Horkheimer y la naturaleza como objeto de dominio

Continuamos en este entrada con la Crítica de la razón instrumental de Horkheimer. Si en la anterior exponíamos la crítica que Horkheimer realiza a cierta visión positivista de la ciencia, según la cuál la ciencia sería la panacea universal que resuelve todos los problemas de la humanidad, en esta entrada exponemos su crítica a la objetivación de la naturaleza; ésta se concibe como mero medio de supervivencia al servicio de una razón que se entiende como pura capacidad de adaptación.

Afirma Horkheimer que, en su proceso de emancipación, el hombre moderno debe dominar la naturaleza exterior pero también la interior. Lo que tradicionalmente eran fines: felicidad, salud, riqueza, pasan a ser indicadores funcionales de condiciones favorables para la producción material y espiritual. La civilización siempre ha consistido en la sustitución de la selección natural por la acción racional. En la modernidad esto se ha agudizado: más que nunca, los impulsos privados tienen que adecuarse a las exigencias de racionalización y planificación. La auto-supervivencia del individuo presupone la adecuación para la supervivencia del sistema.

Los métodos actuales de producción facilitan y exigen una mayor flexibilidad para los trabajadores. El aumento de independencia ha llevado a mayor pasividad. El hombre no “pierde el tiempo” ya adaptándose a fines objetivos, sino que se adapta casi automáticamente a los procesos determinados económica y socialmente. La modernidad nos deja un yo cuyo contenido es convertirlo todo en medio para la autoconservación, y una naturaleza que es tan solo material para que el yo ejerza su dominio. La razón es identificada con capacidad de adaptación. Si bien la capacidad de adaptación existía también en el pasado, la diferencia ahora es la diligencia con la que se somete uno, el grado en que esta actitud ha empapado el ser total del hombre y ha transformado la naturaleza de la libertad conseguida.

El hombre de hoy no se engaña con proclamas espiritualistas como en el siglo XIX; sigue habiendo contradicción entre realidad y frases altisonantes, pero está institucionalizada, sostiene Horkheimer. La hipocresía no espera ya ser creída, es cínica. La misma voz que predica sobre las cosas más elevadas de la vida: amistad, arte, religión, es la misma que nos recomienda elegir tal marca de jabón. Hay manuales para alcanzar la salvación como manuales para un electrodoméstico. La división del trabajo es la expresión de la técnica al servicio de la industria.

El único fin en la sociedad moderna de hoy es la autoconservación. Cualquier frase que no tenga un contenido pragmático se ve como sospechosa. Si uno admira una cosa por sí misma o respeta un sentimiento o quiere a alguien por sí mismo, la respuesta del otro a menudo es tomarlo a uno por loco o pensar que le está intentando engañar. La transformación del mundo en un mundo de medios es consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas. A medida que éstas y la organización social se vuelven más complicadas y cosificadas, resulta cada vez más difícil reconocer los medios como tales, ya que cobran la apariencia de entidades autónomas.

En la Grecia clásica algunos hombres alcanzaron tal libertad respecto de la presión natural que les permitió hacer filosofía. Platón, Aristóteles y compañía, deben su actividad y su ocio al sistema de dominio del que intentaban emanciparse espiritualmente. Estos momentos se han dado siempre a una élite social, que generalmente ha hipostasiado su privilegio en términos de virtud humana usándolo con fines ideológicos para degradar el trabajo manual. Hoy, sin embargo, los intelectuales no gozan de tal independencia, y no pueden permitirse pensar en la eternidad, sino dirigir su inteligencia a fines prácticos, próximos. El pensamiento especulativo queda liquidado.

La indiferencia del hombre moderno frente a la naturaleza es una variante de la actitud pragmática del hombre occidental, sostiene Horkheimer. La concepción del hombre como señor de la naturaleza está ya en el libro del Génesis. Los principales teólogos cristianos no hablaron del respeto a la naturaleza y animales, más que como educación moral de los hombres, no como obligaciones hacia aquéllos. Efectivamente, la razón pragmática no es nada nuevo. Pero nunca antes había sido expresado tan claramente ni aceptado tan generalmente.

La historia del yo es la historia de los intentos del hombre por sojuzgar la naturaleza o, lo que es lo mismo, el intento del hombre por sojuzgar al hombre. El yo ejerce funciones de dominio, mando y organización. Su base histórica reside en privilegios de casta en sociedades patriarcales con división del trabajo espiritual y manual. Del carácter violento externo del yo se pasa a interiorizarlo: sublimación de las órdenes recibidas por el superior. El yo pasa a organizar la experiencia interna. El yo lleva la mácula de su origen en el dominio social. Descartes lo representa como un pequeño dictador, cuya función es impedir que las pasiones nublen el juicio, cuyo correcto funcionamiento se manifiesta en la matemática, expresión de la razón formalizada. Pero Descartes es aún demasiado católico para renunciar al dualismo y reducir la naturaleza a contenido del yo. Ese paso se dio posteriormente, con el idealismo subjetivo de Fichte, en el que la naturaleza tiene la única función de servir de ámbito de dominio del yo para su realización. La doctrina actual está más cerca de Fichte de lo que parece, aunque despojada de su metafísica. La naturaleza es objeto de dominio total.

La generación del super-yo, estructura psíquica que reprime todos los impulsos naturales, es una venganza interna de la propia naturaleza, dice Horkheimer. El que renuncia a llevar una vida guiada por la razón subjetiva, y guiado por su fe de la infancia, previa al super-yo, se decida a reconciliar la verdad con la irracionalidad de la existencia, se verá abocado a la soledad, a una vida conflictiva. La otra opción es aceptar la sumisión, disolverse en la sociedad. Los individuos se obligan así a aceptar la ley del más fuerte, la lógica del dominio; no se reconcilian con la civilización. Su vida es un intento por combatir la naturaleza externa e interna, identificándose con sus sustitutos más poderosos: raza, patria, grupos, caudillo, tradición… Sus impulsos naturales son reprimidos, permanecen fieles al super-yo. Adaptarse, en pos del principio de autoconservación, supone convertirse en parte del mundo de los objetos. El cristianismo y el judaísmo intentaron dar un sentido a esta represión de instintos, dando motivos de comprensión y esperanza, pero las doctrinas políticas modernas no han conseguido ser tan exitosas como la religión.

El darwinismo domina el pensamiento actual sobre la relación entre el yo y la naturaleza. La filosofía subyacente de Darwin es positivista. La supervivencia del más apto puede concebirse como la traducción de la doctrina de la razón formalizada al lenguaje de la historia natural. Para el darwinismo popular, la razón no es más que un órgano, un instrumento de adaptación; la razón brota de lo irracional como mecanismo de supervivencia. Como parte de la naturaleza, la razón no está en oposición a ella sino en oposición a otras formas de vida, a otras razones subjetivas. El espíritu es pues un producto de la naturaleza. Parecería entonces que el darwinismo viene en auxilio de la naturaleza, eliminando toda filosofía que ve a la naturaleza como un objeto verdadero que la razón debe esforzarse en conocer; la razón es rebajada y la naturaleza bruta enaltecida.

Pero lo que ocurre realmente es que, en lugar de leerla filosóficamente, como un texto que revela una historia de sufrimiento infinito, la razón subjetiva oscila entre considerar a la naturaleza como objeto de exaltación, vitalismo, o despreciarla como fuerza brutal. Así pues, sostiene Horkheimer, lejos de servir para reconciliar razón y naturaleza, la maniobra darwinista lo que hace es subrayar la parte dominadora de la razón sobre la naturaleza, despreciando todo lo que no satisfaga el instinto de conservación, todo lo espiritual, todo lo que la metafísica antigua exaltaba. La razón es un instrumento de adaptación, de supervivencia. Se produce una degradación de todo lo espiritual, de todo lo que no vaya encaminado a la autoconservación. Lo bueno es lo que está adaptado. Bajo esa aparente humildad de la razón, la naturaleza queda como mero estímulo para la razón práctica, sin valor alguno en sí.

La solución no radica en volver a primitivismo, afirma Horkheimer. Somos herederos de la Ilustración, del progreso técnico, para bien o mal: no se trata de capitular de formas históricamente racionales de gobierno a formas bárbaras; se trata de liberar de sus cadenas a su aparente adversario, el pensamiento independiente.

 

Referencias:

Horkheimer, M., Crítica de la razón instrumental, Trotta, Madrid, 2002

Caos: de la confusión a la creatividad

Caos es una palabra que solemos asociar a un estado confuso, agotador, desagradable. Muy comúnmente suscitando reacciones de miedo, inseguridad, bloqueo y hasta pánico.

Si nos remitimos a la RAE, Caos sería definido como:

  1. m. Estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos.
  2. m. Confusión, desorden.
  3. m. Fís. y Mat. Comportamiento aparentemente errático e impredecible de algunos sistemas dinámicos deterministas con gran sensibilidad a las condiciones iniciales.

Lo sorprendente del término, es como ha evolucionado en el inconsciente colectivo su significado, ya que de de las tres definiciones se han enfatizado (¿a propósito?) la segunda y tercera definición, obviando la importancia de la primera.

Ahora bien, prestemos atención a su etimología. Caos procede del latín “chaos” y a su vez del griego “χαος” (chaos) que significa abertura.

Más concretamente: espacio que se abre’, o ‘hendidura’, y procede del verbo χάω, que en formas derivadas significa ‘bostezar’, ‘abrirse una herida’ o ‘abrirse de una caverna’.  Incluso indagando en la mitología podemos apreciar como una importante tradición filológica considera que Caos es la hendidura o resquicio situado entre el cielo y la tierra, algo que se abre entre dos opuestos.

A pesar de la antigüedad del término Caos  y su exponente en la literatura mitológica más antigua, su ‘aparente opuesto’ Cosmos, ha sido siempre el hijo predilecto para la Ciencia, -algo así como en la parábola de Caín y Abel-, siendo sólo relativamente recientes las investigaciones realizadas en el campo de la Teoría del Caos, que le han otorgado el lugar que le correspondía al hermano mayor de Cosmos.

caín y abel

caín y abel

Un poco de historia

El interésde la Ciencia por el Caos comenzó con investigaciones realizadas en el campo de la física, la química, la meteorología, la matemática y la biología, pero cada vez más, demuestra su utilidad en el campo de la sociología, la economía, la educación y la psicología.

Los estudios del Caos, la complejidad y los nuevos acercamientos a la totalidad pueden asociarse a nombres como Popper (1996), Lorenz (2000), Capra (1996), Allen (1996), Marmgren (1998), Briggs y Peat (1994), Poincaré (1963), Bohm (1980), Gleick (1988), Mandelbrot (1982), Ruelle (1991) y, por supuesto,  Prigogine (1994, 1997, etc). En el campo de la psicología y la psicoterapia tenemos Meara (1999) y a Manuel Almendro ( 2002),  entre otras personalidades.

Su inquietud comenzó a cuestionar la imperante visión determinista y reduccionista de la realidad, que percibe a ésta como una serie de sistemas aislados unos de otros (cerrados), en los cuales las influencias se llevan a cabo de forma lineal,siendo todo efecto de una causa que puede ser predecida con exactitud y por lo tanto controlada y manipulada.

Como podemos observar, la ciencia  ha reconocido el Caos desde siempre, pero con la esperanza de que el caos fuese la excepción a la regla del orden y que con el tiempo, ampliando nuestros conocimientos y nuestros métodos algún día todo sería predecible y causalmente conocido.

Ahora sabemos, gracias a los estudios sobre la complejidad y la totalidad, que el Caos es más la regla que la excepción. 

Teoría del Caos: algunas pinceladas

La Teoría del Caos trataría de explicar  las variaciones y fluctuaciones que se producen en un sistema vivo, abierto y dinámico, muy sensibles a las variaciones en las condiciones iniciales.

Pequeñas variaciones en dichas condiciones iniciales pueden implicar grandes diferencias en el comportamiento futuro, imposibilitando la predicción a largo plazo.

Tal y como lo explica el doctor en psicología y autor del libro Psicología del Caos, Manuel Almendro:

«Que todo apunte en una dirección no implica necesariamente que deba ser así. Multitud de variables que no pueden ser controladas tienen un claro efecto particular y único en cada circunstancia que ocurre en nuestra vida. El Caos es pues indeterminación, ni lo sabemos ni lo podemos llegar a saber.»

El siguiente vídeo tratará de explicároslo de manera más sencilla y divertida en 7 minutos.

Así pues, a partir de unos antecedentes X  que nos ocurre en nuestras vidas, podemos tratar de explicar lo sucedido (la cadena de eventos hacia atrás) pero no predecirlo con total seguridad, ya que existe una dependencia total de las condiciones iniciales y a pesar de eso, nos es imposible predecir qué sucederá, pues lo mental, lo psicológico, está sujeto a la incertidumbre, es decir a la impredictibilidad.

Es importante aclarar que caos no significa azar en absoluto. El azar es un concepto abstracto matemático, y no existe como tal en la naturaleza. Sin embargo el caos como fluctuaciones cíclicas que van del orden al desorden se encuentra en la naturaleza misma, y a diferencia del azar – que es ciego y carente de intencionalidad- dentro del propio caos existe un verdadero orden intencional, aunque este no es lineal y por lo tanto, no predecible a priori.

¿Significa esto que estamos irremediablemente sujetos a la incoherencia desordenada de nuestras vidas?

No. Significa más bien saber que muchas de las situaciones que percibimos como ordenadas y lineales es debido a nuestra propia percepción como observadores (no existe observación  independiente del observador) que le «impregna» dicho orden para darle un sentido y satisfacer la necesidad intrínsica que tiene la mente humana de querer completar lo incompleto, explicar lo que inexplicable, ordenar lo desordenado y llenar lo vacío.

Sistemas altamente sensibles

La vida, ya no parece ser una excepción a las leyes de la naturaleza. El ser humando forma parte de la naturaleza misma, y como tal, tiene en cuenta sus Leyes. Más que ser «un estado» y «lineal» (un ser ya hecho y con pasado-presente-futuro programado) el ser humano es un «ser en proceso» y por lo tanto, emergente.

Esta capacidad de ser fuente continua de transformación donde brotan nuevas direcciones (bifurcaciones o salidas emergentes) que conllevan a un nuevo progreso o evolución, a una nueva diferenciación de las estructuras iniciales, es lo que hace maravilloso el indeterminismo del caos.

El caso de Khalil Rafati que salió hace poco a la luz en los medios de comunicación, es un claro ejemplo de cómo funciona esta autoorganización en nuestras vidas de un modo no predecible.

 

el indigente drogadicto-que-se-hizo-rico

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En su exposición del Efecto Mariposa, como concepto propio de la Teoría del Caos, Lorenz nos dice:

“Una consecuencia inmediata de la dependencia sensible en cualquier sistema es la imposibilidad de realizar predicciones perfectas, o ni siquiera mediocres, suficientemente alejadas en el futuro”

Nos  es imposible saber hasta qué punto las condiciones actuales fueron fuertemente influenciadas por algo que nos pareció insignificante, o que incluso no fue captado de manera consciente, dado que lo que rodea al ser vivo va desde lo más perceptible hasta lo más sutil, y es justamente esto último lo que suele ser pasado por algo y lo que provoca el verdadero efecto mariposa.

multibifurcación-caos

 

Es lo que ocurre por ejemplo con el tiempo atmosférico y lo que llamamos ironía de la vida cuando habíamos visto en el telediario que haría un sol estupendo y nos ha caído una lluvia de campeonato.

«El aleteo de una mariposa en Brasil puede producir un tornado en Texas» (Edward Norton Lorenz)

La Teoría del Caos en nuestras vidas

Ahora bien, ¿en qué me puede servir a mí entender cómo funciona el caos es mi día a día?

Esta sería una muy buena pregunta y cuya respuesta asumo acorde a la que da Manuel Almendro

«Entender como funciona el caos presupone adoptar una posición de humildad frente a la naturaleza de las cosas, ya que dejamos de jugar a ser dioses intentando controlarlo todo y nos permitimos ser «vividos» por la vida.»

No desde de una posición derrotista o inactiva, sino siendo conscientes  y aceptando que la necesidad compulsiva de control de lo que nos sucede -a nosotros y al entorno- es un mecanismo que nos aleja del equilibrio psicológico más que cercanos a él.

Otra ventaja de aceptar esta postura es dar una explicación de la no-explicación, lo que produce un descenso de la ansiedad a nivel general. Es abrirnos a aceptar la incertidumbre, a reconocer nuestra necesidad compulsiva a salir de ella y admitir nuestra incapacidad para hacerlo completamente, con la esperanza de no tener que enfrentarnos al temido vacío.

Es más, volviendo a la definición de la RAE, si caos es el estado anterior al orden, entonces éste de convierte en el prerrequisito para la autoorganización y vuelta al equilibro. Es como si fuera necesario desorganizar para organizar, en una secuencia de movimiento de desorden-orden-desorden.  El caos pues, no es el «enemigo», algo contra lo que tenemos que resistirnos y luchar hasta desgastarnos, sino más bien, la antesala a la autoorganización.

 

caos-portada

caos-orden las dos caras de la moneda

 

Esta autoorganización es considerada por Prigogine como la transición del orden al caos. Es como la esperanza del proceso que impide el establecimiento de certezas y no predetermina ni programa el futuro -aunque pueda imprimir una dirección movible a medida que los procesos avanzan-.

En los momentos de crisis personales se produce una ruptura interna, una inadecuación entre la persona y su forma de vida, entre ella y su entorno y una incapacidad de relacionarse a través de los modelos aprendidos, de su guión de vida y hábitos de comportamiento, etc. En ese momento se produce un corto circuito, una ruptura del fluir, y incoherencia entre lo que la persona piensa-siente-hace (los tres sistemas nucleares). Cuando esa «inadecuación» llega al máximo rompiendo con el orden considerado como «normal», se presenta lo que llamamos crisis emergente, el caos. Es en este momento de máxima inestabilidad donde la autoorganización puede permitir al individuo una transformación de los propios procesos, un nuevo encaje resolutivo del individuo consigo mismo y con el contexto.

 

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ruptura interior-crisis-caos

Así es como lo describe Manuel Almendro

«Los sujetos enfermamos por ese desorden natural pero también nos es posible curarnos precisamente a través de ese mismo desorden.»

Recordemos por último esa analogía mitológica que suponía la Caos como la hendidura entre el Cielo y la Tierra. ¿Y si en el afán egóico de empeñarnos en huir, romper, controlar y salir de ese estado de Caos estás obviando el hecho de que ese mismo estado es el que te llevará a la transformación y el re-equilibrio en tu vida?

Para terminar comparto esta preciosa y esperanzadora reflexión de Prigogine

La T. del Caos «permite a la naturaleza (incluido el ser humano) a abandonarse a un juego creativo, producir algo nuevo, no contenido implícitamente en sus estados precedentes. Su destino está abierto. Su futuro ya no está determinado por su presente ni por su pasado. La melodía no está compuesta de una vez para siempre. Se elabora sin cesar… A partir de ahora, el mundo puede estallar de creatividad.”  (Prigogine)

Fuentes:

-Almendro, Manuel. Psicología del caos. Editorial: La Llave, 2002.

-Asociación de Academias de la lengua española. Caos. Recuperado en http://dle.rae.es/?id=7HD3hMJ

-Spire, Arnaud: El pensamiento de Prigogine: La belleza del Caos. Editorial: Andrés Bello, 2001

Referencias bibliográficas:

-Martínez Robles, Yaqui Andrés. Teoría del Caos y Psicoterapia Gestalt: Nuevas aproximaciones a la configuración de la totalidad. Un voto a favor del indeterminismo. Revista Figura-Fondo Nº10

 

 

La finalidad de la historia según Kant

Immanuel Kant expone una parte esencial de su filosofía de la historia en la obra Idea para una historia universal en clave cosmopolita (1784).

Teleología histórica

Las acciones humanas están determinadas naturalmente en tanto fenómenos, como todo acontecimiento natural. Ahora bien, cabe la esperanza de que cuando el filósofo contempla la Historia, elevándose sobre los sucesos particulares, pueda atisbar, por muy profundas que estén las causas, el progreso de la libertad de la voluntad. Se trata de descubrir en la aparente azarosidad y contingencia de las acciones de los hombres a lo largo de la Historia un hilo conductor, una finalidad. Según Kant, cuando se estudian los acontecimientos históricos a gran escala se descubren leyes generales. Es tarea del filósofo descubrir en este aparente caos, entre tanta vanidad, destrucción y maldad presentes en la historia, un plan subyacente de la Naturaleza que conduce al hombre a su realización moral. De modo que los hombres no imaginan que al perseguir cada uno su propia intención siguen sin advertirlo la intención de la Naturaleza.

La experiencia y la razón nos indican que todo animal tiene una serie de disposiciones naturales destinadas a desarrollarse alguna vez completamente y con arreglo a un fin. Un órgano o habilidad inútil, sin finalidad, es una contradicción según la doctrina teleológica de la Naturaleza. Y si renunciáramos a esta doctrina, ya no tendríamos una Naturaleza que actúa según leyes, sino un azar que no conduce a nada ocupando el lugar del hilo conductor de la razón.

En el hombre, el pleno uso de sus facultades racionales naturales sólo se desarrollará completamente a nivel de la especie, no en el individuo. Pues para ello se requiere entrenamiento, pruebas, progreso paulatino; no es como lo instintivo. La misma Naturaleza que nos dota de corta vida individual nos dota de una capacidad de la que sólo puede sacarse partido a lo largo de generaciones.

El fin que tiene la naturaleza para el hombre es de orden moral, no natural, sostiene Kant. Por eso no poseemos instrumentos como cuernos o garras; el hombre recibe muy pocos medios naturales para procurarse su sustento, para sobrevivir y para ser feliz. Lo que la Naturaleza pretende es que sea el hombre mismo el que tenga el mérito de ganársela, que sea digno de ella (dentro de lo que es posible en el mundo empírico). Así, nos ha dotado de autonomía: de razón y de libertad de la voluntad. Algo que no nos facilita la consecución de la felicidad, sino del bien. Y puesto que la naturaleza no hace nada superfluo, podemos concluir que éste es el fin que la ella tiene reservada para el hombre.

La insociable sociabilidad humana

El medio que utiliza la Naturaleza para obtener este fin es la insociable sociabilidad humana, el antagonismo de las capacidades de los hombres en sociedad. Su inclinación a vivir en sociedad es inseparable de una hostilidad que amenaza con disolver esa sociedad. El hombre se sabe propenso a oponerse a los demás y por eso ve en los demás eso mismo, lo cual le hace vencer su inclinación a la pereza y a imponerse a los demás antes de que se impongan a él (es el estado de naturaleza hobbesiano). Y así va desarrollando sus talentos. La envidiosa vanidad y el deseo de acaparar y de dominar nos hacen rivalizar. Si el hombre viviera en una Arcadia feliz armónica no se vería en la necesidad de desarrollar sus capacidades naturales. Así el hombre va construyendo su mundo, la cultura, que bajo su brillo esconde una feroz lucha histórica.

Esas inclinaciones hacen que los hombres no puedan coexistir en estado perpetuo de lucha y que se den cuenta de que es necesario vivir en sociedad, civilizarse, fundar un estado con una constitución civil. La Naturaleza fuerza así a la especie humana a resolver su mayor problema, la instauración de una sociedad civil que administre universalmente el derecho. Una sociedad en la que la libertad bajo leyes externas se encuentre vinculada lo más posible con un poder irresistible, esto es, una constitución civil perfectamente justa, tiene que ser la tarea más alta de la Naturaleza para con la especie humana. Sólo en una sociedad tal pueden darse todas las capacidades de la humanidad.

El problema de establecer una constitución civil perfecta es el más difícil y el que más tarde será resuelto por la especie humana, sostiene Kant. Y es que el hombre, en tanto que racional, obedece el imperativo categórico, pero en tanto animal, obedece sus impulsos egoístas. Necesita pues de un señor que imponga su voluntad para que la voluntad libre de todos los hombres pueda cumplirse. Este señor no puede ser otro que un hombre, pero que al mismo tiempo sea justo. Pero siento el hombre propenso al mal por naturaleza, no se concibe cómo pueda haber un hombre tal. Pero debe poder alcanzarse tal estado pues la Naturaleza nos ha impuesto tal idea. Pero para realizar tal idea necesitamos conceptos precisos sobre tal constitución perfecta posible, mucha experiencia y buena voluntad para aceptarla. Por ello piensa Kant que será muy difícil y tardía su realización.

A su vez la constitución civil perfecta no puede lograrse sin resolver el problema del derecho internacional, de la reglamentación de las relaciones interestatales. Al igual que la guerra de todos contra todos entre individuos les lleva finalmente a darse cuenta de la necesidad de una sociedad bajo leyes externas, la guerra de todos contra todos entre Estados, tras muchas devastaciones y consumo de fuerzas, les lleva lo que la razón podría haberles indicado sin necesidad de tantas penurias, a abandonar el estado anómico, propio de salvajes, e ingresar en una confederación de pueblos, dentro de la cual la seguridad y derechos de cada Estado depende no de sí mismo, sino de un poder unificado y de la decisión conforme a leyes de la voluntad común. Así, cada Estado renuncia a ejercer su brutal albedrío y busca paz y seguridad en el marco legal de una constitución.

Optimismo ilustrado

Para Kant, pues, la historia de la humanidad puede verse como la ejecución de un plan oculto de la Naturaleza para llevar a cabo una perfecta constitución interior y, para ello, exteriormente perfecta, de tal modo que el hombre pueda desarrollar todas sus facultades plenamente. La experiencia nos muestra pocos indicios en este sentido, aunque gracias a nuestra disposición racional podemos anticipar ese momento. Kant considera que los Estados ya no pueden rebajar su cota cultural sin perder poder frente a otros Estados. Tampoco pueden atentar contra la libertad civil sin perjudicar las actividades profesional. Pues el gobernante es consciente de que la libertad de los ciudadanos favorece la dinámica de negocios. Así pues, la libertad va ganando terreno poco a poco. Y así va surgiendo poco a poco la Ilustración, aunque se obtenga a partir de la megalomanía de los gobernantes, pues éstos saben lo que les conviene. La ilustración irá ascendiendo a los gobernantes y no impedirán la ilustración del pueblo. La guerra se verá poco a poco como un mal negocio de dudoso desenlace para ambas partes y elevada inversión, dado la creciente intensidad de las relaciones comerciales entre Estados. Este interdependencia les lleva a hacer de árbitros en conflictos ajenos para impedir grandes conflictos, preparándose para la creación de un macro-Estado. Por eso, para Kant, podemos tener racionalmente la esperanza de que pueda instaurarse un Estado cosmopolita sobre la tierra donde las facultades de la humanidad alcancen su plenitud.

Admitido todo lo anterior, Kant considera que no es absurdo pensar en elaborar una Historia universal de la humanidad en base a los fines que la Naturaleza contempla. Una historia vista con la mirada del filósofo (sin desmerecer ni sustituir la mirada del historiador y su historia empírica), en la que se descubre un hilo conductor a priori, sistematizando lo que de otra manera sería una agregado de hechos sin conexión aparente. Este hilo conductor es la mejora de las sociedades humanas hacia una mayor libertad de la voluntad, hacia una mejora moral, hacia una constitución civil perfecta y cosmopolita. Kant sostiene que podemos ver una mejora en Occidente (que posteriormente es de esperar que se traslade al resto del mundo) a lo largo de la sucesión de civilizaciones, de Estados dominantes, hacia la mejora del cuerpo político. Los Estados hegemónicos van cayendo pero queda cada vez una semilla de ilustración mayor que permite que cuando el siguiente se construya sobre el anterior cada vez se de progresando hacia mayor ilustración. La historia en un futuro se escribirá en este estilo, dado la cantidad de datos que atesorarán las generaciones futuras, y además puede servir para encauzar tanto la ambición de de los gobernantes hacia el único medio que les puede llevar a ser recordados gloriosamente en la posteridad.

Referencias bibliográficas:

  • Kant, Immanuel, Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre filosofía de la historia, Tecnos, 2006.