Memoria de los Mundiales (I)

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria. La arbitrariedad de los cuatrienios en una misma alfombra de tiempo.

Vaya por delante que a mí siempre me ha gustado mucho el fútbol, por épocas me ha apasionado. Durante la pubertad, asistí a una escuela de fútbol dirigida por un ex jugador de Independiente y a partir de allí siempre con ganas de jugar. En la primera infancia, es cierto, el fútbol no me interesaba. Tampoco venía en el pack de la cultura familiar. Mi padre no estuvo nunca en un estadio, ni gritó un gol, jamás jugamos a los pases en la plaza. Ni nos sentábamos a mirar las mejores jugadas de la fecha.

A mi viejo lo que le gustaba era leer. Llama a la puerta la vieja cantinela del fútbol y los intelectuales. Muchos de ellos lo desprecian y no entienden la excitación que despierta en las masas. Otros prefieren catalogarlo como un fenómeno propio de la sociedad del entretenimiento. Para éstos, el Mundial de Fútbol no es más que un espectáculo regido por las leyes de la mercadotecnia. Otros más románticos lo han definido como la máquina más aceitada de ficciones y entre ellas la de que todo un país se encuentra unido, más allá de sus clases sociales o conflictos internos, en torno a su seleccionado nacional.

También hay filósofos, pensadores, escritores, pro fútbol. Éstos suelen ser los peores, los más políticamente correctos y demagogos. Se salvan de la quema, los que antes de escribir sobre fútbol, lo practicaron.

En este junio de 2018 estoy viviendo mi undécimo Campeonato de la Fifa. Para los más despistados, Fifa es la organización internacional que gestiona el fútbol a nivel planetario. Lo que allí ordena y manda es el dinero, no la pelota. Han salido a la conquista del Este y todo indica que van con viento en popa. El negocio es boyante.

Mundiales

1978

Dos años. No tengo recuerdos directos. El Mundial se hizo en Argentina. Había una dictadura maldita. El seleccionado argentino se hizo con el triunfo final ante Holanda en medio de sospechas de partidos amañados. Los festejos, dicen hoy los organismos de derechos humanos, se entremezclaron con los gritos de dolor de los torturados y con el silencio de los desaparecidos. El ídolo fue Kempes, el Matador. Según me ha contado mi mamá, yo era un niño tranquilo criado entre personas mayores. Faltaba un año para que naciera mi hermana. Una tarde, según testimonio materno, descubrí la agresión. Tuve que enfrentarme a la superioridad física de un primo bastante más fuerte. Caí derrotado sin paliativos. A finales de los 70 no se hablaba de bullying. En un rapto de nostalgia, se podría agregar que el tiempo pasaba más lento. Mentira.

Kempes

1982

Seis años. Por cuestiones laborales de mi padre, nos trasladamos a vivir al norte del país. Salta, su ciudad natal. Anécdotas que reflejan mi extrañeza por ser el que llegó de la capital. Los porteños hablamos distinto, vestimos de otra forma, somos suaves de modales, «amariconados», según dijo uno, y soberbios. La guerra de las Malvinas. Las familias argentinas tejiendo medias de lana para los soldados. Colectas de tabletas de chocolate. El mundial se jugó en España. Todavía no me gustaba el fútbol pero en la pared de mi habitación puse una pegatina del Naranjito.

1986

Diez años. Mi abuelo salteño murió el día del padre, tercer domingo de junio. Me impresionó ver por primera vez llorando a mi papá. El mundial de México fue después de un terremoto en el DF. Maradona, Maradona y más Maradona. La mano de Dios. El gol imposible a los ingleses. ¿Revancha de la Guerra del Atlántico Sur? Las calles de la ciudad fueron una fiesta. El que no saltaba, era inglés. Esta vez, sin dictadura Argentina campeón. La película Héroes con Valeria Lynch cantando  “me das cada día más…alegría por el modo que tienes de amar…”. En un cuaderno Rivadavia de tapas duras, me dediqué a pegar recortes de revistas deportivas en las que aparecía Maradona. El fanatismo por el legendario 10, me condujo al acopio de imágenes. Diego posando junto a una Ferrari Testarossa pintada de negro, en una bañera llena de espuma, levantando la copa en el estadio Azteca, con un tapado de zorro en el aeropuerto Fiumicino. Saludando al Papa con sus rulos inflados.

1986-arg-maradona-cup

1990

Catorce años. Zapatillas blancas deportivas, colores flúor y estampados. Jogging de papel. Yo quería ser skater, pero sobre todo tener unas Reebok Classic, unas Nike Air Max o unas New Balance. La masturbación ocupaba una buena parte de mi tiempo. Frente al espejo del baño me explotaba los granos de la frente. Primer mundial reunido con los amigos del colegio. Maradona manteniendo la pelota en el aire a golpe de hombro antes de que Argentina, la vigente campeona, perdiese el partido inaugural contra Camerún. Maradona llorando en la final luego de la derrota ante la Alemania eficaz del máquina-total Lothar Matthäus. Aquel invierno, verano en Italia ’90, todos escuchábamos música techno. La variante house retumbaba en los parlantes de los boliches con onda. Lo más divertido era estar en la calle por la noche. Alejarse un poco del barrio para hacer excursiones urbanas.

1994

Dieciocho años. Con la aguja de tejer de mi abuela intentaba rascarme la pierna derecha escayolada. Mi primera gran lesión jugando: rotura de ligamento cruzado anterior. Me operó un tal Muguruza. Experto en poner caderas ortopédicas a las ancianas. La cicatriz en la rodilla derecha es aún hoy muy visible. Los amigos del cole vinieron a casa durante el mundial, como en el 90. Lo de las muletas era un incordio. Se me acalambraba la pierna de apoyo. La mayoría de nosotros teníamos el pelo largo, algunos, lo llevábamos grasiento. Durante la convalecencia, engordé 12 kilos. Era el último año de la secundaria y nos creíamos muy audaces. Los héroes del vino en tetrabrik. Yo parecía un Jim Morrison gordo. Aunque me han dicho cosas aún peores. No paraba de ir a recitales e intentaba curtir la contracultura rock. Una ingenuidad tierna, preciosa. El seleccionado albiceleste comenzó el mundial con todo. En el partido contra Grecia, Maradona, 34 años, hizo el tercer gol clavándola al ángulo. Luego llegaría el trágico control antidopaje y la detección de efedrina, un estimulante prohibido. Suspendido de la competición el Pelusa, terminamos el mundial llorando y viendo como en Estados Unidos fue Brasil la selección que levantó la copa.

1998

Veintidós años. Mi primer mundial con novia en serio. Argentina se enfrentó otra vez a los ingleses que buscaban revancha desde el Mundial del 86. Ganamos el partido por penales, lo cual es bastante similar a tener una amante por correspondencia o comer chocolate sin azúcar. Los puntos valen igual, pero no es lo mismo. Nos dejó afuera Holanda. Corría el minuto 89 de partido, cuando Bergkamp hizo un gran control y definió con displicencia. Como un cirujano bisturí en mano. Por aquellos meses, estaba en la mitad de mi carrera de abogacía. Muy diletante, disperso. Vago culposo. Lector compulsivo. Con ganas de viajar. Jugaba al fútbol los fines de semana. El campeonato del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, el legendario G.E.B.A., rodeado de los bosques de Palermo, ganando y perdiendo partidos, pateando con los amigos. Tardes inolvidables, antes de que se acabará el siglo. La vida es buena.

Baires

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre en mi vida. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España…

CONTINUARÁ

Música al final de la vida

Puede que hoy comience con una pregunta algo incómoda. ¿Has acompañado alguna vez a un ser querido en su último tramo de vida, o te has parado a imaginar cómo te gustaría vivir esos últimos momentos? Vivimos en una sociedad que evita la muerte, que mira hacia otro lado, cuando realmente es la única certeza que tenemos cuando llegamos a este mundo. Al igual que nos acompaña durante toda nuestra existencia, la música puede ser también una compañera que nos ayude a integrar lo vivido y a despedirnos desde una actitud de aceptación y serenidad.

 

La serenidad que da integrar lo vivido

 

Musicoterapia y cuidados paliativos

 

Si bien a nivel histórico, en muchas culturas ha sido habitual el uso de la música para acompañar el momento de la muerte, en nuestra sociedad esta práctica ha adquirido nuevo significado a partir del desarrollo de los cuidados paliativos en los países anglosajones desde la década de 1960 y 1970. Los primeros musicoterapeutas comenzaron a aplicar distintas formas de acompañar que comenzaron a ser sistematizadas a partir de la década de 1990. Los principios que han guiado esta aplicación de la música en el acompañamiento durante los últimos días han sido:

  • Potenciar las relaciones interpersonales de la persona moribunda.
  • Aumentar su autoestima a través de la autorrealización derivada de la expresión libre.
  • Emplear el ritmo para estimular la participación y facilitar el orden en un momento de posible caos.

 

 

¿Qué abordajes se puede emplear con personas al final de la vida?

 

Para facilitar el modo en que podemos aproximarnos a una persona en esta etapa, se suele hablar de cuatro tipos de técnicas de musicoterapia:

  • Receptivas: dado el deterioro de la persona, puede que sea difícil su participación activa, y por ello se recurre a la escucha de música con un significado o intención especial.
  • Creativas: hacen referencia a la composición de nuevas canciones o piezas musicales, con o sin letra, o a la improvisación libre, con voz o instrumentos.
  • Recreativas: engloba la interpretación de música ya conocida para la persona, ya sea con instrumentos o con la voz.
  • Combinadas: implican la fusión de la música con otras modalidades artísticas, como el movimiento, el arte o el teatro.

 

La música como expresión de lo vivido

 

¿Qué influencia puede tener escuchar música en esta etapa final?

 

Cuando se pide a una persona que elija una canción, entra en juego su memoria autobiográfica, con los significados y emociones que aflorarán durante su escucha. Posteriormente, el procesamiento verbal puede ayudarle a descubrir nuevos significados o asociaciones, a poner de manifiesto ciertos bloqueos emocionales, o a lograr una comprensión profunda de hechos pasados. También puede hacerse un análisis de la letra, si realmente tiene sentido para la persona, de modo que pueda tener una nueva oportunidad de adentrarse en su mundo de significados para lograr una integración de lo vivido.

Llevar a cabo una revisión de la música importante para la persona puede ayudar a identificar varios periodos de su vida con el fin de estimular el debate sobre su historia vital. El ensamblaje de esta música representativa de sucesos o momentos vitales importantes se denomina biografía musical.

Otra técnica receptiva es el arrastre, que consiste en que la ejecución de cierta música por parte del musicoterapeuta con el fin de modificar parámetros fisiológicos de la persona. Suele emplearse para calmar una respiración o pulso agitados. Se comienza siguiendo la frecuencia cardiaca, y de forma gradual el ritmo musical se va enlenteciendo, de modo que el pulso y la respiración se ajustan.

Una tercera opción de música receptiva es el empleo de la visualización a partir de la música proporcionada por el terapeuta, ya sea en vivo o grabada. Esta técnica es muy potente para transitar por el contenido inconsciente y emocional de la persona.

 

¿Cómo ayuda la creación musical a integrar lo vivido?

 

La composición de canciones es una técnica muy importante y efectiva en cuidados paliativos. ¿Qué puede conseguir?

  • Ofrece a la persona la oportunidad de expresarse de forma creativa a través de las palabras y la música.
  • Puede percibirse como una forma menos amenazante de desarrollar una narrativa sobre aspectos de la propia vida.
  • Puede estimular la expresión de pensamientos y sentimientos.
  • Facilita el bienestar físico y social.
  • Valida de forma verbal y musical la expresión emocional.
  • Puede potenciar la autoestima.

 

La improvisación musical puede ser realizada por el musicoterapeuta y la persona en situación de últimos días de forma individual o conjunta. El terapeuta presta apoyo, ofrece un reflejo y estímulo de la expresión de la persona por medio de la música, con menor peso del procesamiento verbal.

 

 

Cada vez se integran más estos enfoques también en los cuidados paliativos pediátricos, aún con necesidad de gran desarrollo en nuestro país.

 

 

La dedicatoria de canciones consiste en la elección o composición de una canción por parte de la persona con el fin de expresar un pensamiento, sensación, o sentimiento hacia otra persona, lo que puede ayudar a integrar aspectos vividos con la misma. La creación de legados musicales puede facilitar el proceso de duelo en las personas cercanas una vez que su recorrido vital haya finalizado.

 

¿Qué evidencias respaldan el uso de musicoterapia en cuidados paliativos?

 

Cada día, la labor del musicoterapeuta está más contemplada dentro de los equipos de profesionales de cuidados paliativos. Entre los efectos derivados del uso de la música en este ámbito, se encuentran:

  • Reducción del sufrimiento emocional (ansiedad, ira, depresión y miedo).
  • Disminución de los sentimientos de soledad y de aislamiento social.
  • Mejoría en la percepción del bienestar físico, dolor y relajación.
  • Atención al componente espiritual y trascendental de la persona.
  • Mejora en ciertos parámetros físicos (frecuencia cardiaca y respiratoria, tensión arterial).

 

 

A modo de conclusión, me nace comparar la vida con una canción, a veces con un comienzo delicado, otras intenso, un desarrollo que hace llegar al estribillo, ese sentido que nos impulsa a seguir viviendo y dando significado a lo vivido, para llegar a un desenlace, a esos acordes relativos a cadencias que permiten vislumbrar un final cercano, al cual nos podemos resistir y seguir creyendo que nuestra canción es eterna, o bien permitirnos el deslizamiento entre esa sucesión sutil de notas que nos facilitan soltar creencias, apegos, resentimientos, para quedarnos con la inmensidad y eternidad que supone liberarse de todo para vivir ese momento, único e irrepetible, del adiós.

 

Referencias bibliográficas

  • Clements-Cortés, Amy. (2016). Development and efficacy of music therapy techniques within palliative care. Complementary Therapies in Clinical Practice, 23, 125-129.
  • Planas Domingo, José; Escudé Matamoros, Núria; Farriols Danés, Cristina; Villar Abelló, Helena; Mercadé Carranza, Jordi; Ruiz Ripoll, Ada I.; Mojal García, Sergi; Rossetti, Andrew. (2015). Effectiveness of music therapy in advanced cancer patients admitted to a palliative care unit: a non-randomized controlled, clinical trial. Music & Medicine, 7, 1, 23-31.

 

Nietzsche, Dioniso y la vida como obra de arte

En la primavera de 1869 Friedrich Nietzsche se instala en Suiza para ocupar su plaza como catedrático de filología clásica en la antigua Universidad de Basilea. Tiene sólo veinticuatro años pero ya le avala su título de doctor por la Universidad de Leipzig y una cierta reputación como joven promesa del mundo académico. Sin embargo, a él no parece preocuparle el prestigio que otorgan los puestos docentes ni la fama que acompaña a los más veteranos. Algo sin nombre está creciendo dentro de él, mientras los días transcurren entre lecturas de Schopenhauer y visitas a su amigo el compositor Richard Wagner en Triesbschen, a orillas del Lago Lucerna.

xfriedrich-nietzsche-750x410-jpg-pagespeed-ic-_z_-cb6amt

Durante el invierno de 1870,  y mientras prepara su libro sobre la tragedia griega, escribe una carta a su amigo Rhode en la que le confiesa que no tiene ninguna ambición literaria, que no necesita adherirse a ningún patrón dominante y agrega “ciencia, arte y filosofía crecen ahora tan juntos dentro de mí, que en todo caso pariré centauros”.

El primer centauro que saldrá de las entrañas de Nietzsche, vendrá precedido de contratiempos y tempestades. La salud del filósofo empeoró considerablemente y empezó a experimentar episodios de depresión aguda seguidos de momentos de exaltación maniática.

Alejado temporalmente de la vida universitaria, se irán borrando para él las fronteras que dividen al pensamiento de la poesía, a la filosofía de la filología y al arte de la existencia.

Se va acabando el año 1871, cuando aparece la publicación de su primera obra El nacimiento de la tragedia. Al silencio indiferente de sus colegas filólogos, le siguió la franca hostilidad de algunos de ellos e incluso la de su maestro Ritschl que consideró al escrito una ingeniosa borrachera y resultado de la megalomanía.

Lo que estaba llamado, en principio, a ser un tratado exclusivo para especialistas de la cultura helénica, se convirtió en la carta de presentación de un pensador potente, vital e intempestivo.

Nietzsche nos ofrece una nueva visión del mundo y lo hace a partir de una vivencia personal porque pondrá en juego su intuición y experiencia de la vida y de la muerte. Ambas son, en realidad, una y en este sentido afirmar la generación es recíprocamente afirmar la destrucción. Si nos vamos al terreno del arte, vemos que el combustible del que se alimenta la creación es lo dionisiaco. Todo el desarrollo del arte aparece ligado a la duplicidad de lo dionisiaco y lo apolineo, de igual manera que la reproducción depende de la dualidad de los sexos.

Con Dioniso y Apolo, el mundo griego nos legó una antítesis primordial, fundamental, ya que ambas divinidades marchan una al lado de la otra pero lo hacen en abierta discordia y excitándose mutuamente para parir frutos nuevos y cada vez más fuertes.

Mientras que lo apolineo puede identificarse con el sueño, aquel en el que por primera vez, según Lucrecio, se presentaron ante las almas de los hombres las figuras de los dioses; lo dionisiaco puede identificarse con la embriaguez.

 

dioniso


Apoderarnos de nuestra vida, proclamar la soberanía sobre esa fuente eterna que produce individuaciones sin cesar y que al producirlas se desgarra a sí misma
. Porque nadie dijo, y mucho menos Nietzsche, que se tratara de coser y cantar. La vida es dolor y sufrimiento porque para brotar debe quedar despedazado lo Uno que está en el origen o el Todo del que formamos parte, pero la vida también tiende a salir del dolor y reintegrarse en la unidad perdida.

Asumir el carácter trágico de la vida, supone celebrarla y embriagarnos de ella. No temer constantemente a la muerte porque, en última instancia, no es otra cosa que el reencuentro con el origen. Morir no es desaparecer sino reintegrarse en el ciclo perpetuo de la vida. La aniquilación de nuestra individualidad es la condición necesaria de nueva vida. Darse cuenta de esto, tomar conciencia de la vida y de la muerte es, en términos nietzscheanos, pensar trágicamente.

Abrazar lo dionisiaco es una forma de intuir la unidad de todas las cosas pero también su necesaria separación.

En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche extiende el concepto de lo bello hasta confundirlo con la propia justificación de la existencia del mundo.

El mundo podría no existir, no es necesario que exista pero en esa gratuidad de su existencia se encuentra la verdad de lo que es la vida, de lo que acontece.

No importa aquí desvelar el mecanismo de la vida, sus funciones o razones, lo que vale es la vida misma: lo bello.

La embriaguez dionisiaca es apretura a lo bello, a lo vital. Lo que Nietzsche llama VOLUNTAD: esa fuerza motriz inefable, aquello que se incrementa en su ser, lo que sólo elevándose se sostiene.

Se trata de encontrarse yendo más allá de uno. Trascenderse como mismidad. Expandirse siendo. Será en esta trascendencia donde podamos recogernos en nuestra propia esencia.

En Nietzsche encontramos una antropodicea, una justificación de la vida como obra de arte cuyo artista es el ser humano. Por ello no puede darse una captación del ser que sea  racional o teórica, sino una captación artística.

El artista de la vida no busca hacer o producir algo, más bien transformar.

Hay que filosofar con el martillo, decía Nietzsche, no para romper sino para desechar lo que no es sólido pero sólido no es lo fijo, sino es lo que se transforma.

Abriéndonos a lo que no es, creamos y jugamos. Nos vuelve a estremecer la potencia artística de nuestra naturaleza y se resquebraja un mundo que se nos ha vuelto extraño.

Hay que abrir nuevos espacios, explorar otras posibilidades para que la vida se diga a sí misma.

La vida como obra de arte y nosotros sus artistas. La auto poiesis por la que yo mismo me creo dándole un rostro a lo que la vida quiere de mí.

Estamos todos invitados al festín de Dioniso, que no es otro que el de nuestra propia vida.

Cantemos, ríemos, bailemos, levantemos nuestros corazones. Ya casi estamos a punto de volar porque:

Bajo la magia de lo dionsíaco no sólo se renueva la alianza entre los seres humanos: también la naturaleza enajenada, hostil o subyugada celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre.

Tenemos en Nietzsche a un aliado, un amigo poeta y filósofo que celebra la vida.

Neurobiología de la honestidad II

Algunas preguntas para entrar en calor: ¿Te imaginas una persona que pasa sus días siendo deshonesta con ella misma, alguien que diariamente acudiera a un puesto de trabajo que no le llena, que compartiese espacio con una pareja a la que no ama o simplemente una persona que trata de esconder a los demás aquello que es, piensa o siente? ¿Te imaginas cómo sería un planeta repleto de personas deshonestas? Seguramente sus habitantes sufrirían accidentes de tráfico paranormales, tendrían profesores insensibles con perfil psicópata y las personas se jugarían el pellejo sin ton ni son. Menos mas que esto es ciencia ficción (aquí puedes encontrar la primera parte del artículo).

Accidentes de tráfico paranormales 

El científico Anthony Greenwald cita textualmente en un artículo publicado en los años 80 una serie de experiencias “paranormales” vividas por personas que habían sufrido un accidente de tráfico. La policía recogió en sus declaraciones la aparición misteriosa y repentina de una señal de stop o un poste de teléfono volador que se aproximaba a toda velocidad a la conductora sin que esta pudiera evitar la colisión. Ninguno de ellos había bebido o consumido sustancia alucinógena alguna, y además la segunda declaración corresponde a una profesora de literatura de renombre. Evidentemente, el equipo de atestados no requirió la ayuda de Iker Jimenez para aclarar los hechos. ¿Por qué personas sanas reaccionamos de esta forma?

stop-1207069_640

Aunque pueda sorprendernos la respuesta, este comportamiento está íntimamente relacionado con las características de nuestra memoria. Bajo circunstancias en las que todo transcurre muy rápido o son de una intensidad considerable, como en un accidente de tráfico, nuestra memoria patina e inventa una historia que abofetea la realidad. Para sorpresa de muchos, la corteza cingulada anterior (nuestro detector de honestidad que funciona como un rociador de hormonas anti-incendio) no interpreta acto deshonesto alguno, por lo que nuestro corazón se queda tranquilito y no hay ni rastro de cortisol o testosterona en el torrente sanguíneo. ¿Y esto porqué?

Esto ocurre porque nuestro organismo tiene una idea de honestidad muy diferente a nosotros. La honestidad no tiene mucho que ver con los demás, o con la verdad, sino con uno mismo. Podemos estar contándole a un policía con todo lujo de detalles que el poste de teléfono vino volando hacia nosotros (me encantaría haber visto el rostro del agente) mientras nuestro detector de honestidad duerme la siesta. En otras palabras, cuando nuestra memoria es coherente con la versión que lanzamos al mundo el organismo no detecta deshonestidad alguna a pesar de que lo que contemos sea «mentira». Por lo tanto, la honestidad para nuestro organismo no parece tener mucho que ver con la verdad.

 

Profesores insensibles con perfil de psicópata

Para conocer un poco más qué es la honestidad para el organismo, viajemos a nuestra época de estudiantes con nuestra máquina del tiempo cerebral. Estamos en la cantina de la universidad, con el sol de julio aún algo tímido, celebrando el final de exámenes tras recibir la última calificación que nos faltaba por saber. Suele ser habitual que parte del grupo de compañeros que han suspendido se muestren como víctimas de una injusticia, damnificados por un examen que salió despedido de la mente de un psicópata, mientras los que han aprobado mantienen la boca cerrada. Esta experiencia, que se repetía año tras año durante mi etapa de estudiante, coincide curiosamente con los resultados obtenidos por Robert Arkin y su equipo de investigadores de la Universidad de Ohio los cuales señalan que, ante un suspenso, tendemos a ver al profesor como un insensible lejos de asumir nuestro error. ¿Esto es honesto o no?

 

university-105709_1280

 

Para nosotros todo puede ser cuestionable. Con mucho menos montamos programas televisivos o iniciamos interminables debates, pero menos mal que la honestidad no es una batalla mental o intelectual. Independientemente de nuestra opinión, es nuestro detector de honestidad el que toma las decisiones, y él tiene muy claro lo que es un acto deshonesto y lo que no (imagino a una corteza cingulada anterior reflexionando horas y horas acerca de si algo es honesto mientras el organismo se encuentra en serios apuros). El alumno que pone “verde” al profesor comienza a percibir en su organismo síntomas fisiológicos deshonestos. Empieza la fiesta del cortisol y la testosterona aumentando en la presión arterial, el ritmo cardiaco, la frecuencia respiratoria, la temperatura y experimenta una pérdida de empatía con el mundo.

Estas y otras investigaciones dejan entrever un mecanismo muy humano que tiene mucha guasa: achacamos nuestros éxitos a nuestro buen hacer y vemos los fracasos como fruto de la injusticia o de la “mala suerte”. Pero la cosa tiene más delito (ahora viene un punto que me encanta). Cuando se trata de los demás, entonces tendemos a pensar que sus logros se deben a la “buena suerte” y que el fracaso ajeno está relacionado con la falta de esfuerzo o directamente se debe a su incompetencia. Este comportamiento activa, la mayoría de veces de forma inconsciente, nuestro detector de honestidad como un martillo pilón.

 

Jugarnos el pellejo

lazybag-1512301_640

 

Nunca lo habría imaginado: la deshonestidad puede poner en peligro nuestra integridad física. Los seres humanos somos capaces de jugarnos el pellejo para mejorar la opinión que los demás tienen de nosotros, aunque sepamos que esa «mejoría» no será más que una quimera temporal. Si nuestro objetivo es conquistar a una chica o a un chico, somos capaces de conducir a gran velocidad, sufrir trastornos alimenticios, pelearnos sin motivo aparente, comenzar a fumar, beber en exceso o ingerir drogas. El investigador Mark Leavy nos aporta evidencia científica de ello. ¿Qué tanto nos aporta la deshonestidad que parecemos adictos a ella?

 

Los límites de la deshonestidad

Hagamos la mochila, añadamos un saco y tienda de campaña por si acaso, para hacer una nueva expedición. Caminando por los límites de la deshonestidad encontramos el trabajo de Dan Ariely. Junto a un buen número de colaboradores diseñaron desde el MIT un experimento que consistía en entregar a cada participante una hoja de papel con 20 ejercicios matemáticos que todos ellos sabrían resolver con un tiempo limitado de cinco minutos. Dan y su equipo sabían que, en promedio, cada persona tendría tiempo para resolver únicamente cuatro problemas. Las condiciones del estudio se completaban informando al personal que se pagaría un dólar por cada problema resuelto y que no era necesario entregarle las resoluciones como justificante. Es decir, podías no resolver ningún problema y dedicar el tiempo hurgarte la nariz, acercarte al majo de Dan y decirle que habías concluido todos los problemas y recibir veinte dólares. En palabras textuales del investigador “vimos a mucha gente haciendo un poco de trampa”. Los participantes dijeron que resolvieron siete problemas de media.

Los experimentos de Dan se corresponden con mis estudios observaciones en el Lizarrán (un restaurante español en el que cada pincho contiene un palillo y te cobran en base a los palillos que presentes). Por termino medio, cada uno de mis amigos consumió cinco o seis pinchos. Sin embargo, el 90% de ellos llevó únicamente cuatro palillos a caja. Nadie llevó uno o dos: todos hicimos un poco de trampa pero no mucha.

Estos estudios, entre otros, indican que existe un límite en nuestro detector de honestidad. Este umbral es una línea roja que no cruzamos a la ligera. Esto quiere decir que nos llevamos prestados el jabón de los hoteles o alguna toallita, evadimos impuestos cuando llevamos el coche al taller, pero la mayor parte de las personas no cogemos dinero de la caja del hotel (aunque sea poco) o robamos un coche. ¿Qué aspectos son capaces de desplazar la línea roja que marca los límites de la honestidad?

El mismo grupo de investigación diseñó un nuevo estudio que aporta unas cuantas pistas al respecto. Cuando pidieron a los participantes que antes de resolver los problemas recordaran los diez mandamientos, de repente resultaron ser todos unos santos y resolvieron menos problemas de media. Engrasando los entresijos del experimento, algo me llamó la atención: no hubo diferencia entre creyentes y ateos o entre personas que recordaron los diez mandamientos o ninguno (el autor confiesa que nadie fue capaz de recordad los diez). Sin embargo, la línea roja que marca los límites de la honestidad se vio condicionada igualmente. Evidentemente, esto no resulta exclusivo de la religión, sino que con un hipotético juramento cualquiera a la constitución, por ejemplo, puede estrechar el límite que nos separa del acto deshonesto. La moraleja podría resumirse en que el umbral de honestidad depende de nuestros pensamientos y es fácilmente manipulable por terceras personas. 

 

taxes-tax-evasion-police-handcuffs-medium

 

Se que de esto ya hemos hablado pero es que me pirra. ¿Qué opinamos cuando los que hacen «un poco de trampas» son los demás? La cosa cambia y mucho. De modo inconsciente, justificamos evadir impuestos en el taller mecánico (es tanto de esperar como encontrar un póster de una mujer en cueros), o aceptamos incluir algo cuestionable en el currículum, pero si un político o un cargo público evade impuestos o falsifica algún documento es un corrupto y merece ir a la cárcel. El rasero de la honestidad es diferente si lo aplicamos a nosotros o a los demás.

 

Neurofisiología de la honestidad

computer-tomography-62942

 

Hemos hablado y mucho del acto deshonesto, de aspectos neuronales y fisiológicos… ¿Pero qué ocurre cuando somos honestos? Estudios conjuntos entre las universidades de Hardvard y California durante cuatro años, son rotundos y esclarecedores: la honestidad reduce el estrés, ralentiza el envejecimiento celular, mejora la salud y nos hace más longevos. Estos efectos se deben a una hormona que habita los organismos honestos, la oxitocina, encargada de promover la salud, disminuir los niveles de cortisol y restablecer la tensión arterial a su curso natural.

 

Miedo a la honestidad

Muchas personas compartimos la extraña creencia de que si nos mostramos a los demás tal cual somos, haciendo uso de la honestidad, algo saldrá mal. Esta idea es el padre del cortisol y la testosterona, y para nada se corresponde con la realidad.

En los hospitales estadounidenses encontramos un buen ejemplo de ello. Alrededor de dos millones de personas se encuentran con problemas de salud graves, y cerca de cien mil pierden la vida a causa de errores médicos según los datos de un informe del Instituto de Medicina de USA (1999). Normalmente esto ocurre entre interminables jornadas laborales, donde los profesionales prescriben erróneamente un medicamento (sin caer en la cuenta de alergias o contraindicaciones entre fármacos) y realizan diagnósticos equivocados. Según el doctor Luis Rojas Marcos, quien de 1995 a 2002 dirigió el sistema sanitario neoyorkino, cuando los profesionales de la salud bajan del pedestal y exponen lo ocurrido a los pacientes con honestidad, las personas perjudicadas no sólo agradecen y aceptan sus disculpas sino que se interponen menos medidas legales por sus negligencias. En definitiva: no tenemos argumentos sólidos para temer a la honestidad, sólo alguna que otra creencia sin fundamento al respecto, y si muchos motivos para ser honestos.

 

La humanidad tiende a la honestidad

 

youth-active-jump-happy-40815

 

Para ser honestos no tenemos que esforzarnos. Cuando la cosa aprieta, o al menos eso concluyen un buen puñado de estudios científicos, los seres humanos tendemos a ser honestos incluso en situaciones en las que tenemos algo que perder. A pesar de estar en juego la propia economía de los participantes o su reputación social, muchas personas optan por la honestidad como forma de afrontar situaciones de vida complicadas. Nuestra programación genética se impone. El titular podría ser: la humanidad tiende a ser deshonesta en las cosas “poco importantes” y a ser honesta en las “importantes”.

 

El poder de la honestidad

 

man-845847_640

 

Ante la honestidad no hay creencia, hábito o red neuronal que valga. No hay excusas. Ser honestos nos convierte en organismos saludables y no por arte de magia sino por arte de ciencia. Con cada experimento, con cada línea, caemos en la cuenta de que nuestro organismo tiene una idea de honestidad muy diferente a la nuestra y llegar a este punto no tiene precio.

Este texto no pretende que nadie se haga una nueva idea acerca de la honestidad, sino que entendamos cómo ve la honestidad nuestro organismo, que aprendamos sus manías y cómo funciona, para que podamos vivir una vida en sintonía con él. Para nuestro organismo la honestidad no tiene tanto que ver con decir la verdad a los demás, más bien es un gesto de empatía con nosotros mismos.

 

Referencias

Greenwald, A.G., The totalitarian ego. American Psychology, 1980. 35: p. 603-618.

Rojas, L., Eres tu memoria: conócete a ti mismo. 2012, Barcelona: Espasa.

Arkin, R.M. and G.M. Maruyama, Attribution, affect, and college exam performance. Journal of Educational Psychology, 1979. 71: p. 85-93.

Rojas, L., La autoestima. Nuestra fuerza secreta. . 2007, Madrid: Espasa.

Leary, M.R., et al., Self-presentation in everyday interactions: Effects of target familiarity and gender composition. Journal of Personality and Social Psychology, 1994. 67(4): p. 664-673.

Ariely, D., Our buggy moral code. 2009, TED2009.

ten Brinke, L., J.J. Lee, and D.R. Carney, The physiology of (dis)honesty: does it impact health? Current Opinion in Psychology, 2015. 6: p. 177-182.

Light, K.C., K.M. Grewen, and J.A. Amico, More frequent partner hugs and higher oxytocin levels are linked to lower blood pressure and heart rate in premenopausal women. Biol Psychol, 2005. 69: p. 5–21.

Zhu, L., et al., Damage to dorsolateral prefrontal cortex affects tradeoffs between honesty and self-interest. Nature Neuroscience 2014. 17: p. 1319–1321.

Unamuno: oposición entre razón y vida

Una oposición radical

Una de las tesis principales de Unamuno que recorre Del sentimiento trágico de la vida (1913), y a la que el filósofo bilbaíno dedica especialmente la sección intermedia de dicha obra, es que la razón y el consuelo existencial (la inmortalidad del alma) son incompatibles. Unamuno ataca tanto a los defensores de la inmortalidad del alma, que pretenden hacer pasar su doctrina como racional (pasan injustificadamente del consuelo a la razón), como a los defensores del consuelo racional, que pretenden convencernos de que la razón consuela (pasan injustificadamente de la razón al consuelo).

El consuelo vital no es racional

Los abogados del alma inmortal basan su doctrina en dos pilares conceptuales: dualismo ontológico y concepto de substancia. Sin éstos la inmortalidad del alma es insostenible. Unamuno muestra cómo, haciendo uso de la razón moderna madura, la razón de Hume, esos pilares se destruyen, y con ellos la doctrina de la inmortalidad del alma. Desde la pura razón es imposible defender la inmortalidad del alma.

La razón es monista materialista. El racionalismo es materialista (o idealista; lo mismo da decir que todo es materia o todo idea) y forzosamente monista: para explicar el universo no es necesaria la hipótesis del alma. Sólo los dualismos salvan el problema al diferenciar esencialmente la conciencia individual del resto de fenómenos. Pero que la conciencia individual depende siempre del cuerpo y que cambia con él, y por tanto, se desintegrará con él, es evidente. El alma no es más que la conciencia individual en su integridad y persistencia, que cesa con la muerte del cuerpo.

La razón es fenomenista. A partir de la conciencia de que nuestra identidad persiste (dentro de ciertos limites) a través de los cambios de nuestro cuerpo llegamos a la conclusión de que el alma es sustancia. Pero de esa sustancia, de ese yo puro, no tenemos experiencia, sólo de estados de conciencia concretos. El alma es en realidad una sucesión de estados de conciencia que unificamos. La unidad de la conciencia no es sustancial, sino fenoménica.

La razón es relacional. Lo racional es siempre relacional, formal; necesita una materia irracional. La doctrina escolástica de la sustancialidad del alma es una muestra de ello: en ésta la razón, la lógica, está puesta al servicio de algo irracional, el anhelo de inmortalidad. La escolástica es abogacía y sofistería.

La razón es universalizante; es antivital. La razón es enemiga de la vida. La inteligencia tiende a la muerte. La vida es inestabilidad, individualidad. Y la razón es fijeza, universalidad. En definitiva, según Unamuno, los rasgos de la razón moderna son incompatibles la vida. ¿Y qué es vivir, si no querer vivir, querer seguir viviendo? Para Unamuno -tomando el concepto de Spinoza de conato- ser es querer seguir siendo, vivir es querer seguir viviendo, y por tanto, vivir es anhelo de inmortalidad.

La razón no consuela vitalmente

Por otro lado están los calificados por Unamuno como “racionalistas hipócritas”. Los llamados a sí mismos racionalistas humanistas, que pretenden que desde la pura razón hay motivos para vivir y consuelo para haber nacido, son hipócritas según Unamuno. La cultura humana es inútil si no hay una conciencia que la contemple, y racionalmente es evidente que dejará de haberla tarde o temprano. Unamuno señala diversas actitudes en este grupo.

Para empezar Unamuno destaca a los del odio antiteológico, los del rabioso cientificismo: los materialistas del XIX (Haeckel y compañía), que en el fondo esconden una gran desesperación. Luego están los epicúreos -el placer por el placer- y estoicos -el deber por el deber-; ambos tienen una base común: no pensar en el más allá.

También está los panteístas como Spinoza, que creen en la inmortalidad no individual. Sostener que venimos de Dios y en Dios nos disolvemos es como decir que mi conciencia individual viene de la nada y a la nada volverá. La inmortalidad no individual no consuela. Además el enfoque espinosista es un enfoque intelectualista: ¿de qué sirve definir la felicidad si no eres feliz?. En cuanto a Nietzsche, su doctrina del eterno retorno además de ridícula no consuela porque el individuo no recuerda, y sin memoria no hay continuidad de la individualidad, de la personalidad. Tanto Spinoza como Nietzsche tenían un hambre loca de inmortalidad a juicio de Unamuno.

Por otro lado están los que dicen no necesitar dicha fe: algo impensable para Unamuno; el que ha probado la fe en la inmortalidad no la pierde del todo nunca. Y todos la hemos tenido, pues cuando nacemos no tenemos noción de que nuestra vida tenga un fin; la conciencia de la muerte individual es aprendida. Y por último están los que prefieren no hablar del tema: con ello no se aquieta el pensamiento.

En definitiva, según Unamuno, la razón es desconsoladora. La ciencia (razón) como sustituta de la religión (fe) siempre ha fracasado y fracasará: satisface las necesidades intelectuales, pero contradice las afectivas/volitivas. Además, la razón es escéptica y relativista (disolvente). El triunfo de la razón es disolverse a sí misma. Verdad y necesidad son relativas. La verdad es coherencia. La necesidad absoluta no existe, siempre es condicionada. En conclusión, ni el sentimiento logra hacer del consuelo verdad, ni la razón logra hacer de la verdad consuelo.

Razón y fe: opuestas pero inseparables

Así pues, razón y fe (vida) son dos enemigos irreconciliables, según Unamuno (la vida pide inmortalidad y la razón niega los dos pilares básicos sobre los que se asiente). La inteligencia te hace desaparecer, disolverte en el mundo; la voluntad te lleva a apropiarte del mundo, a hacerlo tuyo. Sin embargo están condenadas a entenderse, pues no puede sostenerse la una sin la otra; mantienen una relación dialéctica. La fe pide ser racionalizada, hacerse comprensible (para ser transmisible para mí y para los otros, tengo que traducir lingüísticamente, racionalmente, mis anhelos), y la razón sólo puede actuar sobre lo irracional, necesita una base sobre lo que partir, sobre la que construir, pues es relacional. La razón es formal; necesita materia, contenido, que es irracional.

De ahí la imposibilidad de optar sólo por una de ellas, y la tensión permanente en toda la historia de la filosofía, que puede verse como una lucha entre ambas. Y en ese equilibrio precario se mantiene y se define el cristianismo: es imposible tanto uno tradición puramente racionalista como puramente fideísta. La postura de Unamuno es aceptar el conflicto como tal, vivir en éste. Esa desesperación puede ser la base de una ética decidida, vigorosa, y de una filosofía. Unamuno no apela ni al lector racionalista ni al sentimentalista puro, quiere que lo lea el hombre con razón y vida. Si no, no podrá seguirle.

Referencias:

El raciovitalismo de Ortega y Gasset

El tema de nuestro tiempo

El tema de nuestro tiempo es una obra de José Ortega y Gasset escrita en 1923. Puede considerarse como el comienzo de su tercera y última etapa filosófica, caracterizada por su doctrina del raciovitalismo. Esta teoría considera la vida humana como la realidad radical, siendo la razón uno de sus componentes (instrumentos) esenciales. Con el raciovitalismo, Ortega y Gasset pretende superar los excesos del racionalismo y del vitalismo.

Lo que Ortega llama ‘el tema de nuestro tiempo’ es el agotamiento de los dos grandes movimientos filosóficos que le preceden: racionalismo dogmático y vitalismo relativista, y la necesidad de superarlos.

Razón y vida parecen oponerse. Véase el conocimiento: ¿Cómo conjugar la verdad, objetiva, inmutable, única, universal con la vida, subjetiva, mutable, plural, individual? Si se renuncia a la primera nos quedamos en el relativismo, que en tanto negador de verdad absoluta no se puede tomar en serio a sí mismo; se acaba en el escepticismo: es una doctrina suicida. Por otro lado está el racionalismo, que para salvar la verdad renuncia a la vida. El racionalismo ha de suponer un entendimiento abstracto, un yo puro común a todos los hombres, un yo trascendental. ¿Pero cómo explicar la dificultad del acuerdo en tiempo y lugar? El racionalismo es antihistórico. Los racionalistas conciben la historia como la historia de los errores debidos a nuestra voluntad de afirmar lo que no entendemos aún. La verdad sería lo que la pura intelección descubre sin apoyarse en nada: lo matemático, lo cuantitativo.

Ortega rechaza esta feroz oposición, este falso dilema: y afirma que la sensibilidad de su época rechaza este dilema también. Su época está pidiendo su superación: no entendemos la verdad sin vida ni la vida sin verdad. Lo mismo ocurre con la idea de bien o de belleza; con todo lo que englobamos dentro del término “cultura”. No hay una escisión radical entre razón y vida, sino una continuidad con la vida en la base y la razón como facultad que emerge de lo vital y está al servicio de la vida. El pensamiento es un órgano de mi vida, un instrumento para mi vida que ella gobierna. Nace como necesidad vital del individuo pero consiste en adecuarse a las cosas; está entre la ley subjetiva del individuo y la ley objetiva de la verdad. No puedo pensar útilmente para mis fines biológicos si no pienso la verdad. Lo contrario nos llevaría a numerosos errores prácticos y a la desaparición. El pensamiento verdadero es un enlace entre la subjetividad del yo y la objetividad de las cosas. Tengo que adecuarlo a las cosas y a la vez tengo que hacerlo mío.

Árbol de la vida

La cultura como vida espiritual

Ortega prosigue en la obra citada afirmando que el pensamiento, nuestra parte espiritual, se construye de acuerdo con los dictados vitales. Y el producto de esa construcción es la cultura. La cultura inicialmente es una función vital como su causa, el pensamiento. Pero puede segregarse del sentimiento, independizarse e ir contra la vida, adquiriendo valor por sí mismas, desvinculadas de su función vital, cosa que no sucede con el páncreas, por ejemplo. Es lo que Ortega considera que es el problema de su tiempo: la discontinuidad entre la vida espontánea y la vida espiritual. Y es que no hay cultura sin vida, no hay espiritualidad sin vitalidad. “Espiritual” es un adjetivo que se añade a “vida”: la cultura es vida espiritual. Los racionalistas, al desvincularlas totalmente, han errado. Quedarse sólo con una de ellas lleva a la barbarie o al bizantismo. La nueva sensibilidad es la que se da cuenta de ello.

Los racionalistas, según Ortega, ya no creen en su propia filosofía, pues no es suficiente la convicción lógica, sino que también es necesaria la convicción vital. Nuestras actividades necesitan regirse por dos clases de imperativos: culturales y vitales. La disociación de las normas y su cumplimiento es la gran hipocresía de Occidente en los últimos tiempos, debido a que su cultura está alejada de la vitalidad que la originó; está anquilosada. Se ha objetivado imponiéndose a la subjetividad que la engendró. Esta cultura ya no nos vale, hay que crear otra que sirva a la vida; es necesaria una cultura emergente enraizada en la vida de los hombres de ahora. El hombre occidental está desorientado, su sistema de valores ha perdido vigor imperativo, ya no le convence, no lo siente como suyo. Se ha dejado de creer en los grandes ideales de la modernidad; se hace un arte que rompe con todo lo anterior.

El tema de nuestro tiempo, la misión de nuestra generación -dice Ortega- es reordenar el mundo desde el punto de vista de nuestra vida. Hacer de la vida un principio. La modernidad fue acabando con el trasmundo celestial cristiano, que ponía la vida del más acá como subordinada a la vida del más allá, pero no puso la vida como principio: ciencia, moral, arte (la cultura en general) se consideran como valores desligados de la vida: la ciencia es la búsqueda de la verdad por la verdad misma, la moral el deber por el deber. Dado el carácter esencial de apertura que tiene la vida (siempre se vive para algo): de transitividad, de emigración del yo hacia lo otro, se ha pensado siempre que la vida no tenía valor en si misma. Y no es así.

Ortega aboga por una síntesis superadora de vitalismo irracionalista y culturalismo (racionalismo antivital-antihistórico). Una unión que los haga desaparecer. No se trata de negar la necesidad que la vida tiene de la cultura, sino de destacar la inversa, algo ignorado hasta ahora.

Perspectivismo

Ortega retoma el primer ejemplo que puso: el conocimiento. Pero si antes lo analizó desde el punto de vista del (falso) dilema, ahora lo analiza desde la superación de dicho dilema. Ni nos vale el racionalismo, según el cual el sujeto no tiene peculiaridad alguna, la realidad lo atraviesa sin deformaciones; es un sujeto trascendental, sin vida ni historia. Ni tampoco el relativismo, para el que todo sujeto es particular, la realidad se deforma de modo distinto según el sujeto, y no hay conocimiento objetivo y universal.

La solución que Ortega propone es el perspectivismo. Lo mismo que ocurre con los olores y los colores ocurre con las verdades. La estructura psíquica de cada individuo es un perceptor de unas y otra no, depende de las circunstancias. La realidad es percibida desde distintas perspectivas; no existe un punto de vista absoluto, una visión sub especie aeternitatis al modo espinosista, sino más bien al modo leibniziano, cada mónada es una perspectiva del universo, un parte única de la verdad. La divergencia de visiones entre dos sujetos no implica la falsedad de una de ellas: cada vida es un punto de vista sobre el universo. La realidad es como un paisaje, admite distintas descripciones según el punto de vista.

La peculiaridad de cada individuo es lo que le permite captar la parte de la realidad que le corresponde. Cada individuo, cada enervación, es un aparato de conocimiento insustituible. La verdad total sólo se obtiene articulando lo que el prójimo ve con lo que yo veo, y así sucesivamente. Yuxtaponiendo todas las visiones parciales tendríamos el punto de visa que se atribuiría a Dios, que no es un punto de vista distinto, absoluto, sino la suma de los puntos de vista individuales.

No hay pues para Ortega tal oposición radical entre razón y vida, sólo si concebimos la razón al modo moderno, como razón pura físico-matemática. La razón pura debe sustituirse por la razón vital.

Referencias: