mi trabajo, mi misión en esta vida, en este plano, era acompañar para que ellos/as fueran capaces de MIRAR. De mirarSE.

Cuando conocí a E., él estaba tumbado en un sofá en el despacho del director del Instituto donde trabajaba con un ataque de ansiedad. E. era un chico de 17 años, alto, desgarbado, con una energía muy particular. E inteligente. Muy inteligente. E. tenía una historia familiar desgarradora. Una familia desestructurada que se dice en el argot educativo. Todos los profesionales se habían centrado en abordar esa situación familiar. Pero a E., nunca nadie le preguntaba nada. Él no existía en esta historia. A él nadie le miraba. Y lo peor, es que él tampoco se veía.

Entré en el despacho a recoger unos documentos y allí me lo encontré. Nos miramos durante unos segundos, y en sus ojos pude ver una luz templada, sostenida. Potente.  Así que me senté a su lado y le pregunté qué hacía allí. E. me contó su historia, sin entrar en la esencia, sólo rasgando la superficie. Supe que tenía que acompañarlo, y él me eligió a mí para emprender el viaje. Teníamos que conseguir subir juntos esas cumbres de arena, para que al fin, ambos pudiéramos ver el mar ante nuestros ojos. Entendí entonces, en lo más profundo de mi corazón, que acompañar a E. en este viaje iba a suponer tocar mi propia herida, y acompañarme a mí misma hasta la cima, para ver mi propio mar estallando ante mis ojos.

Trabajé con E. durante siete meses. En nuestros momentos de encuentro, conversábamos sobre la vida, sobre los sueños, sobre las heridas, el odio, el dolor… el amor y la muerte. Aprendimos cómo los humanos se niegan a verse, a mirarse. Se niegan el derecho a SER y a ESTAR en el mundo. Se esconden en juegos oscuros, en estrategias retorcidas, movidos por el miedo. Porque este mundo, a veces no nos deja ser. Porque no importamos. Porque creer en el poder, en el mar interior de los humanos, ya no es esencial. Sentir da miedo y se juzga. Poner luz en las zonas oscuras da miedo. Y el mundo (y nosotros/as) nos facilita mirar hacia otro lado.

Caminar sobre la superficie quebradiza de nuestra alma, sintiendo un falso control. El miedo es poderoso.

Transitamos por nuestras sombras, y una mañana conseguimos divisar el mar. Fue un camino lleno de peligros, trampas, muros. Y mucho miedo. Ser consciente de como su historia familiar, sus emociones negadas, su excesiva autoexigencia, había ido haciendo mella en su YO más puro, fue muy complicado de sostener para E. Pero ambos, ante cualquier dificultad, nos mirábamos, nos dábamos la mano, y reemprendíamos el camino.

Cuando E. terminó el curso, ya había más luz en él como para acercarse a ver quién era (si es que alguna vez lo sabemos al 100%). Pero él estaba dispuesto a arriesgarse por conseguir mantenerse en su camino, en su “leyenda personal” como él lo llamaba. El último día que lo vi, nos dimos un abrazo intenso, precioso. Nos agradecimos mutuamente el habernos encontrado. Nos prometimos seguir compartiendo momentos, donde poder reírnos de nosotros mismos de la manía neurótica que tenemos de boicotearnos. “Al final – me decía- somos nuestros verdaderos enemigos. Los únicos. ¿Por qué no nos dejamos ser quiénes somos y nos empeñamos en mentirnos? ¿Así son los adultos?” “Por eso yo nunca quise crecer – le dije- Pero tú también me has ayudado a mirar mi mar”

El último día que nos vimos, me hizo un regalo. E, me regaló un texto escrito en una hoja de cuadros de su cuaderno de matemáticas con su letra apretujada y nerviosa.

Tú me ayudaste a mirar. Yo te quiero ayudar a seguir brillando – me dijo

Cuando nos despedimos, leí. Y lloré. Porque ese texto, escondía otra prueba necesaria para seguir en nuestros caminos. El SER como clave. El SER como necesidad vital. Desde una nueva perspectiva. Responsabilizándonos de nosotros/as.

¿Se pregunta el Sol “soy bueno, valgo la pena, doy lo suficiente de mí?” No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol “¿qué piensa de mí la Luna, cómo se siente Marte por mí hoy?”. No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol, “soy tan grande como otros soles en otras galaxias?”. No. Arde y brilla.

 

Ardamos y brillemos

Con nuestra luz interior, esa que paso a paso vamos desempolvando. Porque al final, es más sencillo no querer ver, menos doloroso. Pero, haciendo referencia a un gran maestro, Mariano Castillo, el dolor puede ser utilizado como portal hacia algo increíble. Cuando transitamos en el dolor, somos capaces de reconocernos sin filtros. Si nos reconocemos, somos capaces de vernos y mirarnos a los ojos. Y ya no es fácil mentirnos. Ya no hay sitio donde esconderse. Así que, solo nos queda lanzarnos a escalar las cumbres. Y arder y brillar.

 


ZEN: el nómada en el país de los ciegos

 

TEISHÔ 5 – TEISHÔ 4TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

 

No recuerdo donde leí la historia de aquel joven nómada, que, después de mucho caminar, decidió pararse y montar su tienda de campaña en un bello poblado, cuyos habitantes eran ciegos de nacimiento.

La narración señala que las gentes de aquel pueblo se quedaron pasmadas de asombro ante la presencia de aquel extraño forastero, por lo que, inquietas, le obligaron a que fuera examinado por los doctores de la tribu. Estos, al palpar la cara del extranjero, detectaron unos raros repliegues, como huecos, cubiertos de pestañas adosadas a prominencias carnosas en continuo movimiento, que, en un interrogatorio posterior, el joven nómada aseguró que se llamaban párpados. El más sabio de los hechiceros, sentenció que el aquel hombre no era como los demás, que era un enfermo. Padecía un síntoma atípico: tenía ojos. Y los ojos, además, mantenían al cerebro sin reposo, por lo que se hacía urgente salvar al desafortunado caminante.

Y decía la historia que aquella comunidad de científicos invidentes, llevada por la compasión, consideró que lo único que podían hacer por la salvación del muchacho se reducía a una simple operación quirúrgica, que consistía en algo tan sencillo como extirpar aquellos ojos tan perturbadores. La ciencia, -le dijeron- para calmarle- era capaz de que aquellas alteraciones físicas desaparecieran para siempre, por lo que le auguraron un futuro feliz: llegaría a ser como todos los demás; no tendría problemas de convivencia con el resto de los habitantes. Se convertiría en un individuo normal.

No recuerdo cómo acabó la historia de nuestro héroe en manos de los doctores ciegos; supongo que, como explorador que era, tendría en gran estima su sentido de la vista. En tal sentido, otra leyenda paralela narraba que, ante su resistencia a dejarse curar, le dieron veinticuatro horas para que abandonara el poblado.

Todo fue una pesadilla. Algo aturdido, se levantó poco antes de que despuntara el amanecer. Se ajustó la mochila a la cintura. Respiró profundamente. «Al menos -dijo para sí- sigo conservando la vista».mY como para mejor cerciorarse de que estaba despierto, se restregó una y otra vez sus ojos. Al comprobar que seguía conservándolos sanos, mirando a su alrededor, contempló por última vez la belleza del paisaje que los ciegos eran incapaces de ver. Y aunque las lágrimas nublaran por unos momentos sus ojos, nunca -decía la historia- vio algo tan claro y luminoso. Acto seguido, ajustándose aún más la mochila decidió seguir su camino.

 

ZEN: ceguera

 

Llama la atención el hermetismo aburrido, y demoledor para la mente, de una sociedad cuya conciencia colectiva sufre el adocenamiento de vivir atrincherada en los límites de lo establecido. Una sociedad cuya vida se limita a la anti-vida de la vida política invadida de tertulias, editoriales, telediarios; una sociedad trivializada por la superficialidad, donde ser original es sinónimo de raro. El filósofo Arnauld Desjardins, ante un panorama similar, se pregunta: «¿Cómo yo, que soy soberanamente libre, no dependiente, indestructible, sin límites, puedo elegir yo mismo limitarme, encarcelarme, al identificarme con la conciencia tan estrecha…?» Estamos ciegos, mas la narración del Mito de la Caverna de Platón no llega a esa mayoría amedrentada, que sólo lee el «Marca», «Hola» y vota mansamente, desde el miedo, a quienes secularmente le someten. «Ceguera» en este contexto, no significa no ver nada, sino ver mal.

Cuentan que Swâmiji, refiriéndose a tal ceguera, empleaba un ejercicio bien sencillo. Decía: «Cierre un ojo». Yo cerraba un ojo y sólo veía con el otro. «Y ahora, delante de ese ojo que ha abierto, muy cerca, ahí, ponga un dedo; ya solamente ve su dedo». Si apoyaba el dedo completamente, no veía nada pero si, habiendo cerrado un ojo, colocaba mi dedo justo delante del otro, veía el dedo y nada más que él. Un dedo tan pequeño era capaz de ocultarme la inmensidad del paisaje, todo lo que se extendía ante mí y a mi alrededor…..» Vemos mal. Ni siquiera vemos lo que existe más allá de la máscara del propio personaje, la función, el rol, y toda es parafernalia diseñada por el pensamiento único para que cada individuo «quiera hacer» lo que «tiene que hacer».

 

Aprender a usar los ojos

En pocas cosas -lo confieso- veo encarnarse tanto la profundidad y el esplendor del ser humano como en su mirada. Del mismo modo que ante el mar o el fuego, puedo, pasmado y absorto, pasarme y pasarme horas enteras contemplando el lujoso espectáculo de determinados ojos. Yo no sé -bueno, sí lo sé- qué es lo que le pasa a determinada gente en su mirada. Como cualquier otro, un psicólogo se expone a la deformación profesional. También lo sé: en ninguna de las universidades por donde he pasado aprendí a recibir, como ahora recibo, el mensaje radical que comporta la mirada. Por eso, yo pienso que para aprender a mirar con ojos nuevos, se hace necesario «desaprender» las toneladas de trivialidades que en su día aprendimos.

«Miré y miré, y esto llegué a ver: lo que creía que eras tú, era en verdad yo y yo…». Quizá -sin duda- una de nuestras tragedias consista en que tendemos a engañar en idéntica medida en que nos engañamos, cuando nuestra mirada no alcanza a ver más que el límite del filtro de nuestro pequeño yo; una parcela de la realidad que -tan osada y ligeramente- llamamos «la» realidad. Demasiados antifaces, demasiadas sordinas, velos y tamices para poder llegar a conocer y conocernos. Pero, súbitamente, un buen día, aparece ante nosotros la mirada libre de filtros; una mirada por donde, curiosamente, soy mirado y, a la vez miro; un mismo canal de entendimiento y comprensión, un rostro y un gesto acabados; el guiño de otra realidad escondida, desprovista de la mueca fingida y estudiada. Súbitamente, un buen día, aprendemos a mirar.

A pesar de que la creación, con sus luces y sus sombras pone cotidianamente delante de nuestros ojos el milagro de la posibilidad de despertar, seguimos dormidos. Y a esta dormidera la llamamos vigilia. Por eso, yo creo que saber mirar es, todavía, una asignatura pendiente. Una enseñanza torpe y doctrinaria, nos infundió la ilusión de que la Psicología es el único camino penetrante del conocimiento radical del alma humana, siendo así que esa ciencia se queda a medio camino, en la antesala del conocimiento. La Psicología -y ello no es poco- desvela, desmitifica, despoja ficciones, ilumina la trastienda de nuestras apariencias; más, con todo ello, se muestra corta e incapaz a la hora de arribar al núcleo de nuestro ser. Solo la compasión puede allanar ese camino.

La compasión que inunda la mirada inocente, la del que sabe nacer de nuevo; la mirada libre de referencias, que produce en quien la transparenta, la única facultad capaz de llegar a ver la realidad sin las deformantes anteojeras con que nos han programado. Habrá que «trabajar» esa nueva forma de mirar, libre de programaciones, para que todo eso llegue a suceder. Pues para todo eso, súbitamente, un buen día, nos fueron dados los ojos. Un descubrimiento que, jubiloso hasta las lágrimas, impactó para siempre al nómada del país de los ciegos que más arriba describimos.

 

El poder de la mirada

Siempre me ha llamado la atención la especial manera de mirar que tienen algunas personas. Sí, aunque parezca extraño, hay personas a las que merece la pena pararse a mirar cómo miran ellas a todo lo que les rodea. Observar al observador.

Yo creo que incluso a pesar del ruido y de las imágenes, tan pródigos y estimulantes en esta sociedad, que vive inmersa en el culto al ruido y a la imagen, son escasas las cosas que, fuera del orden programado, logran captar nuestra atención, y muy   pocos los acontecimientos que hacen que nos paremos a observar con atención. No tenemos tiempo; estamos poco hechos a mirar.

Hay miradas cuyo impacto en mí no lo borrará el paso del tiempo: Las miradas, por ejemplo, de Ernesto Che Guevara, del Doctor Schweitzer, de Emiliano Zapata, de Teresa de Calcuta, tan limpias y horizontales. O, también, la forma serena de mirar de los indúes, así como la penetrante agudeza visual reflejada en las fotografías de los sabios jefes indios norteamericanos, aquí llamados salvajes. Extraordinarias, así mismo, las narraciones que describen a Jesús mirando con serena pena al joven rico, o la descripción de la incontenible ternura de su mirada ante la mujer adúltera.

Es sintomático que sean las culturas orientales, tan afanosas en el arte de mostrarnos la senda del despertar, las que más cultiven la espontaneidad reveladora del sentido de la mirada. Mientras tanto, en occidente todo eso no se tiene en cuenta: es una actividad poco rentable. Pero es fundamental aprender a mirar y practicar la atención, aunque, curiosamente, el hecho de mirar pueda resultar aterrador y ser el acto más costoso, incluso el más doloroso que el ser humano puede llegar a realizar.

Y si no, que se lo digan al enamorado, cuando logra, al fin, ver que estaba enamorado de una imagen más que de una persona de carne y hueso. Incluso los verdugos ponen una capucha a los reos porque son incapaces de soportar la mirada del atormentado. Pensemos en la ansiedad que frecuentemente invade a un torturador cuando alcanza a ver la penosa situación en que ha dejado a sus interrogados; o la inquietud que nos suscitan los actuales mendigos vendedores de revistas cuando apartamos la mirada de su oferta suplicante; o la angustia de un intolerante cuando llega a «ver», que sus fanáticas convicciones están fuera de la realidad, y de la vida; o las reacciones airadas de los violentos cuando la T.V. mete en sus ojos la imagen del cuerpo destrozado de una niña inocente, y cuya realidad hubieran preferido negar, disimular y racionalizar.

Por todo eso, creo que el arte de mirar es una acto revolucionario. Faculta a quien lo hace a tomar conciencia de su propia ceguera, embotada por las ideas y los hábitos que ha ido adquiriendo de segunda mano, y de los que debe vaciarse si de verdad desea crecer como persona. El acto de mirar me ayuda a ver a los demás, y a mí mismo, sin referencias, como en realidad son, sin etiquetas, sin el filtro de los prejuicios y de las ideologías. Mirar es el mayor acto de valentía que un humano puede llevar a cabo, ya que mirar resulta insoportable: quien se permite mirar muere a sus esquemas mentales preconcebidos y a los esclavizantes aferramientos afectivos que le mantienen enganchado y sometido.

Y, por todo ello, el mirar puede ser, también, la experiencia más liberadora del universo, porque en el acto de mirar puedo empezar a comprender y a comprenderme; a ver claro, a despertar.

Es preciso revitalizar los sentidos, ver claro, despertar. Y ver claro es captar en profundidad las cualidades que percibimos mediante el sentido de la vista. Y cuando aquí digo “la vista”, me refiero a una palabra simbólica que expresa el acto de ver mediante el ojo interior que abarca todos los sentidos.

Se trata de hacer estallar los conceptos, y afinar la percepción de tal modo que se desarrolle la visión del hondo sentido revelado en cada cosa. Para ello es imprescindible el ejercicio de la atención que nos ofrece el don y la capacidad de permanecer. De permanecer abiertos a la profundidad secreta que se abre a nosotros cuando estamos atentos al filo del instante.

En el camino hacia la interiorización existe, según el maestro zen Willigis Jäger, “un desmontaje progresivo de la perspectiva del mundo como nos lo presenta la consciencia del yo. Las percepciones corporales, la actividad intelectual, la percepción causal y la experiencia espacio-temporal se van relegando…” 

Cuando llegamos a “ver claro” surge una nueva estructura de la conciencia, que no discurre por los caminos trillados, ni por las leyes de la Psicofisiología convencional. Y es precisamente la transformación de tales estructuras lo que conduce a ese despertar llamado iluminación.

En el Za-Zen se practica el ejercicio de la atención, bien respirando, bien ejercitando el andar contemplativo, para alcanzar mediante el ejercicio un estado de vigilancia estable que nos ayude simplemente a experimentar el fenómeno de ver.

Quiero adelantar que el camino de transformación es duro, pero las personas que están dispuestas a recorrerlo alcanzan la liberación de eso que con tanto acierto las ciencias sociales han llamado falsa conciencia, y que nosotros, dando un paso más, llamamos el ojo del espíritu. Ese ojo, que, agudizado y afinado mediante el ejercicio del Za-Zen, es capaz de ver cómo la totalidad de lo manifiesto emana de ese abismo causal que no tiene forma. Ese ojo que se abre al Ser sin imágenes, porque sólo cuando la vista ha quedado ciega a toda representación, es cuando se torna capaz de aprehender la luz del Ser Esencial.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Jairo Alzate

 

El goce de mirar y hacerse-mirar

Lo más característico de la vida moderna no era su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido.

– George Orwell (1949)

 

En el mundo globalizado del Siglo XXI, el sujeto puede aparentemente relacionarse con más personas, incluso de otras latitudes del mundo. Paradójicamente, hay un incremento de la soledad, los dramas sociales y el sufrimiento psicológico. El discurso capitalista se ha coronado como sistema económico y social por excelencia en los países llamados occidentales. Estamos solos en relación al otro semejante, y al mismo tiempo estamos constantemente expuestos al gran Otro: el sistema. Esto lleva al sujeto a confundir sus objetos (de amor) con los gadgets (objetos de consumo), que actúan como termómetro de su estado de bienestar.

 

La sociedad Orwelliana

En 1949 George Orwell publica su obra “1984”, en la cual presenta una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Pretende la felicidad mientras que oprime a sus ciudadanos y los condena al sufrimiento. Escasas décadas después, se encuentran paralelismos con lo que ocurre en la actualidad. Vivimos en un mundo en el cual se manipula la información y se practica la vigilancia masiva.

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Uno de los protagonistas de esta obra literaria es llamado sarcásticamente el Gran Hermano. Éste tiene un carácter omnipresente y lo observa todo. Además, aparece constantemente en la trama a través de las tele-pantallas, en la enérgica propaganda de «El Partido». Su existencia es enigmática, pues nadie lo ha conocido ni se sabe su verdadero nombre. ¿Será el Gran Hermano una persona real o una invención propagandística para infundir respeto y temor en la población?

Si bien Orwell se basó en los sistemas totalitarios y de valores colectivistas, algunos rasgos de este fenómeno se evidencian en la actualidad. En nuestra cultura dominada por el capitalismo, estamos vigilados constantemente. Estamos a merced del Gran Hermano.

 

La mirada y la pulsión escópica

El psicoanalista francés Jacques Lacan estudia la temática de la mirada en su seminario “Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis”. En éste discute el libro “Lo visible e invisible” del filósofo Marleu-Ponty. Lacan distingue la pulsión escópica, centrada en la mirada subjetivante, de la función fisiológica de ver. Por definición, ver es la acción y el resultado de captar el mundo por medio de la vista. Mientras que mirar, consiste en fijarse en un detalle particular de aquello que estamos viendo.

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Durante el desarrollo del sujeto, la madre mira a su bebé, y le va introduciendo la imagen de su propio cuerpo como algo unificado. Este bebé se va convirtiendo en un sujeto, pues hay alguien que dirige hacia él una mirada amorosa. Entonces en el niño va surgiendo un deseo de ser mirado, y posteriormente de mirar él mismo.

Al igual que todo los aspectos pulsionales del ser humano, esta mirada debe tener un límite. Es angustiante para el pequeño ser mirado todo el tiempo. Es por esto que los niños disfrutan el juego del escondite. En el mismo, el niño se oculta de la mirada del otro, y a la vez desea que el otro lo busque. El goce que se pierde al no poder mirar o ser mirado todo el tiempo, se recupera a través del juego.

 

La mirada de la ciencia

Gérard Wajcman (2011) en su libro “El Ojo Absoluto” introduce la noción de que somos mirados permanentemente. Esto se constata ante la infinidad de cámaras de vigilancia que hoy son parte del entorno natural del hombre citadino. El deseo de mirar, propio de la naturaleza humana, ahora parece ser potenciado por la ciencia y la tecnología. Éstas implantan la creencia y la promesa de que tarde o temprano absolutamente todo es posible. Dentro de estas posibilidades, entra el ver-todo que se impone como un mandato, desnaturalizando el deseo previo. Igualmente, funciones que antes estaban separadas, deben condesarse y formar un solo objeto. Entonces desaparece el corte entre ver y ser visto, entre el sujeto y el objeto.

ojo absoluto

Wajcman propone la Transparencia como un fenómeno actual. La ciencia y la técnica han sobrepasado los límites del cuerpo, pues ahora puede verse a través de la piel. El único intermediario es la pantalla, ya sea la del monitor o el televisor. Incluso el bebé ya no es sólo anticipado por la palabra, sino por “sus primeras fotografías” tomadas cuando aún habitada la comodidad del vientre materno.

Hoy en día, todos los objetos tecnológicos tienen un ojo integrado, con una gran capacidad de memoria para almacenar todas las imágenes producidas. Entonces tomamos fotos frenéticamente, en lugar de mirar. Se mirará siempre más tarde, imágenes que son almacenadas en carpetas de la memoria. Cada una tiene su minuto de gloria para luego ser sustituida por los millones que le siguen. Wajcman titula una de las secciones de su libro: “Ver Todo, Perdérselo Todo”, ya que hay demasiadas fotos y no bastantes ojos para verlas.

Esto se constituye en una amenaza a lo íntimo, ya que el lugar donde el sujeto puede sustraerse de la mirada del Otro le es arrebatado. La tendencia actual a la transparencia es opuesta al derecho del sujeto a ocultar su verdad inconsciente, de la que él mismo tampoco sabe nada. ¿Por qué? La mirada omnipresente del sistema sobre nuestras formas de satisfacción le proporciona información importante. De este modo, el mercado sabe cómo anticiparse y colmar todos nuestros deseos. A través de Internet se pueden conocer los intereses intelectuales, sociales y hasta sexuales; que luego son ofrecidos como objetos plus de goce. Actualmente no se crea una invento para satisfacer una necesidad, mas bien se crea la necesidad de dicho invento.

 

Lo público y lo privado

El psicoanalista francés Jacques-Alain Miller expresa:

Hoy no sólo tengo derecho a gozar a mi manera, sino también a decírselo a todo el mundo. Hay un plus de goce que no está velado, sino que se exhibe de todas las maneras posibles. La sociedad ha dado un giro para pasar de la intimidad de los goces privados de la Viena Victoriana de Freud, a la exposición pública de todos los modos potenciales de gozar.

La influencia del Psicoanálisis pasa por la idea actual de que si algo anda mal, es absolutamente necesario hablar, y por qué no, publicar. Las pacientes histéricas de Freud vivían en la época de la represión y el secreto de la doble moral. Freud liberó la palabra cuando descubrió las pulsiones y los deseos inconscientes. No se imaginó que el sujeto un siglo después estaría vociferando sus goces y desgracias, exhibiendo sus secretos más íntimos. Consecuentemente encontramos las estanterías repletas de libros de auto-ayuda basados en la vida de personas comunes que obtuvieron los logros que la sociedad les impone como deseables. Todo el mundo tiene una historia que contar. Esta es la era de los talk shows, cada uno protagonista de su propio espectáculo.

 

La realidad como espectáculo

El paso de lo público a lo privado, no sólo implica el empuje actual a decirlo todo. No basta sólo con palabras huecas, pues además se hace imperativo hacerlo visible en imágenes. La sociedad del show business nos pone a disposición el goce de la pulsión escópica. El sujeto cae y consiente esta dinámica, por lo que se muestra más que dispuesto a exhibirse.

truman show

Siguiendo a Wajcman, para esconder algo es preciso reconocerse en él. De modo que sólo es posible exhibir sin pudor cuando el sujeto no se reconoce exactamente en lo que muestra. En este sentido, el exhibicionismo apunta a algo del desapego y liberación respecto de sí mismo. Es decir, que la mirada a la que se expone no apunta a él como sujeto, no está implicado y no es responsable de lo que se ve de él. Así es como los actores que representan un personaje toman distancia de sí mismos.

En este contexto surgen y se popularizan los reality shows, en los cuales suponemos ser testigos de la real cotidianidad de sus protagonistas. Podemos identificar tres tipos de reality shows:

  • Primero tenemos los Top Shows, en los cuales sus participantes cuentan con un talento que enmascara el verdadero propósito de mostrarse: canto, baile, cocina, modelaje, etc.
  • Segundo se ubican los New Celebrities Shows, teniendo como prototipo “Keeping Up with the Kardashians». Éstos se basan en la vida de un grupo reducido de personas que cuentan con un estatus de vida excéntrico y lujoso, cuyo único talento es seguir siendo famosos.
  • Por último, se encuentran los Truman Shows, basados en la película que lleva el mismo nombre. Sus participantes cuentan con una carencia emocional importante. Esto les hace exponerse a una situación de encerramiento con extraños, y ser sujetos del escrutinio colectivo. Quedan a merced de los medios de comunicación, que tienen acceso a las reacciones de público, y manipulan las condiciones de la casa-jaula para obtener mayor rating.

Citando a la psicoanalista Diana Wolodarsky en su artículo Reality Show:

El Reality puede inscribirse como un nuevo gadget de la época: un objeto más de consumo ofrecido en el mercado para saturar el vacío de existir… el sujeto paga el precio de ser reducido a la condición de objeto, como un producto más del consumo del mercado.

 

El ideal de fama injustificada

Leopoldo Pisanello 2

En el Siglo XXI, programas de televisión como Big Brother son populares tanto en países desarrollados, como en los llamados peyorativamente tercermundistas. La pobreza económica no es el factor determinante, sino el empobrecimiento de la experiencia. Lo importante es atraer las miradas, puesto que la sensación de no ser mirado acarrea una irremediable falta en ser. Hay una consigna: “Me miras, luego soy. Soy mientras me miras.”

Otro factor importante a considerar es la caída de los ideales. Diariamente, incluso en las redes sociales, los sujetos-objetos de la mirada buscan fervientemente un estatus de celebridad. La particularidad y lo que le distingue de generaciones anteriores, es que dicha insignia surge ante la ausencia de un talento o saber extraordinario. Más bien se basa en la realización de las actividades cotidianas, lo cual genera admiración en sus espectadores y deseo de imitarlos.

Woody Allen plasma este fenómeno en su película “A Roma con Amor”. El personaje Leopoldo Pisanello es un tipo terriblemente aburrido, quien una mañana se convierte en el hombre más famoso de Italia. Es constantemente acosado por lo paparazzi, empieza a disfrutar de los privilegios de su fama. Un buen día, el foco de atención se desplaza a una nuevo famoso desconocido, Aldo Romano. Entonces, el pobre Leopoldo ignorado trata desesperadamente de mantener su nivel de fama. Realiza actos que llegan al extremo de desnudarse en la calle: toca fondo.

Esta reflexión sarcástica de Allen, nos muestra el precio a pagar por la fama injustificada. Actualmente, las redes sociales y los reality shows, entre otros fenómenos, alimentan esta sed de ser mirados y mirar. Llegan los sujetos a borrarse con el único fin de hacerse visibles para alguien, hay espectadores anónimos y disponibles. «Ser mirado» depende del otro que mira, mientras que «hacerse-mirar» está del lado del sujeto, quien se exhibe buscando ser notado, admirado y hasta envidiado.

De este modo, seguiremos siendo bombardeados con los detalles más irrelevantes de lo que le ocurre a estas personas en sus vidas vacías. Continuará la producción y desecho incesantes de famosos injustificados. Los espectadores seguirán de cerca el show del momento, ilusionados o decepcionados. Y esto será así, mientras el mercado encuentre un beneficio económico y/o social. Tal como culmina Wajcman en su libro:

Cada quien es susceptible hoy de ser el gran reportero de todas las tragedias del mundo, desde las más grandes hasta las más minúsculas.

 

Referencias bibliográficas:

  • Miller, Jaques-Alain; Laurent, Eric. (2005). El Otro que No Existe y sus Comités de Ética. Editorial Paidós. Buenos Aires, Argentina.
  • Nasio, Juan David (2011). La Mirada en Psicoanálisis. Editorial Gedisa. Barcelona, España.
  • Wajcman, Gérard (2011). El Ojo Absoluto. Ediciones Manantial. Buenos Aires, Argentina.

Fuentes: