La guía interna «divina», el libre albedrío y la libertad (Lección de filosofía 2)

Seguimos con las lecciones de filosofía de la mano de Monica Cavallé y la filosofía perenne, aquella que sigue tan «viva» y es tan universal que podemos seguir aplicando a nuestras vidas para alcanzar el mayor bienestar y armonía. En este caso veremos cómo nuestra guía interna es la única fuente de verdad y felicidad, y lo único que realmente nos pertenece. Lo único que es intrínsecamente nuestro, y que nadie puede dañar… Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, podemos profundizar mucho más en estas ideas…

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

En este post veremos el segundo punto, desarrollando los demás en próximos artículos 😉

 

Lección 2: El «principio rector»

«Date cuenta de una vez de que en ti mismo tienes algo superior y más divino que lo que causa las pasiones y que lo que, en una palabra, te zarandea como una marioneta.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

Los filósofos estoicos afirmaban que hay en nosotros algo superior y más originario que nuestros juicios, impulsos y pasiones; una instancia ontológica que nos permite tomar distancia respecto a ellos, discernir su naturaleza y despertar del sueño en el que vivimos cuando confundimos nuestro sistema de creencias particular y las conductas estructuradas en torno a él con nuestra identidad. Se trata de una dimensión que permite que no seamos zarandeados como marionetas por nuestros dondicionamientos.

«Lo que a fin de cuentas soy es carne, un breve hálito vital y un Principio Rector.»

Marco Aurelio

Para los estoicos el alma humana es una chispa del alma cósmica, de la divinidad o inteligencia que rige y sostiene el universo. Se manifiesta en el ser humano en la forma más elevada e intensa de actividad pneumática: como alma inteligente o racional (logos).

El alma inteligente o racional (logos)

El logos humano es un punto focal del logos cósmico, es la presencia de lo divino en él. La inteligencia no es una dote de la que disponemos cada uno de nosotros como individuos; no es un principio individual, sino universal, no tiene un alcance meramente psicológico, sino ontológico, coextensivo con él ser.

En el Ser Humano, los estoicos afirmaban que todas las partes y funciones del alma están arraigadas en lo que denominan Principio Rector, o parte rectora del alma. Es la dimensión más elevada del compuesto humano, el centro de la conciencia, la fuente de la vida psicofísica y la sede de nuestras factuldades superiores.

El Principio Rector tiene cuatro poderes o capacidades:

  1. Capacidad de representarnos la realidad
  2. Asentir o no a las representaciones (dar crédito o no a nuestras interpretaciones subjetivas)
  3. Impulso
  4. Razón que permite «vigilar» nuestras ideas (discernir y evaluar el contenido de nuestras representaciones)

«¿Qué es lo tuyo? El uso que haces de tus representaciones.»

Epicteto

Epicteto denomina también al Principio Regente, libertad o albedrío. Marco Aurelio lo define como el genio interior que actúa en nosotros como guardían, progector y guía. Sócrates lo define como la voz interior que proveniene de un poder superior, la que le advertía cada vez que obraba o podía obrar erradamente. Todos poseemos esa voz y podemos escucharla.

 

El Principio Rector es nuestra verdadera identidad

Cuando la filosofía antigua hablaba del conocimiento de sí mismo, no alude al mero autoconocimiento psicológico, sino al conocimiento de quienes somos, de nosotros mismos como sujetos. Entendían que el conocimiento de sí mismo equivale a conocer ese principio que constituye nuestra identidad central, y que, una vez conocido, permite conocer la entraña del universo porque se es uno con la fuente de la realidad en su conjunto. «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás le universo y a los dioses».

Conocer nuestra identidad profunda es conocer el Intelecto o Inteligencia. Equivale a conocer el logos, la inteligencia cósmica que sostiene y estructura la totalidad, si bien se manifiesta de forma privilegiada en el ser humano, pues tenemos autoconciencia y podemos saber de ese logos en nosotros.  Como dice el precepto de Delfos, «conócete a ti mismo».

 

 

«¿Pero podemos encontrar alguna parte del alma que sea más divina que aquella en que se encuentran el entendimiento y la razón? (…) En esta parte del alma, verdaderamente divina, es donde es preciso mirarse, y quien la mira y descubre en ella todo ese carácter sobrehumano, un dios y una inteligencia, bien puede decirse que tanto mejor se conoce a sí mismo.»

Platón

Conocerse a sí mismo, afirma Sócrates, es conocer la Inteligencia que nos constituye y que reconocemos, como en un espejo, el el intelecto de cualquier ser humano, en aquello que «ve» en él.

Conocerse a sí mismo es ser y reconocer el reflejo en nosotros mismos del Principio Rector. Prueba de que esta dimensión nos especifica como seres humanos y constituye nuestra identidad central, es que, si bien pueden dañar nuestro cuerpo, nuestras circunstancias, nuestras posesiones… nadie ni nada tiene poder para mover a afectar a nuestro Regente. En consecuencia, es lo único que nos es realmente propio.

«Tres son las cosas que integran tu composición: cuerpo, hálito vital, inteligencia. De esas, dos te pertenecen, en la medida en que debes ocuparte de ellas. Y solo la tercera es propia mente tuya.»

Marco Aurelio

 

El discernimiento

«Nada hay que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos.»

Descartes

El Principio Rector, nuestra identidad central, es la fuente del discernimiento. Es lo que posibilita que no confundamos la realidad con nuestras opiniones subjetivas. Es lo que discierne las representaciones y asiente, o no, a ellas. Es lo que distingue lo verdadero de lo falso e incierto.

Esta capacidad del Principio Rector nos remite a la intuición india de la conciencia testigo. El testigo es aquello que ilumina y atestigua todo, también los contenidos psíquicos (pensamientos, emociones e impulsos), sin identificarse con lo atestiguado; constituye, además, nuestro más íntimo sí mismo. El Principio Rector también es la luz que ilumina el pensamiento, la que nos posibilita atestiguar y examinar nuestros juicios; la instancia ontológica que nos permite no identificarnos con nuestro diálogo interno, con nuestras representaciones, impulsos y pasiones; la que nos otorga una vivencia de nuestra identidad más originaria que la estructura en torno a los contenidos y patrones de nuestra vida psíquica.

Los estoicos ubicaron el centro del ser humano, no en la cabeza, sino en el corazón, en el saber del corazón. Esto coincide con muchas tradiciones sapienciales, para las que el corazón simboliza el sí mismo, el núcleo mismo de nuestro ser, así como la sede de la inteligencia y de la intuición superior.

 

La libertad

Epicteto también se refirió a la faceta de libertad y albedrío del Principio Rector. Es aquello que en nosotros, además de discernir, quiere y decide. Es la dimensión incondicionada, la que nos otorga libertad frente a lo dado y condicionado, la que nos permite adoptar ante ello una actitud u otra, la que posibilita que no seamos arrastrados por nuestras representaciones y los impulsos que las siguen, la que nos proporciona la única libertad perfecta, la libertad interior.

«En el terreno del asentimiento: ¿puede alguien impedirte asentir a la verdad? Nadie. ¿Puede alguien obligarte a admitir la mentira? Nadie. ¿Ves cómo en este terreno tienes una proaíresis (con voluntad, decisión o deliberación.) libre de impedimentos, incoercible y libre de trabas?»

Epicteto

 

 

«Este pequeño cuerpo (…) es zarandeado de un lado a otro; en él aparecen las torturas, los hurtos, las enfermedades. En lo que respecta al ánimo en sí, es inviolable y eterno, y no existe mano que pueda golpearlo.»

Séneca

Aunque nada ni nadie pueda arrebatarnos esta libertad originaria ni ponerle impedimentos, pues nada ni nadie es dueño de nuestros pensamientos y actitudes, esta libertad puede obstaculizarse y ponerse impedimentos a sí misma.

«La primera diferencia entre el particular y el filósofo: el uno dice: «¡Ay, mi pobre muchachito, mi pobre hermano!» «¡Ay, mi pobre padre!». Mientras que el otro, si en algún caso se ve obligado a decir «¡ay!», tras esperar un poco añade: «¡Pobre de mí!». y es que nada ajeno al albedrío puede poner impedimentos o perjudicar al albedrío, si no es él mismo a sí mismo.»

Epicteto

¿Cómo es posible que algo intrínsecamente libre y lúcido puede perjudicarse o ponerse impedimentos a sí mismo? Epicteto afirma que el albedrío es libre, y a su vez, que solo es libre la del sabio, no la del ignorante.

Para el pensamiento estoico, el Principio Rector tiene una doble vertiente: una dimensión transpersonal y otra personal. Es conciencia o inteligencia pura, pero también abarca los contenidos de conciencia, juicios mentales, impulsos y elecciones particulares que constituyen el estado cognitivo de una persona en un momento dado.

En su vertiente transpersonal es perfectamente libre…

«La naturaleza del ser humano es parte de una naturaleza imposible de obstaculizar, inteligente y justa.»

Marco Aurelio

… pero puede no ser libre la disposición de esa chispa de la divinidad en nosotros una vez teñida por nuestro estado cognitivo particular. Es esencialmente libre, si bien esa libertad puede ser meramente potencial con respecto a nuestro estado actual de conciencia. En el ignorante no es libre, pues está velada y distorsionada por juicios errados.

«Es la obra lenta, gradual y progresiva del gran semidiós dentro del pecho (…) Cada día mejora alguna faceta; cada día se corrige algún defecto.»

Adam Smith

Para el pensamiento estoico, según cuáles sean nuestros juicios, la parte rectora del alma tendrá una mejor o peor disposición. Es decir, estará dispuesta de forma virtuosa o pasional. Epicteto insiste en que hay que mantener el Principio Rector en la disposición justa:

«Si las opiniones sobre las materias son correctas, hacen bueno el albedrío, pero si son torcidas y desviadas, malo.»

Epicteto

 

«Hay que preservar el genio que tenemos en nuestro interior, a velar por la pureza de nuestros dios, a conservarlo libre de pasión, de irreflexión y de disgusto. A venerar la facultad intelectiva (…) para que no se halle jamás en nuestro guía interior una opinión inconsecuente con la naturaleza y con la disposición del ser racional.»

Marco Aurelio

 

El «mal» no es más que la ignorancia

Tanto la sabiduría estoica como las orientales son doctrinas de liberación. Todas ellas consideran que la libertad es el mayor bien y que, aunque nuestro ser es intrínseca y esencialmente libre, existencialmente la libertad no es algo dado: constituye una conquista permanente ligada al incremento de nuestro nivel de comprensión, es decir, que requiere cuidado de sí, cuidado del alma.

«Progresa en todo momento hacia la libertad con benevolencia, sencillez y modestia.»

Marco Aurelio

Para Albert Ellis, el libre albedrío «presupone que cada persona tiene la libertad de actuar correcta o erradamente, teniendo como referente la verdad absoluta y la justicia ordenada por Dios y por la ley natural. Si alguien hace un mal uso del libre albedrío es un malvado pecador, pues actúa así a pesar de poseer el conocimiento del bien y del mal.». Este pensamiento justifica la culpabilización, el castigo, la hostilidad, la agresividad y la ira…

Frente a esta doctrina, el pensamiento estoico retoma la tesis socrática presente también en las principales sabidurías de Oriente. Nadie yerra voluntariamente. Nadie obra el mal cono plena conciencia de lo que hace, pues todo el mundo busca su bien. Es decir, todo el mundo aspira a la felicidad. Se obra mal porque se tiene juicios errados sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

Cada cual se inclina en cada momento hacia la que considera la mejor opción entre aquellas de las que dispone en función de su nivel de conciencia, de su marco representacional consciente o inconsciente. Es su filosofía operativa la que limita su marco cognitivo.

«¿Qué piensas? ¿Que voluntariamente caigo en el mal y pierdo el bien? ¡Nada de eso! ¿Cuál es, pues, la causa de mi error? La ignorancia.»

Epicteto

Por ello, siempre podemos compadecer al que obra incorrectamente, ya que actúa así por ignorancia del bien y del mal.

«¿No nos apiadamos de quien es físicamente ciego? Luego más digno de piedad es quien sufre de ceguera moral y espiritual, porque no es menor esta mutilación que la que nos impide distinguir lo blanco de lo negro.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

«Propio del ser humano es amar incluso a quienes lo ofenden. Esto se logra si caes en la cuenta de que sois del mismo linaje, y de que ellos yerran por ignorancia y contra su voluntad (…), y, sobre todo, de que no te ha hecho daño alguno, pues no hizo peor tu Principio Rector de lo que lo era antes.»

Marco Aurelio

Nadie desea errar, pues nuestro impulso básico, el que nos constituye, se orienta necesariamente hacia la autoconversación y el autodesarrollo, a perseguir lo que nos beneficia y rechazar lo que nos daña.

«¿Por qué renuncias a tu propio bien? eso es una insensatez, una imbecilidad. Pero ni aunque me digas que renuncias te creeré. Porque igual que es imposible asentir a lo que parece falso y rehusar lo verdadero, así también es imposible mantenerse apartado de lo que  parece bueno.»

Epicteto

 

«Cada ser tiende hacia aquello para lo cual ha sido constituido; a donde tiende, ahí está su fin; donde está el fin, allí también lo conveniente y lo bueno de cada cual.»

Marco Aurelio

El mal no tiene una realidad sustantiva, sino privativa: es siempre carencia de bien. En concreto, es un bien expresado de forma limitada o a través de representaciones erradas. Pues la vida nunca sabotea sus propios objetivos.

«Así como no se coloca un blanco para desacertarlo, de igual manera no se genera en el mundo una naturaleza del mal.»

Epicteto

El mal equivale a la ignorancia. Y por ello, como ya había sostenido Sócrates, solo hay una virtud, la sabiduría, y sólo hay un vicio, la ignorancia.

«Todos los pecados son siempre, y en último término, el mismo: manifestaciones de la ignorancia.»

Zenón

 

 

Toda infelicidad y sufrimiento nace en nuestro interior (Lección de filosofía 1)

Para  muchos, la filosofía puede ser un tema arduo que no tiene cabida en la vida moderna. Para mí, en cambio, la filosofía es un aspecto fundamental de la vida, en la que encuentro muchas respuestas, en este caso, sobre el sufrimiento. Siempre he tratado de leer y de aplicar las ideas «filosóficas» que considero que encajan en mi «mundo» y en mi forma de ver las cosas.

Algunas de esas ideas, que aunque nacieron nacieron hace miles de años siguen siendo aplicables a nuestra vida cotidiana, pertenecen a la filosofía estoica. El estoicismo es una escuela fundada por Zenón de Citio en Atenas en el siglo IV a.C. Tuvo su apogeo en el mundo griego y romano con representantes como Epicteto, Marco Aurelio y Séneca. Podemos decir que el estoicismo es la doctrina filosófica que más vigor ha tenido en la historia de occidente, ya que se sustenta en la «sabiduría universal». Es una sabiduría perenne y viva, que ha trascendido el espacio y el tiempo.

Según Monica Cavallé, en su libro «El arte de ser«, estas son las ideas que podemos aplicar a nuestra vida:

  • 1- No son las cosas «externas» las que nos perturban (Lección de filosofía 1)
  • 2- La guía interna divina (o Principio Rector) (Lección de filosofía 2)
  • 3- Distinción entre lo que depende y lo que no depende de nosotros (Lección de filosofía 3)
  • 4- Aceptación del «orden del mundo» (Lección de filosofía 4)

En este post trataré el primer punto, desarrollando los demás en próximos artículos 😉

 

Lección 1: No son las cosas externas las que nos perturban

 

«Los seres humanos se ven perturbados, no por las cosas, sino por sus opiniones, es decir, por las falsas representaciones que se hacen de las cosas»

Epicteto

Nuestras percepciones de las cosas pueden ser adecuadas o no serlo. Podemos afirmar que el que habla mal de mí es ofensivo y está dañando mi dignidad. pero esas palabras no describen los hechos, son interpretaciones de la realidad.

«No consideres las cosas como las juzga la persona ignorante o como quiere que las juzgues; antes bien, examínalas como son en realidad»

Marco Aurelio

El estoicismo nos invita a realizar este discernimiento decisivo, el que nos previene de confundir nuestras primeras «representaciones» (hechos y cosas), con nuestras segundas «representaciones» (interpretaciones no examinadas que hacemos de los mismos). Nos invita a no hacer suposiciones que vayan más allá de lo que nos dicen las primeras representaciones; a ver las cosas como son, y no como imaginamos que son; a ser conscientes de que cuando creemos estar reaccionando ante los hechos, estamos reaccionando ante nuestras propias opiniones subjetivas.

Nos propone ceñirnos a mirar y afrontar lo que realmente hay, en vez de proyectar interpretaciones dudosas (generalmente vinculadas al relato de nuestro autoconcepto superficial). Nos invita a constatar que la fuente última de nuestros sufrimiento mental no son nunca las situaciones que vivimos, sino lo que pensamos de ellas.

«¿Alguien bebe mucho vino? No digas «bebe mal», sino «mucho». Pues antes de conocer su intención, ¿cómo sabes si está mal? Así no sucederá que al recibir la percepción de las cosas, asientas otras»

Epicteto

 

Los juicios o representaciones asentidas

Cuando asentimos a una «representación», cuando le damos el rango de verdad, cuando estamos convencidos de que la realidad es tal como nos la representamos, tenemos el juicio. Así, el juicio son las interpretaciones subjetivas a las que les otorgamos el rango de verdad.

«Si estás triste por algún factor exterior, no es él el que te perturba, sino el juicio que tienes acerca de él. Elimina el juicio ya depende de ti»

Marco Aurelio

 

Las pasiones como errores de juicio

Además de este error de juicio, muchos de nuestros juicios despiertan en nosotros un «impulso», un movimiento anímico dirigido hacia lo que se juzga adecuado, bueno o valioso, o bien la evitación de lo que se considera inadecuado, malo o rechazable.

El impulso es indisociable del juicio práctico y de valor. El impulso «bien entendido» nos dirige al cuidado de uno mismo, a movernos a lo que nos conserva y potencia nuestro ser, y a evitar lo que nos amenaza.

«Pues todo ser vivo es de ese natural: rehuir y apartarse de lo que le parece perjudicial y sus causas, e ir en busca de lo beneficioso y sus causas, y admirarlo»

Epicteto

Según las enseñanzas estoicas, cuando el impulso básico que dirige nuestro proceso actualizador se encauza a través de juicios errados, estos impulsos se tornan irracionales e inarmónicos, dando lugar a las pasiones. Las pasiones son las perturbaciones anímicas, que proceden de estos juicios errados y que incitan a realizar acciones no ajustadas a los fines de nuestra naturaleza.

«Dos son las razones por las que cometemos faltas: o hay en el espíritu una maldad contraída a partir de erradas opiniones o, aun cuando éste no esté ocupado por la falsedad, es proclive a lo falso y pronto se corrompe cuando un punto de vista lo arrastra a donde no conviene. Debemos así curar la mente enferma y liberarla de sus malas inclinaciones, o, de antemano, ocupar la que está todavía exenta de ellos pero inclinada a lo peor. Las enseñanzas filosóficas hacen lo uno y lo otro»

Séneca

En la vida del sabio, prevalecen la apatheia, o carencia de pasiones y perturbaciones anímicas, y la ataraxia, o la serenidad y tranquilidad de ánimo. La ausencia de sufrimiento innecesario es el signo de máxima fuerza interior.

 

Pensamiento, emoción y conducta

Detrás de nuestras alteraciones emocionales y de nuestras conductas problemáticas siempre hay errores de juicio. Sufrimos inútilmente porque nos apegamos a ciertos relatos errados sobre nosotros mismos y la realidad.

«Seamos o no conscientes todos tenemos una filosofía propia que no vale gran cosa. Sin embargo, su impacto sobre nuestras acciones y vidas puede llegar a ser devastador, lo cual hace necesario tratar de mejorarla mediante la crítica. Es la única justificación que puedo dar de la persistente existencia de la filosofía»

Karl Popper

Para Aristóteles, la virtud es un hábito, una conducta o actitud que se ha hecho costumbre. Epicteto acude al término héxis para aludir a los hábitos establecidos en nosotros para bien o para mal. Las actitudes y acciones reiteradas refuerzan nuestros hábitos. A su vez, en la raíz de nuestros hábitos pasionales, de nuestros patrones limitados de emoción y de conducta, cabe encontrar hábitos de pensamiento, es decir, representaciones que se han vuelto habituales.

«Todo hábito y facultad se  mantiene y acrecienta por medios de las acciones correspondientes (…). Así que si no quieres ser iracundo, no alimentes esa costumbre, no pongas en ella nada que la haga crecer. (…) Con ese fin no te dejes arrebatar por la intensidad de la representación, sino di: «Espérame un poco, representación; deja que vea quién eres, de qué tratas; deja que te ponga a prueba». Y después, no la dejes avanzar pintándote lo que sigue. Si no, te retendrá e irás donde ella quiera».

Epicteto

La fuerza de voluntad no basta para modificar nuestros patrones problemáticos, pues no es posible eliminar los síntomas sin abordar y comprender sus causas. Cuando pretendemos controlar nuestras emociones y conductas limitadas en directo, sin cuestionar los errores cognitivos latentes en ellas, incurrimos en la división psicológica, en la represión y en la hipocresía. O bien en el desaliento, pues a pesar de nuestro empeño, no conseguimos mejorar. En cambio, cuando advertimos que detrás de esos patrones hay ignorancia y error, y en consecuencia, nos centramos en tomar conciencia de nuestras ideas limitadas (en disolverlas con la luz del discernimiento, con la conciencia plena de su falsedad), nuestras respuestas, acciones y emociones se tornan, de forma natural, armónica.

 

Mujer felicidad

 

 

La falacia del conflicto entre pasión y razón

Muchas veces en nuestra vida no hacemos lo que sabemos que es bueno para nosotros. A menudo nuestras emociones e impulsos nos conducen en direcciones contrarias a las que nuestra razón considera convenientes. «Quiero pero no puedo», «Sé que esa persona me perjudica pero sigo con ella»…

Ante situaciones así, que evidencian una «división interior», concurrimos que, al tener claridad sobre lo que es bueno y conveniente, nos encontramos ante un conflicto estrictamente emocional. O bien apelamos a nuestra fuerza de voluntad.

Ahora bien, también en estas situaciones sigue siendo válido el principio según el cual, nuestras emociones e impulsos y nuestros pensamientos son indisociables. No hay en nosotros una instancia racional en conflicto con otra instancia pasional. Lo que hay son ideas en conflicto, si bien no solemos ser conscientes de ellas. Tampoco es que unas tendencias quieran lo mejor para nosotros y otras lo peor. Todas ellas se orientan hacia lo que percibimos como un bien, sólo que tenemos ideas erradas y contradictorias sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

Cuando creemos que el pensamiento y la emoción son diferentes, tiene fundamento, pero sólo de forma superficial. Si nos parece un hecho incuestionable, es sólo porque no hemos advertido que el ámbito de nuestras representaciones es mucho más amplio y complejo que el de nuestros juicios y pensamientos más conscientes, con los que más inmediatamente nos identificamos.

Todos tenemos opiniones latentes que desconocemos. Son creencias que no han sido fruto del discernimiento propio, a las que no hemos asentido de forma reflexiva, sino que hemos asumido inadvertidamente, muchas veces provenientes de nuestro condicionamiento sociocultural y psicobiográfico. Muchas de ellas son generalizaciones y conclusiones erróneas realizadas al hilo de nuestras experiencias tempranas. Por ejemplo, «soy amado si soy perfecto». Estas creencias no examinadas pueden ser muy distintas de las ideas que hemos ido asumiendo en nuestra vida adulta; pero siguen latentes en nosotros, entran en conflicto con nuestras ideas más conscientes y, a nuestro pesar, configuran nuestra experiencia.

Además, no solemos caer en la cuenta de que conviven en nosotros «yoes» distintos, cada cual con creencias e impulsos diferentes, porque transferimos nuestro sentimiento ontológico de unidad al plano psicológico. En virtud de esta errada transferencia, creemos que cuando decimos «yo pienso esto» o «yo quiero esto» lo dice nuestro ser total. Y esto no quiere decir que hay en nosotros una multiplicidad de entidades llevando el control. Sencillamente, nos identificamos de forma alternativa, y más o menos consciente, con distintas voces interiores, cada una con sus propios juicios y valores, las cuales activan, a su vez, conductas y emociones dispares.

 

El diálogo interno

El pensamiento estoico nos viene a decir que nuestras pasiones son particularmente reveladoras de los puntos ciegos de nuestra filosofía operativa (la que realmente opera en nuestra vidas), de los juicios latentes en nuestro diálogo interno que precisan ser expuestos a la luz de la conciencia y examinados. Las emociones y conductas recurrentes que originan estancamiento, conflicto o sufrimiento evitable, los miedos tenaces, los defectos que no conseguimos superar… revelan dónde nuestra mirada no es acorde a la realidad de las cosas. Es decir, el lugar preciso en el que hay que indagar de cara a descubrir las fallas estructurales de nuestra filosofía personal.

Si no hemos llevado a cabo un exhaustivo autoexamen, nos resultan desconocidos muchos de los juicios que componen nuestra filosofía personal. No solemos reparar en la gran carga interpretativa presente en nuestro diálogo interno y en nuestro lenguaje cotidiano.

 

Hombre infidelidad

 

A veces, nuestro lenguaje interno es fácilmente reconocible. Otras, no nos resulta sencillo advertir cuáles son los juicios latentes. La razón es que estos juicios no siempre se hallan explícitamente articulados o enunciados en nuestro diálogo interno. A veces es muy sutil: no se manifiesta como un proceso conceptual, sino como un sesgo preconceptual. Un sesgo tan arraigado que cuesta advertir que, en cierta perspectiva de nuestra mirada interna, hay implícita toda una interpretación, unos supuestos muy concretos sobre quiénes somos y sobre la naturaleza de la realidad.

¿Cómo podemos sacar a la luz esas ideas implícitas? Preguntándonos qué diría esa emoción que nos atenaza de forma recurrente si tuviera voz. Es decir, poniéndole voz a ea pasión que parece no estar alimentada por diálogo interno alguno.

 

Somos responsables de nuestra experiencia

El estoicismo nos invita a alcanzar la madurez personal. O en otras palabras, a reconocernos responsables de nuestros pensamientos, emociones y conductas. Es decir, a reconocer que somos responsables de la naturaleza última de nuestra experiencia.

Asumimos nuestra responsabilidad cuando advertimos que todos tenemos una filosofía personal que filtra nuestra relación con lo que percibimos y acontece, que alimenta exigencias infundadas y que es fuente de conflicto con «lo que es». Cuando abandonamos la extendida creencia de que los principales causantes de nuestro malestar anímico son los acontecimientos, circunstancias y personas que nos rodean. Cuando comprendemos que lo que de forma radical nos hace felices o desdichados es nuestra propia mirada, las representaciones que acogemos en nuestro interior. O cuando comprendemos que los límites que nos impiden llevar una vida serena y creativa no radican en el mundo, sino en nuestra representación del mundo.

 

Pintura

 

Podemos asumir que no nos perturban las cosas, sino nuestras opiniones sobre las cosas, y a su vez, modificar activamente todo lo que consideremos necesario cambiar, y que pueda ser cambiado. Aún así, el punto de partida será diferente. No nos moverá la pasión, sino la lucidez. No nos moverá la ira, sino nuestro sentido de justicia. No nos moverá la creencia de que sólo cuando cambie nuestro entorno podremos ser felices, sino la felicidad que somos en lo profundo.

A su vez, reconocernos responsables de nuestros pensamientos, emociones y conductas, en ningún caso equivale a reconocernos culpables. Ser responsables es asumir que nuestras acciones son nuestras, y asumir igualmente las consecuencias de las mismas. Sentirnos culpables equivale a dividirnos internamente, a enajenarnos de nuestras propias acciones, ya que estas se atribuyen a «otro», a una parte de nosotros que consideramos mala y merecedora de castigo.

La culpabilidad nos vuelve hostiles con nosotros mismos. Nos paraliza y nos torna impotentes. Nos ciega a nuestra divinidad intrínseca. La responsabilidad nos potencia y dignifica al recordar nuestro poder creador. No excluye el arrepentimiento ni el dolor por el daño causado; pero el dolor sanamente asumido no es tristeza ni impotencia, sino parte de la toma de conciencia del error.

 

Sentimientos puros vs emociones

Sólo el asentimiento a las representaciones alimenta el impulso.

«Las pasiones no son puestas en movimiento por las representaciones qeu se reciben de las cosas, sino porque uno cede ante ellas y sigue este movimiento azaroso.»

«En efecto, si uno piensa que la palidez, las lágrimas derramándose, la excitación sexual, un profundo suspiro, un repentino destello en los ojos o alguna cosa similar son un indicio de una pasión, está equivocado y no comprende que estas son agitaciones del cuerpo. Así es como incluso el hombre más valiente en la mayor parte de los casos palidece en cuanto se pone una armadura, que las rodillas del soldado más feroz tiemblan un poco cuando se da la señal de la batalla, que un gran general tiene el corazón en su boca antes de que las líneas hayan cargado unas contra otras, que el más elocuente orador está aturdido en cuanto se pone a hablar»

Séneca

Séneca distingue entre las pasiones y otro tipo de sensaciones y sentimientos naturales más originarios, es decir, que no derivan del sentimiento a ciertos pensamientos limitados. La serenidad filosófica en ningún caso excluye las reacciones naturales de miedo, enfado, dolor, etc. «No son pasiones los sacudimientos fortuitos del alma, el hecho de conmocionarse ante las impresionas causadas por los hechos». Las pasiones solo aparecen cuando «somos arrebatados por la representación», cuando acogemos activamente en nuestro diálogo interno ideas erróneas que prolongan y distorsionan de forma artificiosa esos «sacudimientos fortuitos».

Podemos sentir miedo cuando algo amenaza nuestra integridad física (una reacción natural y funcional) y, a la vez,  no acoger en nuestro diálogo interno la creencia de que «la muerte es un mal», si hemos comprendido que la vida humana es más amplia y profunda que la vida biológica.

«Por eso, cuando hay algún estruendo terrible procedente del cielo o del hundimiento de un edificio, o un anuncio repentino de no sé qué peligro, o sucede alguna otra cosa del mismo tipo, es de necesidad que se conmueva, contraiga y palidezca también un poco el alma del sabio, no por estar atrapada por la sospecha de algún mal, sino por algunos movimientos rápidos y automáticos que se adentran al oficio de la mente y la razón. Sin embargo, un momento después, ese mismo sabio no aprueba esas representaciones terroríficas de su ánimo, sino que las aparta y las rechaza y no le parece que haya en ellas nada temible (…); tras conmoverse en el color y en el rostro breve y rápidamente, mantiene el estado y el vigor de su juicio, el que tuvo siempre sobre las representaciones de este tipo; el de que son cosas que no hay que temer en absoluto, aunque asusten con su aspecto falso y su terror ilusorio».

Epicteto

Es preciso distinguir las sensaciones y los sentimientos puros de las emociones o los estados emocionales. Las sensaciones y los sentimientos puros son respuestas de nuestro organismo y de las dimensiones más profundas de nuestro ser que no están condicionadas por nuestra mera subjetividad y que nos aportan información objetiva sobre la realidad interna y externa. El sentimiento de belleza ante la armonía de la naturaleza o el de pérdida ante la muerte de un ser querido…

 

Dolor infelicidad

 

La depuración de nuestros juicios y de nuestras pasiones posibilita su expresión más vibrante y plena: los sentimientos puros y los afectos auténticos pueden manifestarse sin interferencias, de forma libre, colmada y fluida.

En  este sentido, es preciso distinguir entre el dolor y el sufrimiento. El dolor físico y anímico son, respectivamente, una sensación y un sentimiento puro. El dolor así entendido forma parte de estar vivo, pues nuestra existencia es estructuralmente dual (placer y dolor son indisociables). El sufrimiento psicológico, en cambio, es evitable e innecesario, pues se origina siempre en nuestros juicios errados, en nuestra mala relación con lo que es, con lo que acontece, y con el propio dolor.

 

Nuestra infancia tampoco es responsable del sufrimiento

A diferencia de los sentimientos puros, las emociones requieren de nuestro asentimiento activo. Aunque pueda parecer lo contrario, mantenemos activamente nuestros estados emocionales, en concreto, mediante las evaluaciones e interpretaciones de los hechos, que realizamos continuamente.

«Hemos de saber que no es fácil que una opinión acompañe al ser humano a menos que uno la diga y la oiga cada día y, al tiempo, se sirva de ella en su vida»

Epicteto

La psicología del siglo XX ha tenido el mérito de reconocer la influencia decisiva que tienen en nuestro desenvolvimiento psíquico nuestra experiencia infantil. Aunque una mala interpretación de esta influencia ha propiciado que muchas personas vivan sumidas en la queja, el victimismo y la autocompasión, sin asumir la plena responsabilidad por sus estados presentes, responsabilizando de los mismos a otras personas y a su pasado.

Una lectura simplificada del psicoanálisis ha influido en la representación que nos hacemos de nuestros mundo interno: asumimos de forma generalizada que ciertas experiencias y vivencias pasadas (lo que no recibimos, lo que nos dijeron o no nos dijeron, etc.) están condicionando nuestra experiencia actual. Ahora bien, no realidad, no es que nuestro pasado actúe mágicamente sobre neutro presente, sino que en nuestras representaciones actuales cabe hallar juicios, generalizaciones y premisas básicas sobre la realidad que asumimos en el pasado, unas ideas erradas a las que hemos seguido asintiendo, inadvertidamente, desde entonces hasta hoy. Es ese asentimiento presente el que explica que muchas ideas asumidas  de forma acrítica en edades tempranas sigan condicionando nuestra experiencia como adultos.

 

Niña infelicidad

 

Es nuestro asentimiento actual a nuestro mundo representacional, y no nuestro pasado, el que opera sobre nuestro presente. El tiempo para tomar conciencia de esas representaciones, cuestionarlas y transformarlas es igualmente el ahora.

Dicho esto, no se excluye que ciertos hechos traumáticos pasados puedan haber dejado una impronta irreversible. Aunque esta huella biológica establecería meramente una tendencia, y no un destino. Puesto que nuestro pasado es, en gran medida, lo que nos contamos a nosotros mismos sobre él, puesto que nuestras representaciones atribuyen un sentido específico a los acontecimientos que estructuran nuestra historia personal, tenemos la capacidad de otorgar un significado provechoso a las adversidades pasadas: podemos reelaborar el sentido que les dimos, cuestionar los relatos con que las envolvimos y transmutar el dolor en crecimiento.

Aquí radica nuestra capacidad de resiliencia: el buen uso de nuestras representaciones puede conferir a nuestras heridas, huellas y tendencias una dirección creativa y con sentido. De hecho, muchas personas han convertido sus límites y heridas en trampolines y puertas de entrada a lo mejor y más profundo de sí mismas.

«Nada de estas cosas que al espíritu suceden fortuitamente debe denominárselas pasiones: estas, por decirlo así, las padece el espíritu más que la ejecuta. Pues, como dice Zenón, también en el alma del sabio, aun cuando la herida haya sido curada, queda la cicatriz. Y así sentirá ciertas señales y sombras de las pasiones, aunque estará exento de las mismas».

Séneca

Y para terminar, nuestro mundo…

Con todo lo dicho, y como afirma la filosofía y el sentido común, podemos afirmar que nuestro mundo, el mundo humano, no es un mundo de hechos brutos y neutros, sino un mundo representado, interpretado, significado, valorado…

«En efecto, cada cual se relaciona de forma directa solo con sus propias representaciones, sentimientos y voliciones; las cosas externas solo tienen influencia sobre él cuando dan pie a estos últimos. El mundo en el que habita cada individuo depende en primera instancia de la concepción que este tenga acerca de él, y se ajusta en consecuencia a las peculiaridades de cada cabeza; según sea ésta, ese mundo podrá ser pobre, superficial y monótono, o rico, interesante y preñado de sentido (…). Ello se debe a que toda realidad, todo presente consumado, consta de dos mitades, sujeto y objeto, pero en una unión tan necesaria y estrecha como la del oxígeno y el hidrógeno en el agua. Aunque la mitad objetiva sea la misma, si la subjetividad difiere, la realidad presente será totalmente distinta.»

Arthur Schopenhauer

Como termina Mónica Cavallé este capítulo, podemos imaginar a Atlas cargando el mundo sobre sus hombros. Creemos habitar la realidad, pero habitamos nuestro mundo particular. Habitamos un mundo configurado por nuestras representaciones particulares y nuestras interpretaciones, las cuales otorgan una tonalidad enteramente subjetiva a nuestra experiencia. Cada cual habita un mundo diferente. Y cuantos más juicios errados y opiniones alberguemos, cuantas más perturbaciones emocionales suframos, nuestro mundo será más privado, más incompatible, es decir, vamos a estar más dormidos a la realidad.

Como las metáforas del sueño y el despertar en las tradiciones sapienciales, una característica del sueño es la de ser totalmente privado. Varias personas pueden compartir un mismo espacio físico, pero si están «dormidas» cada cual habitará un mundo exclusivo, un espacio al que ningún otro tendrá acceso. Cuántos problemas en las relaciones interpersonales se derivan de que presuponemos que habitamos el mismo mundo, cuando, de hecho, habitamos mundos distintos.

 

Mundos infelicidad

 

En la  medida en que nuestra mirada sobre la realidad se vaya tornando más objetiva, menos condicionada por nuestras opiniones, seremos, cada vez más, habitantes de la realidad única, del mundo de los despiertos, del único mundo común.

«Los despiertos tienen un mundo único en común. Cada uno de los que duermen, en cambio, se vuelve hacia su mundo particular»

Heráclito