La aceptación, base de la realización espiritual

Cada vez que vuelvo a escuchar a Mónica Cavallé aprendo. Da igual que ya haya escuchado esa misma conferencia varias veces. Aparecen nuevos matices o incluso se abren nuevas puertas a lo profundo.  Quizá esto tenga que ver con mi propia evolución o con los momentos que transito. No sé. Lo cierto es que siempre me enriquece. Siempre salgo de ese contacto con Mónica más rica de lo que llegué. Y, por eso, te invito a visitar esta disertación sobre la aceptación como camino espiritual. Si quieres escuchar la conferencia completa, tienes el vídeo al pie del artículo. Aquí me ha interesado traer sólo una pequeña parte de ella, la que habla de la aceptación como camino, no solo hacia la salud mental y emocional, sino también como camino hacia de realización espiritual.

Después de escucharla, meditarla, releerla, me pregunto si realmente cabe salud mental y emocional sin apurar la aceptación en toda su extensión… En otras palabras, si realmente es posible estar sano mental y emocionalmente, sin transcender. Y más allá, si se puede llegar a ser realmente feliz en la vida sin transcender… Yo ya tengo mi respuesta ¿y tú? Siéntete libre para dejar tus comentarios al post. Me gustará leerlos.

 

Aceptar es superar la dualidad entre lo que “es” y lo que “debería ser”.

A veces, detrás de esa expresión de “debería ser” camuflamos lo que en realidad no es más que lo me “gustaría” a mí que fuera. Sin embargo, en otras ocasiones, detrás de ese “debería ser” hay una legítima aspiración ética. A este respecto, hay que distinguir entre la aspiración ética a que las cosas se desarrollen de la mejor manera posible. Lo que es legítimo. Y la pretensión de que las cosas sean, aquí y ahora, de una determinada manera. Esto último es discutir con la realidad, sin aceptar que las cosas son lo que son. Son lo que pueden ser en cada momento, considerando los factores implicados.

No tiene nada que ver el “debería” como una aspiración con el “debería” como una exigencia de que las cosas sean de una determinada manera aquí y ahora. Detrás del sufrimiento está este error: hemos transformado nuestras preferencias legítimas en exigencias. Obviamente vamos a preferir unas situaciones a otras, pero sólo cuando creemos que unas deberían prevalecer es cuando sufrimos.

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Anhelo de perfección del “Yo ideal” vs. aspiración de excelencia del “Yo profundo”

Y otra matización en línea con lo anterior es que no hay que confundir el anhelo de perfección del “Yo ideal” con la aspiración de excelencia del “Yo profundo”. Y hay formas de ver qué es lo que está operando en cada caso. Al “Yo ideal” le incomoda profundamente la verdad que le cuestiona (la verdad que le dice que no es perfecto). Por el contrario, cuando estamos conectados con el impulso hacia la excelencia del “Yo profundo”, que es el impulso hacia el crecimiento que nos constituye, una señal de ello es que no nos perturban nuestras limitaciones. Al revés, cuando algo se descubre, cuando tomamos consciencia de una limitación que antes no veíamos, hay agradecimiento por esa toma de consciencia. Decimos gracias y acogemos a nuestro “Yo real”.

Mónica Cavallé cree que cuando se supera esta grieta, cuando se supera esta dualidad entre lo que “es” y lo que “debería ser”, ya sea con relación a la experiencia que ocurre en el exterior ya sea con relación a la experiencia que ocurre en nuestro interior, es cuando irrumpe lo profundo.

Esto puede tener lugar en la vida cotidiana y muchos habremos tenido esta experiencia en momentos sencillos, aparentemente anodinos, en los que, simplemente, estamos totalmente reconciliados con el ahora. En nuestra mente no existe esa dualidad. Son momentos que se convierten en grietas por las que puede irrumpir lo que realmente somos.

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La aceptación es la base de la salud psicológica y emocional

La aceptación así practicada es importantísima. Es la base de la salud psicológica y emocional. En primer lugar, la aceptación así entendida es lo que elimina la raíz del sufrimiento evitable porque abandonamos la obstinación. Ese apego a nuestras ideas sobre como deberían ser las cosas que nos hace estar constantemente en conflicto con la experiencia presente.

Pero también porque la falta de aceptación conduce a la desintegración, a la división psicológica. Estamos permanentemente escindidos y en lucha con nosotros mismos, desintegrados. Y la aceptación así practicada conduce a la integración y a la unificación.

Y también es importante para la salud psicológica y emocional porque las emociones tienen un ciclo natural de vida. Y cuando ese ciclo no se culmina y hay sentimientos que no han terminado de ser sentidos y experiencias que no se han apurado… Todo esto que no se ha terminado de vivir se convierte en energía anímica estanca, tóxica, que es una fuente de bloqueos, de sufrimientos, de reactividad porque estamos proyectando todo eso continuamente en el mundo exterior. Y esto es lo que hace que muchas personas a lo largo de la vida, en vez de que con los años cada vez se sientan más sueltos, más ligeros, se sientan más bloqueados.

Y en esto no hay atajos. El crecimiento y el desarrollo interior solamente vienen cuando no hay negación, cuando no hay evitación. Solo asumiendo nuestra debilidad, conocemos nuestra verdadera fortaleza. Solo aceptando nuestra tristeza, nos volvemos personas más felices.

Pero la aceptación no es sólo la base de la salud sino también la base de la realización espiritual. En primer lugar, porque la aceptación libera cualidades y fuerzas transpersonales que están siendo bloqueadas por el “Yo superficial”. Veámoslo.

La aceptación libera cualidades y fuerzas transpersonales

Todos queremos ser felices. Y pensamos que vamos a alcanzar esa plenitud de forma condicionada, poniendo condiciones. Seré feliz cuando logre esto, cuando supere esto otro… Cuando consiga esas cosas con las que neutralice la sensación que en el presente tengo de carencia, de limitación… Y también a través de la negación. Evitando todo aquello que me hace sufrir o luchando contra aquellas cosas que creo que se interponen en mi camino hacia la felicidad. Pero por esta vía de poner condiciones y a través de la negación, no podemos alcanzar los estados esenciales, esos estados del Ser, que son la resonancia del “YO profundo”. Porque esos estados se caracterizan, precisamente, por ser incondicionales y por no alcanzarse eliminando o eludiendo nuestras limitaciones, sino asumiéndolas, integrándolas, pasando por ellas.

Dicho de otro modo. Muchas personas que se empiezan a interesar por el trabajo interior de tipo espiritual, filosófico, psicológico, al principio lo que quieren es tener algo que no tienen o abandonar y superar algo que tienen y no les gusta. Y muchas personas se vuelven adictas a las modas de trabajo interior de cualquier tipo, precisamente porque con esta dinámica llegan a un punto de no avance. Y este punto de no avance es el punto en el que hace falta la rendición. Por eso van de una práctica a otra, de un camino a otro, hasta llegar siempre a ese callejón sin salida y no terminan nunca de alcanzar el punto de la transformación. Porque ese punto lo que exige, precisamente, es abandonar ese esquema de ambición y de lucha. La aceptación acalla la mente inquieta, la mente que compara, la mente que quiere algo que no tiene o que quiere librarse de alguna condición presente. La aceptación acalla el “Yo superficial” y, por eso, permite que aflore el Ser esencial.

La aceptación nos revela que no hay otra plenitud que aceptar plenamente el ahora, que no hay otro camino ni otra plenitud que sencillamente Ser. Y esto no resulta fácil de admitir. Cómo voy a descansar en mi aquí y en mi ahora si mi situación interna o externa es un desastre total… Como decía un amigo… “¿pero así, aquí, con estos pelos…?” Si, y la cuestión es experimentarlo. Esto es una invitación. Y si se piensa que no es así, adelante. Porque, como antes decía, el único camino que tiene sentido es la sinceridad.

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La aceptación me lleva a la conexión con mi Ser, con mi “Yo espiritual”

No puedo descansar en la paz y en la plenitud de mi propio Ser, si pretendo evitar lo que me resulta incómodo, disonante… El “Yo espiritual” está precisamente detrás de todo eso. Al otro lado de todo eso. Y se alcanza al asumir todas las dualidades de la existencia, de nuestra propia experiencia. Y por eso puedo llevar a cabo todo tipo de prácticas espirituales y puedo poner toda mi voluntad en ello, sin alcanzar mi centro. Y en cambio con la práctica de la aceptación, así entendida, como un fruto indirecto, no buscado, siempre se alcanza esta experiencia de lo profundo que, en ocasiones, requiere atreverse a pasar por esa noche oscura de los sentimientos no plenamente vividos.

Y lo interesante de este camino es que es un camino experiencial, un camino que no requiere asumir ningún tipo de dogmas, ni de creencias, ni apuntarse a ninguna enseñanza ni a ninguna filosofía. Lo que uno vea y comprenda, lo va a ver y lo va a comprender de primera mano. Y quizá comience a entender, a intuir, cosas que ha leído y que ha visto en ciertas enseñanzas tradicionales pero lo interesante es que no será una mera “opinión verdadera” sino una comprensión sentida, fruto de haber alcanzado esa comprensión de primera mano.

La aceptación nos sitúa en la posición del testigo.

Y también la aceptación es un camino hacia la salud, hacia la realización espiritual, porque nos sitúa en nuestro centro, en el testigo. Porque la aceptación sólo es posible en ese lugar de nosotros mismos dónde estamos con los contenidos de nuestra experiencia, pero no estamos identificados y confundidos con nuestros sentimientos, impulsos, juicios mentales… Advertimos que estos van y vienen, no nos dejamos confundir con ellos y descansamos en ese testigo interior que se limita a presenciar todo esto. Porque la naturaleza del testigo, la naturaleza de la conciencia testimonial es la aceptación. Es un abrazo dado a todo, desde un espacio de perfecta ecuanimidad, que todo sostiene, que todo acoge.

Y esto es interesante porque si esto es así, la aceptación no es, en realidad, un acto volitivo. No es el “pequeño Yo” decidiendo si acepta, si no acepta… Nuestra naturaleza profunda es ya aceptación. Y por eso, desde ahí, no queremos que nada sea distinto de lo que es. Pero no como si esta fuera una opción entre otras, sino porque ahí somos lo que «es». La afirmación de lo que “es”, es la muerte del “Yo superficial”. Por el contrario, afirmar lo que “es”, es desde este nivel, desde el “Yo profundo”, la más radical auto-afirmación.

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La aceptación culmina en la entrega.

Y, en último lugar, la aceptación es también un camino para la realización espiritual porque culmina en la entrega. Veámoslo.

Podemos decir que el grado más elemental de aceptación es acepto lo que “es” porque “es”, porque es inevitable, porque no tiene ningún sentido luchar contra la realidad.

Esta aceptación madura un poco más cuando entendemos ya no sólo que es inútil luchar contra lo inevitable, sino que no tiene sentido juzgar con nuestra mente limitada la totalidad de la que formamos parte, el misterio en el que estamos envueltos, cuando, incluso, nuestra propia inteligencia es algo que no nos hemos dado a nosotros mismos y que es una manifestación de esa inteligencia única que nos sostiene.

Y esta aceptación se profundiza y madura, aún más, cuando se traduce en la confianza plena de que podemos lanzarnos al vacío y atravesar la confusión, la incertidumbre, sabiendo que la inteligencia de la vida se ocupará de nosotros. Y hemos descubierto, tras saltar al abismo, que no es un abismo en el que caemos, sino un abismo en el que flotamos. Y sabemos (y ya no es una creencia consoladora sino una comprensión saboreada) que la realidad, en último término y en su fondo, es inteligente, es benéfica, que nuestro propio fondo es benéfico y digno de confianza. Y en esta certeza ya no tememos dejarnos ser lo que somos. Y cuando es así, cuando la aceptación impregna nuestro ser total, cuando se convierte en nuestra actitud básica ante la vida, pasa a ser entrega, pasa a ser rendición.

Hay dos formas básicas de estar en la vida

Digamos que hay dos formas básicas de estar en la vida. Una forma que podemos describir como auto-centramiento, auto-referencialidad. Tengo la pretensión de que la vida, la existencia, las situaciones y los demás se ajusten a mis ideas sobre cómo deberían ser las cosas.

Y otra forma de estar en la vida que es el auto-descentramiento. Entiendo que yo no estoy aquí para ajustar la vida a mis ideas. Que yo no soy el maestro o la maestra de la vida… (Es ridículo, ¿no? Millones y millones de personas en el mundo y todas ellas intentando adaptar la vida a sus conceptos, a sus deseos). Sino que la vida es la maestra y yo estoy aquí para ajustarme a la realidad.

Y en estas dos alternativas no hay término medio. Se tiene que dar una completa conversión. O lo uno o lo otro. Las tradiciones sapienciales insisten en que el objetivo de la filosofía, el objetivo de la espiritualidad es vivir en armonía con la realidad, con el orden de las cosas.

Una frase muy típica de Nisargadatta dice: “En mi mundo todo marcha bien”. Porque seguiré teniendo problemas y dificultades. Pero ninguna de esas cosas amenaza mis objetivos o choca con mis objetivos. Porque, aunque tengo planes, preferencias, por encima de todo, he decidido que mi único objetivo es aceptar lo que “es”.

Auto-centramiento vs. auto-descentramiento

En el primer caso, en el auto-centramiento, voy a incurrir en el intento de manipular la realidad y habrá miedo, frustración, resentimiento, impotencia, sin sentido. Aunque las cosas me vayan bien, habrá miedo, porque sé que ese ir bien es frágil, es temporal.

Y en el segundo caso, la fuerza de la vida irá a mi favor y yo voy a ir a favor del curso de la vida. La inteligencia y la fuerza de la vida serán las mías. Y este auto-descentramiento es lo que en el lenguaje religioso se llama la entrega a Dios, la entrega a una voluntad superior. Mi centro se desplaza. Mi centro ya no es mi voluntad personal aislada. Sino que esta voluntad se alinea con una voluntad más amplia, con una realidad más amplia que reconozco como mi verdadera identidad.

¿Estoy renunciando a algo?

Ha habido dos formas de entender esta entrega sin condiciones al poder superior. Una forma de entender la entrega, cuando el esquema religioso ha sido dualista es: “anulo mi voluntad a favor de un poder superior”.

Para las tradiciones sapienciales y las tradiciones místicas no dualistas no es así. No niego mi voluntad a favor de la voluntad divina, sino que sencillamente comprendo que esta dualidad es una ilusión. Que yo como individuo no soy el centro ni la fuente de mi propia vida, no soy un agente causal último, sino un canal de una inteligencia y de una fuerza transpersonal que supera y transciende mi yo personal. Con lo cual, en esta entrega, no se renuncia a nada. Se renuncia, sencillamente, a una ilusión.

Las claves de la aceptación

Puedes leer más sobre las claves de la aceptación en mi artículo “Transformarte: de la aceptación a la transformación”

Un abrazo de corazón,

Ana F Luna

PCC Coach y Máster en Psicoterapia

Consulta y Formación

Bibliografía:

Conferencia Mónica Cavallé sobre la Aceptación

El ser esencial: Más allá de la razón y la creencias

 

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Observar el desarrollo de la física, desde Newton hasta hoy, equivale a observar los límites de la ciencia. El célebre físico Stephen Hawking ha expresado varias veces que no cree en nada parecido a un dios personal. Lo cierto es que su noción de un universo sin fronteras, es decir, sin comienzo y sin final, previsto por la todavía incipiente “teoría matemática del todo”, no contempla la posibilidad de un creador. No obstante el profesor de Cambridge, piensa que cuando la teoría del todo se desarrolle, se descubrirá si el universo tiene un significado, se aclarará el por qué de la creación, y cuál es la misión del ser humano en el mundo.

ser esencial

El encomiable esfuerzo de la Física Teórica en los últimos cien años ha llevado a los científicos a plantearse preguntas cuyas respuestas, ya por definición, escapan al marco estricto de la ciencia matemática. Así lo ve Peter Coles, profesor de Astrofísica de la Universidad de Nottingham, y estudioso del origen de las galaxias, quién, con ocasión de las afirmaciones de Hawking, se plantea si la naturaleza es realmente matemática ¿No serán –señala- las normas que diseñamos solamente una especie de taquigrafía que nos permite describir el universo con el menor número de páginas posible? ¿Es la física simplemente un mapa, o es el territorio en sí? También está otra cuestión importante relacionada con las leyes de la física, y vinculada con el inicio mismo del espacio y del tiempo. En algunas versiones de la cosmología cuántica, por ejemplo, se debe postular, como una especie de neoplatonismo, la existencia de leyes físicas que existen, por decirlo así, antes del universo físico que se supone que deben describir.

Además- añade el citado profesor-, los avances en lógica matemática han levantado dudas sobre la posibilidad de que una teoría basada en cálculos matemáticos sea totalmente coherente. En tal sentido, el lógico Kurt Gödel ha demostrado un teorema, conocido como “teorema de la incompletitud”, que demuestra que cualquier teoría matemática siempre contendrá aspectos que no pueden demostrarse en esa misma teoría. (cita recogida de “Hawking y la mente de Dios” de Peter Colles, Gedisa. Barcelona, 2004).

La ciencia, en su vertiente metodológica clásica, persigue extrapolar leyes y teorías desde el manejo y la contrastación empírica de los hechos objetivos. En el ejercicio del za-Zen la experimentación se torna en experiencia, no menos contrastable, pero tratándose de una experiencia vivenciada, interior, no “interna”, sino íntima, y, sobre todo, inmediata, o in-mediata. Desde ahí es desde donde podemos aproximarnos al término “Ser Esencial”.

 

Ser esencial

Los científicos, predominantemente psicólogos y psiquiatras, al considerar que ese término parte de un misticismo oscuro, ellos mismos se excluyen de la posibilidad de acceder a esa experiencia inmediata, ya que han caído en esa mistificación de la razón que sólo reconoce como verdadero el fenómeno o evento que entiende directamente y que domina desde el control de las variables externas; una actitud racionalista que llevó a Ortega y Gasset a decir que “cualquier teología me parece transmitirnos mucha más cantidad de Dios, más atisbos y nociones de la divinidad que todos los éxtasis juntos de todos los místicos juntos”. Versión bien distinta a la que de lo místico tiene Wittgenstein, quien señala que “aquello de lo que no se puede hablar hay que silenciarlo”.

Es precisamente desde la renovada valoración de los milenarios ejercicio del silencio, como estamos hoy en camino de superar esas barreras, para tomar muy en serio “qué ocurre” en esos determinados momentos, que nos des-velan la fuerza liberadora y transformadora de nuestra verdadera naturaleza esencial. No considerar el peso de la individualidad, y lo que, fuera del discurso intersubjetivo, se puede experimentar, es lo que hace enfermar a las colectividades, convirtiendo en neurótica al 76% de nuestra civilización que vive de espaldas a las demandas más humanas de la naturaleza del ser humano.

En el ejercicio de la sentada en silencio del Za-Zen, ya lo hemos dicho, nos encontramos con la oportunidad de ponernos en contacto con nuestra verdadera naturaleza, con nuestro Ser Esencial; es decir, con nuestro núcleo oculto, transpersonal, e incondicionado. La pregunta que aquí surge es ¿de dónde proviene ese conocimiento esencial que se sitúa más allá de la experiencia ordinaria de los objetos? Porque ¿no resulta, acaso, una arrogancia hablar del Absoluto o de lo sobrenatural vivido en el interior de nuestra interioridad? ¿No se trata de un conocimiento referente a la fe religiosa, a la teología, o a la especulación filosófico-racional? ¿O, no será también un autoengaño, un opio social, cuando no un mecanismo de evasión autoinoculado para evadirnos de la angustia? Nada de eso: Ser esencial, como experiencia, es un derecho de nacimiento, ajeno a cualquier religión o corriente metafísica, al que puede acceder todo ser humano. Hablamos de Ser Esencial en virtud de experiencias acumuladas, y contrastables, a lo largo de la historia de la humanidad. Aunque los occidentales, obnubilados por el predominio del discurso racional, lo hayamos olvidado:

“El concepto de Ser Esencial -Dice Dürckheim- descansa sobre la base de un conjunto coincidente de experiencias de fenómenos y situaciones extraordinarias desde el punto de vista cualitativo. De las extraordinarias fuerzas que liberan, así como de las transformaciones que pueden suscitar, se desprenden que estas experiencias no son producto de meras fantasías, sino que tienen lugar en el marco de una realidad extraordinaria.»

Dürckheim, se refiere a ese fenómeno que Maslow llamó “experiencias cumbre”, a esos momentos estelares propios de otra dimensión ajena al pensamiento ordinario, y que suelen frecuentemente acontecer cuando hemos llegado al límite tanto nuestras fuerzas físicas naturales como de nuestra capacidad de entender y comprender. Una extraña fuerza que no sólo nos anima, sino que nos eleva más allá del desamparo existencial, de los sinsabores o contrasentidos y de la absurdidad, que ilumina nuestra mente, para ver con claridad más allá de las anteojeras sociales, y haciéndonos presentes a un orden del que participamos aun sin comprenderlo totalmente. Se trata de una inteligencia lúcida, ajena a cualquier fe o creencia externa. Se trata de una experiencia contundente, real, que no engaña, y que, de modo imprevisto, puede acceder en los momentos de mayor hundimiento. Entonces nos sentimos acogidos, rescatados del aislamiento y avisados de nuestra pertenencia a un Todo.

Puedo afirmar que lo que en esos momentos aparece se trata de una energía, que nos eleva sobre nuestras fuerzas ordinarias; una fuerza que nos faculta para poder soportar lo insoportable, o de afrontar peligros inquietantes, como el de mirar a la muerte cara a cara. Miles de personas, muchas de ellas en estados límite, han accedido y siguen accediendo a esas experiencias. Lo que ocurre es que nos han programado la conciencia para no tomar en serio nuestra propia liberación.

En el Za-Zen, procuramos afinar el instrumento de nuestra mente y nuestro cuerpo para que tales experiencias no sólo sean un hecho extraordinario sino el acceso transformante de todo nuestro ser hacia una nueva visión, a una nueva conciencia más allá del pensamiento unidimensional. A nuestra naturaleza verdadera. Eso es el Ser Esencial que se ofrece aquí y ahora. En el eterno presente.

  

EL ETERNO PRESENTE

 

Como un sol breve
que no se aferra al aire,
el eterno presente tiene alas
de una blanca mariposa inmóvil.

La frágil fortaleza del instante,
expande su insistencia estremecida
como una claridad que nos ocupa,
como una conciencia desbordada
que no tiene cabida en los sentidos.

 

 

Por eso, en el Za-Zen insistimos siempre en el hecho de si en alguna parte puede hallarse la vida, esa parte es el momento presente, el instante. El nos conduce a nuestro centro, a ese punto central de la conciencia donde yo soy lo que más soy.

 

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Sweet Ice Cream Photography

ZEN: El ritmo del Ser

 

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Donde no hay ninguna cosa allí está el todo.

 

ZEN

 

El ser propio, que llamamos YO, está vacío; como también está penetrado de vacío el mundo exterior, que llamamos mundo objetivo. La liberación del Zen alcanza su cenit cuando el ser humano llega a caer en la cuenta de la vacuidad que traspasa el universo, exterior e interior. Eso es la iluminación. Esa realización es la que nos libera del sufrimiento, de la angustia, problema básico de la existencia. La raíz de la paz verdadera se fundamenta en esa experiencia, en esa conciencia de que todo es Vacío. Es la única manera de trascender la vida y la muerte hacia una expansión ilimitada. En su CANTO DE ILUMINACIÓN, el patriarca chino Yoka Daishi, lo expresa en el siguiente poema:

 

Cuando despertamos completamente al cuerpo Dharma,
Allí no hay nada,
En nuestro sueño vemos claramente los seis niveles de la ilusión;
Una vez despiertos, no hay ni una sola cosa.
Cuando caemos en la cuenta de la verdadera realidad,

 

Allí no hay sujeto ni objeto,
Y el sendero que nos hace caer en el infierno del mayor sufrimiento,
Desaparece instantáneamente.
Cuando vemos verdaderamente, allí no hay nada.
No hay ninguna persona; no hay ningún Buda.

 

Es preciso saber escuchar la profundidad sonora del Vacío, para, pasado un tiempo, llegar a constatar de que en ese abismo no existe la nada sino la totalidad, la totalidad sin centro, sin norte o sur; la totalidad ilimitada y sin puntos cardinales; la totalidad que nada tiene que ver con lo conocido ni con lo poseído . La plenitud del Vacío.

En el Za-Zen, se nos brinda la oportunidad de vivenciar la nada, que es el Absoluto. Y lo único necesario es afinar la escucha, afinar los sentidos, afinar todo nuestro ser a fin de percatarnos de la plenitud liberadora que surge al despuntar del Ser. Así lo veo yo en esta estrofa:

 

 

El despuntar del Ser

 

Rescatar la inocencia del asombro
en el desnudo eco del silencio.
Y escuchar la elocuencia de un poema
ajeno a labios, rimas y fonemas.

 

Intacta sinfonía de la Nada,
fondo mudo del lecho del Vacío
pugnando por abrirse a cada forma
acontecida por todo el Universo.

 

Y entre dos tiempos y dos pensamientos
se abre paso la vacua geometría
del asombro, en el cosmos sin costuras.

 

Relámpago de luces invisibles
que horada los espejos desfondados
por donde asoma el rostro del Origen

 

La alegría que sigue a la liberación, no tiene igual; yo creo que la misma palabra alegría resulta corta. Mejor cambiarla por la palabra paz. ¡Qué difícil es expresar por la palabra, por muy poética que sea, esa inefable experiencia! Por eso acudimos de nuevo a la herramienta del poema:

 

Atento, estar atento…

 

Atento, a la alegría, a la tristeza,
y entrar allí despierto, muy alerta,
sintiendo en la honda entraña esa gran puerta
que se abre hacia algo nuevo, a la proeza 

que transforma el dolor en fortaleza.
Y abrazado al abismo de la incierta
noche, en su honda soledad desierta,
descubrir la gran luz de esta certeza:

 

La llama que consume la costumbre
de ver en cada sombra sólo sombra;
la antorcha que hoy alumbra con su lumbre

 

la noche con su incierta incertidumbre.
Relámpago del dios que nos asombra
cuando alumbra ese abismo y lo hace cumbre.

La inmensa, la honda, paz que se desprende de la vivencia de que el Vacío traspasa cada objeto está más allá de cualquier descripción racional, y cuando uno es consciente de ese hecho cualquier problema pierde relevancia. Esa es la liberación del Zen. Esa es la comprensión de la Unidad: “Las diez mil cosas se vuelven una…”

En el Za-Zen, podemos observar cómo todas las cosas emergen del Vacío. También la respiración.

Efectivamente, al sosegado ritmo de la respiración, el Vacío se apodera de nosotros, y acaba, lentamente, respirándonos; allá, donde nuestra propia intimidad ha dejado de ser propia.

Za-Zen es des-aparecer, paso a paso, en la quietud eterna del corazón del Ser; paso a paso, sin apenas dejar huella. Za-Zen es latir en los propios latidos de esa secreta dádiva que, suave y quedamente, nos envuelve. Y caminar haciéndose uno con el paso. Paso a paso, paso a paso, paso a paso… hasta des-aparecer sin darnos cuenta.

Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo dice, vibrando, el viento; lo dice el murmullo del arroyo, lo dice la quietud de las piedras del camino. Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo expresa, sin quererlo, el suave temblor de la amapola, lo expresa el aire peinando las avenas y lo expresa el eterno volar de los vencejos. Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo afirma el corazón en sus latidos, lo afirma el vaivén de tu respiración. Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo dice, sonando, del gong, cuando se expande, imparable, por el zendo.

Y el cuerpo, atravesado de silencio, diluido en las alas de su aliento, él mismo se ha hecho ausencia. Y se ha hecho soplo. Y se ha hecho viento; como un tilo en otoño al que sus propias hojas ya le pesan, y al que su propia desnudez ya le es ajena. Tan sólo permanece el frágil rumor del palpitar. El resto, el meditador incluido, ha perdido su volumen. Sólo queda eso: la meditación, sólo queda eso: la respiración.

 

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Sweet Ice Cream Photography

¿Cambio o transformación?

Ausentes

El otro día investigando por internet algunos de los trabajos de David del Rosario, me encontré con un cortometraje dirigido por él que me llamó mucho la atención. Este es el corto, titulado Ausentes – El árbol del compromiso:

Lo que más me llamó la atención acerca del corto es la capacidad de desdibujar la línea mental con la que nos hemos separado del “otro”. Un texto de los Veda, que tiene por los menos unos 2.500 años (¡se dice rápido!) comienza explicando la siguiente historia:

“Al comienzo este mundo era como un solo cuerpo con forma de persona. Miró alrededor y sólo se vio a sí mismo. Lo primero que dijo fue: “¡Este soy yo!” Y de ahí el nombre de “yo” (…)

Este primer ser sintió miedo, ya que cuando uno está solo siente miedo. Entonces pensó: “¿De qué puedo tener miedo si no hay nadie más que yo?” Y así el miedo desapareció, porque ¿de qué iba a tener miedo? A fin de cuentas, uno tiene miedo de otro.” (Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, 1.4.1-2)

La creencia de que el otro es distinto a nosotros, o que nosotros somos distintos del otro, alimenta el miedo y el miedo nos hace creer que necesitamos protegernos. La forma de protegernos es endurecer nuestros corazones y para conseguirlo nos cubrimos de capas y máscaras que escondan nuestra “vulnerabilidad”, la última capa bajo la cual se esconde lo que en realidad SOMOS.

Existe un mecanismo recurrente, que sirve al propósito de enmascarar nuestra verdadera esencia y que consiste en proyectar en el otro lo que no podemos soportar en nosotros mismos. Por ejemplo, gracias a que juzgo al otro como delincuente yo puedo definirme como persona virtuosa y honrada. Cualquier atisbo de mezquindad o debilidad es así volcada sobre el otro. Sólo el otro es un estafador, un ladrón, un violador, un maltratador, un asesino, un terrorista. Yo nunca soy nada de todo eso.

Fortalecer nuestro ego a través del otro

Fortalecer nuestro ego a través del otro

¿Qué ocurre si miro hacia dentro?

Cuando miro hacia dentro me doy cuenta de que todas esas etiquetas: “estafador, ladrón, violador, etc.” las inventé yo. Necesité crear esas etiquetas para poder situar al otro en las antípodas de mí. Pero es que ni lo que yo creo que soy, ni lo que creo que el otro es, ninguna de las dos cosas constituye la realidad.

Cuando miro hacia dentro me doy cuenta que la realidad que veo fuera la proyecto yo a través de las etiquetas que le pongo. Un ejemplo clásico del advaita vedānta cuenta que:

Una persona va por un camino y de repente ve una serpiente. En milésimas de segundo su cerebro ha procesado el peligro que implica una serpiente y ha paralizado todo su cuerpo. Está quieta y el corazón se le ha disparado, le va a mil por hora. Observa atentamente aquella serpiente y no está siquiera segura de si se mueve o no, así que armándose de valor se acerca un poquito y se da cuenta de que la serpiente no se mueve. Esto le anima a avanzar un poco más más para acabar dándose cuenta de que se trataba de una cuerda y no de una serpiente. Todo fue una confusión.

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Algo parecido ocurre con el mundo que percibimos a nuestro alrededor, fruto de nuestros confusos juicios.

Hoy conozco a una persona y la necesidad de protegerme me lleva a ponerle un montón de etiquetas. Al cabo de un par de días cuando la vuelvo a encontrar ya no la veo de una forma nueva, sino que me relaciono con ella en función de las etiquetas que le he puesto y que si es necesario variaré ligeramente hasta que se acomoden a lo que quiero ver. El caso es que no nos relacionamos directamente con la realidad sino con lo que pensamos acerca de ella.

Cuando etiquetamos a alguien como criminal ¿dónde está el límite que nos separa de esa etiqueta? Tal como muestra el corto, todos podemos vivir circunstancias que nos conviertan en criminales.

Todos somos criminales en potencia, mientras sigamos creyendo que la etiqueta “criminal” tiene realidad alguna. Es decir, mientras nos sigamos negando a mirar la esencia última de esa persona, que es exactamente la misma que habita en mí.

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La misma Vida expresada a través de distintos cuerpo, distintas personalidades, distintas circunstancias. Somos nosotros los que a esa expresión concreta de la Vida la llamamos “delincuente” o “criminal” y de esta forma seguimos protegiendo nuestro ego, bondadoso y virtuoso.

La Vida no sabe de delincuentes y virtuosos, no sabe nada de buenos y malos. La Vida sólo busca continuar expresándose bajo la forma que le demos. Es el dilema del héroe y el villano. Quien para muchos es un héroe, como por ejemplo Robin Hood, para otros es un ladrón. Algunos ven en el rey una garantía para la libertad mientras que otros ven en él un símbolo de represión.

Creo que el corto refleja de una forma muy bonita como la línea entre los que están fuera y dentro de la cárcel es muy fina. Y a mí me gusta pensar que la línea entre “yo” y “otro” también es una línea muy fina que se disipa cuando dejo de identificarme con el cuerpo, los pensamiento y las emociones (en constante cambio) y puedo ver la Vida que todo lo habita.

¿Por qué el título del post Cambio o Transformación?

Pues bien, además del aspecto mencionado anteriormente, lo que me ha llevado realmente a escribir este post es la distinción que se hace entre el cambio y la transformación.

El mensaje viene a decirnos que el cambio es algo que ocurre sólo a nivel mental y a través de una fuerza de voluntad determinante, que me recuerda, personalmente la idea de sacrificio. Mientras que la transformación es algo que ocurre instantáneamente, “un chispazo que te alcanza y que tiene que ver con el corazón”, dice el chico.
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Y para mí está ahí el meollo de toda la cuestión. Nos pasamos la vida intentando cambiar el mundo y todo lo que nos rodea, cuando nos damos cuenta, si es que nos damos cuenta, de que no podemos cambiar al otro entonces intentamos cambiar nosotros. Bueno, tal vez desde pequeños ya nos esforzamos por cambiar en nosotros todo aquello que vemos que es rechazado o que no encaja “ahí fuera”. En cualquier caso, obviamos que el mundo, y “nosotros” con él, está constantemente cambiando, a pesar de nosotros y de la cantidad ingente de energía que invertimos en hacer algo para cambiar lo que sea.

El protagonista del corto dice “yo no cambié sino que me transformé”, indicando que algo algo tocó su corazón, que antes había estado recubierto de piedra y le dio una nueva forma a todo. Trans-formar es ir más allá (trans-) de la forma, es abandonar algo obsoleto para abrirse a la novedad.

¿Y cuál es esa novedad?

Esa novedad, y para mí esto es lo maravilloso, es descubrir que nunca fue nada de todo lo que se había dicho a sí mismo, le habían dicho y había creído que era.Ni tampoco los demás eran lo que él había querido creer que eran.

La transformación es distinta al cambio porque en realidad no es un cambio sino un des-cubrimiento (dejar de cubrir lo que eres). La transformación tienen que ver con re-concerse (volverse a conocer) y si tiene que ver con el corazón es porque se trata de un acto de Amor y el Amor no pretende nada, simplemente se Entrega.

Es un acto de Amor lo que toca el corazón del protagonista y es darse cuenta del Amor que habita en él lo que lo transforma.

¿Y cómo conseguir transformarme?

Simplemente, siendo lo que ya soy.

ZEN: Ser y cuerpo

 

TEISHÔ 4 – TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

 

El Buda, la cabeza de Dios, reside tan cómodamente

En los circuitos de un ordenador digital o en los engranajes

de transmisión cíclica como en la cumbre

de una montaña o los pétalos de una flor.

Pensar de otro modo es degradar al Buda; o, lo que es lo mismo,

Degradarse a sí mismo.

 

Eso que llamamos vida, se muestra ante nuestros sentidos como un flujo irresistible de formas cambiantes. Nuestras propias formas corporales, reflejan la fluida dialéctica entre la permanencia y la impermanencia. Y ello hasta tal punto, que los biólogos constatan de qué manera nuestro cuerpo, con la totalidad de sus células, es capaz de tornarse en «otro» cuerpo en un reducido tiempo. Cuando hacemos la pregunta ¿dónde localiza usted su Yo?, nos miran con extrañeza. Tan sólo la insistencia de la pregunta forzará, quizá, una vacilante respuesta: «en la cabeza»…. «en el corazón»…. «en el estómago…» Es regla común que tendamos a dar supremacía a una zona que conocemos, mientras huimos inconscientemente del lugar en que nos sentimos marionetas de las fuerzas que no controlamos. Nos inclinamos a sobrevalorar el espíritu racional sobre lo natural no racional, y tememos perder la «forma» del pensamiento convencional, encarnada en nuestro personaje social. Toda manifestación de la vida discurre a través de dos movimientos opuestos: el impulso hacia el desarrollo de nuestro personaje-personalidad individual, y, de otro lado, el empuje hacia la pérdida de su «forma» para fundirse en la unidad del gran Todo. Dos movimientos reveladores de los dos tipos del sufrimiento humano y que es nuestra tarea lograr armonizar, ya que lo que se opone a este doble movimiento engendra sufrimiento en el corazón del hombre.

 

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Si es cierto que «ser normal» consiste en seguir las leyes naturales, lo natural sería entonces no resistirnos al curso de ese movimiento de nacer, crecer y entrar en el gran Todo: morir-re-nacer-cumplirnos plenamente en una nueva forma. Pero suele ocurrir que optemos por estancarnos. Tememos a las nuevas formas posibles y nos aferramos al personaje conocido, reprimiendo así la fluidez del cuerpo como pastor del Ser, capaz de revestirse en diversas formas temporales. El cuerpo en tanto que recipiente- receptáculo del ser; el cuerpo que se es, el cuerpo, des-vestido y re-vestido de provisionales formas mientras alcanza la. Forma inmutable.

El sufrimiento humano procede del estancamiento que le aparta de su doble origen, siendo tan antinatural reducir al silencio las formas «demoniacas» de la tierra que intentan emerger a la conciencia, como rehuir la formas emergentes del espíritu. Una y otra represión alejan al ser humano de su verdadera patria.

La fuerza natural que proviene de las formas del yo, preocupado por saber, tener y poder, es una fuerza paradójica: siendo necesaria para la vida; se vuelve molesta, sin embargo, cuando nos identificamos con ella reprimiendo la fuerza emergente que nace de nuestra naturaleza real, la que alcanza su sentido en la Unidad universal de la Vida; de ahí que la fuerza identificatoria con el ego sea una fuerza deformante en la medida en que nos separa y distrae de nuestras verdaderas raíces. Así, en esa identificación con el yo mental, se gesta el sufrimiento. Veamos lo que a este especto recoge una vieja historia Zen:

 

Dos monjes, al ver flamear una bandera

en el viento, comenzaron a discutir.

Uno dijo: “La bandera se mueve”.

El otro sostuvo: “No, es el viento el que se mueve”.

Y así siguieron sin ponerse de acuerdo.

Hui-Neng, el Sexto Patriarca, se acercó a ellos y dijo:

“No es la bandera la que se mueve.

No es el viento el que se mueve.

Es la mente de ambos la que se mueve.

 

En el Za-Zen tenemos la oportunidad de contemplar las fuerzas que bullen dentro de nosotros mismos. Es curioso constatar cómo casi siempre comenzamos la sentada mediante una acto voluntarioso de sujetar la postura, controlar la respiración, dominar el dolor o el sueño, y vigilar la distracción. Sin embargo, cuando la meditación avanza, a la concentración suele sucederle la experiencia envolvente que nos libera del voluntarismo. Y fluye entonces espontáneamente la vivencia del ser que emerge de la profundidad. Ya no respiramos, sino que “alguien” nos respira, conectándonos con la esencia que está más allá del control de la voluntad individual, conectándonos con lo más íntimo de nuestra intimidad. En la práctica de la meditación suele aparecer esa doble fase.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Jairo Alzate

 

ZEN: Insistiendo en la respiración

TEISHÔ 3 – TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

La respiración es el fundamento de la vida, anuncia el infinito devenir: la emergencia, la desaparición, y reaparición de nuestra forma a través de la hondura del Ser. Por eso, el ejercicio de la respiración puede, si se comprende y realiza bien bien, sustituir a la oración más profunda, siendo el órgano mediante el que podemos experimentar la trascendencia, el cuerpo que se es, en palabras de Dürckheim.

El ejercicio de la respiración, nos proporciona la posibilidad de ponernos en contacto con la tierra, simbolizada por el bajo vientre, el hara -el auténtico centro-, desde cuya plataforma podemos elevarnos transformados mediante ese continuo fluir de las formas que evolucionan hasta que ese cuerpo se halla en condiciones de manifestar el Ser. Para ello, el primer paso es la apertura, abriéndose más y más hasta sentirse Uno con la Vida. Esa apertura al centro vital del Hara, en la expiración, es la condición previa para que el ser humano se haga transparente, pues sólo quien ha conocido la importancia del hara es capaz de practicarlo responsablemente.

respiración meditación

Mediante el continuo ir y venir de su incansable fuelle, la respiración anuncia por sí misma algo que le es sustancial a la meditación: la acción transformadora que nos hace transparentes al Absoluto. Si somos conscientes de su fluir y del incesante movimiento de vaivén producido en las fases de espiración y inspiración, podremos percatarnos de esa disponibilidad o abandono confiado que la naturaleza persigue, y exige, para que pueda emerger el regalo de la permeabilidad al Ser que nos envuelve. Abandonarse a la trascendencia de “abajo”, para remontar a la de “arriba”.

Esto significa que en el proceso respiratorio se dé, en principio, un abandono sin resistencia; un dejarse llevar, hasta el fondo, a las mismas fuentes de la vida, para que, en un segundo momento, podamos permitir que la inspiración nos traiga el don de una nueva forma. El vaivén de la respiración es un proceso de apertura receptiva a la trasformación. La secuencia respiratoria, interiorizada en la meditación, des-vela la constante demanda del Ser, que, instante a instante, segundo a segundo, interpela nuestra conciencia para que ésta se abra hasta hacerse una con él.

Comenzamos respirando para, llegado un momento, poder constatar con toda nitidez que no respiramos, sino que más bien somos respirados en un soplo indescriptible, e impresionante, que no sólo nos roza, sino que barre por completo nuestras dudas sobre la certeza de esa presencia omniabarcante. Así, la respiración, vivida desde la meditación, culmina en sentirnos respirados por el aliento de una presencia que viene de otro lugar. Por eso la respiración consta de una primera etapa: el “descenso” o abandono en la confianza básica del Ser, que supone un morir a lo viejo; y un segundo momento, que es el devenir de una nueva forma abierta a la Unidad con el Ser.

Y, llegado ese momento ya no existe diferencia entre quien respira y la respiración, sino que más bien uno mismo se transforma en respiración. Entonces no existe centro ni periferia, no hay arriba ni abajo; porque la trascendencia, hecha respiración, ha reventado todos los límites posibles.

La razón de ser de nuestro cuerpo no es otra que la de ser testimonio del Ser, que aspira a realizar su forma en el ser humano. Por eso, en la sentada za-zen es preciso ver dos aspectos:

La posibilidad que se presenta de ABRIRME al Ser, que me interpela resonando en mi interior según la forma que me ha sido dada.

Consolidar ese estado de presencia fuera del ámbito del zendo, en la propia vida cotidiana, transparentándolo en la existencia.

 

En consecuencia, el ejercicio de la sentada persigue el surgimiento y afinamiento constante de la forma que le es propia a nuestro cuerpo hecho respiración, para que por medio de él se perciba con certeza la voz del Ser que nos envuelve. No se trata, pues, de un voluntarismo obsesivo, o de una tenacidad egocéntrica impulsada por el afán de logro, sino, llana y sencillamente, se trata de prestar una cuidadosa atención a esa experiencia radical que nos transciende, y que, interpelándonos a cada instante, aspira a expresarse, a tomar cuerpo, echando sus raíces en la vida cotidiana.

La experiencia nos señala que conforme tratamos de elevarnos, igualmente debemos anclarnos en la tierra, porque el camino de la transformación espiritual no es tal sino en la misma medida en que abarca la transformación del propio cuerpo.

 

En resumen:  

Al vaivén acompasado de la respiración, el cuerpo y la mente van soltando, de modo imperceptible, el lastre de sus límites, mientras las iniciales fronteras se ensanchan más y más al ritmo de los latidos del corazón de fuego del Ser que las expande. Hasta quedar derretidas en su luz.

El ejercicio del Za-Zen se inicia en la respiración y, llegado un instante, el Gran Silencio acaba “respirando” al propio meditador, para luego ambos fundirse en el aliento de la Vida. Surge entonces una inusitada Fuerza que puede con la muerte. Y así desaparece el miedo. Y así se tornan ilusorias las fronteras. Y así todo se convierte en Uno, y uno en Todo. Entonces, todo se vuelve transparente en la amorosa danza de la Unidad que nos habita. Y esa vivencia transforma la mente y cuerpo . Y todo lo que es, se presenta muy claro, enormemente claro…..

En el Za-zen no existe objeto, no se persigue nada; ni siquiera la iluminación, porque el propio Zazen es la iluminación.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)

ZEN: No morarás en ninguna parte

TEISHÔ 2 (TEISHÔ 1)

Un niño chino Daikan Enô, oyó un día recitar un sutra que cambió su vida: “No morando en ninguna parte, la mente se manifiesta”. Esa sutra -la Sutra del Diamante-, le llevó a la iluminación profunda. Enô fue el sexto patriarca sucesor del gran maestro Bodidharma.

Uno de los sentimientos más dolorosos que los psicólogos captan del actual hombre occidental es el sentimiento de sentirse aislado, repatriado del ser que le es propio. El hombre, cada día con más fuerza, sufre esa separación, un sufrimiento que no es otro que la llamada lacerante del Ser no vivido en su conciencia, para que éste advierta su presencia. Y así, interpelado en su inconsciente por esa presencia, ha sentido desde lo más remoto de los tiempos que lo sagrado necesitaba un lugar, un hábitat.

Antaño las divinidades vivían en las grutas, en los bosques, en los manantiales; más tarde en las iglesias y las catedrales, según la cultura y el grado de conciencia de la humanidad. Hoy, el ser humano empieza a tomar en serio que el habitáculo de lo divino comienza a ser el propio ser humano; un habitáculo donde el ser y el estar se unifican, donde “los seres se hacen estares”, como tan bellamente lo describió el poeta Antonio Machado. El cuerpo es la estancia más íntima; el cuerpo, receptáculo y caja de resonancia donde vibra la sensación de ser, haciéndola más intima que la propia intimidad. El cuerpo, como expresión del Ser que lo habita y lo interpela a tomar conciencia de su verdadera naturaleza. El cuerpo, territorio extremo de la interioridad del Ser, intimor intimo meo; el locus o lugar fuera de todo lugar; espacio de la materia, mater, interior que nos liga a la vida; el cuerpo, donde el sonido del origen vibra y se hace carne. El niño, en su rudimentaria conciencia, ya lo pre-siente desde sus momentos más tempranos.

Pero también el ser humano adulto, desde su más profunda vena, sabe que, llegado su momento, debe abandonar el estado de eterna infancia en el que ha estado confinado bajo el imperio del arquetipo de la diosa madre hecha materia y hecha cuerpo. Y desde la larga noche de la evolución, el hombre se va elevando del cuerpo hasta otra nueva conciencia, el pensamiento, con el que, separado de la gran Madre, puede alzar su identidad aislada y proclamar así su ego: El arquetipo del padre refleja la verticalidad, la elevación sobre la horizontalidad de la madre tierra, el cielo, la cima, la claridad del espíritu-pensamiento sobre la eterna noche de la placenta materna. Así, esa necesidad de altura que al hombre mismo le eleva y le hace cumbre, revela su deseo de Absoluto en forma de pensamiento, en forma de lógica y en forma de la luz del entendimiento. Un noble deseo cuyo peligro reside en que el ser humano, cegado por el fulgor de esa luz, llegue a caer en el error de sustituir la vida por la idea de la vida. El Yo por el yo.

El pequeño ego racional es sumamente necesario, esencial, por su utilidad y pragmatismo; aunque ocurre que cuando el ser humano se identifica con él, puede llegar a asfixiar la llamada del Ser, alejándose así de la profundidad de su verdadera naturaleza una vez cimentada su identidad en la sola razón. La razón es el gran logro de Occidente; pero también su drama. El hombre, por tanto, deberá ponerse de acuerdo consigo mismo unificando, fusionando, los polos de su doble origen, el terrestre y el celeste. Ese es el fin del Zazen. El objetivo del Za-zen es que la dualidad del pequeño ego desaparezca en el Sí Mismo para poderlo así transparentar . Eso es lo que sucede cuando aceptamos no morar en ninguna parte: el Ser nos traspasa sin obstáculos y, libre del polvo narcisista, nuestro cuerpo y nuestra mente, transparentan libremente la Gran Mente del Ser.

zen

 

Dice el Maestro Dôgen:

 

Estudiar budismo es estudiarse a sí mismo.
Estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo.
Olvidarse de sí mismo es estar iluminado por todas las cosas.
Estar iluminado por todas las cosas es desprenderse
del propio cuerpo y de la propia mente,
y desprenderse de los cuerpos y las mentes de los otros.
Ningún rastro de iluminación permanece, y este ningún-rastro
Continúa interminablemente.

 

DÔGEN

Tenemos miedo a desaparecer, y cuando en el zen oímos eso de desmontar el ego nos entra pánico, el horror vacui , horror al vacío. Pero bien entendida, la vacuidad hace referencia al hecho de vaciarnos de nuestras ideas, sin que por ello sea opuesta a la existencia. La vacuidad no equivale a la extinción, sino al hecho de prescindir de las ideas de existencia e inexistencia, ya que la realidad está mucho más allá de ese binomio. La vacuidad es una herramienta liberadora de la hojarasca de imágenes mentales que nos turban impidiéndonos ver la realidad que está más allá y más acá de los opuestos existencia-inexistencia. Es imprescindible no dejarse atrapar por las ideas, incluida la idea misma de vacuidad.

La esencia de la sabiduría reside ahí, en superar el binomio existencia-inexistencia. Consiste en percibir el no-nacimiento y la no-muerte.

Aclarado eso del desmantelamiento del ego, y volviendo a la Psicología, quisiera recordar que en nuestro caminar hacia la totalidad es importante la palabra “individuación” acuñada por Carl Gustav Jung, que significa alcanzar a ser enteramente uno mismo. La tragedia de ser humano actual es que se le ha negado el permiso de ser él mismo. Pero el hombre no se ha rebelado ante semejante tragedia, y la neurosis más intolerable en occidente no es otra que el haberse alejado de ese centro que la Psicología llama el Sí Mismo y Dürckheim Ser Esencial, la forma con que el ser individual participa del Ser el auténtico morador en esa estancia llamada cuerpo.

Gracias a la fidelidad al ejercicio que le permite acceder a esa conciencia no dual, el ser humano podrá algún día caer en la cuenta de que el Ser del que habla el Zen se experimentará en su propio ser; y se experimentará como un ser vivo, – ¡El Ser es un ser! – ilimitado, misterioso e inefable, que se con-forma (se hace forma) con todo y en todo lo que existe. El Todo en todo.

A través del ejercicio del Za-Zen estamos en condiciones de poder caer en la cuenta de quiénes verdaderamente somos al reconocer la naturaleza y el sentido de nuestro verdadero yo; de despertar al origen común de la humanidad más allá, y más acá; arriba y abajo; antes y después del cielo y de la tierra. Y ello, tanto en la intimidad de los latidos nuestro cuerpo, como en el milagroso vaivén de la respiración, o como en los resplandores del fuego de la mente. “ESO -la manifestación de la Gran Mente- es lo que experimentó Enô al escuchar el Sutra del Diamante; ESO es lo que sucede cuando, saltando los límites del pequeño ego de la razón instrumental, deshacemos nuestra falsa identidad no aceptando MORAR EN NINGUNA PARTE, para que de ese modo, como lo hacen en un cristal inmaculado, penetren en nuestro cuerpo los rayos de luz que nacen del Vacío y pueda transparentarse nuestro verdadero rostro. Cuidar por siempre y con mimo esa experiencia es el deber más grande de todo practicante de Zen.

Jinshû, un discípulo destacado del quinto patriarca, lo entendió así en su famoso poema:

 

El cuerpo es el árbol de la iluminación y soporte
de la mente, que es un espejo claro.
Límpialo una y otra vez,
no dejes nunca posarse polvo en él.

 

Se trata de un poema sin duda útil y estimulante para el que se inicia en el Zen, aunque si se observa con atención veremos que no alcanza a ser un exponente de lo que en sí misma es la iluminación. Así lo vio el mismo Enô, quien, nada más leerlo, y a modo de réplica, compuso seguidamente el siguiente poema alternativo:

 

El árbol de la iluminación en principio
no tiene tronco ni es soporte de un espejo claro.
En principio no existe ni una sola cosa.
¿Qué puede haber entonces
en que se pueda posar el polvo?

 

La diferencia es reveladora tanto en cuanto al contenido de ambos poemas, como al estado de iluminación de sus autores; así, mientras el primero posee un carácter ascendente, el segundo manifiesta la culminación de la naturaleza búdica; mientras el primero es la potencia, el segundo es el acto.

Pero puede llegar un momento, fuera de todo momento, en que la iluminación se hará estacionaria, permanente, trascenderá el espacio y el tiempo, incluido el cuerpo, al que la misma Plenitud le hará desaparecer del mundo de las formas. Se borrará el iluminado para dejar paso a la iluminación; se borrará del mundo el observador para dejar paso a la observación, y el Ser se habrá actualizado en la plenitud de la Nada.

Para Alcanzar esa experiencia, no es preciso ser monje, ni es preciso remontarse a los primeros patriarcas, porque poetas actuales, ajenos a cualquier confesión como el arriba citado, José Ángel Valente, o Roberto Juarroz, sin ser ninguno de ellos monjes, explican magistralmente esa misma experiencia de la plenitud del Vacío. Algunos textos de Valente:

¿Es inhumano sentir en un momento dado que acabamos en el vacío? ¿O que el vacío es la presencia más constante? ¿O que el vacío no tiene presencia? Para mí, no. Para mí es lo más humano, pero entendámonos: lo humano con las máscaras caídas, lo humano en la desnudez, no en el disfraz y en el convencionalismo…

Y añade:

 

…Vivimos entre límites y, sin embargo, en lo más entrañable, uno siente que no hay límites. Pues lo ilimitado no sostiene a nadie, sólo los límites sostienen….

  

Finalmente:

 

Borrarse.
 Sólo en la ausencia de todo signo se posa el dios.

 

Roberto Juarroz, practicante de Zen, se asemeja a José Ángel Valente en su afán de quitarse de en medio, de des-aparecer, de ser sólo huella; si bien, a diferencia de éste, Juarroz concitó en su vida personal más adhesiones que el poeta español. Su falta de protagonismo no fue sólo radical, sino sencillamente natural, vivida, sin escenarios, transparentemente sincera:

 

Qué mayor sinceridad
que hacer a un lado todo aquello que se sabe
y dejar que hable en uno,
Aunque sea sin uno, aquello que no se sabe.

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)