“No puedo más” … una reflexión sobre la presencia del suicidio en mi vida

 

Fue hace un par de días cuando una amiga me comentó el caso de otra amiga suya cuyo hijo se había suicidado hace cinco años y ella, a pesar de la terapia que había seguido, no lograba asimilar la pérdida y seguir adelante con su vida. Precisamente ayer, leí un artículo en el periódico acerca del suicidio, como epidemia silenciosa que nos acecha. Lo difundí por redes sociales, y varias personas se abrieron a comentar, ya fuera su vivencia propia o su opinión al respecto. Y tras darle vueltas todo el día, sentí muy profundamente la necesidad de compartir mi propia experiencia con el suicido a lo largo de mi vida, sin más pretensión que sacarlo del silencio, de dar luz y voz, de integrarlo y dar pie, si a alguien le nace, a que más personas compartan su experiencia.

 

Cuando “quitarse la vida” forma parte de tu primer recuerdo

Siempre me he caracterizado por tener buena memoria. Desde los tres años y pico me llegan imágenes y vivencias muy concretas que han supuesto hitos en mi biografía. Y resulta que mis primeros recuerdos tienen que ver con episodios algo críticos en la vida familiar. Mi madre solía desbordarse emocionalmente con frecuencia, y llegaba al extremo de entrar en crisis, se ponía a gritar que no podía más, iba hacia el cajón de los cubiertos en la cocina, y sacaba un cuchillo con el que amenazaba con clavárselo. ¿Qué hacía yo? Entraba en pánico, me sentía culpable por si yo había tenido algo que ver con ello, y me escondía debajo de la mesa del comedor … ese era mi lugar seguro, mi cueva. Nunca llegó a herirse físicamente. A veces se desmayaba, otras, mis hermanos o mi padre lograban quitarle el cuchillo y se la llevaban a su dormitorio … Y finalmente, “no pasaba nada” … y lo peor de todo, no se hablaba nunca más del tema. El silencio. Ese gran aliado y enemigo. De lo que no se habla, no existe. ¿Verdad?

Mi madre comenzó a separar cada vez más estos episodios, y cierto es que aunque yo vivía en alerta, me acostumbré. Fui descubriendo que ella nunca daría el paso, que solo necesitaba ser vista, escuchada. Y fue hace unos pocos años, tras morir mi padre, cuando afloró en mí esa rabia del niño que no sabía qué hacer en aquellos momentos, cuando comencé a culpar a mi madre de no haber sabido gestionar sus problemas y que me hubieran dejado una marca mayor de lo que pensaba. Y así fui avanzando en mi proceso de comprensión y perdón. Un año antes de que ella muriera, y sin buscar esa conversación, pudimos hablar de todo ello. Ella negaba que aquello hubiera sucedido. Pero no eran imaginaciones mías. Lo había corroborado con mis hermanos, y tengo recuerdos muy vívidos. Ante esa convicción por mi parte, ella se derrumbó, y me compartió el grado de soledad que sentía, de falta de reconocimiento por mi padre, y su incapacidad de poder haberlo hecho de otra forma. Poner palabras por ambas partes nos unió, nos fundimos en un abrazo, y ella se disculpó … ¿Qué sentí? Que la comprendía, aunque finalmente siempre sean los niños los que paguen las consecuencias de las carencias de gestión emocional por parte de los adultos

 

 

Compartir esto me cuesta, porque puede llevar a juicios acerca de mi madre, de mí mismo … pero más allá de esos juicios que solo surgen desde los propios egos, quería compartirlo porque nunca sabemos hasta dónde podemos llegar cuando nos sentimos al límite de lo que pensamos que podemos soportar. Y quizá, lo que más necesitamos en esos momentos, es una escucha abierta, activa, sin juicios, una mirada de amor, de apoyo, respetando el lugar donde se sitúa cada uno.

 

Seguro que conocemos a alguien que lo ha hecho …

Durante mi juventud, el suicidio consumado hizo acto de presencia en mi vida en varias ocasiones. El servicio militar, a comienzos de los años noventa, fue el lugar donde se dieron algunas de estas circunstancias. No eran hechos aislados que algunos compañeros decidieran quitarse la vida, empleando los métodos más cruentos. Y al haber sido destinado allí a la enfermería, fui aprendiendo a lidiar con alguna situación delicada. Pero el suceso que más me afectó lo protagonizó uno de los compañeros que tenía allí, con los que mejor conecté. Durante los meses que compartimos amistad, fui advirtiendo su progresión desde una expresión amable y cercana, hacia una vivencia cada vez más profunda y arraigada de la frustración, la rabia. Detrás de ello había temas familiares que no llegó a compartir abiertamente. Unas semanas antes de finalizar “la mili”, estaba muy ilusionado porque había comenzado una relación con una chica con la que se sentía muy bien … comprendido, escuchado, apoyado … y me dejó el número de teléfono de la familia de ella, para mantener el contacto una vez que nos separáramos. Transcurrieron unos meses, retomé ese teléfono y llamé. Descolgó la madre de esta chica. Se quedó fría al preguntarle por él. Finalmente me dijo que se había suicidado, poco tiempo después de licenciarnos del servicio militar. No supe reaccionar.

Años después, otro amigo que era médico, que padecía un cuadro psicótico en tratamiento, también decidió quitarse la vida, arrojándose por el balcón de la casa de su madre, donde vivía. Y llegados aquí, ¿realmente no somos conscientes de que estos hechos suceden, y que nos afectan a todos?

 

 

Y cuando llegas a no ver el sentido …

En carne propia, también puedo decir que llegué a un punto en mi vida de no ver el sentido a nada, y de tener ideaciones suicidas. Fue muy contenido en el tiempo, pero fue. Y de una forma u otra, creo que me marcó en el sentido de que no me siento especialmente conectado a la vida, y me siento con un pie entre este y el otro lado. Puedo sentir la vitalidad más extrema, más pura, pero a la vez no aferrarme a la vida como si la muerte nunca fuera a llegar. No es fácil de explicar. Es un cierto desapego. Pero quizá esa perspectiva relativa me ayuda a meterme en la piel de aquellos que deciden no seguir.

Mi momento crítico tuvo un episodio desencadenante. Con casi treinta años, decidí realizar el acogimiento de un adolescente marroquí que estaba en un centro de menores, al que había conocido a través de una ONG del ámbito de las adiciones con la que colaboraba. Apenas recibí apoyo por parte de la Administración en aquel momento, este chico estaba siendo problemático, y vieron mi solicitud como una oportunidad para quitarse un problema. La convivencia fue realmente muy difícil, con episodios violentos frecuentes, aunque sin llegar a la agresión física. Finalmente, tras cuatro meses, me sentí al límite y decidí dar marcha atrás con el proceso, de modo que él regresó de nuevo al centro de menores. Viendo con perspectiva la historia, tras más de 18 años de aquello, es cierto que no pude ni supe hacerlo de otra forma, y que él tampoco podía ni sabía. Pero para mí se abrió un periodo en aquel momento de extrema culpabilidad, de sinsentido, en el que lloraba de forma continua, sentía que había jugado con el que había considerado “mi hijo”, y entré en una espiral de pensamientos ciertamente peligrosos. Vivía en aquel momento en la octava planta de un edificio, y varias veces me asomaba a las ventanas e imaginaba qué pasaría si me dejaba caer. O buscaba información respecto a pastillas que pudieran ayudarme a dar el paso. Porque era insostenible para mí. La culpa me desgarraba por dentro.

¿Lo compartí? Sí comenté cómo vivía ese momento con mis personas más cercanas … pero no percibí que me comprendieran … O le culpaban a él de que me había manipulado, o no entendían que sintiera un vínculo tan fuerte que se había roto. Ahora miro con ojos de compasión, y sé que intentaban apoyarme, pero realmente no me sentí acogido, escuchado, apoyado desde el no juicio. Alguien me recomendó que acudiera a algún profesional, y me negué. Quizá porque quería que me apoyaran quienes yo sentía que tenían un vínculo conmigo, esa necesidad de mostrarse y ser validado por los que tienen un significado para ti.

 

 

Ahora miro atrás, y precisamente al trabajar con familias con bebés, me doy cuenta de la dificultad que tenemos de mirarnos y escucharnos unos a otros desde el corazón, más allá de nuestras creencias, expectativas, deseos … Quizá el hecho de no ver realmente a los otros, y quizá de no vernos a nosotros mismos más allá del personaje que creemos ser sea uno de los elementos que más presión nos hacen sentir dentro para que aparezca esa sensación de agotamiento, de “no puedo más”, de “hasta aquí”.

 

Acompañando a otros en el proceso …

Con los años, la vida me fue llevando a desarrollar la labor de acompañamiento que realizo en este momento, principalmente a través de la musicoterapia. Y sin buscarlo, en estos años han llegado varias personas a mí que, o han tenido algún intento de suicidio, o son familiares de personas que dieron el paso. Me encuentro con ese sufrimiento extremo que suele proceder de experiencias adversas en la infancia, ya sea por maltrato o abuso, o por abandono afectivo. Hablo de abandono afectivo (que también se menciona como negligencia) haciendo alusión a situaciones donde no ha habido episodios críticos concretos contra los niños, sino una situación mantenida de falta de conexión emocional, de “no ver” al niño, de que este desarrolla esa imagen interna de que “no merezco un lugar en este mundo”. Una depresión materna o paterna, una relación fría con los bebés o posteriormente, etc, son situaciones que dejan mucha huella, especialmente en los bebés y niños varones, que tienen un proceso de maduración neurológica más lento que el de las niñas.

Y en las personas que se quedan, dos situaciones pesan especialmente: la culpa por no haber podido hacer más, y si han sido quienes han encontrado el cadáver, el estrés postraumático derivado de ese momento, la imagen congelada del hallazgo que permanece inmóvil si no hay un acompañamiento terapéutico apropiado. En este sentido, además de los abordajes tradicionales, suele ser necesario en ocasiones recurrir a nuevas terapias con base neurobiológica, como el EMDR; o que busquen la reconexión mente-cuerpo.

 

 

En los últimos años, este tema va aflorando cada vez con más frecuencia en los medios de comunicación. He ido salpicando este texto con vídeos que me parecían interesantes para adentrarse en ello. Y aquí recomiendo visitar la web de la Red AIPIS, Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio, que desarrolla una intensa y necesaria labor de sensibilización, formación y asistencia en este ámbito.

Y nos quedan muchos interrogantes. Adentrarse en este tema implica descubrir que la proporción de hombres que se suicidan es mayor que la de las mujeres en todo el mundo, y también en nuestro país, donde de forma global, la cifra de varones triplica la de las mujeres, y en algunas franjas de edad es aún superior. ¿Qué nos hace a los hombres optar por esta vía de salida con mayor frecuencia, o al menos, ser más efectivos en los intentos? ¿Tiene que ver con nuestra peor gestión emocional?

Como sociedad, tendemos a mirar a otro lado, huimos de la muerte. En el caso de quienes lo han intentado, solemos decir que son cobardes, o que si no se dan cuenta del daño que hacen a sus seres queridos. En el caso de los familiares, suele decirse que ya está bien, que pasen página. Como siempre suelo decir, ¡¡¡cuánto nos cuesta abandonar nuestras creencias, nuestras verdades, y sencillamente estar, acoger, escuchar!!!

Confesiones de un adolescente imaginario

El adolescente  necesita manual de instrucciones para ser entendido, o eso dicen…

Hace unas semanas terminé de ver la serie de «13 reasons why» (Por trece razones, en español) que cuenta la historia de Hannah Baker, una adolescente que se suicida. Antes de hacerlo, graba unas cintas de cassete en las que explica sus 13 razones -asociadas a 13 personas- para morir y se encarga de que éstos mismos las escuchen y respondan a la propia conciencia de sus actos.

No puedo negar mi conmoción y el revuelto estomacal-emocional tras finalizar cada capítulo y súbitamente me vi reflejada en la protagonista, en su amiga, en su enemiga, en el orientador… y sentí un gran sentimiento de tristeza y nostalgia por mi adolescente pasada. Aquella a la que no escuché y que tampoco fue escuchada.

Entonces me puse a pensar en cuántos cursos, psicoterapias y libros se han escrito sobre el niño interior y qué pocos sobre el adolescente. O al menos qué pocos para el adolescente. A éste se le estigmatiza más que se le escucha, se le protege más que se le comprende. Y se le pregunta ¿qué ha sucedido? más que ¿cómo te sientes?

Por esto pensé en un artículo diferente, dedicado a todos ellos. A través de las voces recopiladas -de algunos adolescentes de blogs anónimos, otros imaginarios, así como la mía propia escrita en diarios- deseo reflejar el mundo interno, el inconsciente submarino, de un adolescente confuso.

Ya no sirve la frase «son cosas de adolescentes» sin asumir que: si no fuimos comprendidos en nuestro periodo de vacío existencial, poco podremos hacer para comprenderles ni para darles voz.

Yo al menos se lo debo a la adolescente que fui.

Aquí van algunas de sus voces:

MIEDO AL RECHAZO Y BULLYING

En la adolescencia lo que yo creo que soy, lo que experimento y entiendo como «mí-mismo» es un constante intercambio entre yo y mi mundo. Una dialéctica constante entre el haciadentro y el haciafuera para formar la identidad. El adolescente confuso, buscando la respuesta más importante de su vida: ¿Quién soy? se encuentra muchas veces con el espejo deforme y corrupto de un entorno social que fomenta y tolera el bullying y el ciberacoso y que le devuelve una mirada del sí mismo carente de sentido y nada positiva.

«No me aceptan en la escuela. Hay un límite en el número de insultos que una persona puede soportar. Me odian por lo que soy. Pero la verdad es que a quien realmente odio es a mí misma. No entiendo cómo he dejado que me afecte tanto lo que me hacen. Me doy asco» (B.R)

Hannah Baker, protagonista de 13 reasons why dice:

“Facebook, Twitter e Instagram nos han convertido en una sociedad de acosadores.»

Algo tan del siglo XXI como las redes sociales y algo tan atemporal como la angustia y el miedo ante la mirada del otro. Hannah se pierde en el laberinto de lo que dicen de ella, lo que cree que dicen de ella, lo que saben los demás y lo que imagina que saben. Se desdibuja, se pierde. No se encuentra ante el espejo. Y sin identidad ¿quién somos?

La mayoría de los adolescentes, independientemente de su estrato social, carece de un concepto definido de sí mismo. Ante un conflicto como el bullying es frecuente ver cómo muchos ignoran las verdaderas necesidades, normalizan la situación, niegan sus obligaciones, o las evaden por miedo; ya que su energía está más orientada a obedecer al más fuerte que al ayudar a la víctima. Como dice Horario Krell, director de ILVEM (Brain Training Method)

«Se puede esperar poco de una sociedad donde prima la conveniencia egoica sobre la autorrealización, el -¡sálvese quien pueda!- sobre los valores morales.»

adolescente bullying

adolescente bullying

LA NECESIDAD DE ENCAJAR

Al llegar a la adolescencia vamos construyendo nuestra identidad conforme vamos sintiendo la necesidad de descubrirnos. El ansia de tener respuestas ante cuestionamientos existenciales tales como: ¿quién soy?, ¿cómo debería ser? nos produce una angustia y necesidad de encajar que dificulta la autenticidad ante los demás.

Algunos adolescentes en lugar de ir construyéndose por medio de las características que poseen y que deciden interiorizar y asumir como propias, eligen o toman algo que ya está construido sin partir de algo propio. Cayendo en esa trampa, su identidad resulta inestable y frágil (debido a que no es realmente genuina) pudiendo quedarse atrapado en una personalidad débil y una identidad que nunca se forjó adecuadamente.

La confusión al elegir el rol más apropiado puede provocar una falta de identidad estable. En el período de identidad vs confusión de roles, es palpable una gran presión por ser un individuo único e irrepetible, no una copia de los demás.

«Estoy planeando cambiar, ¿en qué sentido? en todos, pero no sé qué modelo seguir, sé que quiero ser el que mejor notas saca de la clase, como en un pasado lo fui, quiero ser el más guapo (aprovechando que me voy a poner lentillas) quiero ser más gracioso y más social, en resumidas cuentas, quiero ser perfecto. No es la primera vez que lo intento puesto que ya lo intenté una vez y vi que no conseguía nada. Otra cosa que no sé es si cambiar en el sentido de creerme superior a todos, ser más chulito y eso, o ser perfecto sin ir presumiendo por así decirlo. ¿Qué debo cambiar? ¿Debo cambiar? ¿Creerme superior? ¿Cómo ser admirado?» (D.A)

«Tengo un carácter cerrado, no me gusta llorar en público, ni que me pregunten sobre mis cosas. Mucho menos contar qué me pasa, pues paso de que me juzguen o se rían de mí. Aparento ser fuerte, eso dicen de mí. ¿Pero sabes un secreto? No lo soy para nada y a veces me canso de fingir. «(A.M)

Los amores adolescentes son un intento por definir su propia identidad, proyectando sobre otra persona la imagen que tienen de su propio yo, para así verla reflejada y con más claridad. De no forjar una aceptada identidad y autoconocimiento, la búsqueda de amarse y comprenderse a uno mismo derivará siempre en la necesidad del reflejo del otro para llevarlo a cabo.

«Me pregunto si algún día encontraré a mi alma gemela, alguien que me comprenda y me acepte como soy. El problema es que soy demasiado complicada, porque lo mismo pienso una cosa y pienso la contraria al mismo tiempo. Así que si ni yo misma me entiendo, no sé cómo lo va a hacer alguien. Además no soy de las que suele gustar a los chicos, y dudo que llegue a importar tanto a alguien alguna vez como para querer e interesarse en saber cómo soy realmente» (S.G)

ADOLESCENTE Y PADRES

La adolescencia es la época en la que las y los jóvenes definen su posición ante la familia, sus compañeros y compañeras y la sociedad donde viven.

El espacio con los iguales es un espacio de libertad, donde encontrar el sentido de pertenencia. En sus descargas hormonales de acción, de palabras, de gestos, de secretos, hay una afirmación implícita: «espacio despejado- aquí no hay adultos»-. Esto no implica que no haya jerarquías, reglas o sanciones, ya que en el  grupo de los pares también lo hay, pero no son las mismas que las de los adultos, de quienes debe aprender a separarse y diferenciarse.

Los y las adolescentes comienzan a tomar riesgos y a experimentar; se comportan con tabúes y secretos ante la familia. Temen ser descubiertos y al mismo tiempo les gusta crear cierta sensación de misterio. Necesitan proteger su intimidad sin ser invadidos, pasando de un mundo centrado en la familia a un mundo centrado en los iguales.

«De repente entra mi madre, acto seguido apago el monitor (como de costumbre) y me dice: ¿qué estás escribiendo? ¿es una especie de diario o algo así? ¿me lo enseñas? Ha estado un buen rato intentándo sonsacarme y obligándome a encender la pantalla, pero por fin al final se ha ido. Menos mal… si me pilla.. me muero. Parece ser que tendré que extremar la seguridad en este ordenador, menos mal que mis padres no saben casi nada de tecnología.» (D.A.)

Quieren ser vistos y a la vez ser invisibles. Esa es la verdadera paradoja.

«La verdad es que es muy arriesgado escribir un blog anónimo contando tu vida, para mí sería el fin del mundo si algún conocido descubriese este blog, tengo mucho miedo. Quiero que este blog se haga más popular, pero con límites.» (D.A.)

ADOLESCENTE Y BÚSQUEDA DEL SENTIDO DE LA VIDA

En el joven son normales los períodos de profundas preocupaciones por determinar qué es lo verdadero, qué es lo falso, qué es lo bueno, qué es lo malo, qué es lo correcto y qué es lo incorrecto. Las mentiras y las traiciones se viven como altavoces emocionales.

«Y fueron sus palabras agujas clavándose en mi pecho. Y fueron sus caricias, cristales inyectándose en los dedos. Locura, pasión deseo. Desengaño, incertidumbre, tormento» (L.F.)

En la adolescencia se ensalzan los sentimientos, se dinamizan los encuentros sociales, el sexo se amplía a sexualidad con-un otro-. Aparecen los ingredientes asociados al propio sentido de la vida.

«Hoy no os puedo escribir mucho más porque me tengo que ir ya mismo. Suerte con vuestras vidas por que la mía tiene una felicidad mediocre» (D.A.)

Cuando el sentimiento de falta de sentido y vacío existencial aparece en el adolescente, los adultos no saben cómo actuar. Vivimos en una sociedad de consumo que se «adolescentaliza ella misma»  y que sólo prentende la satisfacción de las necesidades inmediatas, ignorando, descuidando y frustrando la más humana de todas las necesidades, y pieza fundamental en el puzzle de los adolescentes: la de búsqueda de sentido.

«El espejo de mi alma hecho pedazos. Una lucha inconsciente me domina. Debate entre la vida y la muerte. Y aunque busco nunca encuentro la salida» (L.F)

Victor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido denomina neurosis existencial al fracaso para encontrar un significado en la vida, el sentimiento de que no tiene ninguna razón para vivir, luchar, de que uno es incapaz de encontrar una meta, una directriz en la vida, el sentimiento que aunque te esfuerces, nada tiene sentido.

El adolescente vuelve al sí mismo, explorando la paradoja del mundo interno, viviendo en la dualidad como eje de oposición, de afirmación y resistencia al mundo. Es el momento egotista, contradictorio y oscilante, que tanto agrede como se agrede, que tanto sueña y ansía, como rechaza y se retira.

«O te acercas o te alejas. O me buscas o te escondes. Pero no juegues más y ¡decide! sombra de tentaciones. Pues de mí te estás llevando mis más tiernas ilusiones» (L.F.)

REFLEXIONES

Sí, visto esto no puede negarse que la adolescencia es una etapa de duelos (duelo de los padres, duelo del cuerpo, duelo del rol infantil, duelo del primer amor) y aunque no todos los adolescentes lo manifiestan con igual intensidad o conciencia, no siempre se puede hacer caso omiso con un simple: «ya se le pasará»

Sin embargo, no es sólo una etapa difícil, es también un pozo de creatividad y sensibilidad. Una oportunidad de crecimiento, de posibilidades, de dirección y propósito. Un quehacer continuo y dinámico. Hay que observar y aprender de la valentía de los adolescentes que poseen ideales y valores relativos al destino, a la sexualidad y al amor, que renuevan el camino sentido del verdadero encuentro entre personas: viviendo más que teniendo.

Tenemos que impulsar  la posibilidad de descubrirse, de pulir sus recursos personales para que desarrollen una identidad genuina que les permita afrontar la vida con más fortaleza, responsabilidad, libertad y resiliencia.

A fin de cuentas, si me preguntasen ¿y cuál crees que es el sentido de la vida? Diría sin titubear: LA VIDA SENTIDA.

Y de eso precisamente…los adolescentes saben mucho.

 

Referencias bibliográficas:

Frankl, Victor E. El hombre en busca de sentido. Erder, 2013

Fuentes:

-Greenberg. L, Rice.L, Elliott.J. Facilitando el cambio emocional,Paidós, 1993

-www.logoforo.com/crisis-de-adolescencia.

-diversos blogs anónimos.

El cisne negro: un caso de psicosis

Ballet Lago de los Cisnes

 

Hace una semana tuve el privilegio de acudir en mi país a la puesta en escena de El Lago de los Cisnes. La trágica historia de amor, maravillosa música de Tchaikovsky y magistral interpretación deleitaron a todos los presentes. En la cultura popular, este ballet ha inspirado diversas cintas cinematográficas entre ellas El Cisne Negro. La relación del Psicoanálisis con el séptimo arte siempre ha sido muy estrecha. A través del cine el ser humano expone aspectos de su psiquismo que serían difíciles de presentar de otro modo.

Me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones que hice hace algún tiempo sobre esta película. Principalmente, cómo en ella se presenta el concepto de la psicosis y los fenómenos psíquicos que le caracterizan. No hay una definición propiamente psicoanalítica de la psicosis. Sin embargo, se considera la misma como una de las tres estructuras psíquicas, junto con la perversión y la neurosis. Su denominador común es una alteración en el sujeto de la relación que mantiene con la realidad compartida por todos. Sus particularidades serán explicadas tomando a Nina, protagonista del Cisne Negro, como sujeto del análisis.

 

El frágil vínculo social en la psicosis

Psicosis Suplencia

 

Nina es una mujer de 28 años, quien se dedica al ballet clásico. Acude con regularidad a una prestigiosa academia de danza en Nueva York. Es una de las bailarinas más dedicadas de la compañía, buscando siempre la perfección en la técnica. Reside con su madre Erika, bailarina retirada a los 28 años cuando quedó embarazada de Nina. Esto fue producto de una relación sentimental con un director de su academia. Desde entonces, Erika se ha dedicado a cuidar de su hija y promover en ella un gran interés por el baile.

Thomas es el director de la academia que dirigirá el ballet de El Lago de los Cisnes. Describe a Nina como la intérprete idónea del cisne blanco: “bella, frágil, perfecta en sus movimientos”. Nina se muestra como una persona dócil y sumisa frente a figuras que considera de autoridad. Además, se muestra inocente y “carente” de cualquier manifestación de sexualidad.

¿Cuál es el trasfondo que sostiene a la psicosis y cómo se despliega en ella el Complejo de Edipo? Si tuviéramos que nombrar el tipo de vínculo entre Nina y su madre, tendría que ser Erikanina. Es un relación completamente dual, sin cabida para un tercero. Nina tiene la certeza de ser todo para su madre, aquello que completa la falta de la madre. Además, es su objeto de goce, pues a través de Nina, la madre obtiene satisfacción pulsional. Esto se observa en el modo en el que Erika manipula el cuerpo de Nina a su antojo, vistiéndola y desvistiéndola aún a sus 28 años. Sumado a esto, la madre presenta una obsesión con el rostro de su hija, del cual hace pinturas de forma compulsiva.

 

La sexualidad sin deseo

La sexualidad de Nina se ve limitada a este intercambio con Erika. No ha entrado en el discurso materno el Nombre del Padre o una figura que haga la función paterna. Es decir, un Otro que ocupe el deseo de la madre, y que ponga límites a esa relación de satisfacción y de exclusividad entre ambas. La alusión que hace la madre de Nina sobre el padre es que fue un “error, por el cual tuvo que renunciar a su carrera”.

Como resultado de esta dinámica, Nina se mueve en el mundo de las “relaciones de a dos” y de los “blancos y negros”, donde no pueden ser posible los puntos intermedio. Hay además un agujero en lo simbólico, teniendo las palabras una literalidad vital. Destaco en este punto el significante “perfección”, que en la vida de Nina parecía tener mucha relevancia. Hasta ese momento había estado asociado con la exactitud en la técnica del ballet.

Hasta el desencadenamiento del brote psicótico, esa carencia en lo simbólico había sido colmada por una suplencia del Nombre del Padre. La suplencia es algo que mantiene la unidad con lo social y ayuda a mantener la compostura. En este caso, el ballet hace de suplencia pues es una actividad que le había permitido a Nina salir un poco de esa relación exclusiva con la madre. Sumado a esto, le permitía mantener un estado de psicosis estabilizada y le daba una identidad de bailarina. Siendo consistente en sus entrenamientos podía alcanzar, según su razonamiento, el nivel de perfección literal. Nada se mueve, nada se cuestiona, nada cambia.

 

El surgimiento del brote psicótico

Psicosis Brote

 

En la academia de danza a la que pertenece Nina, anuncian el nuevo ballet de El Lago de los Cisnes dirigido por Thomas. Éste lo presenta ante las aspirantes con una dicotomía de sus personajes. Por un lado, Odette (la reina de los cisnes y el cisne blanco) es la heroína de la historia. Es una hermosa princesa, que se ha transformado en un cisne blanco durante el día y toma su aspecto humano durante la noche. Por otro lado, Odile (el cisne negro), es la malvada hija del brujo Rothbart, y al igual que Odette se ha enamorado del príncipe Sigfrido. Dile se transforma en Odette con la ayuda de su padre para que el príncipe se enamore de ella. Thomas invita a las bailarinas a hacer una interpretación “visceral y real.”

Nina aspira al papel principal, quien debe interpretar tanto al cisne blanco como al negro. Es en ese momento, se empiezan a manifestar fenómenos característicos de la psicosis. ¿Qué de este hecho puede haber incidido? Nina es llamada a ocupar un lugar que no puede representarse. Por una parte, pasar de tener un rol secundario a uno protagónico. Mientras que también, debe interpretar dos personajes opuestos en una sola obra, manteniendo su parte cisne blanco “virginal”, y dejando surgir su cisne negro “seductor”. Esta exigencia adquiere cualidad de mandato. Se vuelve un imperativo que ella debe cumplir en lo real, y no únicamente como una representación.

 

El mandato del amo

Cisnes negro psicosis

 

Teniendo esto como base, sigamos el curso del desencadenamiento. Decíamos que hay dos exigencias, tomemos por primera la más gráfica: la no-metáfora del cisne negro. El director del ballet, le hace una invitación a Nina, a fin de poder interpretar adecuadamente al cisne negro. En diferentes momentos, Thomas la expone frente a su sexualidad, de la cual ella no se ha cuestionado nunca cual le dice:

Pierde el control y a ti misma, déjate llevar, sorprende y sorpréndete, sé seducida y seduce…

Ve a casa y tócate, vive un poco.

¿Te follarías a esta mujer? Nadie lo haría. (Refiriéndose a Nina) Siente mi tacto y responde a él.

¿Qué ocurre aquí? Thomas enfrenta a Nina con un deseo enigmático para ella, por lo que se coloca frente a él como objeto de goce pasivo, al igual que con Erika. Pero Thomas exige otra cosa, que cuestiona su sexualidad, su deseo y su identidad de “ser bailarina” que hasta ese momento la habían sostenido. Al no soportar la incertidumbre, y potenciado por el modo seductor de Thomas, Nina lo coloca en el lugar de amo con una demanda clara: déjate llevar, disfruta de la sexualidad, vive, y te convertirás en el cisne negro que estoy buscando.

La relación especial que Nina tiene con el lenguaje y el cuerpo, influyen para que este mandato retorne desde lo real en forma de alucinaciones. Ante la ausencia del soporte simbólico, Nina es incapaz de metaforizar, y se queda en la literalidad del mandato, sufriendo en su cuerpo una metamorfosis. En ella, progresivamente, y luego de sus intentos de masturbarse, Nina tiene la percepción de que su cuerpo se fragmenta, de que empiezan a salirle plumas y patas, y a cambiarle el color de los ojos. Esto la deja perpleja y le angustia, pues no hay una representación de un cuerpo unificado que le pertenece, más bien le es extraño. Nina no reconoce que esto está es su mente, y lo experimenta como si fuera completamente real.

 

El delirio paranoide en la psicosis

Paranoia Psicosis

 

Otra salida característica que Nina reproduce es la formación de un delirio paranoide. El principal objeto persecutorio para ella es Lilly, una bailarina nueva en la academia. Thomas describe a Lilly como “imperfecta, natural y que no finge”, para él ella sería el perfecto cisne negro. El delirio consiste en que Lilly está conspirando contra ella para desplazarla y representar el papel protagónico. Entonces nos preguntamos ¿por qué Lilly? Puede ser porque ella está significada por Thomas como la sensualidad y la soltura que a Nina le faltan.

Inicia para Nina la búsqueda de una “nueva perfección” asociada ahora con la sensualidad y no con la técnica. Entonces despliega diversas estrategias que culminan con fenómenos alucinatorios. Primero roba artículos personales de Beth, quien es la antigua estrella de la academia y consentida de Thomas. Beth deja su carrera por tener una edad que esa disciplina se considera avanzada. Por otro lado, se articula una fantasía homosexual con Lilly. A través de este vínculo, trata de descubrir algo de lo que para ella es un misterio: la femineidad y sensualidad. Ambos aspectos que se desbordan en Lilly y de los que ella no sabe nada.

Durante el brote psicótico el sufrimiento de Nina es avasallador. La angustia de aniquilamiento del ser es paralizante. La misma es promovida por una madre demasiado presente, y por ese agujero en lo simbólico ante el cual no puede responder. Esto se observa en una escena en la cual Nina se empieza a masturbar en su habitación y la madre irrumpe. Nina busca poner un límite a la madre en la realidad, tratando de poner una vara para evitar que se abra la puerta de su habitación. La madre literalmente sigue allí negando ese espacio de privacidad a su hija.

 

El pasaje al acto como desenlace

 

El gran día de Nina llega justo después de sufrir unas intensas alucinaciones. Ella se empeña en salir a escena, a pesar de que su madre ha llamado antes para comunicar que estaba incapacitada. Thomas complacido, por esta nueva Nina más “segura de sí misma”, le dice:

La única persona metida en tu camino eres tú, es hora de dejarlo ir y dejarte llevar.

Toda la presentación parece llena de un dolor innombrable, que se observa en la expresión de su rostro. Nina comienza a experimentar las alucinaciones y el delirio. La única salida posible es un pasaje al acto. Esto implica un salir de la escena del lugar al que había sido llamada. Nuevamente toma las palabras de Thomas como una orden y actúa para “quitarse de su propio camino”.

Entonces, por la identificación masiva que presentaba con respecto a Lilly, se hiere a sí misma con un vidrio. De forma alucinatoria Nina piensa que ha herido a Lilly. Sólo cae en cuenta que se ha herido a sí misma, cuando Lilly entra a su camerino para felicitarla, y lo real se le presenta de frente. Otra vez su cuerpo estaba desconectado del dolor físico, pues vuelve para culminar con la función. Es entonces cuando finaliza la escena y literalmente muere.

El suicidio de Nina es contundente, ya que no hay un llamada a un otro ni una intención de enviar un mensaje. Sus últimas palabras dirigidas a Thomas: “lo sentí, me sentí perfecta, fue perfecto”. Una vez más se confirma cómo esta mujer no podía tomar el sentido metafórico. La única forma de tener una interpretación magistral, y de acabar con sus alucinaciones y angustia paralizante, era muriendo al igual que Odette.

 

Psicosis Suicidio

 

Referencias bibliográficas:

  • Laplanche, Jean y Jean-Bertrand Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis, Paidós. Edición 2007.
  • Julien, Philippe, Psicosis, Perversión y Neurosis, Amorrortu Editores. Edición 2000.

Fuentes: