Memoria de los Mundiales (II)

 

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria tapándome los ojos. Separar en cuatrienios lo que es una misma alfombra de tiempo.

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España. A las puertas de convertirme en extranjero. El extranjero, ser extranjero. Dejar Buenos Aires no fue fácil, vivía muy bien en pareja y estaba rodeado de amigos y familia. Tenía trabajo y amor. Era porteño, muy. Me sentía dentro de ese embutido salvaje, de esa ciudad de la furia. Andaba en sus calles, conocía los barrios. Paseaba de noche en un Ford Falcon con los cambios al volante. Fotografiaba casas antiguas, fachadas art decó y racionalistas. Los cines de la Avenida Corrientes. Pizza a las tres de la mañana. El enano que vendía números de la lotería. El tipo sin piernas que se arrastraba en un carrito y asustaba a los paseantes con sus gritos. Los travestis de Godoy Cruz. Las calles estrechas de Montserrat, los árboles de Palermo, los bares de Almagro, Balvanera y el Bajo. Después de una década de amistad, tenía muy claro que esa banda de amigos del colegio Salvador sería para siempre.

Antes del mundial, la AFA solicitó a la FIFA retirar la camiseta número 10, en honor a Maradona. Los argentinos empezamos a vivir en el recuerdo del pasado futbolero más que en el presente. A Corea llevamos un buen equipo, teníamos al mejor entrenador posible pero pasamos por la competición sin pena ni gloria. Los titulares de la prensa deportiva hablaron de Impotencia. En aquel momento no teníamos ni idea de cómo eso se volvería recurrente.

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2006

Vivir en el extranjero es reinventarse, quitarse la mochila de la identidad, borrón y cuenta nueva. Hay un período de gracia en el que esta fantasía es posible. Luego se cae en la cuenta de que no hay manera de escaparse de uno mismo. Cambian los paisajes, las calles, las costumbres. Uno sigue con sus fantasmas, almuerza con sus manías y cena con sus obsesiones. Los que no saben, piensan que la cultura española y la argentina se parecen mucho. No es cierto. Hablamos el mismo idioma pero con significados diferentes. Compartimos apellidos, historia colonial y algunas comidas. Nada más.

Madrid es ruidosa, canalla, hereje. “Tías en porretas; macarras mil; esto es la hostia; Sol de Madrid”, cantaba Miguel Abuelo. Empecé a vivir aquí cuando lo castizo resistía aún los embates del turismo masivo. El centro de la ciudad, una aldea. Lavapiés, Malasaña, Tribunal, las Vistillas, Noviciado, la calle del Pez. Noches interminables, resacas bestiales. Un tour de force por mil garitos durante el 2004. Porros a granel en el Parque del Retiro, al ritmo de las tumbadoras frente al lago. Entre el 2003 y el 2006 compartí pisos de alquiler con un mexicano, una brasileña, una chilena, una rumana, una suiza, un colombiano y un venezolano. Trabajaba en la universidad, hacía un doctorado y padecía a un director de tesis déspota y ciclotímico.

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Como en otros Mundiales, Argentina llevó a Alemania un equipo respetable. Nos tocó el grupo de la muerte con Holanda, Costa de Marfil y Serbia. Contra este último, ganamos seis a cero y nos convertimos en uno de los favoritos para ganar el torneo. Uno de los goles de esa tarde quedó para la historia por los 25 toques previos antes de que el balón besara la red, como dicen los poetas de la redonda. El partido decisivo fue contra los locales. El entrenador tomó una decisión polémica. Dejó en el banco de suplentes a Lionel Messi, futuro monarca del fulbo mundial, y apostó por Julio Cruz, un delantero espigado que había sido jardinero en sus pagos. Perdimos por penales. La final de la Copa fue el día antes de mi trigésimo cumpleaños. Había comprado ron, vodka y hielo suficiente como para poner ciego a un regimiento. Mi hermana y mi cuñado francés habían venido desde París para estar en el festejo. Fue una noche rara, muy calurosa. Teníamos todo preparado para brindar por el triunfo de Les Bleus hasta que Zinedine Zidane le dio un cabezazo a Materazzi y fue expulsado por aquel árbitro argentino cuyo nombre no recuerdo. Francia se vino abajo y ganaron los italianos. Años después, el defensor italiano confesó que había insultado a la hermana de Zizou. Picardía criolla.

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2010

Mi hija tenía tres años cuando veraneamos en unas playas nudistas de Almería. Final del Mundial, 11 de julio. Mi cumple, esta vez 34, fue en el Mediterráneo.  Entre dos Mundiales mi vida se había puesto patas para arriba, o mejor dicho, se estaba enderezando. Apareció una mujer, la MUJER. Noviazgo corto, febril, definitivo. Una pelirroja con aires a Isabelle Huppert, la boca de Fanny Ardant, porteña del barrio de Colegiales. En los madriles nos fuimos a encontrar. Como en el fútbol, también en la vida, el azar es la base de cosas importantes. Al principio sólo compartíamos la cama, pero yo para mis adentros, decía como Sal Paradise en On the road, “quiero casarme, quiero que mi alma repose junto a una buena mujer hasta que nos hagamos viejos. Esto no puede seguir así todo el tiempo. Este frenético deambular tiene que terminarse. Debemos llegar a algún sitio, encontrar algo”. Flipaba con eso. Me había cansado de que la única religión fuera el cuerpo de una mujer.

El embarazo nos pilló desprevenidos. Lo vivimos con temblor, organizando cosas prácticas, yendo al Ikea en autobús. Mudanza, cuna, bolso para el parto, nos íbamos conociendo un poquito más con la convivencia. En septiembre del 2007 nació la nena. Nada de lo que pueda decir condensa la experiencia. Creció el amor en mí, entre nosotros. Supongo que me volví más generoso, menos vanidoso. La manera en que me fui convirtiendo en padre continúa siendo un enigma. Tengo en claro algo, una cosa es ser progenitor y otra es ser padre. Yo no sé nada del oficio paterno pero se me saltan las lágrimas de emoción cuando la miro dormir, cuando recuerdo la primera vez que caminamos juntos de la mano o la luz de sus ojos mientras se toma un helado. Ser padre es asumir con todo el amor que puedas una responsabilidad grande. El que abandona no tiene premio. Los hijos vienen a hacer su vida y con ella nos regalan el privilegio de acompañarles. Hoy tengo la certeza de que la salud de mi hija es lo que más me importa en este mundo. Seguro que hay ideales mucho más trascendentales y causas morales más justificadas por su relevancia. No para mí.

El Mundial de Sudáfrica pasó a la historia por el Waka-Waka de Shakira, el Tiki-Taka de la Roja y el beso que el portero español le dio en vivo a una periodista deportiva. Luego resultó que era su novia y futura esposa. Por su parte, la cantante colombiana también iniciaría una relación amorosa con el central de la misma selección. Puro romanticismo en el aire. Como el del triunfo del juego de los locos bajitos. Tomala vos, dámela a mí y la pelota rodando sin cesar. El mago Iniesta, el ingeniero Xavi, un mediocampo legendario. Argentina había logrado reunir a las dos máximas estrellas de su fútbol: Diego Maradona como director de orquesta y Lionel Messi como primer violín. Con nuestra tendencia a la hipérbole, Dios Padre y Dios Hijo. Quedaba por ver en qué andaba el Espíritu Santo. La tarde en que perdimos 4-0 con Alemania, los argentinos nos volvimos ateos. El mito del eterno retorno maradoniano se derrumbó. Ya no podíamos recurrir a ÉL para que nos salve, para nos coloque nuevamente en lo más alto del fútbol competitivo. Nos habíamos quedado huérfanos del barrilete cósmico. El Diego de la Gente, el eterno 10, ya había cumplido con creces sus servicios a la patria futbolera. Había llegado el momento de descanso para el héroe. Del Espíritu Santo ninguna noticia. Al fútbol argentino “le había llegado la hora de enfrentar el mundo, los males, los empates, las pequeñas muertes peloteras sin la esperanza de la divinidad”. Eso dijo Martín Caparrós. No nos iba a resultar sencillo.

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2014

Aquel año fui entrando en una crisis existencial profunda. Suena a rollo kafkiano, freudiano y tal, pero era una sensación bastante concreta. Todo lo que había hecho o conocido, visto, leído o pensado aparecía ante mí en su más absoluta vacuidad. Me sentía como un grano de arena sobre la superficie irremediable del asfalto. Cada mañana me despertaba con ansiedad, la cabeza disparada imaginando los sinsentidos más inútiles. Fumaba en el balcón, miraba series de TV compulsivamente. Los Soprano, tres veces. Breaking Bad. Californication, Friends. Las tazas se acumulaban en el fregadero. No es que disfrutara del sabor a café o de la sensación del humo colándose en los pulmones, apenas lo notaba, se trataba de hacerlo, seguir la rutina. Peleas constantes con mi mujer, conmigo mismo. Estuve unos meses largos de otoño e invierno desempleado, fantaseando con irme de Madrid, huir a Buenos Aires. Ya eran diez años fuera del país. Los suficientes como para ya no ser de aquí ni de allá. Una nueva rotura de los ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Las cosas fueron de mal en peor. A mi padre le diagnosticaron alzheimer y con mi hermana temíamos que mi madre terminase hundida cuidándole. ¿Qué coño es lo que había vuelto tan complicada a la vida?

Durante toda mi infancia y juventud me había esforzado por comprender, por cultivarme intelectualmente, ¿de qué servían Platón, Nietzsche o Schopenhauer?  Después de los 30 el tiempo había corrido más deprisa. Con 38, el tiempo ya no se encontraba con obstáculos, arrasaba con todo. Los días desaparecían a la velocidad de la pólvora. Antes de suspirar, llegarían los 40. Una puta mierda. ¿Qué quiero hacer?, ¿quién quiero ser?, ¿cómo quiero vivir?, ¿lo podré lograr?, ¿qué carajo hago?

Como cada cuatro años, el Mundial. Esta vez, para los argentinos, con el morbo añadido de que la sede fuera Brasil y entonces el sueño de ver a Messi levantando la copa en el Maracaná. El juego del equipo argentino frente a los bosnios, los iraníes y los nigerianos se destacó por la falta de rumbo. A la carencia de fútbol colectivo, la suplimos con el juego individual del 10 y las veces en que frotó la lámpara de Aladino. Desde que tenía 14 años, no había visto a la selección argentina clasificarse para las semifinales de un Mundial. Luego de un empate con Holanda, el arquero argentino atajó dos tiros en la tanda de penales y pasamos a la final. El rival otra vez Alemania, que venía de meterle siete goles al anfitrión Brasil, en una de las humillaciones más duras que sufrió un seleccionado sudamericano. Argentina tuvo oportunidades de vencer al combinado germano, pero al igual que 24 años antes caímos derrotados. La urgencia de gloria quedó pospuesta. Para la memoria futbolera quedaron tres hitos: la volea pifiada del Pipa Higuaín; la mala definición de Palacio por arriba del arquero alemán y la cara desencajada de Messi al ir a recoger la medalla por el segundo puesto.

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Una mirada hacia los malestares invisibles de la vida cotidiana

Hoy por hoy se ve natural esperar a que tu hijo aprenda a escribir, puesto que es una señal de un salto cualitativo en su autonomía debido a que accede a otra forma de comprensión de códigos de la cultura para manejarse, al mismo tiempo que se ve natural vestirlo, bañarlo o «hacerle los deberes´´. Se ve natural pedirle responsabilidad al mismo tiempo que se le recoge sus cosas, así como despertarle por las mañanas o imponerle gustos en su ropa. Pero si cabe, se ve natural hoy en día que incluso después de haber superado la crianza, muchos padres y madres se sigan postulando como «padres y madres de crianza´´ de hijos ya mayores, achacando la causa a los tiempos de trabajo que éstos últimos tienen, así como a las prisas o al trajín de la vida diaria.

Frente a esto, la autonomía es un punto clave en la crianza de los hijos, pues «todo lo que un niño, niña o adolescente puede hacer, tiene que hacerlo, ya que es capaz de ello´´. Sin embargo podemos ver que hegemónicamente se postula que «todo lo que quieren, pueden conseguirlo…´´, lo cual implica que se inhabilite un espacio adulto para los padres en relación a ejercer la autoridad necesaria que pueden aplicar para ayudar a crecer a sus hijos de forma saludable y autónoma. Esto facilitaría la ausencia de sentimientos de inseguridad en los hijos además de que evitaría desgastes en las relaciones familiares cuando se es capaz de repartir responsabilidades en función de la edad. Favorecer el desarrollo de la autonomía en los niños, niñas y adolescentes, es todo un reto hoy en día en la sociedad en la que vivimos y tanto las familias como los diversos profesionales y ámbitos institucionales deberían ocuparse de este asunto con especial dedicación.

En nuestro contexto social actual observamos con frecuencia un gran deterioro de la vida cotidiana con los mayores niveles de fragmentación social jamás conocidos, en donde observamos la suplantación de las redes socio-afectivas por redes cibernéticas, que provocan una cierta precarización subjetiva y relacional.

De todo esto podemos sustraer que los procesos de un crecer saludable se ven seriamente afectados, ya que en la actualidad observamos una clara apología al cumplimiento inmediato de deseos, baja tolerancia a la frustración, desprestigio de las normas, falta de esfuerzo, dificultad adulta de poner límites adecuados, inmediatez que niega la posibilidad de procesos, etc. Todo esto a su vez dificulta el proceso de aprendizaje, quedando el desarrollo de niñas, niños y adolescentes supeditado a las promesas constantes de abastecimiento absoluto y a los efectos de la sobredosis de estimulación, lo cual hace que la capacidad de inter-reaccionar suplante a la capacidad de inter-relacionarse. Entonces como resultado tenemos en casa o en el colegio a chicos que hablan mucho, escuchan poco y piensan nada. Chicas y chicos que son el resultado de esta formación social y no de trastornos forzosos como el TDAH o de apego independiente.

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Los roles asignados a mujeres y hombres, la falta de creación de más espacios de reflexión familiar y laboral, el tiempo, las prisas, el consumismo masivo, el abuso telemático junto con el desprestigio de las normas y la indigencia de futuro, provocan un importante descoloque en la crianza de los hijos, generando malestares en la vida cotidiana que resultan paradójicamente invisibles ante nuestros ojos.

Malestares de la vida cotidiana ¿qué son?

Estos malestares se traducen en lo que llamamos Normalidad Supuesta Salud (NSS) que son aquellos malestares que la gente tiene y de los que no es consciente, puesto que no existe aparente relación entre el problema y sus causas, ya que estas últimas son «invisibles´´ y se dan de forma automática. El no poder establecer relación entre la consecuencia y la causa ya de por sí genera malestar, puesto que uno piensa que «no se siente bien con su vida en general, pero no entiende el por qué si se supone que todo lo que hace es lo correcto…´´ entonces ¿Cómo podemos leer estos malestares de la vida cotidiana? ¿Estas causas que parecen invisibles? Veamos definición y algunos ejemplos:

«Los Malestares De la Vida Cotidiana son aquellos que la gente sufre y que habitualmente no analiza ni cuestiona porque los considera normales. Aquellos que no generan demanda explícita, no tienen un interlocutor profesional válido, engrosan la cultura de la queja y para los cuales no existe un campo de intervención especifico; brindándose las respuestas habituales desde enfoques terapéuticos-asistenciales que, o bien tienden a medicalizarlos, psiquiatrizarlos o categorizarlos como pertenecientes a grupos de riesgo social; o bien a incluirlos en acciones preventivas inespecíficas, quedando la mayor parte de las veces en tierra de nadie… Estos implican grados importantes de consenso social y mantienen unida a una sociedad en el plano de la subjetividad colectiva, y a pesar de ir en contra de procesos saludables, perduran y se mantienen por su aparente normalidad´´.

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Cuando hablamos de NSS hacemos referencia a un conjunto de malestares que genera nuestra sociedad y que se expresan a través de conductas individuales pero que realmente trascienden lo individual. Mirtha Cucco (2006, p.32) los define como sigue:

 Os pongo algunos ejemplos de NSS:

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«Cuando preguntamos ¿Qué es ser buena madre? Se suele responder: «pues… la que se desvive por sus hijos´´, «la que ama sin medida´´, «la que lo da todo´´; y sin embargo, desde lo saludable se podría pensar que tener un hijo o una hija no significa tener menos vida («desvivirse´´), no implica no poner límites («sin medida´´), ni tampoco un grado de abastecimiento absoluto («darlo todo´´). Pero en realidad, ¿Qué es lo que queda valorizado desde el imaginario social? ¿Qué consecuencias acarrean en la salud estas dependencias?

 

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« ¿Qué es ser un buen padre? El que siempre es fuerte, está presente y además es buen trabajador porque nunca se cansa. Sin embargo parece que la problemática del hombre es silenciosa, ya que el peso del trabajo  aparenta invisible. El hombre no puede entrar en contacto con sus emociones, no cuida su cuerpo y no va al médico, forzando su capacidad porque él puede con todo. Todo esto es así para que sea un trabajador eficaz, y como es un peso que «no se ve´´, entonces no se habla de ello.´´

 

La construcción de la subjetividad en una formación social determinada depende del contexto socio-histórico en el que se dé, determinando qué es lo que está bien o está mal y la manera en la que el sujeto debe formarse en función de las herramientas sociales de las que dispone.

Este contexto socio-histórico va formando un imaginario social, pero ¿qué es eso de imaginario social? Pues bien, se trata de todas aquellas características, comportamientos, sentimientos y pensamientos que un individuo debe cumplir para formar parte de la sociedad «ideal´´ a la que pertenece. Por ejemplo: dentro de nuestro imaginario social existe tanto un componente material como otro imaginario; así, un billete de 500€ y un folio son papel igualmente, pero para la sociedad el billete es valioso mientras que el folio no lo es…; por ello el imaginario social hace referencia a un consenso social que define lo que es un billete y que además tiene valor, diferenciándolo de lo que no lo es. Se trata de una significación imaginaria social que también se transmite en ¿Qué es ser un buen profesor, una buena persona o una familia feliz? Al tratarse de imaginarios invisibles y consensuados, se convierten en automáticos en nuestros comportamientos, generando malestares significativos sin aparente causa.

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Así, todo sistema social busca la construcción de un sujeto ideológico buscado para que la sociedad pueda funcionar. Realmente esto no es ni bueno ni malo, sino que se trata más bien de guiones de comportamiento que hacen que la sociedad encaje y se perpetúe. La cuestión radica en que existen constantes contradicciones en los padres cuando se trata de construir sus vidas y criar a sus hijos, pues surgen sentimientos de malestar y de estar confundidos cuando creen que todo lo están haciendo bien. Esto refleja con claridad que no son capaces de establecer relación entre los guiones de NSS (que aparentan ser comportamientos correctos) y el malestar que padecen, debido a que da la sensación de que no existe relación entre causas-consecuencias/guiones-malestares/bien hecho-malos resultados.

Esto lo podemos ver reflejado en quejas como:

«Vengo a que me den una fórmula para que mis hijos me obedezcan´´.

«Necesito solucionar el desasosiego familiar, todos los días mi casa es una batalla campal´´.

«Quiero ayudarles a crecer y que se sientan seguros, pero… con las prisas cotidianas te pasas corriendo todo el día y esto me agobia´´.

«Tiene 13 años, es pura rebeldía y confrontación, no sé qué hacer´´.

«Estamos siempre en tensión, me gustaría encontrar una manera de reírnos más y poder disfrutarnos, pues siempre estamos centrados en los problemas del día a día´´.

 

¿Qué les pedimos a nuestros hij@s y qué les brindamos como sociedad?

Les pedimos que sean creativos e inteligentes, pero les ofrecemos un constante bombardeo de imágenes y publicidades que anulan su capacidad de pensar.

Deseamos que quieran aprender y sean curiosos, pero los entregamos a una sobre-información que ni si quiera son capaces de procesar.

Nos encantaría que fueran buenos estudiantes, pero les llenamos la vida y el tiempo con una educación vana y vacía.

Les requerimos que sean sanos, pero les deslumbramos con una gran variedad de alimentos y productos nocivos.

Les demandamos estabilidad, pero promovemos la evasión y el cumplimiento inmediato de deseos, valorando los resultados pero no los procesos.

Les exigimos que sean buenas personas, pero los entregamos a un mundo competitivo y frívolo.

Les pedimos que piensen en su futuro, pero les ofrecemos un mundo sin lugar para sus proyectos ni para ellos mismos.

Tanto los chicos como las chicas tomamos las herramientas y recursos que tenemos a nuestro alcance para desenvolvernos en la vida y así construirnos, por ello es importante que trabajemos desde el primer momento para poner a su alcance todo aquello que necesiten para crecer de forma saludable.

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Cuando hablamos de la crianza de un hijo, nos viene a la mente que se trata de una ardua tarea repleta de aventuras, retos y complicaciones. En la mayoría de los casos, tanto los padres como las madres se aquejan de estar desconcertados y repletos de contradicciones cuando se plantean el modo en el que crían a sus hijos en su vida cotidiana. Se escuchan afirmaciones del tipo: «es que los niños de hoy en día vienen muy resabidos, y como todo depende de cómo los eduques… pues pueden acabar siendo un claro reflejo de sus padres´´ o «es que mira como manda hoy este enano, cuando antes no decía ni mu… a mí me bastaba con una mirada de mi padre para callarme…´´. Entonces nos planteamos ¿Es que vienen así los niños? ¿Es cuestión de la educación? ¿Qué papel juegan los vínculos con los padres en la crianza? ¿Influyen de alguna manera las nuevas tecnologías, los nuevos espacios o los tiempos del trajín cotidiano? Es cierto que los padres emprenden la crianza y educación de sus hijos con esperanzas e ilusión, pero tras estas realidades existen desbordamientos, sentimientos de peso y agobio ante algunas situaciones de la vida cotidiana. Sin embargo no siempre se es consciente de la necesidad de tener un espacio para trabajar estas cuestiones tan delicadas. Por ello la idea de crear escuelas para madres y padres surge como medio para cubrir esta necesidad tan importante y a su vez tan invisible. Hasta ahora no ha existido un lugar específico en donde enseñen a los padres cómo criar de forma saludable a sus hijos.

Aquí os dejo un enlace de un vídeo que ilustra bien la realidad social del proceso de crianza desde un análisis crítico: https://vimeo.com/147444073

 

¿Por qué una escuela para padres y madres?

En esta sociedad actual, el proceso de crecer está afectado tanto por el concepto que se tiene de ello como por la manera de llevarlo a cabo. En referencia al concepto, nos preguntamos ¿Qué es lo que más desea una madre o un padre para sus hijos e hijas? Y las respuestas que solemos encontrar con más frecuencia suelen ser: «que sea feliz, que esté sano, que estudie y sea responsable, que tenga recursos para poder vivir bien…´´, pero realmente ¿Qué es ser feliz, sano o responsable? ¿Qué hay que hacer para conseguir esto? ¿Guarda alguna relación la autonomía (la cual no se suele nombrar) con el ser feliz?

Cuando un ser humano nace, llega al mundo como un cachorro «indefenso´´ que presenta un conjunto de necesidades que tienen que ser satisfechas por los adultos primordiales, y esto se consigue desde un vinculo que siempre estará marcado por los mandatos sociales (serás una buena madre si… serás un buen padre si…). Pionera en una posible educación desde una escuela para madres y padres, Mirtha Cucco (en Rebollar, 2003, p.81) afirmó que dentro de este contexto de vinculación primaria, es mejor caracterizar el proceso de crecer como  «un camino de sucesivos desprendimientos hacia la autonomía desde cada nueva adquisición´´, en donde los limites son los principales protagonistas dentro de este progreso ya que permiten operativizar dichos desprendimientos.

Estos límites, desde una sana autoridad por parte de los padres, permitirán la construcción de un sujeto separado, autónomo y a su vez intrínsecamente relacionado con los demás, puesto que la humanización implica vínculo, sostén y además desprendimientos sucesivos, que se dan desde un acto generoso por parte de los padres de irse retirando para que el otro «sea´´. Por tanto esta capacidad de «ser feliz´´ que comentábamos anteriormente, va más allá de lo idealizado, teniendo que ver con el logro de grados de autonomía que permitan encontrar y sostener el sentido de la vida.

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La escuela para padres y madres pretende crear un espacio en donde los adultos puedan juntarse para cuestionar si se encuentran en espacios de NSS y ver qué guiones o significados imaginarios emplean en su vida cotidiana. De esta manera pueden concienciarse y desatarlos tomando distancia, teniendo la posibilidad de elegir otro modo de proceder en la crianza de sus hijos. Así, en este espacio se trata de encontrar el lugar que tienen que ocupar los padres para que les indiquen a sus hijos su lugar, en donde puedan aprender a satisfacer todas sus necesidades partiendo desde un modelo de autonomía.

Los recursos que se emplean es estas escuelas permiten hacer visibles los malestares que parecen invisibles, y todo aquello que se pueda ver, podrá ser modificado, ya que los malestares realmente están presentes y se «ven´´, mientras que los comportamientos o guiones de vida que llevamos a cabo de forma automática «no se ven´´. Con esta escuela se aprende a establecer relaciones entre malestares de la vida cotidiana y guiones de comportamiento social, a través de la Critica de la vida cotidiana que permite una interpelación seria y rigurosa de aquello que por cotidiano nos parece conocido pero que sin embargo desapercibimos. De este modo se trabaja por la superación de disociaciones paralizantes entre lo social y lo individual desde una reconstrucción socio-histórica de la subjetividad.

Por ello surgen nuevos espacios grupales de reflexión que permiten interpelar aquello que, siendo normalizado, invisibiliza lo saludable, generando malestares. Y el modo en que se pueden analizar dichos malestares se consigue a través del Diagnóstico de indicadores de población que son caracterizaciones y sistematizaciones de «trocitos´´ de ese Imaginario Social que se cristalizan en comportamientos concretos de la vida cotidiana. Es decir, se trata de hacer un análisis exhaustivo de  Indicadores de Realidad que desde una referencia teórica permite su categorización. Como la NSS compromete a toda la población, es imposible psiquiatrizarla a toda ella, por esto surge este tipo de intervención socio-comunitaria mediante grupos formativos en Escuelas para padres y madres. Y de todo esto podemos finalmente obtener una profunda transformación social que dé como fruto una crianza saludable a los hijos.

Referencias bibliográficas:

  • Cucco, Mirtha (2013). Escuela para madres y padres. Una propuesta de transformación social. Nuevos Editores. Madrid, España.