Horkheimer y la naturaleza como objeto de dominio

Continuamos en este entrada con la Crítica de la razón instrumental de Horkheimer. Si en la anterior exponíamos la crítica que Horkheimer realiza a cierta visión positivista de la ciencia, según la cuál la ciencia sería la panacea universal que resuelve todos los problemas de la humanidad, en esta entrada exponemos su crítica a la objetivación de la naturaleza; ésta se concibe como mero medio de supervivencia al servicio de una razón que se entiende como pura capacidad de adaptación.

Afirma Horkheimer que, en su proceso de emancipación, el hombre moderno debe dominar la naturaleza exterior pero también la interior. Lo que tradicionalmente eran fines: felicidad, salud, riqueza, pasan a ser indicadores funcionales de condiciones favorables para la producción material y espiritual. La civilización siempre ha consistido en la sustitución de la selección natural por la acción racional. En la modernidad esto se ha agudizado: más que nunca, los impulsos privados tienen que adecuarse a las exigencias de racionalización y planificación. La auto-supervivencia del individuo presupone la adecuación para la supervivencia del sistema.

Los métodos actuales de producción facilitan y exigen una mayor flexibilidad para los trabajadores. El aumento de independencia ha llevado a mayor pasividad. El hombre no “pierde el tiempo” ya adaptándose a fines objetivos, sino que se adapta casi automáticamente a los procesos determinados económica y socialmente. La modernidad nos deja un yo cuyo contenido es convertirlo todo en medio para la autoconservación, y una naturaleza que es tan solo material para que el yo ejerza su dominio. La razón es identificada con capacidad de adaptación. Si bien la capacidad de adaptación existía también en el pasado, la diferencia ahora es la diligencia con la que se somete uno, el grado en que esta actitud ha empapado el ser total del hombre y ha transformado la naturaleza de la libertad conseguida.

El hombre de hoy no se engaña con proclamas espiritualistas como en el siglo XIX; sigue habiendo contradicción entre realidad y frases altisonantes, pero está institucionalizada, sostiene Horkheimer. La hipocresía no espera ya ser creída, es cínica. La misma voz que predica sobre las cosas más elevadas de la vida: amistad, arte, religión, es la misma que nos recomienda elegir tal marca de jabón. Hay manuales para alcanzar la salvación como manuales para un electrodoméstico. La división del trabajo es la expresión de la técnica al servicio de la industria.

El único fin en la sociedad moderna de hoy es la autoconservación. Cualquier frase que no tenga un contenido pragmático se ve como sospechosa. Si uno admira una cosa por sí misma o respeta un sentimiento o quiere a alguien por sí mismo, la respuesta del otro a menudo es tomarlo a uno por loco o pensar que le está intentando engañar. La transformación del mundo en un mundo de medios es consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas. A medida que éstas y la organización social se vuelven más complicadas y cosificadas, resulta cada vez más difícil reconocer los medios como tales, ya que cobran la apariencia de entidades autónomas.

En la Grecia clásica algunos hombres alcanzaron tal libertad respecto de la presión natural que les permitió hacer filosofía. Platón, Aristóteles y compañía, deben su actividad y su ocio al sistema de dominio del que intentaban emanciparse espiritualmente. Estos momentos se han dado siempre a una élite social, que generalmente ha hipostasiado su privilegio en términos de virtud humana usándolo con fines ideológicos para degradar el trabajo manual. Hoy, sin embargo, los intelectuales no gozan de tal independencia, y no pueden permitirse pensar en la eternidad, sino dirigir su inteligencia a fines prácticos, próximos. El pensamiento especulativo queda liquidado.

La indiferencia del hombre moderno frente a la naturaleza es una variante de la actitud pragmática del hombre occidental, sostiene Horkheimer. La concepción del hombre como señor de la naturaleza está ya en el libro del Génesis. Los principales teólogos cristianos no hablaron del respeto a la naturaleza y animales, más que como educación moral de los hombres, no como obligaciones hacia aquéllos. Efectivamente, la razón pragmática no es nada nuevo. Pero nunca antes había sido expresado tan claramente ni aceptado tan generalmente.

La historia del yo es la historia de los intentos del hombre por sojuzgar la naturaleza o, lo que es lo mismo, el intento del hombre por sojuzgar al hombre. El yo ejerce funciones de dominio, mando y organización. Su base histórica reside en privilegios de casta en sociedades patriarcales con división del trabajo espiritual y manual. Del carácter violento externo del yo se pasa a interiorizarlo: sublimación de las órdenes recibidas por el superior. El yo pasa a organizar la experiencia interna. El yo lleva la mácula de su origen en el dominio social. Descartes lo representa como un pequeño dictador, cuya función es impedir que las pasiones nublen el juicio, cuyo correcto funcionamiento se manifiesta en la matemática, expresión de la razón formalizada. Pero Descartes es aún demasiado católico para renunciar al dualismo y reducir la naturaleza a contenido del yo. Ese paso se dio posteriormente, con el idealismo subjetivo de Fichte, en el que la naturaleza tiene la única función de servir de ámbito de dominio del yo para su realización. La doctrina actual está más cerca de Fichte de lo que parece, aunque despojada de su metafísica. La naturaleza es objeto de dominio total.

La generación del super-yo, estructura psíquica que reprime todos los impulsos naturales, es una venganza interna de la propia naturaleza, dice Horkheimer. El que renuncia a llevar una vida guiada por la razón subjetiva, y guiado por su fe de la infancia, previa al super-yo, se decida a reconciliar la verdad con la irracionalidad de la existencia, se verá abocado a la soledad, a una vida conflictiva. La otra opción es aceptar la sumisión, disolverse en la sociedad. Los individuos se obligan así a aceptar la ley del más fuerte, la lógica del dominio; no se reconcilian con la civilización. Su vida es un intento por combatir la naturaleza externa e interna, identificándose con sus sustitutos más poderosos: raza, patria, grupos, caudillo, tradición… Sus impulsos naturales son reprimidos, permanecen fieles al super-yo. Adaptarse, en pos del principio de autoconservación, supone convertirse en parte del mundo de los objetos. El cristianismo y el judaísmo intentaron dar un sentido a esta represión de instintos, dando motivos de comprensión y esperanza, pero las doctrinas políticas modernas no han conseguido ser tan exitosas como la religión.

El darwinismo domina el pensamiento actual sobre la relación entre el yo y la naturaleza. La filosofía subyacente de Darwin es positivista. La supervivencia del más apto puede concebirse como la traducción de la doctrina de la razón formalizada al lenguaje de la historia natural. Para el darwinismo popular, la razón no es más que un órgano, un instrumento de adaptación; la razón brota de lo irracional como mecanismo de supervivencia. Como parte de la naturaleza, la razón no está en oposición a ella sino en oposición a otras formas de vida, a otras razones subjetivas. El espíritu es pues un producto de la naturaleza. Parecería entonces que el darwinismo viene en auxilio de la naturaleza, eliminando toda filosofía que ve a la naturaleza como un objeto verdadero que la razón debe esforzarse en conocer; la razón es rebajada y la naturaleza bruta enaltecida.

Pero lo que ocurre realmente es que, en lugar de leerla filosóficamente, como un texto que revela una historia de sufrimiento infinito, la razón subjetiva oscila entre considerar a la naturaleza como objeto de exaltación, vitalismo, o despreciarla como fuerza brutal. Así pues, sostiene Horkheimer, lejos de servir para reconciliar razón y naturaleza, la maniobra darwinista lo que hace es subrayar la parte dominadora de la razón sobre la naturaleza, despreciando todo lo que no satisfaga el instinto de conservación, todo lo espiritual, todo lo que la metafísica antigua exaltaba. La razón es un instrumento de adaptación, de supervivencia. Se produce una degradación de todo lo espiritual, de todo lo que no vaya encaminado a la autoconservación. Lo bueno es lo que está adaptado. Bajo esa aparente humildad de la razón, la naturaleza queda como mero estímulo para la razón práctica, sin valor alguno en sí.

La solución no radica en volver a primitivismo, afirma Horkheimer. Somos herederos de la Ilustración, del progreso técnico, para bien o mal: no se trata de capitular de formas históricamente racionales de gobierno a formas bárbaras; se trata de liberar de sus cadenas a su aparente adversario, el pensamiento independiente.

 

Referencias:

Horkheimer, M., Crítica de la razón instrumental, Trotta, Madrid, 2002

LA TRAMPA DEL “YO” y “MÍO”

La invención del «yo»

El lenguaje y la mente son, al parecer, algunos de los atributos que distinguen al ser humano de otros animales y seres vivos. Ambos, lenguaje y mente, mantienen un estrecho vínculo. Si alguien nos dice que es el lenguaje el que crea el mundo, puede sonarnos extraño y podríamos responderle que, evidentemente, primero existen los objetos y luego el lenguaje se construye para referirse a los objetos ya existentes. Pero esto no es en realidad tan evidente y observamos que también es a través del lenguaje que damos nombre a las distintas formas en las que se manifiesta la materia-energía y que a través del lenguaje otorgamos el sentido y las cualidades de dichos objetos. Si bien esto puede resultar confuso respecto a los objetos materiales, la cosa parece más clara cuando nos referimos a los conceptos de “yo” y “mío”.

¿A qué nos referimos exactamente cuando decimos “yo”?

El yo construido

Recuerdo que hace muchos años andaba pensando justo en esta pregunta y me decía a mí misma “si ahora perdiese una pierna o un brazo o le ocurriese algo a mi cuerpo, no dejaría de ser “yo”, por lo tanto yo no soy el cuerpo. ¿Y si a causa de un accidente me quedase en estado de coma?, en ese caso yo no sería consciente de mí misma pero las personas a mi alrededor me seguirían percibiendo como Montse, que es el nombre que ellos dan a lo que yo llamo “yo”… por tanto tampoco soy la mente”. En fin, pensando acerca de esto, me daba cuenta de que aquello que llamaba “yo” se apoyaba en última instancia en algo mucho más grande que no alcanzaba a comprender.

Confundidos con nuestra invención

En nuestro día a día, necesitamos recurrir al concepto de “yo” para podernos comunicar con “otros” (que no soy yo). El dolor y el sufrimiento surgen cuando olvidamos que hemos construido ese “yo” atribuyéndole diversas cualidades físicas, mentales, emocionales, espirituales, etc. y nos identificamos con todas esas cualidades y atributos, limitando el “yo” a “lo que hago”, “lo que sé”, “cómo soy”, “lo que tengo”, ignorando que el substrato que nos da vida es vasto e infinito.

Dice un texto del vedanta no-dualista (advaita vedänta):

“Confundiendo al individuo, que en realidad es pura conciencia libre y atándolo con las cuerdas del cuerpo, los sentidos y lo alientos vitales (los cinco präëas), la mente lo hace divagar continuamente identificándose con “yo” y “mío” y experimentando los resultados de de las propias acciones”. (Vivekacüòämani, 180)

La mente, arma de doble filo

La mente es un arma de doble filo. Por un lado, a través de la mente nos atamos y reducimos nuestro ser a un “yo” limitado. Nos identificamos con nuestro aspecto físico, con lo que consideramos virtudes o defectos, con lo que hacemos y el papel que ocupamos en la sociedad… En fin, nos identificamos con “nuestra personalidad”. Por otro lado la mente tiene la capacidad de liberarnos de esa esclavitud, de darse cuenta que expresiones como “yo soy guapa, fea, inteligente, estúpida, amable, antipática…” o “yo soy estudiante, profesora, madre, padre, doctora …” son sólo expresiones del lenguaje para comunicarse, pero no limitan nuestro ser.

La trampa

La trampa de “yo” y “mío” está en que nos los creemos. Es como si nos pusiésemos un disfraz y olvidando que vamos disfrazados creyésemos que somos ese personaje. El problema no estaría en el disfraz en sí, sino en el hecho de haber olvidado que vamos disfrazados. De igual modo, cuando digo, por ejemplo, “soy profesora”, el problema no está en el uso que hago del lenguaje ni en el hecho de desempeñar ese rol en la sociedad, sino en creer que lo que soy se limita a eso y olvidar la Vida, el ser infinito y libre que hace posible todas esas formas.

La trampa del “mío” sigue a la del “yo”, casi simultáneamente porque aquello que creo que me pertenece, lo hace en referencia a un “yo” con el que me identifico. Cuando digo “este libro es mío” ¿de quién es? ¿a quién o o qué me refiero con mío? De nuevo el problema no está en el uso de unos límites y un orden para la convivencia, sino en que nos identificamos con aquello que poseemos, de modo que cuando dejamos de poseerlo creemos ser infelices o llevado al extremos somos capaces incluso de matar para protegerlo.

Creemos poseer objetos, cualidades, defectos, animales, plantas, territorios, e incluso otras personas y a menudo acabamos por reducir nuestra identidad a lo que poseemos, de modo que cuando dejamos de poseerlo parece que nuestra vida se derrumba. Pasamos muy fácilmente del “tengo la capacidad de ser agradable con la gente” al “soy muy amable” o del “tengo pareja” al “sin ti me falta el aire, sin ti yo muero, no puedo estar sin ti, etc.” que rezan tantas canciones de amor romántico.

Liberarnos de la trampa del yo y mío

Dejar de reducir nuestra identidad al yo limitado, identificado con el cuerpo y la personalidad, y a lo que este “yo” posee, nos conecta con la libertad que somos en esencia, nos libera de la esclavitud, el peso y el sufrimiento que nos causa creer que somos todo lo que creemos que somos: gordo, flaco, alto, bajo, inteligente, estúpido, amable, celoso, egoísta, altruista, empático, agradable, desagradable, inútil, magnífico, mejor, peor, soltero, casado, abogado, doctor, terapeuta, camarero, comerciante, estudiante, parado, etc. Es para volverse loco ¿verdad?

“Una característica del ser liberado que sigue en vida, es la ausencia del sentido de “yo” y “mío” en este cuerpo, aunque permanece en él como una sombra.” (Vivekacüòämani, 432)

La persona liberada se sabe en esencia infinita. Se ha liberado de las cadenas de la identificación asociadas al cuerpo y sus características, alimentadas por el sentido de “yo” y “mío”. El cuerpo y todo lo que se asocia a él es sólo como una sombra. Aunque posee mente, está libre de sus ataduras. Sabe que bajo toda esta danza de formas, colores, nombres, juicios… hay una misma luz que brilla en todos los seres.

¿Cómo desenmascarar la identificación?

Te propongo una pequeña práctica que consiste en que cuando te descubras con construcciones del tipo “soy amigo de, primo de, vecino de…”, “soy estúpido, soy un crack, soy lo peor, soy el mejor…”, “soy psicólogo, terapeuta, profesor, nutricionista,  monitor, practicante…” te permitas sentir por un instante de dónde emerge esa identificación, sobre qué base se sostiene. Y es importante que te permitas simplemente sentir, que no pensar, las sensaciones que se manifiestan a través del cuerpo al dejar resonar estas afirmaciones.

Lo mismo puedes hacer con construcciones como “esto es mío, me pertenece, mi hijo, mi amiga, mi pareja, mi profesor, mi ropa, mi aspecto…” Luego, si tienes un momento tranquilo, puedes pararte a pensar ¿qué es eso que llamo “yo”? ¿soy mi cuerpo? ¿soy mi personalidad? Investiga qué capas te parecen prescindibles o detectas que son variables. ¿Qué hay de común entre tu “yo” de ahora y el de hace quince años?¿Qué ha cambiado y qué permanece exactamente igual? ¿Qué es permanente y qué pasajero?

Buscando la conciencia (el “yo”) dentro de nuestra mente

Últimamente hay una idea que ronda en mi cabeza. Aunque bueno, más que una, son varias… Y todas van a dar al mismo lugar. Los que andamos en este camino del descubrimiento de uno mismo, antes o después llegamos a preguntarnos ¿quién soy yo? Pregunta a la que difícilmente hallaremos respuesta. Otra pregunta que llegará antes o después es: ¿Dónde está ese yo? ¿Está en la mente, en el cerebro, en el corazón?, ¿Quién gobierna este barco? O como diría William Ernest Henley… ¿quién es el capitán de mi alma?

 

Fuera de la noche que me cubre,
Negra como el abismo de polo a polo,
Agradezco a cualquier dios que pudiera existir
Por mi alma inconquistable.

En las feroces garras de la circunstancia
Ni he gemido ni he gritado.
Bajo los golpes del azar
Mi cabeza sangra, pero no se inclina.

Más allá de este lugar de ira y lágrimas
Es inminente el Horror de la sombra,
Y sin embargo la amenaza de los años
Me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,
Cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.

 

 

Lo que nos dice la ciencia de nuestro yo

Los últimos avances científicos apuntan a que no hay ningún Jefe de Estado en el cerebro. No hay un yo como nosotros creemos. Sino que más bien hay una gran cantidad de módulos que se turnan para ejercer una influencia dominante en nuestro pensamiento y nuestro comportamiento. Curioso que esta idea encaja bastante con muchas doctrinas orientales que afirman que no hay un “yo” que domina nuestra conducta, que no hay un “yo”, estático, siempre el mismo, que capitanea nuestra alma.

Con esto ya empezamos mal. Porque a nadie le gusta tener que asumir que quien creía ser no existe. Que no existe esa identidad tan arraigada que toma las mejores decisiones para nosotros. Y más adelante veremos por qué es así. Así que a partir de ahora, cuando se acerque a la nevera a darle un tiento a la onza de chocolate, pregúntese qué módulo está al mando en este momento…

Pero vayamos por partes, primero hagámonos a la idea de que no hay un núcleo sólido que actua de manera coherente a través del tiempo y que mantiene las cosas bajo control.

El yo en la mente

 

¿Cómo funcionan los módulos?

Para Rita Casmedy, pionera en psicología evolutiva y una de las investigadores del modelo modular de la mente, es así: Los módulos actúan coordinando pensamientos y percepciones para un fin específico en un determinado momento.

Si en un momento dado nos sentimos celosos y actuamos como personas celosas, es porque el módulo que coordina estos pensamientos y percepciones ha tomado el control.

Y según ella, la meditación puede tener un papel determinante en este proceso. Ya que puede hacer que los módulos que toman el control por defecto, dejen de hacerlo. Podemos llegar a tener un cierto control sobre estos módulos.

 

¿Cómo nos ayuda la meditación?

Como en muchas otras tareas, a lo que nos ayuda la meditación (o el Mindfulness) es a tomar conciencia. Nos permite hacernos cargo del estado en el que estamos en cada momento. No hay un tipo específico de coordinación que dirija la orquesta de los módulos.

No hay un módulo que tenga más “poder” y que decida en qué momento entra uno y sale otro. Simplemente están en continua “lucha” por el poder. Y va tomando más peso el módulo que más haya sustentado el poder en una determinada situación. Volvamos al ejemplo anterior e imaginémonos ante el frigorífico con la tableta de chocolate en la mano ¿qué módulo ganará?.

Hay dos opciones. Puede ganar el módulo de la gratificación momentánea, o puede ganar el módulo de la salud a largo plazo. ¿Quién ganará? Es simple, el que haya ganado más veces en el pasado.

Y esto es terrible. O a mí me lo parece. Entiendo que la teoría de la evolución tiene sus razones para que esto sea así, pero no nos deja en un buen lugar…

 

meditando

 

Red en modo automático

Otro concepto importante a tener en cuenta es el modo automático. Y es lo que ocurre en nuestra mente, por defecto, cuando no se está ocupando en nada en particular. Cuando la mente no ha sido absorbida por cualquier otra tarea. Una especie de mente errante.

Investigaciones recientes han demostrado que este modo “por defecto” está menos activado durante la meditación. Y los que han hecho meditación sabrán lo difícil que es muchas veces “calmar” nuestra mente cuando no está haciendo ninguna otra cosa.

Nos sentamos a meditar, intentamos concentrarnos en la respiración, en la postura, en las sensaciones en el cuerpo… Y antes o después comienzan a avasallarnos los pensamientos. “Espero no haber ofendido ayer a mi jefe cuando le dije esto”, “me pregunto si el chico tan atractivo del tercero querrá salir a comer conmigo”, “no sé qué voy a hacer esta noche para cenar”… Y mil historias más.

Como dice Rita Casmedy, en un estado así, la red en modo automático está funcionando… Y hay un montón de módulos intentando llamar la atención. Metafóricamente, claro, ya que no son conscientes. Pero de alguna forma están compitiendo por nuestra atención.

 

Los módulos en acción

Douglas Kenrick, otro investigador de este modelo modular de la mente, que ha escrito varios libros sobre el tema, afirma que existen unos seis módulos diferentes. Así que cuando estamos intentando meditar y nos aborda el pensamiento “espero no haber ofendido ayer a mi jefe cuando le dije esto”… El módulo Afiliación es el que ha tomado el control. Es el que ha conseguido captar nuestra atención en este preciso segundo. Este es el módulo encargado de mantener las amistades, en definitiva, el encargado de mantener nuestro estrato social.

Y cuando estoy pensando en cenar con el vecino atractivo del tercero, está funcionando el módulo de la Atracción. Ya sabes, el encargado de que podamos dejar nuestros genes en la próxima generación 😉

Y aunque pueda parecer que los módulo se activan según la información del ambiente, no es así. Podría parecer que ante la persona atractiva se activa automáticamente el módulo de la Atracción, pero las investigaciones sugieren que funcionan al revés.

No es la información en el entorno inmediato lo que activa un módulo. Y esto es lo más llamativo de este modelo. A menos a mi entender. Cuando leí esto por primera vez casi entro en un colapso total. Y no es para menos. Veamos…

Supuestamente, todos los módulos están continuamente rumiando información, sin parar un segundo. Podemos imaginar una parte de nuestro cerebro con seis módulos enviando pensamientos continuamente a nuestra conciencia. ¡Estresante cuanto menos!

Esta información está continuamente activa hasta que una en particular llega a nuestra conciencia. Y las restantes cinco ahí siguen, lo que pasa es que no llegamos a ser conscientes de ellas.

 

modulos yo

 

La meditación

¿Cómo aquietamos esta red? La ciencia sugiere que son dos los tipos de meditación que nos pueden ayudar. Una es la meditación consciente y la otra es la meditación mediante la concentración.

La concentración es especialmente eficaz para calmar la red en modo automático. Porque estar centrada en algo, es una forma de cortocircuitar ese modo automático. Por eso la meditación consciente a menudo comienza con la concentración.

Además de este cortocircuito, hay otra conexión entre la meditación y los módulos. Que tiene más relación con la meditación consciente. Este tipo de meditación nos enseña a ver las cosas tal cual son, dentro de nuestra mente y en el mundo exterior. Nos ayuda a ver las cosas de otra forma, más objetivamente, con menos apego. No solo en la meditación, sino en la vida cotidiana.

Una de las consecuencias de la práctica de la meditación es ver nuestros sentimientos con menos apego. Y conseguir que nuestros sentimientos no tengan tanto poder. Nos ayuda a que las emociones tengan menos poder para arrastrar a la mente en una dirección en particular.

 

Los gatillos de los módulos: las emociones

Los expertos en el modelo de los módulos han demostrado recientemente que las emociones y los sentimientos son los “gatillos” de los módulos. Realizaron un experimento en el que condicionaban a la gente unos determinados sentimientos para ver qué módulos se activaban después. Tras ver una película de terror se activaba el módulo de Auto-Protección, y tras ver una película romántica se activaban módulos muy diferentes que hacen que la gente se comporte de forma muy diferente.

Así que siempre hay sentimientos asociados a determinados módulos. Por ejemplo, empiezas a sentirte mal porque a lo mejor ofendiste a tu jefe. Es un sentimiento negativo que llama tu atención. Y la única forma de que ese sentimiento y ese pensamiento se vayan es “solucionando el problema”. Así que decides mandarle un correo electrónico para cerciorarte de que todo está bien. El módulo ya ha hecho su trabajo y ahora somos vulnerables a cualquier otro módulo. En el caso de la cena con el vecino atractivo igual, ese sentimiento agradable es lo que le da poder al módulo sobre ti.

¿Pero este modo de funcionar es bueno para nosotros? ¿Es un forma útil de llamar nuestra atención? Que los sentimientos y las emociones nos “gobiernen”¿a dónde nos lleva?

Un sentimiento dado será lo que marque qué módulo gana y qué módulo pierde. La atención plena nos puede hacer más conscientes de nuestros sentimientos y pensamientos, de forma que podemos llegar a ver qué sentimiento nos está controlando en un momento dado. Porque además, ni siquiera nos podemos fiar de la “veracidad” de los sentimientos. Como vimos en otro post, nuestra mente nos puede hacer creer que una cuerda es una serpiente, y desencadenar todos los efectos del miedo en nuestro cuerpo.

 

Emociones

 

¿Qué pasa cuando odiamos?

Un ejemplo para entenderlo bien es el odio. Un psicólogo evolutivo nos diría que el odio es necesario ya que define a nuestros enemigos. Si odiamos a alguien es nuestro enemigo. Y esto es importante para la selección natural, saber quiénes son nuestros amigos y quienes son nuestros enemigos.

Los científicos del comportamiento han descubierto una característica interesante que define cómo nos fijamos en nuestros amigos y en nuestros enemigos. Y es la Ley de la Atribución. Si nuestro amigo hace algo bueno se lo atribuimos a su esencia interior y si hace algo malo lo atribuimos a una causa externa. Ya sabes, “era la presión del grupo”, “no había dormido bien”, “en realidad no era él mismo”, etc… Lo mismo ocurre con nuestro propio comportamiento. Si apruebo un examen es porque soy una gran estudiante. Si lo suspendo, los profesores me tienen manía. La historia de siempre…

Con nuestros enemigos es lo contrario. Si hacen algo bueno, habrá alguna causa externa para explicarlo. Y si hacen algo malo, será su esencia natural. Básicamente, ellos son malos aunque hagan algo bueno.

Esta característica fue diseñada por la selección natural. Cuando hablamos de nuestros enemigos está en nuestro interés hacerlo de forma poco favorable. Queremos socavar su estatus, ya que son las personas que potencialmente pueden hacernos daño. Y cuanto más poderosos sean, más daño pueden hacernos. En definitiva, nuestro enemigos son las personas que hacen cosas malas por naturaleza y cosas buenas por otras razones.

Una de estas razones la podemos ver cuando una nación va a entrar en guerra con otra nación. ¿Qué se suele hacer con el líder del país que va a ser atacado? Se le presenta como el mismísimo diablo. Sea real o no. En la guerra de Irak de 2003, por ejemplo, se comparaba a Saddam Hussein con Hitler. Y si lo quieres es sembrar el odio en la mente de alguien, esta es una buena manera. Una vez que has conseguido “instalar” este marco en la mente de la gente, si esta persona hace algo bueno, se le atribuirá a causas externas. Y cuando hace algo malo, será una prueba más de lo mala que es esa persona.

El odio es una emoción muy fuerte, se siente de forma muy dramática. Cada vez que piensas en tu enemigo vuelves a sentir la rabia. El módulo te está atrapando otra vez. Además, es muy fácil que de forma externa, mediante los medios de comunicación, por ejemplo, se forje en ti un “gatillo” que de forma automática le dará el control a uno de los módulos, incluso cuando lo que te están contando no sea una realidad.

 

¿Podemos controlar los módulos?

En realidad no es una tarea fácil. Pero la única forma es tomando más control y más conciencia sobre nuestros pensamientos y emociones.

La meditación consciente y la atención plena, en el contexto de esta visión modular de la mente, nos pueden ayudar a entender qué módulo está actuando en nosotros. Y cómo ese módulo está cambiando la forma en que percibimos la realidad. Y lo puede hacer incluso con emociones muy sutiles.

Queremos saber cuándo la serpiente es una serpiente, y cuando es una simple cuerda, ¿no? Yo por lo menos si quiero saberlo.

El problema es que los sentimientos que activan los módulos pueden ser muy sutiles. No siempre estarán asociados a una serpiente que nos puede matar, o a un terrorista que puede invadir nuestro país. Y cuando entramos en este nivel de sutileza, sólo la auténtica presencia, la atención plena, puede ayudarnos.

 

La visión budista

El budismo nos habla de la doctrina del “no yo”, lo que podría encajar perfectamente con esta visión modular de la mente, donde no hay un “director de orquesta” que esté al mando.

Aunque hay muchas interpretaciones de esta doctrina del “no yo”, la que más podría encajar con esta visión es la que dice que no hay ninguna parte de nuestra mente que tenga que ser parte de nuestra alma. No hay ninguna sensación que tengamos que poseer, no hay ningún pensamiento que tengamos que poseer. Podemos elegir qué cosas dejar de lado.

Para traducirlo en términos modulares se podría decir que no hay ningún módulo que tengamos que poseer. O no hay ningún módulo que tengamos que ser. Porque como hemos visto, los módulos están luchando todo el tiempo por ser nuestro self.

 

Fuentes:

¿Quién soy yo?

Yo adolescente, yo hoy

Recuerdo que tendría alrededor de quince años cuando la directora de secundaria del colegio en el que estudiaba nos quiso animar para ir a una salida de fin de semana para descubrir «¿Quién soy yo?«, que organizaban las religiosas, pues iba a un colegio de religiosas. La verdad que no pareció conseguir mucho más de nosotros que unas cuantas risas que nos echamos a propósito de ella y de la graciosa forma en que hablaba una mezcla de castellano y catalán. Sin embargo, todavía hoy puedo recordar que fue la primera persona de la que escuché esa pregunta y aunque no entendí que quería decir con lo de “¿Quién soy yo?” y qué sentido tenía hacerse esa pregunta, por alguna razón la vibración de sus palabras quedó grabada en mí, pues como puede percatarse el lector o lectora, hasta día de hoy no he olvidado la cuestión.

Mientras escribo esto me pregunto qué ha cambiado entre esa adolescente y la persona adulta de hoy, que no sólo le encuentra sentido a la pregunta sino que piensa que indagando en ella con honestidad igual puede descubrir el secreto de una vida plena. ¿Soy la misma persona que esa chica adolescente? ¿Por qué a ella le parecía casi una broma preguntarse algo así? En fin, para no liarlo más, dejaré a un lado las reflexiones acerca de cómo se entendía a sí misma la chica adolescente e iré al grano sobre lo que me apetece compartir hoy, a saber, el sentido de conocer “¿quién soy yo?”.

quién soy yo

Conócete a ti mismo

Son muchas las tradiciones filosóficas que nos instan a “conocernos a nosotros mismos”. Tenemos en la filosofía occidental el célebre oráculo de Delfos que reza justo de este modo:

“Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el Universo y a los dioses”.

O el Maestro Eckhart que afirmaba:

“Quien se conoce a Sí, conoce todas las criaturas”.

Y en la filosofía oriental leemos, por ejemplo, en un pasaje del Tao Te Ching:

“Quien conoce a los demás es inteligente.

Quien se conoce a sí mismo, es sabio.”

La sabiduría de la India lo expresa también desde las Upaniṣad, donde nos hablan de la esencia última del ser humano como idéntica a la esencia de todo el universo:

“ Uno debe de ver y escuchar, así como reflexionar y concentrarse en su propio ser, ya que cuando uno ha visto y oído su propio ser, cuando uno ha reflexionado y se ha concentrado en su propio ser, conoce entonces el mundo entero”.

Algunos maestros trasladaban esta pregunta a sus discípulos y oyentes, invitándolos a descubrir qué es aquello a lo que llamamos “yo”. Esta pregunta sólo cobra sentido cuando uno se la formula honestamente, no reproduciéndola como una especie de mantra y respondiendo automáticamente lo que hemos escuchado que otros han respondido, sino respondiendo aquello que realmente se nos ocurre e indagando en todo lo que aparece. Por ejemplo ¿puedo decir que soy Tal, o eso es sólo un nombre? ¿puedo decir que hago esto o aquello o sólo estaría describiendo mi profesión? ¿y cómo me voy a describir sólo físicamente si mi físico cambia con los años? ¿puedo decir que soy lo que pienso, siendo que mis pensamientos cambian a cada instante?… Bien, se me ocurre que podría responder: “soy todas esas cosas juntas: tengo este nombre, me dedico a esto, soy físicamente así, suelo tener un carácter asá…”. Podría utilizar el tipo de fórmulas a las que recurrimos para describirnos, por ejemplo cuando tenemos que hacer una carta de presentación, esa que ni yo misma me creo o que me chirría cuando me presento a viva voz.

 

iam-who-i-am

Cuando decimos “yo” parece que estemos haciendo referencia a algo fijo, a una entidad que tienen fuerza propia, algo que siempre es igual, aunque en verdad todo lo que estamos diciendo acerca de ese “yo” es cambiante, pasajero y contingente. ¿Entonces lo que llamo “yo” es algo fijo o algo cambiante?

La propuesta del advaita vedanta: neti neti

Esta es una de las grandes cuestiones dentro de las tradiciones sapienciales de la India. Para el advaita vedanta, el vedanta no-dualista, la identificación con todos ese tipo de características cambiantes es precisamente lo que nos mantiene en la ignorancia. No la ignorancia de haber leído poco sino la ignorancia de lo que uno mismo es en esencia. El “yo” identificado con todas las características pasajeras o contingentes se piensa a sí mismo limitado, incompleto y mortal. Las características que nos podemos atribuir como seres humanos son limitadas y atribuimos a los objetos, a las personas a nuestro alrededor y a las situaciones que vivimos la capacidad de completarnos, de hacernos de algún modo felices y en el fondo aspiramos a una felicidad total que dure para siempre. Pero ¿cómo otras personas, objetos y situaciones que también son pasajeras nos van a proporcionar una felicidad duradera? Esa “felicidad” sólo durará lo que dure la experiencia o situación de placer.

Finalmente, a causa de que generamos nuestra identidad a costa de un cuerpo, unas emociones y unos pensamientos pasajeros, creemos que somos mortales, porque efectivamente el cuerpo, las emociones, los sentimientos,etc. mueren. Pues bien, el advaita vedanta lo que nos propone es ir quitando capas de cebolla. Tal vez no puedo responder o saber a voz de pronto “¿Quién o qué soy?”, pero sí que podemos descartar todo aquello que no somos, es decir, todo aquello que es pasajero. Esta forma de proceder se conocía ya desde la antigüedad como “neti, neti” (“no esto, no esto”). La persona toma su cuerpo como objeto de indagación, analiza en qué medida se identifica con este cuerpo y qué hay en el cuerpo que sea eterno y qué hay que sea pasajero, luego se puede analizar la sensación de sed y de hambre, los pensamientos, etc.

Este tipo de reflexión nos conduce hacia un espacio de silencio porque no puedo decir que nada de lo que analizo sea eterno, y Aquello que queda cuando todo lo que no es eterno ha sido descartado, Eso es lo que Soy. Desde esta tradición se nos anima a poner la atención en Eso, en el Ser, la Esencia última, la Conciencia Absoluta y eterna que observa todo lo cambiante. Decir de un lado, no soy todo aquello que cambia y de otro lado, lo que soy en verdad es el Ser, la Pura Conciencia y la Dicha infinita.

buda

La propuesta del budismo: no hay «yo»

El budismo se da cuenta también de que todo aquello que llamamos “yo” es cambiante y por tanto también nos insta a dejar de identificarnos con esos aspectos pasajeros: no soy la forma ni el nombre de mi cuerpo, tampoco soy mis sensaciones, ni mis percepciones, ni siquiera mis pensamientos o memoria, ni la conciencia que observa y conoce a través de los sentidos. Sin embargo, no establece una esencia, un “Eso” como hilo que sostiene todo lo pasajero sino que pone el foco en observar la realidad de lo cambiante.

Cuando todo lo que me constituye es cambiante lo que llamo “yo” pasa a ser sólo un nombre, vacío de un contenido fijo, no existe una esencia que sea fija y eterna, lo único que sería eterno es el cambio constante. Darnos cuenta de esto nos evita el sufrimiento de seguir pidiendo a lo que por su naturaleza es cambiante que no cambie, nos evita el sufrimiento que nos genera el deseo de que las cosas sean de forma distinta a como son. Darnos cuenta del sufrimiento que produce el deseo de que lo que es cambiante sea eterno o de que las cosas sean de forma distinta a como son, conduce a la disolución del “yo” como individuo y nos lleva a un estado de liberación.

Recorrer mi propio camino

Expuesta a muy grandes rasgos la visión de dos  tradiciones de gran impacto surgidas de India, he de decir que creo que sus explicaciones no nos sirven. Me explico, no nos sirven como respuesta. Tal vez puedan servirnos como guía, o tal vez nos despisten más porque comenzamos a ver el mundo bajo una serie de creencias que acaban resultando tan cómodas que uno no quiere soltarlas  y así nos pasamos siglos pensando que la tierra era plana y siglos pensando que es redonda. Puede que las explicaciones de otro me inspiren a indagar, pero el trabajo está en indagar con toda sinceridad, atreverme aser sorprendida, abrirme a la posibilidad de que la respuesta sea completamente distinta a mis esquemas de creencias y para eso tengo que atreverme a soltarlas.

Recorrer el camino de conocerme a mi mismo, sólo puedo hacerlo yo ¿y quien es ese “yo” que quiere conocerse a sí mismo?

 

Respecto a cómo conociéndose a uno mismo el universo entero puede ser conocido, lo dejo para la próxima entrada.

 

Fuentes:

  • CAVALLÉ, Mónica. La sabiduría recobrada, Kairós, 2002.
  • OLIVELLE, Patrick. Upanisads, Oxford World’s Classic, 2008.