El perdón nos sienta tan bien …

 

Estamos ya cerca del cambio de estación, a punto de comenzar el otoño. Una época del año con mayor inestabilidad en el clima, y con mayor propensión a que se desarrollen tormentas y cambios de tiempo repentinos. Y hablando de tormentas, me adentro en aquellas que suceden dentro de nosotros, y van dejando nubarrones que a veces dificultan conectar con la luz intensa del sol para seguir viendo el camino. Y así, lanzo una pregunta: ¿Crees que cargas dentro de ti con algún enfado crónico por algún motivo? ¿Sientes algún resentimiento por algo que te hicieron o por lo que sentiste molestia o dolor? Hoy nos adentraremos en el fascinante (y a la vez, desprestigiado) mundo del perdón.

 

¿Qué se entiende por perdón?

Hablaba en la introducción del desprestigio que tiene este concepto. Dado el peso que ha tenido la religión católica en nuestra cultura y educación, muchas personas tienden a asociar el perdón con una visión religiosa, que les genera rechazo. Además, también existe gran confusión respecto a lo que implica perdonar: se asocia con olvidar lo que nos hizo el ofensor, con la reconciliación con este, en cierto modo con limpiar su cuenta de deudas (hacer borrón y cuenta nueva) para así dar vía libre a que siga actuando, etc. Sin embargo, lo que los estudiosos del tema van comprobando es que no tiene nada que ver con olvidar ni con llegar a un acuerdo con quien ofende; al contrario, se trata de un proceso interior de cambio de mirada, y de liberación emocional.

 

 

La psicóloga María Prieto ha realizado en los últimos años un estudio en profundidad sobre lo que significa el perdón como proceso psicológico. A pesar de tratarse de un concepto que no ha tenido muy buena prensa entre los profesionales de este ámbito, la llegada de la Psicología Positiva supuso una mayor apertura a estudiarlo, y superar su enfoque tradicionalmente asociado a aspectos morales y religiosos. Prieto habla de que cuando entre dos personas, una resulta dañada por una agresión o acción de la otra, surge una experiencia subjetiva de “no perdón”. Esta autora cita a Williamson y Gonzalves para señalar tres niveles en los que se manifiesta este no-perdón:

  • A nivel emocional: aparecen sentimientos de rabia, dolor, tristeza, confusión y traición.
  • A nivel cognitivo: afloran pensamientos negativos hacia el ofensor, a veces de venganza, otras relativos al motivo tras la ofensa o a la posible culpa de la víctima.
  • A nivel conductual: en general, se refieren al alejamiento o distanciamiento de la víctima respecto al ofensor, y en ocasiones, a la exteriorización de la rabia o dolor sentidos.

 

Cuando se habla del perdón, se hace referencia al proceso que permite mitigar o superar esta experiencia negativa de haberse sentido ofendido.

 

¿Cómo suele ser el proceso de perdón?

Lawler-Row, citado por Prieto, habla del perdón desde distintas perspectivas:

  • En cuanto al tipo de respuesta o manifestación: se puede experimentar el perdón a través de un cambio de pensamiento (ya sea específico sobre el ofensor, o general, sobre la forma de actuar del ser humano), emocional (soltar las emociones desagradables) o de conducta (facilitar una reconciliación). Cada persona y en cada momento decide si abordar todas estas dimensiones o solo alguna de ellas.
  • En cuanto a la dirección del cambio: se habla de dimensión negativa del perdón cuando se decide reducir la respuesta desagradable asociada al no-perdón, o bien de dimensión positiva, cuando el sujeto opta por potenciar emociones, pensamientos o conductas claramente tendentes a mejorar su bienestar.
  • En cuanto a su orientación: este aspecto es sumamente importante, pues el perdón puede ser interpersonal (dirigido hacia otra persona, es la visión que habitualmente se tiene al abordar esta cuestión), o puede ser intrapersonal, es decir, el perdón hacia uno mismo.

 

Teniendo en cuenta todos estos aspectos, queda claro que el perdón es un concepto multidimensional, complejo, que además, ya desde un punto de vista experiencial, no es puntual, sino que es un proceso que evoluciona en el tiempo, y que supone un cambio profundo en la persona.

 

¿Qué efectos tiene el perdón sobre la salud?

Aunque pueda parecer sorprendente, se han realizado estudios de neuroimagen para conocer los cambios cerebrales que supone el proceso de perdonar. Se ha podido demostrar que el perdón activa determinadas zonas cerebrales (precuña, corteza prefrontal dorsolateral y región parietal inferior derecha) asociadas con el hecho de pensar acerca de los pensamientos de los otros (es decir, meternos en su piel, lo que se engloba bajo la teoría de la mente), con la empatía y con la regulación emocional a través de la toma de conciencia de nuestras sensaciones. Es decir, parece ser perdonar implica comprender la perspectiva del ofensor, abrirnos a empatizar con él y dejarnos sentir todas las emociones que afloran para acogerlas y darles sentido.

En los últimos años, han aparecido diversos estudios en revistas médicas que respaldan el papel de la rabia, el resentimiento, la ira, en el desarrollo de ciertas enfermedades crónicas, y cómo el nivel de perdón influye claramente en una mejor evolución. Esto es especialmente importante en cuadros de dolor crónico, como puede ser la fibromialgia.

 

¿Se puede trabajar el perdón?

Se han realizado diversas propuestas para trabajar el perdón de forma sistemática. Una de las más difundidas, y con mayor evidencia científica, es el programa REACH del psicólogo estadounidense Everett Worthington. Este se adentró en el estudio del perdón tras el asesinato de su madre, y el posterior suicidio de su hermano, y a partir de su propia vivencia personal, realizó una exploración del perdón a los otros, y de aquel dirigido a uno mismo.

Su programa REACH tiene un formato eminentemente para trabajo grupal, en seis sesiones. Se ha demostrado que mejora el abordaje de la experiencia negativa de no-perdón, y ayuda a mejorar la visión positiva de la vida, con refuerzo de la sensación de esperanza. El desarrollo de las sesiones va guiado por un facilitador que aplica dinámicas que permiten adentrarse en aspectos de pensamiento acerca de la ofensa y el ofensor, en las emociones sentidas, y en el desarrollo de habilidades de empatía.

Ya desde otros enfoques, me encantó esta demostración de proceso de razonamiento del perdón empleando EFT o técnica de liberación emocional. Creo que ejemplifica muy bien el hecho de permitirse sentir todo, y la transición desde el resentimiento más cerrado a la apertura a la posibilidad de perdonar:

 

https://www.youtube.com/watch?v=dcQy9-5FO4o

 

El significado del perdón en mi vida

El tema del perdón ha tenido un gran peso en mi vida durante los últimos años. Todo el profundo trabajo personal que he realizado y en el que sigo profundizando me ha permitido experimentar, de forma reveladora, el significado de perdonar. Quizá la persona hacia la que acumulaba mayor cantidad de resentimiento (pero que apenas me reconocía a mí mismo sentirlo) era mi madre. Mi fidelidad no me permitía expresar abiertamente un gran sentimiento de dolor y frustración por lo que pude vivir en los primeros años de mi vida debido a su inestabilidad emocional. Su proceso de envejecimiento no fue fácil para mí, ni para mis hermanos, y llegamos a un punto importante de desgaste hace unos cuatro años, justo dos antes de que ella falleciera.

Durante la mayor parte de mi vida, había trabajado los pensamientos negativos que surgían ante determinadas situaciones de interacción con ella, y en cierto modo justificaba que ella hacía lo que podía. Y era cierto. Pero al tomar esta perspectiva, realmente me estaba ignorando a mí mismo, me estaba invisibilizando y negando todas las emociones desagradables sentidas desde niño respecto a ella. ¿Cómo pude dar el salto para ampliar mi visión?

Al acabar mi formación en musicoterapia, me di cuenta de que apenas había trabajado el potencial de la percusión, y decidí inscribirme en clases de percusión africana. El hecho de sentir la vibración de todo mi cuerpo en estas clases grupales, ya fuera golpeando el djembé con mis manos, o el dum-dum con las baquetas, permitir los movimientos que me nacían espontáneamente, dejar que mis brazos se separaran del cuerpo para sentir mayor libertad, todo ello fue creando en mí una sensación de ocupar un espacio en el mundo, un sentimiento de conexión con la tierra, una forma de liberar una energía muchos años contenida, un empoderamiento que no surgía de la mente, sino del propio cuerpo. Cuando en este terreno de autoconocimiento, sucede un ingreso hospitalario de mi madre, y se desatan conductas por su parte que actúan de gatillo en mi interior en ebullición, comienza un proceso de rebeldía interna y externa, que se alarga durante casi un año, y que me permite comenzar a cortar el cordón umbilical con ella, poder sentir el enfado y la rabia acumulada y expresarla abiertamente, y como suelo decir, dejar salir el “vapor de la olla” para poder ver con más claridad qué se está cocinando “ahí adentro”.

En ese periodo de tiempo, somaticé el enfado a través de una ciática que duró varios meses, y fue cuando surgió en mí ese interés en acompañar a madres con bebés (estaba proyectando mis juicios sobre ella, y queriendo proteger a los peques, intentando salvarme a mí mismo). La vida es sabia, y no dejó que terminara de fluir esa iniciativa en aquel momento (pero sí posteriormente), pues no surgía totalmente desde el amor, sino desde el resentimiento. Pero en este proceso, cada vez fui sintiendo menos presión interior, comencé a sentir mayor comprensión y compasión, y me abrí a ser acompañado por un profesional que trabajaba desde el enfoque de la Escuela del Perdón, de Jorge Lomar. Se trataba de Pedro Alonso da Silva. Con Pedro, fui aprendiendo a cambiar el enfoque cognitivo, a entender que perdonar no implicaba más que “sentir” lo que afloraba en mí (sentir más allá de las palabras, permitirme enfocarme en las sensaciones corporales, en esa energía interior que se movía) y a la vez, “soltar” mi interpretación de lo sucedido, es decir, trascender la visión de mi ego, por decirlo de alguna forma, y abrirme a un “no saber”, a no querer dar una explicación racional, sino más bien a comprender que todo sucede en la vida por algo, aunque no lo sepa ni lo entienda.

 

 

Trabajar esos dos enfoques ha supuesto una auténtica revolución y liberación en mi vida. Tras cinco meses acompañado por Pedro, hicimos un cierre, y a los pocos días, mi madre empeoró de su salud repentinamente, y falleció un mes después. Fue un mes muy duro, pero a la vez muy hermoso. Porque ya no la miraba desde el resentimiento. Pude liberarme y sentir un amor profundo por ella, sin dejar de verme a mí. Ese fue mi mayor aprendizaje, poder situarme en la piel de todos y cada uno, y abrirme a sentir, sin más. Pronto hará dos años de su partida, y puedo decir que cada día la siento con más paz dentro de mí, con más compasión, más comprensión, más amor, sin negar lo vivido, sin justificaciones, sencillamente acogiendo lo sucedido y soltando las interpretaciones. Si estoy aquí, compartiendo esta experiencia que vivo desde la paz, es por todo lo que la vida me permitió aprender, aunque no lograra comprenderlo en su momento. Y ahí surge también un profundo sentimiento de gratitud.

 

A modo de conclusión

Hace unos meses, tuve el privilegio de acompañar a Carolina Guzmán, una enfermera alumna del Máster de Cuidados Paliativos en el que participé el curso pasado, en la tutorización de su trabajo fin de máster, que abordaba el perdón como necesidad espiritual al final de la vida. Tras una revisión rigurosa del tema y de cómo los profesionales podemos acompañar este proceso, en su emotiva exposición finalizó entregándonos a todos los asistentes una frase que pronunció Nelson Mandela al salir de prisión, y que creo que resume perfectamente lo que significa el perdón en nuestras vidas: “Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero”.

 

Referencias bibliográficas

  • Guzmán Trillo, C. (2018). El perdón como necesidad del paciente al final de la vida. Trabajo Fin de Máster en Cuidados Paliativos. Escuela Universitaria de Enfermería y Fisioterapia San Juan de Dios. Universidad Pontificia Comillas.
  • Lee, Y.R., Enright, R.D. (2014). A Forgiveness intervention for women with fibromyalgia who were abused in childhood: a pilot study. Spiritual Clinical Practice, 1, 3, 203-217.
  • Prieto-Ursúa, M. (2017). Perdón y salud. Introducción a la psicología del perdón. Universidad Pontificia Comillas.
  • Ricciardi, E., y colaboradores. (2013). How the brain heals emotional wounds: the functional neuroanatomy of forgiveness. Frontiers in Human Neuroscience, 7, 839.
  • Svalina, S.S., Webb, J.R. (2012). Forgiveness and health among people in outpatient physical therapy. Disability and Rehabilitation, 34, 5, 383-392.
  • Worthington, E. http://www.evworthington-forgiveness.com/

 

El perdón a través de los ojos de tus padres

John Bradshaw afirma:

«No podemos encontrar la luz en nuestras vidas hasta que nos enfrentemos a la oscuridad y transformemos el dolor original que vivimos en la infancia.»

Si recordáis en el artículo anterior La huella del amor negativo en la infancia decíamos que hasta que no llega el perdón hacia nuestros padres internos, vivimos dominados por nuestro niño herido  y emocionalmente inmaduro que llevamos dentro y que busca el amor incondicional que cualquiera necesita, pero que no recibió de manera acertada en su familia.

Es por todos sabido que no hay una verdadera empatía ni perdón si ésta no pasa por ponerse en la piel del otro. Y no puedes ponerte en la piel del otro si hay una capa gruesa de rabia, miedo y tristeza que taponan la herida para que no puedas penetrar en ella. Incluso aunque ésta funcione con amnesia en algunos casos.

Es por ello que lo primero que hay que hacer es liberar la voz acallada del niño para encaminarla de modo adecuado.  El entender que nuestros progenitores no supieron hacerlo de otro modo no elimina de por sí la huella del Amor Negativo. Hay que sacar el dolor y la rabia encasquillados en forma de Egocentrismo que nuestro niño ha usado a modo de caparazón.

La liberación del dolor contenido

Este es el punto más difícil del proceso. Desde pequeños se nos ha reprimido tanto la expresión sana de la rabia que la hemos desplazado de las maneras más absurdas. La hemos enmascarado con miedo o con tristeza, o la hemos utilizado para crear alguno de los personajes de nuestra ‘identidad’ (el/la rebelde, respondón/a, inconformista) sobrevalorando su presencia a veces para otorgarnos más poder frente a los demás.

Sin embargo, cuando en un estado meditativo guiado te enfrentas a todo el dolor, el miedo, la angustia y la decepción que tienes acumulados en las entrañas hacia tu padre y madre internos (recordemos que esta ira manifestada en ese momento es hacia la imagen introyectada, no hacia los padres físicos) sientes que el dolor puede llevarte hasta el límite, no hay tabúes, no hay represiones no hay castigos ni culpa por expresar tu malestar. Simplemente sueltas, te sueltas, lo  sueltas…hasta quedarte vacío/a.

 

vacio

 

Muchas personas tratan de saltarse el paso de sacar y liberar la rabia y pasar directamente al perdón a través de meditaciones, justificaciones racionales, cartas simbólicas, etc.

Sin embargo, hoy sabemos por experiencia que sin el paso previo de vaciar el vaso lleno de barro, sólo conseguirás llenarlo de agua limpia pero que se mezclará con la suciedad anterior. Puede que eso diluya en parte el barro, pero seguirá estando el poso abajo sin que el agua llegue a estar nunca limpia del todo.

Cara a cara con la infancia de nuestros padres

Sólo cuando aprendamos a desactivar los patrones negativos heredados , tal y como explica los explica el médico y psicoterapeuta Luis F. Cámara en el siguiente vídeo, el proceso nos conducirá al contacto de nuestro propio niño con el niño de nuestros padres.

 

Una vez nos sentimos vacíos y ligeros de peso tras la descarga del dolor, nos encontramos con la decisión simbólica de ayudar o no a nuestros padres y darles aquello que ellos no nos dieron a nosotros.

A título personal he de decir, que a pesar de que algunas de las historias que encontré eran realmente duras, no hubo ninguno de nosotros durante el proceso que se negara a ayudar a sus padres y darles de manera figurada (a través de un acto similar al usado en psicomagia por Jodorowsky) todo el amor positivo que ellos no recibieron.

De un modo u otro, dentro de cada quien, existía la sabiduría que a través de esta decisión consciente se rompía el cordón umbilical del Amor Negativo y de la dependencia emocional. Desde nosotros y hacia los otros nacía el amor incondicional, la compasión y el perdón por sanar aquello que ellos no pudieron, no quisieron o no supieron cambiar.

Después del encuentro  frente a frente con el niño que fue tu padre y con la madre que fue tu madre, nunca más la relación con ellos vuelve a ser la misma. Ni siquiera aunque uno de los dos o los dos hayan muerto.

perdón

 

Más que sentir cómo ellos te cuentan su historia de vida, el proceso te acompaña a revivirla, como si realmente pudieras ponerte «en su piel» con el dolor infantil del rechazo, la soledad o la incomprensión que ellos mismos hubieran experimentado y que de manera inconsciente te transmitieron a ti en forma de automatismos, creencias y carencias.

Dicho esto ¿significa entonces que ya nunca más va a ofenderte un chantaje emocional o una sobre exigencia de uno de los dos? ¿Significa que vas a ser inmune a su intento de dirigir tu vida o la negligencia de sobreprotegerte? ¿Entonces tendrás que tragar y sonreír cuando salte algún automatismo suyo porque ya les he perdonado? En absoluto se trata de eso.

Sencillamente aprendes poco a poco y de forma natural a no reaccionar contra ellos, a ver las cosas tal y como son, a relacionarte con ellos -y con todos aquellos de tu entorno en los que proyectes a tus progenitores- no desde el niño que se siente herido (aún sin haber sido consciente de ello), sino desde quien eres en el momento presente. Dejas de relacionarte con la imagen que tienes grabada de tu madre y tu padre interno (ya sea que los rechaces o los idealices) y lo haces con ellos tal cual son.

Podría afirmar que de alguna manera se activa un botón cuando sus patrones negativos aparecen y de forma automática pudieras «ver» a su niño herido detrás de sus ojos de adulto. Y todo se hace más fácil.

 

padres

 

Muchos y muchas podréis pensar que no hay forma exacta de probar si lo que experimentas allí, reviviendo su infancia, es literalmente cierto o si creamos con la imaginación aquello que queremos ver. Y tenéis razón, no podemos saberlo. Pero realmente no importa.

Incluso aunque ya hay numerosos estudios que demuestran que las zonas del cerebro que utilizamos para percibir objetos y aquéllas que usamos para imaginar objetos se superponen,  «el recuerdo imaginado» puede dejar en nuestro cerebro la misma marca que un hecho realmente ocurrido.

Y en este caso, la marca que te deja el perdón y la reconciliación con tus padres internos es de una magnitud extraordinaria. Te cambia por completo.

Hoffman nos recuerda que para llegar a este punto de liberación tendremos que:

-Llegar a una comprensión sin condena de nuestros padres biológicos y nuestros padres sustitutos

-Tener compasión por la infancia que ellos vivieron.

-Perdón por lo que ellos nos hicieron y por lo que les hicieron a ellos.

-Aceptarlos totalmente como son y como fueron

-Poder amarlos incondicionalmente por lo que ellos son sin expectativas frustradas ni idealizaciones irreales.

El perdón en la herida del dolor original 

LLegamos finalmente el encuentro con tu niño interior ya que esa herida infantil  auto-congelada en el tiempo, salta cada vez que nos volvemos a sentir heridos y no nos prestamos atención. 

Este encuentro con nuestro niño olvidado, puede que sea doloroso y difícil ya que es probable que este niño esté asustado o puede que esté muy enfadado contigo. Hasta puede que seas tú la que estés muy enfadado con él «por lo mal que se portaba y lo que hacía sufrir a tus padres».

Sea del modo que sea, este proceso te ayuda a que el niño emocionalmente herido vuelva a confiar en ti poco a poco,  a que no se sienta juzgado ni abandonado y a que le animes a madurar para convertirse en un adulto consciente y afectuoso.

¿Y cómo sucede este encuentro? Hoffman sustenta que cada uno de nosotros estamos formados por cuatro partes: el niño emocionalmente herido, el intelecto adulto, el yo espiritual y el yo físico corporal.

Cuando logramos reeducar el Intelecto Adulto Sabelotodo (la razón) para que acalle su voz crítica y beligerante en forma de pensamientos obsesivos,  y se ‘reconcilie’ con el Niño Interior Quejica (la emoción) -que está «a la que salta»-, se produce una sinergia, algo así como un pacto entre ambos que se manifiesta a un nivel corporal y espiritual en un acto de auto validación y equilibrio.

Experimentar de forma real ese acto de validación y aceptación plena de ti, es liberarse, -en el sentido literal y hasta corporal-, de un gran peso. Es como si un plomo que se ha quedado instalado en el pecho, saliese despedido hacia fuera y pudieras respirar profundamente y sin presión.

De algún modo se trata de volver a estar apegado a la familia de origen al mismo tiempo que has cortado el cordón umbilical negativo, pues de todos es sabido que no puedes separar algo que no haya estado unido antes.

Llegar a tu propio perdón a través de la mirada de los ojos de tus padres es sin lugar a dudas un acto único para ser más tú y permitir que ellos sean más ellos.  Y si te equivocas o se equivocan contigo: más compasión y menos juicio.

Puede que no todos ni todas quieran, puedan o necesiten pasar por este proceso. Aunque así fuera, no dejéis escapar la oportunidad un día de volver a mirar a los ojos a vuestro niño o niña interior y que os sonría. Os aseguro que es una cura para el alma.

 

*Nota: se ha usado el término niño interior y el modelo familiar de padre y madre por congruencia expresiva, pero así mismo este texto se aplica por extensión, a todos los modelos posibles de familia y a la niña interior.

 

Referencias bibliográficas:

-Hoffman, Bob El proceso Hoffman de la Cuadrinidad, Ed. Urano, 1992.