Aceptar el orden del mundo para alcanzar la felicidad (Lección de filosofía 4)

En esta serie de 4 posts sobre las lecciones de la filosofía estoica que siguen vigentes en la actualidad, hoy nos toca hablar de la única actitud capaz de llevarnos a una felicidad plena: aceptar totalmente y sin condiciones el orden del mundo. Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, que recomiendo fervientemente, podrás profundizar mucho más en estas ideas.

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

Todo sufrimiento proviene de la no-aceptación

“Nuestro soberano interior, cuando es conforme a la naturaleza, tiene ante los acontecimientos una actitud tal que siempre se adapta fácilmente a lo dado.”

Marco Aurelio

Las tradiciones sapienciales son un canto y una invitación a la confianza en la providencia, es el Lógos que nos guía y nos sostiene. Confiar en esa presencia inteligente en nosotros equivale a…

1- … reconocer nuestro poder esencial, el que siempre depende de nosotros

El que nos permite convertir todo en un bien interior. Siempre podemos alcanzar nuestro fin porque nuestra virtud no depende de lo que nos pasa, sino de las respuesta que damos ante lo que nos pasa.

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2- … aceptar nuestros límites en el ámbito de lo que no depende de nosotros

El grado más elemental de esta aceptación es el que nos conduce a asumir “lo que es” porque sencillamente es, porque es inevitable, porque carece de sentido luchar contra la realidad.

“Solo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos.”

Marco Aurelio

Esta aceptación madura cuando comprendemos ya no solo la inutilidad de rebelarnos ante lo inevitable, sino el sinsentido de poner objeciones a la inteligencia única basándonos en nuestros conocimientos parciales y fragmentarios; el sinsentido de pretender juzgar, con nuestras luces ilimitadas, lo que excede nuestro presente entendimiento –la totalidad de la que formamos parte y el misterio que nos envuelve– cuando, de hecho, nuestra propia inteligencia particular no es obra nuestra, nos ha sido dada, y es una expresión del Lógos que nos sostiene.

“El pepino es amargo: tíralo. Hay zarzas en el camino: esquívalas. Basta con ello. No añadas: ¿por qué existen estas cosas en el mundo?.”

Marco Aurelio

3- … a confiar plenamente en que la realidad es inteligente y benéfica

Equivale a confiar en que el fondo del universo y nuestro propio fondo son benignos y dignos de confianza. Y en que, por lo tanto, podemos lanzarnos al vacío, atravesar la confusión y la incertidumbre, dejar aquello que nuestro corazón intuye que hemos de dejar atrás (sin necesitar un sustituto nuevo al que aferrarnos), porque sabemos que, si situamos nuestro bien y nuestro mal en lo que depende de nosotros, la inteligencia que nos sostiene se ocupará de nosotros. Descubrimos tras saltar en el abismo, que se trata de un abismo en el que no caemos, sino en el que flotamos. Solo esta confianza nos permite soltar, recobrar la inocencia, abandonar el hábito de intentar manipular la realidad, a los demás y a nosotros mismos.

“A la naturaleza, que da y que quita todo, el que está instruido y es discreto dice: “Dame todo lo que quieras; quíteme lo que quieras”. Esto lo dice sin animosidad hacia ella, sino solo obedeciéndola y teniéndole buena fe.”

Marco Aurelio

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“Todo se me acomoda lo que a ti se acomoda. ¡Oh, Cosmos! Nada me llega tarde, nada demasiado pronto, si llega a punto para ti.”

Marco Aurelio

El sufrimiento se origina en la falta de aceptación

La falta de aceptación de lo inevitable es fuente de sufrimiento y de desarmonía. Aceptar los límites de la vida y los reveses del destino (la inevitabilidad de lo que no depende de nosotros), sin instalarnos en la rebelión y en la amargura, no nos evita el dolor, pero lo torna más sereno, más aún, alquímico, pues antes o después, y por sendas interiores ocultas, el dolor aceptado terminará elevándonos y liberándonos.

“Pregunta: ¿Por qué hay tanto sufrimiento?
Nisargadatta: El dolor es físico; el sufrimiento es mental. Más allá de la mente no hay sufrimiento. El dolor es una mera señal de que el cuerpo está en peligro y requiere atención. De modo similar, el sufrimiento nos avisa de que la estructura de la memoria y de los hábitos que llamamos la persona está amenazada (…). El dolor es esencial para la supervivencia del cuerpo, pero nadie nos obliga a sufrir. El sufrimiento se debe enteramente al apego o a la resistencia; es un signo de nuestra renuncia a seguir adelante, a fluir con la vida. Del mismo modo que una vida sana está libre de dolor, una vida sabia está libre de sufrimiento.
P: Nadie ha sufrido tanto como los santos y los sabios.
N: ¿Se lo dijeron ellos o lo dice usted? La esencia de la sabiduría es la total aceptación del momento presente, la armonía con las cosas en el modo en que suceden. Un sabio no quiere que las cosas sean distintas a como son; él sabe que, considerando todos los factores, las cosas son inevitables. Es amigo de lo inevitable y, por tanto, no sufre. Puede que conozca el dolor, pero este no lo alterará. Si puede, hará lo necesario para restablecer el equilibrio perdido, o dejará que las cosas sigan su curso.”

Nisargadatta

La aceptación así entendida, prosigue Nisargadatta, en la medida en que quiebra las creencias, apegos y exigencias que conforman nuestro yo superficial, implica la disolución de este último y nos despierta a nuestro yo profundo. Paradójicamente, la aceptación del dolor libera la fuente perenne del gozo sereno.

N: Cualquiera que sea la situación, si resulta aceptable es placentera; si no es aceptable, es dolorosa. Lo que la hace aceptable no es importante; la causa puede ser física, psicológica o irrastreable; la aceptación es el factor decisivo. En el universo, el sufrimiento se debe a la no-aceptación.
P: El dolor no es aceptable.
N: ¿Por qué no? ¿Lo intentó alguna vez? Inténtelo y encontrará en el dolor un gozo que el placer no puede dar, por la simple razón de que la aceptación del dolor lo lleva más profundo y más lejos que el placer. El ego, por su propia naturaleza, está continuamente persiguiendo el placer y evitando el dolor. Acabar con esa pauta es acabar con el ego. Acabar con el ego, con sus deseos y temores, le permite a usted retornar a su naturaleza real, la fuente de toda felicidad y paz. (…) Cuando se acepta el dolor por lo que es, una lección y un aviso, y se mira con profundidad y se le escucha, la separación entre el dolor y el placer se rompe y ambos se convierten en experiencia: dolorosa cuando es resistida, gozosa cuando es aceptada.
P: ¿Aconseja usted evitar el placer y perseguir el dolor?
N: No, ni perseguir el placer y evitar el dolor. Acepte ambos como vengan, disfrute ambos mientras duren, déjelos ir cuando deban irse.
P: ¿cómo es posible gozar el dolor? El dolor físico pide acción.
N: Por supuesto. E igualmente el dolor mental. La bienaventuranza está en la total conciencia de ello, en no encogerse o rehuirlo en ningún modo. Toda felicidad proviene de la conciencia. Cuanto más conscientes somos, más profundo es el gozo. La aceptación del dolor, la no-resistencia, el valor y la paciencia, todo esto abre fuentes profundas y perennes de felicidad real, de verdadera bienaventuranza.
P: ¿Por qué el dolor debería ser más efectivo que el placer?
N: El placer se acepta inmediatamente, mientras que todos los poderes del yo rechazan el dolor. Puesto que la aceptación del dolor es la negación del ego, y el ego se interpone en el camino de la verdadera felicidad, la aceptación total del dolor libera el manantial de la felicidad.”

Nisargadatta

“En el universo, el sufrimiento se debe a la no aceptación”. Dicho de otro modo, el sufrimiento se sostiene en la creencia: “Lo que es aquí y ahora, no debería ser”.

Por supuesto, nuestro impulso hacia la excelencia y nuestro sentido de justicia nos incitan a cambiar o perfeccionar las situaciones que pueden ser corregidas u optimizadas; pero esta disposición es perfectamente compatible con asumir que, aquí y ahora, lo que es, es.

No hay que confundir los “debería” legítimos, los que encauzan nuestra aspiración hacia la excelencia, con los “debería” que entrañan la exigencia ontológica de que las cosas, aquí y ahora, sean de una determinada manera, la que se ajusta a nuestras ideas al respecto.

La vida, ciertamente, no está al servicio de nuestros deseos y preferencias personales. La realidad sigue su curso ajena a nuestras exigencias.

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No nos hace sufrir el dolor, sino el pensamiento “Esto no debería ser como es”. Detrás de todas las formas de sufrimiento mental cabe hallar la lucha con la realidad, con los hechos: hemos convertido nuestras preferencias legítimas en exigencias.

La aceptación de “lo que es” remueve la raíz misma del sufrimiento. No elimina el dolor, pues el dolor anímico o físico es un aspecto indisociable del hecho de estar vivo, pero sí el sufrimiento mental. El apego a nuestras ideas sobre cómo deberían ser las cosas, nos conduce a estar asiduamente en conflicto con nuestra experiencia presente.

“En esto consiste la educación (filosófica): en aprender a querer cada una de las cosas tal y como son.”

Epicteto


Realidad: de la lucha constante a la rendición y la aceptación

Desde hace unos meses hay un tema que me fascina especialmente… La realidad. A simple vista parece un tema simple, que según la Wikipedia nos remite «al término lingüístico que expresa el concepto abstracto de lo real.». Y si vamos un poco más allá, eso real, se refiere «en filosofía a lo que es auténtico, la inalterable verdad en relación -al mismo tiempo- al ser y la dimensión externa de la experiencia«.

No pretendo ser tan ambiciosa como para entrar a analizar la realidad en términos filosóficos, aunque seguro que algo así nos daría para mucho. En este caso, me fascina el concepto de realidad en cuento a nuestra realidad psicológica en contraste con la realidad de «ahí afuera». Lo que  nosotros vemos y percibimos en contraste a esa «inalterable verdad».

¿Somos capaces de alcanzar esa «inalterable verdad»? Mucho me temo que estamos muy lejos ni siquiera de acercarnos a esa verdad. Y mucho me temo, también, que la gran mayoría, sino todos, de nuestros problemas, nacen de esa verdad aplastante de que jamás alcanzamos a rozar la verdad.

Llegados a este punto hay dos temas que hay que abordar: En un primer momento se da nuestra percepción errónea de la realidad y en un segundo momento, se da una continua lucha entre esa percepción errónea y la verdad inalterable. Si conseguimos llegar más allá, llegará el momento de la rendición y la aceptación.

 

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Nuestra percepción errónea de la realidad

Según Fritz Perls, «los instrumentos de la percepción evolucionan al servicio de nuestros intereses; por ello el problema debería ser: ¿existe el mundo per se o existe tan sólo en cuanto están implicados nuestros intereses?

Para nuestros fines suponemos que existe un mundo objetivo partiendo del cual el individuo crea su mundo subjetivo: de acuerdo con nuestros intereses se eligen partes del mundo absoluto, pero esta selección se ve limitada por el alcance de nuestros instrumentos de percepción y por las inhibiciones sociales y neuróticas».

Una realidad objetiva como puede ser un maizal, puede diferir mucho de las cientos de realidades subjetivas que de él se desprenden. Un comerciante lo analizará en función del beneficio, un pintor se emocionará con sus luces y sus sombras, un agrónomo sólo verá la química del suelo… ¿Y qué tienen en común todas las realidades que surgen de una «verdad objetiva»? Lo único que tienen en común es el interés específico de cada realidad subjetiva.

Las diferentes personas tienen diferentes esferas de interés. Se muestran interesados por los objetos del mundo «aptos» para satisfacer sus diferentes necesidades, y sólo por coincidencia ese maizal es un objeto común a sus diferentes esferas de interés.

La realidad que importa es la realidad de intereses: la realidad interna y no la externa. Las necesidades específicas de cada uno dictan intereses específicos. Y esos intereses nos mueven y conforman nuestras realidades subjetivas.

Esos intereses responden siempre a necesidades de nuestros organismo (en un río, el sediento verá primero el agua donde el pintor está fascinado por los reflejos del sol sobre su superficie). Y la relación entre las necesidades de nuestro organismo y la realidad corresponde a la relación entre cuerpo, alma y mente. La imagen de la mente desaparece en cuanto se satisface la necesidad del organismo (una vez que ha bebido, el sediento borrará de su mente la imagen del agua fresca cayendo por su garganta). Sucede exactamente lo mismo con nuestras realidades subjetivas: desaparecen en cuanto ya no se requieren. Una vez que hemos resuelto el crucigrama, pierde nuestro interés.

Y esto lo podemos corroborar en nuestra vida cotidiana constantemente. Si vamos andando por nuestra ciudad, probablemente no veremos los buzones de Correos hasta que necesitemos enviar una carta. Otro ejemplo sería cuando nos compramos un coche nuevo… lo empezaremos a ver por todas partes.

«De esta forma, no percibimos, al mismo tiempo, la totalidad de lo que  nos rodea. No miramos al mundo como ni nuestros ojos fueran las lentes de una cámara fotográfica. Seleccionamos los objetos de acuerdo con nuestros intereses y estos objetos se muestran como figuras destacadas contra un fondo borroso». 

Esta primera parte ya nos dice algo importante. Ni de lejos captamos la realidad tal cual es. Primero, porque nuestros sentidos no nos lo permiten (no somos cámaras fotográficas). Y segundo, porque sólo «vemos lo que nos interesa».

 

La lucha contra la realidad

Hay una frase de Fritz Perls, que me llamó poderosamente la atención la primera vez que la leí: «Si la mente aceptara la realidad en su totalidad, no necesitaríamos una mente».

Así es cómo últimamente concibo nuestra mente. Un instrumento cuya función es luchar contra la realidad en función de todos los mecanismos de defensa que nos hemos ido forjando durante toda la vida. Y en función de nuestras limitaciones físicas para percibir la realidad.

La mayoría de las filosofías orientales afirman que la única vía de alcanzar la felicidad es, simplemente, aceptar la realidad. Y aún así, la mayoría de nosotros ni siquiera llegamos a acercarnos. Después de años de terapia como mucho podemos alcanzar a ver nuestra propia distorsión y nuestras resistencias a aceptar. Que no es poco… Nuestra realidad se manifiesta a través de las distorsiones que nos hemos tragado, nos hemos contado y nos seguimos contando. Todo lo que entra en «nosotros» son elementos que percibimos aptos, decentes, acordes a nuestras ideas y valores… ¿Y dónde queda la realidad?

Sobre esta «lucha» contra la realidad podemos hablar mucho, pero qué mejor para entenderlo que algunos ejemplos sencillos que seguramente todos hemos vivido…

Vemos como una persona recibe un cumplido, «Qué guapa estás hoy». E inmediatamente esta persona se pone tensa, y empieza a justificarse… «Es que hoy he ido a la peluquería», «es este vestido que estoy estrenando», etc. En la mente de esta persona no «cabe» la idea de ser guapa. O no se considera guapa, o no se considera digna de recibir cumplidos. Pero ambas cosas están muy lejos de la realidad. Que es que alguien ha percibido que es guapa. Esta persona está luchando con la realidad de ese momento, en vez de aceptarla.

Otro ejemplo lo vivimos miles de veces al día en «nuestra cabeza». Tenemos un pensamiento, como por ejemplo, que queremos correr una maratón. En seguida se pueden agolpar muchos pensamientos del tipo de «tu no puedes hacerlo», «eres demasiado viejo», «tendrías que haber entrenado toda la vida», «es demasiado tarde». Objetivamente, ninguna de esas afirmaciones tienen nada que ver con la realidad. Seguramente hay personas que han corrido una maratón siendo más viejas, sin haber entrenado toda la vida, etc.

Y aquí viene otra vez la lucha contra la realidad. Lo único que ocurre en ambos casos es que no aceptamos la verdad. Sería mucho más honesto que pudiéramos decir, «me gustaría correr una maratón, pero la verdad es que no estoy dispuesto a hacer los sacrificios necesarios para hacerlo». Y ni siquiera esta es una verdad que encaja al 100% con la realidad, pero al menos está más cerca…

Esta es la forma en que nacen la mayor parte de nuestros «sufrimientos», de nuestras neurosis. Invertimos demasiada energía alimentando mentiras y sobre todo, luchando contra la realidad. Hemos dedicado tantos años montando nuestro castillo de naipes, que nos aterra tirarlo abajo, y contactar simplemente con lo que hay. Aceptar simplemente la realidad.

 

La felicidad en la aceptación

La filósofa Mónica Cavallé habla mucho del camino de la aceptación. Afirma que paradojicamente el intentar cambiarnos a nosotros mismos, el forzarnos a ser mejores, a alcanzar un ideal que nos hemos «inventado»… produce sufrimiento y neurosis. Cuando ese sufrimiento se hace demasiado grande, entramos en una crisis que nos puede llevar a rendirnos, a aceptar que «no sabemos». Y ese cambio de percepción puede cambiarlo todo.

Muchas teorías filosóficas defienden este camino de la aceptación: aprender a querer y aceptar las cosas tal y como son.

 

– Heráclito: «Para Dios toda cosa es hermosa, buena y correcta. Los hombres, en cambio, consideran que algunas cosas son correctas y otras incorrectas».

– Estoicismo: Vivir en armonía con la realidad. Nuestro objetivo es la aceptación lúcida de la realidad.

– Epicteto: «En esto consiste la educación filosófica. En aprender a querer cada una de las cosas tal y como son. No pretendas que los sucesos sucedan como quieres, sino quiere los sucesos como suceden, y vivirás sereno».

– Marco Aurelio: «A la naturaleza que da y quita todo, el que está instruido y es discreto dice: dame todo lo que quieras, quítame lo que quieras. Esto lo dice sin animosidad contra ella, sino sólo obedeciéndola y teniendo buena fe.»

– Spinoza: «Es posible una alegría constante, un sentimiento de máxima alegría, pero sólo cuando nuestra voluntad quiere lo que es. En la aceptación del orden de las cosas».

– Nietzsche: En uno de sus libros utiliza esta cita de Emerson, «El poeta y el sabio consideran amigas y sagradas todas las cosas. Útiles todas las vivencias. Santos todos los días. Divinos todos los hombres.»

 

«En el universo el sufrimiento se debe a la no aceptación. La esencia de la sabiduría es la total aceptación del momento presente. La armonía con las cosas en el modo en que suceden. Un sabio ni quiere que las cosas sean distintas de como son. Él sabe que considerando todos los factores las cosas son inevitables. Es amigo de lo inevitable y por lo tanto, no sufre. Puede que conozca el dolor, pero este no lo alterará. Si puede hará lo necesario para restablecer el equilibrio perdido, o dejará que las cosas sigan su curso.

Entre las orillas del dolor y del placer fluye el río de la vida. Sólo cuando la mente se niega a fluir con la vida, y se estanca en las orillas, se convierte en un problema. Fluir con la vida quiere decir aceptación. Dejar llegar lo que viene y dejar ir lo que se va». 

Nisargadatta

 

¿Qué es la aceptación? Mónica afirma que la aceptación es «la capacidad de estar con lo que hay. De concienciar todas las dimensiones de nuestra experiencia. De no resistirse a la experiencia plena de lo que sucede fuera o dentro de nosotros. De permitir su total desenvolvimiento. Aceptar es concienciar. Mirar y sentir absolutamente todo sin resistencias y sin censuras.»

«Autoaceptación es asumir lo que somos aquí y ahora. Es la disposición a enfrentar, a mirar, a asumir, a vivenciar todas las dimensiones de nosotros mismos. Todos los aspectos de nosotros mismos y de nuestra experiencia sin negación, sin rechazo, sin reproche, sin censura. Y esto equivale también a fluir con la experiencia personal y a dejarnos ser lo que somos». 

Y ahora que sabemos qué es aceptar… ¿Que es lo que nos impide aceptar? Siempre es lo mismo. La mente que dice no. Como antes mencionaba Perls, si aceptaramos todo lo que hay, no sería necesaria la mente. La mente no «ataca» con pensamientos como «esto  no debería ser como es». Lo que nos impide aceptar son nuestras ideas fijas sobre cómo deberían ser las cosas.

Y la mente está llena de estas ideas: ideales, juicios, expectativas rígidas… Tengo una imagen ideal del mundo y de mí mismo y me perturbo porque el mundo no me devuelve esa misma imagen. ¡El mundo no es cómo debería ser! Y en mi perturbación crónica percibo nobleza y elevación. Esto, como diría Perls, es lo que llamamos neurosis. Cuando no logro «encajar» mi realidad con la realidad. Carl Rogers también afirmaba que la neurosis es la distancia entre el yo verdadero y el yo ideal.

Este juego entre lo que es y lo que debería ser es lo que hace que empecemos a rechazar nuestra experiencia presente. Pero toda experiencia puede ser «concienciada» y aceptada. Incluso nuestro resistencia a aceptar puede ser aceptada.

Para seguir profundizando en la aceptación, os recomiendo este video:

 

 

Fuentes:

  • El arte de ser, de Mónica Caballe
  • Yo, hambre y agresión,  Fritz Perls

ZEN: el nómada en el país de los ciegos

 

TEISHÔ 5 – TEISHÔ 4TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

 

No recuerdo donde leí la historia de aquel joven nómada, que, después de mucho caminar, decidió pararse y montar su tienda de campaña en un bello poblado, cuyos habitantes eran ciegos de nacimiento.

La narración señala que las gentes de aquel pueblo se quedaron pasmadas de asombro ante la presencia de aquel extraño forastero, por lo que, inquietas, le obligaron a que fuera examinado por los doctores de la tribu. Estos, al palpar la cara del extranjero, detectaron unos raros repliegues, como huecos, cubiertos de pestañas adosadas a prominencias carnosas en continuo movimiento, que, en un interrogatorio posterior, el joven nómada aseguró que se llamaban párpados. El más sabio de los hechiceros, sentenció que el aquel hombre no era como los demás, que era un enfermo. Padecía un síntoma atípico: tenía ojos. Y los ojos, además, mantenían al cerebro sin reposo, por lo que se hacía urgente salvar al desafortunado caminante.

Y decía la historia que aquella comunidad de científicos invidentes, llevada por la compasión, consideró que lo único que podían hacer por la salvación del muchacho se reducía a una simple operación quirúrgica, que consistía en algo tan sencillo como extirpar aquellos ojos tan perturbadores. La ciencia, -le dijeron- para calmarle- era capaz de que aquellas alteraciones físicas desaparecieran para siempre, por lo que le auguraron un futuro feliz: llegaría a ser como todos los demás; no tendría problemas de convivencia con el resto de los habitantes. Se convertiría en un individuo normal.

No recuerdo cómo acabó la historia de nuestro héroe en manos de los doctores ciegos; supongo que, como explorador que era, tendría en gran estima su sentido de la vista. En tal sentido, otra leyenda paralela narraba que, ante su resistencia a dejarse curar, le dieron veinticuatro horas para que abandonara el poblado.

Todo fue una pesadilla. Algo aturdido, se levantó poco antes de que despuntara el amanecer. Se ajustó la mochila a la cintura. Respiró profundamente. «Al menos -dijo para sí- sigo conservando la vista».mY como para mejor cerciorarse de que estaba despierto, se restregó una y otra vez sus ojos. Al comprobar que seguía conservándolos sanos, mirando a su alrededor, contempló por última vez la belleza del paisaje que los ciegos eran incapaces de ver. Y aunque las lágrimas nublaran por unos momentos sus ojos, nunca -decía la historia- vio algo tan claro y luminoso. Acto seguido, ajustándose aún más la mochila decidió seguir su camino.

 

ZEN: ceguera

 

Llama la atención el hermetismo aburrido, y demoledor para la mente, de una sociedad cuya conciencia colectiva sufre el adocenamiento de vivir atrincherada en los límites de lo establecido. Una sociedad cuya vida se limita a la anti-vida de la vida política invadida de tertulias, editoriales, telediarios; una sociedad trivializada por la superficialidad, donde ser original es sinónimo de raro. El filósofo Arnauld Desjardins, ante un panorama similar, se pregunta: «¿Cómo yo, que soy soberanamente libre, no dependiente, indestructible, sin límites, puedo elegir yo mismo limitarme, encarcelarme, al identificarme con la conciencia tan estrecha…?» Estamos ciegos, mas la narración del Mito de la Caverna de Platón no llega a esa mayoría amedrentada, que sólo lee el «Marca», «Hola» y vota mansamente, desde el miedo, a quienes secularmente le someten. «Ceguera» en este contexto, no significa no ver nada, sino ver mal.

Cuentan que Swâmiji, refiriéndose a tal ceguera, empleaba un ejercicio bien sencillo. Decía: «Cierre un ojo». Yo cerraba un ojo y sólo veía con el otro. «Y ahora, delante de ese ojo que ha abierto, muy cerca, ahí, ponga un dedo; ya solamente ve su dedo». Si apoyaba el dedo completamente, no veía nada pero si, habiendo cerrado un ojo, colocaba mi dedo justo delante del otro, veía el dedo y nada más que él. Un dedo tan pequeño era capaz de ocultarme la inmensidad del paisaje, todo lo que se extendía ante mí y a mi alrededor…..» Vemos mal. Ni siquiera vemos lo que existe más allá de la máscara del propio personaje, la función, el rol, y toda es parafernalia diseñada por el pensamiento único para que cada individuo «quiera hacer» lo que «tiene que hacer».

 

Aprender a usar los ojos

En pocas cosas -lo confieso- veo encarnarse tanto la profundidad y el esplendor del ser humano como en su mirada. Del mismo modo que ante el mar o el fuego, puedo, pasmado y absorto, pasarme y pasarme horas enteras contemplando el lujoso espectáculo de determinados ojos. Yo no sé -bueno, sí lo sé- qué es lo que le pasa a determinada gente en su mirada. Como cualquier otro, un psicólogo se expone a la deformación profesional. También lo sé: en ninguna de las universidades por donde he pasado aprendí a recibir, como ahora recibo, el mensaje radical que comporta la mirada. Por eso, yo pienso que para aprender a mirar con ojos nuevos, se hace necesario «desaprender» las toneladas de trivialidades que en su día aprendimos.

«Miré y miré, y esto llegué a ver: lo que creía que eras tú, era en verdad yo y yo…». Quizá -sin duda- una de nuestras tragedias consista en que tendemos a engañar en idéntica medida en que nos engañamos, cuando nuestra mirada no alcanza a ver más que el límite del filtro de nuestro pequeño yo; una parcela de la realidad que -tan osada y ligeramente- llamamos «la» realidad. Demasiados antifaces, demasiadas sordinas, velos y tamices para poder llegar a conocer y conocernos. Pero, súbitamente, un buen día, aparece ante nosotros la mirada libre de filtros; una mirada por donde, curiosamente, soy mirado y, a la vez miro; un mismo canal de entendimiento y comprensión, un rostro y un gesto acabados; el guiño de otra realidad escondida, desprovista de la mueca fingida y estudiada. Súbitamente, un buen día, aprendemos a mirar.

A pesar de que la creación, con sus luces y sus sombras pone cotidianamente delante de nuestros ojos el milagro de la posibilidad de despertar, seguimos dormidos. Y a esta dormidera la llamamos vigilia. Por eso, yo creo que saber mirar es, todavía, una asignatura pendiente. Una enseñanza torpe y doctrinaria, nos infundió la ilusión de que la Psicología es el único camino penetrante del conocimiento radical del alma humana, siendo así que esa ciencia se queda a medio camino, en la antesala del conocimiento. La Psicología -y ello no es poco- desvela, desmitifica, despoja ficciones, ilumina la trastienda de nuestras apariencias; más, con todo ello, se muestra corta e incapaz a la hora de arribar al núcleo de nuestro ser. Solo la compasión puede allanar ese camino.

La compasión que inunda la mirada inocente, la del que sabe nacer de nuevo; la mirada libre de referencias, que produce en quien la transparenta, la única facultad capaz de llegar a ver la realidad sin las deformantes anteojeras con que nos han programado. Habrá que «trabajar» esa nueva forma de mirar, libre de programaciones, para que todo eso llegue a suceder. Pues para todo eso, súbitamente, un buen día, nos fueron dados los ojos. Un descubrimiento que, jubiloso hasta las lágrimas, impactó para siempre al nómada del país de los ciegos que más arriba describimos.

 

El poder de la mirada

Siempre me ha llamado la atención la especial manera de mirar que tienen algunas personas. Sí, aunque parezca extraño, hay personas a las que merece la pena pararse a mirar cómo miran ellas a todo lo que les rodea. Observar al observador.

Yo creo que incluso a pesar del ruido y de las imágenes, tan pródigos y estimulantes en esta sociedad, que vive inmersa en el culto al ruido y a la imagen, son escasas las cosas que, fuera del orden programado, logran captar nuestra atención, y muy   pocos los acontecimientos que hacen que nos paremos a observar con atención. No tenemos tiempo; estamos poco hechos a mirar.

Hay miradas cuyo impacto en mí no lo borrará el paso del tiempo: Las miradas, por ejemplo, de Ernesto Che Guevara, del Doctor Schweitzer, de Emiliano Zapata, de Teresa de Calcuta, tan limpias y horizontales. O, también, la forma serena de mirar de los indúes, así como la penetrante agudeza visual reflejada en las fotografías de los sabios jefes indios norteamericanos, aquí llamados salvajes. Extraordinarias, así mismo, las narraciones que describen a Jesús mirando con serena pena al joven rico, o la descripción de la incontenible ternura de su mirada ante la mujer adúltera.

Es sintomático que sean las culturas orientales, tan afanosas en el arte de mostrarnos la senda del despertar, las que más cultiven la espontaneidad reveladora del sentido de la mirada. Mientras tanto, en occidente todo eso no se tiene en cuenta: es una actividad poco rentable. Pero es fundamental aprender a mirar y practicar la atención, aunque, curiosamente, el hecho de mirar pueda resultar aterrador y ser el acto más costoso, incluso el más doloroso que el ser humano puede llegar a realizar.

Y si no, que se lo digan al enamorado, cuando logra, al fin, ver que estaba enamorado de una imagen más que de una persona de carne y hueso. Incluso los verdugos ponen una capucha a los reos porque son incapaces de soportar la mirada del atormentado. Pensemos en la ansiedad que frecuentemente invade a un torturador cuando alcanza a ver la penosa situación en que ha dejado a sus interrogados; o la inquietud que nos suscitan los actuales mendigos vendedores de revistas cuando apartamos la mirada de su oferta suplicante; o la angustia de un intolerante cuando llega a «ver», que sus fanáticas convicciones están fuera de la realidad, y de la vida; o las reacciones airadas de los violentos cuando la T.V. mete en sus ojos la imagen del cuerpo destrozado de una niña inocente, y cuya realidad hubieran preferido negar, disimular y racionalizar.

Por todo eso, creo que el arte de mirar es una acto revolucionario. Faculta a quien lo hace a tomar conciencia de su propia ceguera, embotada por las ideas y los hábitos que ha ido adquiriendo de segunda mano, y de los que debe vaciarse si de verdad desea crecer como persona. El acto de mirar me ayuda a ver a los demás, y a mí mismo, sin referencias, como en realidad son, sin etiquetas, sin el filtro de los prejuicios y de las ideologías. Mirar es el mayor acto de valentía que un humano puede llevar a cabo, ya que mirar resulta insoportable: quien se permite mirar muere a sus esquemas mentales preconcebidos y a los esclavizantes aferramientos afectivos que le mantienen enganchado y sometido.

Y, por todo ello, el mirar puede ser, también, la experiencia más liberadora del universo, porque en el acto de mirar puedo empezar a comprender y a comprenderme; a ver claro, a despertar.

Es preciso revitalizar los sentidos, ver claro, despertar. Y ver claro es captar en profundidad las cualidades que percibimos mediante el sentido de la vista. Y cuando aquí digo “la vista”, me refiero a una palabra simbólica que expresa el acto de ver mediante el ojo interior que abarca todos los sentidos.

Se trata de hacer estallar los conceptos, y afinar la percepción de tal modo que se desarrolle la visión del hondo sentido revelado en cada cosa. Para ello es imprescindible el ejercicio de la atención que nos ofrece el don y la capacidad de permanecer. De permanecer abiertos a la profundidad secreta que se abre a nosotros cuando estamos atentos al filo del instante.

En el camino hacia la interiorización existe, según el maestro zen Willigis Jäger, “un desmontaje progresivo de la perspectiva del mundo como nos lo presenta la consciencia del yo. Las percepciones corporales, la actividad intelectual, la percepción causal y la experiencia espacio-temporal se van relegando…” 

Cuando llegamos a “ver claro” surge una nueva estructura de la conciencia, que no discurre por los caminos trillados, ni por las leyes de la Psicofisiología convencional. Y es precisamente la transformación de tales estructuras lo que conduce a ese despertar llamado iluminación.

En el Za-Zen se practica el ejercicio de la atención, bien respirando, bien ejercitando el andar contemplativo, para alcanzar mediante el ejercicio un estado de vigilancia estable que nos ayude simplemente a experimentar el fenómeno de ver.

Quiero adelantar que el camino de transformación es duro, pero las personas que están dispuestas a recorrerlo alcanzan la liberación de eso que con tanto acierto las ciencias sociales han llamado falsa conciencia, y que nosotros, dando un paso más, llamamos el ojo del espíritu. Ese ojo, que, agudizado y afinado mediante el ejercicio del Za-Zen, es capaz de ver cómo la totalidad de lo manifiesto emana de ese abismo causal que no tiene forma. Ese ojo que se abre al Ser sin imágenes, porque sólo cuando la vista ha quedado ciega a toda representación, es cuando se torna capaz de aprehender la luz del Ser Esencial.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Jairo Alzate

 

La vida ¿es sueño?

Entre la realidad y el sueño

Cada día de nuestras vidas, cada noche cuando dormimos, experimentamos un estado de conciencia en el que proyectamos a través de nuestra mente un universo nuevo. Se trata del universo onírico, el mundo de los sueños. A veces soñamos parajes y situaciones que nos hacen sentir muy a gusto y si el despertador nos encuentra en ese agradable momento es fácil que pensemos “¡ay! Un poquito más. No quiero perderme lo que seguía, ¡estaba tan a gusto!”.

Otras veces ocurre justo lo contrario, nos despertamos de una pesadilla y al abrir los ojos con sobresalto nos decimos “¡uff, menos mal que sólo era un sueño!”, y aún necesitamos beber un poco de agua o hacer unas respiraciones antes de volvernos a dormir. En ocasiones los sueños nos parecen tan reales que al despertar no estamos seguros de si fue sólo un sueño o si ha ocurrido en realidad. Y aquí llega la gran cuestión ¿cuál de las dos realidades es la real?, ¿qué es lo que distingue la vida “real” del sueño?

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Procesando nuestras vivencias

En tanto que los sueños nos ayudan a procesar asuntos inconclusos que han quedado registrados en nuestro subconsciente, forman parte de la vida “real”, es decir, desde un punto de vista global el mundo de los sueños forma parte de la vida “real”. Ahora bien, es el sueño en sí aquello que decimos que no es real. Por ejemplo, sueño que veo a un amigo que hace mucho tiempo que no he visto, hablamos y nos comunicamos unos mensajes. Al despedirnos nos damos un sentido abrazo.

Diríamos que lo real es el hecho de haber soñado y los motivos que tal vez me hayan llevado a soñar esto: justo hace un par de días vi a alguien que me recordó a este amigo y estuve pensando en él. Lo que no es real es el encuentro con este amigo, ya que sólo ha ocurrido en una proyección interna de mi mente. En cualquier caso el elemento más importante que nos marcar la línea que divide la realidad de los sueños es el despertar. Solamente al despertar puedo estar segura de que lo anterior fue un sueño.

La vida es sueño

En la España del s. XVII Calderón de la Barca reflejaba en su obra, La vida es sueño, la idea de la vida como un sueño del cual sólo despertamos en el momento de la muerte. El monólogo más famoso de esta obra dice:

“(…) Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe

y en cenizas le convierte

la muerte ¡desdicha fuerte!:

¿que hay quien intenta reinar

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza (…)

¿Qué es la vida?, un frenesí.

¿Qué es la vida? una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.”

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En la tradición hindú el advaita vedanta también plantea la misma cuestión pero con una pequeña y gran variación: ¿y si la vida fuese como un sueño?. Ese “como” marca una gran diferencia. El advaita vedanta no pretende afirmar que la vida que vivimos es en sí misma un sueño completamente irreal, sino que nuestra percepción de la vida es como un sueño del cual podemos despertar. Es decir, podemos despertar a otra forma de percepción de la realidad y con ello descubrir un nuevo mundo.

A diferencia de la idea de que la vida es un sueño del cual despertamos en el momento de la muerte, como exponía Calderón de la Barca, aquí no es necesario morir en el sentido literal de la palabra para poder despertar.  Lo que sí es necesario es morir al ego y a sus formas de percepción e identificación. No se trata de algo mágico, en el sentido de que uno vaya a percibir un mundo de luces y colores, sino de abrirnos a conocer el mundo de otra manera tan distinta que nuestra antigua percepción nos parezca un sueño.

¿Qué ves y cómo lo ves?

¿Has hecho alguna vez algún juego de percepción en el que tienes que descubrir una figura “escondida” en la globalidad de la imagen?

Al principio la imagen general aparece como como si fueran manchas o bien sólo puedes detectar una forma concreta y no ves la alternativa. Tú te esmeras en buscar qué otra percepción se puede tener de la imagen. ¿Te ha ocurrido que no había manera de dar con la solución hasta que alguien te la ha indicado? ¿Y no ocurre entonces que cuando por fin ves la solución ya no puedes dejar de verla? Por mucho que quieras volver a la percepción anterior no puedes dejar de ver la imagen concreta que por fin detectaste e incluso ni te explicas cómo es que te costó tanto verlo.

Pues bien, con la percepción del mundo y de la “realidad” ocurre lo mismo. Una vez descubrimos otra forma de realidad y la integramos, ver el mundo de la forma limitada que lo veíamos antes nos parece un sinsentido, nuestra percepción anterior fue como un sueño.

En otros casos ni si quiera la percepción a través de los sentido cambia, pero sabemos que en realidad las cosas son de otra manera. Seguimos viendo el sol salir por el este y ponerse por el oeste y en cambio, sabemos que el sol ni sale ni se pone y que es la tierra la que al girar a su alrededor dando la sensación de que sale por un lado y se esconde por otro. Veamos el ejemplo con unas figuras:

¿Cuál de los dos te parece más largo?

 

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Pues son iguales. ¡Mira!

 

El conocimiento que todo lo cambia

Nosotros vivimos la vida como en un sueño: a veces gozando de los placeres y momentos agradables, otras veces sintiendo dolor y miedo. Tanto una cosa como la otra dependen de nuestra proyección mental, de nuestra forma de conocernos, conocer el mundo y relacionarnos con él. El CONOCIMIENTO en este sentido LO CAMBIA TODO. Igual que al despertar de un sueño nos damos cuenta de que sólo fue un sueño, al despertar a una nueva forma de comprensión nos damos cuenta de que la vida que estábamos viviendo era lo mismo que un sueño.

 

¿En qué consiste el conocimiento del que hablamos?

Consiste en darnos cuenta de lo pasajero de todo lo que nos rodea así como de nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, emociones… Darnos cuenta de que términos como “yo” y “mío” están vacíos, son sólo nombres. Todo aquello con lo que me identifico y a lo que llamo “yo” habitualmente es efímero y cambiante.

Este es mi sueño: nací en el mes de octubre y pesé muy poco. En el lugar donde debiera estar mi paladar había un agujero, así que en el hospital me apartaron varios días de mi madre para poder hacerme un seguimiento médico. Fui una niña inquieta y a la vez dulce y amable. Era servicial, siempre dispuesta a contentar a los demás. Delgadita, pequeña, morena y fuerte….

Podría seguir con el sueño que podría ser completamente distinto y haber soñado que nací en un mes de julio, con gran tamaño y peso y que enseguida mi madre me pudo tener entre sus brazos mientras yo me cogía a su pecho. Podría haber soñado que fui una niña tranquila y parada.

A veces sueño que me ocurre algo maravilloso y me siento contenta y satisfecha, otras veces sueño que estoy triste porque algo me ha dolido, o que me siento enfadada.

Conocer es ante todo CONCIENCIA, DARSE CUENTA, OBSERVAR. ¿Has tenido alguna vez un sueño consciente? Se llama sueños conscientes a aquellos en los que dentro del propio sueño uno se da cuenta de que está soñando y elige cómo vivir su sueño.

El DESPERTAR

¿Y si ocurriese lo mismo con nuestra vida? En el momento en que puedo darme cuenta de que estoy soñando algo dejo de ser esclava de mis sueños.

Del mismo modo, en el momento en que me doy cuenta de que yo no soy todos los juicios, pensamientos y emociones pasajeros que me atribuyo, puedo entonces observar lo que queda, la plenitud del Ser, Eso es lo que soy. No soy lo cambiante y pasajero con lo que siempre me identificaba, esa vida mía era como un sueño.

Darse cuenta de que la vida es como un sueño nos permite vivirla sin apego, observando todo lo que va y viene, todo lo que aparece y desaparece mientras Algo mucho mayor en nosotros es consciente de estar soñando. Entonces podemos movernos con plena libertad en el sueño de nuestra vida, igual que una araña se mueve libremente por la tela que ella misma ha tejido.

Sentimos lo que pensamos: bofetadas electroquímicas, limones ácidos y emoticonos

El cerebro y la neurociencia han vendido millones de libros e incluso se han entrometido con descaro en conversaciones de cafetería. Ya no sólo nos interesa a los científicos; los presentadores de los telediarios y la gente normal se animan a hablar de redes neuronales que se activan y desactivan, de brazos robóticos controlados por la mente, de hormonas, neuropéptidos, emociones, pensamientos, de amor o de Alzheimer. El cerebro está de moda y nuestra sociedad se está convirtiendo en neurocentrista. Nos sobran los motivos para tirar del hilo que asoma (en realidad en este caso vamos a tirar de la neurona que asoma), y vamos a hacerlo sin miedo para ver hasta donde nos lleva. Are you ready?

 

Neuronas en un universo con forma de coliflor

Nuestro cerebro está repleto de células que denominamos neuronas, las cuales están conectadas unas con otras formando largas redes por todo el cuerpo, capaces de conducir mensajes en forma electroquímica. Es como una enorme red de carreteras microscópicas, con sus tramos de autopistas, autovías, carreteras nacionales y vías urbanas. Si conducimos nuestro automóvil por este universo con forma de coliflor… ¿Nos resultará más fácil desplazarnos en una ciudad repleta de posibilidades y conexiones o en un desierto que apenas cuenta con carreteras? Evidentemente nos será más cómodo desplazarnos si disponemos de gran cantidad de conexiones. Esta idea es extrapolable al cerebro humano.

 

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Diferentes redes neuronales se activan cuando tomamos un café, vemos por la tele al presentador del telediario o escuchamos música. Al conducir mensajes electroquímicos, aumenta el consumo de oxígeno y nutrientes por parte de las neuronas que transmiten la información, de la misma forma que un coche que circula por una carretera consume gasolina. Si esto ocurre, algo que podemos ver mediante pruebas de neuroimagen, entonces decimos que están activas. Ahora bien, las neuronas no se encuentran encerradas en el cráneo, sino que el cerebro se desparrama por todo el organismo hasta llegar a las puntas de los pies. A todo el conjunto de neuronas desperdigadas por nuestro cuerpo lo llamamos sistema nervioso.

 

Acerca de cómo se activan las neuronas: bofetadas o limones

Observando el cerebro con dispositivos de imagen médica en diferentes situaciones, hemos aprendido que nuestras neuronas se pueden activar de dos formas: recibiendo información del exterior por medio de los sensores corporales o mediante un pensamiento. También podríamos hacer el famoso experimento de Galvani, tan desgastado por los laboratorio en las High School de las películas americanas, donde los alumnos hacen bailar las ancas de rana inyectando electricidad con un generador en el sistema nervioso del animal. Lo que ocurre es que los grupos musculares del anfibio (o lo que queda de él) confunden las señales eléctricas del generador con las que habitualmente envía el cerebro para decir: “¡adelante!”.

Centrémonos en primer lugar en cómo se activan las neuronas al recibir información del exterior. Por si sólo, nuestro cerebro lo tiene realmente crudo: es ciego, sordo y mudo (aunque no “torpe, traste o testarudo”). Él únicamente puede manejar señales eléctricas por lo que no se entera de nada de lo que ocurre a nuestro alrededor. Puede estar lloviendo a cántaros o tocando una banda de mariachis a escasos metros, que él ni siente ni padece. Necesita de “algo” que le cuente qué está pasando ahí fuera, es decir, que traduzca esas señales físicas ambientales a un lenguaje bioeléctrico que él pueda entender. Ese “algo”, esos traductores, son los sentidos.

Veamos que ocurre cuando nos dan una bofetada. La mano de alguien, al que seguramente no le caemos muy bien, nos golpea la mejilla y hace tambalear nuestras células (nocirreceptores). El dolor que sentimos es proporcional a la presión ejercida por la mano sobre nuestra mejilla, y describir lo que ha ocurrido, de la forma más fielmente posible, es en definitiva la tarea del tacto (a no ser que tengamos un trastorno genético como la analgesia congénita que nos impida sentir dolor). Así que el tacto está atento a la contracción mecánica de los tejidos de la mejilla para generar una señal eléctrica que viaje al cerebro con la información tanto de la presión (se ha pasado tres pueblos) como de la localización (en la mejilla derecha). Lo que acabamos de explicar a poca gente le impresiona, algún que otro cachete nos hemos llevado, aunque algunas personas se incomodan al descubrir que el dolor no se siente realmente en la mejilla sino en el cerebro.

La segunda forma de generar actividad neuronal, aunque la usamos miles de veces al día, todavía sorprende a más de uno: el pensamiento. Pensamos en un limonero, en sus verdes hojas y sus frutos amarillos. Nos acercamos a él y elegimos un limón. Buscamos el más rugoso, el más ácido, y comenzamos a girarlo sobre sí mismo hasta desprenderlo del árbol mientras nos invade un olor a campo. Cortamos con un cuchillo el limón por la mitad y nos llevamos lentamente a la boca, para apretarlo y sentir como derrama su ácido jugo sobre nuestro paladar. Tiene el balance perfecto entre acidez y dulzura. Automáticamente nos ponemos a salivar. ¡Y ni siquiera hemos visto el limón! La neurociencia lleva décadas gritando a los cuatro vientos que pensar es algo así como una “bofetada electroquímica”. Lo que acabamos de experimentar es que un pensamiento u acción (para el cerebro son muy similares) lleva asociado una firma fisiológica única que es el resultado de una actividad neuronal, endocrina y bioquímica.

 

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Sentir lo que pensamos

El cerebro es un bigotudo pintor realista. Entre sus herramientas de trabajo encontramos unos tubos de pintura, los pigmentos o colores, el caballete y el lienzo. Los inagotables tubos representan a las glándulas (un conjunto de células que fabrican sustancias químicas) y su contenido, los pigmentos o colores, a las diferentes hormonas (la sustancia química que fabrican las glándulas). El caballete sería el sistema circulatorio, mientras que el lienzo simboliza al torrente sanguíneo. Con todo este material de primera, un buen pintor puede ponerse manos a la obra para trabajar la mezcla de colores hasta obtener el tono perfecto que retrate lo más fielmente posible la realidad. De forma análoga, el cerebro secreta mediante diferentes glándulas la cantidad exacta de hormonas o neurotransmisores con el fin de generar una composición química que represente lo más fiel posible a la señal eléctrica enviada por el sistema nervioso. ¿Y para qué sirve todo esto?

 

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El torrente sanguíneo es el medio perfecto para repartir estos mensajeros químicos (las hormonas) por todo el organismo, y llegar así a cada una de las células. Es interesante darse cuenta de que si los mensajes hubiesen mantenido su forma eléctrica, la gran mayoría de las células ni se hubieran enterado. Al igual que el cerebro sólo entiende los impulsos eléctricos, a las células les encantan los químicos. El objetivo es que estos mensajes alcancen a toda las células del organismo, por lo que adoptar una apariencia química es lo más conveniente. En realidad, si reflexionamos fugazmente, todo este tinglado está bastante bien montado. Las señales eléctricas viajan por las neuronas a una velocidad superior a 400 kilómetros por hora (más que un Ferrari de fórmula uno), mientras que un señal química está limitada a la velocidad del flujo sanguíneo (unos 0,036 kilómetros por hora). Una vez la hormona mensajera se encuentra repartida por todo el organismo lo más rápidamente posible, debemos saber que cada tipo de célula tiene unos receptores específicos, lo que significa que sólo reaccionarán ante un tipo de hormonas concretas y no ante cualquiera. Así comienza un baile de hormonas y células, una cascada de cambios químicos en el organismo los cuales solemos llamar emociones.

A fin de cuentas, o una bofetada hace tambalear nuestros nocirreceptores de la mejilla para generar una señal eléctrica y activar nuestras redes neuronales, o bien estas redes se activan a través de un pensamiento. Ambos caminos terminan invitando a bailar a nuestras células con la ayuda de hormonas mensajeras dando como resultado reacciones químicas a las que llamamos emociones. En el día a día de una persona que vive en una sociedad occidental, la cual permanece de 8 a 10 horas sentada en una silla frente a un ordenador (y el resto casi con el móvil), nos pasamos la mayor parte del día dándole al “coco”. Cada vez que le damos al “coco” se activan unas redes neuronales concretas debido a aquello que pensamos, y se inicia un proceso que imprime en el organismo la emoción correspondiente.

 

Emoticonos: generando el modelo de realidad

La ciencia habla de las cosas que ocurren en nuestra vida utilizando representaciones de la realidad o modelos. Cada modelo se aproxima más o menos a lo que ocurre, y es ahí donde hablamos de “precisión”. Por ejemplo, Newton utilizó un modelo para hablar de la gravedad, que consistía en relacionar la fuerza, la masa y la aceleración. Luego vino Einstein, con su relatividad, e ideó un modelo más preciso que el de Newton (a la par que más complejo). ¿Eso quiere decir que el modelo que el científico empleó para explicar la caída de la manzana era erróneo? No, simplemente su modelo no era tan preciso. De hecho, si todo va bien, no es de extrañar que consigamos un modelo para la gravedad más preciso que el de Einstein en años venideros.

Volvamos a mirar dentro de nuestro cerebro con esta idea de “modelo” bajo la manga. Hemos descubierto a un bigotudo pintor realista que habita dentro del cráneo obsesionado por retratar en la sangre aquello que pensamos mediante cambios bioquímicos (nuestras queridas emociones). ¿Y para qué todo esto? ¿Qué mosca le ha picado al cerebro con convertir nuestros pensamientos en emociones? La respuesta es simple: el cerebro es un generador automático de modelos.

 

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Imaginemos una cinta automática de supermercado que transporta aquello que captan nuestros sentidos. En ella encontramos un mejunje de receptores externos (informándonos de aquello que vemos, oímos, saboreamos, olemos o sentimos), pero también internos. Estos sensores internos menos conocidos dan parte al cerebro de los cambios químicos o térmicos del medio donde chapotean nuestras células (el medio interno) y, por lo tanto, nos informan de nuestras emociones. Totum revolutum, la cajera de supermercado (ahora el cerebro es una empleada de supermercado y la cinta transportadora el sistema nervioso) va codificando con el lector infrarrojo cada información proveniente de estos receptores. Con todo esto, el cerebro genera un modelo de la realidad que es lo que cada uno percibimos en nuestro día a día.

Al revisar el ticket de compra nos daremos cuenta en seguida de que hemos pasado por alto alguno de los artículos que conforman nuestra realidad: entre ellos encontramos la memoria. Aunque hablaremos de ello en su momento, es tan importante para nosotros que debemos tener presente que el cerebro genera el modelo de realidad utilizando la memoria (nuestra experiencia) como un sentido más. Ahora si. Esta reconstrucción cerebral de la realidad, este modelo, es a lo que nosotros llamamos David, María o Francisco: un espacio donde podemos sentir las emociones (los cambios bioquímicos) que generan nuestros pensamientos, las bofetadas, y que nos convierten en emoticonos andantes.

 

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Cómo aplicar la ciencia a nuestro día a día 

Nos den una bofetada o pensemos en un limón ácido, esa actividad neuronal irá a parar al torrente sanguíneo para generar un cambio químico al que llamaremos emoción. Luego nuestro cerebro reconstruirá un modelo de realidad (con ayuda de la memoria) para que, en definitiva, sintamos. Esto quiere decir, sin tapujos, que el hecho de que nos suden las manos, se apelotonen los latidos de nuestro corazón, se agite la respiración o que la tensión arterial esté por las nubes, la mayor parte del tiempo no ocurre debido a la situación que estamos viviendo, sino por lo que pensamos acerca de ella.

Nos pasamos la vida exprimiendo limones imaginarios. Al estudiar el organismo, la ciencia nos está queriendo decir que aquello que sentimos, en la mayor parte de ocasiones, proviene de lo que estamos pensando. Ahora bien, siempre que sea posible, no tiene sentido adoptar una postura de «lo que diga la ciencia va a misa» cuando disponemos de un organismo para poder experimentarlo de primera manto. Esta es una invitación formal a hacerlo. Enseguida os daréis cuenta de que existen multitud de ejemplos. Una madre teme que a su hijo le haya pasado algo y comienza a agitarse, sudar o temblar debido a que siente los efectos de pensar “mi hijo ha sufrido un accidente”. Un hombre que cree que su mujer le ha sido infiel porque no se encuentra en casa (cuando en realidad ha ido a comprarle un regalo por un aniversario de pareja que él ni recordaba), siente tensión fruto del pensamiento “ya sabía yo que tenía a otro”. Un viajero que teme volar en avión se siente angustiado o nervioso porque piensa “voy a sufrir un accidente de avión”.

En cualquier caso, nadie ha sufrido un accidente, nadie se ha acostado con nadie o ningún avión ha realizado un aterrizaje de emergencia. Somos emoticonos que, a lo sumo, hemos ido a un limonero imaginario, el más ácido del lugar, hemos seleccionado un limón tocando la porosidad de su piel mientras respirábamos el aroma a campo. Lo hemos partido mientras su jugo recorre nuestras manos, hemos levantado el limón nuevamente y exprimido el jugo del cítrico en nuestra boca.  Ummm… ácido, muy ácido… ¡Buen provecho!

 

Viento en popa a toda vela

Como primera aproximación al mundo que os he presentado hoy, donde la ciencia es nuestra maestra, no está nada mal: nos vamos con un sorprendente “sentimos lo que pensamos”. Ahora bien, son muchas las preguntas que han saltado a la palestra a lo largo de mis investigaciones y, aunque hoy las dejemos volar libremente por los aires, os hablaré de ellas en breve. ¿Por qué a veces sentimos emociones y no encontramos ni rastro del pensamiento generador? ¿Cómo componemos la realidad? ¿Qué pasa con los genes? ¿Existe alguna relación entre la autorregulación corporal y las emociones? ¿Qué papel juegan en el organismo, en las emociones o en aquello que sentimos los microbios? ¿Es el amor una sensación? ¿Necesitamos realmente proyectar un futuro? ¿Donde queda el pasado y la memoria? ¿Qué es el miedo? ¿Qué es la honestidad y para qué sirve? ¿Puede un ser humano vivir con un 5% de su masa cerebral? ¿Por qué enfermamos?

Darwin VS Buda: Las dos caras del sufrimiento y la insatisfacción

Podría sonar extraño querer rebelarse contra las leyes de la selección natural y de la evolución. Más que nada porque ha sido mediante éstas leyes que hemos llegado hasta aquí como especie, y yo, Elsa Bonafonte, puedo estar escribiendo este artículo aquí y ahora. Pero también es cierto que desde que no vivimos en las cavernas, y desde que no tenemos que cazar ni que escapar de los leones, las leyes de la selección natural no nos ayudan mucho. Es más, podría decirse que son la principal fuente de nuestro sufrimiento.

Este sufrimiento tiene muchas acepciones. La más común, occidental, y que podemos encontrar en el diccionario, lo define como el “hecho de sufrir o padecer dolor físico o moral”. Pero desde el punto de vista del budismo, el sufrimiento no es exactamente esto… Pero para poder entenderlo, antes tenemos que conocer las cuatro nobles verdades del Budismo.

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Las cuatro nobles verdades del budismo 

Aunque no es una tarea fácil, voy a tratar de explicar cómo el budismo, y su camino para alejarse del sufrimiento, se ha convertido en una verdadera rebelión contra las leyes de la selección natural y de la evolución. Pero primero debemos saber las cuatro nobles verdades del budismo:

1- Primera (dukkha): La naturaleza de la vida es el sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento…

2- Segunda (el origen de dukkha): El origen del sufrimiento es el deseo o “sed de vivir” acompañado de todas las pasiones y apegos. Es el deseo que produce nuevos renacimientos, que acompañado con placer y pasión encuentre siempre nuevo deleite, ahora aquí, ahora allí. El deseo por los placeres sensuales, el deseo por la existencia y el deseo por la no existencia.

3- Tercera (la cesación de dukkha). Alcanzar el Nirvana, la verdad absoluta, la realidad última. Es la noble verdad de la cesación del sufrimiento. Es la total extinción de ese mismo deseo, su abandone, su descarte, liberarse del mismo, la no dependencia.

4- El sendero que conduce al cese del sufrimiento y la experiencia del Nirvana. El sendero que conduce al la cesación del sufrimiento. Es el recto entendimiento, el recto pensamiento, el recto lenguaje, la recta acción, la recta vida, el recto esfuerzo, la recta atención y la recta concentración.

Podréis preguntaros qué tienen que ver estas verdades budistas con las leyes de la selección natural. Yo también me lo preguntaba. Y aquí está la respuesta y las investigaciones que se han hecho al respecto.

 

La insatisfacción como base del sufrimiento

En el Budismo la idea del sufrimiento es algo más específica de la que tenemos los occidentales. No se refiere tanto al dolor físico o moral, sino a la sensación de “insatisfacción” que nos acompaña a la mayoría de los mortales casi el 100% del tiempo.

Como dice la segunda noble verdad del budismo, el sufrimiento es “el deseo o “sed de vivir” acompañado de todas las pasiones y apegos. Este deseo, como veremos ahora, es el causante de nuestra insatisfacción, que según los budistas es la base del sufrimiento. Y aquí, amigos, entra nuestra buena amiga la evolución.

Según el Budismo “la naturaleza de la vida es el sufrimiento”. Y seguramente que podréis pensar que no estamos sufriendo todo el tiempo. Que no vivimos “sufriendo” las 24 horas del día. Pero si añadimos el significado de “insatisfacción” a esta ecuación, entonces sí que tiene más sentido. Ya que la mayoría de nosotros vivimos (gracias a las leyes de la evolución) en una continua insatisfacción.

Y para que lo entendáis vamos a ver un ejemplo. Imaginemos que soy una loca de los donuts (que no es el caso, pero me venía de perlas para usar uno de mis gifs favoritos):

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No todos los días nos dejamos llevar por nuestros antojos, pero algunas veces sí que lo hacemos. Te imaginas esa caja de 6 donuts, su olor, su sabor la llevártelo a la boca… Y seguramente, mientras estamos disfrutando de esos maravillosos donuts, no estamos sufriendo. ¿Estás loca, voy a sufrir mientras me todo mi donut favorito?

Pero si nos paramos a pensar sobre ello. Probablemente, en el mismo instante en el que empecemos a tragar el donut, ya estaremos pensando en el siguiente. De alguna forma, ya estaremos deseando, anhelando el próximo donut. Y si estamos pensando en el próximo donut, es que este donut no nos está produciendo satisfacción. No nos está satisfaciendo. Si estuviera satisfecho, no querría más, ¿no es cierto?

Es la cruda realidad. El placer no dura. Y así funcionan las cosas. El hecho de que “el placer no dure” es uno de los preceptos de Buda. La impermanencia de las cosas está presente en casi todos los textos de Buda. Nada es permanente, y el placer no es una excepción.

 

La “forma” de la insatisfacción: el deseo y la aversión

Aquí entramos en la segunda verdad noble del budismo. La causa del sufrimiento y la insatisfacción. Y generalmente se ha traducido como ansia, o deseo intenso. En el sentido de tratar de aferrarse a algo, de apegarse a algo. Como dijo Buda, en el deseo de agarrar cosas que no durarán, se prueba el engaño, la ilusión. El solo deseo nos demuestra que no somos conscientes de la impermanencia de las cosas, de la verdad sobre cómo es la realidad.

Volviendo a los donuts, podemos ver que este fenómeno no se refiere sólo a placeres sensoriales (comida, sexo, etc.). Se refiere a cualquier cosa que nos cause gratificación. Conseguir un 10 en un examen, conseguir la estima de los amigos, y un largo etcétera. Cualquier cosa que nos haga sentir bien, y de lo que querremos más.

En psicología está muy relacionado con la adaptación hedónica. Y se refiere a cuando nos pasa algo muy bueno, como que nos toque la lotería, y pasado un determinado periodo de tiempo, volvemos a nuestro nivel normal de “felicidad”. Continuamos deseando cosas que nos harán felices: ese trabajo, ganar la lotería, que mi vecina se vuelva loca por mi… Pero la realidad es que podo después de conseguir cualquiera de estas cosas, nuestro nivel de felicidad vuelve a la normalidad. No estamos más cerca de la felicidad que antes de desear cualquiera de estas cosas.

Y no solo hablamos de cosas “buenas”. Las dos primeras leyes del budismo también contemplan la ansiedad y al miedo. Ansiedad de ser criticado en público, tener que ir a un sitio al que no quieres ir, miedo al abandono, etc. En definitiva, el miedo de ser comido por un león. ¿Empiezas a comprender ahora?

En un principio estas cosas no entrarían en la categoría del deseo. No ansiamos ni deseamos que nos abandonen, o sentir ansiedad ante un examen. No queremos estar “más cerca” de eso. Quieres huir de eso.

Así que podemos afirmar que en la segunda ley del Budismo (aunque no aparezca de forma explícita), encontramos como fuente del sufrimiento y la insatisfacción el deseo y la sed por lo que nos atrae, y aversión por lo que nos produce miedo y ansiedad. No aparece explicito en la segunda ley, porque ambas cosas son las dos caras de una misma moneda. Si tienes miedo de hacer el ridículo en público, es porque estás apegado a tu reputación, a tu estatus social. Eso apego, deseo o sed es el problema.

 

El origen de la insatisfacción: nuestra amiga la evolución

Como hemos visto, según la segunda noble verdad nos dice que la fuente del sufrimiento y la insatisfacción es nuestro apego, nuestro deseo de aferrarnos a cosas que no duran, incluido el placer. Como con el ejemplo de los donut de chocolate.

Según Buda, nuestro fracaso para parar esta dinámica es un ejemplo más de nuestra incapacidad de ver el mundo de una forma clara. ¿Y por qué no somos capaces de frenar este proceso? Porque hay mecanismos biológicos que son mucho más fuertes que nosotros (tanto del proceso del deseo como de la evaporación de la satisfacción), y contra los que poco podemos hacer, a menos que nos convirtamos en monjes budistas y nos vayamos a meditar a una montaña.

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Por qué no vemos claramente (por cortesía de la evolución)

Buda solía utilizar el término ilusión para hablar de nuestra incapacidad para ver las cosas claramente. Aunque este término nos puede confundir un poco. No quiere decir que cuando estamos disfrutando de nuestro donut nos imaginemos que nos vigilan unos espías rusos detrás del mostrador, y que en unos instantes se abalanzarán sobre nosotros para arrebatarnos el cerebro…

Ni siquiera pasa por nuestra mente la idea de que el placer de esos donuts van a durar para siempre. Ni diez minutos. Pero a la vez, está demostrado que pensamos mucho más en el placer que nos causa, que en la evaporación posterior de ese placer. Sólo estamos focalizados en el placer del momento.

En otras ocasiones, podemos vivir algo más cercano a esa ilusión unida al deseo, a la obsesión. Cuando nos enamoramos de alguien, estaremos todos de acuerdo en que se dan ciertas distorsiones de la realidad en nuestra forma de percibir las cosas. Parece que todo será perfecto eternamente. Pero en realidad, las relaciones son más complicadas que eso. Porque volvemos a ser incapaces de ver la impermanencia de las cosas. Y por tanto, no vemos claramente la realidad.

Lo mismo nos ocurre cuando deseamos un trabajo intensamente. E imaginamos todas las cosas maravillosas que nos traerá ese empleo… Y estás seguro de que al conseguir ese puesto, te podrás relajar. Entonces llega ese soñado puesto de trabajo, pero tu nos has llegado realmente a ningún sitio. La gratificación no dura para siempre.

¿Y qué parte de nosotros es la que no nos permite ver claramente? Sin ninguna duda una de esas partes es el neurotransmisor dopamina. O la llamada droga del placer. La verdadera historia es que es mucho más complicado que eso. Los efectos de la dopamina dependen de muchos factores: la parte del cerebro implicada, las neuronas implicadas, los receptores implicados, etc.

 

La dopamina y el deseo

Vamos a ver un estudio en el que se monitorizó las neuronas implicadas en el cerebro de unos monos, en relación al deseo y a la satisfacción del mismo.

Lo que hicieron es darle zumo de fruta a los monos y esto es lo que pasó. En la primera parte del experimento, al darle la fruta al mono, hubo un subidón de dopamina. Con lo que el mono sintió una gran felicidad. ¿Y cuánto duró este subidón de felicidad? La cruda realidad es que aproximadamente duró un tercio de un segundo. No mucho, la verdad…

Como ya hemos apuntado, el placer tiende a evaporarse muy rápidamente. Y en nuestra propia experiencia del día a día, deberíamos ser muy conscientes de la impermanencia de las cosas.

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Una posible explicación de este fenómeno lo encontramos en la selección natural. ¿Y por qué la selección natural diseñaría un cerebro con una experiencia de placer tan fugaz? ¿Por qué no alargar el efecto de la dopamina 10 segundos, 20 segundos? Lo cierto es que esto no pasa. Y lo más incómodo e inexplicable… ¿Por qué no somos capaces de integrar en nuestra vida, en nuestro día da día, cómo de rápido se evapora el placer? Eso nos ahorraría mucho dolor.

Lo cierto es que la selección natural funciona de otra forma. No buscaba nuestra felicidad ni nuestro placer. Sólo quería (y quiere) trasladar nuestros genes a la siguiente generación, garantizando que comeremos y que tendremos sexo. Incluso el estatus social tiene un correlato positivo en primates, a la hora de conseguir una mayor descendencia.

Hay tres leyes fundamentales de la selección natural mediante las cuales se ha diseñado nuestro cerebro.

1- Cuando un animal consigue su objetivo (comida o sexo) experimentan algo de placer. El placer es el reforzador de la conducta. Hace que los animales hagan “más” de eso que han hecho para conseguir su objetivo.

2- El placer no puede durar para siempre. Si fuera así, los animales dejarían de estar motivados para hacer “más” de eso que han hecho para conseguir su objetivo. Si comes y no vuelves a tener hambre, no estarás motivado para volver a comer, y morirías. Así que la desagradable sensación de hambre es necesaria para la supervivencia. Lo mismo con el sexo.

3- Los animales se deben focalizar más en el placer que le producen estos objetivos, que en la consecuente evaporación de dicho placer. Si te focalizas en lo genial que será el placer que vas a obtener, estarás más motivado para hacer las acciones necesarias para conseguirlo. Si supiéramos que el placer va a durar un nonosegundo, no emplearíamos tanto esfuerzo.

 

Evolución VS Buda

Estos principios del diseño tienen mucho sentido en términos de la selección natural, y pueden ayudarnos a entender las enseñanzas de Buda. Buda repitió muchas veces que el placer tiende a evaporarse, y eso nos deja insatisfechos. Y parece ser el caso de que el placer está genéticamente diseñado para durar muy poco tiempo precisamente para dejarnos insatisfechos. Para así trabajar más y conseguir más puntos en la carrear de la selección natural.

Buda también dijo que parece que no llegamos a captar esta característica del placer. Y esto también tiene sentido en términos de la selección natural. Focalizarnos solo en el placer es un buen motivador.

Volvamos a los monos y veamos qué pasó en la segunda fase del experimento.

                                                                                                               

La anticipación del placer

En la primera parte del experimento el mono no podía anticipar el placer que iba a sentir al tomar el zumo. El mono no esperaba el zumo. Para poder hacer posible que el mono experimentara la anticipación, mediante un proceso de condicionamiento, le enseñan que cuando se encendiera una luz, obtendría el zumo.

Y esto es lo que pasó:

sufrimiento dopamina

En la zona de la anticipación es donde se da el subidón de dopamina. Loque parece ocurrir es que el mono está anticipando el placer que va a recibir. Está focalizado en el placer que va a llegar. La propia anticipación produce placer. Hay excitación, proyección del placer. Y eso es lo que parece que refleja ese subidón de dopamina.

Lo cierto es que un caso extremo. No se han encontrado los mismos resultados en todos los experimentos, sobre todo en la parte de la supresión del subidón de dopamina cuando estaban disfrutando del zumo. Lo que parece que ocurres es que se dan dos subidones de dopamina. Uno muy alto, en la anticipación, y otro bastante más bajo, cuando se consigue el premio. Además, es un proceso que se torna automático.

Y esto es algo que nos ocurre todos los días. Imaginemos que todos los días nos tomamos una onza de chocolate negro por la tarde. Llega un momento en que el proceso es tan automático que casi no disfrutamos de esa onza de chocolate. Nos ponemos en marcha, pensamos en el chocolate (primer subidón de dopamina) vamos hacia al nevera, cogemos el chocolate, nos lo metemos en la boca… Y probablemente durante todo ese tiempo nuestra mente se haya perdido varias veces en pensamientos, y hemos abandonado el aquí y ahora (segundo subidón de dopamina). Hemos abandonado la conciencia del momento presente que nos haría disfrutar plenamente de la onza de chocolate. Lo mismo que el mono una vez que ha aprendido que tras la luz viene el zumo de fruta.

El primer subidón de dopamina es la fuerza motivacional. Lo que nos hace hacer el trabajo necesario para conseguir la comida que necesitamos para la supervivencia. No porque necesitemos donuts o chocolate negro para vivir. Pero nuestros antepasados necesitaban el azúcar de las frutas. El mismo azúcar que el hombre moderno encuentra en paquetes de donuts envasados.

Si pensamos en nuestros antepasados, o en los monos, es evidente que era necesaria una gran motivación para buscar la fruta, recorrer largas distancias, escalar árboles, etc. Una motivación “anterior” al disfrute de la fruta. Y es la que tenían en el subidón de dopamina de la anticipación del premio.

 

¿Por qué se mantiene la tortura?

Una pregunta muy interesante a hacerse ahora es: Como en el caso del chocolate negro que tomamos por la tarde, si ya nos hemos habituado al placer que obtenemos, si se ha convertido en una tarea rutinaria, y ya sabemos que en el momento de tomar el chocolate el placer que obtenemos es mínimo o nulo… ¿Por qué seguimos haciéndolo?

¿Por qué no simplemente disfrutamos de la dopamina de la anticipación, y luego no tomamos el chocolate? Y aquí es donde vuelve a aparecer nuestra amiga la evolución.

Esa estrategia no funcionaría. Porque si disfrutamos de ese primer subidón de dopamina, y luego no obtenemos el refuerzo, lo que ocurre es que sufrimos un déficit de dopamina.

sufrimiento dopamina

Sería lo que se llama la decepción de anticipación no satisfecha. Y esto también es muy común. Y para ilustrarlo contaré algo que le pasó un día a mi hermana Carla. Quería tomar helado de limón, y nuestra madre le dijo que había helado de limón en la nevera. Y con el subidón de la anticipación de dopamina fue cegada por el deseo a la nevera. Cuando abrió el congelador y encontró halado de vainilla (que no le gusta nada) en vez de helado de limón, la sensación de insatisfacción fue máxima. No sólo sentimos la ausencia del placer. Sentimos decepción.

Y esto también cobra sentido como recurso motivacional si volvemos al escenario de nuestros ancestros. Si una vez hecho todo el trabajo para llegar a los árboles en los que esperaban encontrar la comida, no la encuentran, el cerebro está diseñado para que no volvieran nunca más a esos árboles que no tiene frutos. El cerebro está diseñado para que evitaran esos árboles, mediante esa sensación de decepción que sufrieron la primera vez que llegaron allí.

 

Las tres leyes de la evolución y los principios de Buda

Parece que hay cierta correspondencia entre las leyes de la evolución y los principios del Budismo.

Buda dijo que le placer no duraba, y que nos dejaba insatisfechos. Y la teoría de la evolución parece explicar por qué. Buda dijo que nos focalizamos en el placer y no en la fugacidad del mismo, y nuevamente la teoría de la evolución parece explicar por qué.

Y aquí otro ejemplo de cómo a la selección natural no el “importa” que no veamos el mundo de forma clara. En otro experimento se demostró que bajo condiciones de miedo los alumnos veían en esta imagen una serpiente, mientras en condiciones normales veían una cuerda.

serpiente cuerda

O cómo vemos caras enfadadas si estamos enfadados, en personas que realmente tienen una expresión neutra. A la selección natural no el importa que no veamos la realidad como es. Y tampoco el importa que seamos felices. Desde el punto de visa de la selección natural, la felicidad es sólo una herramienta. Si sentirnos felices en un momento dado nos hará estar motivados, entonces estará bien. Lo mismo que si sentirnos infelices, insatisfechos, sufriendo… funciona para los objetivos de la selección natural. También estará bien.

Por todo ello el Budismo parece una rebelión contra la selección natural. El Budismo trata de que seamos capaces de ver la realidad tal como es todo el tiempo, y aspira a terminar con el sufrimiento. Por lo que de cierta manera implica lo contrario a la lógica de la selección natural.

Y esto que hemos visto es solo una parte de esta rebelión. Para conocer la escala real de esta revolución hay que conocer las estrategias específicas del Budismo para lograr ver el mundo de forma clara y para acabar con el sufrimiento. 

Sufrimiento

 

Referencias: