Mi mamá me mima

“Mi mamá me mima”, escrito con tiza en el aula de primer grado. “Mi mamá me ama”. “Mi mamá amasa la masa”. En el principio del lenguaje apareció mamá. ¿Qué es lo primero que dije? M-A-M-Á, en lengua materna. La fascinación del bebé con mamá y sus tetas, las proezas hechas para ser dignos de su mirada, el esfuerzo por complacerla. De más grande, la necesidad de la distancia, del reencuentro.

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Siempre hay mucha tela que cortar con el tema de la madre, con lo determinante que resulta su papel en los primeros siete años de vida y la centralidad que tiene su influencia en los años posteriores.

La relación con la madre constituye un eje central en torno al cual se configura nuestra identidad, nuestra manera de estar en el mundo. En el vínculo con la madre se van delineando los rasgos de nuestra personalidad, nuestras pasiones y miedos.

He decidido escribirle una carta a mi mamá, dividida en dos partes. La primera va dirigida a esa señora, ya algo mayor, llamada Susa que me parió hace cuatro décadas y pico. Ésta es la mamá de carne y hueso. La segunda parte es para la madre idealizada, la que llevo adentro como quimera, con la que dialogo mentalmente, a la que le reprocho todo, con la que me peleo casi a diario. Es la madre que me he tragado, digiriendo algunos trozos e indigestándome con otros. Es también la madre que llevo a terapia y a la que pongo a caldo de vez en cuando.

I

He probado a poner “Querida Susana”, en reconocimiento de tu verdadero nombre pero Susana hay una sola y se apellida Giménez. “Susana” me conduce directamente a pelo rubio platinado y risa falsa. “Susa”, en cambio es una antigua ciudad tunecina, famosa por su elegante Medina. “Susa” me suena más familiar, así te llamaba papá.

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Quisiera hablar brevemente de un par de similitudes entre vos y yo.

La primera y más evidente es que los dos somos ansiosos, aunque lo camuflamos con una supuesta tranquilidad zen. Basta con vernos comer, de pie, entre horas junto a la nevera o mordisqueando los pellejos de los dedos, para pensar que estamos afligidos por algo. ¿Qué es lo que realmente nos pasa? Somos incapaces de simplificar, le buscamos la quinta pata al gato y no podemos pensar en una cosa sin pensar al mismo tiempo la contraria y así sucesivamente hasta perder el hilo que podría sacarnos del tejemaneje mental. Por la boca muere el pez y nosotros somos de hablar mucho. Vamos con nuestra oralidad ansiosa a todas partes, picoteando como las gallinas.

Ambos hemos combatido y combatimos a nuestros dragones interiores. Con el psicoanálisis hemos bregado de lo lindo, asediados por su arsenal interpretativo -don Edipo y toda su tropa-  y las terapias interminables, sin arriar nunca la bandera de la búsqueda.

Hay días en que ignoramos el porqué de nuestra angustia y nuestro humor se vuelve sombrío. Las preguntas existenciales nos martillan la cabeza: ¿existe la alegría sin sombra?, ¿es posible la justicia en el mundo?, ¿hay suficiente música adentro para que nuestra vida baile?, ¿cómo afrontar las pérdidas, los duelos?, ¿somos seres finitos que ansían la infinitud?, ¿por qué nunca es suficiente?, ¿qué sentido tiene todo esto?

Vos y yo formamos parte de la misma familia, la de las personas que nos preguntamos para qué vivimos y quiénes somos. Podríamos debatir si el hecho de que la existencia venga acompañada de un signo de interrogación nos vuelve más sabios que  las personas a las que estas cuestiones ni siquiera las rozan. Por mi parte, entiendo que lo de vivir con preguntas no es para jactarse. Me imagino que vos pensas lo mismo.

Un arma que hemos usado contra la melancolía ha sido el humor, el no tomarnos tan en serio a nosotros mismos.  El poder estar hablando seriamente de un drama familiar -citando de paso a Platón o Kant como si sirviese para algo- y de improviso saltar a hablar de la farándula y sus travesuras. También ciertas dosis de oscuridad risueña que incluye la atracción por la locura y lo escatológico.

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La segunda cosa en común que tenemos es que sabemos escuchar al otro, ejercitar la empatía, ponernos en otros zapatos. Esto que en principio parece tan sencillo no lo es. La ingente cantidad de personas que lo único que hacen es hablar de sí mismas obstinadamente, dan buena cuenta de ello.

Se me ocurren otras similitudes entre nosotros mamá: el amor al queso, al vino tinto, a los viajes, a los monumentos históricos, a los dulces, a la filosofía, a los amigos. Estoy convencido de que todos estos “amores” comunes nos evitaron trágicos desvaríos.

II

Empiezo la segunda parte con algo de gratitud, algo que me has dado que provenía de vos y que podríamos llamar espiritualidad. Me enseñaste que no todo es materia, que hay algo llamado alma, que no se puede ver, ni medir, ni pesar y me enseñaste que también hay algo llamado dios. Hasta aquí, todo iba bien.

Las cosas van ganando peso con la edad y con las mayúsculas. El nombre “DIOS” resulta que designa a un padre poderoso, a una providencia que cuida de cada uno de nosotros y a un Hijo, llamado Jesús, que murió en la cruz a causa de nuestros pecados. Su sacrificio sirvió para salvarnos de la tentación, del diablo o de nosotros mismos, que vienen a ser lo mismo, y traer al mundo un mensaje de amor fraternal. La cosa no queda ahí. Está también el Espíritu Santo que es una lengua de fuego que flota en el aire y que se encargó de que la Virgen María quedara embarazada y pariera al hijo de Dios. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son tres y a la vez una misma persona. Hay más. Está la transubstanciación, por el que unas pequeñas obleas blancas, con sabor a cartón llamadas hostias, se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús mediante un rito que practica el cura. Se trata de un momento álgido de la misa. Cuando los feligreses reciben la hostia, el santísimo sacramento, se comen el cuerpo de Cristo. Para más inri, hay otros sacramentos como el de la Penitencia, según el cual se trata de contarle a un cura todo lo que has hecho mal y él en nombre de Dios te perdona, te absuelve de tus faltas y ofensas. Te deja limpio de corazón.

Rarezas aparte, que abundan en todos los credos, los fundamentos de la educación católica, apostólica y romana que me inculcaste, Mamá, niegan el cuerpo, tienen horror al sexo y la culpa lo envuelve todo. Crecer con estos mambos no me dejó indemne, destiné muchas energías para desmantelar toda la parafernalia de reglas y principios.  Me ayudaron Nietzsche, Freud y otros de la misma calaña. Respetar la moral sexual católica, que degrada los placeres sensuales a la categoría de pecado, fue un mal negocio. Incluso cuando quería pasarlo bien, lo pasaba mal. Terminé por tirar la toalla. La última vez que me confesé, el cura indignado me dijo que le parecía muy grave que yo me masturbara al tiempo que mantenía relaciones sexuales sin estar unido en matrimonio.

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Para ir terminando la carta. La gran pequeña diferencia entre nosotros, Mamá, es la fe. Tenés una religión y yo no. Me imagino que cuando la noche es más oscura sentirás el cobijo de la oración y yo algo así como la intemperie fría de la incertidumbre. Vos sos católica, yo agnóstico. Intentamos resolver este conflicto entre los sentimientos y la inteligencia de manera distinta. La necesidad emocional de creer o de no creer, tal vez no sea más que dos formas de un mismo autoengaño deliberado, lleno de ternura.

Un beso ma,

P.d.: “Desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar”. F. García Lorca.

Elección de pareja: la repetición de patrones tóxicos

De nuevo en el borde de la cama, mis ojos vidriosos repasan cada recuerdo como si leyeran un libro abierto. De nuevo en el mismo punto, con el mismo lastre que sobrecarga el interior de mi cuerpo. ¿Cómo es posible? Personas distintas, relaciones análogas. Idénticas emociones en forma de tormenta que rasgan por dentro. Una mala fotocopia de una imagen distorsionada copiada en otro momento.

Y ahora no queda más que el vacío de la ausencia.

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¿Cómo seleccionamos a otro ser humano para establecer una relación amorosa?

A priori, buscamos establecer una relación satisfactoria y duradera, que permita alcanzar determinadas metas y valores, y que satisfaga necesidades psicológicas y biológicas que aseguran el cuidado, preservación, e integridad física y mental. Y esta idea puede cumplirse en personas que debido a su historia biográfica y características psicológicas, les permite disponer de vínculos que, a pesar de los conflictos, contribuyen a su estabilidad, al sentimiento de seguridad y a dicho equilibrio psicobiológico. Sin embargo, no siempre es así…

Muchos tienden a elegir parejas con las que construyen y repiten vínculos inestables, perturbadores, destructivos o patológicos. ¿Por qué no impiden la experiencia dolorosa y el aprendizaje que vuelvan a emerger  las mismas configuraciones de relación?¿por qué de nuevo atraídos por mismos rasgos de personalidad?¿por qué con personas diferentes se repiten los mismos círculos viciosos?

Una elección no elegida

El quid de la cuestión es que no elegimos sentirnos atraídos por alguien voluntariamente; ni elegimos las emociones que surgen en nuestro cuerpo; ni decidimos inclinarnos por unas personas más que por otras. No es como ir al centro comercial, comparar características de un producto y decidir comprar o no. No somos teléfonos móviles ni televisores.

Gran parte de la dinámica de las motivaciones y deseos que nos impulsan a preferir a alguien, son procesos inconscientes y que no dependen de decisiones racionales. Los enlaces que llevan a una persona a preferir magnéticamente a otra parten de la propia estructura psicológica y de sus experiencias biográficas. De hecho,los potenciales conflictos que destruyen las relaciones, tienen su origen ya en la elección mutua.

Algunas cualidades de la otra persona que resultan atractivas son conscientes. Son accesibles con el pensamiento para nosotros y forman parte de las creencias de por qué se le elige –sentimientos captados por el lenguaje en frases como ”me atrae mucho físicamente”, ”es muy inteligente ”, “me ofrece mucha atención y cariño”, “tenemos un sexo fantástico”, etc.–. Pero es esencial comprender que no todas las motivaciones son evidentes: si alguien mantiene una relación disfuncional con una persona –aparentemente– inadecuada, seguramente significa que en otra parte de su psiquismo le está ofreciendo satisfacción, compensando fallas y necesidades internas. Detrás de toda motivación y deseo, existen necesidades psicológicas y biológicas, susceptibles de ser mutuamente solicitadas y atendidas en una relación de pareja: un refugio para sentirnos seguros y amparados, para el cuidado físico y psicológico mutuo; un espacio de encuentro entre necesidades de intimidad, de goce sensual y sexual; para la aceptación, la comprensión,  la atención, la admiración, la valoración…

Existe también la necesidad de huir o estabilizar los estados displacenteros internos y que puede ser regulado en una relación. Por ejemplo estados depresivos, de ansiedad, de angustia ante la amenaza de la propia integridad física o mental, ante la soledad, la separación o la pérdida de figuras significativas, o aspectos de la autoimagen que provocan sentimientos de inferioridad, vergüenza o culpa, etc. También la necesidad de asumir determinadas identidades: protector o protegido, cuidador o cuidado, culpable o indefenso, admirado o admirador, devaluador o devaluado, abandonado o abandonante, seducido o seductor, perseguido perseguidor, etc. La lista es tan larga como experiencias vividas, son ejemplos de cómo buscamos inconscientemente asumir determinadas identidades o roles –y que el Otro asuma también–, ya que impactan y transforman directamente nuestra autoimagen. 

La elección ocurre dentro de un espacio común de transacciones entre dos subjetividades, dos sujetos en relación que crean un impacto en sus sistemas de motivaciones, y en esa matriz de interacciones se satisfacen, frustran, y transforman mutuamente, adoptando y formando configuraciones de roles y posicionamientos recíprocos.

La repetición de patrones tóxicos: visitas de fantasmas

Existe en ciertas personas un patrón repetitivo de elección “no elegida” de relaciones disfuncionales en las que se reexperimenta lo vivido en el pasado, muchas veces el mismo lazo doloroso. Freud señalaba la existencia de este sesgo demoníaco o el eterno retorno de lo igual, en pacientes que revivían con pesar las mismas situaciones disfuncionales o patológicas provenientes del pasado –la compulsión a la repetición –.

La preferencia de pareja puede quedar sesgada inconscientemente hacia personas con las que se van estableciendo configuraciones de relaciones análogas a las experimentadas, aunque actualizadas en un contexto y realidad presente; además, el Otro actúa desde sus propios esquemas como “cómplice” de círculos viciosos que acaban derivando en tóxicos.

Nuestras experiencias dentro de las relaciones van creando un conocimiento implícito acerca de éstas, y permiten un reconocimiento de elementos muy sutiles de comunicación emocional no verbal en las interacciones, así como elicitar respuestas emocionales y pensamientos automáticos ante ellas. Esta memoria implícita relacional, nos permite procesar e identificar lo ya vivido con otra persona; y esa misma memoria es la responsable de perpetuar los patrones que nos posicionan en determinados roles y de disparar estallidos emocionales que a veces nos «secuestran» hasta el punto de no reconocernos. Se borran los límites entre la realidad actual y el pasado porque el sujeto en el presente activa al mismo tiempo los fantasmas a los cuales ha ido enfrentado desde niño.  El cuerpo se dispara ante el “gatillo” apropiado.

Se trata de un trasvase desde el ser que en el pasado –en la infancia, adolescencia o primeras relaciones amorosas– necesitó a unas figuras buscando amor, cariño, atención, calma, ternura, reconocimiento y valoración, pero encontró negligencia en su cuidado físico, psicológico o afectivo, y en su extremo el trauma grave por el abuso y el maltrato. Tal vez éste sea el tipo de comportamientos que viene a la mente al lector, pero la falla puede ser mucho más sutil y silente. Puede ser un regreso emocional a un vínculo con poco cariño,con frialdad emocional o cierta indiferencia a necesidades afectivas; a un vínculo excluyente y abandonante; a vínculos devaluadores, críticos, invalidantes, persecutores, severos; a vínculos de amor condicionado a deseos o necesidades ajenas a él; a vínculos que impiden la autonomía, que ahogan la iniciativa y la independencia; vínculos llenos de agresividad, desprecio…

Las perturbaciones en el vínculo con las figuras significativas, parentales o no, empujan muchas veces al encuentro compulsivo con ese trauma relacional vivido. Reaparecen desde la sombra de la memoria múltiples experiencias de angustia y sufrimiento, que nos alertan en el cuerpo sobre la amenaza del dolor psíquico, activando estrategias defensivas que en algún momento permitieron sobrevivir y equilibrar el psiquismo, pero que en muchos casos son disfuncionales en la relación presente. En cierta forma, nuestras relaciones actuales pueden ser perseguidas por fantasmas de las pasadas.

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Explicación de la repetición

La búsqueda compulsiva de recobrar lo vivido, puede producirse con el objetivo de reparar las fallas emocionales, de alguna forma una oportunidad de lograr un resultado diferente, una nueva oportunidad de enfrentarse a roles y situaciones ya vividas, buscar enmiendas, curar heridas profundamente ancladas en lo más profundo del ser. En resumen, obtener un amor de la figura de apego de la forma que fue vital tener y no se tuvo. 

Desde una perspectiva teórica actual, distintas escuelas y orientaciones de psicoterapia coinciden, aunque con distinto lenguaje técnico y perspectiva, en que la mente se estructura en el seno de las relaciones, y que determinados aspectos sobre los modos de relacionarse, así como la autoimagen y las expectativas de los demás quedan grabados en forma de esquemas, que actúan de manera estable en forma de automatismos en el pensamiento y las emociones. Esto se debe a la tendencia de nuestra mente a conservar una continuidad y cohesión con la experiencia asimilada. Se mantiene cierta necesidad de estar en contacto con formas de relación que son familiares a su experiencia y que les mantiene conectados con el mundo interpersonal conocido.

“los sentimientos dolorosos, las relaciones autodestructivas y las situaciones de autosabotaje se recrean a los largo de la la vida como medios de perpetuar los primeros lazos con las demás personas significativas” (Mitchell, 1993, p.40)

Algunas veces toman los roles traumáticos como una forma de obtener en el presente el control de situaciones que fueron desbordantes en el pasado. En esos aspectos emocionales que se transfieren al presente, no sólo se repiten las mismas configuraciones o posicionamientos ante el Otro, sino que también se pueden invertir los roles: la víctima siempre aprende los dos papeles de la situación traumática, víctima y verdugo, dos caras de la misma moneda. Éste es el caso de las personas que, habiendo sido sufrido alguna negligencia , se identifican con el perpetuador y repiten la escena en su  conducta como una forma de obtener una identidad poderosa, no débil, pasiva ni padeciente. En el reverso de la moneda, otra forma de control en la transferencia es adoptar comportamientos de sumisión, pasividad y sometimiento ante los deseos y abusos del Otro, con el objetivo de aplacar al persecutor o incluso provocarle intencionadamente, re-actuando la situación pero esta vez de una forma controlada y no sorpresiva, ya que es uno quien cree ser protagonista y responsable de lo que le ocurre. Con estas conductas masoquistas se reduce el impacto traumático, mediante la autoinculpación y «salvando» a la  figura de apego, que, a pesar de todo, sigue necesitando.

¿Condenados a enamorarse mal?

Resumidamente, a veces ocurre que el objeto de amor elegido no va en consonancia con atributos y cualidades, psicológicas y físicas, que le atraen o convienen a un sujeto: puede estar cubriendo inconscientemente a otro nivel motivacional algún vacío o compensando un conflicto, de un aspecto que es esencial para él/ella. Por esto, no tiene sentido decir que se elige mal y culpabilizarse: en primer lugar porque no es voluntario, y en segundo porque las emociones se dirigen a elegir lo mejor de lo que está disponible, para resolver parcialmente ciertos deseos y necesidades que pujan desde dentro de una persona en un momento específico; aunque no sea lo más adecuado para la totalidad de dicha persona.

¿Pero es eterna esa condena? La respuesta es NO.

Me gustaría invitar a la reflexión de qué aspectos puedan estar enganchando a relaciones tóxicas. Qué motivaciones pueden haber detrás de dichos patrones. No es mi intención hurgar gratuitamente en cicatrices ni memorias dolorosas, pero sí convidar a un aprendizaje personal que permita una mejor elección de pareja, así como para mejorar aspectos dentro de una relación ya establecida. Está en nuestras manos la decisión de con quién compartimos nuestra vida y cómo lo hacemos. De ahí la importancia de dar un primer paso y reconocer la implicación psicológica propia.

Tras una apropiada exploración, que permita una reflexión sobre las experiencias vividas y una comprensión que ofrezca una coherencia, es especialmente importante tener una oportunidad de vincularse, actuar o pensar de una forma distinta dentro de una relación significativa–como una relación de apego seguro o una relación terapéutica, que permiten una experiencia reparatoria y de regulación emocional–, ya que es la única forma de imprimir experiencias emocionales correctoras en la memoria implícita.

El azar sigue actuando en la vida y existen nuevas oportunidades de establecer distintos vínculos, pero desde luego la atracción es mucho mayor hacia esos vínculos inadecuados, y no es una solución saltar de relación en relación manteniendo el mismo lastre. En cada relación se abre una ventana hacia el pasado, a lo experimentado en las relaciones a lo largo de la vida. Se reviven y despiertan deseos y angustias, pero se brinda la posibilidad de sanar, de realizar lo nunca vivido en un vínculo, de construir mutuamente lo íntimamente anhelado. 

Referencias bibliográficas

  • Bleichmar, H. (1997). Avances en Psicoterapia Psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós Ibérica.
  • Filippe dos Reis, H. (2016). La elección de objeto de amor desde el enfoque Modular-Transformacional: el encuentro con el Otro. (Pendiente de publicación)
  • Freud, S. (1914). Recordar, repetir, elaborar. En Freud, S. (2007) Obras Completas, Vol. XII. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.
  • Mitchell, S. (1993) Conceptos relacionales en el psicoanálisis: una integración. Madrid : Siglo XXI