Los peligros de la pornografía

El porno es una de las industrias que mueven más dinero en todo el planeta. Hace tres años Business Pundit publicaba en su portal un listado con los negocios más lucrativos a nivel mundial entre los que estaba presente la industria de la pornografía. Es muy difícil saber cuánto dinero genera, sin embargo las cifras estimadas son de 97 billones de dólares. En España se calcula que los ingresos generados por la industria del porno se mueven en torno a los 400 millones de euros.

Para darse cuenta de la magnitud de su difusión he aquí algunas cifras:

  • El 43% del total de usuarios de internet ve material pornográfico.
  • Cada segundo hay 3.000 personas viendo porno.
  • El 10% de los consumidores se declaran adictos. 

El mundo de lo erótico y lo pornográfico ha estado presente siempre en nuestra cultura, pero es desde hace varias décadas con la llegada de los medios de comunicación de masas en un primer momento, y de internet después, cuando la industria del pono se masifica y se convierte en un producto de autoservicio fácil, barato (cuando no gratuito) y cómodo. Por todos estos datos me parece absolutamente necesario parar un segundo a reflexionar sobre algunas cuestiones como:  ¿Qué efectos tiene en nuestra manera de relacionarnos con la sexualidad? ¿Tiene consecuencias en nuestras relaciones de pareja? ¿Existe la adicción al porno? ¿Qué relación tiene el porno con la cultura de la violación? 

La pornografía en la adolescencia

Desde la llegada de internet al grueso de los hogares, la pornografía se ha convertido en uno de los primeros acercamientos que tienen los adolescentes con la sexualidad.  Del mismo modo que ha quedado más que demostrado cómo exponer a los más jovenes a la cultura del «cuerpo perfecto» promocionado por los medios y la publicidad puede tener consecuencias muy negativas en el desarrollo de su autoestima, la exposición a cierto tipo de pornografía también tiene sus inconvenientes.

Con el acceso a internet en todos los hogares, el acercamiento de jóvenes a este tipo de materiales se produce desde unas edades muy tempranas. Cuando un adolescente que jamás ha mantenido relaciones sexuales se expone a la pornografía, está formando de manera inconsciente expectativas de lo que debe ser el sexo en realidad, con las consiguientes frustraciones que acarrea después, tanto para ellos como para ellas. Expectativas generadas por patrones irreales en la mayoría de los casos que muestran conductas sexuales que poco tienen que ver con la realidad.

La pornografía en las relaciones de pareja

Hace tan sólo unos meses se publicaban los resultados del estudio longitudinal llevado a cabo por Samuel L. Perry llamado «Does Viewing Pornography Reduce Marital Quality Over Time? Evidence from Longitudinal Data» en el que ha estudiado durante 8 años la relación entre el consumo de pornografía y las relaciones maritales. Desde 2006 hasta 2014 analizaron datos tomados de la Encuesta Social General que se lleva a cabo en USA, en la cual se recogen las opiniones de los americanos sobre un amplio abanico de temas.

Los resultados muestran que las personas que empezaron a ver porno eran más propensas a divorciarse durante el tiempo de seguimiento del estudio, casi el doble en el caso de los hombres, crecen del 6 al 11%, y casi el triple en el de las mujeres, del 6 al 16%. Los datos también sugieren que cuando las mujeres dejan de ver pornografía sus tasas de divorcio caen del 18% al 6%, algo que no ocurre con los hombres.

El sociólogo Patrick F. Fagan ha estudiado el tema y en 2009 publicó un artículo llamado «The Effects of Pornography on Individuals, Marriage, Family and Community» en los que desarrolla la idea de que cuando un hombre consume habitualmente pornografía puede comenzar a buscar lo mismo en su vida real, con la consiguiente insatisfacción al no encontrarlo. El buscar ese ideal del «sexo ficticio-perfecto» haría que de algún modo el sexo real no sea tan espectacular como se piensa que debería ser.

¿Hasta qué punto somos capaces de abandonar nuestra vida real, en la búsqueda de un ideal sexual perfecto?

Los fans de Big Bang Theory recordarán esta escena, cuando Howard tiene que elegir, entre pasar el rato con una fantasía, o con una mujer real bastante más alejada de su patrón ideal.

Fantasía sexual
Katee Sackhoff: Me gustaría saber por qué estas aquí fantaseando conmigo cuando podrías estar con una mujer real esta noche.     
Howard Wolowitz: Te refieres a Bernadette?
Katee Sackhoff: No, a la princesa Leia. Por supuesto que me refiero a Bernadette.  Es una chica maravillosa y realmente le gustas. 
Howard Wolowitz: Ya lo sé, pero ella no es tú.   
Katee Sackhoff: Yo no soy yo. La verdadera yo está  Beverly Hills saliendo con un hombre alto, rico y guapo… el caso es que tienes una mujer maravillosa en tu vida y la estás ignorando para pasar tus noches en una bañera con una imagen mental y una manopla.  

La adicción a la pornografía

La adicción a la pornografía es un tema del que no se suele hablar, pero que existe. Gary Willson expone sus ideas en esta charla Ted en la que se manejan ideas muy interesantes.

 

 

El porno pone a nuestro alcance una cantidad ingente de «amantes» desechables a golpe de un click, y es debido a esa enorme cantidad de estímulos que cada vez necesitamos más y con mayor intensidad. Cuando la gente pasa mucho tiempo consumiendo pornografía su cerebro cambia. La dopamina es la principal responsable.

dopamina

El deseo sexual dispara la producción de dopamina, pero si esta situación es muy frecuente también hace que nuestro sistema nervioso se desensibilize. Esto se traduce en que necesitamos mucha más dopamina para alcanzar los mismos efectos, lo mismo que ocurre con la mayoría de drogas de abuso. Y este proceso lleva aparejados bastantes problemas más allá de la adicción en sí misma: problemas de eyaculación precoz, impotencia, incapacidad para establecer relaciones reales, etc, han sido encontradas como efectos secundarios de la adicción en multitud de estudios.

La buena noticia es que estos efectos sobre nuestro cerebro son 100% reversibles una vez abandonada la adicción.

La pornografía como reflejo del patriarcado

A principios de año Susan Sarandon dio unas declaraciones en el festival de Cannes que no dejaron indiferente a nadie. La actriz arremetió  contra la indutria pornografica cuando dijo que:

«La mayoría de la pornografía es brutal y no parece placentero desde un punto de vista femenino».

Y es que lamentablemente la pornografía «barata» que consumimos (quitando excepciones) no es más que el reflejo de un sistema en el que el goce femenino ha estado subordinado al placer del hombre, cuando no olvidado completamente. Mujeres que alcanzan el éxtasis más absoluto con prácticas que en la vida real nos dejan más bien indiferentes. Donde los preliminares (¡Ay,  los preliminares!) brillan por su ausencia, y donde la mujer es con mucha frecuencia humillada.

Para luchar contra todo esto y abrir nuevos caminos aparecen figuras como Erika Lust, directora de un porno más relista, pensado para el disfrute de hombres y mujeres, en el que se reflejan unos estereotipos mucho más ajustsdos a lo que sería una relación sexual verdadera, sin renunciar por ello al componente erótico y fantástico de este tipo de películas. Tal y como dice la propia Erika:

“Más de la mitad de mi público es masculino. A ellos también les gusta la atracción, el buen gusto, el respeto. Sin olvidar el hecho de que una película más cuidada no significa, en absoluto, que sea menos sexy o explícita. A excepción de lo ilegal y violento, todo está permitido”.

Conclusiones

Si has llegado hasta aquí puedes estar pensando que este post es toda una declaración en contra de la industria de la pornografía. En parte sí, y en parte no. Creo firmemente en la afirmación de la sexualidad, de lo erótico y de la función que tiene la pornografía en nuestra cultura. Si a día de hoy tuviera en mis manos prohibir este sector tal y como existe en la actualidad mi respuesta sería un tajante NO.

Sin embargo creo en las posibilidades de crear material con un contenido sexual de calidad. En el que la mujer tenga un papel equiparable al del hombre, que no promueva estereotipos machistas ni haga apología de la violación. Un material en el que todos podamos vernos reflejados.

Creo también en una educación sexual de calidad, que vaya más allá de la prevención de embarazos y enfermedades de transmisión sexual, en las que se hable abiertamente del mundo del porno, mostrando sus limitaciones y bondades.

 

Asexualidad ¿Es la falta de sexo la última revolución sexual?

La asexualidad aparece con fuerza en los titulares de medio mundo en una época en la que el propio concepto de identidad está en crisis, un momento en el que para mucha gente los discursos nacionales, políticos o religiosos han dejado de tener sentido. De pronto, nos encontramos con el terreno bien abonado para el descubrimiento de nuevas identidades, nuevas categorías que  nos ayuden a saber quienes somos, que nos den una explicación y al mismo tiempo un marco de referencia para entender nuestra subjetividad.

Este es uno de los motivos que explican el masivo nacimiento de nuevas identidades a lo largo del siglo XX que continúa con fuerza acentuándose a partir del comienzo de la era digital. El declive del modelo normativo universal impulsado por occidente (hombre, blanco, heterosexual, cisgénero y cristiano) ha dado lugar a la reivindicación de todas aquellas identidades que permanecían en un segundo plano. Empezando naturalmente por la mujer y su lucha, todavía vigente, por ocupar el lugar que legítimamente corresponde a nada menos que el 50% de la humanidad, históricamente marginada.

La lucha por la libertad y el lugar de la asexualidad

asexualidad

Junto a la revolución feminista vino la racial, la de las minorías sexuales y muchas otras. La mayoría de estas reivindicaciones, como podemos ver todos los días en las noticias, están a la orden del día. Lo cual, por cierto, no quiere decir que no podamos estar orgullosos como civilización de todas las cosas que hemos conseguido.

En este entramado identitario una de las grandes luchas ha sido la de las minorías sexuales. Desde el principio este asunto fue de gran complejidad, se trataba de nombrar por primera vez en siglos, de forma no peyorativa aquello de lo que estaba prohibido hablar (o al menos hablar bien). Esa es una de las razones por las que el colectivo ahora conocido por las siglas LGBTI (Lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales) ha sufrido tantos cambios internos hasta la formulación que actualmente es más frecuente, no sin polémicas, como veremos, de hecho la «I» es una incorporación bastante reciente, no aceptada por todo el mundo.

Cada una de estas siglas lo que representa al fin y al cabo es una identidad que históricamente no ha podido ser expresada por su lejanía del modelo normativo del que antes hablaba. Pues bien, en este momento hay varios colectivos que desean añadir letras a LGBTI, uno de ellos, tal vez el que está haciendo más ruido en internet es el asexual, pero ¿Es razonable, con lo que sabemos, la inclusión de la «A» junto con las otras siglas?.

¿Qué es la asexualidad?

Los defensores de la asexualidad como una orientación sexual más (además de la heterosexual, homosexual y bisexual), pretenden establecer paralelismos entre esta y aquellas que habiendo estado perseguidas durante siglos ya han alcanzado ciertos grados de aceptación en la sociedad, este es uno de los motivos por los cuales desean su inclusión dentro del colectivo LGBTI, que ha servido históricamente para dar voz a aquellos que tenían una sexualidad, sexo o género no normativo.

Pero vayamos al tema que nos ocupa, ¿Cómo se definen los propios asexuales? En la versión española de la web de la asociación internacional más importante de asexuales, AVEN, definen al asexual como :

La persona que no experimenta atracción sexual hacia otras personas. No es lo mismo que ser célibe, ni lo mismo que ser asexuado o antisexual. No implica necesariamente no tener libido o no practicar sexo o no poder sentir excitación o no poder enamorarse o no tener pasiones o no sentir deseo. En la comunidad asexual la consideramos una orientación sexual, hacia ningún género o sexo, o la falta de orientación sexual, siendo ésta referida sólo a la atracción sexual ya que la orientación romántica de cada persona no tiene por qué coincidir con la sexual.

Encontramos mucha información en esta definición, veamos parte por parte.

De entrada queda claro que la asexualidad no tiene que ver con el celibato, es decir con la opción de no mantener relaciones sexuales aunque exista atracción o deseo. Esta distinción parece muy importante, es decir, la asexualidad tiene que ver con la atracción sexual, no con el hecho en si de no practicar sexo, ser virgen o hacer votos de celibato.

Tampoco es lo mismo que ser asexuado, cosa que equivaldría a no tener órganos genitales, ni que ser antisexual que supondría odiar el sexo.

asexualidad

Lo que sigue es más complicado, esta definición plantea que los asexuales pueden mantener relaciones sexuales o tener conductas autoeróticas, lo harían en estos casos por contentar al otro, para liberar tensiones o por una descarga fisiológica. En este sentido efectivamente también podrían enamorarse y sentir pasión romántica sin necesidad de sentir atracción sexual, quedaría así desligado una vez más el sexo del amor, lo que para algunos teóricos sería un amor incompleto o platónico y sin embargo ha sido extremadamente popular desde la época de los juglares y el amor cortés.

Asexualidad, libido y deseo

La parte más compleja de esta definición sería, sin embargo, aquella que afirma que «ser asexual no implica necesariamente no tener libido (…) o no sentir deseo.» Esta frase es equívoca a mi parecer, ya que los conceptos de libido y deseo son amplios y cuentan con numerosas definiciones posibles.

Libido, por ejemplo, según la RAE sería:

Deseo sexual, considerado por algunos autores como impulso y raíz de las más varias manifestaciones de la actividad psíquica.

asexualidad

Bien, si la libido es el deseo sexual y el asexual es aquel que no experimenta atracción sexual hacia otras personas vemos que el elemento diferencial es lo relacional. Es decir, que según AVEN el asexual puede experimentar deseo sexual pero este es un deseo sin objeto deseado.

Es ciertamente posible para todos nosotros experimentar este tipo de deseo sin objeto, es esa comezón, esa sensación interna, es angustia difícil de nombrar que intentamos eludir, silenciar o encarrilar mediante estímulos externos. Esa sensación de deseo sin objeto deseado es normalmente desagradable para el sujeto, necesita ponerle nombre y colocarla en algún sitio (comida, pareja sexual, relaciones sociales, agresividad, deporte, etc…). Por eso, se plantearía en este caso que existen personas que experimentan no simplemente un deseo, sino un deseo de índole sexual pero no dirigido nunca hacia ningún objeto. ¿Quedaría entonces este deseo sexual perpetuamente insatisfecho por no contar con un objeto sobre el que proyectarse o sería simplemente satisfecho mediante la estimulación física y el orgasmo?

En este sentido creo que AVEN entiende por asexuales tanto a aquellas personas que no experimentan ningún tipo de deseo sexual como a aquellas que experimentan deseo sexual pero no dirigido hacia ningún objeto. En caso de considerar la asexualidad como una orientación sexual entiendo que solamente sería adecuado en el segundo de estos dos casos, puesto que en el primero no existe orientación ni falta de orientación sexual puesto que no existe un deseo sexual que orientar o no orientar.

Por otra parte, cuando la RAE se refiere a «algunos autores» habla claramente de los autores psicoanalíticos. Sigmund Freud consideraba efectivamente a la libido como la energía de la pulsión, aquella que llevaba al ser humano hacia la vida y que inicialmente tenía una expresión principalmente sexual, aunque podía sublimarse por diversos medios y manifestarse en multitud de formas.

Según comprensiones más modernas desde el psicoanálisis la libido se reconceptualiza como la capacidad deseante del sujeto. Existiendo por tanto deseo existiría libido. De este modo una «baja libido» sería entendida como un déficit en la capacidad deseante. En este caso es importante diferenciar entre una baja libido originaria o sobrevenida. Si es sobrevenida habrá que considerar qué es lo que la provocó, podemos encontrarnos en este caso, por ejemplo, con un Trastorno de deseo sexual hipoactivo o con otras eventualidades que pueden afectar al deseo sexual de tipo biológico como cambios hormonales, por ejemplo.

Conclusiones

Mi conclusión, según los testimonios que he ido leyendo y los casos que he podido ver en la consulta es que la asexualidad no es, como suele suceder en psicología, una cuestión de blancos o negros, sino de diferentes tonalidades de gris.

Dentro de este degradado de grises podremos encontrar desde la persona que no siente ningún tipo de deseo sexual hasta aquel que tiene un deseo sexual reducido con respecto a la media. Esta falta de deseo/atracción/orientación sexual probablemente sea múltifactorial, como suele suceder con todo lo que tiene que ver con la construcción del deseo, más aún cuando parece que bajo la categoría de asexualidad pueden estar englobadas cuestiones de diversa naturaleza y etiología.

En este sentido, creo que, en la clínica, para poder hablar de una auténtica asexualidad, se impone primero descartar cuestiones farmacológicas o biológicas que podrían estar afectando negativamente al deseo sexual, en esta linea sería necesario descartar también, las dificultades que pueden  experimentar personas que han tenido una educación muy represiva en materia sexual y por último las posibles experiencias traumáticas relacionadas con el sexo (Por ejemplo, agresiones sexuales, abusos, etc…).

Una vez descartadas estas variables creo que es ciertamente posible que dentro de la infinita variedad de la familia humana existan personas que sean genuinamente asexuales, tal vez nacidas así, tal vez como resultado de sutiles cambios hormonales o influencias ambientales recibidas en la más temprana infancia, en realidad, eso es materia para los investigadores, mientras tanto lo que nos toca a los clínicos y a la gente en general es contar con la experiencia subjetiva de las personas. Y si no existe un malestar interno al respecto ni un anhelo por estar perdiendo la experiencia de disfrutar de la sexualidad, creo que es posible que estas personas desarrollen una vida plena.

Quedan sin embargo muchas preguntas por resolver: ¿Cuales son las causas de la asexualidad (o las asexualidades)? ¿Cuales son los condicionantes biológicos y psicológicos que están en juego en estos casos? ¿Qué sucede con estas personas que experimentan un deseo sin objeto? ¿En verdad podemos considerarlas como asexuales de la misma forma que aquellas que no experimentan ningún deseo? ¿Qué realidades diferentes estamos contemplando cuando hablamos de asexualidad? y por último ¿Podemos considerar a la asexualidad (o a una parte de lo que se considera asexualidad) como una orientación sexual más, o hay que conceptualizarla de otra manera?

Mientras nuevos estudios responden a nuestras preguntas nos queda la cuestión inicial, es decir, si esta nueva identidad, bajo la cual un número creciente de personas se ampara tiene hueco dentro del colectivo LGBTI o debería constituirse en otro colectivo diferenciado, al final este es un tema de índole político-filosófico que está abierto al debate. Tal vez la solución sea, como proponen algunos activistas abandonar las siglas tradicionales y cambiarlas por unas más inclusivas: GSRDI (Géneros, Sexualidades y Romanticismos Diversos e Intersexo). 

Mientras tanto, respetando la diversidad y la complejidad humana, pensemos, investiguemos, debatamos y mantengamos una mente abierta.

 

 

Enrique Schiaffino

Psicólogo colegiado en Madrid

Fundador de Psiquentelequia

 

 

 

Perder el control: Aprendiendo a abandonar la mente durante el sexo

Después de un taller de Gestalt sobre cuerpo y bioenergética el profesor nos recomendó un libro con un titulo cuanto menos muy  sugerente. El libro en cuestión es Orgasmo total, de Jack Lee Rosenberg. Y aunque  no lo pueda parecer por el titulo, poco habla sobre el orgasmo, apenas un capítulo. Y mucho sobre la energía que recorre nuestro cuerpo, sobre los bloqueos que sufrimos y que se manifiestan en nuestra respiración y sobre la conexión con lo sensual, sobre el contacto con nosotros mismos.

Uno de los últimos capítulos del libro es el que más llamó mi atención. También porque me he sentido muy identificada. Y no tanto en lo relativo a lo sexual, sino en lo relativo a la existencia misma. El capítulo se llama «Cómo abandonar la mente».

 

percer el control

 

Abandonar la mente

«Algunas personas experimentan un curioso fenómeno cuando comienzan a prestar atención a sus cuerpos: ¡sus mentes se hacen muy activas! Esta actividad mental parece llevar a la conciencia un torrente de contenido que es irrelevante en esa situación. Un modo de encarar ese fenómeno es analizar ese contenido. Otro es preocuparse del proceso mental, enfatizando el cómo de la actividad mental, más que el por qué o el qué».

Así comienza este capítulo del libro. Y precisamente es lo que me preocupa. El cómo. El cómo nuestra mente se convierte en una jaula de monos locos, como dirían algunas tradiciones orientales. Para lograr un orgasmo intenso, antes tenemos que poder abandonar nuestras mentes. O como dijo una vez Perls:

«Abandona tu mente, y dedicate a tus sentidos».

Pero para los occidentales, abandonar la mente es una herejía. Vivimos en una cultura que rinde culto a lo racional. Tenemos que entender todo a efectos de causa y efecto. Todo tiene que tener sentido. Todo tiene que ser explicado y entendido racionalmente. Le damos una prioridad absoluta al pensar, y poco al sentir. Además de que el pensar, generalmente, interfiere en nuestra capacidad de sentir.

 

Cómo interfiere la mente en el «sentir»

Lo puede hacer de varias formas, que se pueden resumir en preocuparse, contenerse y desconectarse. Y siendo esta una simplificación excesiva, nos sirve para poder comprender este proceso de forma sencilla, y en nosotros mismos.

Cierra tus ojos y observa con atención hacia dónde va tu mente. ¿Qué es lo que continua en tu cabeza cuando haces esto? Quizá notes que tu atención se ocupa de como te estás sintiendo, de cómo se encuentra tu cuerpo en este momento. Te haces consciente de la silla sobre la que estas sentado, si es muy dura o por el contrario es muy blanda, si hace frío o sientes calor. Te haces consciente de los sonidos, de tu respiración, de la incomodez de tu cuerpo, o de lo tranquilo que estás. Estás presente aquí y ahora.

Esto suena muy bonito, pero lo más común es que esto no suceda. Y que tu mente se dirija hacia el futuro, ensayando, imaginando y planeando lo que va a suceder. Esto te aleja de lo que está ocurriendo en este momento, del aquí y ahora. Y te aparta de la espontaneidad.

O también te puede ocurrir que te vayas al pasado. Hacia una situación irresuelta o inacabada, hacia algo que necesita «completado» de algún modo, un desacuerdo con alguien, una discusión, una conversación pendiente… El famoso fenómeno «tenía que haber dicho» o «tenía que haber hecho».  Al ensimismarnos en nuestra imaginación, lo más probable es que lleguen recuerdos que no nos dejan estar tranquilos.

«Además, cuando más profunda es la implicación emocional de la situación que nos perturba, mayor es la necesidad de finalizarla, resolverla completamente y despacharla».

 

Perder el control

 

Completar una gestalt

Este concepto de finalizar o resolver una situación que nos mantiene intranquilos es uno de los principios básicos de la terapia gestalt, y es lo que se denomina «completar» una gestalt. Una situación incompleta atrae energía como un imán. Como dice Jack en el libro, es como cuando entra el vecino, se quita los zapatos, y deja caer solo uno al suelo. Nuestra atención se queda «enganchada» esperando el sonido del otro zapato cayendo al suelo. Sólo al escuchar el sonido, al completar al gestalt, nos quedamos tranquilos. Y queda energía libre para prestarle atención al presente.

Algunas personas no quieren, no pueden o no saber completar sus gestalts no resueltas. Y lo que hacen es aguantar enfrascados haciendo cosas. Y así se evita resolver esas situaciones. Y así se evita sacar a la luz relaciones amorosas fracasadas, conflictos, rencores… Y este «no sacar» hace que se nos quede anquilosado el pasado. Y si estás en el pasado, no estás en el presente.

«Te encuentras atrapado entre el «entonces y allí» y el «aquí y ahora». Tu energía está divida».

Y si algo he aprendido con los años, es que la energía está donde está tu mente. Si tu mente está en el pasado, o en el futuro, toda tu energía está allí. Incluso con las personas o las situaciones. Si estás obsesionado con una persona, o una situación, allí está toda tu energía, en vez de estar en ti mismo. Y de esto viven muchas personas tóxica y «vampiros emocionales». ¿Qué ocurre cuando alguien te ha hecho una faena enorme y tu no paras de pensar en esa persona, aunque sea para insultara en tu imaginación? Al final le estás «regalando» tu energía. Él se hace más fuerte y tu más débil.

Muchas veces no podemos resolver estas situaciones inacabadas. No hay forma de resolverlo en nuestra vida. Pero sí lo podemos resolver en nuestra mente, en nuestra imaginación. Podemos cerrar los ojos, imaginarnos la situación en cuestión, y encaminarla hacia una resolución. Mentalmente podemos finalizar la situación y despedirnos de ella.

Estar demasiado tiempo en el futuro y en el pasado puede ser nocivo para nuestra salud. Tener la tendencia de «irte» durante largos periodos puede hacer que te sientas perdido en tu imaginación. Pero tener un contacto prolongado también puede ser nocivo. Mantener el contacto durante largos periodos de tiempo es prácticamente imposible, y el esfuerzo de «tengo que estar conectado» puede agotar nuestra energía. Encontrar el equilibro entre contacto y ensimismamiento es una de las claves de la salud y el equilibro emocional.

 

«Simplemente ser»

En  Oriente se conocen desde hace miles de años las cualidades de intrusión y distracción propias de la mente, y ha desarrollado medios para afrontarlas. Por ejemplo el Raja Yoga, es el camino de la iluminación a través del control de la mente; es un método para «detener» la divagación espontánea de la mente.

Pero siendo más «mundanos», podemos decir que la diferencia principal entre la filosofía oriental y occidental está en el «ser» y el «hacer». Los occidentales estamos siempre haciendo y tenemos grandes dificultades para simplemente ser. En cambio en la filosofía oriental el acento se pone en el ser.

«Tu eres y para ello no tienes que hacer nada.»

El pensamiento oriental viene a decir que cuando vemos algo intelectualmente, lo hacemos de forma separada, es algo separado de nosotros. Y «parando la mente» puedes tener una experiencia directa del Universo. Puedes ser uno con él. Pero si sigues con el autoanálisis que nos obsesiona, no hacemos más que aumentar la distancia entre el Universo y nosotros mismos, con nuestra mismidad. Si somos capaces de «parar la mente» podremos tener un conocimiento directo de nosotros mismos. Por desgracia, la mente no siempre quiere cooperar, y continua «haciendo su camino»… Por ello el filósofo oriental desarrolla caminos para apaciguar la mente y experimentarse a sí mismo más directamente.

 

perder el control

 

1- Dejar de preocuparnos

Desde un punto de vista occidental, concebimos la mente como un ordenador. La mayor parte del tiempo la mente funciona fluidamente, pero a veces se queda atascada, del mismo modo como lo hace un disco rayado. Este disco rayado es el PREOCUPARSE. Puede adoptar la forma de situación inacabada, si hablamos del pasado, o la de un simulacro, si hablamos del futuro. Ambas nos sacan del aquí y ahora.

Lo opuesto a preocuparse es estar tranquilo. Y un modo de que la mente se sienta tranquila es la práctica de la meditación.  Una forma de practicar meditación es hacerlo mediante un mantra. Y no es más que repetir una y otra vez una frase original del sánscrito, que tiene algún significado. Pero lo que realmente nos importa es la repetición. Para entender esto mejor, mejor leer una historia que cuenta Jack Lee:

«Un yogui me contó una historia de un maharajah que tenía un inteligente siervo, capaz de hacer cualquier cosa por él. El único problema era que el siervo estaba constantemente al lado del maestro diciendo: «Qué puedo hacer ahora, maestro? ¿Qué puedo hacer ahora?», tirándole de la manga y solicitando nuevas tareas. El siervo estaba volviendo loco al maestro. Así, finalmente, el maestro dijo: «Quiero que vayas y construyas una torre de siete pisos de altura, y luego quiero que subas y bajes corriendo las escaleras hasta que te llame». De esta manera el maestro se cuidaba de sí mismo cuidándose del siervo que le estaba llevando a la locura.»

De la misma manera que podemos hacer nosotros con nuestra mente. No necesitamos preocuparnos cuando estamos intentando relajarnos, o disfrutando del sexo. Así que la única solución al problema del disco rayado es dejando que se sobrecargue, como un mantra, hasta que al cabo de un rato, se queda calmada.

Uno de los problemas al que nos tenemos que enfrentar los occidentales, es que nos identificamos demasiado con nuestros pensamientos. Con lo que asumimos que el no pensar equivale a no ser. Sólo hay que recordar al famosa frase de Descartes, «Pienso, luego existo». Uno de los objetivos de la meditación es romper sea creencia, romper esa identificación tan fuerte con nuestros pensamientos.

También podemos reflexionar en estas ideas, como ya  nos contaba Montse en su post «Quién soy yo» :

 

«Yo no soy mi cuerpo; tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.
Yo no soy mis emociones; tengo emociones, pero no soy mis emociones.
Yo no soy mis deseos; tengo deseos, pero no son yo mismo.
Yo no soy mi inteligencia; tengo intelecto, pero no me reduzco a ello.
¿Qué soy yo entonces? ¿Qué queda después de descartar mis
sensaciones, emociones, deseos y pensamientos?
Yo soy un centro de conciencia y voluntad, capaz de dominar,
usar y dirigir todos mis procesos psicológicos y mi cuerpo físico.

Aún cuando nuestra mente no está atascada en una pauta de preocupación, podemos tener dificultades para «dejarnos ir» en la excitación corporal. Si somos capaces de concentrar la mente en algo que no de pie a ninguna pauta de pensamiento, descubriremos que nuestro cuerpo se encuentra libre para experimentar sus sensaciones.

Nuestra mente es un ordenador inmenso y activo que recoge datos sin parar, durante todo el tiempo que estamos despiertos.  A veces parece estar tan sobrecargada que parece que vaya e explotar. Y en esos momentos necesitamos vaciarla y empezar de nuevo. En este caso podemos utilizar otro tipo de meditación. Se trata de prestar atención a los pensamientos como si estuviéramos distante de ellos, como si no fueran nuestros, y se trataran de una película. Hay que dejar fluir los pensamientos, sin retenerlos sin juzgarlos, sin censurarlos… Nos desidentifiamos de nuestros pensamientos. Podemos imaginarnos a nosotros mismos al lado de un rio de curso lento, y nuestros pensamientos son los objetos que flotan en el agua, lentos, que pasan a nuestro lado para seguir su camino.

Vaciamos la mente. Dejamos que nuestros pensamientos fluyan tranquilos, sin interrumpirlos. Si aparece un pensamiento, lo examinamos atentamente y vemos si se trata de un asunto inacabado. Si así es, lo apartamos a un lado, nos imaginamos que lo ponemos a un lado, cercándolo con un muro, para poder volver a él más adelante. Ahora tenemos que vaciar y relajar la mente, no nos atamos a ningún pensamiento, aunque sea una obsesión no acabada que nos persigue. Y pronto te darás cuando la mente cesa en su preocupación.

perder el control

 

2- Dejar de controlarlo todo

Otro hecho que nos aleja de poder «abandonar la mente» es el contenerse. O dicho de otro modo, el tratar de controlar todas las situaciones que nos rodean. Intentar poner cada cosa en su lugar, controlar y aislar nuestro entorno de modo que todo siga el camino que nosotros queremos. «Aparentar» también es una forma de controlar.

¿Y qué es lo opuesto a contenerse? Soltarse, aceptar las cosas como vienen, respondiendo con espontaneidad al Ahora. Y como suele ser más fácil decir las cosas que hacerlas… ¿Cómo podemos soltarnos? Si dirigimos la atención a nuestro cuerpo, no a lo que está haciendo nuestra pareja, ni a lo que sucede a nuestro al rededor, podremos ser conscientes de nuestro propio «contenernos», de la dificultad que sentimos para soltarnos, para dejar el control.

 

perder el control

 

3- Dejar de desconectarnos

El tercer fenómeno que experimentamos en nuestras mentes consiste en desconectarnos. Y estoy seguro que esto os suena. La mayoría de las personas no estamos verdaderamente presentes la mayor parte del tiempo. Somos autómatas. Y este efecto se multiplica cuando estamos en una situación que nos produce ansiedad, como lo es el sexo para mucha gente. Al desconectarnos nos disociamos de nuestra experiencia. Y además, por si fuera poco, podemos aumentar químicamente este efecto de «no presencia» mediante el alcohol o tranquilizantes.

Para el que se sabe «desconectado», pero quiere invertir este proceso, hay esperanza:

«Si atraes la atención hacia tu conciencia en detalle, si verdaderamente pones atención en lo que estás haciendo, estarás en situación de comenzar a ponerte en funcionamiento, a conectarte.»

Podemos mirar el enfoque oriental respecto a poner atención, y para poder comprenderlo basta observar cualquier monasterio Zen, donde existe una disciplina permanente, momento a momento, sobre cualquier pensamiento o acto, requiriéndose una constante y plena atención.

Para empezar podemos decirnos a nosotros mismos: «Ahora soy consciente…» y terminar la frase. De los colores de la habitación, de los olores, de los ruidos, de mis manos, de frío o el calor… La práctica regular de esta técnica aumenta la sensibilidad hacia el presente que nos rodea. Y según vayas repitiendo el ejercicio, aumentará tu sensibilidad sobre lo que sientes dentro y fuera de ti.

«Vuelve a este mundo, aquí y ahora, y pon atención. Disfruta de tu vida al máximo. Que yo sepa, esta es la única oportunidad que tienes de hacerlo. Esta es, en palabras de Ken Kesey, «la única entrada que has conseguido para este espectáculo»; si no estás atento, se la llevará el viento».

 

Fuente: