«La Llamada»: La película que contiene la solución a todos los problemas del mundo

El mundo del blanco y el negro

En el mundo de Trump la equidistancia no es posible. Lo hemos visto (lo estamos viendo) con mucha claridad en el conflicto que se desarrolla estos días en Cataluña. La sociedad ha sido dividida sin piedad entre aquellos que desean la independencia y los que optan por la permanencia en España.

Cada miembro del otro grupo es el enemigo. Este es, por supuesto, el primero de los efectos secundarios del nacionalismo. Pero no es un fenómeno exclusivo de este. De hecho, cada día lo vemos más y más relacionado con los conflictos y situaciones de lo más diverso. Las posiciones políticas, los marcos ideológicos, los sentimientos religiosos también se encuentran en un proceso inexorable hacia la rigidez, hacia la intolerancia de ese “otro” diferente que es mi enemigo.

¿Y tú de quién eres?

Es este mundo nuevo (y paradójicamente tan viejo) de blancos y negros, donde el gris está proscrito, es preciso escoger una alternativa y posicionarse. No hacerlo es visto como algo sospechoso. Los predicadores de la confrontación afirman que la tercera vía no existe y azuzan a los perros de la guerra. Pues es la guerra el resultado inevitable del camino que hemos tomado y hay muchos tipos de guerras.

Pero ¿Cómo hacíamos antes? ¿Cómo podía suceder lo que ahora parece imposible? Hace no mucho tiempo convivían en Medio Oriente miembros de las tres religiones del libro. Hace muy pocos años los ingleses se adherían entusiastas a la Unión Europea. Hace aún menos años Obama ganaba las elecciones en EEUU y Cataluña disfrutaba de un clima político y social normalizado.

¿Qué ha sucedido para acabar con el gris?

La radicalización

De entrada ha sucedido la crisis económica. El aumento terrible de la desigualdad, la pérdida imparable de servicios sociales, trabajo y bienestar de los ciudadanos les han llevado a la búsqueda de un enemigo al que culpar. Un chivo expiatorio con cuya muerte debe mágicamente terminar el padecer de las gentes de bien. Este chivo puede tomar, según el caso, muchos rostros: las minorías raciales, los inmigrantes, las mujeres, los homosexuales, la Unión Europea, España. Cuanto más genérico mejor.

Este enemigo servirá para concentrar la responsabilidad de todos los problemas y cargar con el peso de la culpa. Quién esté con el chivo es también automáticamente convertido en el enemigo y si el daño que se atribuye al chivo es grande los argumentos para acabar con él serán también grandes y se extenderán en forma de marginación y violencia a aquellos que sostengan una postura cercana al enemigo.

Pero este enemigo nos aleja de la solución pues es frecuentemente creado por aquellos que son los verdaderos culpables. La percepción del otro como un enemigo nos hace imposible el perdón, la reconciliación o el diálogo.

La Llamada

En medio de este panorama voy a ver una película española: La llamada. Llevo bastantes expectativas puesto que he visto ya la serie “Paquita Salas” de los mismos autores y me ha parecido genial. Sin embargo lo que me encuentro es mucho mejor que genial. Más aún por la falta evidente de pretensiones que presenta la película.

***Atención a partir de aquí puede haber Spoilers***

“La llamada” relata la historia de una chica a la que en un campamento de monjas se le aparece el mismísimo Dios.

De entrada el argumento parece que solo puede desarrollarse en dos direcciones:

Por un lado podemos encontramos ante un panfleto religioso en el que María – la protagonista- es una niña santa de bondadoso corazón que a través de sus interminables oraciones alcanza la gracia en medio de amables monjas y asombrados familiares. La otra opción es el panfleto antireligioso: Una película en la que María es una niña martirizada por monjas y familiares que termina por volverse loca y teniendo una alucinación. El blanco y el negro.

Lo maravilloso de la película es que no es ni una cosa ni la otra. Va más allá y se sumerge en el gris. Mucho más peligroso en los tiempos que corren. Mucho más difícil. No hay monjas santas ni terroríficas, por ejemplo. Hay monjas humanas. Las chicas son reales también. Escuchan reggaetón, tienen un grupo y les gusta ir de fiesta y Dios… Dios no condena, canta, se ríe y acepta.

Y así nace un nuevo mantra que es una especie de mezcla entre “sigue a tu corazón” y “Hakuna Matata”.

Lo hacemos y ya vemos.

La película es una oda a seguir el camino de nuestro deseo sin dañar al otro. Se nota que está realizada con cariño, con ilusión y con una cierta ingenuidad que en este caso es maravillosa.

Esta película contiene el misterio de la cura para los males de este mundo. Pasa un día sin Redes sociales y sin televisión y vete al cine a ver “la llamada”. Date cuenta de cómo es posible encontrar un punto de encuentro entre dos cuestiones que parecían irreconciliables –la liberación sexual y la vocación religiosa-, libérate de tus dogmas, sean cuales sean y persigue tu deseo sin dañar a nadie (a ti o al otro).

Huye del blanco y del negro, la verdad suele vivir en el gris y la felicidad también.

Fábrica de sueños

Entre las muchas posibilidades que tenemos de definir a los seres humanos, está la opción de reconocernos como una fábrica andante de sueños. Ese espejo maravilloso y deformante de la realidad y de nosotros mismos, que en ocasiones resulta más revelador que la poderosa conciencia. Y es que en los sueños, siendo nosotros mismos podemos a la vez ser otros, integrar nuestra sombra. Dormidos, con la guardia baja, el otro yo se apodera sigilosamente de los controles y desactiva las alarmas. Convertidos en marioneta, los sueños nos llevan a su vida secreta. A ese reino que es de todos y en el que se nos permite volar, mutar en criaturas fantásticas, desatar por completo los instintos, trascender el tiempo y el espacio.

Lo soñado

El sueño no nos niega nada. En los brazos de Morfeo, volví a besar a Micaela durante el sexto grado de primaria, recorrí Anatolia montado en un canguro (no era Anatolia ni tampoco exactamente un canguro), escapé por poco de un linchamiento, participé en una orgía, me convertí en rinoceronte, fui director de una orquesta sin instrumentos, visité un universo distante, me convertí en número, se me cayó la cabeza al suelo y cuando me agaché a recogerla no había suelo sino una lengua gigante de vaca. Una anciana, peinada de amapola, gritó mi nombre: ¡Diógenes, la cena está servida!. Hablé con objetos inanimados. Deslicé el dedo por las arrugas de una cara invisible. Vi cigarrillos y un vaso con agua turbia. Un reptil dentro de una caja de zapatos. En el cadalso, con las últimas luces de la tarde, y habiendo perdido toda esperanza, llegó la dispensa especial de aquel rey extranjero. Y todas estas peripecias sin salir de la cama.

Marco privilegiado de la imaginación, en los sueños redimimos lo perdido, le pillamos el truco a la vida, respondemos preguntas imposibles, abolimos la lógica. Luego nos despertamos con un fragmento clarificador entre las manos o bien con el desasosiego de no haber podido retener nada. Los caprichos de la memoria cuando juega al escondite.

Los sueños se tejen con el hilo del eterno retorno. Volvemos a esa escena recurrente: se nos caen los dientes, estamos desnudos ante un auditorio, contemplamos un desierto infinito, se nos muere un ser querido.

Los sueños nos colocan ante los arquetipos. Revelan estados interiores de nuestra psique. Nos reparan por dentro y nos preparan para ese otro sueño, el eterno.

En la selva malaya está el pueblo de los Senoi cuya primera actividad por la mañana es reunirse para relatar los sueños, que a continuación son interpretados y comentados por los ancianos. Éstos son los encargados de evaluar si se ha actuado de manera correcta en el sueño y, en su caso, aconsejan lo que se debería hacer. Así es como los Senoi obtienen de los sueños un conjunto de guías que se va transmitiendo de generación en generación.

El lugar que ocupan los sueños en la cultura occidental contemporánea es considerablemente más reducido y estrecho. A diferencia de varios pueblos antiguos, como los griegos o los romanos, que les asignaban cualidades adivinatorias -bastaría con mencionar aquí las profecías que contenían los sueños de Julio César- o incluso pedagógicas, en nuestra época no hay pruebas tangibles de que les hayamos otorgado esos roles. No obstante, sería injusto ignorar la relevancia que tiene el empleo de la palabra sueño para designar aquello que anhelamos, despreciar el valor de los descubrimientos que el psicoanálisis alcanzó o ningunear la infinidad de veces que el séptimo arte se encargó de ellos.

Sueño + psicoanálisis + cine

Uno de los ejes sobre los que gira el psicoanálisis es su método de investigación para evidenciar el significado inconsciente de los sueños. De hecho, Freud sostenía que éstos eran la vía regia hacia el inconsciente.

El contenido manifiesto del sueño se presenta como un mensaje en código o un puzzle cuyas piezas están desordenadas, por lo que es usual que su sentido se asocie con lo absurdo en la medida en que desafía el sentido común y parece escapar de una mera comprensión intelectual.

A través del simbolismo que se extrae de los sueños, observamos como el deseo dispara imágenes que deberán ser descifradas pero que vienen esencialmente cargadas de material sexual. El psicoanalista busca ayudar al paciente a que tome conciencia y reviva de un modo no traumático cierto tipo de experiencias pasadas: lo reprimido. Fomentando la libre narración -sin resistencias- de los sueños van saliendo a flote cuestiones sumergidas dentro del paciente. De esta manera, no es la lógica de la razón la que explica la actividad del sujeto sino aspectos irracionales de su psiquis. Capítulo aparte merecerían las aportaciones de Carl Jung al tema de  los sueños. Éstos no sólo compensan y equilibran la actividad de la vigilia, sino que dialogan y sirven de puente con los procesos arquetípicos del inconsciente.

Otro canal privilegiado por el que circuló la savia de los sueños fue el cine, al que dedicaremos la última parte de estas líneas.

Un cohete lanzado desde la tierra, aterriza en el ojo derecho de la luna y allí descienden seis astronautas muy particulares. El parisino Georges Méliès convirtió, a finales del siglo XIX, una caja de madera en un proyector de sueños y nos ofreció las primeras imágenes en movimiento de un Viaje a la luna. Para este pionero del cine y del género fantástico las películas tenían el poder de capturar los sueños. A partir de él, muchos creadores han parido obras en las que el sueño juega un papel primordial.

En 1920, Salvador Dalí y Luis Buñuel, subvencionados por los príncipes de Polignac se lanzaron a unir al cine con el  surrealismo. La premisa fijada para las películas Un perro andaluz y La edad de oro, fue la de trabajar exclusivamente con material proveniente de los sueños. Ya en Hollywood, diez años más tarde, Dalí volvió al terreno onírico con Alfred Hitchcock en Recuerda: columnas que se licuaban, árboles que se tensan, espirales hipnóticos, relojes desinflados. El artista de los bigotes de gato siempre creyó en la imaginación que encendían sus sueños. Los tenía por fuente de los misterios, algunos de los que todavía esconden sus pinturas.

Varios de los directores clásicos del siglo XX incluyeron a los sueños en en algunas de sus mejores películas.

En un minúsculo cine-club de Buenos Aires, recuerdo haber visto en la adolescencia Cuando huye el día (traducida como Fresas Salvajes en España) de Ingmar Bergman. En una escena que me ha quedado clavada en la retina, el protagonista –un tal doctor Isak Borg- sueña con su muerte que aparece representada por un reloj sin agujas.

Todo el cine del ruso Andrei Tarkovski no es otra cosa que la búsqueda de lo que se aleja de la lógica objetiva y que nos habla del significado de la vida a través del sueño.

Sueños de Akira Kurosawa se divide en ocho segmentos, a cual más poético, que se corresponden con ocho sueños reales del propio director japonés.

La última película de Stanley Kubrick, de marcado corte psicológico, bucea en lo onírico ya desde el propio título, Ojos bien cerrados, y bajo ningún concepto facilita al espectador los criterios que le permitirían discernir entre la realidad y lo que sólo tiene lugar en la mente de la pareja protagonista.

Woody Allen, por su parte, no ha cesado de representar los estados mentales que se suscitan en la visualización de los sueños. Toda la filmografía del neoyorquino está preñada de escenas en que las que algún personaje le relata a su psicoanalista un sueño recurrente.

Ciñéndome a los últimos años y a la temática de los sueños que nos ocupa termino con los siguientes cuatro títulos: Mulholland Drive (2001) de David Lynch; La ciencia del sueño (2006) de Michel Gondry; La cueva de los sueños olvidados (2010) de Werner Herzog. Un documental en el que el director alemán penetra en la Cueva de Chauvet, situada en el sur de Francia y donde se hallan pinturas rupestres de hace más de 32.000 años, para intentar aproximarse a los sueños que inspiraron al primer artista de la historia. Por último y como si se tratase de algo sólo posible en sueños, el protagonista de Holy Motors (de Leos Carax, 2012) es un hombre con múltiples personalidades: la de asesino, mendigo, ejecutivo, monstruo y padre de familia.