Vivir intensamente

Vivir intensamente depende de nosotras.

Una amiga me contaba como una vez se encontraba entre unos conocidos que llevaban rato dando vueltas a temas irrelevantes y superficiales y al ver que no había manera de mantener una conversación sincera se levantó y dijo “lo siento pero me estoy muriendo” y se marchó. Fue su manera de expresar que no estaba interesada en malgastar el tiempo en conversaciones y relaciones que no sumasen a un Vivir pleno y consciente, a vivir intensamente.

Recuerdo que cuando me lo contó me pareció un poco exagerado, pero había una gran verdad en sus palabras y su acción: desde que nacemos estamos muriendo y es importante valorar de qué modo queremos vivir.

Vivir intensamente

¿Qué significa Vivir?

La muerte como horizonte nos plantea la cuestión sobre lo que significa vivir. Hay un vivir que tiene que ver con la actividad interna que poseen los seres vivos. Pero hay un Vivir que tiene que ver con el sentido de ser y con la dicha que proporciona el pleno desarrollo de ese ser.

Cuando nos preguntamos por la vida y su sentido cabe preguntarse también ¿qué significa vivir intensamente? Hagamos la prueba. Antes de seguir leyendo piensa a qué te suena si te hablo de vivir intensamente.

Vivir intensamente

En el cine , en los anuncios de televisión, en las redes sociales, en las revistas, en algunos libros y en los medios de comunicación en general, se transmite a menudo la idea de que vivir intensamente es hacer muchas cosas y por supuesto todas ellas de nuestro agrado.

Vivir intensamente

 

Parece que vivir intensamente es sinónimo de hacer actividades que nos suban la adrenalina (parapente, puenting, salto base y deportes de aventura varios), viajar, salir de marcha, comer copiosamente, hacer “locuras”, apuntarse aun bombardeo… Esta es una imagen muy falseada de lo que significa vivir intensamente y por ende la felicidad. Vivir intensamente no tiene nada que ver con hacer, ni con consumir la felicidad que nos venden con productos externos.

Vivir intensamente tiene que ver con vivir de forma auténtica, lo cual implica ser honesto y coherente con uno mismo.

La intensidad de la vida no se mide en cantidad, no tiene que ver con que una vida sea larga o corta, sino que se mide en calidad y la calidad, de nuevo, no se mide en cantidad, si haces más o menos cosas, o si tienes más o menos cosas, sino en profundidad, en veracidad y en la paz que una encuentra en la coherencia con lo que es.

 

¿Estamos viviendo una vida auténtica?

Resulta entonces, que un tema tan tabú como la muerte nos invita mirar si estamos viviendo una vida auténtica. O si, por el contrario, nos limitamos a seguir gustos ajenos, complacer las expectativas de otras personas y dar satisfacción  a pequeños placeres que a largo plazo nos conducen en dirección opuesta a una vida en paz con nosotras mismas. 

 

Distinguir entre lo placentero y un bien mayor

En la Kaṭha Upaniṣad hay un momento en el que el dios de la Muerte elogia al joven protagonista de la historia por su capacidad de saber distinguir entre lo que verdaderamente conduce hacia un bien mayor, a saber, el conocimiento de sí mismo, y lo que no.

Naciketas distingue claramente lo que es más placentero,  pero a fin de cuentas efímero,  de aquello que aunque a corto plazo no siempre resulta lo más placentero le aporta el mayor de los bienes, la inmortalidad eterna. Ese bien mayor consiste en descubrir su esencia, más allá del cuerpo físico, de las posesiones, la familia, los amigos y los roles sociales y esa esencia es la Vida que nunca muere.

Ambos, lo mejor y lo placentero

se presentan al hombre.

Los sabios lo valoran, ven la diferencia

y eligen lo mejor por encima de lo placentero.

Pero el tonto elige lo placentero,

en lugar de lo que es beneficioso” (Ka. Up. 2.2)

Hay que comprender que el mensaje no dice que tengamos que renunciar a los placeres por el hecho de ser placeres, ni que lo mejor no pueda, en un momento dado, ser placentero. A lo que se refiere es a que no siempre lo que es lo mejor es lo que más nos apetece.

Tomemos el ejemplo del medicamento amargo que nos puede curar. No es lo más apetecible tomarlo, pero es lo que nos devolverá la salud.

Vivir intensamente

Saber elegir lo mejor

Para elegir lo mejor es necesario tener una visión amplia, en la que podamos valorar lo que realmente suma a nuestra vida en su totalidad y tener el valor para soltar aquello que, aunque a primera vista puede resultar muy suculento, no nos conduce a lo más auténtico de nosotros mismos.

Si puedes elegir entre una felicidad pasajera y otra que conduce a la plenitud total, ¿con qué te quedas? Yo elijo la segunda opción y enseguida me surge la cuestión ¿qué significa una vida plena? Y ¿qué nivel de compromiso estoy dispuesta a tomar con la vida para ir en esa dirección?

Entiendo que una vida plena es aquella en la que reconociendo nuestros límites y sabiendo distinguir cuáles son, los aceptamos y abrazamos amorosamente. Dejamos de luchar por demostrar algo o llegar a ser algo porque comprendemos que somos y nuestras acciones emergen de la dicha de ser.

Vivir intensamente

Dice el filósofo Francesc Torralba hablando de la muerte como límite del ser humano:

“El que reconociendo el límite no vive consternado por él, ese hombre es feliz.”

 

Elegir cada día el camino hacia el Bien

Cada día tomamos un montón de decisiones y en cada una de nuestras decisiones damos pasos en una u otra dirección. A veces por comodidad, a veces por miedo, otras veces por sentir un pequeño o gran placer, actuamos en sentido contrario a la felicidad. Para poder dirigirnos a lo más auténtico de nosotros que nos ha de permitir vivir una vida intensa tenemos que estar dispuesto a morir cada día un poco, morir a lo que pensarán de nosotros, morir a las idealizaciones acerca de nosotros mismos y del mundo, morir al reduccionismo de las identificaciones, morir a las posesiones, a los juicios y creencias, morir a las comodidades y la pereza, morir como sinónimo de soltar , porque aprender morir es abrirnos a la plenitud de ser.

Y tú, ¿qué es para ti vivir intensamente?, ¿en qué medida tus acciones priorizan el placer a corto plazo por encima de lo que te hace sentir más plena?, ¿cuáles son las limitaciones que no te permiten ser auténtica?, ¿cuáles de ellas estás dispuesta a soltar? Estas son unas poquitas preguntas para invitarte a caminar hacia lo más profundo de ti y Vivir así intensamente. 

Pedalear, amar, vivir

Pedalear, amar y vivir es lo que hizo antes de morir. Infinidad de cosas más también, pero cuando la enfermedad fue avanzando y no pudo seguir en el trabajo del hostal, se dedicó con toda la energía disponible a dar largos paseos en bicicleta, a amar a los que le rodeaban, sobre todo a su hijo Tomás, y a vivir en los instantes, ocupando plenamente los minutos y las horas. Como si en cada una de estas medidas del tiempo, por fin hubiese encontrado el más valioso tesoro. Ese que no solemos ver, ocupados con nuestras prisas, ansiedades o frustraciones cotidianas.

Pedalear

En cuestión de pocos meses, nos hicimos íntimos. Nos unió la bicicleta y su hermano Matías, ex compañero mío del cole y buen amigo desde la adolescencia. Él nos puso en contacto. Un día le llamé. Quedamos para andar en bici.

A partir de ahí, los martes se pasaba por casa a buscarme bien temprano, en pleno invierno, y hacíamos casi siempre la misma ruta. Salida desde Embajadores hacia el Pasillo Verde, luego un par de km por Madrid Río hasta a la Casa de Campo para perdernos allí adentro. Una hora, una hora y media.

La primera vez que salimos a dar una vuelta, me impresionó su  estado atlético. Piernas duras como cedros, flexibles como juncos, culo de ciclista. Ni un gramo de grasa acumulada. La espalda recta. Le pregunté si competía. Lanzó una carcajada.

Una mañana, subimos al cerro Garabitas, 677 metros de cota. A mitad de trayecto, yo iba con la lengua afuera, sudado como un pollo, y él iba relajado, sin despeinarse, disfrutando del aire helado.

Rodolfo era un ciclista apasionado, fanático. Había hecho cientos de kilómetros por distintas partes de España, de Europa. Estudiaba los itinerarios hasta el más mínimo  detalle. Al controlar temas de informática y comunicación, se volcaba en el diseño de sus viajes como si fueran piezas de ingeniería. Anduvo con la bici por la montaña, la sierra, la costa, Cataluña, el País Vasco. Un viaje muy especial con su hijo, llevando mochila y acampando. Recorrió toda la Comunidad de Madrid, cientos de rutas inverosímiles. Como aquellas que hacía para llegar hasta un Ikea, rodeado de autopistas y polígonos gigantes o en las que se topaba con ruinas de los romanos y de la Guerra Civil en una misma colina.

Rodolfo ríe y sigue pedaleando. Pausadamente, constantemente. Guardando un plus de energía para las cuestas. El sol apenas empieza a asomar. Cuenta chistes. Le gusta charlar.

Sabía un huevo de cosas, pero no alardeaba. Era de perfil bajo. Podía ser bastante irónico, se reía de sí mismo. Hablábamos mucho de la conciencia, del volverse uno mismo, del sostener el vacío, del sentido del tiempo, de la crisis de los 40.

Hablábamos mucho de nuestros hijos y también de chorradas, anécdotas de la Buenos Aires de hace 20 años o cosas curiosas de nuestro Lavapiés.

Recuerdo su entusiasmo vital en contraste con mi tono más apagado, melancólico. Ahora me doy cuenta que quise contagiarme de su alegría. Yo fui testigo de cómo convirtió sus días en disfrute pleno y ocupó plenamente el presente. Arriba de la bicicleta, Rodolfo fue inmensamente feliz.

Amar

Rodo fue perdiendo la salud gradualmente, los dolores en la columna fueron siendo más intensos a medida que el cáncer se esparcía. A su hijo le habló de una mancha en el cuerpo, como la del petróleo en el mar, difícil de sacar.

Llegó una tarde, muy triste para él, en el que la oncóloga le impidió seguir montando en bici.  Como era de esas personas que procuran tranquilizar a sus allegados en lugar de preocuparles, nos dijo: “queda suspendida un tiempito, hasta que el dolor de la espalda remita un poco”. Yo no me imaginaba a Rodolfo sin su bici –su amado medio de transporte, su vehículo del placer- pero él le quitaba hierro al asunto. Por lo menos, decía, puedo seguir yendo a pie para buscar a Tomi.

Si había desesperación en su corazón, yo no lo sé. Era reservado en ese aspecto. Desde luego, no era de los que les gusta regodearse en el dolor, ni tomar el centro de la conversación generando pena o lástima. Los médicos, me comentaba él, no son del todo claros a la hora de explicar la eficacia del tratamiento. Ante estas opacidades, Rodolfo decidió aferrarse a la idea de que había esperanza. Mientras hubiese vida, él seguiría viviendo.

Su vida se volvió esencial, no accesoria. Empezó a vibrar en alta frecuencia, emprendió un camino profundo de introspección, se abrió al amor. A la aceptación de su historia, de sus decisiones, de lo que el presente tenía para él. Se dedicó a su familia, a la cura de la enfermedad, a amar lo que le rodeaba. Desde la posibilidad de un desayuno, sin velocidad, al don de permitirse una conversación lenta.

Cuando lo ayudé con la mudanza de piso, supe de primera mano lo que es el minimalismo. Aquello parecía la sala de meditación de un budista zen. Lo único que ocupaba espacio eran dos bicicletas. El resto eran tres pares de zapatillas, uno de zapatos, un edredón, algo de ropa, unos pocos complementos de ciclista, dos libros, un cuaderno, un ordenador, un boli, un edredón, unos cables. En la cocina, había distintas variedades de semillas y otros producto típicos del herbolario. Me ofreció una colección de The Wire en DVD que estaba sobre la mesa del salón. Pensaba yo en mi biblioteca, en mi colección de cds que no escucho, en los kilos de recortes de diario que guardo en carpetas y en la cantidad de cosas inútiles que almaceno. Acepté encantado su regalo.

Vivir

El desapego de lo superfluo, la concentración de la energía en lo que hay, el habitar enteramente en el hoy. Rodolfo fue recogiendo en un blog breves reflexiones, poemas, algunas fotos. El último post publicado fue justo antes de la navidad:

Nunca imaginé lo que me depararía el viaje a Argentina… Entrega, compañía, ternura, abrazos, rezos y mucho amor. Toda la familia reunida, físicamente o no, alrededor de una cama, sosteniéndome la mano. Y un sentimiento de amor y agradecimiento más fuerte que el dolor de mi espalda. Y el dolor compartido, se sobrelleva mejor.

Arriba del texto, aparecía la imagen de una cama en la casa de su madre.

Rodolfo viajó a Buenos Aires y allí tuvo que guardar reposo, porque al poco tiempo de llegar comenzó a dolerle la espalda de manera muy intensa. Resultaba complicado dar con el analgésico adecuado. La vuelta a España fue un suplicio. Acompañado de su mujer y su hijo, logró llegar al Aeropuerto de Barajas para luego ir directo al hospital en ambulancia. Pudo reunir al cabo de unos días a los suyos y allí estuvieron todos alrededor de la cama: su madre, su padre, su hermano, sus hermanas, su familia, su mujer y su hijo. La habitación era amplia, iluminada, el alféizar de la ventana estaba lleno de juguetes de Tomi.

A pesar de todos sus esfuerzos, de su valentía, de su empuje por vivir, Rodo se estaba apagando. El cáncer se había disparado.

La última vez que charlé con él, seguía haciendo planes, deseando que le den el alta para recuperarse y volver a salir en bici. Retomar su cotidianeidad, su hijo, su trabajo, los amigos. Le acompañé al baño y sentí que su cuerpo temblaba como una hoja. Al salir del hospital lloré durante todo el trayecto hacia mi casa.

El viernes 12 de enero de 2018, pasadas las 8 de la mañana, Rodo murió. Me gusta imaginar que se fue pedaleando hasta el cielo. Matías, su hermano, luego me contaría que estuvieron agarrados de la mano durante toda la última noche.

No estuvo solo en ningún momento. Rodeado de amor y dando amor. Cuando lo recuerdo, me invade una sensación dulce, me siento un privilegiado por la amistad que compartimos. Me enseñó, y no con palabras, el fulgor de estar vivo.

A Rodolfo Franco (12/12/1975-12/01/2018), in memoriam.