El sentir como guía

Deseo y rechazo

Las personas tendemos a sentir deseo y apego hacia lo placentero y disgusto y rechazo hacia lo doloroso. En los Yogasūtra de Patañjali (2.7-8) se menciona como la pasión sigue al placer y la aversión al dolor. Esto resulta evidente porque así lo experimentamos en nuestra vida.

Sin embargo, ¿se trata de algo puramente instintivo o depende en buena medida de nuestras vivencias y de lo que nos contamos acerca de la realidad? Por ejemplo, acudir a un lugar determinado y estar en contacto con ciertas personas puede causarnos rechazo en unas ocasiones y agrado en otras. O realizar una determinada actividad puede haber sido placentero en un momento de nuestra vida y resultarnos desagradable en otro. Por tanto, lo que consideramos doloroso o placentero puede diferir incluso teniendo el mismo objeto o circunstancia como referente.

El sentir como guía

El sentir nos informa

La vivencia subjetiva de una situación, lo que pensamos y nos decimos acerca de algo, influye enormemente en nuestra forma de sentir y, a su vez, este sentir, en su forma original, nos da un mundo de información sobre el camino a seguir.

Lo habitual es que nos dejemos arrastrar por lo que sentimos y que lo alimentemos o intentemos reprimir, a través de nuestro diálogo mental: “es que esta persona es tal”, “no debería sentirme así”, “seguro que cuando me vean van a pensar x”, etc.

El “dejarse arrastrar”, por el diálogo mental y por las emociones que este despierta, se produce porque en lugar de ahondar en lo que sentimos huimos con el ruido, la dramatización, la culpabilización del exterior, la racionalización y otros tantos mecanismos por los cuales quedamos a merced de unos sentimientos que parecen sobrepasarnos.

El miedo a sentir sentimientos «malos»

¿Qué ocurre si cuando sentimos disgusto, enfado, celos, envidia, tristeza, incertidumbre, miedo… nos permitimos reconocer lo que estamos sintiendo y escucharlo internamente? No para que desaparezca, sino con la curiosidad de comprender lo que ese sentir quiere decirnos, el “para qué” apareció.

Cito como ejemplo los sentires que nos disgustan porque son los que tendemos a rechazar y negar sin antes escuchar su mensaje de fondo.

En el s.XVII el filósofo holandés, Baruch Spinoza, puso de manifiesto que las pasiones como el odio, la ira, la envidia, etc. aparecen por alguna razón “y tienen ciertas propiedades, tan dignas de que las conozcamos como las propiedades de cualquier otra cosa en cuya contemplación nos deleitamos”.

Pues bien, cuando reconocemos lo que sentimos, le otorgamos su lugar y escuchamos su mensaje, podemos descubrir lo que ese sentir quiere de bueno para nosotros, entendiendo por bueno lo que contribuye a la expresión más plena de nuestro ser.

Resulta que la ira puede querer que me exprese y sepa poner límites, o los celos pueden estar informándome del miedo a la pérdida y de la inseguridad sobre mi propia valía, pretendiendo imponer un control de lo externo, o la envidia puede estar expresando el anhelo de creatividad y realización que tal vez yo misma estoy castrando en algún punto.

Dar con la información del sentir

Para dar con la información que contiene el sentir, necesitamos mirar profunda y honestamente hacia dentro, mirar lo que sentimos sin juzgarlo, ubicar en qué parte del cuerpo lo sentimos, observar imparcialmente los sentimientos y si hay algún diálogo que lo esté alimentando, hasta llegar a su forma más pura, la forma original en la que apareció, antes de todo diálogo mental, con la intención de guiarnos hacia la felicidad.

Si no podemos evitar enjuiciar lo que sentimos, habrá que observar también cómo aparecen los juicios y qué discurso interno los alienta. El secreto está en observar a fondo todo lo que aparece, sin otra pretensión más que la de ver lo que es tal como es en este momento y en la medida de lo posible comprender lo que pueda ser comprendido.

Llegados a este punto, es necesario aclarar que el hecho de permitirnos sentir nada tiene que ver con la expresión explosiva de las emociones, ni las experiencias catárticas fruto de dicha expresión, y menos todavía nos referimos a la posibilidad de herir física o verbalmente a otros seres justificándolo con nuestro “derecho a expresar lo que sentimos”.

En absoluto acoger lo que sentimos implica dar carta blanca al sentir mediante actos irreflexivos, mas al contrario, significa sostener ese sentir y acompañarlo como quien acompaña a un amigo en un momento difícil, hasta que, recogido su mensaje, pueda ser expresado con ecuanimidad y total legitimidad.

Resulta, pues, que lo que sentimos, sea agradable o desagradable, es siempre un indicador de si vamos por “buen camino”, de si aquello que estamos haciendo nos conduce hacia el despliegue de todo nuestro ser o nos aleja de lo más auténtico de nosotros mismos.

El yo profundo que nos guía

Las sabidurías de la antigüedad, tanto en occidente como en oriente, tenían en cuenta aquella parte de nosotros que nos orienta y guía en el camino de la vida. Sócrates lo llamaba el daimon, una especie de divinidad interior, los estoicos hablaban del regente interno del mismo modo que lo hace el hinduismo utilizando la palabra sánscrita antaryamin.

El antaryamin es, pues, regente interno,  el yo profundo, la sabiduría que mora en nuestros corazones, lo divino que nos guía en contacto con la totalidad del universo.

Esta sabiduría del yo profundo reconoce la unidad subyacente de todo cuanto existe. Todo está interconectado porque todo se sostiene en la misma Conciencia, todo está hecho, en última instancia, de la misma pasta, de la misma energía… Un bonito ejemplo que nos ayuda a comprender mejor en qué consiste este regente interno (antaryamin) es la imagen de una bandada de pájaros, en la que cada pájaro individualmente sigue a los demás pero todos lo hacen regidos por la unidad de la bandada, impelidos por una inteligencia superior que mora en cada uno de ellos y a su vez en la totalidad.

El regente interno, nuestro verdadero ser

En la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, después de haber descrito el regente interno como aquel que mora en el interior de cada uno de los elementos que constituyen el universo y los rige sin ser conocido por ellos, se resume así la naturaleza del regente interno:

Ese es tu verdadero ser, el rector interno, el inmortal, el vidente invisible, el oyente inaudible, el pensante impensable, el conocedor desconocido. No hay ningún otro vidente, sino él. No hay ningún otro oyente, sino él. No hay ningún otro ser pensante sino él. No hay ningún otro cognoscente sino él. El es tu ser, el rector interno, el inmortal. Todo fuera de él es pura miseria”.

Ese regente interno, siempre nos está guiando, pero no siempre lo escuchamos, no siempre lo creemos ni confiamos en su saber.

Volviendo al ejemplo de los pájaros, sería como el pájaro que dijese “pues yo en lugar de volar con todos voy a ir andando”, rechazando así su naturaleza voladora y negando la totalidad de la que forma parte.

Cuando hablamos del sentir como guía, nos referimos a la escucha de esta sabiduría interna, que en ocasiones toma la forma de agradecimiento, alegría y amor, pero también puede tomar la forma de enfado, tristeza, incertidumbre, etc. para devolvernos hacia la alegría última, la del gozo de ser y su pleno despliegue.

¿Qué es eso llamado Conciencia?

¿Conciencia?

Hace tiempo, en clase de yoga, una niña me preguntó qué es la Conciencia. A propósito de una estrofa que estábamos aprendiendo a cantar, les contaba a los niños el significado de las cualidades sat-cit- ananda, inherentes a la Conciencia universal que  en sánscrito se llama brahman. Sat – les decía – significa “aquello que es y que nunca puede dejar de ser, aquello que siempre existe”. Ananda es la felicidad infinita, una felicidad que nunca cesa. Cit es la Conciencia Absoluta. Y entonces fue cuando surgió la duda ante esa extraña palabra ¿Conciencia?

En occidente la palabra conciencia tiene un significado estrechamente vinculado a la dicotomía entre lo bueno y lo malo. Si te portas bien tu conciencia estará tranquila, mientras que si te portas mal sentirá el peso de la culpa. La conciencia es en muchos contextos, una especie de voz- sabiduría interna que nos indica el camino a seguir, lo que nos hará sentir bien y lo que nos hará sentir mal.

También se habla actualmente de un “cambio de Conciencia” colectivo.  Se dice que estamos viviendo un momento de apertura y/o cambio, para indicar, a mi entender, una nueva comprensión del mundo y del universo que parece que ha de llevar al hombre a dar un nuevo paso evolutivo. En este caso la Conciencia es algo más amplio que el sentir individual y sin embargo, parece algo que alcanzar, un estado al que llegar o que es susceptible de desarrollarse.

La Conciencia como luz

En el contexto de la tradición no-dualista del vedanta la Conciencia no puede sufrir alteración alguna, no puede crecer ni decrecer, no puede expandirse ni abrirse, no es algo que va y viene, ni que podamos poseer…

La Conciencia es justamente aquello que está más allá de todo juicio, más allá del bien y del mal por su carácter transcendente y que a la vez tiene también la cualidad de la inmanencia, ya que es aquello que no vemos pero por lo cual todo es visto y conocido. Brahman es la palabra que se utiliza para referirse a esta Conciencia que sostiene todo el universo, mientras que la palabra atman se se refiere a la Conciencia en el individuo.

El mensaje fundamental del advaita vedanta (vedanta no-dualista) es, precisamente, mostrarnos la identidad entre brahman y atman, la perfecta identidad entre la Conciencia universal y la individual. La Conciencia es, pues, algo que todo lo penetra, que a todo subyace y por eso es común en todo.

Aún así, es posible que sigamos sin ver claramente en qué consiste esto de la Conciencia. Vamos juntos a ello, a ver si sacamos algo en claro. Antes de ver cada respuesta mira de responderla por ti:

 

  • ¿Cuál es la luz que te permite conocer todo lo cognoscible?

  • La luz del sol, en el día y la de la lámpara por la noche

  • ¿Y a través de qué luz ves el sol y la lámpara?

  • A través de los ojos

  • ¿Y cuando cierras lo ojos, qué luz de conocimiento hay entonces?

  • El intelecto

  • ¿Y cuál es la luz para percibir el intelecto?

  • Yo, soy ahí la luz

A esto el maestro respondió: “entonces, tú eres la luz suprema”. Esta breve historia es una estrofa atribuida a unos de los pensadores más importantes de la tradición India y al mayor exponente del vedanta no dualista, Shankaracharya.

¿Qué es eso llamado Conciencia?

La distinción entre el Yo-profundo y el yo-limitado

La historia anterior nos muestra dos puntos bien interesantes:

Por un lado, aquello que llamamos Conciencia, resulta ser la Conciencia por la cual vemos, tocamos, olemos, oímos, sentimos. Es la Conciencia Pura porque sin verse alterada por nada, hace posible tomar conciencia de cualquier cosa.

Por otro lado, y esta es la gran noticia que nos ofrece el advaita vedanta, se afirma que cada uno de nosotros es esa Pura Conciencia, que aquel referente último del cual decimos “Yo” es la Conciencia que me permite conocer y actuar.

Es importante no confundir el “Yo-profundo” con la persona limitada por la personalidad, pensamientos, características físicas, etc.

El “Yo” es precisamente la Conciencia única que es la misma en todos los seres y que hace posible el “yo” perecedero y limitado con el que nos solemos identificar. Es precisamente la confusión entre estos dos “Yoes” la que nos acarrea sufrimiento, porque en cuanto la Conciencia (el “Yo” ilimitado e infinito) se expresa a través de nosotros, nos confundimos y creemos que es el “yo” limitado (yo finito, yo -cuerpo, yo – mente, etc.) el que hace, dice, conoce…

La Conciencia como sostén

La Conciencia no es algo que percibamos con los sentidos, pero sí que es aquella energía que permite que percibamos y conozcamos a través de ellos. No soy “yo” la que ve sino que es la Conciencia la que ve a través de “mis” ojos, si acaso puedo decir que los ojos me pertenecen.

Más allá de la vida y la muerte, es aquello que permite que el mundo aparezca ante nuestra mirada y en este sentido es el sostén de todo cuanto existe.

Por supuesto, a aquella niña no le respondí algo tan complejo, pero sí que los invité a todos a hacerse la siguiente reflexión y ahora también tú estás invitada: “¿qué es lo que distingue a un ser vivo de un cadáver?”

Miras una mariposa, está revoloteando torpemente, parece que está a punto de morir en el suelo y ella sigue batiendo las alas  mientras da vueltas sobre sí misma. Cae sobre sus alas, mueve algo las patas y ¡zas! Deja de moverse por completo, se queda tiesa, ya no hay aleteo, el cuerpo ha quedado inerte… ¿qué es lo que pasó? ¿qué es lo que cambió? ¿está eso que llamamos Conciencia presente también en ese cadáver o está sólo presente en los seres vivos? ¿Qué es eso que llamamos Conciencia?