Amar en tiempos de…

Lo queramos o no
Sólo tenemos tres alternativas:
El ayer, el presente y el mañana.

Y ni siquiera tres
Porque como dice el filósofo
El ayer es ayer
Nos pertenece sólo en el recuerdo:
A la rosa que ya se deshojó
No se le puede sacar otro pétalo.

Las cartas por jugar
Son solamente dos:
El presente y el día de mañana.

Y ni siquiera dos
Porque es un hecho bien establecido
Que el presente no existe
Sino en la medida en que se hace pasado
Y ya pasó…,
como la juventud.

En resumidas cuentas
Sólo nos va quedando el mañana:
Yo levanto mi copa
Por ese día que no llega nunca
Pero que es lo único
De lo que realmente disponemos.

Nicanor Parra.

 

Tiempos líquidos, un término acuñado por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, donde intenta reflejar el paradigma de la vida y de los vínculos en el mundo moderno acompañado de la globalización  y sobre todo del capitalismo, mercantilizando todo, hasta las relaciones humanas, esto basado en el concepto del producto – consumo, donde la sociedad occidental ha logrado encender el motor de la vida y de los vínculos.

 

En este sentido, las relaciones humanas se ven profundamente influidas. El individualismo toma y cobra mayor protagonismo, y la cultura del usar y desechar, como lo llama el autor marca una pauta en la manera como se presentan las vinculaciones emocionales en la posmodernidad. Este autor indica que la introducción de los medios de comunicación masivos e instantáneos han presentado una manera de relacionarnos que no implica la profundidad en los vínculos sino el placer inmediato, medios como el Tinder, el Whatsapp, el Facebook, entre muchas otras aplicaciones, ofrecen una amplia gama de relaciones donde no es necesario el contacto físico y la inversión emocional es mínima, de esta manera si no funciona, como dice el autor, la opción “delete” (borrar) siempre va a estar disponible y no va a involucrar más que un “click”, por lo que el coste emocional es menor.

 

En este contexto los vínculos afectivos estables pertenecientes a paradigmas anteriores se convierten en una hipoteca muy alta, en donde muchos prefieren no invertir. La idea de la pareja “para toda la vida”, pasa a ser una construcción ya caducada y entra en vigencia “el vivamos juntos y veamos qué pasa”, de esta manera la inversión es menor, y cuando ya alguno de la pareja no vea  “ganancias”, más que intentar re-invertir en la relación, por el riesgo que representa el inversor tiene la oportunidad de retirarse y de estar manera poder “invertir en nuevas relaciones” , por lo que el  eterno presente   está marcada por la sociedad de consumo. En palabras del autor:

 

Uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar, y el plazo del pago es menos desalentador”.

 

En este orden de ideas el hedonismo va en aumento en la posmodernidad.

 

 

El autor hace referencia a la fragilidad de los vínculos sentimentales, indica que en la actualidad la invitación es a no establecer raíces emocionales profundas con las personas con quienes decidimos compartir relaciones de intimidad , para que de esta manera se permita la exploración con nuevas “redes” y nuevas relaciones que mantengan  un entorno en constante cambios y dinamismo. Es como si el compromiso se representara como una amenaza para el desarrollo individual y la exploración de nuevos espacios. Ya que la constante en el mundo posmoderno es el cambio, y este se busca constantemente, la solidez paradójicamente producirá ansiedad y angustia, ya que desafía «el producto que se promociona en temas de relaciones», el amor que no tiene espacio en la dificultad ni el sufrimiento.  Por lo que el compromiso tiene fecha de caducidad. 

 

Sin embrago, el autor hace referencia que a comparación de la época de nuestros abuelos y padres, donde la solidez era la característica principal (se tenía un solo trabajo para toda la vida, el matrimonio duraba toda la vida pasara lo que pasara, se vivía en la misma ciudad o en el mismo país sin preguntarse qué había más allá) a lo que él llama «tiempos sólidos», la felicidad tampoco era una garantía. Ya que el dogmatismo de la época limitaba las libertades individuales principalmente el de las mujeres, lo que estaba indicado socialmente se hacía sin cuestionamientos. El mundo occidental ha adaptado también este término, y a través de culturas patriarcales se pueden observar dinámicas donde generalmente los hombres establecen amores líquidos y a las mujeres se les invita a establecer amores sólidos. Por lo que se observan desigualdades en términos vinculares. Aquí la industria cinematográfica y audiovisual ha tenido mucha responsabilidad.

 

Bauman se enfoca en lo que pasa detrás de tanta fluidez e incertidumbre. No juzga una vida con varias historias de amor, sino que dichas historias solo toman forma de “eternos ensayos” y de lo que él bautizó “vidas desperdiciadas” ya que en ningún caso las parejas de la posmodernidad están dispuestas a asumir un compromiso duradero. Aquí se centra el sentido del término  “amor líquido” de la posmodernidad, es más sencillo terminar las relaciones y salir airoso de ellas que intentar esforzarse para que funcione y continúe. Aunque las parejas siguen buscando seguridad, lo desean establecer a través de relaciones que no requieran demasiado esfuerzo.

 

 

Este autor indica que un paradigma no es mejor que el otro. Sino que son diferentes. Sin embargo  ¿cómo lograr la solidez en tiempos líquidos? Bauman invita a pensar en la seguridad y la libertad como valores para lograr el equilibrio, los cuales pueden coexistir y convivir de manera saludable y real, una lleva de la mano a la otra, y no son enemigas como los tiempos líquidos quieren hacer ver,  y como indica el autor, es una de las claves para que una pareja sea exitosa en tiempos líquidos.

 

El autor indica que el amor romántico deja de ser el único paradigma, pero también indica lo afortunado que son las parejas que lograr solidificar su amor en tiempos líquidos, ya que han logrado superar el bombardeo mediático de la fluidez y de la inmediatez, y han logrado el compromiso real para una construcción en común, y de esta manera puedan  brindarse seguridad con libertad y establecer vínculos duraderos aun cuando se bombardee para lo contrario.

 

 

Como siempre, la invitación es a leer el libro y de esta manera poder establecer una reflexión más profunda y personal en como este paradigma de relaciones se ha establecido en la manera en como cada uno va organizando su existencia.

 

Dejo el link  para aquellos curiosos que deseen explorar en el mundo maravilloso de las relaciones.

 

Amor líquido.

Zygmunt Bauman

Generación X

Ya no recuerdo con exactitud la primera vez que oí hablar de ello, pero hubo un día en que supe que pertenecía a la Generación X. Esa legión de los nacidos entre 1961-1981 y a la que todavía se le achaca su falta de compromiso político y su individualismo hedonista.

Resumida en eslóganes la Generación X sería: caída del muro de Berlín, final de la guerra fría, Internet en pañales, SIDA, MTV y posmodernidad relativista.

En lo que a mí respecta, nada que objetar a estas pinceladas. Sin embargo, si cada generación tiene el derecho de escribir su propia historia, cada uno de nosotros tiene el derecho a su propia perspectiva dentro de esa historia.

La verosimilitud de un relato depende en buena medida de lo encarnado que esté y así desvelando mi experiencia quizá pueda convertirla en espejo de otras.

De acuerdo con un relato ampliamente extendido, entre sociólogos y opinólogos variopintos, los “X” seríamos parte de una generación que tuvo problemas para encontrar su lugar en el mundo, que estuvo desorientada ideológicamente y que asistió, ¿impasible? ¿desesperada?, a la clausura de los grandes relatos. Hasta aquí nada que no se haya dicho respecto de muchas otras generaciones pasadas. A la “X” le tocó de lleno unos de los ciclos de mayor aceleración de la globalización, una expansión inusitada del uso de la tecnología en la vida cotidiana y una fase bastante dañina del capitalismo. Casi nada.

Dada la ausencia de dirección en la historia, la dispersión de las concepciones del bien y la fragmentación del discurso, el espacio de lo social se volvió -en la última parte del siglo XX- inhóspito, incómodo y se produjo un repliegue – este sí cómodo- del individuo hacia el ámbito privado, es decir, la república independiente de su casa.  Tal como le gustaba afirmar a la adorable Maggie Thatcher, “there’s no such thing as society. There are individual men and women…”.

Así las cosas, en los 80 empezó a consolidarse  la visión de la sociedad como una multitud de átomos solitarios y al éxito en la vida como un proyecto guay que incluye estar bien, sentirse bien y confiar en uno mismo. El arcoíris al final del camino sólo garantizado para los más atrevidos, flexibles e innovadores miembros de nuestra generación. Basta con ponernos a competir los unos con los otros, para que la justicia divina de los mercados reparta eficientemente lo que a cada uno corresponde.

En el 87, los Guns N’ Roses cantaban: Welcome to the jungle y no es raro que con el sálvese quien pueda se haya activado el plan perfecto del diablo que habita en cada uno de nosotros.

En el 94, Kurt Cobain se suicida y con él mueren las esperanzas de que el rock sea una barricada ante la mercantilización de toda creación artística.

En el 96, tuvimos nuestro oscuro manifiesto generacional.  La película Trainspotting y no tanto por el rollo de la autodestrucción como por la encrucijada ante la que nos situaba el personaje de Mark Renton:

«Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?»

Como siempre que hay poder, hay también resistencia

Mi preocupación central a los 17 años, por comienzos de los años 90, eran los discos compactos, las lecturas de mis héroes literarios y conseguir una novia dispuesta a tener relaciones sexuales. Aspiraciones muy nobles todas ellas pero desde luego insuficientes para cambiar el mundo o fundar un partido político.

No estuve preparado, a diferencia de la generación anterior, para la revolución que se necesitaba, que se necesita en tiempos de calamidades. Fui precoz a la hora de perder la fe, primero en el catolicismo y luego en las religiones seculares que son los credos políticos. Una pena esto del descreimiento ya que la realidad queda como desencantada y la voluntad pues un poco perezosa.

Fui a manifestaciones, lloré con los gases lacrimógenos de la policía, corrí por la Diagonal Norte para que no me alcanzaran las balas de goma, voté a los progresistas -que resultaron ser conservadores-, estuve en asambleas populares, pero principalmente me he quedado sentado, intentando entenderlo todo, leyendo ensayos, deglutiendo filosofía, alimentando un nebuloso escepticismo.

No he creído fervientemente en ningún proyecto político, aunque siempre he querido que las cosas cambien. Preguntar, al menos, ¿adónde conduce todo?, ¿en qué tipo de sociedad nos convertiremos?, ¿qué carajo puede hacer uno?

El tiempo va dando las respuestas o no. Genera también nuevas preguntas.

Generación X

Yo siempre he tenido dificultades para sentirme parte de un “nosotros” y he llevado mal aquello de embarcarme en “un sueño colectivo”. Sin embargo, cuando escucho las batallitas de los que fueron jóvenes en los 60, siento envidia. Por el ardor con el que relatan sus aventuras en el Partido Comunista y por lo compungidos que se quedan rememorando el sentimiento intenso con el que querían cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Ay, quién pudiera tener un corazón tan repleto de ideales!

Mejor haber soñado, digo para mis adentros, aunque luego toque despertarse. La potencia de los sueños no está en que se cumplan, sino en el acto mismo de soñar.

La historia épica de la Generación X algún día será contada y me imagino a uno de sus protagonistas -un danés de pelo largo pongamos- de viaje en la selva de Chiapas para luchar junto al Subcomandante Marcos. Es broma. De héroes generacionales andamos escasos pero a mí siempre me han atraído más las gestas de los perdedores natos. Aquellos antihéroes que con sus derrotas pusieron en tela de juicio al pensamiento único. Jóvenes y no tan jóvenes airados, desesperadamente realistas, que nunca se les ocurrió entregarle el estado de ánimo al sistema y que continúan empecinados en sentirse vivos.