La cara oculta de la música y el sonido

Por experiencia propia sé que la música puede resultar beneficiosa para el organismo a no ser que escuches el Fary o King África. Con poco que escarbes en bases de datos científicas, Mozart se convierte en una herramienta eficaz para el tratamiento de trastornos de memoriaAlzheimer1 o para reducir la cantidad de sedante necesaria en pacientes paliativos. (Siendo repelentes, las teclas de un piano o la cuerda frotada de un violín modifica los niveles de somatotropina, disminuye la adrenalina y la interleukina-6 en el organismo2).

Nombres raros y detalles biológicos al margen… ¿cómo es posible que la música pueda tener un impacto medible sobre las adrenalinas y demás «inas»? Solemos explicar los efectos del sonido sobre el organismo señalando con el dedo al sistema nervioso central. El oído traduce los «dos» y los «res» musicales a un lenguaje electroquímico que las neuronas son capaces de entender y, solo cuando sonido y neuronas hablan el mismo idioma, se inicia una reacción biológica en cadena que altera la percepción humana. O al menos eso creía la neurociencia hasta el momento.

Durante mis últimos pinitos en la facultad leí un artículo respondón que le dio una patada en la entrepierna a la explicación convencional que acabamos de ver. Este estudio demostraba de forma simple y elegante, que un sonido es capaz de influir en el comportamiento de un puñado de células secuestradas en una placa de cristal dentro de una incubadora.

 

 

Poniendo al estudio zapatillas de andar por casa vemos que una célula no tiene cerebro ni orejas que sepamos. Por lo tanto, es poco probable que sus oídos transformen la señal acústica en carne de neuronas o que un sistema nervioso inexistente dé lugar a un cambio en la percepción de la célula. Los resultados eran contundentes: la música de Mozart mejora la supervivencia y la multiplicación celular3-4. Es una idea revolucionaria. ¿Por qué? Porque nos hace mirar al sonido como un agente físico, es decir, como una energía capaz de afectar directamente a la vida sin ayuda de ningún sistema nervioso o neurona. Flipé en colores.

 

El comodín de la llamada: Juan Ma Morillo

Al más puro estilo de «Quieres ser millonario», ese programa donde los concursantes debían responder una serie de preguntas y podían llamar a un amigo para que le ayudara a responder a una de ellas, he contactado con Juan Ma Morillo. Juan Ma lleva muchos años trabajando en el ámbito de la terapéutica, la música y el sonido, así que me venía com anillo al dedo. Os dejo aquí su visión del asunto.

Muchas gracias por contar conmigo, David. Efectivamente, casi toda la investigación relativa a efectos beneficiosos de la música implica alguna mediación del sistema nervioso, especialmente a través del sistema límbico estrechamente relacionado con las emociones, o con la corteza prefrontal y nuestra memoria autobiográfica. Todo ello constituye la base de la musicoterapia tal cual se entiende hoy en día como disciplina que busca la mejora de la calidad de vida y de la salud empleando la música o sus elementos (sonido, ritmo, melodía, armonía).

Sin embargo, desde hace ya muchos años se sabe de la importancia del sonido, más allá del fenómeno musical, sobre los sistemas fluidos. En este sentido, los experimentos de cimática son verdaderamente esclarecedores. En este vídeo, podéis conocer más sobre ello.

https://www.youtube.com/watch?v=L5wcfbB79Mo

Y teniendo esto que más del 70% de la composición de los tejidos vivos es agua, cualquier vibración sonora puede tener una gran repercusión en la disposición molecular y en la dinámica celular. Derivada de esta premisa, se ha ido desarrollando una rama de conocimiento que es la terapia vibroacústica, que aplica sonidos de la parte grave del espectro audible (sobre todo, entre 60 y 600 Hz) para conseguir efectos terapéuticos, como la reducción del dolor, la mejora de la osteoporosis o de la función respiratoria.

 

 

Por otro lado, algo aparentemente anecdótico pero que creo que encierra gran sabiduría es la función del ronroneo de los gatos. Experimentando con mi propia voz, con el gemido, con sonidos graves y mantenidos, con lamentos, sobre todo cuando me siento con algún dolor físico, o resfriado, he podido comprobar una mejoría física notable y una recuperación mayor. Esto me hizo pensar en qué sucedía en los gatos. Y, como la vida es sabia, vi publicado en el periódico hace un par de años un artículo sobre el posible efecto terapéutico del ronroneo. Indagué, intenté conseguir alguna fuente más de lo escaso que se sabe sobre ello, y realmente parece que la frecuencia del sonido que habitualmente emplean los gatos ayuda en la cicatrización ósea y la mejoría de síntomas respiratorios. Esto parece traducirse en menor número de complicaciones tras intervenciones veterinarias en los gatos con respecto a los perros, por ejemplo.

Apenas existe base científica sobre el uso de cuencos tibetanos o de cuarzo, o del empleo del canto de armónicos sobre parámetros fisiológicos en el ser humano, pero quienes los han experimentado o practicado, describen sensaciones muy intensas y profundas que conectan con el bienestar. Aunque sabemos muy poco a nivel científico, la experiencia nos indica el gran poder del sonido más allá del componente emocional de la música.

Aplicando la ciencia la día a día

Muchos conocéis mi «obsesión» (podría perfectamente dejar de usar comillas) por acercar la ciencia a la cotidianidad de las personas. Por ello, nos preguntaremos abiertamente: «David…¿y de qué carajo me sirve a mi que el sonido afecte a las células para pagar las facturas, salir de un resfriado o dejar de pelearme con mi suegra?». Vamos al lío.

Las personas somos capaces de generar sonidos por medio de las cuerdas vocales (algo así como una amalgama de pliegues musculares que vibran). Entonces, si las personas producimos sonidos y el sonido influyen en la supervivencia, multiplicación y diferenciación celular… ¡las personas tenemos el potencial de influir no solo sobre nuestras propias células sino también sobre las supervivencia, multiplicación y diferenciación de las células de la vecina del quinto! Aunque pueda parecer una auténtica locura, física y biológicamente es factible.

El pensamiento que se convirtió en sonido

Estamos a punto de descubrir que los sonidos emitidos por nuestras cuerdas vocales están estrechamente relacionados con las cosas que pensamos y sentimos. Desgranemos un par de ideas antes de llegar al fondo del asunto.

 

 

Todas las personas, las que nos caen bien y las que nos caen mal también, tenemos en el hemisferio izquierdo del cerebro un módulo que se conoce como «el intérprete». Este módulo neuronal es el encargado de proponer pensamientos en cada situación de vida, y es el responsable de que nuestro querido cerebro piense con la misma naturalidad que el corazón bombea sangre o los pulmones aire. Vamos al ejemplo.

El intérprete de una persona que esté leyendo este artículo puede llegar a proponer el pensamiento «David está como un cencerro» o «las investigaciones de David son revolucionarias». Al usar el pensamiento «las investigaciones de David son revolucionarias», es decir, al poner la atención sobre él, el cerebro traduce la propuesta en una emoción que el resto de las células del cuerpo son capaces de entender. Se ha producido un cambio, una transformación de energía electroquímica (pensamiento) a energía química (emoción). Las emociones nos empujan a actuar en el 80% de las veces y, cada acción, trae consigo unas consecuencias o resultados.

El resultado puede tomar diversas formas. Desde compartirlo en la red (mensaje  subliminal) hasta decirle a un amigo «esta mañana he leído un artículo increíble». En este segundo caso, la energía acústica que utiliza tu garganta para transmitir el mensaje «esta mañana he leído un artículo increíble» es la misma energía del pensamiento «las investigaciones de David son revolucionarias» manifestada de diferente forma. Acabamos de aplicar el principio de conservación (la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma) al día a día. 

El efecto del miedo y la confianza sobre las células

En resumen: cada palabra que decimos, cada sonido que sale de nuestra boca, está relacionado con las cosas que pensamos y sentimos y, al mismo tiempo, el sonido tiene el potencial de influir sobre el comportamiento de las células.

Aunque todavía nos faltan muchas piezas del puzzle por colocar, ya estamos manos a la obra. En los últimos meses he diseñado una serie de experimentos con el objetivo de estudiar el efecto de sonidos generados a partir de pensamientos de confianza o miedo sobre células vegetales y humanas. Como dijo aquel en el Un, dos, tres: «hasta aquí puedo leer» por el momento.

Si te apetece aportar ideas, participar o acceder a los resultados de mis investigaciones puedes escribirme (daviddelrosario.com@gmail.com), podemos mantener el contacto por redes o coincidir en algunos de los eventos que realizo por España y América.

REFERENCIAS

[1] Cowles, A. y otros (2003). Musical skill in dementia: a violinist presumed to have Alzheimer’s disease learns to play a new song. Neurocase. 9(6):493-503. 
[2] Conrad, C. y otros (2007). Overture for growth hormone: requiem for interleukin-6? Crit Care Med.; 35(12):2709-13.
[3] de Deyne, P. G. y otros (1995). In vitro effects of therapeutic ultrasound on the nucleus of human fibroblasts. Phys Ther. 75(7):629-34. 
[4] Jones, H. y otros (2000). Acoustic energy affects human gingival fibroblast proliferation but leaves protein production unchanged. J Clin Periodontol. 27(11):832-8.

REFERENCIAS DE JUAN MA

Boyd-Brewer C, McCaffrey R (2004). Vibroacoustic sound therapy improves pain management and more. Holist Nurs Pract.,18(3):111-8.
Cook T.F. (1973). The relief of dyspnoea in cats by purring. New Zealand Veterinary Journal, 21, 53-4.
http://www.thepowerhour.org/news4/The_Feline_Purr.htm

Por qué no encuentras las llaves del coche

El sonido de las olas del mar se mezcla con las notas de un ukelele. Estás en una playa paradisiaca a punto de pedir una piña colada y, de repente, caes en la cuenta de que es septiembre (ya no estás de vacaciones) y no has oído el despertador. Das un salto de la cama, te vistes con lo primero que pillas, vas al baño a lavarte rápidamente la cara (los dientes tendrán que esperar) y comienzas a buscar por todos lados las llaves del coche. ¿Os suena? A las llaves del coche parece no interesarles lo más mínimo que lleguemos tarde. Después de abrir la puerta del congelador y registrar las siete mochilas que utilicé la semana pasada, las llaves aparecen en el bolsillo del un pantalón.

«La memoria utiliza constantemente el olvido para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%».

De entre todas las hazañas que hace un cerebro para recordar, existe una que me apasiona. Se trata de un mecanismo que le permite seleccionar de una ristra de recuerdos, aquel que contiene la información más reciente. Sin este mecanismo nuestra vida sería un desastre. Imagina que, cuando le pedimos a nuestros sesos que nos diga dónde pusimos las llaves del coche, nos ofrece una batería de recuerdos con todos los lugares donde hemos dejado las llaves del coche a lo largo de toda nuestra vida. ¡Sería imposible encontrarlas!

Para empezar, la memoria utiliza el olvido constantemente para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%. Ahora bien, de los recuerdos que conservamos en la memoria… ¿Cómo sabe el cerebro qué recuerdo contiene la posición actual de las llaves? La explicación que más tilín nos hace a los neurocientíficos está relacionada con la neurogénesis; el nacimiento de nuevas neuronas.

«En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día».

En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día [1]. ¿Y qué es eso de hipocampo? ¿Un insulto? No. Es una estructura neuronal con forma de caballito de mar que está relacionada con la memoria, y son estas setecientas neuronas alevines que nacen dentro del hipocampo las que nos permiten separar y diferenciar los recuerdos similares entre si [2]. A ellas debemos hacerles la fiesta cada vez que encontramos la llaves a la primera.

 

Tres trucos para recordar dónde has puesto las llaves

Seguramente algún lector o lectora ya conoce mi obsesión por acercar la ciencia a la vida cotidiana de las personas de una forma práctica, así que voy a compartir tres trucos para aumentar la probabilidad de recordarlas malditas llaves del coche.

Lo primero que podemos hacer es prestar atención. ¡Bravo! ¡Un aplauso para David! Vale. Hasta un concursante de Gran Hermano VIP sabe que la atención es el pegamento que nos permite fijar los recuerdos, si, pero… ¿A que no todo el mundo sabe cómo mejorar la atención? Es simple. Si quieres recordar dónde has puesto las llaves, sácalas del pantalón nada más llegas a casa y ponlas en un lugar. Donde más rabia te de. No importa si quieres esconderlas dentro de la cisterna del váter para intentar sabotear este truco. Lo recordarás igualmente. Solo debes imaginar que un meteorito impacta en ese el lugar. Imagina vívidamente y con detalle como hace saltar el mueble y las llaves del coche por los aires. Sobre todo deja volar tu imaginación (intenta evitar no hacer ruidos extraños o tu pareja pedirá una orden de alejamiento). Este ejercicio absurdo es uno de los trucos que utilizan los campeones mundiales de memoria.

 

 

Otra opción, para el que consiga vencer la pereza, es hacer ejercicio. Resulta que el ejercicio promueve el nacimiento de nuevas neuronas en el hipocampo y, de rebote, nos ayuda a diferenciar recuerdos similares entre sí (en neurociencia nos gusta llamar a este proceso patrón de separación) [3].

Para aquellos tecnoadictos a los que no les termine de llenar ninguna de las propuestas anteriores, siempre pueden instalar la app de turno para encontrar las llaves del coche sin mover una sola neurona. Una conocida marca de coches hace años que ha puesto a disposición de sus clientes una aplicación capaz de sincronizar el teléfono móvil con el llavero del automóvil y localizarlo en un abrir y cerrar de ojos.

 

Si instalo un app para encontrar las llaves… ¿Me hará más tonto?

 

Cada vez existen más personas reticentes a usar la tecnología porque piensan que nos idiotiza, y que el mundo terminará repleto por seres humanos con la capacidad intelectual de Victoria Beckam y la elocuencia de Mariano Rajoy. Instalar una aplicación en el teléfono móvil para encontrar las llaves del coche, cambia la manera de adaptarnos a la situación lo cual modifica nuestra estructura neuronal, es cierto, pero no tiene porqué convertirnos en ignorantes. De hecho, hasta puede resultar beneficioso, porque nos permite dedicar el tiempo que invertimos en buscar las llaves a aprender algo nuevo. La clave no es gestionar mejor el tiempo sino habitarlo mejor.

Referencias

[1] Spalding, K. L. et al. (2013) Dynamics of Hippocampal Neurogenesis in Adult Humans. Cell, Volume 153, Issue 6, Pg. 1219-1227.

[2] Aimone, J. B. et al. (2011). Resolving new memories: a critical look at the dentate gyrus, adult neurogenesis, and pattern separation. Neuron, 70(4), 589–596. http://doi.org/10.1016/j.neuron.2011.05.010

[3] So, J. H. en al. (2017). Intense Exercise Promotes Adult Hippocampal Neurogenesis But Not Spatial Discrimination. Frontiers in Cellular Neuroscience, 11, 13. http://doi.org/10.3389/fncel.2017.00013

Cómo siente el mundo

Los científicos, biomédicos o los neurólogos tenemos miedo de hablar de la mente porque no sabemos por dónde empezar. Para las personas de a pie, las que tenemos que pagar una hipoteca o ir a trabajar, la mente es el conjunto de cosas que percibimos, ya sean pensamientos, emociones o sensaciones corporales, es el espacio que las personas usamos para relacionarnos con los demás y con la vida.

Actualmente la ciencia ve la mente como el resultado de la actividad de las neuronas, como el resultado de un juego cerebral desconocido. Sin embargo, no tenemos pruebas científicas de que la mente esté generada por las neuronas. Sabemos que intervienen, si, pero no tenemos estudios concluyentes que digan que las neuronas son la causa y la mente el efecto. Esto ocurre porque desde neurología seguimos pensando como los científicos de hace 100 años. Empujó una pelota y se mueve. La causa el empujón y el efecto el movimiento de la pelota. Esto no es aplicable a la vida. ¿Por qué? Muy sencillo; porque la vida no es una pelota.

 

 

La mente y el fútbol

Desde hace finales del siglo pasado, las ciencias sociales y la física nos han dado motivos de sobra para ver la mente como un sistema emergente. Continuando con el símil de la pelota, podemos entender la teoría de sistemas emergentes con símil futbolístico. ¿Es posible entender el fútbol prestando atención únicamente a la pelota? ¿Podemos llegar a entender el fuera de juego, la afición o de las reglas del fútbol estudiando únicamente la presión del balón, su composición o sus trayectorias? Probablemente no. Por eso nos resulta tan complicado desde la neurología entender la mente, porque estamos mirando únicamente las neuronas.

El fútbol (la mente) no puede comprenderse mirando únicamente la pelota. ¡No tiene sentido! ¡Es de locos! ¿Cómo vas a entender el fuera de juego teniendo en cuenta únicamente la pelota? Sin los jugadores, sin el terreno de juego, sin la portería, el árbitro, sin el juez de línea no es posible entender el fuera de juego, porque el fuera de juego solo tiene sentido cuando tienes en cuenta a los jugadores, al balón, al campo y al equipo arbitral. Entonces, el fuera de juego es un sistema que emergente de todos estos elementos. Lo mismo ocurre con el fútbol. Es un sistema emergente que incluye a los jugadores, al utillero, a la pelota, al señor que pinta las líneas del terreno de juego, al estadio, a la afición, al presidente y a las reglas del juego.

 

 

Una nueva neurociencia

Aunque muchas personas se sientan solas, estamos rodeados de gente la mayor parte del tiempo; en la calle, en el trabajo, en el super… vivimos en sociedad. Sabemos mucho acerca de cómo funciona el cerebro cuando estamos solos, pero no sabemos nada de lo que ocurre en el cerebro cuando nos relacionamos con otros personas. ¡Y nos pasamos la vida relacionándonos!

 

 

¿Qué ocurre en el cerebro de 10 personas que interactúan entre si? Gracias al avance en el campo de la neuroimagen, hoy por hoy, podemos empezar a hacernos estas preguntas y a buscar respuestas. Es el comienzo de una nueva neurociencia, de una nueva psicología, de una nueva visión de la medicina. Estudiar el organismo desde esta nueva perspectiva nos va a aportar una nueva visión acerca de las enfermedades, una nueva visión acerca del cuerpo humano y, por primera vez, estaremos en disposición real de entender la mente humana. Ahora puedes contribuir a este avance y formar parte de una de las investigaciones más revolucionarias de las últimas décadas de forma anónima y segura.

 

How the world feels: un experimento a nivel mundial

 

 

Solo tendremos posibilidades reales de entender la mente cuando dejemos de mirar hipnotizados a las neuronas y comencemos a incluir todo lo que nos rodea. La mente tiene una parte interna, las células y su comunicación, pero también una parte externa. La mente está en nosotros y entre nosotros, es algo interno y externo al mismo tiempo. Diversos estudios han puesto de manifiesto que cuando dos personas se relacionan, sus cerebros comienzan a funciona de manera diferente a cuando están solos. De hecho, si esas dos personas se hacen tilín, muchos parámetros fisiológicos como la frecuencia cardiaca o respiratoria se sincronizan. ¿Y qué quiere decir esto? Quiere decir que la parte externa de mi mente cambia cuando yo me relaciono contigo y, por lo tanto, mi mente se construye en función de ti.

Siguiendo esta idea, hemos diseñado un experimento (con la colaboración Luis García) para conectar la mente de las personas y hacer una radiografía, un mapa, de lo que el mundo piensa y siente. Bienvenido/a a How the world feels, el estudio que cambiará nuestra forma de ver el mundo y dará mucho que hablar. En 50 segundos te explicamos como formar parte de él. ¡Millones de gracias!

 

 

Los efectos de la música sobre nuestro cerebro

La música calma las bestias del alma. Es la llamada hacia la movilización. Es el arte del contagio. La música nos penetra, conquista nuestro mundo emocional y logra que nos expresemos. Podemos llegar a sentir su influencia en cada poro de nuestra piel y la neurociencia ha logrado estudiar la influencia que tiene sobre nosotros a nivel cerebral.

La música logra liberar adrenalina, impregnando a nuestro cuerpo de excitación, generando tensión muscular, dilatando las pupilas, aumentando la frecuencia cardiaca, el ritmo respiratorio y la presión arterial. Sin embargo, la música, en general no produce estos efectos siempre. La música activa diferencialmente el cerebro dependiendo de si produce placer o displacer, si la escuchamos o la tocamos, si es una pieza aprendida o si en cambio, estamos improvisando.

El lenguaje de la música

La música no es un lenguaje pero es una poderosa arma de comunicación, traspasa culturas y épocas, nos evoca recuerdos. Una pieza nos puede hacer conectar con un amplio abanico de emociones e incluso puede llegar a contrariarnos, asociamos ideas y nos moviliza a tantos niveles que parece complicado encontrar otra mejor herramienta para provocar revoluciones o crear un sentimiento de unión.

Es cierto, todos (incluidos los políticos más rancios) la hemos empleado, para sentirnos mejor, para generar un cierto clima, para animar una fiesta o incluso para hacer saber a la gente de que es hora de que se marchen a su casa. La música es efectivamente poderosa y junto con las emociones que provoca, satisface la necesidad de actuar y de movilizarnos.

El lenguaje verbal surge de la necesidad de comunicarse de forma precisa. Sin embargo, la música, con o sin letra, con un uso mayor o menor del lenguaje simbólico, nos atraviesa como una bala, comunicando y provocando emociones que el lenguaje verbal no alcanza. La música organiza y combina sonidos pero resulta mucho más potente que el lenguaje verbal porque solamente a través de la melodía la música logra transmitir lamentos, dolor, alegría, plenitud, o todo ello en una misma pieza musical.

Es un idioma común que en sus orígenes fue expresión emocional espontánea y que ha evolucionado, presentando reglas y simbología propias gracias a un ejercicio de abstracción cognitiva (capacidad cognitiva de los humanos por excelencia) que busca la armonía y la facilitación de la comunicación de ideas y sensaciones con el potencial oyente.

En este ejercicio de análisis y construcción de conceptos también ha tenido lugar la medida del ritmo, la creación de la métrica. Esto es un ejemplo de lo contrariados que puede hacernos sentir la música, porque si bien hasta ahora hemos hablado de que la música es emocional, catárquica, pasional e irracional, parece ser que también puede ser racional o cerebral. De hecho, aquellas piezas que se matematizan y pierden su componente emocional desechando la melodía se conocen como “atonales” o “cerebrales”.

El fenómeno de la improvisación

La improvisación implica inspiración creativa y ejecución en paralelo. Implica dejar surgir ideas novedosas mientras se actúan. Esto irremediablemente nos recuerda a Freud, el cual abandonó la hipnosis para desarrollar su técnica de asociación libre como método de estudio del inconsciente. Con la asociación libre, Freud logró trabajar con los pacientes en estado de vigilia, permitiendo que fluyesen las ideas de forma improvisada, sin discursos ya formados y se generasen por asociación, otras ideas novedosas con el fin de que produjeran un cambio en el paciente.

La improvisación supone la ausencia de aprendizaje previo y efectivamente, la neurociencia vuelve a darnos información de lo que sucede a nivel cerebral cuando una persona se encuentra improvisando. Así, a través de resonancia funcional se percibe una inhibición de las áreas que tienen que ver con el aprendizaje, áreas que se encargan de la planificación, de manera que esta inhibición permite que las ideas broten sin control ni bloqueos. De hecho, lo único que se mantiene activo de igual forma que cuando se toca una pieza ya conocida y aprendida, es la corteza motora y sensitiva que se encargan de las praxias, es decir, de la ejecución de la misma.

Asimismo, la neurociencia ha mostrado que las personas creativas presentan un desequilibrio en la neurotransmisión cerebral. Así, muestran mayores fluctuaciones en el sistema dopaminérgico- adrenérgico (sistema de recompensa y excitación) de manera que el proceso creativo (1. ensoñación/incubación de la idea; 2.revelación súbita o ajá, darse cuenta y 3. ejecución/ verificación, materializar la idea) se ve afectado por la facilidad con la que la persona supera cada fase de dicho proceso. La mayor inestabilidad que presentan las personas creativas se materializa en un estado de alerta más acentuado, desconexión más acentuada durante la ensoñación y una activación más intensa durante la ejecución.

Estas fluctuaciones en el sistema dopaminérgico- adrenérgico también se observa en ciertos trastornos neuropsiquiátricos, tales como el Trastorno Bipolar, Trastorno Obsesivo- Compulsivo, Tourette o en lesiones cerebrales, por lo que no es coincidencia que los grandes genios de la historia fuesen personas tildadas de raras o excéntricas.

Por ejemplo, el Trastorno Bipolar se caracteriza por una gran inestabilidad emocional que provoca estados alternos de depresión y euforia. Esta inestabilidad emocional se debe a una inestabilidad dopaminérgica que provoca también oscilaciones en la creatividad. Artistas con este trastorno como es el caso de Korsakov y Schumann hablan de su proceso creativo describiendo que en estado depresivo se produce un bloqueo donde aparece la improductividad, mientras que en el estado de euforia, estado en el que aparece el entusiasmo, la energía, intensa actividad mental y aceleración, se produce una gran productividad. Esto se debe a que la capacidad creativa depende del sistema dopaminérgico- adrenérgico. En el caso del Trastorno Bipolar, en el que se da una inestabilidad en este sistema, el desequilibrio puede deberse a una baja producción de dopamina o una exagerada sensibilidad de sus receptores sinápticos.

Esta inestabilidad dopaminérgica también se observa en el Síndrome de Gilles de la Tourette que sufrió Mozart e igualmente en el Trastorno Obsesivo Compulsivo donde se da un desequilibrio en los sistemas serotoninérgico y dopaminérgico.

En el daño cerebral, las lesiones izquierdas acentúan la capacidad musical. El hemisferio izquierdo se encarga del pensamiento racional, analítico. Si este hemisferio se encuentra dañado, lo que sucede es que se potencian y afloran las capacidades del hemisferio no dañado. En este caso, del hemisferio derecho, encargado de que las ideas interactúen de forma espontánea, produciéndose asociaciones y la creación de ideas novedosas.

Dado que el hemisferio derecho es dominante en el campo de la música, se acentúan las capacidades musicales. Dentro del daño cerebral, un caso muy conocido es Ravel que con sus 52 años comenzó a sufrir un deterioro en el hemisferio izquierdo que le afectó en la escritura y en la pérdida de habilidades musicales, en concreto, en la notación y ejecución aunque mantenía un reconocimiento de tonos y melodías. Bólero, fue compuesta en esta época. Esta pieza es un claro reflejo de lo que le sucedía: la reiteración en la rítmica y métrica muestra el daño en el hemisferio izquierdo, pero la tonalidad y la melodía se potenciaron y reforzaron hasta convertir a Bólero en una de sus obras más conocidas.

 

Neurobiología de la honestidad I

 

Estamos en la cola para entrar al parque de atracciones cuando vemos un cartel que pone “niños hasta 12 años entrada reducida”. De repente nuestro hijo adolescente, el cual acaba de cumplir catorce años y luce más bigote que Super Mario Bros, resulta que tiene doce. Andamos un par de metros y nos encontramos de frente con otro cartel que indica sin ambigüedades que no podemos introducir en el recinto comida o bebida alguna. Sin embargo, nuestras mochilas contienen bocadillos, chips y refrescos suficientes como para montar un puesto de ultramarinos improvisado. Nos hacemos los locos.

Una vez dentro del recinto nos encontramos con un ex-compañero de trabajo. Ante el “¡Hombre! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo?” habitual, contestamos “¡Muy bien! La verdad es que no me puedo quejar”. ¿En serio? La noche anterior apenas pegamos ojo por la tensión y el dolor de espalda que nos genera la decisión de querer dejar el trabajo y, para colmo, el perro está enfermo. Pero estamos “¡Muy bien!”. Media hora más tarde, mientras nuestro “Super Mario” hace cola para subir al Tornado, nos suena el teléfono móvil. Rápidamente la pantalla nos informa que ha llegado a la bandeja de entrada un nuevo correo de trabajo dispuestos a amargarnos nuestro día libre con asunto “URGENTE”. Decidimos ignorarlo: “¡Si hombre!… ¡estoy de vacaciones!”. Cuando al día siguiente nuestro jefe nos llama por teléfono contestamos sorprendidos: “¿Correo? ¿Qué correo? Yo no he recibido ningún correo”.

¿Te imaginas cómo sería la vida de una persona, una sociedad o un planeta que miente cada 3 minutos? Este artículo recoge unas pocas pinceladas de la investigación que he llevado a cabo en los últimos meses. ¿Influye vivir la vida de forma deshonesta a nuestro organismo? ¿Qué efectos tiene a nivel neurológico y biológico un acto deshonesto? ¿Es posible cambiar nuestra forma de actuar desde un punto de vista neurobiológico? Comencemos.

 

Los seres humanos mentimos

Removiendo en el baúl de los estudios científicos encontramos un buen puñado de ellos que tratan de establecer el papel de la mentira en la vida diaria de las personas. Para hacernos una idea de por donde van los tiros seleccionaremos dos de ellos. La investigadora de la Virginia University Bella DePaulo llevó a cabo un experimento que concluyó con datos interesantes: en una semana cualquiera mentimos a un 35% de las personas con las que entablamos una conversación. En el caso del trabajo de Robert S. Feldman de la University of Massachusetts los datos revelaron que solemos mentir una vez cada 3 minutos de media.

 

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Dejando a un lado los números, la honestidad es un bien escaso. Los investigadores coinciden en que leemos menos de lo que presumimos, flirteamos más de lo que admitimos, exageramos los comentarios que nos hieren, compramos las cosas más caras de lo que reconocemos, fumamos más de lo que admitimos o hacemos menos ejercicio del que proclamamos. La mentira forma parte de nuestras vidas hasta tal punto que vemos el engaño como un mecanismo crucial para el adecuado funcionamiento de nuestra sociedad, llegando a desarrollar algoritmos capaces de detectar mentiras analizando la sintaxis de las oraciones (como en el caso del Dr. Ludwig y su equipo). En poco tiempo, éstos algoritmos busca mentiras podrán utilizarse con la misma naturalidad que el corrector ortográfico en el Word o en nuestro gestor de correo.

 

El cerebro honesto: de la mentira a la honestidad

Las neuroimágenes nos permiten observar qué ocurre dentro del cerebro de una persona cuando realiza una actividad concreta (por ejemplo cuando engaña o miente) sin necesidad de rebanarle el cráneo. La resonancia magnética funcional es una forma de entrar, echar un vistazo a la actividad cerebral (concretamente a los niveles de oxígeno en sangre que consumen las neuronas) y salir de puntillas. ¡Aquí no ha pasado nada! Aunque sabemos que no todas las personas emplean las mismas áreas cerebrales para llevar a cabo la misma acción, es común generalizar.

Pongámonos la bata blanca y adentrémonos en el Virginia Tech Carilion Research Institute americano para descubrir qué área del cerebro es crucial en la honestidad. En sus instalaciones, un grupo de científicos ha estudiado el cerebro de 7 pacientes con lesiones en la corteza prefrontal con ayuda de un dispositivo de resonancia magnética funcional, y han concluido que esta región juega un papel fundamental en la honestidad. Para situarnos, la corteza prefrontal corresponde a la zona que cubrirías con la mano si la pones sobre la frente. Bien, primer paso superado: parece que tenemos “localizada” a la honestidad.

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Ahora alquilemos un coche y conduzcamos hasta el estado de Pensilvania para visitar su universidad. Tras preguntar en conserjería por el doctor Langleben, llegamos al departamento de radiología y psiquiatría de la Universidad de Pensilvania. Entre los experimentos llevados a cabo por el grupo de investigación, nos centraremos en un estudio realizado en el 2002 el cual reveló algo increíble: antes de que la mentira se comunique a las demás personas se activa una alarma en una zona de la corteza prefrontal conocida como corteza cingulada anterior.

Aquí encontramos una paradoja. Todos pensamos que una mentira se forja cuando se expresa a los demás y que nunca existirá si no la llegamos a comunicar a otras personas. Por contra a esta idea, los trabajos realizados en los laboratorios apuntan a que para nuestro organismo las reglas son diferentes: no importa si se comunica o no. El cerebro humano dispone de un “detector de honestidad” situado en la corteza cingulada anterior que responde no a si mentimos o decimos la verdad a las personas que nos rodean, sino al simple hecho de ser honesto o no.

 

Biología y fisiología de la honestidad

Hemos descubierto que pensar en algo deshonesto hace saltar nuestro detector de honestidad. El siguiente paso sería determinar qué procesos biológicos y fisiológicos promueve nuestro detector cuando saltan las alarmas. La honestidad se comporta como un catalizador que hace al organismo adoptar una composición química característica a toda velocidad. Acerca de cómo se lleva a cabo este proceso, de cómo un pensamiento deshonesto puede convertirse en un cambio químico y deambular por nuestra sangre, ya hablamos con anterioridad en el artículo “Sentimos lo que pensamos”.

Para conocer a las estrellas del espectáculo no tenemos más que analizar una muestra de saliva o sangre de una persona que está siendo deshonesta; los focos se prenden ante el cortisol y la testosterona {Lee, 2015 #160}. Éstas hormonas se comportan como palomas mensajeras que promueven diferentes procesos fisiológicos que podemos medir. El cortisol es conocido como “la hormona del estrés”, y encontrar niveles elevados en sangre se asocia con un aumento de la presión en las arterias, la aceleración del corazón, agitación de la respiración o dilatación de las pupilas. La otra co-protagonista, la testosterona, es la “hormona masculina” por excelencia (aunque las mujeres también la producen en menor cantidad), y su función es disminuir, entre otras cosas, nuestra empatía con el mundo.

Ahora bien, que nadie se ponga apocalíptico. Nuestro organismo viene de serie con las herramientas necesarias para deshacer un acto deshonesto y restablecer el funcionamiento habitual del cuerpo. Una vez pasado el episodio deshonesto todo vuelve a la normalidad a no ser que encadenemos un acto deshonesto tras otro, ya que el cortisol y la testosterona se mantendrían permanentemente en el terreno de juego. Niveles elevados de éstas hormonas de forma “crónica” nos hacen firmes candidatos a padecer desajustes en la tiroides (una glándula con forma de mariposa que tenemos en el cuello e influye en las reacciones químicas que se dan en nuestro cuerpo), trastornos inflamatorios, diabetes o hipertensión arterial  

 

¿Es contagioso el engaño?

 

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Una mentira que queda en nuestra mente, sea o no proyectada al exterior, nos afecta tal y como descubrió doctor Langleben y sus colegas. Ahora bien, cuando la compartimos y la hacemos real se intensifica en nuestro organismo y contagia a las personas que están a nuestro alrededor. Del mismo modo que una persona que se encuentra a nuestro lado mientras nos encendemos un cigarrillo es un fumador pasivo, un observador que presencia cómo robamos o engañamos es una “víctima” pasiva de nuestra deshonestidad. Ten Brinde y su equipo de colaboradores demostraron que el organismo del observador se comporta como si él mismo estuviese cometiendo el acto deshonesto, viéndose afectados parámetros como la actividad eléctrica de la piel y el funcionamiento del sistema cardiovascular entre otros. Este mecanismo puede ser explicado mediante el funcionamiento de las neuronas espejos (motor de la empatía en los mamíferos) del que hablaremos a su debido tiempo.

Dando la vuelta a la tortilla descubrimos algo más que interesante: no sólo transmitimos a los demás el acto deshonesto, sino también los actos de honestidad. Cuando presenciamos acciones honestas nuestros niveles de cortisol y testosterona en sangre disminuyen, a la par que se establece un vínculo con el autor.

 


En el próximo artículo… 

Hasta aquí nuestra primera aproximación a la honestidad. En la segunda parte del artículo “La neurobiología de la honestidad” continuaremos con nuestras incursiones por laboratorios de todo el mundo con el fin de descubrir que ser honestos ralentiza el envejecimiento celular, mejora la salud y nos hace más longevos, que somos pésimos detectores de mentiras y que, en definitiva, la honestidad es un acto de empatía con uno mismo. Seguiremos desarmando de manera sencilla y asequible los entresijos del cerebro honesto, y avanzaremos hasta descubrir cómo podemos comenzar a ser honestos en el mundo que vivimos.


 

Referencias

  • DePaulo, B.M., et al., Lying in Everyday Life. J of Personality and Socual Psychilogy, 1996. 70(5): p. 979-995.
  • Ludwig, S., et al., Untangling a Web of Lies: Exploring Automated Detection of Deception in Computer-Mediated Communication (Journal of Management Information Systems, Forthcoming., 2016.
  • Zhu, L., et al., Damage to dorsolateral prefrontal cortex affects tradeoffs between honesty and self-interest. Nature Neuroscience 2014. 17: p. 1319–1321.
  • Langleben, D.D., et al., Brain activity during simulated deception: an event-related functional magnetic resonance study. Neuroimage, 2002. 15: p. 727–732.
  • Lee, J.J., et al., Hormones and ethics: understanding the biological basis of unethical conduct. J Exp Psychol Gen, 2015. 144(5): p. 891-897.
  • Bradley, M.T. and M.P. Janisse, Accuracy demonstrations, threat, and the detection of deception: cardiovascular, electrodermal, and pupillary measures. Psychophysiology, 1981. 18: p. 307–315.
  • Hermans, E.J., P.-. Putman, and J. van Honk, Testosterone administration reduces empathetic behavior: a facial mimicry study. Psychoneuroendocrinology, 2006. 31: p. 859–866.
  • Grundy, S.M., et al., Definition of metabolic syndrome: report of the National Heart, Lung, and Blood Institute/American Heart Association conference on scientific issues related to definition. Arterioscler Thromb Vasc Biol, 2004. 24: p. e13–e18.
  • ten Brinke, L., J.J. Lee, and D.R. Carney, The physiology of (dis)honesty: does it impact health? Current Opinion in Psychology, 2015. 6: p. 177-182.

Buscando la conciencia (el “yo”) dentro de nuestra mente

Últimamente hay una idea que ronda en mi cabeza. Aunque bueno, más que una, son varias… Y todas van a dar al mismo lugar. Los que andamos en este camino del descubrimiento de uno mismo, antes o después llegamos a preguntarnos ¿quién soy yo? Pregunta a la que difícilmente hallaremos respuesta. Otra pregunta que llegará antes o después es: ¿Dónde está ese yo? ¿Está en la mente, en el cerebro, en el corazón?, ¿Quién gobierna este barco? O como diría William Ernest Henley… ¿quién es el capitán de mi alma?

 

Fuera de la noche que me cubre,
Negra como el abismo de polo a polo,
Agradezco a cualquier dios que pudiera existir
Por mi alma inconquistable.

En las feroces garras de la circunstancia
Ni he gemido ni he gritado.
Bajo los golpes del azar
Mi cabeza sangra, pero no se inclina.

Más allá de este lugar de ira y lágrimas
Es inminente el Horror de la sombra,
Y sin embargo la amenaza de los años
Me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,
Cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.

 

 

Lo que nos dice la ciencia de nuestro yo

Los últimos avances científicos apuntan a que no hay ningún Jefe de Estado en el cerebro. No hay un yo como nosotros creemos. Sino que más bien hay una gran cantidad de módulos que se turnan para ejercer una influencia dominante en nuestro pensamiento y nuestro comportamiento. Curioso que esta idea encaja bastante con muchas doctrinas orientales que afirman que no hay un “yo” que domina nuestra conducta, que no hay un “yo”, estático, siempre el mismo, que capitanea nuestra alma.

Con esto ya empezamos mal. Porque a nadie le gusta tener que asumir que quien creía ser no existe. Que no existe esa identidad tan arraigada que toma las mejores decisiones para nosotros. Y más adelante veremos por qué es así. Así que a partir de ahora, cuando se acerque a la nevera a darle un tiento a la onza de chocolate, pregúntese qué módulo está al mando en este momento…

Pero vayamos por partes, primero hagámonos a la idea de que no hay un núcleo sólido que actua de manera coherente a través del tiempo y que mantiene las cosas bajo control.

El yo en la mente

 

¿Cómo funcionan los módulos?

Para Rita Casmedy, pionera en psicología evolutiva y una de las investigadores del modelo modular de la mente, es así: Los módulos actúan coordinando pensamientos y percepciones para un fin específico en un determinado momento.

Si en un momento dado nos sentimos celosos y actuamos como personas celosas, es porque el módulo que coordina estos pensamientos y percepciones ha tomado el control.

Y según ella, la meditación puede tener un papel determinante en este proceso. Ya que puede hacer que los módulos que toman el control por defecto, dejen de hacerlo. Podemos llegar a tener un cierto control sobre estos módulos.

 

¿Cómo nos ayuda la meditación?

Como en muchas otras tareas, a lo que nos ayuda la meditación (o el Mindfulness) es a tomar conciencia. Nos permite hacernos cargo del estado en el que estamos en cada momento. No hay un tipo específico de coordinación que dirija la orquesta de los módulos.

No hay un módulo que tenga más “poder” y que decida en qué momento entra uno y sale otro. Simplemente están en continua “lucha” por el poder. Y va tomando más peso el módulo que más haya sustentado el poder en una determinada situación. Volvamos al ejemplo anterior e imaginémonos ante el frigorífico con la tableta de chocolate en la mano ¿qué módulo ganará?.

Hay dos opciones. Puede ganar el módulo de la gratificación momentánea, o puede ganar el módulo de la salud a largo plazo. ¿Quién ganará? Es simple, el que haya ganado más veces en el pasado.

Y esto es terrible. O a mí me lo parece. Entiendo que la teoría de la evolución tiene sus razones para que esto sea así, pero no nos deja en un buen lugar…

 

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Red en modo automático

Otro concepto importante a tener en cuenta es el modo automático. Y es lo que ocurre en nuestra mente, por defecto, cuando no se está ocupando en nada en particular. Cuando la mente no ha sido absorbida por cualquier otra tarea. Una especie de mente errante.

Investigaciones recientes han demostrado que este modo “por defecto” está menos activado durante la meditación. Y los que han hecho meditación sabrán lo difícil que es muchas veces “calmar” nuestra mente cuando no está haciendo ninguna otra cosa.

Nos sentamos a meditar, intentamos concentrarnos en la respiración, en la postura, en las sensaciones en el cuerpo… Y antes o después comienzan a avasallarnos los pensamientos. “Espero no haber ofendido ayer a mi jefe cuando le dije esto”, “me pregunto si el chico tan atractivo del tercero querrá salir a comer conmigo”, “no sé qué voy a hacer esta noche para cenar”… Y mil historias más.

Como dice Rita Casmedy, en un estado así, la red en modo automático está funcionando… Y hay un montón de módulos intentando llamar la atención. Metafóricamente, claro, ya que no son conscientes. Pero de alguna forma están compitiendo por nuestra atención.

 

Los módulos en acción

Douglas Kenrick, otro investigador de este modelo modular de la mente, que ha escrito varios libros sobre el tema, afirma que existen unos seis módulos diferentes. Así que cuando estamos intentando meditar y nos aborda el pensamiento “espero no haber ofendido ayer a mi jefe cuando le dije esto”… El módulo Afiliación es el que ha tomado el control. Es el que ha conseguido captar nuestra atención en este preciso segundo. Este es el módulo encargado de mantener las amistades, en definitiva, el encargado de mantener nuestro estrato social.

Y cuando estoy pensando en cenar con el vecino atractivo del tercero, está funcionando el módulo de la Atracción. Ya sabes, el encargado de que podamos dejar nuestros genes en la próxima generación 😉

Y aunque pueda parecer que los módulo se activan según la información del ambiente, no es así. Podría parecer que ante la persona atractiva se activa automáticamente el módulo de la Atracción, pero las investigaciones sugieren que funcionan al revés.

No es la información en el entorno inmediato lo que activa un módulo. Y esto es lo más llamativo de este modelo. A menos a mi entender. Cuando leí esto por primera vez casi entro en un colapso total. Y no es para menos. Veamos…

Supuestamente, todos los módulos están continuamente rumiando información, sin parar un segundo. Podemos imaginar una parte de nuestro cerebro con seis módulos enviando pensamientos continuamente a nuestra conciencia. ¡Estresante cuanto menos!

Esta información está continuamente activa hasta que una en particular llega a nuestra conciencia. Y las restantes cinco ahí siguen, lo que pasa es que no llegamos a ser conscientes de ellas.

 

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La meditación

¿Cómo aquietamos esta red? La ciencia sugiere que son dos los tipos de meditación que nos pueden ayudar. Una es la meditación consciente y la otra es la meditación mediante la concentración.

La concentración es especialmente eficaz para calmar la red en modo automático. Porque estar centrada en algo, es una forma de cortocircuitar ese modo automático. Por eso la meditación consciente a menudo comienza con la concentración.

Además de este cortocircuito, hay otra conexión entre la meditación y los módulos. Que tiene más relación con la meditación consciente. Este tipo de meditación nos enseña a ver las cosas tal cual son, dentro de nuestra mente y en el mundo exterior. Nos ayuda a ver las cosas de otra forma, más objetivamente, con menos apego. No solo en la meditación, sino en la vida cotidiana.

Una de las consecuencias de la práctica de la meditación es ver nuestros sentimientos con menos apego. Y conseguir que nuestros sentimientos no tengan tanto poder. Nos ayuda a que las emociones tengan menos poder para arrastrar a la mente en una dirección en particular.

 

Los gatillos de los módulos: las emociones

Los expertos en el modelo de los módulos han demostrado recientemente que las emociones y los sentimientos son los “gatillos” de los módulos. Realizaron un experimento en el que condicionaban a la gente unos determinados sentimientos para ver qué módulos se activaban después. Tras ver una película de terror se activaba el módulo de Auto-Protección, y tras ver una película romántica se activaban módulos muy diferentes que hacen que la gente se comporte de forma muy diferente.

Así que siempre hay sentimientos asociados a determinados módulos. Por ejemplo, empiezas a sentirte mal porque a lo mejor ofendiste a tu jefe. Es un sentimiento negativo que llama tu atención. Y la única forma de que ese sentimiento y ese pensamiento se vayan es “solucionando el problema”. Así que decides mandarle un correo electrónico para cerciorarte de que todo está bien. El módulo ya ha hecho su trabajo y ahora somos vulnerables a cualquier otro módulo. En el caso de la cena con el vecino atractivo igual, ese sentimiento agradable es lo que le da poder al módulo sobre ti.

¿Pero este modo de funcionar es bueno para nosotros? ¿Es un forma útil de llamar nuestra atención? Que los sentimientos y las emociones nos “gobiernen”¿a dónde nos lleva?

Un sentimiento dado será lo que marque qué módulo gana y qué módulo pierde. La atención plena nos puede hacer más conscientes de nuestros sentimientos y pensamientos, de forma que podemos llegar a ver qué sentimiento nos está controlando en un momento dado. Porque además, ni siquiera nos podemos fiar de la “veracidad” de los sentimientos. Como vimos en otro post, nuestra mente nos puede hacer creer que una cuerda es una serpiente, y desencadenar todos los efectos del miedo en nuestro cuerpo.

 

Emociones

 

¿Qué pasa cuando odiamos?

Un ejemplo para entenderlo bien es el odio. Un psicólogo evolutivo nos diría que el odio es necesario ya que define a nuestros enemigos. Si odiamos a alguien es nuestro enemigo. Y esto es importante para la selección natural, saber quiénes son nuestros amigos y quienes son nuestros enemigos.

Los científicos del comportamiento han descubierto una característica interesante que define cómo nos fijamos en nuestros amigos y en nuestros enemigos. Y es la Ley de la Atribución. Si nuestro amigo hace algo bueno se lo atribuimos a su esencia interior y si hace algo malo lo atribuimos a una causa externa. Ya sabes, “era la presión del grupo”, “no había dormido bien”, “en realidad no era él mismo”, etc… Lo mismo ocurre con nuestro propio comportamiento. Si apruebo un examen es porque soy una gran estudiante. Si lo suspendo, los profesores me tienen manía. La historia de siempre…

Con nuestros enemigos es lo contrario. Si hacen algo bueno, habrá alguna causa externa para explicarlo. Y si hacen algo malo, será su esencia natural. Básicamente, ellos son malos aunque hagan algo bueno.

Esta característica fue diseñada por la selección natural. Cuando hablamos de nuestros enemigos está en nuestro interés hacerlo de forma poco favorable. Queremos socavar su estatus, ya que son las personas que potencialmente pueden hacernos daño. Y cuanto más poderosos sean, más daño pueden hacernos. En definitiva, nuestro enemigos son las personas que hacen cosas malas por naturaleza y cosas buenas por otras razones.

Una de estas razones la podemos ver cuando una nación va a entrar en guerra con otra nación. ¿Qué se suele hacer con el líder del país que va a ser atacado? Se le presenta como el mismísimo diablo. Sea real o no. En la guerra de Irak de 2003, por ejemplo, se comparaba a Saddam Hussein con Hitler. Y si lo quieres es sembrar el odio en la mente de alguien, esta es una buena manera. Una vez que has conseguido “instalar” este marco en la mente de la gente, si esta persona hace algo bueno, se le atribuirá a causas externas. Y cuando hace algo malo, será una prueba más de lo mala que es esa persona.

El odio es una emoción muy fuerte, se siente de forma muy dramática. Cada vez que piensas en tu enemigo vuelves a sentir la rabia. El módulo te está atrapando otra vez. Además, es muy fácil que de forma externa, mediante los medios de comunicación, por ejemplo, se forje en ti un “gatillo” que de forma automática le dará el control a uno de los módulos, incluso cuando lo que te están contando no sea una realidad.

 

¿Podemos controlar los módulos?

En realidad no es una tarea fácil. Pero la única forma es tomando más control y más conciencia sobre nuestros pensamientos y emociones.

La meditación consciente y la atención plena, en el contexto de esta visión modular de la mente, nos pueden ayudar a entender qué módulo está actuando en nosotros. Y cómo ese módulo está cambiando la forma en que percibimos la realidad. Y lo puede hacer incluso con emociones muy sutiles.

Queremos saber cuándo la serpiente es una serpiente, y cuando es una simple cuerda, ¿no? Yo por lo menos si quiero saberlo.

El problema es que los sentimientos que activan los módulos pueden ser muy sutiles. No siempre estarán asociados a una serpiente que nos puede matar, o a un terrorista que puede invadir nuestro país. Y cuando entramos en este nivel de sutileza, sólo la auténtica presencia, la atención plena, puede ayudarnos.

 

La visión budista

El budismo nos habla de la doctrina del “no yo”, lo que podría encajar perfectamente con esta visión modular de la mente, donde no hay un “director de orquesta” que esté al mando.

Aunque hay muchas interpretaciones de esta doctrina del “no yo”, la que más podría encajar con esta visión es la que dice que no hay ninguna parte de nuestra mente que tenga que ser parte de nuestra alma. No hay ninguna sensación que tengamos que poseer, no hay ningún pensamiento que tengamos que poseer. Podemos elegir qué cosas dejar de lado.

Para traducirlo en términos modulares se podría decir que no hay ningún módulo que tengamos que poseer. O no hay ningún módulo que tengamos que ser. Porque como hemos visto, los módulos están luchando todo el tiempo por ser nuestro self.

 

Fuentes: