ZEN: No morarás en ninguna parte

TEISHÔ 2 (TEISHÔ 1)

Un niño chino Daikan Enô, oyó un día recitar un sutra que cambió su vida: “No morando en ninguna parte, la mente se manifiesta”. Esa sutra -la Sutra del Diamante-, le llevó a la iluminación profunda. Enô fue el sexto patriarca sucesor del gran maestro Bodidharma.

Uno de los sentimientos más dolorosos que los psicólogos captan del actual hombre occidental es el sentimiento de sentirse aislado, repatriado del ser que le es propio. El hombre, cada día con más fuerza, sufre esa separación, un sufrimiento que no es otro que la llamada lacerante del Ser no vivido en su conciencia, para que éste advierta su presencia. Y así, interpelado en su inconsciente por esa presencia, ha sentido desde lo más remoto de los tiempos que lo sagrado necesitaba un lugar, un hábitat.

Antaño las divinidades vivían en las grutas, en los bosques, en los manantiales; más tarde en las iglesias y las catedrales, según la cultura y el grado de conciencia de la humanidad. Hoy, el ser humano empieza a tomar en serio que el habitáculo de lo divino comienza a ser el propio ser humano; un habitáculo donde el ser y el estar se unifican, donde “los seres se hacen estares”, como tan bellamente lo describió el poeta Antonio Machado. El cuerpo es la estancia más íntima; el cuerpo, receptáculo y caja de resonancia donde vibra la sensación de ser, haciéndola más intima que la propia intimidad. El cuerpo, como expresión del Ser que lo habita y lo interpela a tomar conciencia de su verdadera naturaleza. El cuerpo, territorio extremo de la interioridad del Ser, intimor intimo meo; el locus o lugar fuera de todo lugar; espacio de la materia, mater, interior que nos liga a la vida; el cuerpo, donde el sonido del origen vibra y se hace carne. El niño, en su rudimentaria conciencia, ya lo pre-siente desde sus momentos más tempranos.

Pero también el ser humano adulto, desde su más profunda vena, sabe que, llegado su momento, debe abandonar el estado de eterna infancia en el que ha estado confinado bajo el imperio del arquetipo de la diosa madre hecha materia y hecha cuerpo. Y desde la larga noche de la evolución, el hombre se va elevando del cuerpo hasta otra nueva conciencia, el pensamiento, con el que, separado de la gran Madre, puede alzar su identidad aislada y proclamar así su ego: El arquetipo del padre refleja la verticalidad, la elevación sobre la horizontalidad de la madre tierra, el cielo, la cima, la claridad del espíritu-pensamiento sobre la eterna noche de la placenta materna. Así, esa necesidad de altura que al hombre mismo le eleva y le hace cumbre, revela su deseo de Absoluto en forma de pensamiento, en forma de lógica y en forma de la luz del entendimiento. Un noble deseo cuyo peligro reside en que el ser humano, cegado por el fulgor de esa luz, llegue a caer en el error de sustituir la vida por la idea de la vida. El Yo por el yo.

El pequeño ego racional es sumamente necesario, esencial, por su utilidad y pragmatismo; aunque ocurre que cuando el ser humano se identifica con él, puede llegar a asfixiar la llamada del Ser, alejándose así de la profundidad de su verdadera naturaleza una vez cimentada su identidad en la sola razón. La razón es el gran logro de Occidente; pero también su drama. El hombre, por tanto, deberá ponerse de acuerdo consigo mismo unificando, fusionando, los polos de su doble origen, el terrestre y el celeste. Ese es el fin del Zazen. El objetivo del Za-zen es que la dualidad del pequeño ego desaparezca en el Sí Mismo para poderlo así transparentar . Eso es lo que sucede cuando aceptamos no morar en ninguna parte: el Ser nos traspasa sin obstáculos y, libre del polvo narcisista, nuestro cuerpo y nuestra mente, transparentan libremente la Gran Mente del Ser.

zen

 

Dice el Maestro Dôgen:

 

Estudiar budismo es estudiarse a sí mismo.
Estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo.
Olvidarse de sí mismo es estar iluminado por todas las cosas.
Estar iluminado por todas las cosas es desprenderse
del propio cuerpo y de la propia mente,
y desprenderse de los cuerpos y las mentes de los otros.
Ningún rastro de iluminación permanece, y este ningún-rastro
Continúa interminablemente.

 

DÔGEN

Tenemos miedo a desaparecer, y cuando en el zen oímos eso de desmontar el ego nos entra pánico, el horror vacui , horror al vacío. Pero bien entendida, la vacuidad hace referencia al hecho de vaciarnos de nuestras ideas, sin que por ello sea opuesta a la existencia. La vacuidad no equivale a la extinción, sino al hecho de prescindir de las ideas de existencia e inexistencia, ya que la realidad está mucho más allá de ese binomio. La vacuidad es una herramienta liberadora de la hojarasca de imágenes mentales que nos turban impidiéndonos ver la realidad que está más allá y más acá de los opuestos existencia-inexistencia. Es imprescindible no dejarse atrapar por las ideas, incluida la idea misma de vacuidad.

La esencia de la sabiduría reside ahí, en superar el binomio existencia-inexistencia. Consiste en percibir el no-nacimiento y la no-muerte.

Aclarado eso del desmantelamiento del ego, y volviendo a la Psicología, quisiera recordar que en nuestro caminar hacia la totalidad es importante la palabra “individuación” acuñada por Carl Gustav Jung, que significa alcanzar a ser enteramente uno mismo. La tragedia de ser humano actual es que se le ha negado el permiso de ser él mismo. Pero el hombre no se ha rebelado ante semejante tragedia, y la neurosis más intolerable en occidente no es otra que el haberse alejado de ese centro que la Psicología llama el Sí Mismo y Dürckheim Ser Esencial, la forma con que el ser individual participa del Ser el auténtico morador en esa estancia llamada cuerpo.

Gracias a la fidelidad al ejercicio que le permite acceder a esa conciencia no dual, el ser humano podrá algún día caer en la cuenta de que el Ser del que habla el Zen se experimentará en su propio ser; y se experimentará como un ser vivo, – ¡El Ser es un ser! – ilimitado, misterioso e inefable, que se con-forma (se hace forma) con todo y en todo lo que existe. El Todo en todo.

A través del ejercicio del Za-Zen estamos en condiciones de poder caer en la cuenta de quiénes verdaderamente somos al reconocer la naturaleza y el sentido de nuestro verdadero yo; de despertar al origen común de la humanidad más allá, y más acá; arriba y abajo; antes y después del cielo y de la tierra. Y ello, tanto en la intimidad de los latidos nuestro cuerpo, como en el milagroso vaivén de la respiración, o como en los resplandores del fuego de la mente. “ESO -la manifestación de la Gran Mente- es lo que experimentó Enô al escuchar el Sutra del Diamante; ESO es lo que sucede cuando, saltando los límites del pequeño ego de la razón instrumental, deshacemos nuestra falsa identidad no aceptando MORAR EN NINGUNA PARTE, para que de ese modo, como lo hacen en un cristal inmaculado, penetren en nuestro cuerpo los rayos de luz que nacen del Vacío y pueda transparentarse nuestro verdadero rostro. Cuidar por siempre y con mimo esa experiencia es el deber más grande de todo practicante de Zen.

Jinshû, un discípulo destacado del quinto patriarca, lo entendió así en su famoso poema:

 

El cuerpo es el árbol de la iluminación y soporte
de la mente, que es un espejo claro.
Límpialo una y otra vez,
no dejes nunca posarse polvo en él.

 

Se trata de un poema sin duda útil y estimulante para el que se inicia en el Zen, aunque si se observa con atención veremos que no alcanza a ser un exponente de lo que en sí misma es la iluminación. Así lo vio el mismo Enô, quien, nada más leerlo, y a modo de réplica, compuso seguidamente el siguiente poema alternativo:

 

El árbol de la iluminación en principio
no tiene tronco ni es soporte de un espejo claro.
En principio no existe ni una sola cosa.
¿Qué puede haber entonces
en que se pueda posar el polvo?

 

La diferencia es reveladora tanto en cuanto al contenido de ambos poemas, como al estado de iluminación de sus autores; así, mientras el primero posee un carácter ascendente, el segundo manifiesta la culminación de la naturaleza búdica; mientras el primero es la potencia, el segundo es el acto.

Pero puede llegar un momento, fuera de todo momento, en que la iluminación se hará estacionaria, permanente, trascenderá el espacio y el tiempo, incluido el cuerpo, al que la misma Plenitud le hará desaparecer del mundo de las formas. Se borrará el iluminado para dejar paso a la iluminación; se borrará del mundo el observador para dejar paso a la observación, y el Ser se habrá actualizado en la plenitud de la Nada.

Para Alcanzar esa experiencia, no es preciso ser monje, ni es preciso remontarse a los primeros patriarcas, porque poetas actuales, ajenos a cualquier confesión como el arriba citado, José Ángel Valente, o Roberto Juarroz, sin ser ninguno de ellos monjes, explican magistralmente esa misma experiencia de la plenitud del Vacío. Algunos textos de Valente:

¿Es inhumano sentir en un momento dado que acabamos en el vacío? ¿O que el vacío es la presencia más constante? ¿O que el vacío no tiene presencia? Para mí, no. Para mí es lo más humano, pero entendámonos: lo humano con las máscaras caídas, lo humano en la desnudez, no en el disfraz y en el convencionalismo…

Y añade:

 

…Vivimos entre límites y, sin embargo, en lo más entrañable, uno siente que no hay límites. Pues lo ilimitado no sostiene a nadie, sólo los límites sostienen….

  

Finalmente:

 

Borrarse.
 Sólo en la ausencia de todo signo se posa el dios.

 

Roberto Juarroz, practicante de Zen, se asemeja a José Ángel Valente en su afán de quitarse de en medio, de des-aparecer, de ser sólo huella; si bien, a diferencia de éste, Juarroz concitó en su vida personal más adhesiones que el poeta español. Su falta de protagonismo no fue sólo radical, sino sencillamente natural, vivida, sin escenarios, transparentemente sincera:

 

Qué mayor sinceridad
que hacer a un lado todo aquello que se sabe
y dejar que hable en uno,
Aunque sea sin uno, aquello que no se sabe.

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)