Vallas y vías. El apego en el adolescente

“Cuando eres adolescente, te enfrentas a muchas cosas que ni sabes cómo resolver. Pero hay que demostrar que sabes. Pero no sabes nada. Y en vez de reconocerlo, me enfado y grito a mi madre y a mi hermano, a lo loco. Y cuando quieres darte cuenta, ya ni sabes cómo empezó todo. Pero me da vergüenza pedir disculpas” (Vanessa, 14 años)

 

“Para mí es cansado. A veces tienes que hacer como que no te importan las cosas, porque si lloras o te quejas, se ríen de ti. Y cuando llego a casa, no le cuento nada a mis padres porque siento que lo que les cuento, les parece absurdo” (John, 16 años)

 

“Si ellos nunca se han molestado en decirme que me quieren… si siento que he sido un estorbo, ¿cómo quieren que les muestre cariño? ¿Por qué me echan en cara la misma mierda que ellos me han hecho a mí?” (Luis, 17 años)

Mi adolescencia, tu adolescencia, no han sido muy diferentes a los testimonios de estos tres chavales con los que realizamos una intervención socioeducativa desde mi Proyecto el año pasado. Nosotros también fuimos chicos y chicas que buscaban su sitio, demasiado orgullosos para reconocer que no sabían, demasiado temerosos como para mostrar nuestros miedos. La cabeza bien alta, la voz segura. Las ideas, muy claras. Aunque no sea verdad, la vida se trataba de demostrar que creías que sabías de qué iba. Nunca entendí qué fue lo que me atrajo de ellas/os como para dedicar mi vida profesional a intentar encontrar la clave de su comportamiento, de sus formas de ver la vida. Nunca tuve respuesta a eso. Hasta que empecé la formación como terapeuta Gestalt (y sobre todo, mi proceso individual) no di con la respuesta. Trabajo con adolescentes porque cuando les miro, me veo. Cuando les veo enfadados, rabiosos, angustiados, me veo en sus ojos. Siento que mi trabajo con ellos/as está permitiendo sanar mi propia adolescencia. Verla con otros ojos, abrazarla y acogerla.

Mi adolescencia (y seguro que la tuya también) no fue demasiado dura contra el mundo. Yo centré toda mi rabia en mi familia, en la sensación terrible de no encajar con ellos. A veces, me sorprendía mirándoles y pensando “¿Por qué ellos son mi familia? Si no tengo nada que ver con ellos… ¿Por qué me tocaron estos padres en vez de otros?”. Era una sensación de vértigo en el estómago. De no reconocerlos realmente. De sentirme de otra galaxia, otra dimensión. Entonces me separé de ellos. Empecé a darme yo misma todo lo que ellos no me daban (o al menos así lo sentía yo). Era una adolescente modelo, porque el mínimo que me exigían, lo cumplía (buenas notas en clase, respetar normas y horarios). Pero no compartía nada con ellos. NADA. De muchas cosas que viví en esta época loca, se han enterado hace relativamente pocos años. Es curioso como ahora que me acerco a los 40 años, es cuando me siento más parte de mi familia. Al fin encajo. Me reconozco en ellos. Les reconozco en mí.

 

 

Todo adolescente tiene que romper las normas, como parte de su crecimiento, de su separación del mundo de sus padres. El mundo y la sociedad han cambiado y el niño/a crece con la sensación de que es un adulto más, al que se pide opinión y se escucha. Y no solo eso, sino que además se tiene en cuenta lo que dice.

Esto, por una parte, está muy bien para el niño/a, pero por otra parte, irá creciendo con la sensación de que es mejor que sus padres, que se lo merecen todo y que, además, tiene derecho a no agradecerlo.

Este niño/a va creciendo y va llegando a la adolescencia, etapa en la que tiene que empezar a discutir con sus padres acerca de los patrones familiares, las normas, los permisos… Pero el chico/a se encuentra con que no hay mucho que discutir. El clima en casa ha sido el de, generalmente, dejarle hacer lo que desea (para prevenir así las discusiones y peleas), demasiada permisividad. O todo lo contrario: límites estrictos, demasiada sobreprotección, elevadas exigencias por parte de sus padres.

Actualmente, algo que les ocurre a los/as adolescentes, es que no encuentran áreas en las que plantear la pelea. ¿Qué les queda? Utilizar los estudios, el rendimiento académico, su comportamiento en el centro educativo como elementos para establecer el conflicto con sus padres. Si unimos a esto, el hecho de que estos niños/as se han creído superiores a sus padres desde la niñez (porque sus padres los admiran por su inteligencia, por sus ocurrencias), llegan a la adolescencia sintiéndose poderoso ante sus padres (peleas de poder).

Todo esto llevado a la adolescencia, se convierte en una bomba de relojería, donde realmente el adolescente se cree lo que es, pero no sabe lo que es ni hacia dónde quiere ir. Es la etapa en la que tiene que empezar a demostrar lo que dice que es y muchas veces la realidad le demuestra que no es así, que no vale tanto como cree o que tiene que hacer un esfuerzo mayor para demostrarlo. Aquí es donde llega la “crisis” (el entorno le presiona para que decida qué quiere hacer con su vida. Para unas cosas es mayor, pero para otras es pequeño). Algunos la viven como depresión, otros desde el abatimiento, el pasotismo, la indiferencia, la evasión (a través del consumo de drogas, por ejemplo).

 

El inicio de todo. Los apegos

Si recorriéramos nuestra vida en sentido inverso y prestáramos atención, podríamos ser capaces de ver el momento preciso, el instante en el que todo cambió. Esta pregunta la he lanzado muchas veces en los grupos de adolescentes con los que comparto camino. ¿En qué momento cambió todo? Somos capaces de recordar ese cambio de colegio que nos alejó de nuestras amigas… aquella mudanza que nos cambió de barrio, perdiendo los momentos vividos en el que creíamos que era nuestro lugar “seguro”… o que mamá y papá decidieron que ya no querían seguir viviendo juntos (aunque se querían mucho… o eso te dijeron). Amigos/as con los que peleamos, dejándonos de hablar durante días, semanas… años. Gente que entró y que salió de nuestras vidas, sin dejar ni rastro, o dejando marcas profundas, de las que te acompañan hasta el final. Si lo pensamos un momento, ¿con qué estrategias contábamos en aquellos años para hacer frente a este mundo rápido y cambiante? ¿Cómo éramos capaces de sostener, de atravesar el dolor que causaban las peleas, las pérdidas?

Para llegar a este punto, tendríamos que seguir caminando y llegar a nuestra más tierna infancia. Un ejercicio complejo, lleno de miedo, pero no imposible. Los apegos. El inicio de todo este camino, en el que ahora te encuentras con 15 años y sin tener ni idea de qué o quién eres. Uno de los autores que más he leído, y con el que comparto muchas de sus teorías, Bowlby, define el apego como “el vínculo emocional que desarrolla un/a bebé con sus tutores, ya sean padres biológicos, adoptivos o cuidadores/as”.

Este vínculo emocional del apego crea en el/la niño/a una sensación emocional que se considera indispensable para el desarrollo de la personalidad del niño/a, y que marcará su manera de desenvolverse y relacionarse con el mundo que le rodea en el futuro. En este punto es donde llegamos al centro de la cuestión. Detrás de toda conducta disruptiva, desadaptativa, conflictiva, no adecuada, agresiva, violenta, reaccionaria, etc, así como detrás de toda conducta normalizada, adaptativa, pacífica y sana, se encuentra la memoria corporal de nuestro propio niño, de nuestro propio bebé. Según Bowlby, un bebé nace con una serie de conductas aprendidas cuya finalidad es lograr respuestas de sus padres. Por ejemplo las sonrisas reflejas, la succión, el llanto, el balbuceo o la necesidad de ser acunado responden a esas conductas que necesitan de una respuesta paterna. Todo este repertorio está encaminado a mantener la proximidad de la figura materna/paterna, es decir: de sus figuras de apego. Es por esto que los/as bebés se resisten a la separación, llegando a mostrarse ansiosos e inseguros cuando mamá o papá no están cerca.

 

La conducta del apego, reconoce cuatro tipos:

– Apego seguro: si lloro, si balbuceo, si grito, recibo respuesta de mamá y papá, que vienen a calmarme. Se muestran disponibles para mí. Se dan condiciones óptimas de apego.

– Apego ansioso-evitativo: papá y mamá se muestran insensibles ante mis peticiones, ante mis necesidades. A veces, incluso, rechazan mi llamada y no me hacen caso.

– Apego ansioso-ambivalente: mamá y papá a veces me hacen caso… pero a veces no. Ante una leve separación, me siento mal, me entra ansiedad, me siento vulnerable y desprotegida. Pero cuando me cogen en brazos, sigo sintiéndome igual de ansiosa. Quiero tu contacto, pero lo rechazo.

– Apego desorganizado o caótico: en este caso, se puede dar de manera activa, cuando mamá y papá son intrusivos, tienen un alto nivel de agresividad hacia mí. Responden más en función de su propia necesidad que de la mía (“Esta niña es insoportable. Es una llorona. Seguro que llora tanto para fastidiarnos”). En algunas ocasiones, el apego es pasivo, y aparecen madres y padres que depositan la responsabilidad y la labor de la crianza en el propio niño/a.

 

Un gran abanico de posibilidades. El 80% de adolescentes con los que intervengo, presentan conductas de apego de los tres últimos puestos de la clasificación. Son adolescentes que ahora muestran indiferencia, evitación, excesiva autonomía. Un afecto inhibido. Son incapaces de expresar emociones y muestran dificultades para empatizar (ansioso-evitativo); adolescentes que muestran de una forma desinhibida su ansiedad y su rabia, con una gran dificultad para lograr una autorregulación de su estado emocional (ansioso-ambivalente); adolescentes agresivos, manipuladores, que presentan conductas antisociales y castigan a sus iguales (desorganizado activo) y adolescentes complacientes, que tienden a la soledad, a los/as que les cuesta establecer relaciones interpersonales y tienen dificultades para sentir y pensar (desorganizado pasivo).

 

“¿Sabes? Creo que mi forma de ser a veces es una valla, que no me deja seguir andando. Que me fastidia el camino porque pierdo tiempo. Pero ahora, veo que también a veces es una vía. Por la que voy tranquilo y puedo llegar a más sitios”

 

 

Para poder acompañar a un/a adolescente, es imprescindible recorrer ese camino en sentido inverso hacia el origen de su vida. Haciéndolo con él/ella, lo haremos con nosotras/os mismas/as, y podremos comenzar a atisbar quiénes somos realmente. En este momento, tendremos que abordar dos niveles de intervención claros. Por un lado, la reparación del apego como base segura, acompañándole en el aprendizaje de gestión de emociones. Por otro lado, el desarrollo de su identidad. Que descubra quién es realmente. Que se pueda integrar en una red social variada y positiva.

Si sólo nos quedamos con lo que se ve, con la explosión de ira, con la mala contestación, con el silencio impenetrable, caeremos en el “no saber”, en cuestionar su actitud ante la vida, ante el mundo. Impregnaremos su historia de la nuestra, proyectando nuestros miedos en ellas/os.

El apego recibido en nuestra infancia es justo eso. Es el prisma por el que observamos el mundo y nos relacionamos con el. Puede ser que tus padres te enseñaran con su actitud y su falta de afecto que la vida es un campo de batalla, donde siempre hay que ir mirando detrás de ti, donde no exista opción de escaparse y te veas obligado/a a sobrevivir. Lleno de vallas y barro. O, en cambio, puede ser que lo hicieran de otra forma, que hace que ahora consigas verte, observar qué partes no funcionan, cuáles están alienadas. Integrarlas en ti. Descubrir que esa opción, convierte tu vida en un montón de vías disponibles, que te llevan a donde quieras soñar. Que te dejan relacionarte con el mundo de una forma más sana y serena. La suerte que tienes es que, como adolescente, el pasado no te importa demasiado. Vives en el ahora más absoluto. Y piensas en lo que está por llegar.

 


Atentados, musulmanes y la regla del PLAC

Los atentados del pasado 17 de agosto en Barcelona hicieron que muchas personas sintiéramos rabia e impotencia. Las cafeterías, los bares y las comidas familiares comenzaron a llenarse de opiniones, comentarios racistas y todo tipo de «fogos» y «fobias» hacia los musulmanes, terroristas o cualquier extranjero que pasara por ahí en ese acalorado momento. Este artículo surge a raíz de esas discusiones privadas que construyen nuestra realidad y ponen sin querer de manifiesto que la mayoría de personas desconocemos el funcionamiento de nuestro organismo el cual, por cierto, nos acompaña a todas partes a todas horas.

¿Pueden las personas o las cosas que nos pasan generar una emoción? ¿Cuál es el origen de las emociones? Gracias a la colaboración de Aïda Massana, este mes el artículo ha tomado la forma de video. En él abordamos estas y otras preguntas. Un video es algo inacabado que se termina con los ojos de la persona que lo mira. ¡Gracias!

 

Recordad siempre la regla del PLAC: una persona, un animal, una video o un lugar no tiene la capacidad de hacernos sentir nada, solo las ideas que hemos asociado a él.

PD: En este artículo, si os apetece, podéis profundizar un poco más en la regla del PLAC.

¿Otra vez el enfado? ¡Y ahora con la novia!

Esta vez toca hablar del enfado con la novia… Ya dije que el enfado es una de las emociones que más pereza me da en mi último artículo.  Y aquí estoy otra vez con el enfado… Y es que, si te paras a pensar, es un tema con mucho jugo… Y si la vida me lo devuelve, será por eso, para que lo exprima más, para que aprenda más de ello…

Vaya por delante que la historia que cuento del enfado con la novia podría habernos pasado, mutatis mutandis, a cualquiera de nosotros en algún momento de nuestra existencia, así que podemos mirarla con cariño y sentido del humor.

Un cliente vino a la consulta en plena ebullición de su enfado con la novia. Decía que ella no le quería, no le valoraba. Yo le miraba y me preguntaba, ¿qué hay detrás de todo ésto?, ¿cuál es la historia que él se está contando? Y llegado un momento, le dije: bueno, y si ella no te quiere, ni te valora, ¿qué hace contigo entonces…? Esto paró un poco su acelerado e indignado discurso …

Y ya con un poco de serenidad en el ambiente, le pregunté por sus “pruebas” de que ella no le quería ni le valoraba. Resultó que si su novia quería quedar un día con sus amigas en vez de con él, él interpretaba: ella prefiere estar con sus amigas, ella no quiere estar conmigo, ella no me valora, ella no me quiere. Si su novia estaba cansada un día a la salida del trabajo y prefería marchar sola a su casa, igual: ella prefiere estar sola a estar conmigo, ella no valora mi compañía, ella no me quiere.

Esa era la historia que él se estaba contando. Mi novia queda con sus amigas significa que mi novia no me quiere ni valora. Mi novia está cansada y quiere irse a su casa, igual.  Y, claro, me enfado. ¿Cómo no habría de enfadarme si creo que mi novia ni me quiere  ni me valora?

enfado con la novia

¿Nuestros pensamientos  son verdad?

Solemos creer en nuestros pensamientos como en verdades absolutas. Lo que yo pienso es cierto, es verdad. Pero, en realidad, ¿qué pensáis vosotros? Realmente, ¿es cierto qué si su novia queda un día con sus amigas significa que no le quiere? ¿Es verdad que si su novia sale un día cansada del trabajo y quiere marchar sola a casa  eso también significa que no le quiere? Obviamente, eso no es verdad. Son pensamientos “mentirosillos”…

¿Y cómo se siente él cuando piensa que eso es verdad? ¿Cómo reacciona? Con enfado. Habla conmigo y critica a la novia. Habla con la novia y discuten acaloradamente, con lo cual la relación se deteriora… Él se siente mal, hace sentirse mal a la novia y la relación se resiente… ¿Algún motivo para mantener esos pensamientos?  ¿Alguna razón para soltarlos? ¿Quién sería él sin esos pensamientos? … Puedes contestarte tu mismo.

enfado con la novia

 

El espejo

Hay quien dice que cómo nos relacionamos con el otro es un espejo de cómo nos relacionamos con nosotros mismos… Así que, llegado el momento oportuno,  le invité a que invirtiera la frase de su pensamiento inicial. A que dijera en voz alta “yo no me quiero ni me valoro”,  en vez de “mi novia no me quiere ni me valora”. ¿Te resuena? — Le pregunté —. Sí — me contestó él y su semblante cambió radicalmente, quedándose pensativo y  en silencio—.

A partir de ahí, pudimos trabajar sobre la aceptación de sí mismo para que se quisiera y se valorara más.

Somos humanos y tendemos a proyectar en los demás. En este sentido, el otro es mi maestro. Sin embargo, mientras seguimos atrapados en el enfado con la novia o con quien sea, echando los balones fuera, somos incapaces de verlo. La ira ciega, dice el saber popular.

Cuando somos capaces de quitarnos la venda del enfado, podemos abrir los ojos. Y quien abre los ojos ve.

Una mujer me dijo esta mañana «he decidido no entrar en conflicto con nadie porque me he dado cuenta de que cuando entro en conflicto con alguien, en realidad, lo que hago es entrar en conflicto conmigo misma”.

Un abrazo de corazón,

Ana F Luna

Referencias bibliográficas. Si quieres cultivar la desidentificación del pensamiento te recomiendo que leas “Amar lo que es” de Byron Katie. Y si quieres más información del enfado desde otro punto de vista, mi anterior artículo “El enfado… que pereza me da”

El enfado… qué pereza me da

El enfado es una de las emociones que más pereza me da… genera tan mala energía, tanta falta de claridad mental… Quizá por eso necesito reconciliarme con ella. Como decía Jung, “todo aquello que rechazas te somete y aquello que aceptas te transforma…”

Además, soy mujer y claro… enfadarse está mal visto en una mujer…Hay una especie de convención social al respecto. Es una cuestión cultural. Si una mujer da un “puñetazo encima de la mesa” en la oficina (hablo en sentido metafórico) es una insoportable. Si un hombre hace lo propio, es un líder, alguien que tiene decisión, que tiene lo que hay que tener… No les arriendo el beneficio… Además, si es que existe el mandato social “la mujer no debe enfadarse”, también existe el mandato social de  “el hombre no debe llorar”, es más, “los hombres no lloran”…

Así es como, quizá, la mujer ha desarrollado un mayor rechazo a la emoción del enfado, de la rabia. Por esa cuestión cultural. Aunque, por supuesto, hay hombres que también sienten un rechazo especial hacia sus emociones de enfado. Por ejemplo, un varón que de niño vivió en casa con un padre que gritaba para afirmar su autoridad, puede haber generado un rechazo hacia ese tipo de figura de autoridad que de adulto se transforme en un rechazo especial a mostrar rabia.

 

enfado, rabia

 

 

El rechazo a la emoción del enfado

¿Qué hacemos cuando tenemos una emoción que nos desagrada?, la rechazamos. Podemos negarla, negar su existencia. Niego mi enfado por lo que me dijo Luis y luego me duele la cabeza y no sé porqué…  (la emoción reprimida se somatiza). No me doy permiso para reconocer  mi enfado con el jefe y luego llego a casa y salto a la mínima, pagándolo con mi pareja…  (realmente ya venía enfadado de “antes”, sólo que antes no me dí permiso para reconocerlo y soltarlo, ¿cómo iba a soltarlo en la oficina?)

A veces me doy cuenta de que estoy enfadada. Llego a tomar consciencia de ello y rechazo sentirme así. Y, claro, el enfado no se me va… sino que parece crecer… Y es que contra lo que te resistes, persiste… Y lo que aceptas, se diluye.

Y también puede ocurrir que cuando me doy cuenta, me enfado por haberme enfadado o me siento culpable por haberme enfadado. Es el segundo sufrimiento. El primer sufrimiento es cómo me siento. El segundo sufrimiento es cómo me siento acerca de sentirme así. Nuevamente aparece el rechazo a la emoción. Mi rechazo al primer sufrimiento es lo que genera el segundo.  Y a veces es peor el segundo sufrimiento que el primero…

 

enfado, rabia

 

El segundo sufrimiento

Una vez vino una mujer a mi consulta que se sentía terriblemente culpable por haber tenido ganas de estampar a su bebé contra la pared… Aunque por supuesto no lo hizo, el sólo hecho de que esa idea se le hubiera podido pasar por la cabeza, le atormentaba. Era su primer hijo. Había sido muy deseado. Le costó muchísimo quedarse embarazada y estaba feliz de haber dado a luz una niña hacía 6 meses.  Desde entonces no había vuelto a dormir ni una sola noche… La niña lloraba cada noche, sistemáticamente, y durante largos periodos. La madre estaba físicamente agotada y emocionalmente desesperada.

Los seres humanos necesitamos dormir. Es una cuestión de supervivencia. Nadie puede vivir mucho tiempo sin dormir nada en absoluto. Y cuando no podemos hacerlo en la medida que necesitaríamos, nos alteramos física y emocionalmente. Visto desde fuera, ¿te extraña que la madre (por muy devota que fuera),  después de 6 meses sin dormir lo necesario,  tuviera ese “instante” de rabia? A mí no, puedo mirarlo con comprensión y compasión.

Pasamos bastante tiempo aliviando su sentimiento de culpa, su segundo sufrimiento, durante la sesión. Sin embargo, una vez aliviada la culpa, fue fácil y rápido aliviar el “instante” de rabia, su primer sufrimiento.

 

Podemos amar y sentir rabia por la misma persona, a la vez

A algunos nos educaron en que si es A, no es B. O es blanco o es negro. Pero la vida es blanco y es negro y es de muchos otros colores, a la vez.

Yo no sé si esto te ha pasado alguna vez pero a mí sí. Vas andando por la calle y ves a un niño pequeño de la mano de su mamá. La madre se despista un instante y el niño aprovecha para soltarse de su mano y salir corriendo en dirección a cruzar la calle, precisamente, cuando están pasando los coches… Cuando la madre lo vé, sale corriendo detrás de él,  le ”engancha” por el abrigo,  le detiene antes de que cruce y… cuando le dá la vuelta … le echa una reprimenda enorme. Ves la cara de la madre  llena de rabia, escuchas su tono de voz alto y enfadado, notas sus manos zarandeando al niño, sus palabras… ¿pero cómo se te ocurre?, ¡jamás vuelvas a hacer esto!

¿Ha dejado esa madre de querer a su hijo? Evidentemente, no. Es precisamente porque le quiere y porque se siente responsable de su cuidado, que reacciona de esa manera. Si, se puede sentir rabia y amar a la vez.

 

enfado, rabia

La intención positiva de la emoción

Todo comportamiento y, también toda emoción que le acompaña, tiene una intención positiva, quiere hacer algo bueno por ti. Si, ya sé que a veces nuestra mente racional no lo comprende. Pero cuando nos paramos a preguntarnos que quiere conseguir ese comportamiento o esa emoción podemos sorprendernos de lo que descubrimos.

El enfado es una reacción de agresividad, de lucha, que generalmente responde a que, previamente, uno se ha sentido en peligro o atacado. Percibimos una amenaza y queremos defendernos luchando. Es puro instinto de supervivencia.

Como ya no vivimos en la época de las cavernas, las amenazas actuales suelen ser más sutiles. Sentimos nuestro orgullo herido, atacada nuestra buena fama profesional o personal, nos sentimos rechazados… y reaccionamos con enfado. Así, la intención positiva del enfado puede ser la de defendernos, sentirnos protegidos, respetados, aceptados, queridos… Y una vez detectada esa intención positiva, podemos mantenerla y ver cómo conseguirla de otra manera…

No somos dueños de las emociones o de las ideas que aparecen espontáneamente en nuestras cabezas y corazones. De lo que si somos responsables es de lo que hacemos con ellas.

Aceptar nuestras emociones, también las que nos desagradan, nos ayuda a soltarlas, a dejarlas marchar y recuperar nuestro bienestar. Preguntarnos por su intención positiva, nos ayuda a reconciliarnos con ellas y a explorar nuevas formas más saludables de obtener esa intención positiva, de cubrir esa necesidad.

Un abrazo de corazón,

 

Secuestrados por la rabia: «no puedo olvidar»

Diciembre. Días de encuentro para medio mundo; para la otra mitad, los fantasmas nos encuentran en la soledad. Una sacudida como un relámpago en el cuerpo. Recuerdo tu imagen con mi mirada perdida y desenfocada entre los adornos y guirnaldas de luces. Detesto el jolgorio y la alegría a mi alrededor, lo encuentro absurdo con esta realidad interior, como si al mirarme se mofaran de los sentimientos detestables que me habitan… que me secuestran. Un sobresalto como una pedrada en el agua de un estanque. Mi corazón acelerado bombea petroleo. Quiero ser libre del rastro denso que dejaste y ser esclavo de mi resarcimiento. Cuánto más peleo por alejar la mente más me devora por dentro: un puño de hierro se aferra a mis tripas y las comprime.  

Es tu presencia invisible, presencia sin presente, que me envenena. Una pesadilla de sueños quebrados de la que no consigo escapar.

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¿Por qué algunas personas desarrollan una fijación hacia una persona, sin poder evitar que su mundo mental y emocional giren en torno al rencor hacia ella, ni que su vida continúe libre de ese peso?

Secuestro emocional

Probablemente no existe nada que provoque una fijación psicológica y emocional tan intensa hacia una persona como la rabia y el odio; tal vez ni siquiera el amor que lo antecedía, o su pérdida.

Un daño, un perjuicio hacia nuestra integridad personal, psicológica, emocional o física, a veces irremediable. Unas acciones injustas, abusivas y nocivas hacia nosotros, reales o vividas como tal. Promesas rotas e incumplidas, un pacto en el pasado con el lado más frágil de nuestro ser. Un abuso a nuestra vulnerabilidad o buenas intenciones. El aprisionamiento y limitación de nuestros deseos, o el atropello de nuestras posibilidades presentes y futuras. El residuo que deja es el sentimiento de que el Otro ha sido dañino, injusto, perverso, malo, y que debe de compensar de alguna forma lo que hizo.

El resentimiento y el rencor es el halo que queda de una rabia sin ajusticiar. Se alimenta de la agresividad y de la acuciante necesidad de reparación de algo quebrado por dentro. El enfado deriva en resentimiento que corroe y amarga en silencio. Nos hace incapaces de perdonar y liberarnos. Somos el déspota que nos subyuga con emociones que nos secuestran, saboteadores de una versión más libre y equilibrada de nosotros mismos.  No hay paz si necesitamos la guerra, y la principal víctima somos nosotros.

«El resentimiento es la emoción del esclavo; no porque el esclavo sea resentido, sino porque quien vive en el resentimiento, vive en la esclavitud” (atribuido a F. W. Nietszche).

Función y origen de la rabia

La rabia y el enfado son emociones primarias que heredamos en nuestra biología. Movilizan la mente y el comportamiento hacia la modificación de una situación dañina o la reparación de un agravio. Toda emoción tiene también un fin interpersonal: la rabia expresa el estado interno de malestar y comunica los cambios que deseamos. Son emociones que se consideran negativas porque se viven en el cuerpo como desagradables, pero son emociones naturales y necesarias. Permiten los cambios que regulan nuestras emociones, así como modificar o adaptarnos a una situación indeseable.

Para la Teoría del Apego, el apego es un sistema motivacional y comportamental cuya función evolutiva es impulsar al establecimiento y mantenimiento de vínculos con figuras significativas. La ira y el enfado, son respuestas innatas presentes desde la primera infancia ante la separación, inaccesibilidad o ausencia de la figura de apego. Permiten expresar su malestar para evitar tal situación, desplegando conductas que restablecen el acceso a la figura de apego, a la cual señalan sus necesidades.

Las reacciones y las estrategias que despliegan los niños son resultado de la activación del sistema de apego – la angustia de separación– y mantienen un paralelismo con las reacciones que mostrarán en las etapas adultas. en las experiencias dentro de las relaciones. Los estilos de regulación emocional, reflejan una dinámica adquirida, y condicionan las emociones y las estrategias empleadas ante la pérdida y la separación en etapas adultas.

El duelo se trata de un proceso físico y psicológico como respuesta a la pérdida definitiva de una figura significativa, permite la reorganización y su adaptación a la vida sin la presencia de la figura perdida. Existen duelos crónicos o patológicos caracterizados por una intensa y persistente protesta y rabia, influidos por los esquemas interiorizados en las experiencias infantiles. Estos esquemas influyen de forma inconsciente en la dinámica y el papel de la rabia.

puño rabia agresividad

El papel de la agresividad

La agresividad es un componente innato de nuestra biología que, aunque su expresión depende del moldeamiento por las experiencias y el entorno, suele activarse ante circunstancias que implican una amenaza o que crean frustración. Crea una tensión psicofisiológica que nos impulsa a la descarga emocional, pero ¿por qué se mantiene envenenando nuestros pensamientos y emociones con el paso del tiempo, cuando no aporta ninguna utilidad mayor que aplacar una necesidad?  No es evidente: responde a otros determinantes psicológicos, otros deseos y motivaciones. Veamos algunos ejemplos.

La agresividad tiene un carácter interpersonal, no sólo como expresión de algo interno, es un medio o instrumento como forma de acción sobre el Otro. Por un lado, puede ser necesaria para recuperar una autonomía, y permitir un espacio físico y psicológico independiente que no existía antes. Por otro, la rabia puede ser un intento de condicionar o influir en el comportamiento del Otro. Deviene en más impotencia si no se logra de obtener lo deseado –restitución del daño, disculpas, ser reconocido, modificación de conductas indeseadas, etc.–

Las fantasías o comportamientos agresivos permiten transformar una situación angustiante y de indefensión en una de control. Además modifican la propia representación mental o identidad, como de alguien que tiene poder, que no es víctima pasiva de las circunstancias o abusos del Otro. Si además existe un goce en la agresividad directa o indirecta –o pasiva, por ejemplo castigando con la ausencia o la falta de contacto–, puede que se perpetúe la rabia debido a que el sadismo marcó de alguna forma el desarrollo: el despliegue de agresividad, dominación y castigo es codificado como algo placentero. Escuda la autoestima, no por ello justo ni adecuado.

Los sentimientos de culpabilidad nos producen sufrimiento. Es doloroso sentir que uno ha tenido algo de responsabilidad en lo sucedido, en una ruptura o pérdida, que también obró mal o que cometió errores podrían ser considerados imperdonables si uno se juzga con severidad. Se buscan y escanean entonces razones y argumentos que permiten culpabilizar al Otro, proyectar en el Otro lo que en uno mismo es intolerable, alterando la identidad de cada uno: uno mismo como bueno que ha sido dañado, y el otro como malo que merece el desprecio.

Las cicatrices de la autoestima

Ser aceptado, validado, reconocido, admirado –amado– por el Otro, es una necesidad primordial en el ser humano, presente desde la infancia. Los padres u otras figuras significativas a lo largo de la vida, estructuran la autoimagen de uno mismo, transfieren la imagen que ellos tienen a modo de espejo, a través de sus interacciones verbales y no verbales –de dar cariño, de apoyar, de halagar, de mostrar su alegría y orgullo, etc. –. En una situación ideal, crean una autoestima estable cargada de vitalidad. Las situaciones de negligencia, abuso o falta de sintonía, provocan sentimientos de vergüenza, de inferioridad, de inadecuación, de debilidad, o de algunas formas de culpabilidad. Una imagen frágil , consciente o inconsciente, que debe de ser protegida a toda costa.1

Hay situaciones que pueden ser vividas como una ofensa narcisista y amenazar al equilibrio de nuestra autoestima: sentirse rechazado, abandonado, traicionado, humillado, ignorado, menospreciado, atacado por parte de alguien importante para nosotros. Desde este punto de vista, el núcleo de las reacciones de rabia secuestradora es una herida psicológica que existía y que vuelve abrirse. Es lo que se llama la herida o trauma narcisista. Nada fija tanto al objeto amado como la autoestima herida.

La rabia narcisista

Perder a alguien con la que nos sentimos seguros, cuidados. Perder la fuente de intimidad, de satisfacción sexual y sensual. Perder una fuente que nos llena de vitalidad y nos saca de la tristeza o ansiedad, que nos calman. Perder un sostén de nuestra autoestima ofreciendo aceptación, atención, valoración. Estas pérdidas son doblemente dolorosas: por el impacto de que se pierde algo vital, y porque evidencia un estado de fragilidad y flaqueza emocional. La rabia narcisista ruge entonces y consume el interior intentando eliminar y destruir internamente al Otro como un objeto interno atractivo y bueno.

La rabia, la agresividad, el odio, se activan defensivamente para sacar del dolor de la herida narcisista, la cicatriz en la autoestima. Busca múltiples justificaciones al odio en la conducta y defectos de la ex pareja, –o del familiar o amigo–. Se intenta demostrar a sí mismo y al Otro de que es inadecuado y no merecedor de su amor. Se activan también mecanismos defensivos de proyección para sacar de dentro los estados emocionales angustiantes e indeseables, y situarlos en el otro lado. La existencia del Otro valorado, es vivida como un observador de la fragilidad propia, y por lo tanto de una supuesta inferioridad. Ese poder que se le otorgó debe de ser eliminado.

Consecuencias de la rabia narcisista

La incapacidad de sostener una imagen de la totalidad de Otro, de alguien que es amado y tiene aspectos buenos, pero en otras circunstancias se comporta de formas dañinas e indeseables, provoca que se polarice la perspectiva y que los elemento positivos se excluyan defensivamente, pasando a atacar internamente y en la realidad al afrentador. Esto impide que se pueda integrar las distintas realidades y que una parte tenga que estar excluida de la conciencia. Esto impide el final de la espiral de odio y la reconciliación.

Las emociones se activan con el objetivo de erradicar al amado perdido de su vida mental. Paradójicamente se convierte en una forma de perpetuarlo en la mente –a modo de obsesión –.  Cuanto mayor es el esfuerzo por borrar cualquier tipo recuerdo o pensamiento, más presente se hace en el horizonte mental. La obsesión paranoide junto con el narcisismo impide desprenderse, o vincularse con otras opciones del mundo externo. A veces impulsa a saber los más mínimos detalles de la vida personal y sentimental del Otro perdido. La impotencia de no librarse del objeto perdido y doloroso, llevan a la depresión.

A veces las agresiones y estallidos de furia se llevan a la realidad. Esto agrava aún más la situación previa en la relación, con posibles consecuencias psicológicas, en el entorno o incluso legales. Además puede atrapar en un ciclo vicioso de ataques, posterior culpabilidad, desagravio, y humillación, alimentando más la impotencia y la rabia. La corrosión interna de la imagen del Otro, como persona querida que sostuvo una parte importante de su vida, que aportó bienestar y felicidad en algún punto, precipita también a la pena y tristeza profunda. Todos estos aspectos complican el duelo, el perdón y la aceptación liberadora.

«La paz viene de dentro, no la busques afuera» (Buda Gautama).

Reflexión final

El objetivo del post es una invitación a reflexionar sobre qué condiciones pueden estar manteniendo esa rabia. Liberar el resentimiento implica primero reflexionar sobre su origen  y reconocer el dolor que genera en nosotros.  La rabia, el rencor, el resentimiento, la furia,… es necesario que sean expresadas, pero son emociones que si son mantenidas en el tiempo e intensidad, nos envenenan y nos perturban. Somos víctimas de nuestras propias emociones, mas allá del agravio ocurrido. En este momento del año en el que se publica el post, puede ser un buen momento para reflexionar. El perdón no significa olvidar, pero sí pensar en ello sin que duela, dejar que se marche. Aunque no podamos cambiar los hechos del pasado, ni tal vez llegar al perdón o reconciliación real con determinada persona, sí se puede llegar a aceptar y reconciliarse emocionalmente con ese fragmento herido de uno. Esa parte incapaz de hallar calma ni perdón. Nadie merece la esclavitud del odio.

Notas

Heinz Kohut fue uno de los primeros psicoanalistas en situar el narcisismo como un sistema motivacional de primera magnitud, cuyo deseo central y en esencia es construir una imagen de Sí mismo –el Self, el nucleo central de nuestro Yo o personalidad– válida, digna de ser amada y reconocida, y la necesidad de mantener una estabilidad y cohesión. Identificó una desconcertante angustia –angustia de fragmentación– asociada a la ruptura de la frágil imagen e identidad que luchamos por sostener. El narcisismo no es considerado como patológico ni nocivo, si no como algo necesario y parte del desarrollo normal. Sólo en ciertas personalidades, los intentos y formas de recuperación del equilibrio de un frágil y herido narcisismo son patológicos o destructivos.

Referencias bibliográficas 

  • Bleichmar, H. (1997). Avances en Psicoterapia Psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós Ibérica.
  • Kohut,H. (1977) El análisis del Self: el tratamiento psicoanalítico de los trastornos narcisistas de personalidad. Buenos Aires: Amorrortu