Sabemos que en el antiguo Egipto los gatos fueron tratados como divinidades y se les rindió culto hasta el punto de incorporar en su panteón a Bastet, la diosa gata. Ha corrido mucha agua bajo el puente hasta nuestros días, pero allí siguen estos felinos domésticos entre nosotros: olfateándolo todo y, si prestamos atención, enseñándonos cómo estar en paz con nosotros mismos y con el mundo. Una forma sana del empleo del tiempo.

Por razones que no vienen al caso, pero que afectan a algo más del 20% de la población española, en los últimos meses he pasado bastante tiempo en casa. Seguro que ya adivinaron la razón. Desde septiembre del 16, he tenido oportunidad de reflexionar sobre las condiciones del capitalismo de la modernidad tardía, he contado las mil maneras a través de las cuales llegamos a identificarnos con lo que hacemos profesionalmente y me he dado cuenta de lo relacionada que estaba mi autoestima con la gratificación económica de un salario.

También ha sido una época paradójicamente feliz, en la que empecé a salir de un laberinto de confusión vocacional, en la que no he sucumbido ante mis peores fantasmas y en la que he cultivado una virtud que hoy creo imprescindible: la paciencia.

En este asunto tan serio como es el de perder el empleo, no he dejado de trabajar ni un día. En ocasiones, con el ordenador delante pero sobre todo intentando ponerle conciencia al presente, al hecho, no menor, de estar vivo y respirando. Precisamente en un tema tan delicado como el del paro, he estado acompañado y reconfortado por la presencia no humana pero vivísima de Amapola.

 

 

La llegada de la gata tricolor a la casa la ha transformado por completo pero lo que no podía imaginarme es todo lo que iba a aprender a su lado sobre mi neurosis y sobre el empleo del tiempo en un tiempo sin empleo.

 

Limitación y finitud

En este mundo poco dado a la espera y al reconocimiento del límite, hemos prescindido de la naturaleza y la vamos sustituyendo por un universo material-virtual que creemos inagotable. Por poner un ejemplo, el frenesí disparado del consumo que se practica en los países desarrollados -a expensas de recursos finitos que son explotados de forma desmedida- se parece bastante a la imagen de un foxtrot bailado en la cubierta del Titanic.

Vamos hacia un precipicio, pero muy eficaz y velozmente.

Si ganar dinero, poder o reputación son las únicas metas de nuestra vida, nos llenamos de frustración cuando sentimos que hemos quedado fuera del juego mediante el cual se obtienen dichos bienes. Ponemos excesivamente el valor de una actividad en su valor de cambio dentro del mercado y se opaca nuestra autoestima cuando no sabemos cómo obtener un salario o cuando consideramos que éste no es suficiente como contrapartida a la entrega de nuestro tiempo y esfuerzo.

La gata Amapola, como parte de esa naturaleza que se nos ha vuelto extraña, “sabe” que hay ciclos vitales, que hay un momento del día para saltar y correr, otro para alimentarse, otro bien extenso para descansar acurrucada encima del cojín, otro para dormir, muchos para jugar.

Sin haber leído jamás el Eclesiastés, que nos enseña que la vida está abocada a la finitud, Amapola conquista la libertad de disfrutar de su vida y de sus dones maravillosos. Vive sin temor su propia condición de criatura y no se amarga la existencia por no ser otra cosa que la que es.

Claro, me dirán que ella lo tiene fácil porque no tiene conciencia de sí misma ni del tiempo, es decir, no sabe que es un gato ni tampoco sabe que se va a morir. Vale, ella vive presa de sus instintos e incapaz de renunciar a éstos. Nosotros, en cambio, miembros de una privilegiada especie que viene de fábrica con el sistema nervioso más sofisticado del planeta, nos comportamos en nuestro día a día de una forma mucho más inteligente. Acelerados, como pollos sin cabeza, haciendo dos o tres cosas a la vez y siempre con la lengua afuera, con la sensación de que los días en la semana no son suficientes como tampoco lo son los meses en el año.

Esta es, en efecto, una de las grandes diferencias que mantenemos con los animales y es que habitamos en el tiempo y en nuestra conciencia.

También se podría objetar que cómo diantres sé yo que la gata Amapola disfruta de los dones de la vida y vive sin temor a morir. Es verdad, estoy proyectando en ella cosas que nos pasan a los humanos pero también es cierto que la he tenido en brazos mientras ronroneaba y aquello era un motor de goce indescriptible. Ella me enseña algo sin palabras, siempre y cuando sea yo quien esté dispuesto a aprender.

El gato y el ciclo de necesidades

Amapola es gran maestra en el campo de las necesidades y su satisfacción. Cuando tiene hambre, come; si tiene sed, bebe; si está cansada, descansa; si quiere compañía la busca; si quiere estar sola, pues está sola. Si necesita desperezarse, hace un adho mukha o cualquier otra posición del yoga y sigue a su bola.

Cuando somos niños tenemos una conexión más directa (más animal) con las necesidades y con la energía que dirigimos para su satisfacción. Como somos dependientes de la ayuda de otros, la satisfacción no resulta sencilla. Incluso, se va tornando cada vez más compleja mientras crecemos y nos vamos amoldando a las estructuras de la realidad social. Este acomodamiento no se produce de manera indolora ni es inocuo ya que entre nuestras necesidades y su satisfacción se levantará el muro de los mecanismos neuróticos. En términos psicoanalíticos, el principio de placer se topa necesariamente con el principio de realidad.

Si tenemos la suerte de, en algún momento de nuestra existencia, emprender un camino de desarrollo personal a través del autoconocimiento es mucho lo que podemos aprender de los gatos o, mejor dicho, de lo que proyectamos en ellos. Por ejemplo, los gatos no se dan por vencidos ante las dificultades ni se detienen a guardar rencores ante los obstáculos con lo que se encuentran. Diez veces seguidas puedo bajar a Amapola de la mesa para que no rebusque entre las sobras de los platos y ella otras diez veces volverá a intentarlo. Si finalmente, soy yo quien gana la partida ella muy astutamente esperará una nueva oportunidad. No se quedará masticando la rabia ni auto flagelándose por no haberlo conseguido.

Entre las inclinaciones fundamentales de los gatos está, desde luego, la práctica persistente de la indiferencia. Al contrario del perro que, como mascota, nos obedece y nos acompaña fielmente, el gato parece tener el orgullo de un dios. No sirve ni acompaña a nadie que no le apetezca. Basta con ver la manera aristocrática y elegante de su andar por la casa para llegar a la inquietante conclusión de que él es el dueño y uno es una visita que está de paso.

La confianza y el cariño de un gato no es algo que se gane de una vez y para siempre, dependerá de lo que estemos dispuestos a dar pero también dependerá principalmente de él.

Si Amapola pudiese hablar, creo que me recordaría la base gestáltica de nuestro encuentro: Yo soy yo y tú eres tú; Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas.

Mirar a los ojos de los gatos

Quienes viven el mal trago de haber tenido que “pararse” a la fuerza, es frecuente que tengan una sensación de indignidad quizás por aquello que afirma el filósofo Byung-Chul Han de que “quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace responsable a sí mismo y se avergüenza, en vez de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste la inteligencia del régimen neoliberal. Dirigiendo la agresividad hacia sí mismo, el explotado no se convierte en revolucionario sino en depresivo”.

Vivir la falta de empleo como una desgracia es una posibilidad. Hacer frente a ella generando una baja intensidad anímica o, ya puestos, un cuadro depresivo está lamentablemente muy extendido entre las posibilidades que ofrece nuestra cultura. El imperio de las drogas legales e ilegales campa a sus anchas porque ofrece “remedio” instantáneo para gente quebrada y sin tiempo que perder.

El paro laboral es síntoma de muchas cosas que ocurren en nuestro mundo, pero es también una oportunidad personal para pararnos sobre nuestros pies, para bajarnos de la rueda en la que gira el hámster humano, para conectar con nuestras necesidades más esenciales y para reorientar nuestra energía sin abandonar las ilusiones.

Borges decía que mirar a los ojos de los gatos es contemplar otro lugar, intuir en la mirada de ellos la materia enigmática de la que está hecho el tiempo.

Cualquiera que tenga gatos sabrá de lo que hablaba el escritor, los gatos se quedan mirando por la ventana y, excepto que pase un pájaro volando, pareciera ser que meditan. No meditan, están simplemente ahí. Son puro presente. Dejan que lo que acontece venga a ellos sin interpretarlo ni atajarlo. No se lamentan por lo que ya pasó, ni esperan ansiosos lo que vendrá. Ese es su gran secreto. Y también puede ser su enseñanza.

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