Mudanzas (III)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

2018

La última mudanza estuvo precedida por una batería de dificultades. Luego de ocho años en Sebastián Elcano, había llegado el momento de marcharse. No era parte del plan, no era lo deseado. That´s life.

El dueño del piso, embriagado con burbujas inmobiliarias, nos había anunciado un súbito aumento del precio. A partir de enero del 2019, pasaríamos a pagar unos 1.300 o 1.400 euros mensuales. Oigo la voz de mi casero: “con vosotros estoy perdiendo dinero…dejo de ingresar una suma importante cada mes…si publicase la oferta del piso por internet no duraría más que unos minutos”. Por teléfono intenté explicarle mi situación: el paro, la niña en la escuela primaria, mi mujer que es autónoma. Fue en vano, él también tenía sus problemas y los míos, antes o después, se resolverían. «Para algo eres joven -dijo- tienes tiempo para levantarte e incluso para triunfar. Alguien como tú, con esa preparación, es capaz de superar cualquier bache».

En ese momento, lo último que quería escuchar eran monsergas pequeño burguesas de un avaro aprendiz del coaching.

Una preocupación giraba sobre mi cabeza, a dónde carajo nos iríamos a vivir.

El centro de Madrid, atiborrado de alquileres turísticos y con los precios por las nubes, echaba a vecinos como nosotros a mansalva. Los programas periodísticos hablaban de desahucios, de fondos de inversión que compran bloques de edificios en Lavapiés como si fueran caramelos, de procesos gentrificación y doctrinas del shock. Distintas plataformas de afectados se reunían todos los jueves ante el Congreso de los Diputados para reclamar.

Sin posibilidades de acceder a un crédito hipotecario, estábamos abocados a una mudanza hacia el extrarradio. A quince o veinte kilómetros al sur de Madrid, los alquileres pueden bajar hasta un cuarenta por ciento pero uno, eso sentía yo, está lejos de todo. Se trataba de quemar las naves y empezar de nuevo.

Estaba la opción de convertirnos en neo rurales, pero yo sabía que entre las cabras y el monte no duraría ni dos telediarios. Adiós a las librerías, al ruido constante, a sentir bajo la suela del zapato como late la bestia.

Donde yo crecí, donde siempre he vivido, hubo y hay tiendas de libros abiertas todo el día, teatros, cines, peatonales sucias, monumentos cagados por las palomas, tipos raros que deambulan por la calle, locos que hablan solos. Estas escenas han adornado desde joven mis fantasías: los beatniks, el cabaret político, las crónicas de vidas marginales, los grafitis, la cultura rock. Un caldo así sólo puede revolverse en la olla urbana y la sola perspectiva de irme a vivir a una de esas pseudo ciudades dormitorio, rodeadas de autopistas y centros comerciales, me ponía los pelos de punta.

Como dice mi amigo Juan Ignacio, a propósito de lo que oyó una vez de una colega de trabajo congoleña, problemas de blancos.

Cruzar el río

Al cabo de dos años desde la muerte de mi viejo, pude hacerme con unos dineros que no quería apresurarme en gastar. Estaría bien destinarlos a una vivienda. Eso pensaba. La experiencia de estar desempleado, de trabajar por chirolas y de no ver luz en un túnel personal se estaba alargando, había hecho estragos en mi estado de ánimo. La lectura de la trilogía Vernon Subutex, parida por la letal Virginie Despentes, aumentaba mi pesimismo. Al igual que el protagonista de la novela, yo también veía el riesgo de hundirme en la precariedad.

Mi mujer tenía unos ahorros, mis suegros nos podían echar una mano económica, ¿podíamos permitirnos soñar con un lugar propio? ¿Dejar atrás la sangría de los alquileres? ¿Mudarnos, quizá, de manera definitiva?

La búsqueda de un piso decente en la zona cercana al cole de mi hija fue tarea de Laura. Ella me imploraba que me sentase a su lado para mirar las fotos publicadas en internet y yo me escaqueaba todo lo que podía. Su deseo, imperturbable, aún en la desesperanza, contrastaba con mi pereza y mi apelación al pensamiento mágico: Si tiene que aparecer, aparecerá; pero si no es el momento, no es.

Recuerdo que en las caminatas por Arganzuela iba siempre con la mirada hacia arriba esperando encontrar una señal que confirmara mi intuición. La fantasía era dar con un cartel de puño y letra del propietario, con apuros por vender, y sin tener que lidiar con inmobiliarias.

Poco a poco nuestras aspiraciones de vivir en la margen derecha del Manzanares fueron dando paso a la lúcida y necesaria decisión de cruzar el río.

Una serie de eventos inesperados nos condujeron al encuentro de una ex participante del Gran Hermano, devenida en agente inmobiliaria, una pareja de personas mayores sin ganas de rizar el rizo y nuestra amiga, gran arquitecta, diseñadora, napolitana, Simona. Éstos fueron los engranajes de la historia y habría muchas formas de contar cómo fue que terminamos comprando el piso en el que ahora vivimos y qué significó atravesar los mil y un avatares propios de una reforma integral.

Voy a ahorrarles las partes más truculentas del asunto, para centrarme en tres momentos y principios que resumen la odisea.

Momentos, actos, principios

Primer acto

Despertarme en mitad de la noche, meses antes de la mudanza, para atender las ansiedades del momento. Revisar la lata en la que íbamos guardando el dinero para comprar el apartamento. Contar los billetes cada día y anotar las sumas en un pequeño cuaderno forrado de color violeta. Anotaciones en bolígrafo (azul o negro) separadas en tres columnas. Sueños recurrentes con asaltos, incendios, terremotos. Una día llegaron a ser tantos los billetes sobre la cama que aquello parecía la peli Casino de Scorsese.

Primer Principio

El dinero es energía y como tal se acumula, se dispersa, se desperdicia, fluye, se estanca, se disuelve, se desintegraSe gasta, se agota.

Segundo acto

Simona supervisando la obra. Simona como directora de orquesta. Simona intentando explicarle al jefe de obra -machista recalcitrante- la diferencia que hay entre una pared recta y una torcida. Simona con una cinta métrica en la mano y un nivel en la otra. Simona sonriendo ante la adversidad. Simona metida en una trinchera con el barro hasta la cintura. Simona entregándonos la llave cuando la pesadilla terminó. Simona y su estandarte: Per aspera ad astra A través del esfuerzo, el triunfo»).

Segundo Principio

Al igual que las mudanzas, las obras de reforma son perjudiciales para la salud. Se sabe cuándo empiezan, jamás cuándo acaban. Como casi todas las galaxias, más allá de nuestra Vía Láctea, el presupuesto de una obra está siempre en expansión.Nos percatemos o no de ello.

Tercer Acto

Mis amigos gestaltistas Antonio y Fede cargando cajas de cartón en las que van mis libros. Unas, dos, treinta cajas pesadas. Tuvieron en sus manos mi único tesoro. Germán, otro amigo generoso, bajando una nevera seis pisos por escalera. Es el amigo habilidoso, montando lámparas, armando muebles, cantando un tango. Abel, amigo alado,con un destornillador en la mano no hay trasto del Ikea que se le resista. Su sola presencia fue un bálsamo, como cuando pasa un ángel y se hace el silencio. Cada día durante la mudanza, que se prolongó horas semanas noches, he pensado en las cosas, las poseídas, las compradas, las tiradas, las regaladas, las mudadas, las elegidas, las desechadas. También he pensado, sentido, a los amigos.Incluso a los que no estuvieron.

Tercer Principio

Las mudanzas ponen a prueba el carácter, la resistencia de las parejas, la solidez de las amistades. El acontecimiento de semejante cambio es siempre un jaleo, pero también es enseñanza: mejor andar por la vida ligero de equipaje.

Barrio de Comillas

Comillas, Carabanchel Bajo, a diez minutos del Puente de Toledo, es un barrio popular y tranquilo.

A un lado de mi nueva calle, las persianas bajas de Sastrería Pajares; la floristería Iris; tejidos y estores Pina; Lotería y Apuestas del Estado; Bar Los Pedroches; un cartel luminoso amarillo-verde con letras rojas del supermercado Ahorra Más. La basura rebalsa los contenedores de vidrio, cartón y plástico. En la esquina, una construcción de los ’80 de tres pisos con un cartel que pone Edificio Pili, al lado una fachada más antigua con balcones en los que se cuelga ropa puesta a secar; la ferretería Flosan; la escuela de pintura Stefan; la panadería Lola; el salón de belleza del Senor Wang, así sin “ñ”. Enfrente, la cafetería Bar Loly, en la que se escucha bachata a todas horas; la cafetería Belmy en la que no hay música; la peluquería dominicana Dando la Nota, anunciada en caracteres fluorescentes que bailan sobre unas corcheas y una clave de sol. En un cartel escrito con faltas de ortografía, adherido a la vidriera, se anuncia la venta de pelo humano y productos latinos.

En otras de las esquinas, el bar Jumess con el chino Andrés detrás de la barra y los parroquianos de siempre: una pareja madura que bebe gin tonics; tres marroquíes que se turnan en la máquina traga monedas, un par de ¿peruanos, ecuatorianos? con ropa deportiva. A veces están los hijos pequeños de Andrés haciendo la tarea o prendidos a una Tablet.  Aquí es donde veo los partidos del Barça, donde festejo con el puño cerrado, pero sin gritar, los goles de Messi.

Un mulato, con camiseta sin mangas y gorra de béisbol roja, está parado en la esquina. Melena afro, buena musculatura, dos collares de oro, reloj, anillos y pendientes haciendo juego. Pasa un coche deportivo lentamente, retumban los bajos de un regetón. El conductor y el de la esquina se ponen a charlar sin prisa alguna, ajenos a los coches que empiezan a formar fila detrás. Después de un par de minutos, intercambian un saludo y un gesto rápido con las manos. El de la esquina, guarda el dinero en el bolsillo delantero de su pantalón. El otro hace sonar el claxon a modo de despedida.

No tengo con quien intercambiar opiniones sobre el barrio, pero me gustaría conversar con el gigante negro que pide monedas en la puerta del supermercado. Se parece a Thelonious Monk, o mejor dicho al pianista después de haberse zampado a Miles Davis con su trompeta y todo. En su enorme mano el móvil parece un pastillero. Una vez le escuché hablar en su lengua natal, una catarata de sonidos dulces repleta de vocales. Se me ha metido en la cabeza que es originario de Gabón o de Zambia.

Durante los fines de semana, las calles circundantes al parque de Comillas se vacían como si entrasen en letargo. El parque, un terreno del tamaño de unos cuantos campos de fútbol, está rodeado de talleres mecánicos. Hacia el norte, más allá de un restaurante de comida china clausurado, los gitanos tienen el control del área. Al sur, después de una casa que fue convertida en una iglesia evangélica y un solar vacío pegado al bar Las Toledanas, los dominicanos son los que mandan.

A decir verdad, en todo el barrio los mismos rasgos: las viejas casas mezcladas con las más recientes, el olor a pollo frito y ajo, los trabajadores que a partir de las siete salen hacia sus coches mal aparcados sobre la acera, las chicas jóvenes que esperan los autobuses en las esquinas para llegar hasta el colegio.

Mudanzas (II)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

Plaza de Tirso de Molina, 18, 3º B. El apartamento era minúsculo, dos ambientes en menos de 50 metros cuadrados, muy luminoso gracias a dos grandes ventanales que miraban hacia Lavapiés. Con Laura le teníamos cariño porque allí había vivido una pareja muy querida de amigos argentinos, excelentes anfitriones, que se habían vuelto a Mar del Plata. Algún tiempo atrás, en el pequeño salón de Tirso habíamos bailado, disfrutado de las paellas de Fran, de las mesas primorosas que armaba Agustina. Entre esas cuatro paredes nos habíamos emborrachado, reído hasta doblarnos con las ocurrencias de Arturo en dúo inigualable con Nora. Nuestros días de vino y rosas, de noviazgo con la que luego sería mi esposa, ya no iban a resucitar. Ni falta que hacía. Empezaba otra etapa, el tiempo de rodaje con la flamante familia que habíamos formado. La vuelta a Tirso fue con nuestra nena y sus revoltosos diez meses de vida. Recomendados ante el dueño del piso por Agus y Fran, los trámites del nuevo contrato de alquiler se resolvieron en un santiamén.

El edificio, sobre la misma plaza de Tirso de Molina, hacía esquina con la calle del Doctor Cortezo y estaba a escasos metros de la casa de Joaquín Sabina en calle Relatores. Se trataba de uno de los rincones más pintorescos del Madrid viejo y como había dicho nuestro ilustre vecino de la canción se concentraban allí más bares que en toda Noruega.

A un lado de la plaza, la entrada al metro de la línea Uno donde se reunían los renegados, punkies, algunos nómades alcohólicos y camellos magrebíes que ofrecían hachís a turistas desprevenidos dispuestos a pagar la “china” o “bellota” a veinte euros. Un timo en toda regla, aunque insignificante para los bolsillos de los guiris en busca de un subidón.

Por aquel entonces, trabajaba en mi tesis doctoral como un poseso y me dopaba con litros y litros de mate. Fumaba como un carretero. Sólo me faltaban las anfetaminas. Mientras tecleaba desesperadamente, mi hija gateaba y había descubierto lo divertido que era sacar mis libros de la estantería y revolearlos por el suelo. Una vez puestos en su lugar, volvía a empezar. La constancia de ella, contrastaba con mi falta de disciplina para avanzar con el culo en la silla.

Ronda de Atocha

Permanencia y desfiguración de los lugares marcan el ritmo de la vida en las ciudades. El dédalo de estrechas callejuelas, paralelas o perpendiculares a la plaza, con nombres hermosos como calle de la Cabeza, del Mesón de Paredes, de la Magdalena, de Juanelo, de la Colegiata, era muy concurrido los fines de semana. Los que subían del Rastro se confundían con el tropel de los aún excedidos por la noche. Ese ambiente algo sombrío, canallesco y bohemio ya no existe, ha cedido en el presente al pandémico efecto del parque temático.

Los corazones de las ciudades españolas, con Barcelona y Madrid al frente, son ahora góndolas de un gran centro comercial al aire libre: todo limpio, renovado y accesible al consumidor. Sin misterio por descubrir, Tirso de Molina se ha convertido en un no-lugar, o lo que es lo mismo en un lugar idéntico a cualquier otro, con bistrós que sirven brunchs, pizzas o burritos. Con pizarras de moda que ofrecen zumos détox y macchiatos for take away.

Del año y pico transcurrido antes de la nueva mudanza, piruetas de la memoria, he retenido dos momentos del invierno. Una gozosa noche-madrugada de fin de año mirando con mi chica, completamente vestidos dentro de la cama, los Soprano en plan maratónico y una tarde en que vi como la nieve, esa broma climatológica, se iba depositando a cámara lenta en las superficies del exterior. A intervalos casi regulares, todo se tiñó por una fina lámina de mármol de Carrara. Nunca más volví a ver caer la nieve de esa manera en los Madriles. Saqué varias fotos desde mi ventana.

Tirso bajo la nieve

Yendo cada vez más hacia el sur

Ronda de Atocha, 8, último piso. Donde termina la arbolada calle Argumosa, uno se encuentra con una tostadora gigante de color bermellón que es la ampliación del Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía. Esta construcción moderna, diseñada por el arquitecto francés Jean Nouvel, dominaba las vistas que teníamos desde nuestra nueva terraza. Allí, después de las siete de la tarde, veíamos el sol esconderse por detrás de los tejados antiguos y las cúpulas de dos iglesias barrocas que parecían flotar sobre la ropa puesta a secar de una corrala.

Un repaso de los dos años que vivimos en aquel ático se funden en una única imagen, la del deslumbramiento que nos producía, a Laura y a mí, ver crecer a nuestra hija. Lo más vivo que ha quedado es la materia de la cotidianeidad, la alegría de los cumpleaños y las fiestas pero también las horas sin sobresaltos, las que discurrieron siendo contemporáneos del que era nuestro presente.

Mudanzas II

De Lavapiés una nueva mudanza nos llevó más hacia el sur, a la zona de Embajadores, muy cerca de lo que en tiempos remotos se conocía como el barrio de las Injurias. Nombre perfectamente literario para una zona delimitada entre el actual Paseo de las Acacias y el de Yeserías, no lejos de Pirámides ni del Vicente Calderón, estadio del Atlético de Madrid.

Hacia el sur y el este de la Puerta de Toledo, el paisaje se ha modificado brutalmente si lo comparamos con las fotografías de comienzos del siglo XX que abundan en los bares de tapas.

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En los edificios y urbanizaciones del presente -muchas de ellas con sus jardines y perímetros de seguridad privada- no quedan ni rastros de lo que a finales del siglo XIX fue un barrio pobre de mala fama y luego una zona industrial. Hay que ver lo que ha cambiado esta ciudad con el vaciado industrial, seguido por los efectos de la política de tierra arrasada aplicada en el Centro, y alrededores, para borrar toda huella de lo que fue. Cierto es que mientras vivimos no reconocemos los escenarios que tiempo después echaremos en falta y que las ciudades nunca dejan de transformarse.

Hoy añoro la Glorieta de Embajadores, a pesar de que cuando llegamos al número tres de Sebastián Elcano, 6º B, aquella calle era el epicentro de los politoxicómanos. Pululaban a todas horas del día y de la noche en búsqueda de su cunda. Por una tarifa fija de cinco euros por pasajero, coches destartalados ofrecían un recorrido hasta el mayor mercado de la droga en Europa: el poblado de Cañada Real. A unos 15 km de distancia por la carretera de Valencia. El rostro del heroinómano era fácilmente reconocible: ausencia de dientes, aspecto cadavérico, piel ruinosa plagada de pequeñas contusiones, ojos hinchados, acuosos, a punto de salir de sus órbitas. Pasaba junto a ellos todos los días, cuando llevaba o traía a mi hija del colegio. Jamás me dirigieron la palabra, ni siquiera me pidieron dinero. Siempre tuve la sensación de que no me veían, de que no tenían registro de nadie. Andaban absolutamente descuajeringados, como los muertos vivientes de la peli de George Romero.

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El lapso de tiempo que transcurría entre la llegada del yonqui a la Glorieta de Embajadores y el momento en que la cundaestaba preparada para partir con sus tripulantes era de tensa espera. Desde mi balcón veía en constante loop la escena: tipos fumando colillas recogidas del suelo, bebiendo cerveza o comiendo bollos robados del supermercado de la esquina.

Tirso II

En el barrio no era todo desesperación y un tropel de zombies. También podían verse las venas llenas de savia inmigrante. Niños, niñas de diferentes colores y etnias correteando por parques como el del Casino de la Reina o el del Campillo del Mundo Nuevo. Paquistaníes, magrebíes, indios, bengalíes, malayos, colombianos, ecuatorianos, filipinos, europeos del este y subsaharianos de multitud de países conviviendo en relativa armonía. Con los chinos, un pulmón incansable de trabajo. Tiendas que abren entre las diez de la mañana y la medianoche de forma ininterrumpida, en las que trabajan todos los miembros de la familia. Comen, estudian, miran la tablet, todo detrás del mostrador. Amables y eficaces en el trato con los clientes. A los que tenían su local a pocos metros de mi portal, jamás les vi de mal humor o con un mal gesto. Yo fantaseaba mucho con la idea de preguntarles qué esperan de la vida, cuáles son sus sueños, sus miedos. Conocí a Han, a su padre Yan Jin y a su madre Zhang Hui Fei. Escribieron un día sus nombres en un papel, me vendieron cigarrillos sueltos durante los 8 años que vivimos en Embajadores. Jamás respondieron a ninguna de mis interrogaciones. Sólo sonreían, al mismo tiempo que asentían de forma mecánica.

CONTINUARÁ…