¿Psicólogo, psiquiatra, psicoanalista o psicoterapeuta?

Psique es una palabra de origen griego que se puede traducir por alma, además de un concepto muy complejo Pique es un personaje importante en la mitología clásica. Esta palabra que antecede como prefijo a un buen número de profesiones hoy en día se utiliza más bien para referirse a otra entidad inmaterial pero (¿tal vez?) menos metafísica: la mente.

En todos los años que llevo dedicándome a la psicología he encontrado que existe una gran confusión en torno a las diferentes profesiones que se ocupan de la psique. Todas ellas tienen en común presentar un «psi» antecediendo al nombre. Sin embargo difieren en muchas otras cuestiones que voy a intentar clarificar de forma muy sintética.

Haciendo un recorrido histórico podemos considerar que los primeros que se ocuparon de las cuestiones del «alma» fueron los magos, chamanes, sacerdotes y también los filósofos. La psicología es, de hecho, una de las muchas hijas que ha generado la filosofía. Posteriormente, en un momento que suele situarse entre el siglo XVIII y el XIX según declinaba la importancia del mundo mágico y ascendía la estrella de la razón, los médicos comenzaron a ocuparse del alma y ha crear clasificaciones y remedios para sus afecciones. Tomaron así el testigo.

En este estado de cosas nacen los cuatro «psi»: el psiquiatra, el psicólogo, el psicoanalista y el psicoterapeuta.

El psiquiatra es un médico especializado en la salud mental. Esto quiere decir que son aquellas personas que, además de un conocimiento médico general estudian la especialidad de psiquiatría que les avala para trabajar con los trastornos mentales. En España para ser psiquiatra es necesario estudiar la carrera de medicina y realizar posteriormente una residencia en un hospital en la especialidad de psiquiatría. Los psiquiatras son los únicos «psi» autorizados a prescribir psicofármacos.

El psicólogo es un profesional formado en el conocimiento de la mente. Estudia los diferentes procesos mentales, la forma en la que pensamos, sentimos, percibimos, recordamos, etc… La psicología tiene una rama dedicada al conocimiento de las enfermedades mentales -la clínica- que se aproxima a la psiquiatría, pero también comprende otras áreas como la educativa, la social o la industrial. Para ser psicólogo en España es necesario estudiar la carrera de psicología en la universidad. Más adelante lo habitual es la realización de algún tipo de estudio más específico que ayude a delimitar el campo de trabajo según el contexto en el que el psicólogo desee desempeñar su actividad profesional.

El psicoanalista es un psiquiatra o psicólogo que ha seguido una formación específica en psicoanálisis. El psicoanálisis es una corriente de pensamiento y una técnica de intervención que nació en la Viena de principios del siglo XX de mano de Sigmund Freud. Como paradigma para entender al ser humano ha tenido mucha resonancia en el arte, la literatura y la antropología occidental. En lo que respecta a la psicología es una de las teorías más importantes que se han utilizado para intentar explicar la mente, dispone además de un método y tratamiento propio. Además ha tenido una historia compleja pudiendo encontrarse hoy en día muy variadas corrientes dentro del psicoanálisis que, tomando unos presupuestos básicos, miran la psique desde diferentes perspectivas. Dicho esto y a pesar de su relevancia, el psicoanálisis no ha estado nunca exento de controversia y hay que tener presente que pueden encontrarse psicólogos y psiquiatras que sigan otras concepciones de la mente como por ejemplo la humanista o la cognitivo-conductual.

Por último, un psicoterapeuta es un profesional que aplica las herramientas de alguna de estas corrientes (psicoterapia psicoanalítica, cognitivo-conductual, humanista, gestáltica, etc) para el tratamiento de enfermedades mentales, el crecimiento personal o la solución de problemas en sus pacientes/clientes. La psicoterapia en España legalmente no está regulada y por tanto un psicoterapeuta no tiene necesariamente que ser psicólogo o psiquiatra, aunque lo más frecuente es que lo sea.

Aparte de los profesionales del prefijo «psi» nos encontramos en muchas ocasiones con otros que se encuentran en zonas fronterizas y generan muchas dudas.

El neurólogo se ha convertido con el tiempo en una figura de referencia para algunos trastornos en los que se ha demostrado que existe una base neurológica como algunos trastornos relacionados con el envejecimiento y otros de carácter más polémico. Lo que es un hecho es que cada vez ocupan un espacio mayor en la ecuación tomando terreno que antes pertenecía en exclusiva a los psiquiatras.

El terapeuta es una figura que genera mucha confusión. En realidad suele ir acompañado de un apellido (gestáltico, integrativo, tántrico y un larguísimo etc). En este caso podemos encontrar todo tipo de profesiones con objetivos, ética y formación radicalmente diferente en cada caso. En realidad la clave para saber con qué tipo de profesional nos encontramos suele estar en el «apellido».

Un caso particular que utiliza un nombre con apellido similar es el terapeuta ocupacional. Se diferencia de los demás en que cuenta con formación universitaria específica. Suelen ser profesionales orientados principalmente a las personas con discapacidad.

El coach ha sido la última incorporación a la plantilla. Inicialmente con una orientación claramente empresarial el concepto se ha extendido hasta límites insospechados. Como en el caso de los terapeutas agrupa bajo su paraguas a una miriada de profesionales de diferente experiencia, formación y capacidad.

Por supuesto si tienes dudas al respecto de un profesional siempre puedes preguntarle a él o pedir información sobre su formación, colegiación, etc. Y recuerda, aunque esté todo en regla, no siempre damos con la persona adecuada a la primera. A veces hay que seguir buscando, de eso se trata el camino.

Atentados, musulmanes y la regla del PLAC

Los atentados del pasado 17 de agosto en Barcelona hicieron que muchas personas sintiéramos rabia e impotencia. Las cafeterías, los bares y las comidas familiares comenzaron a llenarse de opiniones, comentarios racistas y todo tipo de «fogos» y «fobias» hacia los musulmanes, terroristas o cualquier extranjero que pasara por ahí en ese acalorado momento. Este artículo surge a raíz de esas discusiones privadas que construyen nuestra realidad y ponen sin querer de manifiesto que la mayoría de personas desconocemos el funcionamiento de nuestro organismo el cual, por cierto, nos acompaña a todas partes a todas horas.

¿Pueden las personas o las cosas que nos pasan generar una emoción? ¿Cuál es el origen de las emociones? Gracias a la colaboración de Aïda Massana, este mes el artículo ha tomado la forma de video. En él abordamos estas y otras preguntas. Un video es algo inacabado que se termina con los ojos de la persona que lo mira. ¡Gracias!

 

Recordad siempre la regla del PLAC: una persona, un animal, una video o un lugar no tiene la capacidad de hacernos sentir nada, solo las ideas que hemos asociado a él.

PD: En este artículo, si os apetece, podéis profundizar un poco más en la regla del PLAC.

Neurosintaxis

El lenguaje lleva con el ser humano posiblemente 125.000 años (o eso dice Lieberman). Con él hemos enamorado, iniciado guerras, amargado la vida a más de un árbitro o compuesto La Barbacoa. Si quisiéramos cantar esta pegajosa obra de George Dan en todos los idiomas que existen en la faz de la tierra, contabilizaríamos alrededor de 6.000 versiones, 450 de las cuales se localizarían en Nigeria. Vamos que no siempre hablando se entiende la gente.

Lingüística para impacientes (en 100 palabras)


Noam Chomnski ha sido el balón de oro de la lingüística durante treinta años con su teoría “gramática universal”, donde el cerebro viene equipado con una serie de herramientas para organizar el lenguaje (un tema de genes), lo que otorgaba a los niños un “don” para formar frases gramaticalmente correctas.

Actualmente pocos resuenan con Chomnski. Los científicos ven al lenguaje como algo que se adquiere con la práctica, donde el cerebro (una navaja multiusos) va absorbiendo las reglas gramaticales del entorno, asociando ideas y generando categorías. Desde esta perspectiva, un bebé al que nadie habla no desarrollará lenguaje alguno.

¿Hacemos un experimento? La sociología de las palabras

Más que citar un artículo (el cual os tendréis que creer a pies juntillas) propongo un experimento. Programa la cuenta atrás del teléfono móvil a 10 segundos o pídele a alguien cercano que te avise transcurrido el tiempo. El objetivo es enumerar el mayor número posible de ciudades, da igual que hayas tenido tiempo de visitarlas o no, y no te olvides de contabilizarlas (puedes pulsar una tecla por cada una, pedirle a alguien que te las cuente o hacer un palito en la esquina en un papel por cada ciudad). Calcula el número total de ciudades que hayas sido capaz de recitar y guarda el resultado.

A continuación, repite el proceso con la particularidad de que ahora eres completamente libre de decir cualquier palabra que quieras siempre y cuando no sean cosas que estés viendo. Di cosas al azar que te vengan a la mente. ¿Preparados? Cuenta atrás a 10 segundos, palito va palito viene. ¡Tiempo! Haz el recuento.

Si no es mucho pedir, me encantaría que pusieras tus resultados del experimento como comentario al post. Me comprometo a recogerlos y a hacer el primer estudio científico basado en un artículo divulgativo y a publicarlo en mis redes sociales de forma anónima. ¡Gracias!

 

 

Analicemos juntos los resultados. En todos los casos con los que me he encontrado, el número de ciudades supera con creces a la modalidad libre del experimento. ¿Y esto por que? Entendamos lo que ha ocurrido durante el desarrollo del experimento en tu cerebro.

Mientras llevabas a cabo la primera parte, con la intención de buscar una palabra has enviado un WhatsApp al área de Wernicke diciéndole “Hola! q tal estás, I need you”. Entonces el área de Carlos (Karl Wernicke) echa un vistazo por la memoria en busca de ciudades. Aquí entran en juego otras regiones como la corteza visual o el giro angular, pero lo realmente importante es que cuando se ha salido con la suya (tenemos Moscú), el área de Broca se convierte en protagonista y tira de los hilos pertinentes (corteza motora) para que movamos la boca y generar el sonido.

En la segunda parte del estudio el área de Carlos le monta un poyo monumental a la memoria que pa qué (por torpe y lenta). Lo que ocurre es que la memoria está organizada por categorías (ciudades, nombres o discos de Sabina) y como no sabe en cual de ellas buscar se hace un lío tremendo.

Estas últimas líneas son para las mentes perversas y tiquismiquis. Si os preguntáis qué sucedería si una persona sordomuda realizara el mismo experimento usando el lenguaje de signos, ya os anticipo que hay más mentes perversas en el mundo que ya se han probado: su cerebro activa las mismas regiones cerebrales.

 

Neurosintaxis nivel I

 

Durante nuestro paso por el colegio o el instituto, los profesores no sólo intentaron meternos en la cabeza el orden y la relación de las palabras en una oración, sino también la función que cada palabra cumple: sujeto, verbo, complementos… ¿Os suena? Esto era la sintaxis. Lo que en breve descubrimos, es que la sintaxis para nuestro cerebro, llamémosla neurosintaxis, es diferente a la usábamos en las clases de lengua del instituto (que nadie se enfade con su profe después de esto).

La neurosintaxis es un término que me acabo de inventar el cual proporciona una pantalla en alta definición donde podemos ver cómo nuestro cerebro genera la realidad.

Asociando ideas a personas, lugares o cosas

En lugar de intentar explicarlo, te propongo leer detenidamente la siguiente secuencia tres veces I – B – R – N – S – J – D – U – I – L – U – E – Q – E – U. ¿Listo? Ahora cierra los ojos y trata de recordarla. La mayoría de los mortales sucumbimos después de los cinco-seis primeros símbolos. ¡Vaya caco mental!

Ahora repitamos el mismo ejercicio alterando simplemente el orden de las letras: J – E – S – U – L – I – N – D – E – U -B – R – I – Q – U – E. Seguramente no será necesario repetir si quiera la secuencia para poder recordarlo. Lo que ha ocurrido es que a estas letras colocadas de una forma determinada hemos asociado una idea (dantesca por cierto la imagen que viene a mi cabeza del torero Jesulín de Ubique con un sostén).

Nuestra memoria se agudiza cuando asociamos un conjunto de letras una persona, lugar o cosa. Además el comentario que me ha venido a la mente cuando he pensado en el torero pone de manifiesto otra característica crucial de nuestro cerebro: asociamos ideas a personas, lugares o cosas.


La regla de la persona, lugar o cosa (PLC)

Estamos en disposición de entrar a analizar uno de los trucos sintácticos del cerebro más grandes de la humanidad (releyendo esto igual he exagerado un poco. A veces me puede la emoción). Pongamos nuestra atención en la siguiente oración:

 

Aquello que sentimos (ya sea injusticia o rabia) cuando pensamos “Trump es malo” no viene dado por Trump sino por la idea asociada a Trump. Esto es vital para la neurosintaxis porque explica cómo aquello que sentimos viene producido por la idea que tenemos acerca de algo y no por la persona, lugar o cosa acerca de la cual tenemos esa idea. ¿Qué sería de tus enfados si esto fuera cierto? Revolucionario.

Aunque al principio pueda parecernos raro o irritante, esta visión terminará imponiéndose sin remedio por el simple hecho de que es como funciona tu cerebro. Además, por si aún sientes resistencia, si lo que sientes viene dado por Trump (como muchos hemos creído) todas las personas deberíamos sentir lo mismo al pensar en el presidente electo de los Estados Unidos. Sin embargo, hay tantas emociones como personas porque el origen de lo que sientes es siempre una idea y no una persona, lugar o cosa (y cuando se dice siempre quiere decir siempre).

 

Poltergeist

En esta oración, Donald es una especie de semidiós con la capacidad de ponernos rabiosos a miles de kilómetros de distancia. Un Poltergeist vaya. La idea de que el presidente de los Estados Unidos no tiene otra cosa que hacer que dedicarse a hacernos sentir rabia me resulta hasta divertida. ¿En serio? Y si se puede saber, ¿De qué manera exactamente nos pone rabioso Mr. Trump?

Llevemos a cabo una fugar investigación al más puro estilo Iker Jimenez. Por un lado, muy probablemente, el presidente de los Estados Unidos de América ni siquiera sabrá que existimos. Aún así lo responsabilizamos de nuestra rabia (no sólo no nos conoce sino que nunca nos ha dirigido la palabra). ¿Qué es entonces lo que hace que sintamos rabia? La idea omitida “Trump es malo”es la que genera nuestra sensación de rabia (concretamente «es malo»), y lo que solemos hacer es culpar a la PLC (Persona Lugar o Cosa). Al ver esto, aplicamos la regla PLC y tanto el fenómeno paranormal como las cacofonías desaparecen.

 

Complemento circunstancial de deshonestidad

Imaginen la hipotética situación, casi de ciencia ficción, en la que se llevan algo del trabajo (con un paquetito de folios me basta). Pongamos el pause para analizar la oración que nos lleva a cometer el hurto:

Las personas tenemos un detector de honestidad (corteza cingulada anterior) que toca la campana ante una situación de emergencia. Cuando te llevas el paquete de folios a casa estás diciéndole a tu organismo “soy un ser necesitado”. Esa carencia es lo que nuestro cerebro interpreta como real y la idea “soy un ser necesitado” pasa a ser el motor (lo que realmente sientes) activando la señal de alarma con las pertinentes consecuencias sobre la salud (aumento de la tensión arterial, frecuencia respiratoria y cardiaca, envejecimiento celular acelerado o depresión del sistema inmunológico entre otros). Esto es lo que llamo un complemento circunstancial de deshonestidad y, lo más importante, es que lo hacemos sin darnos cuenta.

Si has llegado hasta el final del artículo estás capacitado para responder una simple pregunta: ¿Cuál es tu idea acerca de la neurosintaxis? 

Neurobiología de la honestidad I

 

Estamos en la cola para entrar al parque de atracciones cuando vemos un cartel que pone “niños hasta 12 años entrada reducida”. De repente nuestro hijo adolescente, el cual acaba de cumplir catorce años y luce más bigote que Super Mario Bros, resulta que tiene doce. Andamos un par de metros y nos encontramos de frente con otro cartel que indica sin ambigüedades que no podemos introducir en el recinto comida o bebida alguna. Sin embargo, nuestras mochilas contienen bocadillos, chips y refrescos suficientes como para montar un puesto de ultramarinos improvisado. Nos hacemos los locos.

Una vez dentro del recinto nos encontramos con un ex-compañero de trabajo. Ante el “¡Hombre! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo?” habitual, contestamos “¡Muy bien! La verdad es que no me puedo quejar”. ¿En serio? La noche anterior apenas pegamos ojo por la tensión y el dolor de espalda que nos genera la decisión de querer dejar el trabajo y, para colmo, el perro está enfermo. Pero estamos “¡Muy bien!”. Media hora más tarde, mientras nuestro “Super Mario” hace cola para subir al Tornado, nos suena el teléfono móvil. Rápidamente la pantalla nos informa que ha llegado a la bandeja de entrada un nuevo correo de trabajo dispuestos a amargarnos nuestro día libre con asunto “URGENTE”. Decidimos ignorarlo: “¡Si hombre!… ¡estoy de vacaciones!”. Cuando al día siguiente nuestro jefe nos llama por teléfono contestamos sorprendidos: “¿Correo? ¿Qué correo? Yo no he recibido ningún correo”.

¿Te imaginas cómo sería la vida de una persona, una sociedad o un planeta que miente cada 3 minutos? Este artículo recoge unas pocas pinceladas de la investigación que he llevado a cabo en los últimos meses. ¿Influye vivir la vida de forma deshonesta a nuestro organismo? ¿Qué efectos tiene a nivel neurológico y biológico un acto deshonesto? ¿Es posible cambiar nuestra forma de actuar desde un punto de vista neurobiológico? Comencemos.

 

Los seres humanos mentimos

Removiendo en el baúl de los estudios científicos encontramos un buen puñado de ellos que tratan de establecer el papel de la mentira en la vida diaria de las personas. Para hacernos una idea de por donde van los tiros seleccionaremos dos de ellos. La investigadora de la Virginia University Bella DePaulo llevó a cabo un experimento que concluyó con datos interesantes: en una semana cualquiera mentimos a un 35% de las personas con las que entablamos una conversación. En el caso del trabajo de Robert S. Feldman de la University of Massachusetts los datos revelaron que solemos mentir una vez cada 3 minutos de media.

 

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Dejando a un lado los números, la honestidad es un bien escaso. Los investigadores coinciden en que leemos menos de lo que presumimos, flirteamos más de lo que admitimos, exageramos los comentarios que nos hieren, compramos las cosas más caras de lo que reconocemos, fumamos más de lo que admitimos o hacemos menos ejercicio del que proclamamos. La mentira forma parte de nuestras vidas hasta tal punto que vemos el engaño como un mecanismo crucial para el adecuado funcionamiento de nuestra sociedad, llegando a desarrollar algoritmos capaces de detectar mentiras analizando la sintaxis de las oraciones (como en el caso del Dr. Ludwig y su equipo). En poco tiempo, éstos algoritmos busca mentiras podrán utilizarse con la misma naturalidad que el corrector ortográfico en el Word o en nuestro gestor de correo.

 

El cerebro honesto: de la mentira a la honestidad

Las neuroimágenes nos permiten observar qué ocurre dentro del cerebro de una persona cuando realiza una actividad concreta (por ejemplo cuando engaña o miente) sin necesidad de rebanarle el cráneo. La resonancia magnética funcional es una forma de entrar, echar un vistazo a la actividad cerebral (concretamente a los niveles de oxígeno en sangre que consumen las neuronas) y salir de puntillas. ¡Aquí no ha pasado nada! Aunque sabemos que no todas las personas emplean las mismas áreas cerebrales para llevar a cabo la misma acción, es común generalizar.

Pongámonos la bata blanca y adentrémonos en el Virginia Tech Carilion Research Institute americano para descubrir qué área del cerebro es crucial en la honestidad. En sus instalaciones, un grupo de científicos ha estudiado el cerebro de 7 pacientes con lesiones en la corteza prefrontal con ayuda de un dispositivo de resonancia magnética funcional, y han concluido que esta región juega un papel fundamental en la honestidad. Para situarnos, la corteza prefrontal corresponde a la zona que cubrirías con la mano si la pones sobre la frente. Bien, primer paso superado: parece que tenemos “localizada” a la honestidad.

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Ahora alquilemos un coche y conduzcamos hasta el estado de Pensilvania para visitar su universidad. Tras preguntar en conserjería por el doctor Langleben, llegamos al departamento de radiología y psiquiatría de la Universidad de Pensilvania. Entre los experimentos llevados a cabo por el grupo de investigación, nos centraremos en un estudio realizado en el 2002 el cual reveló algo increíble: antes de que la mentira se comunique a las demás personas se activa una alarma en una zona de la corteza prefrontal conocida como corteza cingulada anterior.

Aquí encontramos una paradoja. Todos pensamos que una mentira se forja cuando se expresa a los demás y que nunca existirá si no la llegamos a comunicar a otras personas. Por contra a esta idea, los trabajos realizados en los laboratorios apuntan a que para nuestro organismo las reglas son diferentes: no importa si se comunica o no. El cerebro humano dispone de un “detector de honestidad” situado en la corteza cingulada anterior que responde no a si mentimos o decimos la verdad a las personas que nos rodean, sino al simple hecho de ser honesto o no.

 

Biología y fisiología de la honestidad

Hemos descubierto que pensar en algo deshonesto hace saltar nuestro detector de honestidad. El siguiente paso sería determinar qué procesos biológicos y fisiológicos promueve nuestro detector cuando saltan las alarmas. La honestidad se comporta como un catalizador que hace al organismo adoptar una composición química característica a toda velocidad. Acerca de cómo se lleva a cabo este proceso, de cómo un pensamiento deshonesto puede convertirse en un cambio químico y deambular por nuestra sangre, ya hablamos con anterioridad en el artículo “Sentimos lo que pensamos”.

Para conocer a las estrellas del espectáculo no tenemos más que analizar una muestra de saliva o sangre de una persona que está siendo deshonesta; los focos se prenden ante el cortisol y la testosterona {Lee, 2015 #160}. Éstas hormonas se comportan como palomas mensajeras que promueven diferentes procesos fisiológicos que podemos medir. El cortisol es conocido como “la hormona del estrés”, y encontrar niveles elevados en sangre se asocia con un aumento de la presión en las arterias, la aceleración del corazón, agitación de la respiración o dilatación de las pupilas. La otra co-protagonista, la testosterona, es la “hormona masculina” por excelencia (aunque las mujeres también la producen en menor cantidad), y su función es disminuir, entre otras cosas, nuestra empatía con el mundo.

Ahora bien, que nadie se ponga apocalíptico. Nuestro organismo viene de serie con las herramientas necesarias para deshacer un acto deshonesto y restablecer el funcionamiento habitual del cuerpo. Una vez pasado el episodio deshonesto todo vuelve a la normalidad a no ser que encadenemos un acto deshonesto tras otro, ya que el cortisol y la testosterona se mantendrían permanentemente en el terreno de juego. Niveles elevados de éstas hormonas de forma “crónica” nos hacen firmes candidatos a padecer desajustes en la tiroides (una glándula con forma de mariposa que tenemos en el cuello e influye en las reacciones químicas que se dan en nuestro cuerpo), trastornos inflamatorios, diabetes o hipertensión arterial  

 

¿Es contagioso el engaño?

 

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Una mentira que queda en nuestra mente, sea o no proyectada al exterior, nos afecta tal y como descubrió doctor Langleben y sus colegas. Ahora bien, cuando la compartimos y la hacemos real se intensifica en nuestro organismo y contagia a las personas que están a nuestro alrededor. Del mismo modo que una persona que se encuentra a nuestro lado mientras nos encendemos un cigarrillo es un fumador pasivo, un observador que presencia cómo robamos o engañamos es una “víctima” pasiva de nuestra deshonestidad. Ten Brinde y su equipo de colaboradores demostraron que el organismo del observador se comporta como si él mismo estuviese cometiendo el acto deshonesto, viéndose afectados parámetros como la actividad eléctrica de la piel y el funcionamiento del sistema cardiovascular entre otros. Este mecanismo puede ser explicado mediante el funcionamiento de las neuronas espejos (motor de la empatía en los mamíferos) del que hablaremos a su debido tiempo.

Dando la vuelta a la tortilla descubrimos algo más que interesante: no sólo transmitimos a los demás el acto deshonesto, sino también los actos de honestidad. Cuando presenciamos acciones honestas nuestros niveles de cortisol y testosterona en sangre disminuyen, a la par que se establece un vínculo con el autor.

 


En el próximo artículo… 

Hasta aquí nuestra primera aproximación a la honestidad. En la segunda parte del artículo “La neurobiología de la honestidad” continuaremos con nuestras incursiones por laboratorios de todo el mundo con el fin de descubrir que ser honestos ralentiza el envejecimiento celular, mejora la salud y nos hace más longevos, que somos pésimos detectores de mentiras y que, en definitiva, la honestidad es un acto de empatía con uno mismo. Seguiremos desarmando de manera sencilla y asequible los entresijos del cerebro honesto, y avanzaremos hasta descubrir cómo podemos comenzar a ser honestos en el mundo que vivimos.


 

Referencias

  • DePaulo, B.M., et al., Lying in Everyday Life. J of Personality and Socual Psychilogy, 1996. 70(5): p. 979-995.
  • Ludwig, S., et al., Untangling a Web of Lies: Exploring Automated Detection of Deception in Computer-Mediated Communication (Journal of Management Information Systems, Forthcoming., 2016.
  • Zhu, L., et al., Damage to dorsolateral prefrontal cortex affects tradeoffs between honesty and self-interest. Nature Neuroscience 2014. 17: p. 1319–1321.
  • Langleben, D.D., et al., Brain activity during simulated deception: an event-related functional magnetic resonance study. Neuroimage, 2002. 15: p. 727–732.
  • Lee, J.J., et al., Hormones and ethics: understanding the biological basis of unethical conduct. J Exp Psychol Gen, 2015. 144(5): p. 891-897.
  • Bradley, M.T. and M.P. Janisse, Accuracy demonstrations, threat, and the detection of deception: cardiovascular, electrodermal, and pupillary measures. Psychophysiology, 1981. 18: p. 307–315.
  • Hermans, E.J., P.-. Putman, and J. van Honk, Testosterone administration reduces empathetic behavior: a facial mimicry study. Psychoneuroendocrinology, 2006. 31: p. 859–866.
  • Grundy, S.M., et al., Definition of metabolic syndrome: report of the National Heart, Lung, and Blood Institute/American Heart Association conference on scientific issues related to definition. Arterioscler Thromb Vasc Biol, 2004. 24: p. e13–e18.
  • ten Brinke, L., J.J. Lee, and D.R. Carney, The physiology of (dis)honesty: does it impact health? Current Opinion in Psychology, 2015. 6: p. 177-182.

Sentimos lo que pensamos: bofetadas electroquímicas, limones ácidos y emoticonos

El cerebro y la neurociencia han vendido millones de libros e incluso se han entrometido con descaro en conversaciones de cafetería. Ya no sólo nos interesa a los científicos; los presentadores de los telediarios y la gente normal se animan a hablar de redes neuronales que se activan y desactivan, de brazos robóticos controlados por la mente, de hormonas, neuropéptidos, emociones, pensamientos, de amor o de Alzheimer. El cerebro está de moda y nuestra sociedad se está convirtiendo en neurocentrista. Nos sobran los motivos para tirar del hilo que asoma (en realidad en este caso vamos a tirar de la neurona que asoma), y vamos a hacerlo sin miedo para ver hasta donde nos lleva. Are you ready?

 

Neuronas en un universo con forma de coliflor

Nuestro cerebro está repleto de células que denominamos neuronas, las cuales están conectadas unas con otras formando largas redes por todo el cuerpo, capaces de conducir mensajes en forma electroquímica. Es como una enorme red de carreteras microscópicas, con sus tramos de autopistas, autovías, carreteras nacionales y vías urbanas. Si conducimos nuestro automóvil por este universo con forma de coliflor… ¿Nos resultará más fácil desplazarnos en una ciudad repleta de posibilidades y conexiones o en un desierto que apenas cuenta con carreteras? Evidentemente nos será más cómodo desplazarnos si disponemos de gran cantidad de conexiones. Esta idea es extrapolable al cerebro humano.

 

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Diferentes redes neuronales se activan cuando tomamos un café, vemos por la tele al presentador del telediario o escuchamos música. Al conducir mensajes electroquímicos, aumenta el consumo de oxígeno y nutrientes por parte de las neuronas que transmiten la información, de la misma forma que un coche que circula por una carretera consume gasolina. Si esto ocurre, algo que podemos ver mediante pruebas de neuroimagen, entonces decimos que están activas. Ahora bien, las neuronas no se encuentran encerradas en el cráneo, sino que el cerebro se desparrama por todo el organismo hasta llegar a las puntas de los pies. A todo el conjunto de neuronas desperdigadas por nuestro cuerpo lo llamamos sistema nervioso.

 

Acerca de cómo se activan las neuronas: bofetadas o limones

Observando el cerebro con dispositivos de imagen médica en diferentes situaciones, hemos aprendido que nuestras neuronas se pueden activar de dos formas: recibiendo información del exterior por medio de los sensores corporales o mediante un pensamiento. También podríamos hacer el famoso experimento de Galvani, tan desgastado por los laboratorio en las High School de las películas americanas, donde los alumnos hacen bailar las ancas de rana inyectando electricidad con un generador en el sistema nervioso del animal. Lo que ocurre es que los grupos musculares del anfibio (o lo que queda de él) confunden las señales eléctricas del generador con las que habitualmente envía el cerebro para decir: “¡adelante!”.

Centrémonos en primer lugar en cómo se activan las neuronas al recibir información del exterior. Por si sólo, nuestro cerebro lo tiene realmente crudo: es ciego, sordo y mudo (aunque no “torpe, traste o testarudo”). Él únicamente puede manejar señales eléctricas por lo que no se entera de nada de lo que ocurre a nuestro alrededor. Puede estar lloviendo a cántaros o tocando una banda de mariachis a escasos metros, que él ni siente ni padece. Necesita de “algo” que le cuente qué está pasando ahí fuera, es decir, que traduzca esas señales físicas ambientales a un lenguaje bioeléctrico que él pueda entender. Ese “algo”, esos traductores, son los sentidos.

Veamos que ocurre cuando nos dan una bofetada. La mano de alguien, al que seguramente no le caemos muy bien, nos golpea la mejilla y hace tambalear nuestras células (nocirreceptores). El dolor que sentimos es proporcional a la presión ejercida por la mano sobre nuestra mejilla, y describir lo que ha ocurrido, de la forma más fielmente posible, es en definitiva la tarea del tacto (a no ser que tengamos un trastorno genético como la analgesia congénita que nos impida sentir dolor). Así que el tacto está atento a la contracción mecánica de los tejidos de la mejilla para generar una señal eléctrica que viaje al cerebro con la información tanto de la presión (se ha pasado tres pueblos) como de la localización (en la mejilla derecha). Lo que acabamos de explicar a poca gente le impresiona, algún que otro cachete nos hemos llevado, aunque algunas personas se incomodan al descubrir que el dolor no se siente realmente en la mejilla sino en el cerebro.

La segunda forma de generar actividad neuronal, aunque la usamos miles de veces al día, todavía sorprende a más de uno: el pensamiento. Pensamos en un limonero, en sus verdes hojas y sus frutos amarillos. Nos acercamos a él y elegimos un limón. Buscamos el más rugoso, el más ácido, y comenzamos a girarlo sobre sí mismo hasta desprenderlo del árbol mientras nos invade un olor a campo. Cortamos con un cuchillo el limón por la mitad y nos llevamos lentamente a la boca, para apretarlo y sentir como derrama su ácido jugo sobre nuestro paladar. Tiene el balance perfecto entre acidez y dulzura. Automáticamente nos ponemos a salivar. ¡Y ni siquiera hemos visto el limón! La neurociencia lleva décadas gritando a los cuatro vientos que pensar es algo así como una “bofetada electroquímica”. Lo que acabamos de experimentar es que un pensamiento u acción (para el cerebro son muy similares) lleva asociado una firma fisiológica única que es el resultado de una actividad neuronal, endocrina y bioquímica.

 

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Sentir lo que pensamos

El cerebro es un bigotudo pintor realista. Entre sus herramientas de trabajo encontramos unos tubos de pintura, los pigmentos o colores, el caballete y el lienzo. Los inagotables tubos representan a las glándulas (un conjunto de células que fabrican sustancias químicas) y su contenido, los pigmentos o colores, a las diferentes hormonas (la sustancia química que fabrican las glándulas). El caballete sería el sistema circulatorio, mientras que el lienzo simboliza al torrente sanguíneo. Con todo este material de primera, un buen pintor puede ponerse manos a la obra para trabajar la mezcla de colores hasta obtener el tono perfecto que retrate lo más fielmente posible la realidad. De forma análoga, el cerebro secreta mediante diferentes glándulas la cantidad exacta de hormonas o neurotransmisores con el fin de generar una composición química que represente lo más fiel posible a la señal eléctrica enviada por el sistema nervioso. ¿Y para qué sirve todo esto?

 

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El torrente sanguíneo es el medio perfecto para repartir estos mensajeros químicos (las hormonas) por todo el organismo, y llegar así a cada una de las células. Es interesante darse cuenta de que si los mensajes hubiesen mantenido su forma eléctrica, la gran mayoría de las células ni se hubieran enterado. Al igual que el cerebro sólo entiende los impulsos eléctricos, a las células les encantan los químicos. El objetivo es que estos mensajes alcancen a toda las células del organismo, por lo que adoptar una apariencia química es lo más conveniente. En realidad, si reflexionamos fugazmente, todo este tinglado está bastante bien montado. Las señales eléctricas viajan por las neuronas a una velocidad superior a 400 kilómetros por hora (más que un Ferrari de fórmula uno), mientras que un señal química está limitada a la velocidad del flujo sanguíneo (unos 0,036 kilómetros por hora). Una vez la hormona mensajera se encuentra repartida por todo el organismo lo más rápidamente posible, debemos saber que cada tipo de célula tiene unos receptores específicos, lo que significa que sólo reaccionarán ante un tipo de hormonas concretas y no ante cualquiera. Así comienza un baile de hormonas y células, una cascada de cambios químicos en el organismo los cuales solemos llamar emociones.

A fin de cuentas, o una bofetada hace tambalear nuestros nocirreceptores de la mejilla para generar una señal eléctrica y activar nuestras redes neuronales, o bien estas redes se activan a través de un pensamiento. Ambos caminos terminan invitando a bailar a nuestras células con la ayuda de hormonas mensajeras dando como resultado reacciones químicas a las que llamamos emociones. En el día a día de una persona que vive en una sociedad occidental, la cual permanece de 8 a 10 horas sentada en una silla frente a un ordenador (y el resto casi con el móvil), nos pasamos la mayor parte del día dándole al “coco”. Cada vez que le damos al “coco” se activan unas redes neuronales concretas debido a aquello que pensamos, y se inicia un proceso que imprime en el organismo la emoción correspondiente.

 

Emoticonos: generando el modelo de realidad

La ciencia habla de las cosas que ocurren en nuestra vida utilizando representaciones de la realidad o modelos. Cada modelo se aproxima más o menos a lo que ocurre, y es ahí donde hablamos de “precisión”. Por ejemplo, Newton utilizó un modelo para hablar de la gravedad, que consistía en relacionar la fuerza, la masa y la aceleración. Luego vino Einstein, con su relatividad, e ideó un modelo más preciso que el de Newton (a la par que más complejo). ¿Eso quiere decir que el modelo que el científico empleó para explicar la caída de la manzana era erróneo? No, simplemente su modelo no era tan preciso. De hecho, si todo va bien, no es de extrañar que consigamos un modelo para la gravedad más preciso que el de Einstein en años venideros.

Volvamos a mirar dentro de nuestro cerebro con esta idea de “modelo” bajo la manga. Hemos descubierto a un bigotudo pintor realista que habita dentro del cráneo obsesionado por retratar en la sangre aquello que pensamos mediante cambios bioquímicos (nuestras queridas emociones). ¿Y para qué todo esto? ¿Qué mosca le ha picado al cerebro con convertir nuestros pensamientos en emociones? La respuesta es simple: el cerebro es un generador automático de modelos.

 

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Imaginemos una cinta automática de supermercado que transporta aquello que captan nuestros sentidos. En ella encontramos un mejunje de receptores externos (informándonos de aquello que vemos, oímos, saboreamos, olemos o sentimos), pero también internos. Estos sensores internos menos conocidos dan parte al cerebro de los cambios químicos o térmicos del medio donde chapotean nuestras células (el medio interno) y, por lo tanto, nos informan de nuestras emociones. Totum revolutum, la cajera de supermercado (ahora el cerebro es una empleada de supermercado y la cinta transportadora el sistema nervioso) va codificando con el lector infrarrojo cada información proveniente de estos receptores. Con todo esto, el cerebro genera un modelo de la realidad que es lo que cada uno percibimos en nuestro día a día.

Al revisar el ticket de compra nos daremos cuenta en seguida de que hemos pasado por alto alguno de los artículos que conforman nuestra realidad: entre ellos encontramos la memoria. Aunque hablaremos de ello en su momento, es tan importante para nosotros que debemos tener presente que el cerebro genera el modelo de realidad utilizando la memoria (nuestra experiencia) como un sentido más. Ahora si. Esta reconstrucción cerebral de la realidad, este modelo, es a lo que nosotros llamamos David, María o Francisco: un espacio donde podemos sentir las emociones (los cambios bioquímicos) que generan nuestros pensamientos, las bofetadas, y que nos convierten en emoticonos andantes.

 

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Cómo aplicar la ciencia a nuestro día a día 

Nos den una bofetada o pensemos en un limón ácido, esa actividad neuronal irá a parar al torrente sanguíneo para generar un cambio químico al que llamaremos emoción. Luego nuestro cerebro reconstruirá un modelo de realidad (con ayuda de la memoria) para que, en definitiva, sintamos. Esto quiere decir, sin tapujos, que el hecho de que nos suden las manos, se apelotonen los latidos de nuestro corazón, se agite la respiración o que la tensión arterial esté por las nubes, la mayor parte del tiempo no ocurre debido a la situación que estamos viviendo, sino por lo que pensamos acerca de ella.

Nos pasamos la vida exprimiendo limones imaginarios. Al estudiar el organismo, la ciencia nos está queriendo decir que aquello que sentimos, en la mayor parte de ocasiones, proviene de lo que estamos pensando. Ahora bien, siempre que sea posible, no tiene sentido adoptar una postura de «lo que diga la ciencia va a misa» cuando disponemos de un organismo para poder experimentarlo de primera manto. Esta es una invitación formal a hacerlo. Enseguida os daréis cuenta de que existen multitud de ejemplos. Una madre teme que a su hijo le haya pasado algo y comienza a agitarse, sudar o temblar debido a que siente los efectos de pensar “mi hijo ha sufrido un accidente”. Un hombre que cree que su mujer le ha sido infiel porque no se encuentra en casa (cuando en realidad ha ido a comprarle un regalo por un aniversario de pareja que él ni recordaba), siente tensión fruto del pensamiento “ya sabía yo que tenía a otro”. Un viajero que teme volar en avión se siente angustiado o nervioso porque piensa “voy a sufrir un accidente de avión”.

En cualquier caso, nadie ha sufrido un accidente, nadie se ha acostado con nadie o ningún avión ha realizado un aterrizaje de emergencia. Somos emoticonos que, a lo sumo, hemos ido a un limonero imaginario, el más ácido del lugar, hemos seleccionado un limón tocando la porosidad de su piel mientras respirábamos el aroma a campo. Lo hemos partido mientras su jugo recorre nuestras manos, hemos levantado el limón nuevamente y exprimido el jugo del cítrico en nuestra boca.  Ummm… ácido, muy ácido… ¡Buen provecho!

 

Viento en popa a toda vela

Como primera aproximación al mundo que os he presentado hoy, donde la ciencia es nuestra maestra, no está nada mal: nos vamos con un sorprendente “sentimos lo que pensamos”. Ahora bien, son muchas las preguntas que han saltado a la palestra a lo largo de mis investigaciones y, aunque hoy las dejemos volar libremente por los aires, os hablaré de ellas en breve. ¿Por qué a veces sentimos emociones y no encontramos ni rastro del pensamiento generador? ¿Cómo componemos la realidad? ¿Qué pasa con los genes? ¿Existe alguna relación entre la autorregulación corporal y las emociones? ¿Qué papel juegan en el organismo, en las emociones o en aquello que sentimos los microbios? ¿Es el amor una sensación? ¿Necesitamos realmente proyectar un futuro? ¿Donde queda el pasado y la memoria? ¿Qué es el miedo? ¿Qué es la honestidad y para qué sirve? ¿Puede un ser humano vivir con un 5% de su masa cerebral? ¿Por qué enfermamos?