¿Desde dónde te comunicas?

Muchas veces cuando los y las profesionales de la psicología hablamos de comunicación nos centramos en técnicas útiles que nos sirvan para transmitir el mensaje deseado de la manera más eficaz posible. Para ello nos centramos en fórmulas y estrategias que nos faciliten la recepción del mensaje emitido y nos permitan, con ello, mejorar la comunicación. Sin embargo a menudo nos encontramos con dificultades a la hora de poner en práctica dichas estrategias ya que se activan emociones de elevada intensidad, tanto en el emisor como en el receptor, que dificultan el proceso de la comunicación.

 

¿ Y por qué me pasa eso si yo sé racionalmente lo que quiero transmitir?

 

Para poder dar respuesta a esta pregunta primero tenemos que hablar de los diferentes estados del yo. Desde el Análisis Transaccional se plantea un modelo para comprender la personalidad humana, las relaciones y la comunicación. Este modelo de los estados del yo o modelo PAN fue desarrollado por Eric Berne y propone la existencia de 3 estados del yo dentro de cada uno de nosotros:

 

COMUNICACIÓN

 

Cuando nos comportamos, pensamos y/o sentimos de maneras que copian a uno de nuestros padres u a otros que fueron figuras parentales se dice que estamos en el estado padre del yo.

 

Cuando nos comportamos, pensamos y/o sentimos en respuesta a lo que sucede alrededor aquí y ahora se dice que estamos en el estado del yo adulto.

 

Cuando utilizamos formas de comportamiento, pensamientos o sentimientos que utilizamos cuando éramos niños se dice que estamos en el estado del yo niño.

 

Estos estados del yo están presentes a cada momento de nuestra vida diaria y podemos pasar de uno a otro en una fracción de segundo. Dependiendo desde que estado del yo nos vivamos a nosotros mismos la comunicación irá dirigida en un sentido o en otro. Pongamos un ejemplo: María va en el coche camino a una reunión de trabajo. Durante el trayecto está atenta a las señales de tráfico y a los conductores que pasan a su lado, en ese momento María está en su estado del yo adulto. De pronto un conductor pasa por su lado y se incorpora delante de ella a gran velocidad obligando a María a reducir la marcha y a comprobar si venía alguien por detrás, María sigue en su estado del yo adulto. Una vez que ha hecho la maniobra pone gesto de desaprobación y comenta para sí misma “hay personas a las que no se les debería dar el carnet de conducir, son un peligro”, en este momento María ha pasado a su estado del yo padre ya que está reproduciendo la reacción que veía en su padre cuando ella era pequeña. Continúa la marcha hasta llegar a la oficina y darse cuenta de que llega 15 minutos tarde y tenía una reunión importante. En este momento María empieza a sentir como el corazón se le acelera y empieza a experimentar angustia, María ha pasado a su estado del yo niño ya que siente la misma angustia que sentía cuando llegaba tarde a clase y sus profesores le reprendían por ello. Finalmente María se da cuenta de que su jefa es una mujer razonable y entenderá que ha llegado tarde a causa del tráfico ya que no es una conducta habitual en ella. Así María se tranquiliza y vuelve a su estado del yo adulto.

 

Es decir, en función del estado del yo pensaremos y experimentaremos distintas cosas y en función de eso nos comunicaremos con nosotros mismos y con los demás de diferente manera. Cuando en una conversación con otra persona nuestra reacción emocional es desproporcionada con la situación experimentada probablemente se deba a que estamos en un estado del yo niño o padre. Cuando esto ocurre la comunicación se dificulta y pocas veces termina en algo satisfactorio para ambas partes.

 

¿ También me puede pasar esto con mi pareja?

 

En el mundo de la pareja esto ocurre a menudo, haciendo que los miembros de la pareja puedan discutir acerca de lo mismo en repetidas ocasiones sin llegar a ninguna conclusión. Cuando esto ocurre genera mucha frustración e impotencia en la pareja, junto con la sensación de que la otra persona no nos comprende y de que esa situación nunca cambiará. En estos casos estaríamos delante de lo que se conocen como transacciones complementarias entre estados del yo niño o padre que son diálogos infinitos que llevan al mismo punto y a repetir una y otra vez la misma discusión con contenidos diferentes.

 

Entonces, ¿qué puedo hacer?

 

La solución a estas situaciones parte de llamar a nuestro adulto para que se ponga a los mandos. Para eso ayuda enormemente describir la situación como si de un observador externo se tratase sin hacer ningún juicio de valor (estado del yo padre). Esto nos ayuda a entrar en contacto con la situación actual impidiendo que generalicemos a otras situaciones pasadas ya que cuando hacemos eso, la conversación se hace tan grande en cuanto a contenidos y tan cargada emocionalmente que resulta imposible poder darle solución. Y es en estas discusiones cuando empezamos a hablar con nuestra pareja de quién hace la compra esta semana y terminamos, no sabemos muy bien cómo, discutiendo acerca de aquello que ocurrió hace 2 años cuando…

Tomar conciencia de lo que sentimos y de lo que pensamos es el paso previo para poder afrontar cualquier situación de comunicación con otra persona. Al hacerlo nos responsabilizamos de nuestra actuación para con nosotros mismos y para con el otro y esto nos permite expresar lo que realmente está pasando, haciendo que podamos llegar a una conclusión adecuada en el aquí y ahora.

 

comunicación

 

Referencia bibliográfica:

Stewart y Joines,  AT HOY Una nueva introducción al Análisis Transaccional, Editorial CCS. edición 2007.

¿Cuántas ex parejas soy capaz de soportar?

¿Quién no sabe de alguien con una o varias ex parejas? Vivimos en un momento en el que es habitual haber tenido varias relaciones a lo largo de nuestra historia vital. Con todo lo que eso conlleva.

A diferencia de otras épocas, hemos «aparentemente» transmutado los valores del Amor Romántico relacionados con el mito de la exclusividad, la media naranja y el compromiso por y para siempre.

Pero esto sólo ha sido en parte ilusorio, ya que por un lado hemos integrado la libertad que nos otorga el poder de determinar el inicio y el cierre de una relación, sin tener en cuenta que cuando rompemos con alguien físicamente, nos llevamos con nosotros una mochila cargada de toda la carga energética vivida en la anterior relación.

Y ahí, de frente a mi nueva pareja, desayunando cada mañana con sus ex y con los míos, el mito vuelve a hacer su aparición cuan fantasma en un cajón de la coqueta de noche.

¿Cómo me las apaño para lidiar con tantos vínculos anteriores llenos de emociones y de recuerdos?

El duelo con las ex parejas

La separación implica un fuerte impacto emocional.  Si bien los sentimientos y posiciones ante ella son diferentes dependiendo de cómo y quién ha tomado la decisión, es ineludible afirmar que cuando se comparte la vida en todas sus dimensiones con otra persona, se establece un Nosotros asumido que de repente, deja de serlo.

La cotidianeidad es testigo del vertido de necesidades, expectativas, miedos e ilusiones en forma de energía que se pusieron en esa relación y en el constructo mental que decidimos hacer de ella. La ruptura de ese equipo, formado por un tiempo determinado, conlleva inevitablemente un sentimiento de pérdida, que reactiva de manera inconsciente aspectos relacionados con todas las anteriores pérdidas vividas.

Existen dos pérdidas a diferenciar: la primera es la perdida tangible y concreta que es la persona físicamente hablando y que es, como en cualquier adicción, casi la más fácil de sobrellevar.

La segunda es la perdida intangible: que consiste en los sueños, las ilusiones, las expectativas, las promesas repetidas de compañía y de amor incondicional, la lucha, la culpa, las reconciliaciones, la seguridad e invulnerabilidad de la relación, la autoestima, la confianza, la noción reconfortante del futuro compartido y la sensación de fracaso por haber apostado por un presente con significado pleno.

 

pasado

pasado

En definitiva, la sensación de pseudo completud que repara y abastece las propias carencias infantiles.

No es sólo la pérdida de la persona, sino todo el significado latente que el otro ha puesto en esa relación. Si además con ese/esa ex hemos sido padres, entonces el vínculo residual es aún más complejo y ambiguo

Visto esto se hace imprescindible acompañar la nueva etapa de un duelo real o simbólico. Entendiendo este tránsito como la redistribución y reabsorción de la energía psíquica y emocional que hasta entonces estaba concentrada en una única representación ajena al yo (el otro-la otra).

Freud refiere la importancia de llevar a cabo correctamente este proceso para integrar el objeto amoroso dentro de un contexto pasado-pasado y no estancarse en un pasado-presente.

«El duelo normal vence la pérdida del objeto» (Freud)

Tres son multitud

¿Qué ocurre si no interiorizamos y recolocamos bien a nuestras ex parejas interiormente cuando empezamos una nueva relación? Que puede tener diferentes efectos. Veámoslos.

  • La repetición en la elección de una pareja similar a la anterior con la que dar continuidad a lo que quedó abierto y sin cerrar.

Singmund Freud lo llamó compulsión de repetición y lo definió como

«Proceso inconsciente en el cual el sujeto se sitúa activamente en situaciones penosas, repitiendo así experiencias antiguas, sin recordar el prototipo de ellas, sino al contrario, con la impresión muy viva de que se trata de algo plenamente motivado en lo actual.»

(Jean Laplanche & Jean-Bertrand Pontalis. Diccionario de Psicoanálisis)

Con ello se establece una comparación inevitable entre la anterior relación y la actual, en un intento de acoplamiento de la nueva pareja al molde de la anterior para que responda las expectativas frustradas.

  • La búsqueda de una persona completamente diferente a la imagen mental que tengo de mi ex pareja

Del mismo modo que la anterior, sería una lealtad negativa hacia la energía depositada en la otra relación, sólo que en esta ocasión, de carácter contrario. Pero que trae igualmente el recuerdo vívido en la idealización de la nueva relación en contraposición con las ex parejas.

En ambos casos se produce una falta de atención y de presencia esencial en la nueva relación por seguir estando con un pie en el pasado y otro en el presente.

 

Veamos esto. Si mi conciencia, -con mis pensamientos y energía-, está enfocada por el motivo que sea, en algún aspecto sin integrar de la relación anterior, no puedo por mucho que lo desee, estar viendo claramente a mi nueva pareja, pues sólo puedo ser consciente de lo que mi atención ilumina en el presente, no en el pasado.

«La atención es el primer elemento del buen amar. Si no se nos hace caso, somos seres anónimos, sin nombre» (Sam Keen)

 

  • El Síndrome de Rebeca.

Por muchos y muchas es conocido el argumento del libro (y posterior film de Alfred Hichcok) que dio lugar al denominado síndrome de Rebeca.

Al poco tiempo de perder a su esposa Rebeca, el aristócrata inglés Maxim de Winter (Laurence Oliver) conoce a una joven humilde de la que se enamora. Tras la boda se van a vivir a la mansión inglesa de Manderley, donde el viudo y la fallecida vivieron. Pronto la nueva señora Winter se dará cuenta de que no puede borrar en su marido el recuerdo de su difunta esposa, cuya sombra sigue presente en la casa, en su ama de llaves, y también en los pensamientos de su marido.

Entre los sentimientos que engloba este síndrome es el de los celos retroactivos: los celos que radican en el pasado de la pareja, especialmente en sus relaciones amorosas anteriores, y que pueden llegar incluso a la obsesión compulsiva por saber detalles íntimos de las relaciones anteriores de la pareja.

Esto nos lleva al dilema planteado en muchas parejas que vienen a consulta: ¿Es conveniente hablar de los ex con mi nueva pareja? ¿Existe una diferencia real entre sinceridad y sincericidio?

Muchos terapeutas de pareja coinciden en que no es necesario hablarle en profundidad acerca de nuestro pasado sentimental a nuestra pareja actual, al menos no durante el primer año de relación, que es cuando el estadío de enamoramiento está germinando. Pero coinciden también que tampoco se puede hacer como si el pasado nunca hubiese existido, negándose a hablar de ello con evasivas y cortinas de humo. Esto es especialmente complicado cuando tenemos hijos en común y tenemos que relacionarnos (normalmente) obligatoria y convenientemente con el otro progenitor.

Como advierte la doctora Frische:

» La madre de los hijos siempre tendrá un lugar especial en la vida del hombre y el padre de los hijos siempre estará en la mente de la mujer, hay que ser consciente de eso”

Esa relación que vincula padres/hijos de ser sana, ha de seguir exisitiendo. Lo que no significa que sea necesario mantener las fotos familiares de las ex parejas presentes en la casa ni compartir vacaciones todos juntos.

 ¿Quien se fue a Sevilla perdió su silla?

Por último quería destacar el enfoque que hace Bert Hellinger a este respecto desde la teoría de los Órdenes del Amor dentro del método terapéutico de las Constelaciones Familiares.

Estos Órdenes del Amor son un conjunto de premisas que se deben respetar para que la familias funcionen y sus miembros sean felices y estén satisfechos con la relación. Estas premisas nos obligan a prestar atención a varios puntos importantes: orden, pertenencia y equilibrio entre dar y tomar.

Enfocándonos en el primero de los puntos, Bert Hellinger se dio cuenta de que existen unas leyes universales que rigen todos los sistemas vinculares (familiares, organizacionales,etc) sea cual sea su país o su cultura. Dentro de un sistema habría pues, un orden que hay que respetar para que pueda prevalecer la armonía y cada uno pueda ocupar el lugar que le corresponde.

orden

ex parejas en orden

A la vez, todas las personas son importantes, tanto las que están presentes hoy en día como las que estuvieron presentes en el pasado. Y eso incluye a las ex parejas (tanto propias como del otro) Todas estas personas deben tener un espacio integrado dentro de nosotros aunque no formen parte de vuestro día a día actual. Si no le damos este espacio a través del duelo y la transmutación, es muy probable, a la luz de la teoría de Hellinger que el fantasma del recuerdo esté presente en forma de boicotedor, o con la aparición de un tercer miembro con el paso del tiempo.

En resumidas cuentas,

“Con amor, sólo con amor, no basta. Tiene que estar en orden”                           (Bert Hellinger)

 

¿Qué significa integrar mi pasado y el de mi pareja?

Principalmente mirar a mi historia personal  y la de mi pareja con respeto, sin enganche positivo o negativo con mi ex pareja. Aprender a aceptar que las personas aparecen y se van justo cuando deben hacerlo (ni antes ni después) y agradecer que sois quienes sois ahora en este camino porque ello os llevó hasta encontraros.

Sólo de esta manera, lograrás estar totalmente presente en una nueva relación.

 

Referencias bibliográficas:

Hellinguer, Bert. Órdenes del Amor. Cursos seleccionados de Bert Hellinguer, Ed. Herder, 2011.

Jean Laplanche & Jean-Bertrand Pontalis. Diccionario de Psicoanálisis, Ed. Paidós, 1996.

Fuente:

Aragón Daza; R. Alberto y Mendez Sandoval, Miguel Alexander Duelo, ruptura de pareja http://psicopsi.com/duelo-ruptura-de-pareja

Equidad doméstica en una terapia de pareja

Hablemos de equidad.

Ser mujer y terapeuta de pareja no tendría porqué resultar una dificultad a la hora desarrollar la labor profesional, pero a veces si resulta un hándicap. Sobre todo cuando en consulta hay que abordar uno de los temas principales en los que las parejas piden asesoramiento. Estoy refiriéndome al famoso y trillado tema: reparto de las tareas domésticas.

Por muy manido y revisado que resulte el asunto, en esta ocasión me gustaría comentaros la responsabilidad que los y las terapeutas de pareja tenemos en el abordaje de este área cuando nos piden ayuda, si queremos ofrecer un contexto de intervención adecuado.

Antes de empezar, es necesario acudir al término equidad, por diferenciado y complementario al de igualdad.

Equidad, según la RAE es:

  1. f. Igualdad de ánimo. 2. f. Bondadosa templanza habitual. Propensión a dejarse guiar, o a fallar, por el sentimiento del deber o de la conciencia, más bien que por las prescripciones rigurosas de la justicia o por el texto terminante de la ley.3. f. Justicia natural, por oposición a la letra de la ley positiva.4. f. Moderación en el precio de las cosas, o en las condiciones de los contratos.15. f. Disposición del ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece.»

Así pues, desde la perspectiva de equidad de género, se deben tomar en cuenta las condiciones diferentes y desiguales de las que parten mujeres y hombres frente al tema a tratar y plantear opciones para que ambos puedan desarrollarse de igual forma con las mismas oportunidades.

Sería pues poco profesional, -como confieso me ocurrió en los inicios-, que el o la terapeuta reencuadrase este tipo de demandas pasando por alto el examen a fondo de los programas de feminización y masculinización que han aprendido cada uno de los miembros de la pareja en el terreno del reparto de las tareas domésticas.

 

etica

 

Examinar los factores relacionados con el género en un proceso terapéutico significa, en  palabras de la famosa psicóloga de Peggy Pag:

«prestarle especial atención al sistema personal, familiar, y socio político de cada quien. Revisando los hábitos y creencias implícitas tomadas como «verdades normalizadas» afianzadas por la tradición y mantenidas por el condicionamiento de género».  

En este sentido, no basta con sugerirle a la pareja que elabore  un cuadro semanal donde pueda escribir el reparto de tareas asignadas a cada uno, ni mucho menos aún decirle a ella (o rol feminizado, en el caso de parejas no hetero), que si quiere que su pareja «le ayude, deje que lo haga a su modo«.

Este tipo de intervenciones descontextualizadas, sólo pueden efectuar pequeñas adaptaciones o cambios de conducta a corto plazo, pero no transforman la base de las actitudes y conceptos de identidad de género asociados y que mantienen de manera importante el sistema de desigualdad entre ambos.

Programas asumidos por el condicionamiento de género

Veamos un ejemplo de un proceso de feminización y masculinización con un caso práctico de una pareja heterosexual sin hijos/as:

Vanesa (nombre no real): – «¡Siempre tengo que estar rogándole! Me pone enferma. Parece que lo hace por mí. Yo también trabajo fuera y cumplo con mis obligaciones. Tengo que estar revisando siempre sus tareas, cargándome más o volviéndolas a hacer. Y si encima no se lo pido, puedo encontrarme con que no están hechas y me tengo que enfadar. Esto no es igualdad, somos una familia con dos trabajos.»

Eduardo (nombre no real): – «Cuando trato de ayudarle, siempre está detrás mía. Ya tengo un jefe en el trabajo, no puede estar ordenándome lo que es cosa suya. Nunca te gusta como hago las cosas y te pones como una fiera histérica cada vez que toca el día de limpieza.»

Como podemos observar, más allá de lo que a simple vista podría ser un posible reajuste a la hora de pedir las cosas o un ajuste de normas, se trata de algo más: la percepción de satisfacción de la pareja está asociada a la desigualdad de poder y a la inequidad.

Según el psicólogo y especialista en parejas Aaron T. Beck, el término «dos trabajos» no sería del todo correcto, ya que se trata de tres trabajos: dos de los trabajos son remunerados e individuales (no suponen conflicto) y otro de ellos es no  remunerado y  que debe ser común (supone conflicto).

Así vemos en este caso ejemplificado de Vanesa y Eduardo, cómo la erosión de la pareja en esta área se debe en parte, al choque de los dos mapas del mundo interno que han sido fruto de la programación de género.

Es posible que leyendo esto haya muchos miembros de parejas heterosexuales que no se sientan identificados, eso está bien. Cuantas más excepciones haya mucho mejor para conseguir la igualdad. Pero recordemos que las individualidades no amenazan las estadísticas y los programas de género hablan por sí solos cuando evidencian que el reparto igualitario de tareas sólo se alcanza cuando la mujer trabaja y el hombre está desempleado. Aunque si es el caso contrario, las mujeres suelen encargarse de más de un 97% del trabajo.

Parte de esta programación está el considerar  el cuidado de los hijos como trabajo reproductivo y no como trabajo productivo, por lo tanto no se incluye en el cómputo -como ocurre con las tareas domésticas- en el total de horas trabajadas.  Sin embargo, estas actitivades no sólo son un trabajo que conlleva muchas horas y cansancio sino que además resta horas de ocio individual, debiendo ser consideradas como parte del reparto equitativo y en su defecto, un trabajo «por cuenta propia» con una factura como la que ofrece la web todo no incluido.

 

educación genero

educación genero

 

Mapas del mundo interno

Veamos ahora la forma en la que los protagonistas de nuestro ejemplo intentaron solucionar el problema, yendo por partes -como dijo Jack El Destripador-

Por un lado Vanesa que ha sido condicionada como mujer para sentir que no tiene derecho a pedir lo que es justo y necesario de una manera firme pero asertiva.  Al tiempo  que sus creencias inconscientes asocian el pedirlo como un acto egoísta  dificultándole la capacidad de negociar desde una posición de fortaleza y autoconfianza. Ella también está con un pie entre la educación patriarcal y el cambio, con sentimientos de culpa por «tener que pedir ayuda».

En su defecto, desarrolla métodos encubiertos e indirectos de comunicar y expresar sus necesidades; tales como ironizar, ponerse a la defensiva, hipervigilar, criticar o reprochar. Todos ellos sin resultado.

Ante esa comunicación encubierta, el hombre (o rol masculinizado)  le etiqueta de manipuladora, obsesiva de la limpieza e inestable emocional.

Por su parte Eduardo, que ha sido condicionado como hombre para sentirse sensiblemente cuestionado con «dar la talla» ante cualquier acción que se asemeje a una posible dominación por parte de la mujer, ve afectada su autonomía y  autoimagen, al interpretar el acto igualitario del reparto de tareas como expresión de subordinación o como un acto de generosidad genuino.  Al mismo tiempo su programación como solucionador de problemas se ve amenzada ante la crítica y la desvalorización de lo que él entiende como ayuda generosa por su parte.

Ante ello, la mujer (o rol femenizado) lo etiqueta como egoísta, pasivo, insensible, machista.

 ¿Qué necesitamos cambiar?

Revisión de la identidad de género:

– En el caso de ellas-o rol femeninizado-, es importante ayudarles  a buscar formas más eficaces de situarse en una posición de igualdad desde la firmeza asertiva y negociadora sin caer en la reacción esporádica pero sin resultados duraderos.

Si nosotras mismas no creemos en el derecho propio de negociar la normalización de una corresponsabilidad, si creemos que la hipervigilancia, los gritos a destiempo y la exigencia son los mejores modos de conseguir la tan ansiada equidad, entonces, es que estamos repitiendo los mismos patrones de dominación que detestamos, pero a la inversa.

El objetivo primordial es no caer en dos de las principales posiciones especialmente nocivas para las relaciones de pareja: la sumisión o la dominación y así no contribuir con estos patrones al mantenimiento y perpetuación de las desigualdades en la lucha por el poder.

– En el caso de ellos – o rol masculinizado-, es clave que desde una posición de apertura y no de actitud defensiva o evasiva, puedan hacer ellos mismos autocrítica y cuestionarse el valor de la corresponsabilidad en el trabajo doméstico como un ámbito más en el que describir y expandir su identidad.  Integrar la corresponsabilidad en la pareja no se trata de un añadir un rol complementario, sino de asumir un rol que les correponde.

Reparto equitativo: compartir es más que ayudar

– Según las recomendaciones de muchos estudiosos en el tema de la terapia de pareja desde la perspectiva de género, tal reparto de trabajo tiene que tener en cuenta cuatro aspectos básicos:

  1. la dificultad, 2. el tiempo necesario, 3. el desgaste que suponga 4. periocidad

Esta clasificación está hecha con el fin de que el número de tareas no sea la única variable a tener en cuenta, sino también el desgaste físico-emocional y el tiempo empleado.

Hacer el reparto por responsabilidades y no por tareas.

Ejemplo: si vamos a coger una responsabilidad como es la comida que conlleva muchas tareas subyacentes (planificar la comida, ir a la compra, preparar la receta y vigilar la comida) y además es diaria tendremos que equiparla con otra tarea similiar y no por ejemplo con limpiar el baño que es algo semanal y con menos tareas desglosadas.

El hacerlo de este modo y no por tareas facilita también que tengamos que depender de la pareja para elaborarla (ej: si yo me encargo de la comida pero tú de hacer la compra estoy a expensas de ti).

– La remuneración económica de cada miembro no es tener en cuenta a la hora de hacer el cómputo del reparto. ¿Por qué? muy sencillo y sin entrar a hablar en la desigualdad de género que también se da en este área y que  nos darían para otro post, es por el simple hecho de que uno de los miembros gane más que el otro no hace que éste miembro esté más cansado ni que tenga menos horas de ocio. Si hay desigualdad económica, se tendrá que llegar a pactos a ese respecto en otras áreas si se quiere, pero nada tiene que ver con la distribución de tareas domésticas y los factores a tener en cuenta.


– Por último, se recomienda también que este reparto si se quiere pueda ajustarse con periocidades de tiempo en intervalos (semanal, trimestral y semestral) en lugar de hacerlo con un día concreto de limpieza (ej: los sábados). Esto ayuda en parte a que pueda adaptarse a los ritmos de épocas laborales más estresantes en uno de los miembros de la pareja.

Beneficios de la equidad doméstica

Si bien la lucha de la mujer por el acceso digno al panorama laboral ha dado algunos frutos, así como ha aumentado la conciencia de una parentalidad positiva, aún en una investigación publicada en 2009 por Alicia Moreno y Beatriz R. de la Vega, se afirmaba que:

«La distribución de roles, la desigualdad en el reparto de las tareas, y sobre todo el poco poder en la toma de decisiones, es uno de los aspecto más influyentes en el aumento sintomatología depresiva en la mujer dentro de una pareja».

La participación conjunta en la toma de decisiones y en el reparto de  responsabilidades implica mayores niveles de equilibrio en la pareja , menor número de escalada de conflicto, aumento de refuerzos positivos hacia el otro y mayor tiempo libre individual y compartido.

ocio

 

Precisamente, explica el psicólogo Carl Rogers como la desaparición progresiva de  distribución rígida de roles, es uno de los elementos que contribuyen al éxito de una pareja:

 «Seguir ciegamente las expectativas de los propios padres, de una religión o cultura, equivale a condenar al desastre a una pareja en desarrollo. En las parejas que parecen más enriquecedoras y satisfactorias, los roles juegan un papel cada vez menor, hasta que acaban por desaparecer y volverse flexibles».

Por último otro de los efectos positivos destacados, según el estudio realizado por el «Laboratorio del Amor», del doctor John Gottman, (Univ. de Washington), es el aumento del deseo sexual.

Tal y como dice Gottman:

«interpretar esta equidad como un signo reciprocidad y atención hacia la pareja promueve  una mayor afectividad y atracción entre ellos, así como estimula el ambiente de tranquilidad para el encuentro íntimo entre ambos.»

Para reflexionar

Si como terapeutas queremos actuar desde un punto de vista ético y justo,  tenemos que revisar nuestras propias «mochilas», es decir, cuestionar nuestro propio mito de la «neutralidad».

Todo psicólogo y psicóloga tiene un contexto en el que se crió y un marco sociocultural-político en el que vive. De no trabajarse debidamente podremos caer en el autoengaño y esto se reflejará en los prejuicios, actitudes y valores con los que analizaremos e intervendremos sobre el caso.

No está de más, desde una coherencia moral y ética, hacer revisión de los mismos con el fin de no ser sujetos pasivos que fomentemos de manera, consciente o inconsciente, los valores de una cultura aún hoy día discriminatoria, que no les favorece a ellos ni a ellas.

Y mucho menos, a la pareja.

 

Fuentes:

  • Marianne Walters, Betty Carter; Peggy Pap & Olaga Silverstein La Red Invisible. Pautas vinculadas al género en relaciones familiares. Paidós. 1991
  • Moreno Fernández, A., Rodríguez Vega, B., Carrasco Galán, M.J. & Sánchez Hernández, J.J. (2009). Relación de pareja y sintomatología depresiva de la mujer: implicaciones clínicas desde una perspectiva de género. Apuntes de Psicología, 27.
  • http://www.observatoriogeneroyliderazgo.cl/index.php/las-noticias/2105-compartir-las-tareas-domicas-mejora-incluso-la-vida-sexual-de-la-pareja

 

Encuentro con David Testal 1: El amor en la pareja

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 «No me digas que me amas. No nos vamos a entender.
Dime qué quieres hacer conmigo» 

 

Presentar a David Testal no es tarea fácil. Quizá visitando su web os podáis hacer una idea de quién es. O quizá no. Creo que esto último es lo más probable. Si habéis leído su libro «Si fueses pájaro lo entenderías» probablemente ya sabréis que David es un alma vieja, un alma antigua… De esas que te tocan, si te dejas tocar. No creo que haya mucho más que podamos saber de él.

Si le preguntáis a él quién es, no creo que corráis mejor suerte. Sabe bucear en las palabras.

 

david testal: amor

 

Encuentro 1: El amor en la pareja

 

 ¿Hablamos de amor?

 

Mejor no. Hemos pactado hablar de la pareja. Prefiero hablar de la pareja, que es una manera de hablar de cómo nos relacionamos. La pareja simboliza para mí el baile alquímico, la colaboración creativa.

Del amor me es imposible hablar, no sé lo que es el amor. Deberían prohibir esa palabra. Querría evitar hablar de amor. Nadie sabe de lo que habla otro cuando habla de amor.

Si alguien te dice que te ama, por ejemplo, no tienes ni puñetera idea de lo que te está diciendo. Si das por sentado que lo entiendes, creerás que esa persona está sintiendo por ti lo mismo que tú sentirías si fueses tú quien lo dijera. Pero en realidad no lo entiendes.

Soy partidario de hablar de cosas concretas. No me digas que me amas, porque no nos vamos a entender. Dime qué quieres hacer conmigo.

 

david testal: amor

 

¿Entonces el amor implica que quieran hacer algo contigo?

 

No… implica… Sí, por supuesto. Claro.

(Risas)

(Risas)

Bueno, no sé, porque en tu pregunta está otra vez la palabra amor, y no sé lo que es para ti. Pero sea lo que sea, es un sentimiento que despierta cosas concretas en ti, el deseo de hacer cosas con alguien, u otros sentimientos, sentimientos concretos.

Esos sentimientos concretos son los que me interesan. Puedo no querer hacer algo con alguien, pero ponerme contento sólo por saber que esa persona existe. A eso lo podríamos llamar amor si quieres. ¿Quieres vivir con esa persona? ¿Te gustaría tener una relación íntima con esa persona? No, simplemente te alegras de haberla conocido y de saber que existe. Eso sí es algo concreto. Ahora, si me dices sólo que la amas, ya no sé a qué coño te estás refiriendo.

 

Así que existe el mismo número de definiciones del amor que de personas.

 

Si se le preguntara a todo el mundo, habría gente que aparentemente coincidiría en la manera de definirlo. Pero ni siquiera sabríamos cuál es la relación que cada cual hace entre la forma de expresar un sentimiento y lo que realmente siente.

Tú puedes expresarlo de una forma exacta a mí, con las mismas palabras, y que tu sentimiento interno sea totalmente distinto al mío. Con lo cual, no podemos saber si habrá gente que coincida. Y si aceptamos que cada cual traduce el mundo a través de sí mismo, y cada uno es único e irrepetible, entonces cada “amor” es totalmente distinto. Pero esto es lo que sucede cuando se habla de amor, ¿ves?, que no estamos hablando de nada.

 

david testal amor

 

¿Cómo tendría que comunicarse una pareja entonces para poder entenderse mejor? ¿Es posible entenderse?

 

Tendrían que no hablar. (Risas) Es cierto, es al hablar cuando dejamos de entendernos… Pero ya que vamos a hablar, hablemos de cosas concretas. Y si hablamos de una abstracción, definamos la abstracción. Si habláramos de cosas concretas, nos ahorraríamos un montón de dolor innecesario. Porque cuando hablamos en abstracto, puede llegar el momento en que te enteres de que eso (lo que sea) no significaba lo mismo para la otra persona.

 

david testal amor

 

Un caso que me encuentro a veces, por ejemplo… Dos personas que se encuentran, se gustan, se enamoran, y deciden que son pareja. Una de ellas sigue practicando sexo a veces con otras personas, sin contarlo, porque entiende que es parte de su privacidad, y supone que la otra persona tendrá su privacidad también, la cual no le incumbe.

Y la otra no lo hace, porque entiende que esto es un engaño, y da por supuesto que la otra parte lo entiende de la misma manera. Entonces un día se entera de que su pareja se está viendo con otros. Y dice “me has traicionado”.

Y sin embargo esa persona daba por sentado que podía hacerlo, que ambos incluso podían hacerlo, puesto que nadie había hablado de que eso estuviese prohibido, nadie había hablado de lo que tenían derecho a guardar en privado o no.

La pareja funcionaba, estaban enamorados, pero cada cual entendía la sexualidad de una manera, y nunca se habló. Y ahora hay dolor. Sin embargo ambos se decían que se amaban todo el tiempo, y ninguno de los dos mentía.

Desde el principio podríamos preguntarnos ¿qué pareja queremos ser tú y yo? ¿Qué pareja decidimos crear? Porque podemos ser juntos lo que nos dé la gana ser. Una pareja es una obra de arte única e irrepetible. Y para crearla con libertad, tenemos que ser concretos, atrevernos a serlo.

 

Entonces estamos hablando de construir algo como de la nada, de crear algo totalmente distinto, fuera de todos los convencionalismos, de todo lo que cada uno pensaba sobre lo que es o no es una pareja…

 

Las convenciones no las tienes que rechazar porque sí. ¿Tú hubieses inventado esa convención? Entonces acéptala, porque tendrá que ver contigo. Si es lo que más te gusta… ¿qué culpa tienes de que sea una convención?

Y si no la hubieras inventado, si no encaja con la forma en la que tú lo sientes, entonces crea otra vida para ti. Dirán que “no es convencional”.  ¿Y qué? Esto no es motivo de orgullo, ni se trata de rebeldía o de distinguirse del resto, se trata simplemente de vivir a favor de uno mismo, no en contra de nada ni de nadie.

 

Entonces cuando tú estás con alguien, y le dices que le amas, ¿le tienes que explicar primero lo que significa para ti el amor? (risas)…

 

A veces dices te amo, aún sabiendo que no van a saber qué quieres decir. A veces te mueres por decir algo, incluso antes de saber lo que estás diciendo. De hecho “amarse” siempre consiste en descubrir juntos qué quiere decir para nosotros “amarse”. Así que, lo digas o no lo digas, lo importante es no dar por sentado que eso significa lo mismo para la otra persona, que te está entendiendo.

Y entonces me ciño a lo concreto, a lo que puedo hacer, y me encargo de que mi relación con ella sea la que exprese claramente lo que le digo cuando le digo que “la amo”. Es decir… tengo claro que es mi relación contigo la que expresa lo que siento por ti, y no lo que te diga que siento.

 

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¿Y si en vez de hablar de amor, hablamos de enamoramiento? ¿El enamoramiento es algo que ocurre en el cuerpo, un proceso “biológico”, o es algo que podemos controlar?

 

¿Qué decido que es el enamoramiento para mí? Es algo que se produce en el cuerpo, sí, debido a una mezcla de fuentes que se nos escapan, pero se manifiesta en el cuerpo de forma concreta. Hay estudios sobre el cerebro que lo muestran. Se entra en un estado de locura transitorio.

¿Lo puedes controlar? Creo que siempre hay un instante en el que decides dejarte llevar, o te detienes. Aunque sea imperceptible para ti. No decides que te enamoras, decides que te lanzas al vacío, a esa entrega completa, porque intuyes de alguna manera que necesitas vivirlo.

Y una vez que has decidido dejarte llevar, pierdes el control, y para justificarlo crees que nunca lo decidiste.

 

Eso me ha pasado. Y he sido consciente de que me pasaba. De que podía hacer las dos cosas…

 

Y en esa decisión interviene un montón de información que estás valorando a nivel inconsciente. Utilizando la metáfora del desdoblamiento, del físico francés Garnier Malet, podríamos decir que una parte de ti, que sabe más que tú porque viaja por el tiempo, recoge datos y señales inalcanzables para la consciencia, y las valora visitando futuros posibles. Todo esto sucede en lo que para ti es un instante. Así también podemos saber, sin darnos cuenta, lo que la otra persona busca, aunque ella ni siquiera crea saberlo. Y sin que sepas cómo tienes la conclusión inmediata a modo de sensación: “me conviene” o “no me conviene”.

Con “no me conviene” no sólo me refiero a un aviso de que si me implico en ello me voy a hacer daño, sino a que de alguna forma estoy captando que la otra persona no busca lo mismo que yo. Entonces mi intuición me dice… “Nos paramos aquí. Nos ahorramos el drama”.

Y con “me conviene” no me refiero necesariamente a que vaya a ser agradable, sino a que te conviene para afianzar la idea que necesitas tener de ti mismo, por ejemplo, o para desarrollar lo que intuyes que necesitas desarrollar en este momento de tu vida, o para aprender de una puñetera vez lo que aún no has aprendido.

 

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Todo eso son conveniencias que buscamos sin saberlo en el otro, obras de teatro que llevamos ya escritas y queremos escenificar. Y nuestro viajero en el tiempo valora enseguida si el otro estará dispuesto a interpretar el papel necesario para que nosotros podamos interpretar el nuestro.

 

¿Y si crees que esa intuición te está diciendo que sí, pero no das el paso?

 

Entonces es que te dijo que no. Tu intuición es la que te hace no dar el paso. Tu intuición tiene más datos de los que jamás podrás tener tú.

El intelecto, que para casi todo es muy tonto, es el que se pregunta antes si lo que está sintiendo tiene sentido o no, y es el que duda después si ha elegido bien o no.

Pero lo importante es que has tomado una decisión sin saber por qué, y eso es señal de que era lo que en verdad deseabas sin saberlo. “¿Por qué coño no di el paso?”, te preguntas. No lo sabes. Eso es la intuición.

 

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¿Qué pasa cuando te enamoras de otra persona y ésta no te corresponde? Ninguno da el paso, pero sigues obsesionada, aún sabiendo que no quiere nada contigo…

 

Bueno, no lo sabes. No sabes si de verdad no es correspondido, o si la otra persona está sintiendo lo mismo que tú. Porque tampoco tú das el paso. Y si ninguno da el paso, nada será desvelado. Existirán motivos ocultos para que así sea, conveniencias ocultas. Lo que está claro en este caso es que ninguno de los dos quiere darlo. Al menos de momento. Quizás por eso se mantiene a veces esa tensión incómoda que llaman “obsesión”, porque algo no se ha decidido aún entre los dos…

 

¿Qué relación habría entonces entre la intuición que me dice que “no” y esa tensión que me dice que “si”?

 

Pueden ser varias cosas. Depende. Como por ejemplo la simultaneidad de dos intuiciones que sentimos contrarias: la intuición de que no es el momento idóneo para que nos encontremos, y a la vez la intuición de que esa persona es la idónea en un futuro posible.

Pero normalmente esa lucha interna siempre representa la lucha entre la intuición y el intelecto, entre lo que conscientemente crees que te gustaría y lo que inconscientemente sabes que no te corresponde. El intelecto es un guerrero tonto, que se empeña una y otra vez en atravesar el muro justo por la puerta cerrada, y sólo porque le mola la idea de sí mismo atravesando esa puerta, ya ves, algo casi estético. Esa puerta con la que nos obsesionamos corresponde a un ideal infantil previo, por eso nos enamoramos a primera vista, por ejemplo. Pero el ideal, cuando la intuición lo contradice, nos entrampa, porque renunciar al ideal suele resultar doloroso.

 

Anda que no hay veces que te enamoras de alguien que no te conviene…

 

Eso es distinto, y hay que entenderlo bien… Lo que te convenga o no te convenga no tiene por qué ajustarse a lo que tú creas que te conviene o no. Puedes dirigirte a una experiencia dolorosa o decepcionante, pero quizás es lo que te conviene.

En magia no se considera que pueda haber error. Si sucede, decidimos que convenía, y entonces inventamos un sentido para ello. Incluso aunque consideres que no hiciste caso a tu intuición, también a esto puedes darle un sentido, y convertirlo en un aprendizaje. Siempre estás a tiempo de transformar un error en un acierto. El drama de la culpa es siempre tonto e innecesario.

Y esto no es engañarse. O sí, porque todo lo es. Cualquier historia que nos contemos es engañarnos.

 

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También cuando te quejas de haberte equivocado, de haber perdido tiempo con alguien, te engañas, y lo haces porque, para considerar que no lo has perdido, tendrías que aprender algo que te da mucho miedo aprender. De lo que hablo entonces es de engañarse de forma más inteligente, más consciente, más valiente, menos dolorosa.

 

La inercia que llevamos la mayoría es a repetir lo ya conocido cuando nos enamoramos. Pero me interesa mucho eso que has dicho antes de poder construir creativamente la pareja que ambos deseen…

 

Tal y como yo lo entiendo, el enamoramiento no tendría que ir asociado necesariamente a crear una relación de pareja. Porque el enamoramiento es un truco de nuestra biología para que procreemos. Nos sumerge en un periodo de fusión con el otro, de concentración.

Lo que ha sucedido es que has detectado a alguien que tu biología desea como padre o como madre de una futura cría. En el fondo el romanticismo y la pasión nos utilizan, somos instrumentos de una inteligencia que nos sobrepasa. Y esto es bello comprenderlo.

El problema es asociar ese impulso a una construcción cultural determinada, como la pareja. No. Alguien puede ser el progenitor perfecto para nuestros hijos, pero una pareja nefasta para nosotros.

 

Si el enamoramiento es “sólo” la detección de un futuro “padre” o “madre” para nuestras crías, ¿qué hay de las personas homosexuales que se enamoran? ¿Qué otros factores están involucrados en el acto de enamorarse?


Creo que el enamoramiento, entendido como te he explicado, siempre busca la procreación. Aun en el caso de que conscientemente entendamos que no es posible tener descendencia biológica directa entre ambos, al menos con nuestros conocimientos científicos actuales. Si soy hombre y me enamoro de otro hombre, mi biología está eligiendo igualmente a alguien que considera un buen progenitor para una hipotética progenie. Algo en nosotros, a nuestras espaldas, entiende que las características del otro, unidas a las nuestras, crearían un ser humano que nos gustaría aún más que nosotros mismos, y aún más que el otro. Y esto sucede tanto entre homosexuales como entre heterosexuales que se sepan estériles, por ejemplo. También sucede en el caso de que conscientemente tengamos claro que no queremos tener hijos biológicos nunca.

Y sucede así porque la procreación biológica sólo es metáfora de otra procreación más profunda. Toda unión de dos es concebida para crear un tercer elemento que trascienda esa unión. Este es un principio alquímico. Y para que la creación acontezca, deben unirse dos impulsos complementarios, que podemos llamar “femenino” o “maternal” y “masculino” o “paternal”, o como le de la gana a cada cual llamarlos. Y estos impulsos son independientes de la genitalidad y de eso que llaman “orientación sexual”.

Nos juntamos para procrear algo. Lo que sea. Vida biológica, una familia, un proyecto, una obra común, una empresa, una filosofía, una concepción del mundo, un habitat, un jardín, un camino, un baile, una historia… Y el enamoramiento es un mecanismo inconsciente de selección de socios idóneos. Incluso, como te decía antes, la pareja misma es una creación artística conjunta.

Todas estas cosas son “hijos” metafóricos, haya o no hijos biológicos. El verbo “crear” viene del latín “creare”, que significa engendrar, y pro-crear sería algo así como engendrar hacia delante, es decir: propagar. Los “hijos” propagan un legado. Nos juntamos con alguien para aportar algo nuevo al mundo que sólo es posible aportar a través de esa unión. Cuando no existe esa creación, sea en la forma que sea, la unión deja de tener sentido. Asociarse con alguien para nada es una estupidez.

 

Y entonces, si estáis enamorados, ¿cómo hacer para que eso funcione como pareja?

 

No tiene por qué funcionar. Ya veremos. A veces lo mejor es que algo no funcione. A veces la desgracia es empeñarse en que algo funcione. Además todo funciona hasta que deja de funcionar. O a veces te mueres antes de que deje de funcionar (risas).

Simplemente creo que es importante que seamos conscientes de qué es cada cosa en sí misma, para no ser prisioneros de un convencionalismo que no hemos elegido, para poder deshacernos de todos los apriorismos con los que nos han cargado, de todas las cosas que hemos dado por supuestas.

 

Saltar al vacío…

 

En realidad estás saltando al vacío siempre. Seas consciente o no, estás saltando al vacío. Si no eres consciente, te vas a dar cuenta más adelante, no te preocupes. Estás entrando en algo desconocido por muchas veces que hayas entrado, porque siempre es distinto.

Sin embargo, si estás preso de una convención, te crees que eso es algo determinado, algo ya convenido previamente, claro, definido. Y entonces crees que no estás saltando al vacío, porque estás intentando olvidar que ya lo has hecho.

Estás utilizando la convención para no asumir la incertidumbre, el vértigo. Y por eso vienen las desilusiones después. Creías que ibas agarrado, seguro, que sabías qué tenías entre manos. Pues no, lo siento mucho, no tenías ni puta idea. Nunca lo sabemos. Al menos conscientemente, nunca lo sabemos.

 

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Entonces podrías formar una pareja saltándote la fase del enamoramiento. Si el enamoramiento es una fase de locura transitoria biológica, y la parte de más consciencia es lo que ocurre después…

 

De hecho hay parejas que no se enamoraron nunca, y que se mantienen unidas a través de todo tipo de tormentas. Son parejas basadas en un acuerdo concreto y explícito, en una alianza táctica, pragmática, para facilitar y mejorar sus vidas, sin pretender que determinados sentimientos tuvieran nada que ver en todo esto, sin pretender ser otra cosa, aunque pudieran convertirse luego en otra cosa, o no.

En estos casos primero es la pareja, y a veces luego algunas parejas se enamoran, además. Pero no es necesario, puesto que no tiene absolutamente nada que ver con el pacto. Incluso, a veces, el enamoramiento rompe la pareja. El enamoramiento de una de las partes.

 

¿Y qué es lo que uniría a esas dos personas “no enamoradas”?

 

Creo que la sensación de ser un equipo, de amistad y complicidad, de que ambos se ayudan a ser lo mejor que pueden ser, la sensación de que, de alguna manera, eso amplía y expande sus vidas, de que aumenta su sensación de felicidad y bienestar, de poder y serenidad. Esto podría ser una idea del amor, tan válida como otra cualquiera.

 

¿Tú me proporcionas algo que yo no tengo, y yo te proporciono algo que tú no tienes?

 

Nadie te puede proporcionar algo que tú no tengas. Sólo te pueden proporcionar lo que ya tienes.

 

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Sin embargo hay gente, efectivamente, que entiende el amor de esta forma, como una forma de necesidad, como un negocio. Para mí esta idea del amor nunca podrá hacernos sentir bien, puesto que surge de una carencia que sientes tener, y tu relación se basará entonces en pedir y en esperar, en dar mirando de reojo a ver si recibes de vuelta lo acordado.

Cuando amas de esta manera, estás utilizando a la otra persona. No quieres lo mejor para ella, sino que te aporte lo que crees que te falta, que no se vaya nunca para que tú no te quedes sin ello. Y entonces aparece la posesividad. Y la continua insatisfacción y decepción. Porque tu carencia es un pozo sin fondo. Mientras se lo pidas a otro, no lo tendrás. Ya no eres un bebé. Y el otro jamás podrá dártelo.

Pero yo no hablaba de este tipo de relación. Para formar un equipo no tiene por qué existir necesidad. De hecho, cuanta menos necesidad, mejor funciona el equipo. Un equipo de mendigos es un desastre asegurado. Para mí un equipo tiene que basarse en la admiración mutua.

Sería así: A través de ti me doy a mí mismo algo que creía no tener, no porque no lo tenga, sino porque gracias a ti, lo veo al fin en mí. Y viceversa. Entonces el otro no es un instrumento para un fin, sino un compañero en un viaje infinito, un continuo encuentro conmigo mismo, con esa parte de mí que me enseña cómo ser mejor.

 

¿Crees que es más saludable vivir en pareja? Las encuestas dicen que las personas casadas viven más. Sufren menos infartos, etc…

 

Habría que ver bien en qué se basan esos datos. Pero creo que lo importante aquí es la sensación de soledad emocional, estés en pareja o no. Si te sientes solo emocionalmente, tu organismo sufre desamparo, y tu salud se resiente.

Esa sensación de soledad emocional puede sentirse también estando en pareja. De hecho es más probable, incluso más profunda, puesto que en pareja uno no puede justificarse esa soledad de ninguna manera. Incluso en relaciones sentimentales de tres o más personas, las cuales quiero hacer constar que hemos obviado, cuando cada vez se dan más a menudo. Pero en todo grupo, las relaciones siempre son individuales, tú con cada uno de los miembros del grupo. Se trata de varias parejas que experimentas a la vez. Es decir: siempre hablamos de parejas en el fondo.

Pero en cuanto a la soledad que se puede sentir, da igual el número de miembros en un núcleo sentimental. Porque es algo que tiene que ver contigo, y no con quien estés. Cuando la pareja nace del miedo a estar solos, estar en pareja os acaba haciendo sentir aún más solos. O dicho de otra forma: Cuando tienes miedo a estar solo, deseas estar solo sin saberlo, y entonces buscas parejas con quienes sentirte así.

 

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Por eso cuando quieres a toda costa encontrar a alguien, es cuando más necesitas ser honesto y estar solo.

Y cuando quieres estar solo por lo bien que te sientes así, es cuando más preparado estás para encontrarte con alguien…

 

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Si fueses pájaro lo entenderías

Como él mismo dice…

«Esta imagen es de hace 5 meses, cuando soñé que se posaban en mi sofá los primeros 500 ejemplares de este libro que escribí en el futuro. No sabía lo que sucedería después. Ahora me emociona saber que todos estos pajaritos ya están repartidos por el mundo, reflejando a tantos amigos que los sueñan. La primera edición se agotó en poco más de 3 meses. Desde entonces, con el verano de por medio, ha estado agotado. Muchos me habéis estado reservando ejemplares de la segunda edición, y solo quería anunciaros que ya vuelven a estar conmigo, que mañana comenzarán los envíos, poco a poco, que os agradezco mucho y me abruma la cantidad de solicitudes, la confianza y la paciencia que hebéis tenido. Os abrazo. Buen vuelo, y buenos sueños.»

Puedes reservar #SiFuesesPájaro aquí: www.davidtestal.com/sifuesespajaro

 

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Lesionados por carencias afectivas

Observo por la ventanilla el movimiento en la estación ferroviaria: pasajeros con su equipaje que van y vienen, subiendo y bajando del vagón. Miro mi rostro reflejado en el cristal. Mi equipaje está repleto de relatos que vienen y se van de mi vida, pasajeros. Nostálgica maleta de bellas y tristes memorias. Cuando suena el aviso de partir, estoy solo, nadie en mi compartimento. No hay pasajero que se haya sentado y se quede… me he acostumbrado a tener asientos libres cerca y me gusta esta tranquilidad; tampoco necesito compañía. Mejor en soledad que un mal compañero de viaje. Aunque en el fondo,  sé que no es del todo cierto…

Porque a veces se deslizan por esa cara acartonada e inerte de la ventana lágrimas amargas;

y me sacude como un relámpago en la noche, la lacerante soledad en el vacío.

Mis anhelos son líquido para el que no existe recipiente.

Carencia emocional

El ser humano es un ser emocional. Nos distingue como especie nuestra poderosa capacidad de vincularnos, y nos influye desde que nacemos hasta el final de nuestras vidas. Establecemos fuertes lazos y deseamos relacionarnos. Uno de los motivos básicos e instintivos de la experiencia humana es la búsqueda y conservación de un fuerte vínculo emocional con otra persona.  Esta motivación básica es lo que llamamos apego.

Existe una tendencia natural a buscar la cercanía física, de compartir estados emocionales, de conectarnos con otro ser humano. Sin embargo, existen personas que –aparentemente– parecen no estar fabricados con este ingrediente.

Hojalata sin corazón

¿Recuerdas al hombre de hojalata en el cuento del Mago de Oz? El fuerte compañero acompaña a Dorothy para recibir un corazón que le otorgue sensibilidad. La metáfora nos sirve para representar a cierto tipo de individuos que no exteriorizan necesidades emocionales, de consuelo, cercanía, comprensión, cariño… ninguna necesidad de amor. Expresan sus creencias acerca de los vínculos con un discurso teñido de pesimismo respecto a relacionarse. Muestran desencanto, una desconfianza de que pudieran existir relaciones auténticamente duraderas. No esperan ni piden de los demás ningún tipo de soporte afectivo, y naturalmente, tampoco lo obtienen.

Evitan la intimidad y cuando se enfadan son capaces de desaparecer de la vida de otras personas. Generalmente son personas independientes, incluso podría decirse que necesitan compulsivamente sentir y mostrarse independientes. No sienten angustia por no estar en relación, convencidos de que no van a conseguir lo que necesitan: ¿para qué implicarse? Y si existe malestar por esto, devalúan la importancia de las relaciones. No creen que eso que llaman “amor” exista: sus propias experiencias de decepción le confirman a modo de profecía, que así es.

Por otro lado, les cuesta expresar y conectar con su mundo emocional: si las emociones son la brújula que nos orientan en las relaciones, no saben interpretar muy bien las indicaciones de la aguja. No tienen una consciencia adecuada de sus necesidades y no son capaces de expresar su experiencia emocional interna. Inhiben su expresión, todo ese mundo les hace sentir descontrol. Si se permiten abrirse y comunicar sus emociones, les invade el miedo a la falta de respuesta, a ser heridos y al rechazo.

La imagen que quiero crear, no es la de un egocéntrico, frío y calculador. Imagina más bien a un niño que en su soledad siente que no hay, ni habrá, nadie a su lado. Un niño que siendo ahora grande, intuye que algo que debió estar no estuvo, ni está, y es vivido con un sentimiento de ausencia, de vacío. Creencias ancladas de forma profunda de que nunca se podrán satisfacer necesidades afectivas de amor. En su propia autoimagen, se ve como un ser que pase lo que pase acabará estando solo, o que ciertos aspectos que en el fondo necesita, nunca se obtendrán; aspectos que no serán escuchados o comprendidos, y por lo tanto no habrá nadie que los proporcione. Las necesidades de apego imprimen deseos que son centrales para el psiquismo, y como cualquier otro deseo al no poder ser realizado, nos deja en un estado de impotencia y desesperanza. Por ello hay que levantar muros, auténticas fortalezas para que el impacto de un posible asedio emocional no arrase con dolor. Dolor psíquico ya conocido pero que ha sido retirado de la realidad mental presente.

En cierta forma, coexisten dos modos de víncularse, pero uno de  ellos está reprimido1: se perciben como autónomos y sin necesidades, pero en su núcleo reside el deseo de contacto emocional y, especialmente de que no le “fallen” emocionalmente. Viven en una paradoja: por un lado la compulsión a la autonomía, que les da seguridad, control y calma, y por otro, una necesidad inconsciente de un vínculo cálido, auténtico, confiable, cuidador, seguro.

Anatomía de las carencias afectivas: su origen

Generalmente, estas personas provienen de contextos familiares cuyas figuras de apego se caracterizan por la ausencia. Esta ausencia pudo ser total debido, por ejemplo, a una situación familiar que implicó una separación larga o permanente con una o ambas figuras de apego, o por un fallecimiento en edades tempranas. Empero, es fundamental comprender que esa ausencia puede ser parcial, es decir, a pesar de la presencia y cuidado por parte de las figuras parentales, es posible que en otro nivel hubiera alguna falta, como por ejemplo en el plano emocional. Una madre puede estar siempre presente y atenta a las necesidades pero ser un desierto afectivo. Pueden darse contextos que le provoquen sentimientos de ser rechazado, no valorado ni merecedor de amor del ser querido debido a que recibe una interacción caracterizada por la frialdad, inaccesibilidad, severidad, etc. A modo de esquema, podríamos diferenciar la carencia emocional en tres tipos de fallas:

– Primero, pudo faltar un cuidado sensible, desde el afecto físico y la demostración de ternura –como las caricias y abrazos, o un habla cariñosa y cercana–, o bien la falta de atención a sus necesidades y deseos. Figuras de apego que fueron frías, poco demostrativas en los gestos de cariño, o que no dieron la atención y tiempo que el niño necesitó, hasta que se adaptó a esa forma de vínculo. Hay madres y padres que por sus propias condiciones psicológicas y situación vital no pueden o no disfrutan plenamente de una conexión emocional y cuidado del hijo, desconexión que es captada por el niño.

– Segundo, la carencia puede estar relacionada con la falta de empatía, de sintonía y conexión con el niño. Esto desemboca en una impresión intima de que no existe nadie que realmente sepa como se sienten por dentro ni que traten de comprenderlo. Hay padres que no consiguen empatizar adecuadamente con sus hijos, esto es, conectar con sus estados emocionales, las necesidades y dificultades, y por lo tanto, no consiguen regular adecuadamente dichos estados, e incluso imponen sus propias necesidades en sus hijos. Estos niños tendrán dificultades en regular sus propios estados emocionales y poder interpretar correctamente el mundo interno propio y de los demás.

– Por último la carencia afectiva puede estar relacionada con no sentirse protegidos, no poder desarrollar una seguridad básica.

La relación emocional cuidador-hijo se convierte en algo afectivamente estéril. El niño se adapta al adulto evitando la cercanía y la conexión emocional, ya que el vínculo inaccesible y frío por parte de la persona que necesita y ama, le resulta dañino.

La privación de las necesidades emocionales puede empezar muy pronto, durante el primer año de vida. Incluso antes de poder hablar y por ello es un aspecto psicológico que puede quedar fuera de la conciencia –sin lenguaje, no es representado mentalmente –.

infancia carencia emocional

¿Por qué se produce esta forma de protección emocional?

Los teóricos del apego2 señalaron que el apego organiza el desarrollo evolutivo de los niños, ya que dentro de la relación cuidador-hijo, le permite organizar su experiencia emocional y controlar sus emociones. Esto depende de la capacidad y sensibilidad del cuidador para sintonizar adecuadamente con las necesidades y demandas del niño. Desde el nacimiento existe un impulso natural a buscar la proximidad del Otro significativo en busca de un refugio y una base segura.

La función esencial de las figuras de apego es la de regular las necesidades fisiológicas y psicológicas básicas, por lo que la meta de la activación del sistema de apego es acceder y asegurar estas respuestas de cuidado y regulación. Según la calidad, la sensibilidad , accesibilidad y la continuidad de las respuestas aportadas por las figuras de apego, les permite desarrollar un sentimiento de seguridad en el apego, o bien pueden necesitar desplegar estrategias para adaptarse y autorregularse.

Las estrategias de apego se van consolidando en forma de organizaciones o estilos, diferenciándose en el tipo de estrategias utilizadas para regular el estrés y los estados internos de inseguridad y vulnerabilidad. Cuando la estrategia primaria de regulación afectiva del sistema de apego –es decir, la búsqueda de proximidad– no logra restaurar el equilibrio emocional por las experiencias negativas con las figuras de apego previas –inaccesibilidad, ambivalencia, intrusividad, rechazo, persecución, etc.– los apegos inseguros ponen en marcha estrategias secundarias. Las estrategias de los apegos inseguros, las cuales son psicológicamente adaptativas en la infancia, son esquemas mentales y sistemas defensivos establecidos en la primera infancia para combatir la desorganización ante la angustia y el dolor psíquico. Por un lado el estilo evitativo, utiliza estrategias para minimizar el impacto emocional de la activación de las necesidades de apego, mientras que los apegos con elevada ansiedad hiperactivan el sistema de apego y la expresión de conductas y afecto negativo para asegurar la presencia de la figura de apego.

Desde la Teoría del apego, el perfil de persona que estamos revisando en el artículo es predominantemente un estilo de apego inseguro Evitativo.

Señales de alarma en la elección y relación de pareja

En mi anterior artículo sobre la elección de pareja, hablaba de los patrones que se repiten debido a las experiencias vividas en las relaciones pasadas. Las relaciones de pareja pueden verse afectadas por la persistencia de esos esquemas internos, dado que las estrategias de los apegos inseguros son psicológicamente adaptativas en la infancia, pero tienden a ser un impedimento para un desarrollo afectivo, social y cognitivo adecuado, apareciendo dificultades en la edad adulta. La relación de pareja, e la relación de apego central en la etapa adulta y está influenciada de modo significativo por la historia relacional de cada uno de los miembros.

¿Qué tipo de experiencias y patrones pueden ocurrir en el contexto de una relación?

El “gatillo” que predominantemente dispara la transferencia del pasado será un vínculo con alguien que hace recapitular la carencia emocional, sea por el motivo que sea –porque existe alguna negligencia emocional como abandono, ausencia, rechazo, etc.–. Desde un esquema predominantemente evitativo/devaluador del apego, se puede decantar por una elección hacia relaciones distantes, con personas “desapegadas”, poco emotivas e implicadas… incluso con individuos que no pueden o no quieren entregarse a otro.

En este punto, puede que hayas reconocido en ti algo que ya conocías. Tal vez lo reconozcas en alguna persona querida. O puede que estés tomando conciencia de algo que jamás habías pensado. En el caso de que sientas identificación con la imagen que expongo en el artículo, si la persona que te provocó una atracción irresistible y magnética en el pasado o actualmente, percibes por su parte cierta frialdad, distancia, falta de compromiso, incomprensión, inaccesibilidad, evitación emocional; si está disponible esporádicamente y en situaciones que necesitas su presencia o apoyo no está; si provoca sentimientos de vulnerabilidad, obsesividad, enfado, celos y no te reconoces con esas emociones; si te fuerza a estar «mudo» cuando intentas expresarte emocionalmente, en el sentido de que no es capaz de escuchar ni comprender tu esencia emocional… ante esta situación sólo se me ocurre una palabra: huye.

Sin embargo, paradójicamente, normalmente puede ser que el protagonista de ese papel distante y frío seas tú.

Es común que muchos sientan una atracción intensa al principio, optimismo y muchas esperanzas, pero que termina desembocando en decepciones. La repetición del esquema puede ocurrir eligiendo personas que saben o sienten que no habrá un futuro en relación, o provocando que las relaciones no funcionen, volviéndose boicoteadores e impulsando a que les abandonen.

Curiosamente las personas con las que podrían formar una relación estable, que muestran cariño y entrega, parece que provocaran que el interés se volatilizara. El historial de relaciones puede ser en este caso amplio y muy inestable. Saben que en esos vínculos la pareja “estará ahí”, pero acaban perdiendo el interés o sintiéndose inundados por las necesidades del amante, que puede resultarles intrusivos, especialmente si llegan a demostrarles su dependencia y por la aparición de ciertas respuestas emocionales –como la rabia, la recriminación, o los celos, debido a que ese modo de vincularse crea inseguridad y despierta sus propios «fantasmas» –.

Aparte de no querer ser inundados emocionalmente porque les perturba, también podrían hallar el vacío que supone un vínculo centrado en atender las demandas del Otro, de no ser reconocidos en sus necesidades y estar excluidos emocionalmente –de nuevo…– .

También puede darse un historial de pocas relaciones, ya que es común una terrible capacidad para decidirse, en el sentido de comprometerse en una relación. Lo perciben como algo intrusivo, como una amenaza que pudiera atrapar su “privacidad y espacio”.  En el fondo, en su inconsciente, la amenaza y el terror real es volver a verse atrapados en una situación en la que vuelvan a estar carentes afectivamente; que les vuelvan a fallar. Existen por lo tanto casos de mayor soledad y evitación de relaciones íntimas, permaneciendo en relaciones muy distantes o evitándolas completamente.

Como puedes ver, son formas distintas de colocarse en una relación pero que desembocan en una situación común de carencia, reproduciendo la maldición. Para detenerla hay que entender las carencias vividas, conectar con ellas en el presente y sentir las necesidades de afecto y empatía de aquél  niño, y revisar su impacto en las relaciones pasadas y presentes. Esta reflexión profunda acompañada de la experiencia emocional, permite aclarar los patrones y anticipar los posibles peligros, pasos fundamentales para avanzar hacia el cambio y el bienestar en nuestras relaciones.

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1 He utilizado esta expresión para el público no familiarizado con conceptos psicoanalíticos. La expresión correcta sería disociado o escindido, en referencia a la exclusión defensiva de cualidades contradictorias e incompatibles en el psiquismo, dejando los aspectos inaceptables o traumáticos fuera de la conciencia.
2 Concretamente me refiero a los estudios de Sroufe y Waters (1977; citado en Marrone, 2009)
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Referencias bibliográficas

  • Marrone, M. (2009) La Teoría del Apego: un enfoque actual. (2º Edición revisada y ampliada). Madrid: Editorial Psimática.
  • Young, J. & Klosko, J. (2001). Reinventa tu vida : cómo superar las actitudes negativas y sentirse bien de nuevo. Barcelona: Paidós.

Asexualidad ¿Es la falta de sexo la última revolución sexual?

La asexualidad aparece con fuerza en los titulares de medio mundo en una época en la que el propio concepto de identidad está en crisis, un momento en el que para mucha gente los discursos nacionales, políticos o religiosos han dejado de tener sentido. De pronto, nos encontramos con el terreno bien abonado para el descubrimiento de nuevas identidades, nuevas categorías que  nos ayuden a saber quienes somos, que nos den una explicación y al mismo tiempo un marco de referencia para entender nuestra subjetividad.

Este es uno de los motivos que explican el masivo nacimiento de nuevas identidades a lo largo del siglo XX que continúa con fuerza acentuándose a partir del comienzo de la era digital. El declive del modelo normativo universal impulsado por occidente (hombre, blanco, heterosexual, cisgénero y cristiano) ha dado lugar a la reivindicación de todas aquellas identidades que permanecían en un segundo plano. Empezando naturalmente por la mujer y su lucha, todavía vigente, por ocupar el lugar que legítimamente corresponde a nada menos que el 50% de la humanidad, históricamente marginada.

La lucha por la libertad y el lugar de la asexualidad

asexualidad

Junto a la revolución feminista vino la racial, la de las minorías sexuales y muchas otras. La mayoría de estas reivindicaciones, como podemos ver todos los días en las noticias, están a la orden del día. Lo cual, por cierto, no quiere decir que no podamos estar orgullosos como civilización de todas las cosas que hemos conseguido.

En este entramado identitario una de las grandes luchas ha sido la de las minorías sexuales. Desde el principio este asunto fue de gran complejidad, se trataba de nombrar por primera vez en siglos, de forma no peyorativa aquello de lo que estaba prohibido hablar (o al menos hablar bien). Esa es una de las razones por las que el colectivo ahora conocido por las siglas LGBTI (Lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales) ha sufrido tantos cambios internos hasta la formulación que actualmente es más frecuente, no sin polémicas, como veremos, de hecho la «I» es una incorporación bastante reciente, no aceptada por todo el mundo.

Cada una de estas siglas lo que representa al fin y al cabo es una identidad que históricamente no ha podido ser expresada por su lejanía del modelo normativo del que antes hablaba. Pues bien, en este momento hay varios colectivos que desean añadir letras a LGBTI, uno de ellos, tal vez el que está haciendo más ruido en internet es el asexual, pero ¿Es razonable, con lo que sabemos, la inclusión de la «A» junto con las otras siglas?.

¿Qué es la asexualidad?

Los defensores de la asexualidad como una orientación sexual más (además de la heterosexual, homosexual y bisexual), pretenden establecer paralelismos entre esta y aquellas que habiendo estado perseguidas durante siglos ya han alcanzado ciertos grados de aceptación en la sociedad, este es uno de los motivos por los cuales desean su inclusión dentro del colectivo LGBTI, que ha servido históricamente para dar voz a aquellos que tenían una sexualidad, sexo o género no normativo.

Pero vayamos al tema que nos ocupa, ¿Cómo se definen los propios asexuales? En la versión española de la web de la asociación internacional más importante de asexuales, AVEN, definen al asexual como :

La persona que no experimenta atracción sexual hacia otras personas. No es lo mismo que ser célibe, ni lo mismo que ser asexuado o antisexual. No implica necesariamente no tener libido o no practicar sexo o no poder sentir excitación o no poder enamorarse o no tener pasiones o no sentir deseo. En la comunidad asexual la consideramos una orientación sexual, hacia ningún género o sexo, o la falta de orientación sexual, siendo ésta referida sólo a la atracción sexual ya que la orientación romántica de cada persona no tiene por qué coincidir con la sexual.

Encontramos mucha información en esta definición, veamos parte por parte.

De entrada queda claro que la asexualidad no tiene que ver con el celibato, es decir con la opción de no mantener relaciones sexuales aunque exista atracción o deseo. Esta distinción parece muy importante, es decir, la asexualidad tiene que ver con la atracción sexual, no con el hecho en si de no practicar sexo, ser virgen o hacer votos de celibato.

Tampoco es lo mismo que ser asexuado, cosa que equivaldría a no tener órganos genitales, ni que ser antisexual que supondría odiar el sexo.

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Lo que sigue es más complicado, esta definición plantea que los asexuales pueden mantener relaciones sexuales o tener conductas autoeróticas, lo harían en estos casos por contentar al otro, para liberar tensiones o por una descarga fisiológica. En este sentido efectivamente también podrían enamorarse y sentir pasión romántica sin necesidad de sentir atracción sexual, quedaría así desligado una vez más el sexo del amor, lo que para algunos teóricos sería un amor incompleto o platónico y sin embargo ha sido extremadamente popular desde la época de los juglares y el amor cortés.

Asexualidad, libido y deseo

La parte más compleja de esta definición sería, sin embargo, aquella que afirma que «ser asexual no implica necesariamente no tener libido (…) o no sentir deseo.» Esta frase es equívoca a mi parecer, ya que los conceptos de libido y deseo son amplios y cuentan con numerosas definiciones posibles.

Libido, por ejemplo, según la RAE sería:

Deseo sexual, considerado por algunos autores como impulso y raíz de las más varias manifestaciones de la actividad psíquica.

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Bien, si la libido es el deseo sexual y el asexual es aquel que no experimenta atracción sexual hacia otras personas vemos que el elemento diferencial es lo relacional. Es decir, que según AVEN el asexual puede experimentar deseo sexual pero este es un deseo sin objeto deseado.

Es ciertamente posible para todos nosotros experimentar este tipo de deseo sin objeto, es esa comezón, esa sensación interna, es angustia difícil de nombrar que intentamos eludir, silenciar o encarrilar mediante estímulos externos. Esa sensación de deseo sin objeto deseado es normalmente desagradable para el sujeto, necesita ponerle nombre y colocarla en algún sitio (comida, pareja sexual, relaciones sociales, agresividad, deporte, etc…). Por eso, se plantearía en este caso que existen personas que experimentan no simplemente un deseo, sino un deseo de índole sexual pero no dirigido nunca hacia ningún objeto. ¿Quedaría entonces este deseo sexual perpetuamente insatisfecho por no contar con un objeto sobre el que proyectarse o sería simplemente satisfecho mediante la estimulación física y el orgasmo?

En este sentido creo que AVEN entiende por asexuales tanto a aquellas personas que no experimentan ningún tipo de deseo sexual como a aquellas que experimentan deseo sexual pero no dirigido hacia ningún objeto. En caso de considerar la asexualidad como una orientación sexual entiendo que solamente sería adecuado en el segundo de estos dos casos, puesto que en el primero no existe orientación ni falta de orientación sexual puesto que no existe un deseo sexual que orientar o no orientar.

Por otra parte, cuando la RAE se refiere a «algunos autores» habla claramente de los autores psicoanalíticos. Sigmund Freud consideraba efectivamente a la libido como la energía de la pulsión, aquella que llevaba al ser humano hacia la vida y que inicialmente tenía una expresión principalmente sexual, aunque podía sublimarse por diversos medios y manifestarse en multitud de formas.

Según comprensiones más modernas desde el psicoanálisis la libido se reconceptualiza como la capacidad deseante del sujeto. Existiendo por tanto deseo existiría libido. De este modo una «baja libido» sería entendida como un déficit en la capacidad deseante. En este caso es importante diferenciar entre una baja libido originaria o sobrevenida. Si es sobrevenida habrá que considerar qué es lo que la provocó, podemos encontrarnos en este caso, por ejemplo, con un Trastorno de deseo sexual hipoactivo o con otras eventualidades que pueden afectar al deseo sexual de tipo biológico como cambios hormonales, por ejemplo.

Conclusiones

Mi conclusión, según los testimonios que he ido leyendo y los casos que he podido ver en la consulta es que la asexualidad no es, como suele suceder en psicología, una cuestión de blancos o negros, sino de diferentes tonalidades de gris.

Dentro de este degradado de grises podremos encontrar desde la persona que no siente ningún tipo de deseo sexual hasta aquel que tiene un deseo sexual reducido con respecto a la media. Esta falta de deseo/atracción/orientación sexual probablemente sea múltifactorial, como suele suceder con todo lo que tiene que ver con la construcción del deseo, más aún cuando parece que bajo la categoría de asexualidad pueden estar englobadas cuestiones de diversa naturaleza y etiología.

En este sentido, creo que, en la clínica, para poder hablar de una auténtica asexualidad, se impone primero descartar cuestiones farmacológicas o biológicas que podrían estar afectando negativamente al deseo sexual, en esta linea sería necesario descartar también, las dificultades que pueden  experimentar personas que han tenido una educación muy represiva en materia sexual y por último las posibles experiencias traumáticas relacionadas con el sexo (Por ejemplo, agresiones sexuales, abusos, etc…).

Una vez descartadas estas variables creo que es ciertamente posible que dentro de la infinita variedad de la familia humana existan personas que sean genuinamente asexuales, tal vez nacidas así, tal vez como resultado de sutiles cambios hormonales o influencias ambientales recibidas en la más temprana infancia, en realidad, eso es materia para los investigadores, mientras tanto lo que nos toca a los clínicos y a la gente en general es contar con la experiencia subjetiva de las personas. Y si no existe un malestar interno al respecto ni un anhelo por estar perdiendo la experiencia de disfrutar de la sexualidad, creo que es posible que estas personas desarrollen una vida plena.

Quedan sin embargo muchas preguntas por resolver: ¿Cuales son las causas de la asexualidad (o las asexualidades)? ¿Cuales son los condicionantes biológicos y psicológicos que están en juego en estos casos? ¿Qué sucede con estas personas que experimentan un deseo sin objeto? ¿En verdad podemos considerarlas como asexuales de la misma forma que aquellas que no experimentan ningún deseo? ¿Qué realidades diferentes estamos contemplando cuando hablamos de asexualidad? y por último ¿Podemos considerar a la asexualidad (o a una parte de lo que se considera asexualidad) como una orientación sexual más, o hay que conceptualizarla de otra manera?

Mientras nuevos estudios responden a nuestras preguntas nos queda la cuestión inicial, es decir, si esta nueva identidad, bajo la cual un número creciente de personas se ampara tiene hueco dentro del colectivo LGBTI o debería constituirse en otro colectivo diferenciado, al final este es un tema de índole político-filosófico que está abierto al debate. Tal vez la solución sea, como proponen algunos activistas abandonar las siglas tradicionales y cambiarlas por unas más inclusivas: GSRDI (Géneros, Sexualidades y Romanticismos Diversos e Intersexo). 

Mientras tanto, respetando la diversidad y la complejidad humana, pensemos, investiguemos, debatamos y mantengamos una mente abierta.

 

 

Enrique Schiaffino

Psicólogo colegiado en Madrid

Fundador de Psiquentelequia

 

 

 

Elección de pareja: ¿somos libres de la herencia familiar en la repetición de patrones dolorosos?

Desde mi humilde experiencia, y gracias al trabajo personal que he estado haciendo en los últimos años, puedo ver de forma cristalina que las elecciones de pareja que he hecho nunca han sido aleatorias. Podemos decir que el azar o el destino están implicados en las personas con las que nos hemos cruzado durante los años, pero la verdad es que los fenómenos de atracción y de apego tiene una explicación mucho menos romántica. Algo que ya pudimos ver con el artículo de nuestro compañero Hugo.

 

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La triste realidad es que no somos tan libres como pensamos, y que las elecciones que hacemos vienen determinadas por la herencia psicológica que llevamos con nosotros, ya que esperamos encontrar a alguien que sea compatible con lo que cada miembro de la pareja ha heredado durante generaciones.

Si nos fijamos bien en cualquier pareja de nuestro entorno, veremos que hay características que se parecen, y otras que se complementan. Pensemos por ejemplo en una pareja en la que ambas personas tienen un gran sentido de la responsabilidad, tienen un carácter fuerte y mucha determinación. En estos valores, que ambos han heredado de sus sistemas de origen, se reconocen.

Por otro lado, ella es divertida y se ríe continuamente. Mientras que él es una persona seria. En este caso dichas características no encuentran una homóloga en la pareja. Sino que se complementan. Y son los rasgos que generarán atracción entre las dos personas.

 

Lo que nos atrae de la pareja

Según la psicología sistémica y la psicogenealogía, lo primero que nos interesa de una pareja, al conocerla, es encontrar esa mínima base de características parecidas para podernos entender con el otro. En el ejemplo anterior sería el sentido de la responsabilidad, el carácter fuerte y la determinación.

Estos puntos en común funcionan como facilitadores de la relación, pero realmente no tienen mucho que enseñarnos porque ya los llevamos en nuestra propia herencia. Garantizan la compatibilidad a un nivel básico, pero no aportan nada nuevo. Son importantes para la colaboración de la pareja, pero no resultan atrayentes.

Lo que nos atraer verdaderamente de la otra persona son esas características que no tenemos nosotros. Lo que carecemos pero nos gustaría tener. Es la búsqueda de lo que nos complementa, porque nos falta. En el ejemplo anterior, él se va atraído por la alegría de ella, porque él no la tiene. Al igual que ella se ve atraída por la seriedad y la compasión de él, ya que se ve incapaz de asumir situaciones que requieran dichas actitudes.

Así, la pareja aspira a ser un todo completo. Como si cada uno de sus miembros hubiese firmado un poder, cada uno de ellos puede vivir lo que se le ha prohibido vivir en su familia de origen a través del otro. Este complementariedad crea una admiración profunda entre ellos, una atracción que conduce a la pasión.

La pareja se construye sobre el compromiso de que cada uno suplirá las carencias del otro para ser una pareja completa y feliz. Aunque no es oro todo lo que reluce. Con el tiempo, lo que al principio resultaba atrayente se convierte en un fastidio, porque obliga a cada miembro de la pareja a encasillarse en una especialización de la que no puede huir. Y porque generará una relación de dependencia. Con los años, este «fastidio» se puede hacer que la pareja vegete, muera o madure.

 

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Espejos que  no queremos mirar

Aunque esto es lo más común, en ocasiones puede ocurrir lo contrario. Si en tu sistema de origen la prohibición de expresar una emoción o un comportamiento fue muy fuerte, sólo con verla en otra persona nos generará mucho rechazo. Y bajo ningún concepto querremos vivirla a través del otro. En vez de admiración, sentiremos envidia consciente o inconsciente hacia la característica que la otra persona puede expresar y que nosotros no podemos desarrollar.

Entonces, la atracción se convierte en repulsión o atracción conflictiva. Esta atracción nos moviliza a un combate hacia la persona que posee la «atracción prohibida» en nuestro código. Fenómeno que tiene el nombre de polarización.

Esta polarización es la que explica las antipatías entre las personas. La gente que nos cae peor son las que más pueden enseñarnos sobre nosotros mismos. Lo que sentimos hacia alguien que nos resulta antipático puede enseñarnos lo que tenemos reprimido en el fondo de nuestro corazón, ya que no nos damos permiso para sentirlo.

Los fenómenos de procuración (poder que una persona da a otra para que ejecute algo en su nombre) y de polarización son posibles gracias a la proyección que hacemos en la otra persona de aquellas partes menos desarrolladas de nosotros mismos. La proyección es inevitable ya que nos permite exteriorizar las tensiones que estos déficits nos crean.

 

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Elección de pareja

Las prohibiciones, derechos y prohibiciones que hemos interiorizado de nuestra familia de origen, así como las carencias que hemos vivido en nuestra vida producto del entorno, explican cierto número de criterios que tenemos en cuenta a la hora de escoger una pareja.

Toda esta herencia jugará un papel fundamental en nuestra elecciones. Por ejemplo, una mujer que tuvo un padre que vibraba con la libertad, la locura y la originalidad, no elegirá esas características en su pareja, porque pudieron ser las razones de haber vivido muchas carencias económicas durante la infancia. Así, preferirá valores como la estabilidad y la seguridad material.

Estas características, que serán muy valoradas por dicha mujer, no serán las que despierten su pasión. Además, ella deberá buscar otras vías para poder expresar la libertad, la locura y la originalidad que ha heredado y forman parte de ella.

De la misma manera él, que creció en un entorno acomodado, no buscará esas características en su mujer. Ya que él necesita el complemento que le permita vivir esa locura y originalidad que tuvo prohibido en su infancia.

 

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Desarrollo del potencial

El potencial de crecimiento de cada uno de los miembros de la pareja es una fuerza con la que hemos nacido y que nos es propia. Esa fuerza, bien canalizada, nos lleva a la autorealización. Aunque a algunas trayectorias vitales son más propias que otras para ese desarrollo, en cuanto que contienen los estímulos y recursos necesarios para que crezca. Además, estos recursos deben combinarse con las capacidades y la motivación de la persona para que se de una eclosión completa.

La herencia con la que hemos de vivir una vez que abandonamos nuestra familia de origen tiene todos los componentes innatos y adquiridos de este potencial. Donde las capacidades y la motivación del individuo no se han podido desarrollar, se creará, como en el caso de las emociones, un canal de derivación que compense las carencias. Esa pérdida de parte del potencial no explotada quedará en suspenso y la forma en que se exprese influirá en las relaciones de pareja.

La parte de renuncia y l aparte de realización del potencial marcarán la trayectoria persona, de pareja y familiar.

 

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El éxito

Cuando nos unimos a otra persona desarrollamos, consciente o inconscientemente un proyecto común en relación al éxito. Por muy evidente que nos parezca que todo el mundo quiera llegar a tener éxito, conseguirlo o no depende de muchos más elementos que el simple hecho de desearlo o de tener una voluntad consciente para ello.

Crecemos en base a un «código legal» que rige la vida familiar, registrando muchos datos contradictorios, contenidos en ese código, relativos al tema del éxito.

Según Vincent de Gaulejac: «Los padres quieren que sus hijo tenga éxito y consiga un estatus más prestigioso que ellos; pero al mismo tiempo, no desean que sea demasiado diferente a ellos mismos, que no se convierta en un ser extraño y que no sienta la necesidad de renegar de sus orígenes. Quieren que sea otro siendo el mismo, con lo que implantan una contradicción entre lo idéntico y lo diferente en la construcción de la identidad del hijo».

Por ejemplo, una pareja puede tener diferentes conceptos del éxito. Ella, pudo vivir en una familia en la que se le inculcó que tener éxito es sospechoso, y más aún cuando uno se hace rico. Por consiguiente, los ricos corren el riesgo de ser rechazados por el mero hecho de serlo. Por su parte, él pudo aprender que el éxito sólo se consigue a través de una feroz competición en la que se excluyen los afectos. Por consiguiente, por mucho que esta pareja desee tener éxito, difícilmente lo tendrán nunca…

El potencial conyugal sólo podrá fraguarse un camino si se llega a un compromiso entre los deseos de cada uno, las condiciones para alcanzar los objetivos y las prohibiciones. Y teniendo en cuanta que los dos últimos elementos los hemos aprendido de forma inconsciente en el seno familiar, tendremos que hacer un trabajo profundo para sacarlos a la luz, en primer lugar, y decidir si en nuestra vida tienen algún sentido.

 

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Fuentes:

  • Psicogenealogía. Daris y Lise Langlois. Ediciones Obelisco. 2 edición del 2014.

Fotos:

 

Elección de pareja: la repetición de patrones tóxicos

De nuevo en el borde de la cama, mis ojos vidriosos repasan cada recuerdo como si leyeran un libro abierto. De nuevo en el mismo punto, con el mismo lastre que sobrecarga el interior de mi cuerpo. ¿Cómo es posible? Personas distintas, relaciones análogas. Idénticas emociones en forma de tormenta que rasgan por dentro. Una mala fotocopia de una imagen distorsionada copiada en otro momento.

Y ahora no queda más que el vacío de la ausencia.

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¿Cómo seleccionamos a otro ser humano para establecer una relación amorosa?

A priori, buscamos establecer una relación satisfactoria y duradera, que permita alcanzar determinadas metas y valores, y que satisfaga necesidades psicológicas y biológicas que aseguran el cuidado, preservación, e integridad física y mental. Y esta idea puede cumplirse en personas que debido a su historia biográfica y características psicológicas, les permite disponer de vínculos que, a pesar de los conflictos, contribuyen a su estabilidad, al sentimiento de seguridad y a dicho equilibrio psicobiológico. Sin embargo, no siempre es así…

Muchos tienden a elegir parejas con las que construyen y repiten vínculos inestables, perturbadores, destructivos o patológicos. ¿Por qué no impiden la experiencia dolorosa y el aprendizaje que vuelvan a emerger  las mismas configuraciones de relación?¿por qué de nuevo atraídos por mismos rasgos de personalidad?¿por qué con personas diferentes se repiten los mismos círculos viciosos?

Una elección no elegida

El quid de la cuestión es que no elegimos sentirnos atraídos por alguien voluntariamente; ni elegimos las emociones que surgen en nuestro cuerpo; ni decidimos inclinarnos por unas personas más que por otras. No es como ir al centro comercial, comparar características de un producto y decidir comprar o no. No somos teléfonos móviles ni televisores.

Gran parte de la dinámica de las motivaciones y deseos que nos impulsan a preferir a alguien, son procesos inconscientes y que no dependen de decisiones racionales. Los enlaces que llevan a una persona a preferir magnéticamente a otra parten de la propia estructura psicológica y de sus experiencias biográficas. De hecho,los potenciales conflictos que destruyen las relaciones, tienen su origen ya en la elección mutua.

Algunas cualidades de la otra persona que resultan atractivas son conscientes. Son accesibles con el pensamiento para nosotros y forman parte de las creencias de por qué se le elige –sentimientos captados por el lenguaje en frases como ”me atrae mucho físicamente”, ”es muy inteligente ”, “me ofrece mucha atención y cariño”, “tenemos un sexo fantástico”, etc.–. Pero es esencial comprender que no todas las motivaciones son evidentes: si alguien mantiene una relación disfuncional con una persona –aparentemente– inadecuada, seguramente significa que en otra parte de su psiquismo le está ofreciendo satisfacción, compensando fallas y necesidades internas. Detrás de toda motivación y deseo, existen necesidades psicológicas y biológicas, susceptibles de ser mutuamente solicitadas y atendidas en una relación de pareja: un refugio para sentirnos seguros y amparados, para el cuidado físico y psicológico mutuo; un espacio de encuentro entre necesidades de intimidad, de goce sensual y sexual; para la aceptación, la comprensión,  la atención, la admiración, la valoración…

Existe también la necesidad de huir o estabilizar los estados displacenteros internos y que puede ser regulado en una relación. Por ejemplo estados depresivos, de ansiedad, de angustia ante la amenaza de la propia integridad física o mental, ante la soledad, la separación o la pérdida de figuras significativas, o aspectos de la autoimagen que provocan sentimientos de inferioridad, vergüenza o culpa, etc. También la necesidad de asumir determinadas identidades: protector o protegido, cuidador o cuidado, culpable o indefenso, admirado o admirador, devaluador o devaluado, abandonado o abandonante, seducido o seductor, perseguido perseguidor, etc. La lista es tan larga como experiencias vividas, son ejemplos de cómo buscamos inconscientemente asumir determinadas identidades o roles –y que el Otro asuma también–, ya que impactan y transforman directamente nuestra autoimagen. 

La elección ocurre dentro de un espacio común de transacciones entre dos subjetividades, dos sujetos en relación que crean un impacto en sus sistemas de motivaciones, y en esa matriz de interacciones se satisfacen, frustran, y transforman mutuamente, adoptando y formando configuraciones de roles y posicionamientos recíprocos.

La repetición de patrones tóxicos: visitas de fantasmas

Existe en ciertas personas un patrón repetitivo de elección “no elegida” de relaciones disfuncionales en las que se reexperimenta lo vivido en el pasado, muchas veces el mismo lazo doloroso. Freud señalaba la existencia de este sesgo demoníaco o el eterno retorno de lo igual, en pacientes que revivían con pesar las mismas situaciones disfuncionales o patológicas provenientes del pasado –la compulsión a la repetición –.

La preferencia de pareja puede quedar sesgada inconscientemente hacia personas con las que se van estableciendo configuraciones de relaciones análogas a las experimentadas, aunque actualizadas en un contexto y realidad presente; además, el Otro actúa desde sus propios esquemas como “cómplice” de círculos viciosos que acaban derivando en tóxicos.

Nuestras experiencias dentro de las relaciones van creando un conocimiento implícito acerca de éstas, y permiten un reconocimiento de elementos muy sutiles de comunicación emocional no verbal en las interacciones, así como elicitar respuestas emocionales y pensamientos automáticos ante ellas. Esta memoria implícita relacional, nos permite procesar e identificar lo ya vivido con otra persona; y esa misma memoria es la responsable de perpetuar los patrones que nos posicionan en determinados roles y de disparar estallidos emocionales que a veces nos «secuestran» hasta el punto de no reconocernos. Se borran los límites entre la realidad actual y el pasado porque el sujeto en el presente activa al mismo tiempo los fantasmas a los cuales ha ido enfrentado desde niño.  El cuerpo se dispara ante el “gatillo” apropiado.

Se trata de un trasvase desde el ser que en el pasado –en la infancia, adolescencia o primeras relaciones amorosas– necesitó a unas figuras buscando amor, cariño, atención, calma, ternura, reconocimiento y valoración, pero encontró negligencia en su cuidado físico, psicológico o afectivo, y en su extremo el trauma grave por el abuso y el maltrato. Tal vez éste sea el tipo de comportamientos que viene a la mente al lector, pero la falla puede ser mucho más sutil y silente. Puede ser un regreso emocional a un vínculo con poco cariño,con frialdad emocional o cierta indiferencia a necesidades afectivas; a un vínculo excluyente y abandonante; a vínculos devaluadores, críticos, invalidantes, persecutores, severos; a vínculos de amor condicionado a deseos o necesidades ajenas a él; a vínculos que impiden la autonomía, que ahogan la iniciativa y la independencia; vínculos llenos de agresividad, desprecio…

Las perturbaciones en el vínculo con las figuras significativas, parentales o no, empujan muchas veces al encuentro compulsivo con ese trauma relacional vivido. Reaparecen desde la sombra de la memoria múltiples experiencias de angustia y sufrimiento, que nos alertan en el cuerpo sobre la amenaza del dolor psíquico, activando estrategias defensivas que en algún momento permitieron sobrevivir y equilibrar el psiquismo, pero que en muchos casos son disfuncionales en la relación presente. En cierta forma, nuestras relaciones actuales pueden ser perseguidas por fantasmas de las pasadas.

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Explicación de la repetición

La búsqueda compulsiva de recobrar lo vivido, puede producirse con el objetivo de reparar las fallas emocionales, de alguna forma una oportunidad de lograr un resultado diferente, una nueva oportunidad de enfrentarse a roles y situaciones ya vividas, buscar enmiendas, curar heridas profundamente ancladas en lo más profundo del ser. En resumen, obtener un amor de la figura de apego de la forma que fue vital tener y no se tuvo. 

Desde una perspectiva teórica actual, distintas escuelas y orientaciones de psicoterapia coinciden, aunque con distinto lenguaje técnico y perspectiva, en que la mente se estructura en el seno de las relaciones, y que determinados aspectos sobre los modos de relacionarse, así como la autoimagen y las expectativas de los demás quedan grabados en forma de esquemas, que actúan de manera estable en forma de automatismos en el pensamiento y las emociones. Esto se debe a la tendencia de nuestra mente a conservar una continuidad y cohesión con la experiencia asimilada. Se mantiene cierta necesidad de estar en contacto con formas de relación que son familiares a su experiencia y que les mantiene conectados con el mundo interpersonal conocido.

“los sentimientos dolorosos, las relaciones autodestructivas y las situaciones de autosabotaje se recrean a los largo de la la vida como medios de perpetuar los primeros lazos con las demás personas significativas” (Mitchell, 1993, p.40)

Algunas veces toman los roles traumáticos como una forma de obtener en el presente el control de situaciones que fueron desbordantes en el pasado. En esos aspectos emocionales que se transfieren al presente, no sólo se repiten las mismas configuraciones o posicionamientos ante el Otro, sino que también se pueden invertir los roles: la víctima siempre aprende los dos papeles de la situación traumática, víctima y verdugo, dos caras de la misma moneda. Éste es el caso de las personas que, habiendo sido sufrido alguna negligencia , se identifican con el perpetuador y repiten la escena en su  conducta como una forma de obtener una identidad poderosa, no débil, pasiva ni padeciente. En el reverso de la moneda, otra forma de control en la transferencia es adoptar comportamientos de sumisión, pasividad y sometimiento ante los deseos y abusos del Otro, con el objetivo de aplacar al persecutor o incluso provocarle intencionadamente, re-actuando la situación pero esta vez de una forma controlada y no sorpresiva, ya que es uno quien cree ser protagonista y responsable de lo que le ocurre. Con estas conductas masoquistas se reduce el impacto traumático, mediante la autoinculpación y «salvando» a la  figura de apego, que, a pesar de todo, sigue necesitando.

¿Condenados a enamorarse mal?

Resumidamente, a veces ocurre que el objeto de amor elegido no va en consonancia con atributos y cualidades, psicológicas y físicas, que le atraen o convienen a un sujeto: puede estar cubriendo inconscientemente a otro nivel motivacional algún vacío o compensando un conflicto, de un aspecto que es esencial para él/ella. Por esto, no tiene sentido decir que se elige mal y culpabilizarse: en primer lugar porque no es voluntario, y en segundo porque las emociones se dirigen a elegir lo mejor de lo que está disponible, para resolver parcialmente ciertos deseos y necesidades que pujan desde dentro de una persona en un momento específico; aunque no sea lo más adecuado para la totalidad de dicha persona.

¿Pero es eterna esa condena? La respuesta es NO.

Me gustaría invitar a la reflexión de qué aspectos puedan estar enganchando a relaciones tóxicas. Qué motivaciones pueden haber detrás de dichos patrones. No es mi intención hurgar gratuitamente en cicatrices ni memorias dolorosas, pero sí convidar a un aprendizaje personal que permita una mejor elección de pareja, así como para mejorar aspectos dentro de una relación ya establecida. Está en nuestras manos la decisión de con quién compartimos nuestra vida y cómo lo hacemos. De ahí la importancia de dar un primer paso y reconocer la implicación psicológica propia.

Tras una apropiada exploración, que permita una reflexión sobre las experiencias vividas y una comprensión que ofrezca una coherencia, es especialmente importante tener una oportunidad de vincularse, actuar o pensar de una forma distinta dentro de una relación significativa–como una relación de apego seguro o una relación terapéutica, que permiten una experiencia reparatoria y de regulación emocional–, ya que es la única forma de imprimir experiencias emocionales correctoras en la memoria implícita.

El azar sigue actuando en la vida y existen nuevas oportunidades de establecer distintos vínculos, pero desde luego la atracción es mucho mayor hacia esos vínculos inadecuados, y no es una solución saltar de relación en relación manteniendo el mismo lastre. En cada relación se abre una ventana hacia el pasado, a lo experimentado en las relaciones a lo largo de la vida. Se reviven y despiertan deseos y angustias, pero se brinda la posibilidad de sanar, de realizar lo nunca vivido en un vínculo, de construir mutuamente lo íntimamente anhelado. 

Referencias bibliográficas

  • Bleichmar, H. (1997). Avances en Psicoterapia Psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós Ibérica.
  • Filippe dos Reis, H. (2016). La elección de objeto de amor desde el enfoque Modular-Transformacional: el encuentro con el Otro. (Pendiente de publicación)
  • Freud, S. (1914). Recordar, repetir, elaborar. En Freud, S. (2007) Obras Completas, Vol. XII. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.
  • Mitchell, S. (1993) Conceptos relacionales en el psicoanálisis: una integración. Madrid : Siglo XXI

Pareja equilibrada: juntos pero no revueltos

Sentirse bien individualmente y al mismo tiempo sentirse bien en pareja es una de las grandes metas de una relación. Crecer a nivel personal y hacerlo a la vez al lado de la persona a la que queremos, es una búsqueda ansiada. Y es por ello que uno de los aspectos más importantes -y a la vez más difíciles- a la hora de «negociar» nuestras relacionales es encontrar el equilibrio entre los límites del espacio individual y el de la pareja.

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Según diversas investigaciones recogidas sobre conflictos en la pareja (Will,1978) el principio de deslinde, entendiendo éste como aquel que regula los límites dentro y  fuera de una relación:

«Es uno de los elementos clave a la hora de predecir el éxito en la pareja, ya que los límites internos regulan el continuo dependencia/independencia entre ambos miembros y los límites externos marcan la distancia entre la propia pareja y el mundo exterior (amigos, hijos, trabajo, familias de origen, etc.).»

La propia dinámica interna a la hora de abordar los conflictos,  la «mochila» individual que cada uno aporta a la relación sobre el modelo de amor que tengamos -heredado mayoritariamente del contexto socio familiar- y la capacidad de gestionar estos límites, – que la mayoría de las veces son asumidos como reglas implícitas pero no hablados a priori-, van a influir en la configuración de diferentes tipologías de pareja según el grado de flexibilidad del deslinde: la simbiótica, la desligada y la interdependiente.

Modelos de pareja y dificultades asociadas

La simbiosis: unid@s por el cordón umbilical

Al inicio de una relación de pareja, en la etapa de enamoramiento, suele darse de forma habitual la fusión natural entre sus miembros y el aislamiento «del mundo exterior». Es una sensación casi primitiva, necesaria y psico fisiológica, que conlleva un estado de placer, -casi de Nirvanay que favorece, en un primer momento, la unión y el conocimiento de ambos.

Sin embargo, si con el paso del tiempo ese modelo no se abre y se flexibiliza, puede dar lugar a lo que conocemos como ideal de «la media naranja» o  la «fusión cósmica», en la que ambos sienten de manera idílica que uno forma parte del otro, como un dos en uno,  compartiendo juntos tanto el tiempo necesario para el espacio personal como el común de pareja.

Si bien en este modelo la pareja lo vive con armonía y completitud- a pesar de la evidente renuncia a la libertad personal y social de ambos- las dificultades pueden aparecer cuando las circunstancias propias de la vida obliguen a que la estructura de la relación cambie (nacimiento de hijos, enfermedad, distancia por cambio de trabajo, crisis personales, etc.) y uno de los dos -o ambos- no consiga aceptar el necesario proceso de separación e individuación del otro, frustrándose con arduos intentos de seguir en el modelo idílico anterior.

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Dentro de este modelo, también se incluirían las relaciones embudo o aquellas en las que de forma complementaria un miembro queda ´engullido´ en la definición del otro. A modo de ejemplo tenemos las relaciones propias de la herencia patriarcal (‘señora de’, ‘mujer de’) donde los límites del espacio personal han quedado atrapados en el embudo de la relación, o uno de los dos ha quedado invisibilizado bajo el poder y la identidad del otro. En estos casos, los sentimientos de confusión, de sentirse fragamentado/a y de codependencia son grandes predictores de la mayoría de las crisis en la relación. Dificultades que se dejan ver tanto a la hora de romper la pareja y comenzar a «reconstruirse» y empoderarse de manera independiente como a la hora de restablecer la dinámica interna de la relación a fin de que ambos puedan encontar su propio «su sentido de sí mismo» sin necesidad del otro.

El desligamiento: ¿pareja o (des)conocidos?

Este modelo es propio de las parejas que, o bien por experiencias pasadas o bien por modelado (familiar, socio cultural), poseen un creciente miedo a la pérdida de identidad, a la renuncia del espacio personal y al desarrollo de la intimidad. Esto da lugar en muchas ocasiones a establecer límites extremadamente abiertos o flexibles respecto del exterior, para así asegurarse una sensación de pseudo-seguridad y pseudo-control afectivo pero que al mismo tiempo va limitando la convivencia amorosa en común, convirtiéndose cada vez más en compañeros conocidos que en pareja.

En este tipo de relaciones, si con el tiempo la estructura se enquista y se polariza, la falta de comunicación y de contacto íntimo -que incluye confianza, apoyo, conexión nutricional y apego– puede dar lugar a un mayor distanciamiento, exceso de espacios individuales y la consiguiente ruptura. En otros casos, se introduce la triangulación de un tercero en la pareja (un hijo/a, trabajo, una infidelidad) que mantiene a «salvo» la relación pero manteniendo la lejanía emocional entre ambos.

La interdependencia: entre la seguridad afectiva y la libertad personal

Son aquellas parejas que previo trabajo de auto conocimiento intenso y una puesta en marcha de un modelo propio y flexible, consiguen una danza equilibrada entre el espacio personal, el espacio exclusivo de la relación y el común con el exterior. La conexión se produce por el placer de compartir y crecer juntos sin miedo a la pérdida de identidad individual. Al mismo tiempo que el crecimiento individual y social retroalimenta y potencia la relación de pareja.

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Si bien es el modelo con mayor predicción de éxito en estabilidad y satisfacción a largo plazo, su mayor dificultad reside en la exigencia de una mayor capacidad de adaptación, en un ejercicio de autocrítica y automotivación y en el cuidado diario y recíproco de los aspectos más valiosos de la relación.

Un modelo a medida

El cómo diseñar y vivir en un modelo que mantenga el equilibrio entre los límites internos y externos de una relación, dependerá siempre de cada pareja y de su proceso personal: de su historia de vida, de su modelo familiar, de su propias expectativas, etc. No existe un manual de instrucciones tipo IKEA donde el modelo estándar esté creado de antemano y pueda hacerse un copy&paste, pero sí existen unas condiciones a priori que favorecen su aprendizaje y potencian su éxito.

 

Referencias bibliográficas: