¿Qué es una obra de arte?: Significado, lenguaje y religión

Concluimos con esta entrada el ciclo de Arthur Dante y la definición del arte. En entradas anteriores habíamos visto cómo el arte contemporáneo, ejemplificado en el Pop Art de Warhol, problematizaba como nunca antes la definición de arte. El gran error de los filósofos, decía Arthur Danto, había sido formular teorías del arte basándose en el estado contingente del arte de su tiempo. La revolución del arte contemporáneo nos pone ante el problema en toda su crudeza, forzándonos a contemplar el fenómeno artístico ampliamente. También vimos cómo Danto criticaba a los que se quedan en el escepticismo relativista, convencionalista, acusándoles de no querer afrontar la dificultad. Por último habíamos abordado las insuficiencias, según Danto, de las distintas teorías del arte para dar cuenta del arte de Warhol, aunque en todas ellas reconocía parte de verdad. En esta última entrada expondremos la parte positiva de su doctrina, esto es, cuál es, según Danto, el elemento esencial que hace de un objeto una obra de arte.

La obra de arte incorpora un significado

Lo esencial para Danto de una obra de arte es que ésta incorpora un significado. Trata sobre algo, tiene un contenido, un tema, un asunto. Esto explica la diferencia entre las cajas de detergente Brillo de Warhol y las del supermercado, pues Warhol las usa para decir algo, para hacer que un objeto mundano tenga algo que decir; concretamente, para cuestionar nuestras nociones establecidas de dónde encontrar arte. La obra de arte expresa, encarna, un significado, un contenido intensional, a través de la intencionalidad del artista. El artista expresa su visión del mundo en un objeto, haciendo que éste signifique algo, tenga un tema, un asunto. El objeto se transfigura.

Un objeto artístico es, pues, según Danto, un objeto que tiene un significado, que expresa o que representa algo. Por tanto, no basta con inspeccionar u observar un objeto para concluir que es una obra de arte, pues “ser expresión” presupone cierta relación con algo. No cabe la menor duda de que en los tiempos de estabilidad artística las obras de arte tienen ciertas propiedades intrínsecas, y si no las tuviesen se cuestionaría su cualidad de obras de arte. Pero tales tiempos quedan ya lejos. Cualquier cosa puede ser expresión de otra siempre que conozcamos las convenciones que lo hacen posible y las causas que explican su cualidad de expresión. En este sentido cualquier cosa puede ser una obra de arte, pues no hay condiciones necesarias simples. Ahora bien, del hecho que cualquier cosa pueda ser una obra de arte no se deduce que todas lo sean. La máquina de escribir que está utilizando Danto no lo es. Lo que hace del arte un concepto interesante es que lo que puede convertir su máquina en obra de arte, no puede convertirla en un sandwich de jamón: aunque desde luego un sandwich de jamón puede llegar a ser un obra de arte.

¿Cuál es entonces la diferencia con otras cosas que incorporan un significado, que son vehículos de representación, pero no son obras de arte? La diferencia es que éstas últimas son interpretadas como obras de arte. Así como con la teoría heliocéntrica no cambió nada de lo que percibimos con nuestros sentidos, sino nuestra interpretación, nuestra visión del universo. La interpretación, sostiene Danto, es ese poder que transfigura las cosas en arte. Por eso es necesario el público; hay una parte del significado de la obra que queda elíptico, y que debe ser completado por el publico.

Arte, lenguaje y cosas

Interpretar una obra artísticamente es similar a interpretar un objeto lingüísticamente. De hecho, afirma Danto, la interpretación artística se representa lingüísticamente mediante cierto uso del “es” (el uso de identificación artistica): frente a una mancha de pintura azul uno dice “es el cielo”. Cuando hacemos esto no estamos literalmente identificado el cielo, porque no es el cielo real. Esto muestra la brecha entre el arte y la realidad así como entre el lenguaje y la realidad. El arte difiere de la realidad de la misma forma que el lenguaje en su uso descriptivo. Ahora bien, no es que el arte sea un lenguaje, dice Danto, sino que su ontología es igual a la del leguaje, y que el contraste que existe entre el arte y la realidad existe entre el lenguaje y la realidad. Las obras de arte como clase se oponen a las cosas reales, igual que las palabras, aun cuando sean reales en todos los demás sentidos, afirma Danto. Las obras de arte son lógicamente categorizables con palabras, aunque sus homólogos sean meros objetos reales, dado que las primeras se refieren a algo (o pueden muy bien suscitar la cuestión de a qué se refieren). Permanecen a la misma distancia filosófica de la realidad que las palabras, igual que sitúan a quienes se relacionan con ellas como obras de arte a una distancia equiparable. Esta distancia abarca el espacio que los filósofos siempre han trabajado, por lo que cabe esperar del arte cierta pertinencia filosófica. Tanto el arte como el lenguaje representan cosas reales sin ser las cosas reales mismo, y así es necesario que las representaciones artísticas y lingüísticas tengan una interpretación para que podamos entenderlas e identificadas como arte y lenguaje.

Después de todo, Arthur Danto no parece alejarse tanto de la teoría institucionalista, a pesar de sus intentos por no ser tachado de institucionalista. Y es que toda interpretación siempre va aparejada a un contexto histórico artístico. En cualquier caso, lo que queda claro para Danto es que las propiedades artísticas no son propiedades intrínsecas de las cosas; ser una obra de arte no consiste en poseer tales propiedades. De ahí que en el arte haya que estar siempre abierto a la posibilidad de revolución. No se puede identificar cuál de objetos indiscernibles es una obra del arte sin tener en cuenta el diferente tipo de relación que establece con su creador. El contexto de producción queda incluido en la identidad de una obra de arte. La lógica del arte es relacional. Danto trata de mostrar que es necesario considerar el contexto del objeto, y no solamente las propiedades comunicadas por sus materiales, para determinar no sólo su significado sino si es arte o no.

La transfiguración religiosa

A pesar de que parezca que Danto vuelve a caer en el convencionalismo, no es ésa su intención; rechaza el institucionalismo porque lo que él defiende es que en la obra artística se ha dado una transformación real, no una transformación convencional, artificial. Y lo que él busca es una definición en términos de esencia. La obra de arte pasa a un estado ontológico distinto al de la mera cosa, aunque sensiblemente sean idénticas. Quizás haya que buscar la verdadera diferencia entre obra de arte y mera cosa para Danto como algo análogo a lo que ocurre con lo religioso. Y es que algo similar ocurre con los objetos religiosos, que se consideran esencialmente distintos de las cosas cotidianas pero se recubren con una apariencia de cotidianidad. De hecho, en el prefacio de La transfiguración del lugar común, Danto hace referencia a la transfiguración de Jesucristo ante sus apóstoles narrada en los evangelios como metáfora del milagro del arte de transformar meros objetos cotidianos en obras de arte (las cajas Brillo). Además, el concepto de incorporar -encarnar- un significado, rasgo definitorio de la obra de arte para Danto, hace referencia a la doctrina cristiana de la encarnación del Verbo divino en el hombre Jesús. Incluso en la obra sobre Andy Warhol (Andy Warhol, 2009) relaciona la obra de éste con su catolicismo, además de volver a aludir a la analogía religiosa para explicar el carácter transfigurador del arte. Pero es que ya en 1964 Danto había apelado a la teología católica para definir el concepto de mundo del arte como una comunidad ontológica de obras de arte con fuertes interrelaciones y afiliaciones, argumentando que el mundo del arte se sitúa respecto al mundo real como la Ciudad de Dios frente a la Ciudad terrenal.

Parece entonces como si para Danto las obras de arte se transfigurasen en cosas pertenecientes a un reino ontológico superior, totalmente distinto del reino mundano de las cosas ordinarias. Aunque compartan apariencia, aunque sean indiscernibles perceptualmente, las cosas ordinarias pertenecen al reino de la naturaleza y las obras de arte al reino de la gracia, secularizado como el mundo del arte. “Si Platón” -dice Vlad Morariu- “despreciaba las obras de arte en tanto representaciones, viéndolas como meras copias y las más degradadas formas de existencia, Danto las eleva desde las tierras bajas de las meras cosas a nuevas alturas ontológicas”.

 

Referencias:

Religión moral y religión estatutaria para Kant

La verdadera religión se reduce a moral

Kant contrapone la religión racional o moral (la única verdadera), basada en la razón práctica, cuyo único contenido es la ley moral (formulada en el imperativo categórico), a las religiones estatutarias o históricas (judaísmo, catolicismo, islam, luteranismo, etc.), en su obra La religión dentro de los límites de la mera razón. Las leyes de una religión estatutaria son contingentes y es necesario recurrir a una supuesta revelación para verificarlas como mandamientos divinos. Las leyes (la ley) de la religión moral, no; basta el propio examen interno a la luz de la razón práctica. La ley moral es la verdadera piedra de toque para saber si un precepto se puede considerar mandamiento divino o no. Sólo hay, pues, para Kant, una verdadera religión: la moral. El resto son creencias. Una fe histórica no sólo es contingente sino que uno es consciente de su contingencia. Sólo la fe racional es necesaria y cognoscible como necesaria.

La única religión verdadera, universal y necesaria para Kant es la racional o moral, pero el filósofo alemán reconoce que los hombres necesitan de aspectos sensibles, empíricos, para convencerse y comprender los conceptos de la razón. De ahí la necesidad de religiones estatutarias o eclesiales. Kant sostiene que debido a la naturaleza humana el hombre necesita empezar por una fe estatutaria antes de purificarla y convertirla en una fe moral pura. Como el hombre es débil y necio, piensa que para ser grato a Dios hay que adorarle. El hombre piensa en Dios como si de un rey se tratase, al que tiene que servir con ritos y sacrificios, creando así una religión del servicio a Dios, una religión estatutaria, en lugar de una religión moral pura. Cuando lo único que pide Dios, según Kant, es el cumplimento de la ley moral, y que así la actuación virtuosa tenga como objeto a los demás hombres, porque al hacerlo así se hace sobre Dios (no cabe relación directa con Dios).

Para mantener una fe eclesial es necesario un segundo tipo de intérpretes (el primero es la razón práctica): eruditos que por sus conocimientos históricos y lingüísticos puedan certificar que no es imposible que las escrituras sean reveladas, y puedan interpretarlas para que la comunidad de fieles las comprenda. Por eso la fe histórica, eclesial, se acaba convirtiendo en fe en dichos eruditos, lo cual se remedia posteriormente mediante la libertad pública de pensamiento, la apertura y exposición para que las doctrina puedan ser sometidas a críticas por todos.

Kant se separa de la visión católica de la fe, que asocia con la aceptación de únicamente la parte estatutaria de la fe, pero tampoco cae en un protestantismo irracionalista, fideísta, de tipo calvinista. Y es que aunque Kant afirma que la religión no necesita de eruditos interpretes (catolicismo), sino que cada uno es intérprete de las Sagradas escrituras (protestantismo), eso no quiere decir que la interpretación sea arbitraria, pues ésta ha de hacerse según la razón (practica), según la ley moral, por lo que tendrá que ser la misma para todos los seres que hagan uso de su razón. El sentimiento no puede ser interprete según Kant, pues eso lleva al fanatismo, al iluminismo, al misticismo. Un sentimiento es un efecto que puede serlo de muchas causas, sólo contiene el modo en que al sujeto le es afectado algo; no puede producir objetividad. Es la ley moral el canon de la escrituras y no al revés. Que algo sea mandamiento divino dependerá de si concuerda con la ley moral (Kant contra el voluntarismo); si no concuerda, no lo será, o tendrá que interpretarse de modo que lo sea. Dios manda algo porque eso es bueno, y no al contrario. Kant es consciente de que la razón teórica demanda que el voluntarismo sea verdadero porque no puede haber nada por encima de Dios, pero la razón práctica (que prima sobre al teórica) demanda lo segundo, porque si no caeríamos en la heteronomía moral: se harían las cosas porque Dios lo ordenara y no porque fueran buenas incondicionalmente.

religión

El cristianismo como religión moral

La única religión estatutaria, según Kant, que ya tenía el germen de la verdadera religión (moral) es el cristianismo: por eso la historia del dominio del principio del bien sobre el principio del mal es la historia del cristianismo. Para Kant, el judaísmo, como diría Spinoza, son las leyes de un Estado ya desaparecido. El judaísmo está superado. El cristianismo no es una continuación del judaísmo, pues responde a un principio totalmente distinto: a la ley moral. Los mandamientos del judaísmo están orientados para su mera observancia externa, la consecuencias de su transgresión tienen lugar en esta vida únicamente (el judaísmo inicial no creía en la vida futura), y van dirigidos sólo a un pueblo muy concreto, no son universales. En definitiva, son normas políticas para un pueblo concreto en el espacio y en el tiempo. Los primeros maestros cristianos introdujeron el cristianismo vinculándolo con el judaísmo por una cuestión pragmática, de conveniencia, para que pudiera ser fácilmente introducido entre aquellas gentes. El cristianismo fue preparado por la filosofía griega, que había ilustrado algo a los bárbaros judíos y les había preparado para revoluciones, así como por el dominio romano, que debilitó el poder sacerdotal.

Kant considera que el cristianismo es una religión estatutaria pero con vocación de convertirse en racional. Sostiene que el cristianismo es una fe histórica que se sabe medio para el fin, la religión racional, y está dotado de un principio que le va llevando a ésta. Por ello el cristianismo puede llamarse en cierto sentido verdadera iglesia y verdadera religión: una religión moral. Ahora bien, Kant reconoce que su vertiente histórica, su faceta de fe eclesial ha sido muy perjudicial para la moralidad: monacato inútil, milagros-supersticiones, dogmatismo, tiranía papal, guerras “santas”, división, persecuciones. Ésta es la historia del cristianismo. Pero es una historia que, como no podría ser de otro modo, reconoce Kant, tenía que empezar como fe histórica.

Ahora bien, para Kant la fe eclesial es provisional: al final la humanidad no la necesitará. Cuando sea ilustrada, cuando llegue a la madurez, se liberará de ella. Cada uno obedecerá a la ley que se prescribe sabiendo que es la ley del Soberano del mundo. Desaparecerá la distinción entre clérigos y laicos; no hará falta iglesia visible; será una revolución interior (pietismo). Llegará el Reino de Dios a la Tierra, el triunfo del principio bueno sobre el malo. En definitiva, lo que Kant sostiene es que cuando todos seamos ilustrados, no harán falta los templos, los sacerdotes, los ritos, los mitos, las escrituras… (se trata de la religión natural de los ilustrados). La religión verdadera está en el corazón de los hombres (Rousseau). El destino último de la religión (de las creencias, como las llama Kant) es acabar reducida exclusivamente a la moral (kantiana, es decir, cristiana, el amor al prójimo/imperativo categórico).

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