La histeria en la mujer versus la feminidad

Hace unos días, navegando en el Instagram, me encuentro con un post que me hizo reflexionar sobre la histeria en la mujer versus la feminidad. En el mismo se citaba a la excéntrica cantante Madonna. La joven bloggera exaltaba en su publicación la capacidad de hacer la diferencia: “LA REVOLUCION EMPIEZA AHORA”, afirma en mayúscula cerrada. Curiosamente, la imagen que acompaña este pensamiento motivador es ella misma mostrando su trasero: ¡la revolución de las nalgas será! “Qué tiempos más felices para los adolescentes varones”, pensé.

Cada vez es más fácil tener acceso a la pornografía, y no precisamente protagonizada por actrices porno. Son mujeres de carne y hueso quienes cada vez más se desnudan en sus cuentas de redes sociales. Lo más curioso de todo, es que dichas imágenes seductoras y explícitas se acompañan de: pasajes bíblicos, pensamientos motivadores, frases filosóficas, etc. El panorama para la mujer en el plano de la experiencia y expresión de la sexualidad ha dado un giro drástico en el último siglo. Existe una diferencia abismal entre la “revolución de las nalgas” que vemos hoy en día, y la doble moral que caracterizaba la época victoriana.

mujer histeria

 

Histeria versus feminidad

A finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, Sigmund Freud estudiaba y ofrecía tratamiento a las pacientes con histeria. Sujetos, en su mayoría mujeres que sufrían de síntomas físicos, como diversos tipos de parálisis, que no podían explicarse por medio de la biología. Esto abrió el camino para el surgimiento del Psicoanálisis como disciplina y el estudio de diversos fenómenos psíquicos/sociales. Pero con respecto a la mujer, Freud decía:

La gran cuestión… que no he sido capaz de responder, a pesar de mis 30 años de estudio del alma femenina es: ¿Qué quieren las mujeres?”

El deseo de la mujer se presenta como enigmático, múltiple y disperso. En la cultura popular, incluso se hacen bromas con respecto a esto: nadie sabe lo que quieren las mujeres, ni ellas mismas.

Unos años después en la década de los 70s, el psicoanalista francés Jacques Lacan se dedica al estudio psicoanalítico de las mujeres. En dichas formulaciones, Lacan distingue entre la histeria y la feminidad, hasta llega a oponerlas. Como decía uno de mis profesores de la maestría:

Toda mujer es histérica (en su estructura psíquica), pero no toda histérica es mujer.

En esta línea, Lacan plantea que en la histeria hay una pregunta perenne por qué es ser mujer. Lo cual es esencialmente diferente a volverse una mujer, o serlo.

 

La histeria como estructura psíquica

Tomaremos como referencia el trabajo del psicoanalista Joël Dor, en su obra “Estructuras Clínicas y Psicoanálisis” para definir una estructura y los rasgos primordiales:

La especificidad de la estructura (psíquica) de un sujeto se caracteriza por un perfil determinado de la economía de su deseo, regida por una trayectoria estereotipada, o rasgos estructurales… y que se distinguen de los síntomas.

Las estructuras se constituyen como una salida al Complejo de Edipo, y la relación del sujeto con la función paterna, como instauradora de la Ley y como aquello que colma el deseo de la madre. La estructura surge en el pasaje del ser el falo (lo que completa el deseo materno), a no serlo sino tener un atributo fálico que satisface parcialmente dicho deseo. Es decir, se interrumpe ese momento en el cual el hijo o la hija son todo lo que colma a la madre, para dar paso a otra realidad. No hay nada que colme por completo a nadie. Sin embargo, hay alguien que cumple la función paterna y que cuenta que un atributo fálico que satisface de cierta forma a la madre.

 

Rasgos estructurales en la histeria

Histeria Mujer

Toda la dinámica del deseo en la histeria, ya sea en el hombre como en la mujer, se juega en torno al hecho de haber sido despojado (a) injustamente del atributo fálico. Por esto, en la histeria un rasgo estructural es la alienación subjetiva del histérico en su relación con el deseo del Otro. Lo que busca contantemente es ser el objeto causa de deseo del Otro. De allí, surgen una serie de identificaciones con el objeto ideal del Otro. La constante en la histeria es convertirse en aquel objeto que despierte el deseo del Otro.

Sumado a esto, el sujeto histérico se vive constantemente como no habiendo sido suficientemente amado por el Otro. Se inviste a sí mismo como un objeto incompleto con respecto al objeto fálico. Con respecto a su propio deseo, procura de forma inconsciente que el mismo permanezca insatisfecho. Además, intenta incansablemente reivindicarse al emular este objeto ideal que no ha sido jamás.

El narcisismo en la histeria es particular, pues se relaciona con la dimensión del dado para ver. El sujeto de la histeria se ofrece a la mirada del Otro como encarnación del objeto ideas de su deseo. En ocasiones, se vale de otras personas para lograr ese “brillo”. Por medio de un desplazamiento, se muestra a través de otros que ha colocado en una posición privilegiada como modelos.

 

Mujeres histéricas y su relación con el sexo

mujer histeria perfecta

He tomado el mismo subtítulo utilizado por Dor, pues me parece justo para explicar fenómenos actuales como el expuesto en los primeros párrafos de este escrito. Una serie de aspectos sintomáticos se hacen más evidentes con el auge de las redes sociales. Se abre más la brecha entre la mujer histérica y su relación con la femineidad.

La mujer histérica mantiene un afán de perfección, que se experimenta como una exigencia constante que la atormenta. Para ella lo bello y lo femenino van de la mano. Sin embargo, la preocupación persecutoria por lo bello en ocasiones viene a suplantar a lo femenino hasta borrarlo. Este fenómeno se evidencia cada vez más, potenciado por los desarrollos tecnológicos en las ramas de la estética y la cirugía plástica.

En el fondo lo que hay es una convicción permanente de imperfección. La mujer histérica se vuelve su propio juez tiránico, pues nada será jamás lo suficientemente bello para neutralizar la huella de sus imperfecciones. En cuando a su cuerpo, lo expresa en sus frases favoritas: “mi cuerpo debería ser así”, “sólo debo arreglarme esto o lo otro”, “no soy lo bastante bonita”, etc. Todo lo que encuentre en su camino es bueno para servir de máscara, y atraer la mirada del otro.

Pero así como cuestiona insaciablemente su belleza física, lo hace con su inteligencia y espíritu. Pero se encuentran con una barrera, es difícil aparentar el intelecto. Por lo que toman un discurso prestado, y vuelve a hacer “como si” supiera más de lo que realmente sabe. En los casos más grotescos, vemos las redes sociales inundadas de mujeres histéricas que se muestran “como si” fueran perfectas. Cuerpos esculturales productos de las cirugías plásticas y retocador por el Photoshop, siempre acompañadas de una frase intelectual sacada de Google. Esto es sólo un pantallazo del modo como se conducen en la vida.

 

Identificación de la histérica con la mujer

mujer histeria identificación

Sobre las mujeres Lacan plantea que La Mujer no existe, ya que sólo existen las mujeres de una en una. Ante esta paradoja, el psicoanalista francés Eric Laurent es cuestionado en una entrevista. Le preguntan: ¿Y el hombre sí que existe? A lo que él responde:

El hombre tiene un falo, que es exterior; es patente y obvio y con él puede convertir con facilidad su placer en categoría. Por eso, lo que quiere el hombre se puede producir en masa y por eso hay una industria del sexo, pero sólo está pensada en masculino. Sólo para ellos.

Sin embargo, para la mujer histérica pareciera que sí existe una mujer. Y es aquella con la que busca identificarse pues responde a la pregunta: ¿qué es una mujer? Lacan plantea que en la histeria se responde a esta pregunta por medio de una identificación viril. Como ya vimos, identificándose como aquella que posee el atributo fálico. En esa transacción, cede la posición femenina a otra mujer que para ella encarna el enigma de la feminidad. Mientras que ella se vuelve una maestra de la seducción infinita.

Freud ya lo había señalado en el caso Dora, que estaba avasallada por los encantos de la Sra. K. En la histeria siempre veremos una suerte de homosexualidad. La misma se vincula más al proceso de identificación con una mujer que toma como modelo, que a la elección del objeto amoroso. La histérica procura ser como ella, pensar como ella, vivir como ella, incluso tener los mismos hombres que ella… ¿Han escuchado el término “frenemies”, o “amigas y rivales”?

 

La elección del objeto masculino en la histeria

mujer histeria hombre

Otros rasgo estructural en la histeria que marca la elección de objeto, y todas las elecciones en general, es la indecisión permanente. Puede relacionarse con cosas comunes o un compañero amoroso, la histérica nunca quedará satisfecha con su elección. El objeto elegido continúa sujeto a las dudas, porque siempre es mejor el objeto que no se eligió.

Ya Freud llamo la atención sobre este punto al exponer que el histérico deseaba sobre todo que su deseo permaneciera insatisfecho. La lógica psíquica funciona de esta manera: para mantener su deseo, la histérica se esfuerza por no darle jamás un objeto que la satisfaga. En el caso de la elección de una pareja amorosa, se afanará por no encontrar nunca un hombre a la altura de su máscara de perfección.

Las histéricas generalmente se deciden por un compañero inaccesible. Puede ser potenciado por un aspecto de realidad, como una pareja que viaja por largos periodos de tiempo. Otra salida que encuentra es escoger un compañero amoroso ya comprometido. Al final del día suele sentirse tan desolada pues de todos los posibles compañeros masculino, el único que le interesa es el imposible.

En la histeria se coloca a este otro en el lugar de Amo, pero un amo que jamás ocupará el lugar que ella le asigna en sus fantasías. Siendo un hombre inaccesible o extraño, rápidamente se vuelve decepcionante, o en un objeto más de su insatisfacción. Como bien decía Lacan:

El histérico necesita un amo sobre el cual pueda reinar.

 

Menos histérica más mujer

HISTERIA MUJER

La temática de las mujeres para el Psicoanálisis es bastante extensa y no será tocada en este escrito. Volviendo a la llamada “Revolución de las Nalgas” que se observa cada vez más en las redes sociales. Debemos hacer una distinción, puesto que no se trata de mujeres en el sentido de expresar un deseo de libertad. Más bien se observan manifestaciones de una estructura histérica marcada por un búsqueda exagerada de despertar el deseo en el Otro. Hoy el Internet y los seguidores se han convertido en un Otro bastante exigente y cruel. Mientras más le dan las histéricas más le piden, más les da, más enseña pero siempre tratando de enmarcarlo con algún pensamiento positivo.

El universo de las estructuras psíquicas y de la histeria es extenso, y no se agota en un simple post. Aunque no trataremos la orientación terapéutica de la histeria, en la clínica estos fenómenos son más dramáticos, y menos graciosos. Las pacientes llegan a consulta con un sufrimiento real que buscan suprimir. Como mencionábamos anteriormente, toda mujer es histérica en su estructura, pero no toda histérica es mujer en el sentido de reconocer su falta. Deben caer las identificaciones que buscan satisfacer el deseo en el Otro, y surgir otras que promuevan el propio deseo. Entonces la histérica será cada vez menos insatisfecha y podrá ser más mujer.

 

Referencias Bibliográficas:

  • Dor, Joël. Estructuras Clínicas y Psicoanálisis. Amorrortu Editores. Edición 2006.
  • Philippe, Julien. Psicosis, Perversión y Neurosis. Amorrortu Editores. Edición 2002.

Fuentes:

Redes sociales en tiempos líquidos

¿Podrían las redes sociales ser perjudiciales? Vivimos en una época vertiginosamente acelerada. Grandes alteraciones socioeconómicas y políticas, bruscos cambios de actitudes, costumbres, creencias. La consciencia y comprensión de lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros, se paraliza. Todo lo que ofrecía solidez en la vida como seres humanos, se ha vuelto fugaz y vaporoso como el humo. Los pilares que nos sostenían se evaporan continuamente.

redes sociales modernidad líquida

 

En cada época surgen mentes brillantes, lúcidos observadores y agudos críticos de la realidad histórica en la que viven. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, fallecido la semana pasada, deja un valioso legado ayudando a dar sentido al malestar que producen las sociedades contemporáneas. Poner en palabras los espectros de las angustias que nos perturban y corroen.

Los vínculos entre seres humanos se han debilitado progresivamente desde el comienzo de la era postmoderna hasta hoy. En el año 1999, Bauman da a luz el concepto de “modernidad líquida1 , expresión que define un modelo de sociedad que implica el ocaso de la colectividad. Se impone un individualismo que corroe y desintegra conceptos como la ciudadanía o la comunidad. Es el fin de la era del “compromiso mutuo”.

Globalización, masificación, precariedad, catástrofes, excesiva información, creciente desconfianza hacia las instituciones… Nos provoca inseguridad e incertidumbre y nos empuja a un giro egocéntrico que nos enfrenta los unos contra los otros. Vivimos en una sociedad cada vez menos “social”, sin elementos a los que pertenecer, sin filiación ni ideologías, que nos fragmenta y aisla como átomos. Los “enlaces covalentes” pierden fuerza para mantenernos unidos. La soledad y el vacío son ahora el mayor veneno de nuestra especie.

La trampa de las redes sociales

La revolución tecnológica de finales del siglo pasado ha irrumpido en nuestras vidas. La virtualidad es la realidad de las nuevas generaciones. En esta época, la cohesión de nuestras relaciones, nuestros vínculos, son más débiles y son enmascarados por redes sociales. Redes amplias, pero superficiales, líquidas.

Bauman justifica el éxito de redes sociales como Facebook, Instagram o Twitter afirmando que los depredadores económicos huelen el miedo y crean falsos salvavidas a los que aferrarmos. Consumibles virtuales que son un señuelo al que nos acercamos para compensar la necesidad de comunidad e identidad, alimentando superficial e ilusoriamente nuestro anhelo de colectividad. Flotar y no hundirnos en el vacío. Como afirma en su última entrevista para el diario El País:

«Dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.»

La identidad que otorga pertenecer a un grupo se diluye, por lo que creamos sustitutos dentro de las redes sociales. Añadimos y cancelamos amigos, controlamos las interacciones, sin riesgos para nuestra imagen, sin involucrarnos, sin necesidad de habilidades sociales.  Vínculos postizos. Eso sí, nos sentimos un poco mejor porque la soledad es un fantasma que nos hiela en nuestras habitaciones.

Los deseos «licuados»: una perspectiva psicoanalítica contemporánea

Deseos y necesidades centrales para la estabilidad psicológica, están amenazadas por la liquidez relacional y el aislamiento. El malestar difuso y la sensación de vacío de muchas personas, (algunas de las cuales acuden a terapias sin saber qué les ocurre, sin razones «objetivas» para estar mal) tiene relación con el impacto de la insatisfacción de motivaciones psicológicas básicas.

Nuestras decisiones se ven influidas por  procesos inconscientes. Procesos motivacionales que nos impulsan a atender demandas internas asociadas, por ejemplo, a nuestra propia conservación y cuidado, la búsqueda de placer y bienestar, o a reducir el displacer. Uno de estos motivos básicos e instintivos de la experiencia humana, es la búsqueda y conservación de fuertes vínculos emocionales con otras personas (el apego; tal vez lo llames «amor»). Otra motivación básica es el deseo de reconocimiento y de valoración dentro de dichos vínculos significativos, obteniendo una imagen de sí mismo como alguien digno de recibir atención, de ser querido.  Un sentido de la identidad y valía transmitido por los demás. Nuestra autoafirmación sólo es posible a través del Otro.

Estamos programados para buscar la aceptación del Otro, y evitar su rechazo. Estos sistemas motivacionales permitieron la supervivencia de nuestra especie, asegurando la cohesión grupal y su cuidado. Esto explica la búsqueda de afiliación y el sentido de pertenencia, la vivencia de «estar con», de formar parte de lo mismo.

Autores psicoanalíticos como Winnicott o Kohut, consideraron una motivación central la necesidad de crear y conservar un sentido del Self (sentido de nuestro Yo, de nuestra esencia, nuestra identidad) estable y cohesionado. El flujo de experiencias estables y emociones repetidas dentro de las relaciones del ser humano desde que nace, conservan la continuidad y la familiaridad de su mundo interno e interpersonal. Las relaciones nos permiten sentirnos seguros, y nos sostienen psicológica y emocionalmente.

Mis Selfies por tus Likes

Las redes sociales son un mal sucedáneo de lo que aportan las relaciones reales. Un mal sustituto que engancha, como una potente droga. Y no es una metáfora. El placer y bienestar que generan las interacciones positivas están directamente relacionadas con motivaciones y necesidades interpersonales, y por lo tanto, con circuitos y centros cerebrales de recompensa y evitación2. Los mismos que se activan satisfaciendo necesidades fisiológicas como la ingesta o el sexo, o consumiendo sustancias estimulantes. En esta línea, un interesante estudio realizado por la Universidad de California-L.A., evidencia a través de neuroimagen cómo los centros del placer y la recompensa de cerebros de adolescentes, se activan al ver sus propias fotografías con muchos likes e interacciones positivas3.

Existe una parte de nosotros que desde la infancia busca, en esencia, construir una imagen de sí mismo digna de ser amada, aceptada, validada, reconocida, admirada, y la vida social virtual se convierte en una extensión del campo social real. Por eso la necesidad de aparentar, de manipular la percepción de los demás a través de proyectar una imagen ideal de uno mismo y su vida. Crear una identidad, un falso Self, frágil y adulterado, pero al menos uno que saque del desamparo y la carencia. De ahí el exacerbado narcisismo y la dependencia hacia las redes sociales.

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El impacto psicológico negativo

Fotografías milimétricamente calculadas, aparentando espontaneidad, con un bonito filtro Instagram, acompañadas de una cautivadora frase. Una ilusión distorsionadamente ideal, intentando rellenar el vacío. Y no se puede dejar de alimentar fácilmente los perfiles virtuales, uno dejaría de existir en cierto modo, aunque todo consiste en aparentar y no en «ser»: por eso la angustia del vacío no desaparece, porque la liquidez nunca se rellena de algo «sólido».

Los demás son utilizados como objetos, espectadores del despliegue narcisista que ofrecen atención o admiración, pero no son reconocidos ni valorados como quienes realmente son. Consumo líquido de relaciones. Por otra parte, la estabilidad emocional se ve amenazada por las respuestas de los demás usuarios. Si no hay la interacción virtual que uno espera (número de veces compartido, de comentarios, de «me gusta», etc…), pasa a equivaler psicológicamente a un rechazo real. El número y el tipo de interacciones se convierten en una estimación proporcional de la valía y la autoestima. De forma irreal y simbólica, sí, pero cuyo impacto emocional es real.

Pasar tiempo pasando imágenes y perfiles en Facebook o Instagram, desencadena una sensación de exclusión y soledad, y también envidia 4 . Son un espejo artificial de lo que supuestamente carecemos, de lo inadecuados que somos, y esto nos hace sentir avergonzados, tristes. Espejos que muestran las actividades que no hacemos, las metas profesionales que no alcanzamos, los momentos fantásticos en los que no estamos  presentes,  los lugares que no estamos visitando,  las parejas ideales que no tenemos, las familias perfectas que carecemos; de los defectos que nos sobran y virtudes que nos faltanLa vida que no tenemos, la imagen que no somos. Un real sentimiento de frustración, de inferioridad y malestar provocado por muros virtuales de plástico.

A Social Life de Kerith Lemon

Referencias bibliográficas

1 Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. México, D.F.: FCE – Fondo de Cultura Económica.

2 Fareri, D. & Delgado, M. (2014). Social Rewards and Social Networks in the Human Brain. The Neuroscientist, 20(4), 387-402. http://dx.doi.org/10.1177/1073858414521869

3 Sherman, L., Payton, A., Hernandez, L., Greenfield, P., & Dapretto, M. (2016). The Power of the Like in Adolescence. Psychological Science, 27(7), 1027-1035. http://dx.doi.org/10.1177/0956797616645673

4 Appel, H., Crusius, J., & Gerlach, A. (2015). Social Comparison, Envy, and Depression on Facebook: A Study Looking at the Effects of High Comparison Standards on Depressed Individuals. Journal Of Social And Clinical Psychology, 34(4), 277-289. http://dx.doi.org/10.1521/jscp.2015.34.4.277